Cómo dejar de ser «progre»

La mayor parte del personal no lo sabe pero la palabra «progre» fue un invento de mi generación. Antes de nosotros no había progres sino falangistas y activistas del Sagrado Corazón. Pero aunque la palabra «progre» ha ido derivando a través de otras acepciones profanas, quiero dejar claro cómo era ser progre en los 60-70.

Un progre era un adolescente que se dejaba el pelo largo, patillas y algunos -los que podían- bigote inglés, los más osados vestían pantalones acampanados y botines, los más contenidos aquellas trincas – color camello- que señalaban hacia una pertenencia de origen. Aunque las señas de identidad de la progresía de entonces fue sin duda la música, pues la nuestra era una progresía estética no política como ahora que se ha convertido todo en ideología. Entonces los homosexuales no eran gays sino poetas y los heteros éramos músicos y tocábamos en un conjunto. No había progre sin conjunto y sin seguidoras, grupys las llamaban.

Quiero decir que los progres de entonces no estábamos interesados en la política, aunque los había en la universidad, en los cine clubs y en algunos colegios de curas, pero eran una minoría adscrita al PCE que fue el único partido que plantó cara a la dictadura, pero nosotros los progres auténticos no estábamos por Marx ni por la URSS sino por King Crimson, Yes y Pink Floyd, esos eran nuestros referentes. Naturalmente los políticos estaban en contra del rock y contra las guitarras eléctricas que creían eran una degeneración burguesa del arte, pero perdieron la batalla contra los progres verdaderos que éramos nosotros, los que quisimos ser progres porque estábamos hartos de obedecer a nuestro padre y lo que de verdad buscábamos era follar con aquellas chicas – igualmente progres pero estrechas- que llevaban minifalda o al menos pantalones de pana y no tomaban anticonceptivos que eso solo lo hacían las francesas. Para eso queríamos la libertad, no como ahora hacen los progres postmodernos que la quieren para quitársela a los demás y nos lo van a prohibir todo, el porno, el folleteo, la prostitución, el tabaco en las terrazas y pronto el alcohol. Pero antes de hacernos progresistas del todo hubo que pasar por las drogas, la musica basura y la cutrez, de repente los tatuajes dejaron de ser cosa de legionarios y toreros y pasaron a ser elementos de referencia para la cultura popular.

La hipergamia no había sido inventada ni el feminismo se había revelado como una ideología deconstructiva de la masculinidad y aun nadie sabía que era eso de LGTBI, había lesbianas que estudiaban filosofía y homosexuales polímatas que se metieron en el cine, en el teatro o en el asunto catalanista y triunfaron como algunos que yo me sé. Pero se trataba de estrategias individuales para tocar poder, poder meter o poder medrar en una sociedad que aun mantenía abiertas todas las posibilidades de ser como una opción vital no encuadrada en ninguna pack ideológico.

Dejé de ser progre allá por los 90 y fue una conversión lenta, para nada una apofanía, yo diría que comenzó con Felipe Gonzalez y el desencanto que me produjo su deriva. Para entonces yo ya era médico y había abandonado la música por completo. estaba en el mundo laboral y vivir en aquel periodo de cambio en el mundo del trabajo y también social supuso una vorágine apasionante, no había tiempo para más. Digerir que los socialistas venían a ser un poco como los demás fue un verdadero trance para muchos de nosotros, fue por eso que poco a poco comencé a interesarme por la psicología evolucionista, es decir volví mis ojos a la naturaleza por ver si alguien podía explicarme porqué las ideas naufragan en cuanto tocamos poder. Como psiquiatra mantuve durante mucho tiempo ideas equivocadas sobre el ser humano, pues mi generación procedía de un ambiente casi metafísico, en lo político y en lo religioso. Y aunque yo no era ni una cosa ni otra he de reconocer que ese entorno modeló mis valores y mi manera de pensar, mi mentalidad. Una mentalidad que podríamos definir como «vivir de espaldas al mal». O de que todos podemos ser rescatados de nuestras equivocaciones.

Nuestro despertar fue con el mal del terrorismo de ETA y con otros terrorismos que cada día presidían los titulares de los periódicos como hoy sucede con las noticias de violencia de genero, que abren los telediarios. Los progres de hoy que creen que son progres pero tanto me recuerdan a aquellos monaguillos que dirigían discursos cargados de moralina en las sacristías de algunas parroquias siempre acompañados de guitarras folk y cánticos de grupo para aligerar las misas . Lo cierto es que nosotros los progres ya estamos vacunados de estos discursos como lo estamos también de forma natural contra las picaduras de los mosquitos

En realidad los mosquitos nos pican a todos, es falsa esa idea de que solo pican a ciertas personas que las atraen por su olor u otra cuestión química. Nos pican a todos solo que algunos reaccionan de forma exagerada a través de una hiperinmunidad de base, mientras que otros son picados pero no reaccionan exageradamente. Pero lo más sorprendente es que existe una memoria celular para las picaduras -la teoría del leucocito residente– significa que a veces la picadura de un mosquito puede hacer brotar reacciones hiperinmunes en otras picaduras anteriores. El individuo cree que ha sido picado por varios, pero en realidad solo ha habido uno, que con su saliva nos ha introducido el recuerdo de lo que en otro momento fue una picadura en tiempo real.

Así descubrí que hay personas pro-inflamatorias y personas anti-inflamatorias. Desde los 60-70 solo me hablo con los anti-inflamatorios y es así que los mosquitos no me pican, no porque me conozcan sino porque estoy vacunado.

En conclusión, la idea de que el mundo camina inexorablemente hacia el progreso y que por tanto ser progresista es la mejor opción, es una idea cuanto menos equivocada. Pero yo estoy más convencido hoy de que no es un error sino una maniobra de masas, una ingeniería social para llevar el mundo a una especie de granja orwelliana donde criar ganado insulso y obediente.

Al alba

«Al alba» es una canción de Luis Eduardo Aute escrita en 1975 y que rápidamente se convirtió en un himno contra el régimen de Franco ya en sus estertores, unos hechos que se produjeron y que dieron lugar a los últimos y extemporáneos fusilamientos de la dictadura. El mismo Aute nos da esta versión en una entrevista que podeís leer aquí junto a la letra de la canción, redonda y potente. Sin embargo no hay que fiarlo todo a la interpetación del autor que –aprés coup– pudo adherirse a la interpretación que el publico llevó a cabo de la canción.

De lo que no cabe duda es que el poema habla del amor y de la muerte.

El poema tiene bastantes hallazgos estéticos, el primero de todos es el fonema que propio titulo. Obsérvese que !al alba» es fonéticamente bien distinto a «alba» o «el alba». Un sustantivo y una contracción llenan toda nuestra boca. El titulo en sí mismo es ya un minipoema pues evoca no solo el amanecer sino algo que sucede, que está inscrito en él.

Sólo hay una alusión a estas ejecuciones cuando habla de «pólvora de la mañana», pero el resto del poema no contiene ninguna clave que nos permita esclarecer de qué está hablando el poeta.

Así cuando dice:

Presiento que tras la noche
vendrá la noche más larga.

¿A qué noche se refiere? Lo lógico es pensar que el alba termina con la noche a la que teme, pero entonces qué es esa noche larga?

Y cuando dice:

Los hijos que no tuvimos
se esconden en las cloacas.

¿A que hijos se refiere? ¿Está hablando de hijos que no llegaron a engendrarse o bien a abortos clandestinos?

En cualquier caso me parece un poema y una canción excepcionales, una canción que representa toda una época, pero que sigue conteniendo algunos misterios. Es por eso que me ha parecido interesante este video de Pedro Bustamante donde analiza la canción en otra clave: simbólica-esotérica, dejando bien a las claras que el arte está abierto a cualquier interpretación y que al final lo que nos queda es la belleza y un agridulce recuerdo de una época.

La vieja cançó

Cataluña es un pais de tenderos y no lo digo de forma peyorativa sino como alabanza, muy parecido al reino Unido y probablemente la base de su pujanza económica. Vale la pena visitar este post sobre la aparición de la clase media inglesa para saber a qué me refiero.

En ambos casos, tanto en Inglaterra como en Cataluña sucedieron cosas importantes, y relacionadas con una explosión de talento allá por la década desde 1970 hasta 1980. En el primer caso se trató de una explosión de talento pop por así decir con influencias del rock y del blues, casi todos los grupos que nos trajeron aquellas innovaciones musicales de los 70 eran procedentes de artistas nacidos después de la segunda guerra mundial, desde 1947 hasta 1954. Y se concentraron además en determinadas ciudades como Birmingham, Liverpool, Manchester o el mismo Londres.

No cabe duda de que el trauma de la gran guerra tiene algo que ver en esa explosión de talento pero no hemos de olvidar tampoco el baby boom  ni a los inmigrantes de las colonias inglesas. Sea como fuere aquella explosión de creatividad no se ha vuelto a repetir.

En Cataluña sucedió algo parecido que vino a conocerse como la «Nova cançó», se trató de una especie de renacimiento artístico, una eclosión de artistas que tenían como denominador común expresarse en catalán. Reunidos bajo el epígrafe del setze jutges animaron a toda una generación y sobre todo propusieron una nueva estética en la escena y un nuevo estilo que vino a conocerse como «cantautores». Significa que los cantantes componían sus propias canciones, sus propias letras  y lo hacían a menudo acompañados de una sola guitarra. Su relato era muy verosímil y prendió. Este post va dedicado a ellos, esa generación que bebió de fuentes francesas más que anglosajonas y donde Jacques Brel fue el padre de todos ellos, empezando por «Pi de la Serra», que como el lector podrá observar tenia un deje de lo más existencialista, nada que ver con el pop que nos venia de las islas británicas.

 

Es interesante señalar que solo muy tangencialmente o como concesión comercial este movimiento fue reivindicativo o político, más bien se trataba de catalanismo en estado puro, muy alejado de lo que hoy entendemos como nacionalismo catalán. Mi impresión es que fue precisamente este aspecto puramente estético, artístico lo que dotó a este movimiento de credibilidad y vale la pena decir que se produjo en un contexto muy concreto: la España franquista.

Solo en unos pocos podía adivinarse este aspecto más combativo o político aunque en clave de resistencia a la Dictadura, nótese en este Lluis Llach y como la estaca parece representar a la dictadura obligatoria. Lo cierto fue que la estaca no se soltó y Franco murió en su cama.

En Valencia hubo también dos cantantes que vale la pena recordar aquí, uno fue Raimón que es muy conocido por «Al vent» pero que brillaba con luz propia cuando musicaba a poetas medievales como Ausias March o se ponía lírico como en esta canción dedicada a su esposa italiana:

También Ovidi Montllor comenzó su carrera como reivindicador descamisado con aquella «Samarreta», con la que se presentó en Valencia en sociedad,  pero poco a poco su carrera fue tomando otros senderos mas sofisticados con aquellos recitativos de poetas como Vicent Andrés Estellés, vale la pena recordar éste, acompañado a la guitarra por Toti Soler.

 

Cada uno de los «setze jutges» tuvo una carrera distinta, la vis cómica de Guillermina Motta, la búsqueda experimental de un sonido mediterráneo como en Maria del Mar Bonet, que en ocasiones dio también alguna muestra de compromiso político como cuando cantó aquello de ¿Qué volen aquesta gent», un recuerdo de cuando la policía entraba de noche en un domicilio para registrar la casa en busca de octavillas.

 

Pero sin duda el gran artista que brilla sobre todos los demás es Joan Manuel Serrat que ha tocado todos los palos y ha triunfado tanto en castellano como en catalán, abriéndose paso más allá de Cataluña gracias a ser un artista completo. He elegido este tema con letra de un gran poeta catalán, Joan Salvat Papasseit para ilustrar esta versatilidad.

En suma la cançó fue un fenómeno cultural, estético, artístico parecido a la Renaixenxa que comenzó siendo un periódico y que emergió en la dictadura de Franco y catapultó a muchos de aquellos babyboomers catalanes que fueron de alguna manera la vanguardia de otros que surgirían en el resto del país.

Su éxito se debe a dos razones, el catalanismo ha existido siempre pero se hallaba circunscrito al lenguaje común, naturalmente que antes de ellos ya se hablaba catalán en sus casas pero casi nadie con una cultura media había tenido la oportunidad de proyectarlo en canciones populares y poesía al alcance de todos, incluyendo a los no-catalanes.

Pero parte de su éxito también fue que no tenia adherencias políticas salvo en algunos casos y si las tenia era contra el franquismo y la Dictadura, lo que hacía de cemento de unión y naturalmente carecían de subvención.

El catalanismo es algo bien distinto al nacionalismo catalán que parece haber terminado con los intelectuales, poetas y cantautores catalanes.

¿Qué se hizo de ellos?

Solo Serrat y Maria del Mar Bonet en menor grado permanecen en pie, el resto ha desaparecido de la escena pero permanecen en nuestros recuerdos y ahí seguirán como mitos a medida de que se desdibujen sus contornos.

 

 

Nosotros los «baby boomers»

Baby boom es el concepto informal con el que se conoce a los que nacimos en la década entre 1947 y 1957 aproximadamente, es decir a la explosión de nacimientos que hubo después de la segunda guerra mundial. Aquellos que alcanzamos la mayoría de edad hacia 1968 coincidiendo con la revolución de mayo de aquel año y que también se conoce como la generación del 68.

Desde entonces no ha habido en Europa otro baby boom y la demografia no ha hecho sino descender.Este post es un homenaje a todos los babyboomers que hoy ya son, somos jubilados.

En un post anterior ya hablé de las características de personalidad de esta generación pero me gustaría volver ahora sobre qué significaba la libertad para nosotros  comparándola con el vacío que hoy podemos observar en la generaciones que nos sucedieron, más amplificadas si cabe con esa otra que ha venido en llamarse millenials.

Ken Wilber describió la patología de nuestra generación, esa que inventó o reeditó el narcisismo, le llamó boomeritis a esta especie de infección memética:

Para Wilber la “boomeritis” es el principal obstáculo para alcanzar el pensamiento de segundo nivel, es decir aquel estado de expansión de la conciencia -una expansión que se realiza en espiral- según la teoría de la “dinámica espiral” propiciada por Clare Graves que representaría el alcanzar un estado tal de elevación que superara las contradicciones y antagonismos propios del pensamiento egocéntrico que caracterizaría el primer nivel.

Pero la boomeritis no aqueja solamente a mi generación porque el narcisismo-egocentrismo es desde el punto de vista evolutivo muy potente: representa algo asi como el muy adaptativo “sálvese quien pueda” que seguramente ha producido grandes servicios a nuestra especie. Despegar de él no es cosa fácil sobre todo en un mundo donde el lucro y los rendimientos personales seguidos de premio o de recompensa son los ídolos en los que creen la mayor parte de la población infectada.

Sin contar con el hecho psicológico de que primero tenemos que diferenciarnos para más tarde integrarnos. Muchos de mi generación lograron el primer objetivo pero no el segundo, debe ser por eso que la mayoria de mi generación terminó apuntándose al PSOE.

Nosotros entendíamos la libertad como una forma de librarnos de las coerciones que procedían tanto de nuestros padres, como de la religión y en menor medida del Estado. Eran los padres los que nos prohibían, los que nos exigían, los que nos mantenían bien atados a la costumbre. Liberarnos de esa coerción paterna era para nosotros la libertad. Vale la pena detenerse un momento sobre esta cuestión. En aquella época los padres no nos dejaban hacer casi nada, ni viajar, ni salir de noche, ni por supuesto beber alcohol. Solo podíamos estudiar y ejercitar algún deporte, las salidas estaban contabilizadas y vigiladas, la hora de vuelta a casa era sagrada y no había lugar para la transgresión. La situación de las chicas era aun peor, condenadas a una castidad perpetua que se prolongaba en la nuestra y a una invisibilidad manifiesta. Las transgresoras eran vistas como chabacanas, flojas, y fáciles: eran así estigmatizadas y sacadas a empujones de la socialización bien entendida.

Fue en el 68 en Paris donde tuvo lugar la ruptura con el padre, el mundo no volvió a ser el mismo, fue en las barricadas donde tuvimos nuestras primeras experiencias sexuales completas con aquellas heroínas hegelianas más bien enloquecidas que buscaban la playa bajo los adoquines. Alcanzamos esa libertad que añorábamos de forma paulatina, la píldora antibaby salió en nuestra ayuda y la minifalda puso el resto. Lo que queríamos era follar y follar sin compromiso, y follar con todas no con la amiga de turno, algunos lo consiguieron sobre todo los alfa del movimiento, esos que se colocaron en algún sitio gubernamental y que la nómina amordazó.

Beatles y la psicodelia, Rolling Stones,  Kinks, Erick Clapton y sus bandas, Steve Winwood, The Who, King Crimson, Yes, era la música que oíamos, la mejor música que se ha hecho en todas las épocas apareció en esa generación mal follada, no es de extrañar. Freud habló de sublimación, ese mecanismo que convierte la pulsión sexual en obra de arte y si a eso le juntamos el trauma generacional que supuso la guerra con embazadas solteras o viudas ya tenemos el cóctel necesario para entender ese fenómeno de explosión de talentos. Y Freud era la lectura de cabecera de mi generación como Poe, Lovecraft, Brabdury, Desmond Morris o Marcuse con aquel ensayo «Eros y civilización» tan freudiano que venia a enfrentar definitivamente la satisfacción erótica con el orden civilizatorio. La creencia en el buen salvaje fue la consecuencia de aquellas lecturas: regresar a la naturaleza era la mejor forma de escapar de las coerciones culturales, esa fue la elección de los que entonces llamábamos hippyes o «progres», unos personajes que Houellebecq describe tan bien en sus novelas

Pero todo tiene su parte trágica, y esta ganancia de libertad basada en lo sexual tuvo consecuencias imprevisibles en el imaginario humano: la principal consecuencia es la atomización de lo imaginario. Ahora tenemos libertad, al menos aquella libertad que soñábamos pero las cosas parecen haber ido a peor.

La revolución sexual trajo algunos efectos adversos:

El término revolución sexual se refiere a una serie de profundos cambios sociales que implicaron a las actitudes, expectativas, relaciones entre los sexos y costumbres realizadas en la mayor parte del mundo occidental en la década de 1960-1970 y que se superpone a ciertos movimientos conocidos como contracultura (el movimiento hippie) asi como a movimientos políticos relacionados con la revolución del Mayo de 1968 llevada a cabo sobre todo en Paris, una revolución contra el padre o la autoridad según algunos autores. La guerra de Vietnam, el consumo de drogas, la aparición del feminismo y el amor libre ocupan el trasfondo de este movimiento que efectivamente cambió el mundo, pero no en el sentido que esperábamos.

Sin embargo el movimiento que conocemos como revolución sexual tuvo una causa y dos efectos que pueden estudiarse juntos como movilizadores de la sociedad,  son estos tres:

  • La contracepción.
  • La incorporación de la mujer al mundo del trabajo.
  • La fragmentación de la familia extensa y la emancipación de la nuclear.

La contracepción es la tecnología que permitió a las mujeres elegir el momento, el cómo, con quién y cuando quedar embarazadas, mientras se multiplicaban los contactos sexuales previos al matrimonio o al compromiso reproductivo, dicho de otro modo, la contracepción es la que permitió multiplicar los contactos sexuales sin el peaje del embarazo que hasta los años 60 era la regla.

El paso al compromiso reproductivo sufrió un enorme retraso lo que dio lugar a un descenso de la natalidad que hoy consideramos en algunos paises ya más que preocupante al tiempo que se introdujeron -paradójicamente- también otras libertades como la del aborto libre o casi libre que en toda Europa se ha consagrado como un principio de derechos femeninos elementales. Lo cierto es que al menos resulta contradictorio que en entornos de libertad y accesibilidad universal de contracepción hayan aumentado los abortos debidos a embarazos no deseados. Llamo la atención del lector sobre esta primera contradicción. No parece pues que la libertad contraceptiva haya llegado a todas las mujeres o bien que la contracepción por sí misma ha generado un efecto contrario al que se esperaba, embarazos no deseados.

Lo asimétrico de la contracepción es que se deja al control de la mujer la descendencia de los hombres, como veremos más abajo esta hegemonía femenina en cuanto a la voluntariedad de tener o no hijos y con quién tiene secuelas sociales.

Por otra parte la incorporación de la mujer al mundo del trabajo, no hubiera sido posible en una sociedad tradicional, fuere agricola o industrial, sencillamente en un mundo sin anticonceptivos la mujer no hubiera podido incorporarse de un modo tan generalizado no ya a los trabajos más devaluados o manuales sino a las carreras y estudios complejos que exigen mucha más postergación en la edad de tener el primer hijo. Naturalmente la familia se resintió, con independencia de aquellas mujeres que supieron acumular o retener apoyos familiares suficientes para ayudar en la crianza de los hijos, lo cierto es que la mayor parte de los hogares donde la mujer trabaja fuera de casa tienen unos estandares de vida mucho peores en tanto a presencia y calidad, cuidados de los niños y tiempo dedicado a sus miembros.

Pero lo más paradójico de esta incorporación de la mujer al mundo del trabajo y por tanto de la autosuficiencia económica es que ha dado a los hombres más oportunidades para financiarse una segunda esposa al abaratar -por asi decir- el despido.

La revolución sexual no tuvo los efectos que pretendíamos los jóvenes de entonces sino -tal y como podemos observar hoy- una fragmentación de las formas de vida que coexisten con bolsas de soledad, familas desestructuradas, anomia social, patología mental y sobre todo, otra cuestión que llama la atención: hogares monoparentales presididos por mujeres que viven solas, que tienen hijos a su cargo y con la ausencia de la figura paterna aunque esta vez no se trata de desaparecidos en combate. Y una consecuencia mas dramática y peligrosa: la disminución de la natalidad.

Me propuse llevar a cabo un pequeño estudio sobre mi entorno inmediato, para ello usé la finca donde vivo y aunque ya sé que esta forma de proceder carece de rigor estadístico, me permitió al menos pensar en algo que nunca antes había pensado. ¿Cuantas personas viven solas con o sin hijos en mi entorno más cercano?

De un total de 28 hogares esta es la distribución:

1.- Parejas con o sin hijos 16 hogares, el 57,1 %.

2.-Mujeres solas con o sin hijos 8 hogares, el 28,57%.

3.-Hombres solos, con o sin hijos, 4 hogares, el 14,28%

Lo importante es señalar que más de la mitad de los hogares (la mayoria) sigue mostrando la configuración tradicional, pero están emergiendo hogares de mujeres solas (y excluyo a las viudas) que tienen hijos a su cargo y trabajan fuera de casa. Por último la causa más importante de soledad entre estas mujeres es el divorcio, se trata sobre todo de mujeres separadas.

Con respecto a los hombres todos los que aparecen en la muestra son divorciados.

Dicho de otro modo: el divorcio parece ser -por encima de la viudedad- la causa más importante de vivir solos, tanto en hombres como en mujeres, aunque la frecuencia de “divorciados” parece ser más significativa en hombres.

Cad o dad.-

“Cad” y “dad” es la forma de llamar en inglés a dos estrategias sexuales de apareamiento en humanos y que implican tanto a los hombres como a las mujeres. “Dad” en inglés significa “papá” de modo que la estrategia “papá” representa el emparejamiento monógamo tradicional (biparental), mientras que la estrategia “cad” viene a referirse a la promiscuidad sexual, con o sin compromisos reproductivos tanto en hombres como en mujeres.

De manera que podemos decir que las sociedades avanzadas, occidentales y opulentas, donde los controles sociales acerca de la sexualidad son débiles son estrategias “cad”, mientras que las sociedades tradicionales con cerrazón sexual, ordenadas y pulcras representan estrategias “dad”.

Vamos ahora a obervar un fenómeno concreto: la tasa reproductiva de hombres y mujeres en una sociedad u otra. Es sabido que desde el punto de vista evolutivo las mujeres en todos los tiempos se reproducen más que los hombres (el éxito reproductivo de las mujeres es superior al de los hombres), Baumeister (2007) ha publicado ciertos porcentajes abrumadores a este respecto, pero lo que interesa señalar es que el éxito reproductivo de las mujeres es el doble que el de los hombres, pero ahora vamos a ver las consecuencias sobre esta variable respecto a las sociedades “cad” y “dad”.

libertadsexual

 

Dicho de otra manera: a mi generación se le fue el asunto de las manos.

 

Buscar playas donde no las hay es mal asunto. Y la verdad es que la sexualidad es mejor que esté regulada si queremos que sea igualitaria.

 

Muros y paredes

muro

The wall (El muro) es  un álbum doble de Pink Floyd que terminó por convertirse en una película protagonizada por Bob Geldof en el papel de Pink en 1982.

Este disco doble es un álbum conceptual que nos retrata la vida de una estrella ficticia del rock llamada Pink, basado en las vivencias del mismo Roger Waters, convirtiéndolo así en una especie de álter ego antihéroe. Descrito por Roger Waters, Pink se reprime debido a los traumas que la vida le va deparando: la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, la sobreprotección materna, la opresión de la educación británica, los fracasos sentimentales, la presión de ser una figura famosa en el mundo de la música o su controvertido uso de drogas sumado al asma, entre otros, son convertidos por él en «ladrillos de un muro metafórico» que lo aísla, construido con el fin de protegerse del mundo y de la vida, pero que le conduce a un mundo de fantasía autodestructiva.

Vale la pena ver este video, una escena donde Pink en un estado comatoso probablemente debido a una sobredosis de drogas es rescatado por un equipo sanitario que irrumpe en su casa para salvarle la vida y llevarle a un Hospital. La canción que acompaña esta escena es «Confortably numb» que significa «atontado pero confortablemente» y es probablemente una de las mejores canciones dee la historia de rock progresivo que practicaba Pink Floyd.

En realidad existe una historia paralela de locura, drogas y éxito indigerible en la persona de Syd Barret que tuvo que retirarse del mundo del espectáculo por los problemas mentales que padeció. A él le dedicaron sus compañeros el tema «Shine on you crazy diamonds». La historia de «The wall» en realidad recorre todos estos tópicos, de traumatización que la generación británica de postguerra tuvo que sufrir. Casi todos los grandes genios del pop británicos nacieron entre 1947 y 1952, una explosión de talento.

Hay muros literales como el de Berlin y simbólicos como esos que vamos construyendo en nuestro interior con el objetivo de aislarnos del mundo exterior y librarnos de las consecuencias de una vida penosa o irrelevante. El muro de Pink Floyd habla de ese tipo de muros que no tenemos más remedio que ir derribando si queremos integrarnos en una vida plena que necesariamente es social.

Pero si  escribo este post no es para celebrar el aniversario de la caída del muro de Berlin, sino para enlazar esta historia de los muros interiores con las paredes arquitectnicas reales y contestar a este pregunta: ¿existe alguna relación entre entre las construcciones actuales -que preservan nuestra intimidad-y la emergencia de una subjetividad concreta? ¿Es el Yo un efecto secundario de las paredes?

Esta es una idea que tomé prestada de un post de Pablo Malo que puedes leer aqui y que contiene algunas claves para entender qué demonios es eso que llamamos intimidad. ¿Son las enfermedades mentales una secuela de una hipertrofia de nuestra subjetividad? ¿Son las enfermedades mentales el peaje que hemos de pagar por nuestro individualismo?

En realidad la intimidad es algo bastante reciente, aun recuerdo como eran las casas de mi infancia al menos en el medio rural, apenas habían áreas individuales, cocina y comedor eran lugares comunes para toda la familia y los dormitorios usualmente se compartian. La idea de tener una habitación para cada miembro de la familia, con puerta cerrada y toda clase de distracciones en su interior es algo que hemos ya olvidado que es un invento de la modernidad. No deja de ser curioso que actualmente haya corrientes de educación infantil que propugnen el «colecho» como una forma de mantener contacto físico entre padres e hijos, quizá hemos olvidado que el «colecho» fue la norma en nuestra infancia, al menos en los que vivimos en entornos rurales. Hoy pareciera como si el colecho se hubiera moralizado y sus defensores se cuentan por decenas entre las clases más ilustradas de nuestra sociedad.

Frente a ellos hay quien sostiene otra idea bien diferente: que el colecho es malo para los niños debido a la excitación sexual extra que procura, y los defensores del psicoanálisis no se ponen de acuerdo sobre si recomendar o no el dichoso colecho entre padres e hijos.

Y lo cierto de todo esto es que sin paredes no habría fisgoneo, ni espionaje de los desnudos familiares ni existiria eso que Freud llamó la escena primaria. Sencillamente seria algo tan común que ni nos fijariamos en ello. Aunque la verdad sobre todo esto es que desde siempre hemos sabido que la contemplación de la escena primaria tiene efectos bien distintos según la clase social. Y parece tener más efectos secundarios en el imaginario de los niños que tienen paredes que en aquellos que tienen menos obstáculos para convivir.

A propósito de las paredes dice Pablo Malo:

«Las paredes era una nueva tecnología que paradójicamente amenazaba la seguridad de los grupos humanos, porque quitaba de la vista y de los oídos material que era esencial para mantener la paz y la moralidad del grupo. Pero con la agricultura y la ganadería empezó a tener sentido para los pueblos hacerse sedentarios y construir casas con paredes. Pero la gente se resistió en muchos sitios de Asia, Australia o Sudamérica a construir casas, lo que lleva a Amos Rapoport a concluir que construir casas no es un acto natural y que no es universal. En algunos sitios se construyeron casas, pero la gente no vivía en ellas. Lo que se resistía era el final de la transparencia de la vida social, la vida privada originaba curiosidad y sospecha. Entre los Sakalava de Madagascar estar solo en casa se consideraba un signo seguro de maldad, de estar tramando algo. El secreto y la separación se veían como falta de generosidad y como una conducta antisocial o de superioridad o de distinción, y generaba rechazo».

Y:

«Pero hay más que esto. Cuando el ser humano se mete dentro de las paredes ya no es el mismo que el que estaba a la intemperie. La pared, como cualquier otra tecnología, nos cambia. Es en algunos sentidos como cuando vestimos una máscara, que también nuestra psicología cambia. Aparece la vida privada, diferente de la pública, este producto de la domesticación que es la pared, y detrás de la pared el hombre empieza a hacer cosas que no podría hacer a la vista de los demás, cosas que antes no podía permitirse. De hecho, privado viene del latín «privatus y privare» (privar). Hanna Arendt escribe en The Human condition: “Llevar una vida completamente privada significa sobre todo estar privado de cosas esenciales para una vida humana: estar privado de la realidad que viene de ser visto y oído por los demás, ser privado de la relación objetiva con ellos que viene de estar a la vez relacionado y separado de ellos por el intermediario que es un mundo común de cosas, estar privado de la posibilidad de conseguir algo más permanente que la vida misma. La privación de la privacidad consiste en la ausencia de los otros”.

Y probablemente este es el origen de las perversiones  sexuales, algo que se vió o se oyó, o algo que debería estar a la vista y estaba escondido u oculto. Algo que se fisgoneó, algo que era tabú. Pues no hay privacidad sin tabú.

De manera que ya tenemos una clave para la armonía y la felicidad: Menos paredes aseguran la otredad aunque la renuncia a ese bien tan grácil que hemos venido en llamar «intimidad personal» no es fácil. De manera que al menos con nuestra pareja tendremos que empezar por recordar aquella frase de John Wayne a Maureen O´Hara en «El hombre tranquilo»:

«Entre nosotros no habrá puertas ni cerrojos»