
Recientemente estuve hablando con un amigo mío que se ha separado de su mujer con la que llevan mal viviendo unos 30 años. Lo cierto es que soy amigo tanto de él como de ella y es por eso por lo que me limité a escuchar su declaración con cara de póker (sin dar mi opinión) como pocos días antes había escuchado la declaración de ella.
Lo que me llamó la atención de ambas narraciones es que los dos acusaban al otro básicamente de las mismas cosas, es como si de repente en un paroxismo de insight hubieran caído en la cuenta de que su pareja era un manojo de defectos, todos los defectos del mundo, había una aire acusatorio en ambos, una atmósfera de vicitimismo y una velada intencionalidad vengativa que se podría sintetizar de este modo: «te voy a hacer la vida imposible». ¿Cómo? Pues con el dinero, porque los hijos ya son demasiado mayores para ser usados como expiación de cualquier mal.
Otra cosa que me llamó la atención es que ambos parecían buscar en su declaración, simpatizantes para su causa. Es como si me exigieran ponerme de parte bien de él, bien de ella. Naturalmente no me puse de parte de ninguno de los dos, lo que significa que he perdido dos amigos.
Porque cada uno de ellos por separado sentirá que no he apoyado su posición, su causa.
Nosotros los españoles somos en este sentido bien distintos a los escandinavos por ejemplo, nos encanta contar y enseñar nuestras intimidades a los demás cuando las cosas se ponen feas y necesitamos apoyo. Confundimos además, el apoyo con el que nos den la razón y la razón es que en estas cosas del amor y las rupturas sentimentales es que no la tiene nadie.
Porque el problema no está en las personas sino en las relaciones. Las personas no pueden hackearse.
Es verdad que si Juan tiene un problema con Maria, una dificultad, un desacuerdo o una vida incomoda o nefasta tenderá a culpar a la otra parte y a veces incluso es verdad. Aunque solo es verdad en parte. Con respecto a los amigos de los que estoy hablando estoy seguro que cualquier interlocutor se pondría de parte de ella, es lógico: es la parte más débil y la que mejor escenificará su posición subalterna. A lo mejor hasta es verdad que él es un mujeriego empedernido, un incompetente o un irresponsable. Pero estas cosas son sólo verdad en los extremos.
Sucede como en las tertulias de TV, siempre parece que gana las discusiones el que menos razón tiene.
Lo que quiero decir es que con algunas personas es bastante dificil e incluso imposible tejer un relato común y sin relato común no hay relación sino tan solo dos personas que viven en lados opuestos del espejo y que se encuentran de vez en cuando para librar agrias discusiones.
Darle la culpa al otro de lo que nos pasa (con él) es lógico. Si yo estoy molesto con Maria lo lógico es que suponga que Maria me ha molestado adrede, con alguna treta dirigida aposta para crearme malestar. Somos en este sentido totalmente inconscientes de lo que nosotros hemos hecho con anterioridad pero aun mas: somos totalmente inconscientes de que el problema que atribuimos a Maria en realidad puede no proceder de la Maria de carne y hueso sino de la relación con Maria.
Y no se conoce ningún caso en los anales de la historia de una persona que haya convencido a otra de sus razones, pues el otro siempre opondrá las suyas que son ininteligibles para el otro, de manera que la gente hablando no se entiende. La gente llega a acuerdos si tiene incentivos para hacerlo.
Maria (o Juan) y su personalidad son por así decir inaccesibles, nadie puede cambiar a nadie ni en una relación de pareja ni en ningún otro tipo de relación pero a cambio de esta imposibilidad podemos hacer una cosa casi mágica: podemos construir (y deconstruir) una relación con casi cualquier persona con mimbres de nuestra creación.
Lo interesante es que la relación no se ve, no es algo material a lo que se pueda meter el dedo, es algo que se encuentra en un nivel de definición muy abstracto, algo que no equivale a la suma de dos personas interactuando entre si. Una relación es algo vivo que es capaz de hacer emerger propiedades distintas a Juan y a Maria y distintas a la suma de lo que ambos aportan a la relación. Es por eso que muchas parejas no son conscientes de las reglas que gobiernan su relación.
Una relación es un intangible que vamos construyendo entre dos, ladrillo a ladrillo. No es una intersección, ni es un territorio neutral entre dos personas, es una neopersona, una especie de ente que preside, bendice, maldice y predice lo que sucederá entre dos personas.
Las relaciones por ser intangibles no se regulan con emociones, se gobiernan con reglas como un programa de ordenador. El orgullo es siempre un cuerpo extraño en cualquier relación de pareja o amistad. No tiene cómputo en la relación pues pertenece a un orden inferior a la relación propiamente dicha.
Una relación de pareja se basa en tres elementos fundamentales: confianza, lealtad y cuidado. Nótese que no he hablado de amor o de atractivo físico, o de dinero o estatus social. Y no he hablado de eso porque estas cosas no pertenecen a la relación sino a sus componentes, al deseo de cada uno de sus miembros. A Juan le puede parecer atractiva Maria pero a «la relación en sí» le importa un bledo el atractivo de Maria, lo que le importa son esos incentivos que no podemos nombrar porque no los consideramos propios ni necesarios para nosotros mismos.
Y es verdad que algunas personas no pueden consensuar reglas sobre todo cuando sienten que son imposiciones del otro, pero las relaciones son capaces de crear y sostener sus propias reglas sin que emanen de un sujeto concreto.
Las relaciones de pareja son microsistemas que funcionan con la lógica de la dinámica de sistemas, son sobre todo información, no son nada material, ni espiritual sino todo lo contrario. Se trata de bucles de retroalimentación, en este caso de bucles perversos que se repiten una y otra vez. Juan y Maria no fueron capaces de construir una dinámica relacional protectora, donde cada uno ocupa un lugar y asiste al otro en relevos constantes de rol. Se enquistaron a si mismos en una reedición de sus discusiones adolescentes y no han movido ni un ápice su manera de percibir al otro al tiempo que no han sido capaces nunca de romper definitivamente.
Ambos necesitan del otro para seguir adelante con su juego perverso, hay en su relación algo que les proporciona un goce suplementario probablemente a nivel individual y en otro nivel.
Es como si ambos estuvieran contando este relato:
«Soy tan desgraciada como mi madre fue» o «con las mujeres no se puede contar para nada»
El sesgo de negatividad.–
¿Qué es peor perder y salir derrotado de una relación o seguir con ella aunque sea insalubre?
Podemos querer romper una relación si carece de incentivos pero tendemos a mantenerla si el precio es salir derrotados.
Y lo que solemos hacer después de enfrentamientos crónicos es romper la relación, pues las relaciones tienen menos peso que las derrotas. Hay un sesgo de negatividad.
Lo que nos lleva a pensar el por qué las relaciones entre pares tienen hoy tanta levedad. Tanta que en nuestro pais el número de divorcios es casi similar al número de matrimonios y por lo que llevo visto en la vida el número de hermanos que no se hablan o el número de hijos que rompen todo vínculo con sus padres es mucho más elevado de lo que pensamos. Inferior desde luego al número de parejas con las que hemos roto a lo largo de nuestra vida o al número de amigos que hemos perdido por un “quítame allá esas pajas”. O al número de parejas que se rompen al dia, unas 2800 en España sin contar las que no aparecen en los censos.
De manera que nuestra biografía está llena de “cadáveres”. Acumulamos más cadáveres , es decir personas que hemos abandonado que derrotas, entendiendo derrotas a haber sido abandonados o a haber dado “nuestro brazo a torcer” con tal de mantener una relación.
Lo cierto es que “dar nuestro brazo a torcer” no es una buena estrategia de relación porque nuestro adversario puede convertirse en un abusador o en un parásito, de modo que es comprensible que la mayor parte de las personas opten por la primera opción en lugar de la segunda. Al fin y al cabo y como decía más arriba nuestro propio narcisismo vale más que una relación de mediana intensidad. Sin embargo esta conceptualización no sirve para explicar las rupturas de relaciones intensas y provechosas y tampoco explica el pugilato eterno entre personas emparentadas entre sí. Tampoco explica el abandono de nuestros progenitores a su suerte.
Todo parece indicar que hay algo en nuestro entorno que propicia estos malos resultados en nuestro apego con aquellas personas significativas de nuestra vida. De manera que repasaré algunas de las caracteristicas de las sociedades postindustriales en las que vivimos y que en mi opinión conspiran contra la durabilidad de las relaciones.
1.- La primera variable es la desaparición de la familia extensa. El colchón de sguridad que representaba el contar con hermanos, primos, tios y tias, abuelos y progenitores, junto a los vecinos y conocidos de nuestros entornos preindustriales (rurales) ha sido socavado por la llegada de la modernidad. Estamos solos con nuestra propia subjetividad para hacer frente a problemas endiablados y no podemos contar ni con el consejo ni la protección de nuestros parientes. Tampoco podemos fiarlo todo a nuestra parentela sin sufrir un menoscabo de nuestro autoconcepto y autonomía que valoramos por encima de cualquier otra cosa.
2.-Otra variable de interés es el entorno urbano. La vida rural transcurría entre la proximidad de grupos emparentados entre sí, con menor o mayor lejanía, pero el apoyo y la solidaridad entre grupos (a no ser que estuvieran enfrentados) era la norma. La vida urbana transcurre por el contrario entre extraños, es decir con personas no emparentadas entre sí y de los que no es posible esperar grandes inversiones en nuestro bienestar.
3.-Este modo de vida hace que las relaciones entre personas se hayan mercantilizado o cosificado, añadiéndoles un plus de objetos de consumo y de desechables como si fueran plásticos. Naturalmente en este entorno es imposible esperar inversiones, cuidados o siquiera interés.
4.- Es obvio que nos hemos independizado tanto de los demás que las relaciones de apego están obsoletas. Lo que hemos ganado en autonomia lo hemos perdido en apoyos y apegos. Sin embargo nuestro narcisismo no ha sido removido en todo este proceso y parece que incluso ha sufrido un refuerzo, ¿pues si no podemos fiarnos de nosotros de quién lo haremos?.
5.- Por último los cambios demográficos, sociales incluyendo al descenso de la natalidad influyen (correlacionan) con estas cuestiones de las que ya hablé aqui en este post sobre la decadencia de Europa.
En conclusión, mi opinión es que es el narcisismo (la defensa del núcleo de intimidad privado e hiperinflacionado que cada persona guarda en su interior) el responsable de que no nos duelan prendas para desprendernos de las relaciones que forjamos con los otros, al fin y al cabo no les necesitamos, si viven demasiado lejos o si no estamos vinculados a ellos por intereses próximos y prácticos.
Las relaciones se enquistan precisamente cuando no somos capaces de visualizar una vida autónoma sin esa relación que hemos declarado como insoportable y que hemos soportado como Juan y Maria durante 30 años.
Pero existen más razones para explicar este estropicio: la principal es que no sabemos negociar cuando algo en la relación no acaba de ser de nuestro agrado, somos torpes y carecemos de habilidades para establecer nuevos compromisos que vayan mas allá de los que se establecieron cuando la relación se conformó. No caemos en la cuenta de que una relación puede cambiar de nivel de definición aun después de un agravio más o menos real. La mayor parte de nosotros no sabemos cambiar una relación filial en una relación entre pares (aunque sea con nuestro propio padre), simplemente nos vemos como hijos y les exigimos como tales incluso a una edad provecta.
En el caso de las parejas puede renegociarse una relación constructiva en otro nivel. ¿Por qué la mayor parte de parejas se rompen enmedio del odio, el rencor o la violencia?. Una pareja puede transformarse en una relación de amistad, simplemente no sabemos cómo hacerlo y nuestra autoestima parece sufrir menos con la ruptura que con la transformación.
Lo cierto es que hay algunas excepciones a esta cuestión. Por ejemplo las relaciones que establecimos mientras andábamos codificando el mundo son más duraderas que aquellas que suceden después. Entre amigos es más facil conservar a “los amigos de siempre” que a los nuevos. Si Sapolsky conociera este dato es seguro que enviaría a alguno de sus becarios a investigar el asunto. Es muy probable que nuestra capacidad para establecer vínculos de amistad se cierre después de una cierta edad igual que sucede con nuestros gustos musicales o con las comidas que nos gustan. O dicho de otra forma: que se cierre la ventana plástica para establecer amistades.
Curiosamente, de existir esta ventana plástica no debe coincidir con la ventana plástica para las relaciones eróticas que permanece abierta toda la vida dependiendo de las necesidades de cada cual. Todo parece indiciar que el sexo y la amistad van por caminos diferentes o surgen de momentos vitales distintos, sin embargo no hay razón para creer que el sexo y la amistad son incompatibles, de hecho es imposible el amor sin una minima identificación, sin un minimo compañerismo.
Y de hecho es bien cierto que las relaciones de pareja parecen ser más vulnerables a esta tendencia postindustrial a cambiar de partenaire como el que cambia de automóvil. Todo parece indicar sin embargo que las relaciones que establecimos en nuestra infancia-adolescencia resisten mejor los embates de la vida moderna siempre y cuando, claro está, no se compita por el mismo recurso en cuyo caso está asegurado el fracaso.
Quizá sea cierto como decía Borges que la amistad es preferible al amor porque no precisa frecuencia. Y debe serlo porque las relaciones a largo plazo que resisten los embates del tiempo se parecen más a una amistad o fraternidad que a otra cosa. El apego es el único que puede vencer a la rivalidad, aunque sea impuesto por las circunstancias.
Respeto, aceptación y compromiso, parece ser la receta universal para sostener las relaciones.
Y lo que no interesa, no interesa.
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