Dostoyevski y la psicología

Hay dos formas de considerarse un insecto, una de forma consciente como Gregorio Samsa en la Metamorfosis y otra de forma inconsciente como Raskolnikov en «Crimen y castigo». Son las dos formas más conocidas de autodesprecio. @pacotraver

Recientemente con el crimen de Lardero se ha vuelto a poner de manifiesto la idea repetida hasta la saciedad por mis compañeros psiquiatras de que ese tipo de criminales como Francisco Javier Almeida no son enfermos mentales. Esta idea a la que yo me he adherido durante mucho tiempo, acostumbrado como estaba a ver enfermos mentales, creo que necesita una revisión.

Es verdad que existen crímenes cometidos por enfermos mentales graves como el de la doctora Noelia de Mingo reincidente en su pulsión homicida después de haber sido condenada por un crimen anterior en su Hospital. Pero la verdad es que este tipo de crímenes son poco frecuentes, me refiero a los crímenes que cometen enfermos mentales verdaderos usualmente aquejados de formas malignas de esquizofrenia, donde los motivos para el crimen están relacionados con delirios paranoides u ordenes que el paciente acata automáticamente sin ningún tipo de juicio por su parte.

Pero en realidad los crímenes tienen casi siempre tres móviles 1) la venganza, 2) el sexo y 3) el dinero. También existe el arrebato criminal, es decir aquel que sucede sin ningún tipo de planificación y que responde a un estado mental que pudieramos calificar de enajenación puntual después de una discusión banal de tráfico o de bar, casi siempre en relación con drogas o alcohol.

Pero existen otro tipo de crímenes como el de Lardero que nos ponen los pelos de punta precisamente por dirigirse hacia un niño en una persona con antecedentes muy violentos y que ya había demostrado su interés por los niños y cumplido condena por un crimen anterior con motivación sexual y mucho sadismo de por medio. Dicho de otro modo, se trataba de un psicópata y también de un pederasta y vale la pena recordar que la pederastia es una patología no solo admitida por las clasificaciones internacionales sino por el sentido común: pero hay algo averiado o roto en esas personas que llamamos psicópatas y que no nos atrevemos a clasificar como patología mental quizá porque los rasgos psicopáticos son muy frecuentes en la población general tomados de uno en uno y de alguna forma «ser un psicópata» no fractura de un modo tan impetuoso el sentido de realidad como una psicosis. Un psicópata es una persona indistinguible de cualquier persona, incluso a veces es una persona con cierto atractivo o agradabilidad. Su locura no es cognitiva como en las enfermedades mentales comunes sino moral, y lo moral de momento no está clasificado en ningún manual de psiquiatría, tampoco los DSMs parecen estar interesados en ello.

De manera que lo mejor para saber algo sobre criminales es leer a Dostoyeski, más concretamente «Crimen y castigo».

La Rusia de Dostoyevski.-

Dostoyevski nació en Moscú en el primer cuarto de siglo XIX, me interesa sobre todo dar cuenta de la situación de ese país bajo el dominio de los zares y de las causas de su atraso, también me interesará describir su sociedad dividida en castas inmutables y en un anhelo que parece brotar de todos y cada uno de los personajes de Dostoyevski, me refiero al anhelo de adquirir un mayor estatus del que se tiene, algo que el maestro describe con minuciosas descripciones de la vida corriente en cada un de sus personajes.

El 80% de la población rusa eran, en aquel momento «siervos». Un siervo no era un esclavo como los de USA, tenia ciertos derechos, por ejemplo tenia admitida su condición de humano, por tanto el dueño no podía matarlos, aunque podía maltratarlos y venderlos. Los siervos no podían abandonar la heredad que les correspondía ni viajar libremente y si esta heredad era vendida ellos formaban parte de esa venta aunque podían ser vendidos aisladamente de la tierra.

Vale la pena señalar que las condiciones de vida de estos siervos era -sin embargo- muy parecida a la de los esclavos de las plantaciones de algodón de USA y que el maltrato y el látigo solían ser la forma de castigo usual para cuando las expectativas de los amos no fueren cumplidas. Lo importante es señalar que el padre de Dostoyeski -que era medico en un Hospital de pobres- tenia siervos a su servicio en alguna de esas fincas enormes dedicadas a abastecer de cereales las grandes ciudades rusas. El padre de nuestro autor fue asesinado precisamente como venganza de sus siervos. Es interesante señalar ahora que en Crimen y castigo, Raskolnikov también tiene un padre que es asesinado; hay pues ciertas concomitancias autobiográficas entre Dostoyevski y Raskolnikov. Podríamos decir que Dostoyeski y Raskolnikov son la misma persona aquejada por un trauma que para Freud, fue determinante en su vida ulterior. En su ensayo «Dostoyeski y el parricidio» plantea Freud su hipótesis de que la culpabilidad de ambos personajes -uno real y otro imaginario- procede de este hecho. Culpabilidad que deriva del hecho -según Freud- del deseo parricida que ambos desarrollaron a lo largo de su vida. Cosa que, por otra parte es probablemente cierta a poco que sepamos del carácter de estos padres de aquella época, excesivamente severos en su trato con sus 7 hijos, en suma lo que hoy entendemos como maltratadores y que a la postre le costó la vida.

Paradójicamente la servidumbre operó como un freno para la revolución industrial, mientras las clases trabajadoras progresaban en toda Europa gracias a la aparición de las clases medias y la «mentalidad de tendero», los pequeños negocios que hoy llamamos Pymes, en Rusia el atraso de una sociedad agrícola, con estructuras políticas y leyes anticuadas y una población analfabeta, atrasada y famélica no logró escapar de su destino ni siquiera con la medida del zar Alejandro de liberar a los siervos.

Liberar a los siervos no resolvió el problema sino que lo agravó. Lo que sucedió fue que muchos de ellos emigraron a las grandes ciudades, Moscú y San Petersburgo, pero allí no solo no había trabajo sino que las condiciones de vivienda eran degradantes, el hacinamiento era la regla: una familia con 5 o 6 hijos vivían amontonados en una habitación donde escaseaban no solo los alimentos sino la calefacción. San Petersburgo alcanzo en 1844 una temperatura de -35 º C. Podemos adivinar las condiciones en la que aquellos ex-siervos -ahora liberados- vivían sus vidas agravadas por el vodka y todos los vicios. Lo usual era que las muchachas jóvenes se prostituyeran para mantener a sus familias donde siempre había un padre borracho, algo que también describe con toda clase de detalles nuestro autor.

Raskolnikov es un estudiante de derecho que queda sin recursos y no puede seguir estudiando, se dedica a vagar, visitar tabernas, escuchar conversaciones y tratar con todo tipo de parias que la vida le pone a mano. Lo interesante de su psicología es que Raskolnikov presenta cierta anomalía mental que es difícil de atrapar y sobre todo una personalidad complicada. Por ejemplo, piensa que existe y debe existir una doble moral, una para los hombres corrientes y otra para los hombres extraordinarios, aquí se encuentra en embrión la teoría del Superhombre de Nietzsche del que Dostoyevski es un adelantado. Naturalmente Raskolnikov siente que pertenece a este tipo de hombres, algo que es recurrente en la obra de Dostoyeski: sus personajes tienen pretensiones (como él las tuvo literarias). Pretenden cosas que existen pero que no están a su alcance, merced a esa sociedad cerrada que no permite ascensores sociales en su seno: la única manera de progresar en esa Rusia es el matrimonio, no es de extrañar pues que cierta frustración social acompañe a todos y cada uno de los personajes del autor. Frustración que además les acompaña en sus aventuras sentimentales. Ser rechazado por la dama a la que se aspira es otro de los temas de Dostoievski, parece que en Rusia en esa época nadie obtiene lo que desea.

Pero la frustración de Raskolnikov es el dinero pues está siendo mantenido por su madre y su hermana aunque dispone de algunas joyas que empeñar e ir tirando. Eso hace cuando conoce a la vieja prestamista, una usurera.

La figura del usurero es una figura antipática para todos nosotros, lectores de novelas. Cobrar intereses por prestamos que se conceden a veces en condiciones dramáticas es algo que nos desagrada, que nos conmueve. Es por eso que el crimen de Raskolnikov cuenta con las simpatías del lector, a fin y al cabo la vieja prestamista era un personaje despreciable, se lo merecía. Quien no se lo merecía era la joven sobrina que por accidente coincide en la escena del crimen y se lleva también un hachazo por parte de Raskolnikov y aquí comienzan las dudas del lector: «No quise matarla» le confiesa Raskolnikov a Porfirio el juez que investiga el crimen.

Lo cierto es que el robo parece el movil del crimen pero Raskolnikov pierde parte de su botín en su huida y además entierra la otra parte sin que en toda la novela tenga la necesidad de rescatarlo. El botín le quema en las manos. Podriamos decir que le enferma pensar en él.

Lo cierto es que su crimen no parece un crimen psicopático a juzgar por los sentimientos de culpabilidad que le siguen (un psicópata no siente culpa). Más que eso, después del crimen Raskolnikov parece entrar en un estado disociativo, que Dostoievski llama «delirio» por su parecido a un delirio febril. Raskolnikov enferma después del crimen y sobre todo siente una pulsión que podríamos llamar «pulsión a confesarlo todo», pues esta es quizá la mejor forma de quitarse de encima la culpabilidad que siempre es individual. El castigo es la mejor forma de purgar una culpa.

Vale la pena que el lector lea el próximo post dónde abordaré los diálogos entre Raskolnikov y su médico Azimov. Observaremos allí como existió una psicología realista antes de que existiera una psicología naturalista calcada del modelo biomédico.

Hoy es precisamente ese modelo biomédico el que no nos permite calificar de forma psiquiátrica al asesino de Lardero. No cabe en las clasificaciones, se cae por las grietas y es posible que encontremos en TVE durante un tiempo a psiquiatras diciendo que estos criminales no están enfermos pero si perturbados o enajenados. Esta contradicción hay que perseguirla históricamente a través de la novela que es mucho más fiable y descriptiva que las historias clínicas de entonces y las de ahora.

Bibliografía.-

S. Freud (1927) Dostoyevski y el parricidio

Lo trágico en la cultura

La naturaleza es fascista pero la cultura es trágica. @pacotraver

La muerte no es un derecho sino una fatalidad @pacotraver

Recientemente ha sido aprobada en nuestro país una ley sobre eutanasia por una gran mayoría en el Congreso, solo PP y Vox se han posicionado en contra. Es verdad que no he leído la ley y que no conozco el cuidado con la que se ha elaborado pero me parece que el debate al que vamos a asistir no será muy distinto al debate que se mantiene aun con respecto al aborto.

Respecto al aborto ya me pronuncié en este post (en este mismo blog) y también coincido con los argumentos que mi colega Pablo Malo escribió en una entrada de la misma época.

Lo interesante es que ambos bandos se enzarzan en discusiones que no pueden llegar a buen puerto pues cada uno pone el foco en un plano de definición distinto al de su oponente, pasa con el aborto y pasa ya con la eutanasia. Y lo peor: no se escuchan entre sí.

Hoy mismo en twitter he podido observar como ya comienza el debate acalorado entre unos y otros -los defensores de la vida como si la vida fuera un valor absoluto  y los defensores de la dignidad como si hubiera algo en la muerte de digno- todo ello aderezado con la intervención de la OMC (organización medico colegial) que nos recuerda el juramento hipocrático y que los médicos estamos para defender la vida, cosa que por otra parte es obvia. Algo que me ha recordado a cuando se propuso el tratamiento con metadona de los adictos a la heroína por vía intravenosa. Se decía que permutar una droga por otra no podía considerarse un tratamiento médico y hubo muchos colegas (no necesariamente de derechas) que se opusieron a este plan que poco a poco fue implantándose en todo el territorio nacional. Y hay que decirlo: fue un éxito y lo fue por dos razones: la primera porque de lo que se trataba no era de curar sino de minimizar los daños de la jeringuilla compartida, apartar al drogadicto de la vía inyectable y acercarlo al sistema sanitario y la segunda razón porque el tema no se politizó, había representantes de los dos bandos en las dos posturas.

Con el aborto y la eutanasia pasa todo lo contrario, cada bando mantiene una postura fija e inamovible, algo que siempre sucede cuando se habla sin saber de qué se habla porque ¿qué es la eutanasia?

Eutanasia significa «buena muerte» es decir eso que los chinos llaman septimo cielo, una muerte dulce, sin sufrimiento, una muerte sobrevenida y dulce, quizá durmiendo, algo que en cualquier caso no lleva ningún dolor para el «mortiturus» que apenas se entera de que está muriendo. En este sentido la inyección letal que se aplica a los condenados a muerte, es eutanásica (eutanasia procesal), también los que descerrajan un tiro en la nuca a un opositor político. Es una muerte rápida e indolora y por tanto eutanásica.

Desenchufar los aparatos de ventilación que preservan una vida vegetativa se llama eutanasia pasiva, mientras que no enchufarlos (privar al enfermo de tal prótesis) se llama eutanasia activa. También están los cuidados paliativos que se prestan en situaciones terminales y son una forma de eutanasia (por sedación terminal) cuando ya es imposible esperar ninguna mejoría en un paciente determinado. Los cuidados paliativos se emplean ya en nuestros hospitales y precisan de un permiso especial tanto por los comités de ética de los hospitales como del conocimiento de la familia. Así y todo dan lugar a pleitos cuando la familia no acaba de estar de acuerdo con ciertas decisiones. En este sentido los médicos que practican esta forma de eutanasia con esta ley van a sentirse mucho más amparados, pero lo cierto es que cuando pensamos en eutanasia no estamos pensando en estos casos limites entre la vida y la muerte, estamos pensando en el caso de Ramón Sampedro de aquella película de Amenabar llamada «Mar adentro» que cuenta un caso real.

Se trataba del caso de un tetrapléjico que vive inmerso en su propia cama y que necesita cuidados de todo tipo para seguir viviendo, así y todo Sampedro tenia una vida social más intensa que la mía: recibía visitas continuas de amigos, cuidadores y de algunos activistas del asunto que nos incumbe. Al final convence a una cuidadora «compasiva para que le administre una inyección letal. Curiosamente no anima a sus activistas a reivindicar una mejor atención a los dependientes.

Dicho de otra forma: pensamos la eutanasia como una petición formal de alguien que se ha cansado de vivir, alguien que conserva los cinco sentidos intactos para realizar tal petición y además existe una patología intratable que no es posible que vaya a mejorar con el tiempo. Necesita además alguien que se haga cargo de «quitarle la vida» puesto que él solo no podría llevarlo a cabo. Estamos en el territorio del suicidio asistido.

De manera que la palabra «eutanasia» es confusa y nos hace pensar en prácticas que nada tienen que ver con la eutanasia propiamente dicha. En Sampedro estamos pensando o bien en este caso, donde el marido acaba suicidando a su esposa también por compasión.

De manera que el conflicto procede del hecho de si se puede o no «quitar la vida» a alguien por compasión.

Pero la ley no se ha llevado al Congreso por este tipo de casos que son en cualquier caso discutibles según las preferencias sentimentales de cada cual. Se trata de casos extremos y lo peor que se puede hacer es legislar para los casos extremos pues lo que va a suceder una vez esta ley se haya aprobado es que van a surgir innumerables casos promedio que no van a reclutar tanta empatía en el publico en general. Al tiempo que cada vez se banalizará más tal práctica y las peticiones que alcanzarán a personas absolutamente desquiciadas, llevando la ley al esperpento.

¿Pues qué hacer en el caso de una demencia de larga duración, donde el paciente no puede dar su consentimiento ni ha verbalizado su intención de llevar a cabo la eutanasia? Estos van a ser los casos más abundantes junto con los grandes dependientes psíquicos o físicos. ¿Quién va a pedir la eutanasia por ellos?

Y nos queda el caso de los pacientes psiquiátricos. Es seguro que esta ley va a promover demandas de eutanasia, estoy pensando en casos que he visto personalmente: psicóticos crónicos, depresivos profundos, incluso anorexias graves, trastornos de personalidad, etc. Todos ellos pacientes jóvenes que intentaron suicidarse algunas veces en su vida sin éxito y que es probable que se acojan a esta ley que en ningún caso parece que va a hacer excepciones con ellos llevando a su asistencia a una contradicción: son pacientes que usualmente reciben tratamientos o ingresos involuntarios pero podrán elegir de forma voluntaria la eutanasia.

Hay algo en la cultura -tal y como dice Simmel- que es trágico y lo es porque existen contradicciones insalvables entre la ética que es individual, la moral que es grupal o social y el Derecho que es Estado.

El Estado es un mal garante de la moral social y de la ética individual pues la política no se ocupa de estas cuestiones y nos lleva a un atolladero: podemos pensar que la eutanasia es inmoral y al mismo tiempo vivir en un entorno donde está permitida con toda la tecnología puesta a su servicio.

Pero nadie ha resuelto el dilema de fondo: los mismos que promueven el aborto y la eutanasia son los que se oponen a la pena de muerte, es decir a la eutanasia procesal.

No es necesario que nadie me lo explique, porque también es verdad lo contrario: los que defienden el derecho a la vida no se oponen en el fondo a la pena de muerte, por las mismas razones: por compasión. La pena de muerte tiene algo de compasiva pues determinados criminales pareciera que anduvieran buscando un castigo proporcional a sus crímenes y su degeneración moral es similar a la decrepitud física de muchos enfermos.

La utopía aislacionista (I)

El conocimiento del futuro solo es posible en casos en los que dicho conocimiento no impida ese futuro. @pacotraver

Hace algunas semanas una amiga de twitter me planteó mi disponibilidad para asociarme a un proyecto que tenia -junto con otras personas- para escribir sobre utopías. La idea era que casi todo el mundo escribe sobre distopías futuras pero que existe poca literatura sobre utopías, algo así como ¿qué sucederá en el futuro? o bien ¿existe alguna esperanza para la humanidad en este momento donde pintan bastos? O bien ¿cómo imaginarías ese mundo feliz si es que imaginas alguno que se acerque a ese ideal?

Me pareció un ejercicio muy interesante siempre y cuando se entienda que imaginar una utopía lleva consigo y colgando una distopía. Lo que para unos es un ideal para otros puede ser su infierno. Eso aprendimos de Huxley o de Bradbury. Otros como Orwell nos señalaron hacia la distopía total si bien los distópicos escriben precisamente para que las distopías -como la tragedia griega- no se cumplan y no tanto para adivinar el futuro.

Lo cierto es que el futuro no se puede adivinar y las predicciones sobre el mismo casi nunca se cumplen. También es cierto que la mayor parte de las utopías son deseos, bien en positivo o bien en negativo, entonces les llamamos distopías pues ¿quien desea el apocalipsis zombie de la humanidad que pregonan ciertos distopistas?

Sea como sea ni la distopía ni la utopía sirven como medida de lo que sucederá en el futuro, lo que sabemos procede del pasado desde una análisis que hacemos en el presente y desde donde proyectamos lo que puede suceder en el futuro, pero esa proyección está sujeta a errores de bulto, debido al hecho de que las variables y cisnes negros que pueden intervenir en el despliegue de ese futuro son inconmensurables. No basta con tener un check list preciso del pasado o acometer una análisis riguroso desde el presente. La complejidad de las interacciones es enorme lo que hace que el futuro sea impredecible.

Pero la impredictibilidad del futuro no impide nuestras versiones imaginarias de ese futuro, no solo para contar como nos gustaría que fuera sino para que fuera inteligible, y de alguna forma probable en función de las circunstancias del presente.

De manera que cuando me pidieron esa utopía para un libro coral que constituye ese proyecto de utopistas de variado calado y transprofesional, estuve pensando en esta utopia que he llamado «utopia aislacionista» aunque al final opté por otra utopia mas relacionada con mi profesión.

Mi utopía es el aislacionismo y mi distopía es el globalismo.

No cabe duda de que el globalismo es la ideología política que manda en el mundo y aunque hoy esté en horas bajas, lo cierto es que sigue mandando. El globalismo -sea quien sea quien lo dirige- procede de EEUU, si bien Donald Trump es hoy uno de sus enemigos declarados mientras que la UE sigue practicando el dogma globalista, si bien de una manera dispar, siendo España, Francia e Italia junto con el Vaticano sus más profundos idólatras.

El globalismo es el responsable de esta epidemia de coronavirus que nos mantiene a todos confinados en casa, con la economía suspendida y un sinfín de amenazas a nuestra seguridad y a nuestra forma de vida. Pero ya está más o menos claro que más allá de si el virus surgió de un laboratorio o de un mercado de animales, lo cierto es que China tiene una enorme responsabilidad en la difusión global de este virus. No solo trató de silenciar el brote en su origen sino que además de eso no cerró sus fronteras apenas lo detectó, exportando el virus a otros países con los que mantiene relaciones comerciales.

El comercio de China ha sido el huesped intermediario del virus: se transmitió a través de aviones, barcos y eso que llama el libre comercio, un dogma muy querido por los globalistas. No deja de ser curioso que los países que mejor comercio tienen con China hayan sido los más afectados empezando por Irán y la UE.  A EEUU acabó llegando pues a EEUU llega todo, es el país con mayor transito comercial tiene con China.

En realidad el libre comercio ha hecho más daño que bien a los países implicados, el libre comercio es en realidad una trampa que lleva consigo una claúsula maldita: la descentralización de la producción. Significa que el mundo ha confiado a la fábrica de China la producción de casi todos los productos que consumimos debido a una mano de obra barata y a una reglamentación muy laxa respecto a calidad y a controles sanitarios. Esta descentralización ha llevado a la ruina a sectores productivos industriales de muchos países occidentales: ¿si todo se fabrica en China qué haremos con los trabajadores de nuestras naciones? Condenarlos al paro y a la exclusión, obviamente.

De manera que el libre comercio es un beneficio para el capital pero no beneficia en nada a las personas ni a las naciones. Alguien puede comprender que en nuestro país tengamos una dependencia tan macabra de mascarillas y equipos de protección para el coronavirus? ¿Cómo es posible que no tengamos en España una industria dedicada a proveernos de cosas tan elementales?

Alguien decidió en su momento que España era un país de servicios: significa de bares, camareros, restaurantes, playas, putas y turismo. Un turismo artificioso que se alimenta con borracheras, drogas, sexo fácil y callejero, festivales de rock financiados por la administración y que deja pingues beneficios a sus organizadores. ¿Existe alguna ciudad costera que no tenga su propio festival de desenfreno para una juventud aburrida y anómica?

El globalismo y el libre comercio arruinaron nuestra agricultura y nuestra industria condiciones que impuso la UE a la España de Felipe Gonzalez para permitirnos la entrada en un club donde nunca debimos entrar al menos en esas condiciones. La siderurgia y la industria pesada han desaparecido de nuestro país, carecemos de instalaciones energéticas suficientes que hacen que el precio de la luz sea insoportable y que debamos comprar el suministro a Francia mientras se demoniza la energía nuclear que nos alimenta desde allí a precios sobredimensionados y además en cuyo recibo nos imputan varios conceptos ajenos al consumo: impuestos sobre impuestos.

La agricultura española está arruinada por culpa del libre comercio siendo como somos al menos en teoría un granero fundamental para Europa, no solo entran naranjas marroquíes o de Sud Africa sino frutas tropicales que hacen la competencia a la fruta y verdura española cuyos precios en origen señalan hacia la destrucción de todo el sector agrícola de nuestro país. Os aseguro que se puede vivir sin comer kiwis, bananas de Costa Rica, mangos, papaya, aguacate y otras frutas exóticas.

Una de las cosas positivas que ha traído la pandemia es que nos hará repensar esta dependencia no solo industrial sino alimentaria de otras latitudes y es por eso que algunos pensadores como Mencius Meldbog proponen un aislacionismo hemisférico Norte-sur y este-Oeste) ante la evidencia de que el globalismo ha muerto por el coronavirus.

Lo cierto es que el aislacionismo no es una idea nueva, algunos países aun lo practican: Irán, Corea del Norte o Cuba son buenos ejemplos, si bien con distinta suerte y siempre en relación con regímenes totalitarios. China es una excepción tratándose de un país comunista que ha entrado en el juego neoliberal ciertamente mejorando mucho la situación de sus ciudadanos gracias a una política salvaje capitalista bien combinada con aspectos autoritarios de control de su población. Un amigo mío que hizo ciertos negocios en China solía decir «En China todo es posible pero mariconadas ni una», refiriéndose precisamente a esta combinación de las ideas comunistas con las capitalistas.

También es cierto que el aislacionismo radical no existe: Corea del Norte extrae su tecnología de China y Rusia, Irán lo extrae de China a cambio de petróleo (aunque lo tiene bloqueado por las sanciones de EEUU) y si nos retrotraemos a nuestro país, es un hecho confirmado que el despegue económico de la España franquista fue gracias a ese aislacionismo que tampoco era radical gracias a las relaciones bilaterales con EEUU que instaló aquí sus bases militares. El despegue económico de Alemania tras la II guerra mundial también es un ejemplo de progreso económico (el milagro alemán) aun estando tutelada por los aliados y de alguna manera castigada por su papel bélico anterior,

El aislacionismo protege a los países de influencias nocivas en sus tejidos sociales. Gran parte de la animadversión de los países árabes a occidente se debe a su rechazo de las formas de vida occidentales incompatibles con su tradición y su mentalidad. Los roles de genero occidentales no encajan en su concepción del mundo y hacen bien en preservarlos pues no se trata de una guerra entre progreso y barbarie, sino de una guerra entre globalización y soberanía. Ser esclavo o ser amo de tus propias decisiones y destino, en eso consiste el enfrentamiento.

Existen en la historia muchos ejemplos de países que en un momento determinado optaron pos el aislacionismo, uno de ellos es Japón a través de lo que llaman el Sakoku,un periodo de 220 años de aislacionismo bajo el cual el comercio y el trasiego de personas en Japón se hizo extremadamente limitado. Del mismo modo China anduvo también aislada del mundo hasta que los ingleses entraron a saco en la guerra del opio. El temor a las influencias extranjeras está hoy presente en muchas comunidades y gobiernos y no cabe duda de que ese temor está bien justificado pues la penetración extranjera suele llevarse a cabo de forma gradual y a través de pequeños cambios casi imperceptibles. No cabe duda de que en España la penetración extranjera tuvo lugar en las playas mediterráneas a través del turismo. El primer bikini que vi fue a principio de los años sesenta. En 10 años acabó por imponerse en todas las playas. Naturalmente podrá decirse que este ejemplo es inocente pero es una pequeña anécdota para comprender que lo que hoy se vive en Magaluf en Mallorca seria imposible de contemplar en los años de mi adolescencia, solo que una cosa lleva a la otra y siempre en la dirección de los planes de ese capital que carece de escrúpulos y de compasión.

No son solo los bikinis los responsables del cambio, sino las películas y la industria del cine, la ropa, los gustos de los jóvenes, su manera de divertirse, el alcohol y el culto por las drogas, las ideologías de izquierda, el feminismo, la liberación de todas las sexualidades disidentes, la música y la literatura y ahora Internet con su oferta de pornografía y sexo gratis. No cabe ninguna duda de que el aislacionismo es una cura para todos estos estímulos supranormales que tienen un coste adicional en nuestra salud mental, la cohesión ciudadana y el bienestar.

La globalización no cambia solo las costumbres o la vestimenta, cambia también los valores. Vale la pena ver «El ultimo samurai» de 2003 para comprender como el Japón tradicional perdió la batalla contra el capital global perdiendo de paso su esencia. Lo que cambió fue la mentalidad de las personas: el honor, la lealtad, la autenticidad, el patriotismo. la devoción a la familia, el respeto hacia la mujer, la vergüenza como inhibidor social, el patriotismo, el culto religioso o a los antepasados fue progresivamente sustituido tanto allí como aquí por valores impersonales como la empatía, el respeto impostado por el medio ambiente, el libertinaje, el divorcio y el aborto sin culpa, la poliginia y la promiscuidad, el porno manga o o la tolerancia frente a cualquier disidencia. Valores que esconden una indiferencia absoluta frente a los demás.

No cabe duda de que el globalismo ha sabido construir una nueva subjetividad humana, que algunos han llamado la sociedad del rendimiento que es la cara de otro tipo de sociedad,  la del cansancio, al haber sustituido lo de dentro con lo de afuera haciendo coincidir al perpetrador con la víctima y no cabe duda de que el ciudadano globalizado es su propio explotador y su propia víctima.

El éxito de esta programación mental está en haber sabido presentar como una liberación o emancipación lo que en realidad es una nueva esclavitud. Pocas personas adictas al low cost son conscientes de que los precios que pagan por artículos prescindibles como la ropa, los viajes o artefactos industriales o tecnológicos tienen como contrapartida no solo el paro y los bajos salarios en su país sino también una enorme bolsa de sufrimiento en otros lugares del mundo por no hablar de nuestras basuras y plásticos que o bien son derramadas en el mar o sumergidos en enormes montañas de basura en Africa u otros lugares.

Probablemente sea el viaje el articulo de consumo más querido por los esclavos globalistas. Ellos disfrutan con poder pasar sus vacaciones en lugares exóticos, en la otra parte de los hemisferios, cuanto más lejos se viaja más atractivo es el viaje sin caer en la cuenta de que eso que ha venido en llamarse «desarrollo o consumo sostenible» es incompatible con los viajes masivos de gente transitando de aquí para allá. Son pocos los que caen en la cuenta de que «sostenible» significa que sobra mucha gente y es por eso que decir genocidios masivos es lo mismo que globalismo. Al capital global le sobran los ancianos, los enfermos, los discapacitados, pues estos apenas consumen y no hacen más que consumir recursos y les faltan inmigrantes pobres que trabajen por comer. Lo hemos visto recientemente en los fallecidos por el coronavirus en las residencias de ancianos: la población más vulnerable a cualquier ataque global. Y no cabe duda de que la pandemia es un ataque global sin prejuzgar su intencionalidad, basta con observar sus resultados. Cum hoc ergo propter hoc.

Pero además hay una contradicción. ¿Qué ha hecho el globalismo por nosotros los españoles durante la pandemia? Ni ha hecho nada ni es posible esperar nada a pesar de que el nuestro es uno de los países más entregados al culto globalista. Como era de esperar todo lo que se ha hecho y se hace es debido al Estado y a sus instituciones sin olvidar las donaciones de verdaderos prohombres y de la solidaridad de los ciudadanos.

Mi utopía es aislacionista, es decir soberanista.

Naturalmente el aislacionismo que propone Mencius Meldbog permitirá el comercio. Compraremos lentejas a Cuenca, fresas a Huelva y cerezas a Extremadura. Venderemos naranjas, manzanas, ciruelos y peras a todo el país y fuera de nuestras fronteras con aquellos países con los que mantengamos relaciones comerciales. El vino de Rioja, o el de Ribera del Duero o el aceite de Jaen serán nuestras cartas de presentación y pagaremos aranceles allí donde no alcancen nuestros acuerdos de comercio. No pasa nada si los japoneses no pueden beber Riojas, ellos tienen el sake pero yo prefiero el Rioja, no pasa nada si no podemos beber el vino francés o la cerveza holandesa.

Alguien puede creer que en un mundo donde el viaje entre hemisferios se interrumpiera la próxima semana, y permaneciera interrumpido durante años, décadas, siglos … ¿Sería  un desastre? No, en realidad estaría bien. Ni siquiera cambiaría mucho la vida de la mayoría de las personas.

Mi utopía es conseguir un país autosuficiente y estar preparados para la próxima pandemia que obviamente volverá a aparecer, pero si lo hace espero que sea con las fronteras bien cerradas tanto por tierra, mar y aire.

 

El hombre y sus masculinidades

Un hombre es aquella persona que es capaz de generar más recursos que los que consume @pacotraver

maculinidad

¿Es la masculinidad un privilegio o una carga?

Las mujeres suelen decir que los hombres somos todos iguales, del mismo modo sucede por cierto con los hombres. ¿Pero es esto cierto?

¿Somos todos los hombres iguales?

Pues parece ser que no.

El problema está -como siempre es el lenguaje- que no es capaz de apresar las similitudes y las diferencias sin convocar a la generalización. La verdad es que los hombres somos todos iguales en algunas cosas y bien distintos en otras. Lo mismo sucede con las mujeres.

El lenguaje es categorial y construye opuestos y luego nosotros, en nuestra mente, creemos que los opuestos son contrarios y los tratamos como tales en nuestras operaciones lógicas. La realidad es que lo contrarios no lo son tanto como creemos, pensemos en una escala analógica donde masculino y femenino sean opuestos, uno sería 0 y otro sería 1. Lo usual es pensar -como sucede en política- que cada uno de nosotros estaríamos un poco en el centro, equidistantes tanto de la masculinidad radical como de la feminidad radical.

Pero el centro no existe en genética, lo que existen son polimorfismos que se silencian unos a otros, que vencen en una competición o que cooperan entre sí.

Pero ahora vamos a pensarlo de otra manera, supongamos que masculino y femenino no son contrarios, vamos a pensarlos  (tampoco como suele decirse como complementarios), vamos a pensarlos como despliegues distintos de potencialidades que ocupan un mismo lugar, vamos a pensarlos como un cluster de potencialidades o habilidades que están juntas, ocupando un mismo espacio de ejecución cerebral. Una misma utilidad neurobiológica.

Pensarlo de este modo nos permitiría poder agrupar utilidades en un mismo cerebro con independencia de si se es hombre o mujer. Y también nos permitiría abandonar esa estúpida convicción de que «todos somos iguales».

No lo somos, pero lo importante como más abajo trataré de epxlicar no son las diferencias que existen entre unos hombres y otros, sino la brecha que se abre entre hombres y mujeres sobre todo en lo que respecta a la personalidad

Y es por eso que algunos autores como Michael Kimmel ha puesto a punto un master sobre la masculinidad. Dice Kimmel:

«Cuando planteo el tema de las masculinidades en plural procuro poner el acento en el hecho de que no existe un modelo único y hegemónico de ser hombre y en que las diferencias y alteridades de la masculinidad no deben entenderse como versiones menores de ese modelo o como fragmentos de una estatua que se ha roto». En lenguaje coloquial: los hombres hoy son, o pueden ser, ‘hipsters’ y ‘canis’, ‘fofisanos’ y ‘lumbersexuales’, ‘andróginos’, ‘normcore’ y ‘muppets’. O no ser nada de esto».

Y ser machos ibéricos, por así decir, la versión tradicional del macho hispánico.

El macho tradicional es aquel que fue educado para ser el sostén de una familia, escogería una pareja que se conformaría con ser ama de casa, cuidar de él y de sus hijos y de acompañar sus tareas fueran lo que fueran hasta el final compartiendo sus éxitos y sus fracasos. No cabe duda de que este modelo ha funcionado con sus secuelas, evidentemente. Ni todos los hombres daban la talla para sostener familias y creando más recursos de los que consumían, ni todas las mujeres tenían un fenotipo adecuado para adaptarse a este concepto tradicional.

Pero lo más dramático de esta historia, es la cantidad de «machitos» que no daban la talla para adaptarse a este modelo estereotipado, donde los disidentes eran siempre calificados como «niñas», «mariquitas» o «débiles», un modelo excluyente como los nacionalismos.

Y la verdad es que este modelo no se corresponde con la realidad genética de nuestra especie. Hay mucha «masculinidad» en algunas mujeres y mucha «femineidad» en muchos hombres. Pero el problema sigue siendo las etiquetas: no disponemos de ninguna otra palabra para designar estos conceptos. ¿Qué significa que un hombre es femenino? ¿Qué significa que una mujer es masculina?

La verdad es que estos conceptos son muy escurridizos y no están señalando la verdad neurobiológica que ocultan. Lo sabemos por los homosexuales.

Suele decirse que un hombre homosexual es un hombre que quiere ser una mujer. No es cierto en la mayor parte de los casos. Un hombre homosexual es un hombre, que sabe que es un hombre pero que se siente atraído sexualmente por otros hombres y que no desea transformarse en mujer, y que puede conservar entre sus rasgos, preferencias y gustos, muchas utilidades que se atribuyen a la masculinidad, por ejemplo la promiscuidad y otras bien femeninas como la tendencia al embellecimiento, el histrionismo o la locuacidad.

Dicho de otra manera se puede ser muy macho y al mismo tiempo ser homosexual. ¿Entonces qué es la masculinidad?

Podemos adelantar una cuestión: la orientación sexual es independiente de la identidad sexual. Y la identidad sexual es múltiple tal y como corresponde a su plataforma genética desde la que se construye.

Aun no hemos descubierto qué realidades neurobiológicas se ocultan tras eso que llamamos «masculinidad» y «femineidad». Lo que sabemos son «big data», es decir datos que proceden de la estadística que componen correlaciones y otros procedentes de la neurobiología, por ejemplo hoy sabemos que la sexuación cerebral se compone en época fetal y es hormonodependiente, es decir nos desarrollamos con cerebros de hombre o de mujer a través de la testosterona circulante mientras estamos en el seno de nuestra madre. La sexuación cerebral se completa antes de los 3 meses de vida. Sin embargo no está demasiado claro qué es un cerebro masculino o un cerebro femenino. Lo más seguro es que no existan diferencias gruesas -pero si funcionales- entre ambas anatomías cerebrales, pero que la sexuación se constituya como un mosaico.

Y es también probable tal y como predice la «teoría de la sabana» que cuanto más nos alejamos del entorno ancestral (de cazadores-recolectores) más se bloqueen las diferencias innatas entre hombres y mujeres, lo cual nos permite predecir que las brechas de género al menos en cuanto personalidad se agrandarán en el futuro próximo.

Una manera tosca de medir las diferencias innatas entre niños y niñas es a través de la digit-ratio, es decir la relación entre 2D (índice) y 4D (anular) siempre más alto entre las mujeres que en los hombres. (Las mujeres tienen el índice más largo que el anular y en los hombres al contrario, medido en su mano derecha si son diestros)

Sin embargo la digit ratio por sí misma nada tiene que ver con la identidad sexual ni con la orientación sexual, lo que está midiendo es solo la exposición a la testosterona en época fetal.

La tesis de Michael Kimmel es que las identidades masculinas están aun en formación y que se han configurado a partir de los cambios que el feminismo ha ido implementando en los últimos 100 años. Es verdad que tal y como dice una amiga mía, «las mujeres buscamos hombres que aun no existen y los hombres buscan mujeres que ya no existen».

Es muy probable que esto sea cierto en el nivel de los números gruesos y en una foto fija de la actualidad, pero lo cierto es que el matrimonio convencional y reproductivo gana por goleada a los experimentos de ingeniería social más recientes. De eso hablan por si mismas las cifras de, hogares monoparentales, número de divorcios, baja natalidad, mujeres que viven solas u hombres solteros en paro y sin futuro. Un lugar desde donde surgen todas las violencias, pues está absolutamente demostrado que un exceso de hombres solteros predice más violencia en los entornos en que este exceso se produce, por ejemplo en China.

¿Qué hay de común en todos los hombres?

La verdad es que las masculinidades de las que habla Kimmel son axiomáticas y fácilmente reconocibles. Es obvio que la masculinidad tradicional (una masculinidad que procede de entornos agricola-pastorales) está en crisis y sufriendo un declive quizá como reacción a la liberación de la mujer. Pero si a mi me preguntaran que hay de común en todos los hombres y qué nos diferencia de todas las mujeres diría que a los hombres nos siguen gustando los deportes y las películas de guerra y las mujeres no parecen demasiado interesadas en ello. Por el contrario a las mujeres les sigue gustando ir de compras y adquirir ropa, algo que a ningún hombre que yo conozca le agrada. (Aqui hay un listado de lo que nos gusta a los hombres) Y se trata de algo innato, no de algo adquirido o impuesto por la cultura (esto está también demostrado y no voy a insistir en convencer a los ideólogos del género). Del mismo modo a las mujeres les encantan las profesiones altruistas como la psicología, la enfermería, el profesorado o la medicina mientras los hombre se encuentran más motivados por las ingenierías, la física, las matemáticas o la informática. Y por supuesto la carrera militar. Se trata de la conocida paradoja noruega.

Y este fenómeno es algo biológico, mal que les pese a los ideólogos de la igualdad, se trata de la llamada brecha de género. Hay diferencias entre hombres y mujeres y muchas, – sobre todo cuando podemos elegir profesión-si bien es cierto que al imaginarlas como un continuo hemos desperdiciado otras alternativas.

Lo que dice el psicoanálisis:

La principal diferencia entre mujeres y hombres es estructural y psíquica,  anatómica y fundacional, un vacío, algo que puede llenarse o algo que puede vaciarse o perderse:

Una mujer debería saber que un hombre no va a llenar su vacío, pues ese vacío es la propia brecha ontológica. Y un hombre debería saber que no puede colmar totalmente a una mujer, porque “la mujer es No –toda”, como dijo Lacan. Esto tiene importantísimas implicaciones y consecuencias.

Una mujer ha de reconocer la castración en el hombre (su vulnerabilidad frente a lo femenino) en tanto hacerse consciente de que hacía pesar sobre él una exigencia-expectativa de pura potencia, de omnipotencia, de excepción.

En este sentido es también verdad lo que dice Kimmel, la masculinidad tradicional ha sido para el hombre una carga y no tanto un privilegio como suelen decir los apologistas del género. Y es muy probable que la aparición de «masculinidades» nuevas no sea una adaptación sino una deserción, el declive de Eros.

Ahora bien, en lugar de pensar estas potencialidades como masculinas o femeninas podríamos pensarlas de otro modo: imaginando que en ese mosaico de polimorfismos genéticos que tejen una variada alfombra genómica existen inclinaciones que pueden ser identificadas socialmente tanto como masculinas como femeninas: por ejemplo la empatía y el nepotismo.

Ni la empatía ni el nepotismo son cualidades que pertenezcan a un sexo determinado, si bien la empatía (y otros rasgos) son más frecuentes e  intensos en las mujeres que en los hombres. Es muy posible que la gracilización de las conductas masculinas haya llevado al hombre hacia una mayor empatía y al abandono de sus cualidades más robustas.

El misterio reside en saber si esta tendencia hacia la gracilización no llevará aparejada también una disminución de la natalidad incompatible con el hecho de que esa misma gracilización se mantenga. Lo que no advierte Kimmel es la posibilidad de supervivencia de nuestra civilización en un marco de continuo declive de la masculinidad al tiempo que asistimos a una hegemonía de las mujeres que se manifiesta sobre todo en occidente en algunas profesiones y en privilegios jurídicos que expulsan a la mayoría de los hombres de la vida familiar y conyugal.

El punto de vista de Kimmel se enfrenta a una paradoja evolutiva: ¿A qué niños les enseñaremos en el futuro que hombres y mujeres son iguales?

¿Chinos, árabes, subsaharianos?

Igual no se lo creen.

 

Referencias.-

¿Qué es ser hombre en el siglo XXI?