¿Pandemia o plandemia?

El gato le ha dado a Alicia la llave para comprender que su forma de pensar forma parte del problema y de la solución del problema: que no están separados. (L. Carroll)

Hay dos falacias lógicas que vienen a cuento en este dilema acerca de la pandemia por covid19 que estamos sufriendo:

Post hoc ergo propter hoc y

Cum hoc ergo propter hoc.

Ambas se refieren al mismo hecho que divide al mundo de la causalidad en dos aspectos: causa y correlación. Dos hechos A y B pueden darse al mismo tiempo (cum hoc) o uno inmediatamente posterior al otro (post hoc), de tal manera que parecen relacionados y que uno sea la causa del otro. Lo políticamente correcto en causalidad es pensar que las deducciones que se hacen a partir de relacionar ambos eventos son incorrectos y sus conclusiones inválidas.

El problema es que a veces pueden resultar ciertas aunque la deducción sea inválida.

Que es una manera de decir que algo correcto estadísticamente puede ser falso en la realidad.

Así se divide al mundo en negacionistas (los que niegan la evidencia científica) y los ortodoxos que aceptan las explicaciones de los «expertos».

Y lo cierto es que si algo ha demostrado esta pandemia es que no existen expertos sobre el Covid19 por una razón muy obvia, es algo nuevo, un cisne negro como la victoria de Trump.

Para empezar hay que admitir que el citado virus es una zoonosis, es decir es una enfermedad de algún animal (el murciélago dicen) que ha saltado espontáneamente al género humano en un mercado de carne de Wuhan donde por cierto no vendían murciélagos. Pero que estaba muy cerca de un laboratorio de muy probables armas biológicas del gobierno chino.

Un gobierno que trató de ocultar la supuesta fuga del virus de sus instalaciones y que -hasta donde pudo- retrasó informar a los comunidad internacional de esta amenaza, al tiempo que hacía «desaparecer» a los médicos que opinaban en contra de la versión oficial.

En apenas 1 mes el virus saltó las fronteras de China y se extendió a Irán, Rusia y posteriormente Europa, siendo Italia el primer país donde causó más estragos. Pronto saltó el charco y se plantó en USA y Sudamerica.

La reacción de los gobiernos fue la esperada, primero se banaliza el problema (recordemos el 8-M) y después se sobreactua. Lo cierto es que algunos países sufrieron la pandemia más que otros, USA, España, Italia, y Brasil están entre los destacados tanto en número de fallecidos como de contagios. Todavía no sabemos las razones de esta predilección del virus por algunos países mientras desprecia a otros (como los países bálticos o Africa en general), ese es otro cisne negro dentro del cisne negro y la versión oficial está relacionada con la demografía y la vida social, pero también con la gestión de la pandemia. En eso en España hemos sido campeones: nadie ha gestionado peor la pandemia que nuestro gobierno aunque es cierto que otros gobiernos han sido bastante estúpidos al fiarlo todo a la inmunidad de rebaño, así el Reino Unido optó por esa estrategia hasta que Johnson pilló el Covid y parece que esto le disuadió de seguir mirando hacia otro lado mientras sus ancianos morían tanto como aquí en España a pesar del confinamiento radical que sufrimos.

De lo que se trataba era de salvar la economía y de evitar el colapso de los hospitales en lugar de preservar las vidas de los pacientes de alto riesgo, ancianos y otros enfermos crónicos. Así llegamos a unas 40.000 muertes en España, mal contadas pues nadie sabe a ciencia cierta aun hoy cuantos murieron de verdad con y por el Covid. En número de muertes por millón de habitantes  también llevamos ventaja.

El confinamiento fue la idea que el Presidente de nuestro gobierno entendió que era la mejor opción, mientras se decía que las mascarillas no servían de nada (en realidad no había mascarillas) y que las pruebas PCR tampoco servían de mucho (tampoco había reactivos). Entonces se contaban muertos, ahora se cuentan contagiados llamados eufemísticamente «casos».

Y lo cierto es que seguimos sin distinguir «casos» de «contagios» y por eso se habla de «asintomáticos». No sabemos si los asintomáticos contagian pero por si acaso hemos puestos mascarillas a todo el mundo (ahora si hay mascarillas) y distancia de seguridad, mientras seguimos obligando a hacer cuarentena a los «casos» que se detectan por PCR, a pesar de que existen serias dudas de su utilidad.

Ahora los informativos ya no cuentan los fallecimientos, ni las camas libres de UVI, ahora cuentan los «casos» que cada vez son más porque las CCAA cobran de la UE una comisión por cada PCR que realizan. A Más PCR más subvención y es por eso que parece que haya muchísimos casos a pesar de que el número de fallecidos cae.

Lo cierto es que la estrategia de comunicación del gobierno ha sido un desastre, tanto como su falta de prevención en acaparar material de primera necesidad. Recordemos que ni siquiera los sanitarios dispusieron de este material al principio de la pandemia.

 

Así entre declaraciones, errores de comunicación, contradicciones, propaganda de la verdad oficial que cambiaba cada semana y el cansancio de la población ha ido apareciendo un fenómeno nuevo llamado «negacionismo», ampliamente divulgado por los medios de comunicación e identificándolo con la locura colectiva. Son negacionistas los que niegan la pandemia y piensan que es una estrategia de los poderes ocultos bajo las siglas del NOM para dominar el mundo atacando a sus economías, sus servicios esenciales, imponer políticas restrictivas con las libertades públicas, decretos leyes con el Parlamento cerrado y liquidar a los abuelos.

Yo no soy negacionista sino afirmacionista y creo que la pandemia es verdadera pero la plandemia también y creo además otras cosas que paso a continuación a listar:

  1. El virus no se ha secuenciado y si se ha secuenciado no se ha publicado, tampoco sabemos quién tiene la patente. La mayor parte de la gente no sabe que los virus tienen patentes que pertenecen usualmente a una persona o institución
  2. Tampoco sabemos si las vacunas que se están poniendo a prueba parten de esa secuenciación o del algún modelo matemático a juzgar por la celeridad con que unos laboratorios y países compiten con los demás. Lo que las hace muy dudosas en cuanto a su seguridad.
  3. El hecho de que no se hayan hecho autopsias nos impide saber la fisiopatología de la infección y saber a ciencia cierta de qué murieron esos fallecidos mal contados por el gobierno.
  4. Es muy probable que el Covid sea un virus de diseño y que en ese laboratorio de Wuhan estaban haciendo cosas feas e ilegales. Si el escape del virus es un accidente es secundario al hecho de que se trabajara con ese material letal.
  5. Nuestro gobierno lo ha hecho tan mal que parece que lo haya hecho adrede y esa es la sospecha que tienen en la cabeza esos negacionistas que salen por la tele sin mascarilla y desafiando a la policía.
  6. Lo que he aprendido en esta pandemia es que en España no funciona casi nada, ni sabemos contar los muertos, ni hay coordinación entre Autonomías y cada una va a su bola, que los políticos a pesar de tener tantos asesores no han sabido -por su conocida soberbia- rodearse de personas capaces (verdaderos expertos) en epidemias.
  7. Ahora tenemos un país arruinado, con la gente medio confinada, sabiendo que nuestro gobierno lo ha hecho muy mal y sabiendo que el mal ya está hecho y que no se vislumbra ninguna esperanza en cuanto a un cambio de estrategia. Lo cierto es que la mayor parte de los Ertes aún no se han cobrado, los negocios privados están arruinados y hay una seria amenaza a las nóminas de funcionarios y pensiones.
  8. La peor decisión que puede tomar un gobierno en la situación actual es demonizar a los jóvenes, acusar a la población de irresponsable y ejercer la censura en los medios. Esto no es China y aquí no funciona, no funcionó nunca.

En suma, no hemos dado la talla como país y si no había un plan (plandemia) lo parece, de forma que los informadores deberían ser un poco más sutiles a la hora de liquidar con ese detestable epíteto, «negacionista» a todos los que discrepen de la verdad oficial. Dudar de lo que nos cuentan no es hoy síntoma de negacionismo sino una actitud razonable y crítica, a veces desproporcionada pero comprensible.

Las consecuencias de esta situación son aún hoy inconmensurables pero ya se detecta una desafección a todo lo público y lo que es peor: a la ciencia.

Aunque quizá sea para bien pues la teorías causales en la ciencia han de ser revisadas, ya es hora de que la ciencia se encuentre de bruces contra sus propios métodos y protocolos. Ya es hora de que la ciencias de la complejidad asomen el hocico para hacer entender que aun con «cum» y con «post» pandemia y plandemia es decir lo espontáneo y la conspiración pueden coexistir.

Lo que es lo mismo que decir que ficción y realidad forman parte de un mismo paquete de información como el gato de Chersire le enseñó a Alicia.

 

 

¿Quien mató a Ofelia?

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John Everett Millais, Ofelia, 1851-52

Ofelia es un personaje de la obra de Shakespeare, Hamlet que acaba suicidándose por inmersión. Hamlet es una obra enmarañada que se clasifica como una tragedia y donde al final todos mueren pero recuperan así el honor, un motivo muy del Barroco y del teatro isabelino del que Shakespeare fue un gran maestro. Pero el interés de las obras de este autor no proceden tan solo de su calidad literaria sino sobre todo porque en ellas aparecen locuras y delirios que hasta entonces no se encontraban documentados.

Shakespeare es por así decir un notario de esta realidad que hoy llamamos esquizofrenia o al menos los trastornos delirantes que acompañan a esta psicosis que hoy acuñamos con el nombre de esquizofrenia o bien locuras parciales. (personas que parecen normales pero están locos). En La tragedia aparecen dos personajes bien perfilados como «locos», uno es el propio Hamlet y la otra es Ofelia.

Mi intención al escribir este post es basarme en el análisis que Hubertus Tellenbach (1914-1992) llevó a cabo sobre las patologías del padre o como él mismo dice las inconsistencias paternas, no cabe duda de que han sido pocos los psiquiatras interesados en estas deficiencias paternas, el propio Tellenbach tuvo durante su época de profesor en Heidelberg un seminario abierto sobre este tema . Sin embargo es más conocido por haber descrito el «TYPUS MELANCHOLICUS» un rubro que sirve para definir a aquellas personas que presentaban una caracterología “pre-depresiva” y se caracterizaban por presentar los siguientes rasgos constitutivos en su personalidad: afán por el orden, escrupulosidad, obsesividad, autoexigencia con respecto al trabajo, alto rendimiento, hiperresponsabilidad, “sentido de ser para otros” y con elevado sentido de la amistad y lealtad. En suma Tellenbach está describiendo lo que hoy entendemos como personalidad obsesiva.

La locura de Hamlet es fingida, cualquier lector de la obra o espectador de la obra teatral sabe que Hamlet finge, lo hace del mismo modo que hizo Ulises, en este caso para evitar ir a la guerra. Hamlet finge estar loco para no delatar su plan de vengar la muerte de su padre a manos de su tío el adultero que yace con su madre aunque Polonio supone que ha enloquecido por la negativa de Ofelia.

Ofelia está enamorada de Hamlet y acepta su compañía y sus devaneos, pero tanto su hermano Laertes como su padre Polonio se oponen a este enlace y tratan de desengañarla y de socavar su confianza en el príncipe Hamlet al que acusan de mentirle para poseerla. Ofelia es una muchacha pura y delicada que se deja arrastrar por las ideas que tanto su padre como su hermano tratan de inducirle y al final solo consiguen un tipo de obediencia compulsiva: Ofelia no sabe qué pensar y es indecisa y sumisa, es por eso que obedece y rompe con Hamlet devolviéndole todas sus cartas. Su hermano parte a la guerra y ella que es huérfana de madre queda sola con su padre al que solo obedece por respeto pues ella sigue enamorada de Hamlet.

Poco después Hamlet inicia su tragedia dando muerte por error a Polonio que le espiaba detrás de una cortina. Este desenlace es el que hace que Ofelia se enfrente a un dilema sin solución, ¿como amar a quien ha dado muerte a su padre cuando su propio padre la había tratado de convencer de que Hamlet no la amaba?

Polonio era un padre inconsistente, insuficiente, incapaz de brindar a su hija un espacio propio para edificar su propia subjetividad separada de él. Es un delator, un «pelota», un un cortesano sumiso y obsequioso, un soplón, un chivato. Un padre deplorable e insuficiente, Hamlet le llama «pescadero». Impide el despliegue natural de la pasión de Ofelia, forzándola a fingir, a entrar en el mundo de la apariencia. Ofelia no es capaz ni de oponerse con juicios propios.

Algo parecido sucede en la novela de Paul Claudel, «El rehén».

El rehén plantea una drama personal complejo: el de una mujer que ha de renunciar al amor a causa de un matrimonio de conveniencia con una persona que además ha arruinado a su familia. Como podrá observarse no se trata de un drama cualquiera sino de un drama doble. Una persona ha de decir “no” al amor y además tiene que correr con los gastos de convivir con su enemigo al que odia. Es aquí donde aparece la mueca, pues es aquí donde el deseo (frustrado) ha de convivir con el deseo (rechazado).No se trata de una frustración cualquiera sino de una frustración a la que se obliga a convivir de forma  subsumida en el rechazo. De tal forma que conforma una herida que jamás puede cerrarse.

Ofelia enloquece cuando siguiendo la opinión de su padre cree que este le ha dado muerte siguiendo su locura que procede del hecho de haberle rechazado. Ofelia se siente culpable de haber propiciado esa muerte y con la muerte de Polonio ella se siente impulsada a borrar de su corazón a Hamlet, su delirio es una mixtificación de Hamlet y Polonio. una identificación ficticia cuyo única salida es la muerte.

Tellenbach creia que estos padres inconsistentes estaban en la base de desarrollos patológicos en sus hijos, incluso dejo escrito que la revolución del 68 en Paris no se debia tanto a una rebelicón contra el padre, como sostienen multitud de investigadores sino a la inconsistencia de la función paterna que se sustraía a toda confrontación y cuyo compromiso con toda esa generación de baby boomers fue muy débil y discontinua.

De manera que repudiar al padre fue muy fácil, casi salió gratis.

Pero el principal efecto secundario de Paris-68 fue la emergencia de un feminismo. No de cualquier feminismo, sino de un feminismo desquiciado, el que hoy vemos como a las claras pretenden el asesinato del padre y una vuelta atrás: hacia una supuesta sociedad arcaica y feliz donde los hombres no ejerzan su paternidad. En ello están.

Una sociedad de mansos como Polonio.

Hipernormalización

Adam Curtis es un documentalista y escritor británico que suele plantear en sus composiciones visuales contundentes y controvertidas opiniones acerca de cuestiones sociales y políticas, mezclando entrevistas, imágenes de archivo, o cortes de informativos y mezclar estas imágenes con una voz en off de un narrador omnisciente, todo ello aderezado con una banda sonora de lo más concordante con sus teorías que suelen alinearse con las  teorías conspiranoicas (todo está conectado con todo) aunque contienen ciertas novedades con las conspiraranoias tradicionales: Curtis cree que las versiones del mundo en las que cree la gente, por ejemplo la existencia de extraterrestres en realidad están dirigidas desde los gobiernos para ocultar el manejo y ensayo de ciertas armas de alta tecnología.

En realidad la gente está dispuesta a creer cualquier cosa siempre que sea algo fácil de entender, que sea simple y que no desafíe demasiado su pereza mental. Es por eso que ya no se hace la guerra para vencer sino para confundir al personal respecto del propósito de la guerra. ¿Alguien puede comprender quien guerrea en la guerra de Siria y por qué? ¿Cuantos bandos hay o que hace Rusia y Turquia en esa guerra diciendo y desdiciéndose  al día siguiente de su presencia en ese país?

El que se atreva a visionar completo este documental que dura mas de dos horas, acabará comprendiendo las razones históricas de esta guerra pero sobre todo aprenderá mucho sobre estrategias de propaganda, de guerra y de ficciones bélicas destinadas como en la novela de Orwell a mantener un sistema económico de guerra, el miedo y la incertidumbre en la población. Y conocerá a Kurkov (el cardenal gris) que es probablemente después de Goebbels el que más sabe de esto de construir ficciones. Ficciones para desestabilizar y ganar influencia. No en vano es un hombre de teatro que llevó las técnicas del teatro de vanguardia a la política.

El término hipernormalización procede de una novela de Alexis Yurnack y se refiere al hecho de que en la Rusia antes del colapso soviético y aun sabiendo que se dirigían hacia un colapso del sistema, nadie, ni en su ciudadanía ni en sus élites fueron capaces de pensar una alternativa para después del colapso. En lugar de eso los ciudadanos prefirieron tomar prestados ese mundo en miniatura, ese mundo de ficción en el que vivirían, un mundo simplificado donde las cosas parecen reales aunque todo el mundo sabe que son falsas. En realidad el término es muy parecido al término «alienación» de los filósofos de la escuela de Frankfurt si bien en una versión postmoderna y donde la viralización de las redes sociales son capaces de convocar a muchas personas (como sucedió en la primavera árabe) pero no tiene capacidad de liderar ni de pensar en ninguna alternativa. El alienado no sabe que le están engañando pero el hipernormalizado si lo sabe.

Con todo me parece que uno de los hallazgos del documental es la idea de que somos incapaces de discriminar a los buenos de los malos en este simulacro que llamamos realidad. Los disidentes, los contestatarios, la izquierda en general, el movimiento feminista o los opositores al sistema son en realidad quienes le mantienen. ¿Alguien podría pensar que cuando John Lennon escribió Imagine, en realidad estaba escribiendo un himno para los poderosos del mundo? Esos que buscan lo mismo que él, un mundo sin países, sin fronteras, sin posesiones, sin religión. La utopía hippye al servicio de las élites globalizadoras.

Aqui os dejo el documental de Adam Curtis, merece la pena visionarlo.

Lo traumático en Tommy

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Tommy (1969) es una ópera rock de The Who que tuvo bastante éxito en los 70, aquella década prodigiosa para la música, una explosión de talento que por sí misma merecería una tesis doctoral.

La obra es un poco truculenta y la historia que cuenta carece de interés literario aunque es una de esas obras innovadoras que cambiaron el panorama de las perfomances y los conciertos casi siempre dedicados a una sucesión de canciones o temas sin relación unos con otros. La innovación consiste precisamente en conseguir contar una historia con presentación, nudo y desenlace, –un álbum conceptual-, un invento de los 70 y que consiste en la unidad temática de las canciones que componen la obra, del mismo modo que en la música escénica, aquel invento de Monteverdi. Una ópera es teatro cantado, sin recitados ni diálogos, por asi decir.

Tommy es pues una ópera, que adquiere todo su valor precisamente en sus canciones sueltas, que una a una son verdaderas obras de arte del pop-rock. Sin embargo el resultado final se resiente y hoy no puede verse sin encenderse esa lucecita que nos señala hacia algo kitsch, ingenuo o pueril.

Peor aun si vemos la versión cinematográfica de Ken Russell, un bodrio intragable que rompe con la estética del directo teatral e introduce elementos que no encajan demasiado con la novela que pretende contarse y que es la siguiente:

Tommy es un niño cuyo padre está en la guerra y al que la Sra Walker (una anti-Penélope) da por muerto. El caso es que la Sra Walker ya mantiene una nueva relación con otro hombre hasta que un buen dia el Sr Walker vuelve a casa inesperadamente. En la discusión posterior mata al amante (en la versión cinematográfica es el amante quien mata al Sr Walker). El caso es que Tommy presencia toda la escena ¿»Qué pasa con el chico»? pregunta la Sra Walker y aqui viene la orden familiar: «no has visto nada, no has oído nada, no has de contar nunca en tu vida lo que ha pasado aqui».

Aqui está la escena traumática:

Obligado a guardar el secreto de tan macabra escena, Tommy queda alelado y un poco para seguir aquel mandato familiar queda ciego, sordo y mudo (deaf, dumb and blind boy), solo vive para transformar sus sensaciones en música (lives in a quiet vibration land), un mundo de vibraciones. Tommy queda como narcotizado, traumatizado diriamos hoy, y es objeto de más humillaciones, acoso escolar (por parte de su primo Kevin) y objeto de negligencia y abusos por su tio Ernie, el psicópata alcohólico de la familia.

La madre hace intentos infructuosos para curarle, le lleva a curanderos, a prostitutas e incluso le inician en el consumo de drogas psicodélicas, hasta que por fin consultan con un médico que diagnostica el carácter psicógeno de sus síntomas (una histeria de conversión), lo que da un vuelco en su recuperación, la madre rompe el espejo (smash the mirror).

Y Tommy descubre algunas de sus fortalezas: se convierte en campeón de pin ball (pin ball wizard), se convierte en un lider social con sus seguidores, un poco lo mismo que le sucede a Forrest Gump cuando se pone a correr, la gente le sigue porque da la impresión de saber a donde va.

Tommy se convierte en una especie de gurú, un profeta de una nueva religión, una especie de secta con campo de vacaciones y todo:

«Excuse me sir, there´s more a the door». Los seguidores se acumulan y la familia de Tommy encuentra las razones para seguir explotando al muchacho («Good morning campers», canta el tio Ernie) que al final ha de asistir al motín de sus propios seguidores. Es aqui cuando se encuentra de nuevo solo y cuando por fin puede iniciar su propio camino, es entonces cuando por fin se cura:

«See me, feel me, touch me, heal me» (mírame, sienteme, tócame, curame).

Podriamos decir que Tommy se cura cuando consigue renunciar (desobedecer) el mandato familiar y trasladar su mundo de sensaciones a los demás, hacerlo depender de los demás y  expulsarlo de su mismidad. Aqui está el mantra final de «Listening to you»

Ha nacido el otro.

Hablar, pensar, leer, escribir

Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, *perras negras*, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo.

Julio Cortazar (Rayuela)

Pensar y decir no son la misma cosa. Y la diferencia está en que lo que pensamos no son palabras. Si pensáramos en palabras no podriamos pensar porque las palabras tienen tendencia a juntarse, tienen miedo de si mismas y tratan de autoprotegerse en la manada, como esos rebaños de ñues donde un perfecto orden de formación asegura la supervivencia.

Podemos pensar en algo y no decirlo y del mismo modo podemos decir algo sin pensar. Más aun podemos decir fingiendo que pensamos lo que decimos, podemos mentir y podemos disfrazar nuestros pensamientos, aun ignorarlos, pero no voy a referirme solamente al hecho de que una de las diferencias entre ambas funciones de nuestro cerebro sea la ocultación. Me ocuparé de que , -con independencia de qué apareció antes, el lenguaje o el pensamiento-, lo cierto es que ambas funciones pertenecen a distintas funciones o registros cerebrales. Una, la de pensar es de menor definición, la otra , la de decir pertenece a un registro de mayor definición. Pues hablar contiene mucha mayor información sintáctica y semántica. Contiene prosodia y entonación, imperativos e interjecciones, pausas y aceleraciones, secuencias de argumentos, una especie de marcapasos o cuadriculación de lo que se dice, contiene pragmática es decir la posibilidad de decir lo que se dice en contextos supralingüisticos donde las palabras adquieren un sentido diferente a sí mismas o de deconstruir esos mismos contextos.

Lo cierto es que lo que pensamos es poco de fiar por su escasa definición, sólo podemos pensar en pensamientos y los pensamientos son sobre todo emociones plegadas, del mismo modo que las emociones son movimientos plegados a través del proceso de centralización derivado de la neurogénesis.

Es tan así, que poco sabemos de lo que pensamos si no lo decimos en voz alta, si no lo comunicamos a otro. De eso van todas las psicoterapias, las confesiones, las confidencias o la simple conversación, podemos matizar, modelar o cambiar los pensamientos  a través del hecho de hacerlos audibles. Pero este prcedimiento tiene también su contraparte antagónica, ¿pues qué queremos decir cuando admitimos, «lo dije sin pensar», o «no quise decir eso» o «me has entendido mal»? A pesar de que el lenguaje hablado es muy digital, es decir contiene todos los elementos gramaticales para su comprension lo cierto es que es muy ambigüo y con frecuencia admite configuraciones bien distintas a lo que realmente pensamos sí es que existe una manera de pensar verdadera y otra falsa.

¿Por qué sucede esto?

Sucede porque las palabras nos proveen no ya de agenticidad cosa que ya poseemos de serie con los pensamientos sino de intencionalidad. Nos proveen de una ilusión de intencionalidad, como si lo que decimos fuera la verdad, no ya de lo que pensamos o sentimos sino de la realidad-real tal y como es. Como si las palabras que decimos y la verdad fueran una misma cosa.

Dicho de otra forma: hablar nos dota de una herramienta poderosa en cuanto adjudicarle sentido a la realidad y de ahi su poder como ejercicio de convicción y de persuasión. Lo que decimos, las palabras nos poseen, nos capturan y nos encarcelan puesto que las palabras operan como verdades o representaciones puras de la realidad. Lo que decimos creemos que es la verdad, sin caer en la cuenta de que lo que caracteriza a la realidad -y por tanto a la verdad- es que carece de sentido.

La realidad carece de sentido y es por eso que los humanos inventamos la ficción. En la ficción todo encaja, todo cuadra, todos se vuelve transparente, simétrico, comprensible y todo adquiere sentido, solo que la ficción no es la realidad y sólo la roza de lejos. Por contra la realidad es un escenario propio de lo caótico, lo impredecible, lo casual, lo anecdótico, lo asimétrico y el sinsentido.

Javier Cercas es un escritor español que ha escrito sobre esta cuestión, en un libro que es precisamente un especímen dificilmente clasificable. Se trata de «Anatomía de un instante», donde intenta escribir un libro de ficción histórica o un libro de historia sobre una ficción a propósito del 23-F.

Lo cierto es que existen multitud de libros que abordan este tema con una intención de investigación periodistica. Tambien los hay con intención de investigación histórica, pero es necesario señalar ahora que ni la investigación histórica ni la periodística podrán jamás acercarse a la verdad del 23-F ni de cualquier otro acontecimiento histórico. de hecho no se ya cuantos libros sobre la guerra civil -un filón inacabable- se han publicado en nuestro pais sin que ninguno de ellos sea el libro definitivo sobre la guerra civil. El libro definitivo sobre la guerra civil no está escrito ni podrá escribirse nunca porque la verdad sobre la guerra civil ( o sobre cualquier otro acontecimiento histórico) no resiste la cuadriculada realidad que la ficción impone al lector a fin de hacerla coherente. Lo que se gana en coherencia y comprensibilidad se pierde en veracidad.

Y asi y todo nos gusta leer, y nos gusta porque detestamos vivir en la indeterminación de la realidad. El éxito que los libros -leerlos y escribirlos- han tenido en nuestra especie procede del hecho de que acotan la realidad, la hacen verosímil, construyen secuencias de hechos que solo en la ficción se suceden unos a otros, no asi en la realidad de las cosas donde lo que suele suceder es un cúmulo de casualidades que derivan los hechos por un rail u otro en función del azar.

Asi, cuando se escribe sobre el 23-F solemos decir que fue el Rey quien paró el golpe, esa es la realidad que los constructores de ficciones han consensuado. Y en parte es verdad que fue su Majestad quien paró el golpe en aquella locución televisiva entrada ya la noche del 23-F. Pero eso no significa que el rey no tuviera nada que ver con él, ni que no tuviera parte de responsabilidad en la deriva de los hechos, los precursores o el caldo de cultivo que dio lugar a aquella ridicula asonada.

A los que quieran saber más sobre este asunto les recomiendo que lean el libro de Cercás que en mi opinión resume de forma magistral los hechos previos al golpe pero no sólo eso. El libro de Cercás contiene una teoría, una doctrina sobre la realidad que no elude la casualidad al tiempo que hace una distinción muy lúcida sobre la ficción, la historiografia y el periodismo.

Los libros no hablan de la realidad, no porque la realidad sea dura de roer sino porque es incomprensible por descentralizada y multicausal. Los pocos autores que se han dedicado a escribir directamente sobre ella (sobre la realidad) han tenido poco éxito. Nombraré a James Joyce con sus infumables novelas sobre la realidad misma del lenguaje que admite recreaciones e invenciones individuales a cada momento. Joyce se enfrentó a la misma paradoja que pareció apresar a los músicos que intentaron cambiar de la tonalidad en atonalidad tal y como conté en este post dedicado a Stravinsky. Demasiada realidad, incomprensible realidad.

Pues hablar de la realidad es renunciar a lo que la ficción esconde y que la hace tan apetecible: la función de colocar a cada cosa en su lugar -un emplazamiento que es a la vez geométrico y temporal- a fin de hacerla comprensible. Aunque comprensible no signifique la verdad. Renunciar a la verdad es la condición de la ficción. O lo que es lo mismo la condición del lenguaje. La condición del decir.

Pero lo cierto es que la realidad añora a la ficción y casi siempre intenta plagiarla, pues ¿No es la escena de Tejero entrando en el Congreso de los diputados el 23-F, una escena de sainete?. Un espectador del siglo XXII podría verla en el cine o en TV y sólo sabiendo que «sucedió en realidad» discriminaría lo real de la ficción. Hay algo en la realidad de insólito y de irrealidad y mucho más desde que existen medios de comunicación visuales. La TV ha conseguido que asistamos en cada telediario a unas escenas que por su insólito dramatismo nos conmueven de lejos pues nuestro cerebro las procesa como irreales, es decir como ficción.

Lo cierto es que ni cuando pensamos, decimos o escribimos estamos representando la realidad sino hacer como que la representamos. Todo es pues un simulacro consensuado de verdad. Hasta somos capaces de elaborar teorias delirantes (llamadas ahora conspiranoicas) para explicarnos la verdad.

Lo que significa que preferimos renunciar a la verdad antes de a la comprensibilidad.

Nuestro cerebro no está diseñado ni para escribir, ni para leer, ni para decir cosas demasiado complicadas tal y como cuenta Nichollas Carr:

Leer un libro significaba practicar un proceso antinatural de pensamiento que exigía atención sostenida, ininterrumpida, a un solo objeto estático. Exigía que los lectores se situaran en lo que el T. S. Eliot de los Cuatro cuartetos llamaba “punto de quietud en un mundo que gira”. Tuvieron que entrenar su cerebro para que hiciese caso omiso de todo cuanto sucedía a su alrededor, resistir la tentación de permitir que su enfoque pasara de una señal sensorial a otra. Tuvieron que forjar o reforzar los enlaces neuronales necesarios para contrarrestar su distracción instintiva, aplicando un mayor “control de arriba abajo” sobre su atención. “La capacidad de concentrarse en una sola tarea relativamente sin interrupciones”, escribe Vaughan Bell, psicólogo del King´s College de Londres, representa “una anomalía en la historia de nuestro desarrollo psicológico.

Leer un libro, contar un cuento o decir nuestros sentimientos  a otra persona es tan antinatural como tomarnos un antibiótico.

Ni que decir tiene que mucha gente había cultivado una capacidad de atención sostenida mucho antes de que llegara el libro e incluso el alfabeto. El cazador, el artesano, el asceta, todos tenían que entrenar su cerebro para controlar y concentrar su atención. Lo notable respecto de la lectura de libros es que en esta tarea la concentración profunda se combinaba con un desciframiento del texto e interpretación de su significado que implicaban una actividad y una eficiencia de orden mental muy considerables. La lectura de una secuencia de páginas impresas era valiosa no sólo por el conocimiento que los lectores adquirían a través de las palabras del autor, sino por la forma en que esas palabras activaban vibraciones intelectuales dentro de sus propias mentes.

Evidentemente leer nos cambió (modeló) el cerebro. ¿Podemos imaginar como cambiará nuestro cerebro a partir de las nuevas tecnologías?