Carol

Hace unos días mientras quitaba el polvo de mi biblioteca encontré que en el estante mas alto de ella había cinco libros de Patricia Highsmith, toda la serie de Tom Ripley, y uno que no encontré, me refiero a «Extraños en un tren», que seguramente presté a alguien y nunca me devolvió. Recordé a un amigo mio que solía apuntar en una libreta los prestamos de libros que hacía y maldije el no recordar a quién le presté ese libro. Pero no era el que buscaba, sino «Carol», un libro que comencé a leer y por alguna razón desconocida abandoné en el primer capitulo, aun reposa allí un separador con la cara de un conejo.

Y lo buscaba después de oír en Spotify un programa sobre la Highsmith que encendió mi curiosidad. «Grandes infelices» de Javier Peña, un programa de radio que analiza a distintos autores literarios. Lo cierto es que desconocía la historia de la autora y no sabia el periplo de esta novela que había publicado en 1953 con un pseudónimo: «El precio de la sal» y que ya en la década de los 70, cuando era famosa, se decidió a publicarla con su nombre. No es nada raro, la novela es una narración sobre un amor lésbico, el que mantienen Therese y Carol. Ni qué decir que Therese es la propia Patricia y por su paralelismo con su vida real me parece un documento psicológico de mucho valor, escrito en un momento donde no era políticamente correcto aparecer como lesbiana en el mundo editorial. Así y todo se vendieron más de un millón de ejemplares en todo EEUU. Posteriormente el mercado de la Highsmith (en adelante PH) se trasladó a Europa, pues su literatura nunca fue apreciada en su país debido quizá al tratamiento que hacía de los dilemas morales. No me extraña, pues USA es un país de beatos, y no tanto porque sus ciudadanos lo sean sino porque su Constitución está tan ligada a la libertad religiosa y al Mayflower que podríamos hablar de un país donde religión y política van de la mano sin que hayan todavía resuelto ese integrismo que la caracteriza, un problema de independencia, que en Europa ya se resolvió después de la II guerra mundial. Decir americano es lo mismo que decir «puritano», incluso los progresistas de izquierdas son puritanos y de ahí viene lo de woke, esa ideología que huele a moralismo calvinista. No es de extrañar que las dos novelas del siglo XX más transgresoras hayan sido escritas por americanos y en America: me refiero a «Lolita» de Vladimir Nabokov y a «Carol», una novela de culto para las lesbianas que encontraron en su lectura la evidencia de que no estaban solas en sus pueblos, America profunda adentro y sus armarios.

Pero a mí lo que más me ha interesado de esta novela, es el personaje de Therese, el alter ego de la Highsmith. No cabe duda de que la autora está hablando de ella misma a través de Therese, si bien su estilo narrativo, en tercera persona permite una cierta distancia de lo que estamos leyendo, si bien siempre sentimos que estamos dentro del universo mental de Therese. De manera que hablaré de PH y de Therese indistintamente.

Fue una niña no deseada que nació después de que sus padres se separaran, su madre intentó deshacerse de ella a través del aguarrás pero no lo consiguió, de modo que ya tenemos un primer axioma: su madre nunca la quiso, había un rechazo presente ya desde el embarazo. Un rechazo que se prolongó durante buena parte de su vida, pues la madre volvió a casarse con el Sr Highmith de quien tomó su apellido, pero la pareja tenia una vida tumultuosa e incluso violenta, de manera que la madre – inestable- terminó por aparcar a la niña con su abuela. Le prometió venir a buscarla unos meses después pero tardo bastantes años, de modo que PH fue una niña abandonada y peor que eso, traicionada, engañada por su propia madre, que era al parecer una persona bastante irresponsable a juzgar de lo que podemos oír en el citado programa de Javier Peña.

El abandono puede ser imaginario o real y probablemente es una de las experiencias infantiles más devastadoras que existen y estamos hablando de un abandono real. Therese pasa la mayor parte de su vida en un orfanato hasta que sale de él y comienza a vivir su vida independiente de su madre que ni siquiera sabe dónde se encuentra. Therese es o quiere llegar a ser diseñadora de escenografía de teatro y pasa su vida de trabajo en trabajo, pero sin nada fijo, de aquí para allá, por eso ha de trabajar puntualmente en algún sitio, grandes almacenes, dependienta o cosas así, subempleos para subsistir, tal y como le sucedió a la misma PH. Es ahí donde Therese conoce a Carol, en la sección de juguetes donde Carol acude para comprar una muñeca a su hija, que vive con su padre de mutuo acuerdo.

Carol es una mujer que está divorciándose, como los padres de PH, mientras ella estaba en el útero materno, tiene una hija que vive con su padre provisionalmente y un marido rico que le costea una vida vacía donde el alcohol y los cócteles parece que forman parte de su alimentación. Carol, no hace nada, es una mujer ociosa, y que no llegamos a saber cómo es en realidad, pues la novela nos sumerge en un mundo – el mundo de Therese- ambiguo, opresivo, inconsistente donde la protagonista nunca dice lo que quiere, dice «No» cuando quiere decir «Si» y calla cuando no sabe qué decir. Pareciera que viva en un mundo que hoy podríamos llamar «metaverso», un universo paralelo con reglas bien distintas a las que rigen en el mundo corriente, donde los celos son una muestra de demanda de amor, la sospecha el mecanismo racional óptimo, la ausencia de afirmación la única lealtad. La única certeza de Therese es que está enamorada de Carol, -más bien fascinada- así a primera vista, aunque el amor para ella es un sentimiento tan desconocido que tiene que ir dibujándolo poco a poco encima de los borradores que su mente y su imaginación dibujaron con anterioridad a través de cuidadoras inconsistentes del orfanato.

Los antagonistas.

En toda novela hay un protagonista y un antagonista al menos. En esta hay dos protagonistas (Carol y Therese) y dos antagonistas Abby, una amiga de la infancia de Carol con la que tuvo una relación lésbica puntual ( dos meses) y Richard un amigo de Therese que está enamorado de ella aunque es igual de inconsistente que todos los demás personajes. PH solía decir que todos -incluso ella- somos unos impostores. Más tarde constituiría el icono de psicópata impostor del siglo XX, Tom Ripley que es algo así como el Raskolnikov del siglo pasado, con una diferencia: Ripley nos cae a todos bien. De ahí lo transgresora que resultó para su tiempo y su America este personaje.

Es interesante señalar además algo de la psicologia de Carol y que ella misma declara cuando le cuenta a Therese su relación con Abby, su amistad derivó en sexo a partir de una circunstancia especial, puro azar. «En realidad de no haber sido por esa circunstancia en la que nos acostamos juntas, no hubiera pasado nada». Carol -que en ningún momento parece ser lesbiana- confiesa de esa forma lo arbitrario de su decisión modelada casi por una circunstancia aleatoria que pudo darse o no darse. Es una manera de aceptar que una no es o es lesbiana sino que se puede enamorar de una persona con un sexo u otro. Es decir no es una cuestión de identidad sino de azar.

Para qué sirve el amor.-

Imaginemos un mundo sin amor, un mundo así no nos permitiría dividirlo en aquellos que amamos de aquellos que nos resultan indiferentes, todo seria igual a sí mismo. Un mundo sin matices. El amor sirve para segmentar los afectos, del mismo modo que las comidas segmentan el día y los domingos segmentan la semana. A través del amor sabemos que es posible amar de distintas maneras, nuestro trabajo o profesión, nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros hijos a nuestros padres, etc. Lo interesante es que esta segmentación da lugar a distintos tipos de amor: lo que se siente por un hijo no es lo mismo que lo que se siente por un compañero o pareja. Pero no es que existan distintas formas de amar sino que el amor, el invento del amor establece una nueva taxonomía, pues el amor es eso, un invento de la humanidad que evolucionó desde la necesidad de supervivencia y se fundió con el sexo dando lugar a una nueva semántica amorosa, pues es cierto que no todo amor está relacionado con el sexo, sino solo uno de ellos, ese que llamamos romántico. Sin embargo el origen del amor, lo que le hace necesario para ordenar la diversidad de afectos complejos con los que vamos a lidiar en nuestra vida, es precisamente su carácter de atalaya reguladora de afectos incoercibles o en discordia (el amor regula el sexo y la agresión) pues proceden de lo más profundo de nuestra mítica necesidad que no es solo una necesidad de alimentación, sino de contacto, de poder compartir con alguien lo más preciado de nuestra subjetividad.

Es por eso que una de las cosas que más me han llamado la atención de este libro es la ausencia de sexualidad explicita entre Carol y Therese aunque la sensualidad de Therese aun primitiva asome en muchas ocasiones de una forma informe e indiferenciada. Más por la búsqueda de una madre amorosa, una suplencia que de una amante apasionada. Una antimadre, pues en realidad la madre real de PH es critica, rechazante y desregulada, hoy hablaríamos de un TLP (trastorno limite de la personalidad). Ese es su borrador, el que pretende reescribir con su relación con Carol.

El éxito que tuvo la novela entre la comunidad lésbica se debe precisamente a su final, un final de justicia poética. Las transgresoras no acaban en el manicomio, ni se convierten en heterosexuales, ni vuelven al armario pero el marido de Carol es el que se lleva el botín de esta relación, a través de un divorcio que le favorece para quedarse con la niña. Carol renuncia a su hija y esta es la prueba de lealtad que Therese precisaba, un final que dejo aquí para que el lector lo interprete a su gusto.

Therese recupera así a su madre a través de un amor protésico

La metasexualidad

La libido es masculina (S. Freud)

Terminé el post anterior con una pregunta: ¿Es la sexualidad femenina la misma (similar o parecida) que la sexualidad del hombre?

También he hecho una miniencuesta en twitter para preguntar al personal sus opiniones. Como podemos ver en los resultados, todos más o menos estamos de acuerdo en que la sexualidad masculina y la femenina son diferentes.

La pregunta del millón viene ahora: ¿En qué son diferentes?

Vamos a ver primero en qué consiste la sexualidad masculina, la verdadera sexualidad al decir de Freud y al mismo tiempo innata, lineal y predecible. Funciona más o menos así: estimulación-excitación-erección-penetración-eyaculación-periodo refractario-relajación. Nótese que esta secuencia con más o menos exactitud se reproduce de esta manera en todos nosotros los hombres, si bien caben algunas modificaciones:

1.- Puede haber erección sin estimulo previo, siguiendo el volcado pulsátil de la testosterona o las simples ganas de orinar, algo que nos sucede a los hombres cuando despertamos. La erección puede terminar sin eyaculación, lo que conocemos como calentón y que pagamos en la senectud con una próstata bien hipertrófica.

2.-Puede haber excitación y erección pero fracaso en la penetración por perdida de la erección. Es la escena más temida por los hombres, el conocido «gatillazo» que es según el DSM una patología llamada «trastorno eréctil», o algo así.

Nunca me he parado a pensarlo ni creo que se haya estudiado el asunto pero está por hacer un trabajo cuantitativo que cuente las horas en que el hombre medio pasa con el pene erecto sin ningún futuro, se trata de una historia de tribulaciones. Nos llevaríamos una sorpresa. Lo cierto es que la sexualidad masculina no tiene ningún secreto, se trata de una sexualidad codificada, un tanto miserable, vulnerable, hidráulica y en cierto modo mecánica e insípida y sin embargo necesaria, ha de llevarse a cabo sí o sí.

La mayor parte de las personas que me contestaron individualmente a la encuesta referida están de acuerdo en que la sexualidad masculina es más física mientras que la femenina es más emocional, sea lo que sea que eso signifique. Otros dicen que es más contextual y otras aseguran que lo que más les importa es el deseo que implica estar con alguien especial, alguien que se desea, lo cual no deja de ser una tautología, aunque lo cierto es que el amor es una tautología, ha de ser con éste y no con aquel. Dicho de otra forma, la mayor parte del personal adoctrinado por una sexología conductual tipo Master y Johnson podrían aceptar aquella vieja idea de que no hay mujer fría sino hombre inexperto. Y es verdad que las mujeres pueden desarrollar una sexualidad muy parecida a la de los hombres renunciando -claro está- a la sexualidad que les corresponde, la femenina.

Y en qué consiste la sexualidad femenina.

La sexualidad femenina es una metasexualidad.

Es importante saber que nuestras abuelas no tenían sexualidad, ni se planteaban eso, lo que sabían es cómo eran sus maridos y que las requerían sexualmente con más asiduidad que el derecho matrimonial les exigía. Las mujeres carecieron de sexualidad hasta los 60 del pasado siglo XX, hasta entonces se limitaban a cumplir con el matrimonio cómo se solía decir. Y como ellos andaban siempre erectos y se quedaban con ganas de más casi siempre, se iban de putas. Las putas han hecho un gran servicio a la humanidad al rellenar los huecos que dejaban vacíos las jaquecas maritales, aunque hay que señalar y admitir que el sexo matrimonial es muy aburrido, tanto para ellos como para ellas, que aunque ignorantes de su propia sexualidad algo debían de olerse, al menos aquellas más cultas que oyeron hablar del doble estandard.

Qué es metasexualidad.-

Si busca la definición en la wiki no encontrará nada, significa que es un neologismo que he extraído de la lectura de algunos textos psicoanalíticos y también de la lectura de Bruckner y Finkielkraut de los que ya hablé en mi post anterior, sobre todo de ese texto que titularon de una forma bastante paradójica «El nuevo desorden amoroso», y no deja de ser curioso que no lo titularan «El nuevo desorden sexual». Pero hay que leerlo para entender porque para los autores el amor es desorden, mientras que el sexo es orden, es decir código, ritual, repetición. Al menos en el hombre y/o en las mujeres que se creen portadoras de una sexualidad similar.

Para entender qué significa ese prefijo «meta», antes de sexualidad, vamos a dar una vuelta por otro meta bien conocido, me refiero a la metacognición.

Imagine que está usted en un bar con amigos charlando animadamente sobre cualquier cosa. bromean y charlan pero en un momento determinado uno de los presentes se levanta de su asiento y sin decir nada, abandona la reunión y sale del bar. Ustedes se quedan pensando que le ha pasado, comentan entre ustedes y se preguntan si el ausente se habrá ofendido por algo, tratan de averiguar que ha podido pasar. Tanto si llegan o no alguna conclusión lo que ustedes saben es que el amigo se ha enfadado por algo y se ha ido disgustado.

Eso es metacognición, también le llamamos «teoría de la mente», una inferencia sobre lo que le ha sucedido a otra persona echando mano de nuestra propia experiencia, comprensión y nuestra memoria. Una inferencia sobre lo Otro, que suponemos similar a lo propio: efectivamente todos podemos ofendernos o enfadarnos por un comentario poco sutil sobre una área delicada.

Metacognición es un conocimiento sobre nuestro propio conocimiento. Una reflexión sobre un razonamiento. Es interesante quedarse con esta palabra reflexión» que es como pasar dos veces, esa partícula «re» denota al menos dos pases.

Ahora estamos en condiciones de entender mejor qué queremos decir cuando afirmamos que la mujer no tiene sexualidad sino que es metasexual. Puede tener una sexualidad parecida a la del hombre -genital- pero no se agota en sí misma, su potencia orgásmica es inconmensurable y solo tiene un limite: el agotamiento o esa sensación voluptuosa tan parecida al sueño.

Otra de las fuentes –que Freud llamó Quelle– de los que emerge esa metasexualidad femenina, es el deseo del otro. La sexualidad masculina es visual, voyeurista, la femenina es la que se ofrece a esa mirada a través de un ofrecimiento exhibicionista, un requiebro sutil, una insinuación, algo que se vela y se desvela, pues la sexualidad en la mujer ocupa el polo negativo (pasivo) de lo escoptofílico. Estoy hablando de la mujer media claro está, ya he dicho que las mujeres pueden reproducir el modelo masculino si es que creyeron alguna vez en él, como suele suceder en los discursos feministas actuales.

Pero en realidad la metasexualidad en la mujer -al carecer de centro- puede tomar distintos caminos: algunas mujeres optan por la consagración a una tarea, otras a la maternidad de sus hijos, otras a la maternidad de su marido, otras siguen el camino de sus referencias masculinas, mientras otras optan por el modelo místico. Pero siempre en esa tarea de emparejamiento se reproduce el mismo fenómeno: el para siempre, se puede estar en pareja fusional o fisional, pero siempre es para siempre. Solo los célibes tienen abiertas todas las posibilidades del para nunca.

El lector sagaz ya habrá advertido que el amor es la deconstrucción del sexo, su decodificación, lo que convierte un ritual predecible, una secuencia de hechos mecánica en algo creativo: introducir un elemento de perturbación, sea a través del BDSM con sus repartos de dominación, dolor y sacrificio, el sapiosexualismo que es una forma de paideia postmoderna calcada del efebismo helénico, el poliamor que es el viejo harén polígamo, o de cualquier otro tipo aun por inventar hace que el sexo sea algo impredecible, algo que rompe la secuencia matrimonial de hechos donde sobrevuelan contratos reproductivos, bienes inmobiliarios y los hijos, siempre los hijos. No hay nada tan anti-afrodisiaco como los hijos pero a quien más amamos es a los hijos y añado, a los nietos.

Lo que plantean Bruckner y Finkielkraut es precisamente esta cuestión, el amor es lo que hace que la sexualidad de la mujer tenga ese más allá, algo que se añade a la sexualidad misma. Es por eso que la mujer puede ser madre, futbolista, prostituta, monja, hetaira o casta viuda con ese sobrante sublimatorio que llamamos amor.

Vale la pena leer este viejo post donde hablé precisamente de ese hiato, esa disociación, esa brecha o gap que existe en las mujeres entre deseo y excitación.

La tasa flower-power

Planteo el siguiente experimento mental, supongamos dos escenarios, usted tiene que elegir en cual quisiera vivir.

Escenario 1.– Usted tendrá todo el sexo que quiera, no habrá limites para una sexualidad desbocada, todos con todos, un orden de ordalía continua pero a cambio vivirá en una casa de 50 metros cuadrados, ganará el dinero justo para vivir aunque no trabaje: el Estado se ocupará de su manutención a cambio de trabajos puntuales.

Escenario 2.- Usted tendrá todo el dinero del mundo, podrá viajar, comer los mejores manjares, vivirá para la diversión pero a cambio no podrá mantener relaciones sexuales con nadie.

¿Cual elegiría?

Esta pregunta y también su respuesta está incluido en el texto que presento en la bibliografía.

Francesc Artigues es un economista de orientación psicológico evolucionista y un experto en diferencias de genero y lo que recomienda en su texto, después del fracaso de la monogamia y los moralismos religiosos es la aplicación de una tasa fiscal a los promiscuos, entendiendo como promiscuos a todas las personas que tengan más de una pareja. La idea fundamental de Artigues es que gran parte de los malestares sociales proceden de la hipergamia y que hoy, la única forma de luchar contra ella es a través de los impuestos, después de llegar a la convicción de que ni la moral religiosa ni la monogamia estricta prescrita por las costumbres sociales, han conseguido detener el influjo de esta costumbre que está en el origen de no pocos malestares sociales como la violencia, los abusos sexuales, las enfermedades mentales y las obsesiones corporales, la rivalidad a muerte (especialmente entre hombres y empresas) y el individualismo. Habla Artigues de que la hipergamia llevada a cabo preferentemente por las mujeres es un elemento de inestabilidad social y de desigualdad y lo peor: de desierto demográfico. Hay muchas copulas pero pocos niños y hay pocos niños porque no hay parejas comprometidas con el largo plazo y no hay parejas porque hay demasiadas oportunidades de copular.

Ahora bien, estas oportunidades para la cópula no son iguales para todos sino que dejan fuera del mercado sexual a muchos y muchas y paradójicamente aumentan las posibilidades de una minoría: los que presentan valores de pareja altos. la competencia en esos estratos es feroz tal y como ya comenté en este anterior post de mi autoría.

Los beneficiados y perjudicados por la hipergamia.-

La hipergamia puede definirse como la actividad sexual diversa entre parejas bien distintas entre las que puede existir una relación o simplemente un encuentro puntual, sin que entre ellas exista una relación de compromiso a largo plazo. Hoy este tipo de actividades sexuales basadas en el encuentro, son las preferidas por las mujeres jóvenes, o al menos son a las que benefician más directamente, pues son ellas las que en ultima instancia van a dar o no el visto bueno a la relación-encuentro casual. Pero estas relaciones están codificadas, al menos de un forma oculta. Dado que las mujeres son mucho mas selectivas que los hombres lo que podemos predecir es que:

Si eres hombre: alto, rico, de alto estatus y te encuentras en buena forma física las posibilidades de éxito pueden medirse incluso por los cm de tu altura (ver el texto de Artigues). Si eres bajito, pobre, careces de estatus social o estás en paro tus posibilidades de éxito caen a cero. Hay sabemos que existen célibes involuntarios (incels) que no han tenido una experiencia sexual en su vida a los 30 años. Es poco posible encontrar -entre las mujeres- a alguna , más allá de las solteras electivas que no hayan tenido alguna experiencia sexual a esa edad. Y es así, porque ningún hombre dirá no a las demandas explicitas de una mujer. Lo más probable es que una mujer llegue al matrimonio o a una pareja estable después de una carrera de fracasos y decepciones amorosas y sexuales mientras va descubriendo su valor de pareja, algo que hará llevando a cabo la perfomance hipergámica.

Si ya no eres joven, estás gorda, no tienes algún rasgo atractivo o alguna gracia especial pasarás a formar parte de esa base social de deshauciados, si bien tu estatus no será nunca de tan escaso valor como el de los hombres deshauciados.

La consecuencia de ello es que los hombres con alto valor de pareja acumularán un gran numero de copulas y parejas mientras los que están abajo de la pirámide irán acumulando rencor, decepciones y odio. Estos machos perdedores son los más peligrosos para las mujeres y para la sociedad en su conjunto. Pero -a su vez- las mujeres que son desplazadas por otras con mayor valor de pareja también son perdedoras en esta confrontación continua del mercado sexual y guardan de por vida un rencor invisible contra los hombres y a veces contra las propias mujeres.

Para Artigues el cobro de esta tasa es la mejor opción para soluciónar el problema de la violencia y la avaricia desmedidas (por ej. incremento de manadas, aumento de la competitividad en la empresa privada) que muestran los hombres de hoy en día a pesar de todos los esfuerzos del feminismo y las instituciones, que se han empeñado en cambiar las reglas del juego mediante la invocación de una feminización del hombre, obligándole por decreto a ser buena persona, como si ser buena persona asegurara más copulas. La verdad es que los rasgos de personalidad del hombre no aseguran el éxito entre las mujeres y por otro lado la continua invocación del machismo como entelequia que sobrevuela sobre todo el tejido social y que lo explica todo en términos de causas y efectos, es anticientífica y no tiene en cuenta la realidad de la naturaleza humana.

El texto de Artigues ha de leerse con un temple bien abierto y con cierto sentido del humor, pues aunque el diagnóstico es en su base correcto, contiene algunas lagunas a las que me referiré más abajo y sobre todo una fundamental por inaplicable: ¿Cómo se cobraría esa tasa? ¿Qué pasaría con los que mientan? ¿Serian delatados por sus parejas decepcionadas? ¿No es una propuesta algo bizarra? ¿Tan bizarra como pagar un impuesto a las personas que tengan mascotas? ¿O estas serian más fáciles de detectar?

Según Artigues las prostitutas no pagarían la tasa flower-power sí pueden demostrar que tienen una pareja estable, pero estarían los usuarios de servicios sexuales obligados a pagarla. Me parece un poco difícil pensar en que las prostitutas hagan de caja fiscal. En suma, el texto de Artigues es simpático y distraído, el tipo sabe mucho de evolucionismo y está bastante al día de los males que aquejan a nuestras sociedades hipergámicas, pero yo le aconsejaría que se documentara un poco más sobre un libro que fue escrito en 1977 por Bruckner y Finkielkraut.

Estos autores son poco más o menos de mi edad, dos boomers que pasaron su adolescencia en el Mayo Francés y que ya detectaron en su momento lo que estaba pasando. Y lo que estaba pasando en aquel momento fue una explosión sexual de los hombres, una rebelión completa contra el padre. De las barricadas a la cama, todo aquello del amor libre era una excusa para copular con las compañeras de barricada. Nosotros los hombrecillos de entonces fuimos los que impusimos a las chicas con minifalda y pretensiones fálicas nuestra sexualidad. Y la sexualidad de los hombres es miserable, insípida, liquida, pretenciosa y vulnerable. Desde entonces las mujeres creyeron que su sexualidad (que no conocían) era clavada a la nuestra, se trata de una sexualidad eyaculatoria, hidráulica, centrada en el orgasmo y en la repetición de un código. Seguidores de Reich o de Master y Johnson no cayeron en la cuenta de que Freud fue el primero en hablar de la sexualidad femenina que es una metasexualidad y que no tiene nada que ver con la sexualidad masculina. Poco psicoanálisis y mucha sexología conductual han llevado al feminismo a hacerse complices de esta idea de falización secundaria de las mujeres. Las mujeres de hoy han adquirido hasta la jerga de los hombres para definir sus perfomances sexuales, la jerga y una fisiología que ha venido a ocultar su verdadera esencia, una sexualidad no genital, sin centro. Otro tipo de feminismo está en el otro polo: el de la beatería, el feminismo protestante es mucho más beato y moralista que el europeo, sin duda.

Lo que provoca la decodificación de la sexualidad miserable es el amor en pareja -la relación- tal y como supieron ver los autores de ese libro seminal que más arriba cité. Y siendo verdad lo que dice Artigues, dentro de ese contexto histórico que he mencionado, lo cierto es que si las mujeres son más devotas de la hipergamia que los hombres lo cierto es que es por nuestra culpa: nosotros las convencimos de que copular era lo más importante del mundo, las engañamos, porque lo cierto es que el sexo no solo proporciona placer, sino también mueve afectos, identidades, autoevaluaciones y autofirmaciones. Y también, porqué no decirlo, que la Sexología haya terminado con los debates académicos que el psicoanálisis pudo haber llevado a cabo de no ser expulsado por la ciencia oficial. Hubiéramos hecho muchas preguntas que otros, desde otro lugar nos hubieran podido contestar. Como por ejemplo:

¿Es la sexualidad de las mujeres y de los hombres similar o parecida?

Bibliografía.-

30 años después: el nuevo desorden amoroso

La tesis de Francesc Artigues:

Las tribulaciones del pene

Pocas mujeres saben la faena que nos da el pene a los hombres, de ahí que exista tan poca empatía con nosotros, ellas piensan que el pene es un órgano de más y que por eso nos da a los hombres un poder extra, el poder de penetrar, pero pocas saben la verdad: que el pene es un engorro, un órgano vulnerable y exigente, solo Camila Plaglia parece saberlo y asi lo cuenta en esta entrevista.

Vale la pena leer estos párrafos:

«Los hombres están constantemente obligados a hacer frente a su sexualidad. El problema para una mujer es la menstruación, cuando la sangre se derrama. Pero en general, las mujeres pueden olvidarse de su propia sexualidad –nunca tienen que pensar en ella o enfrentarla como los hombres. Cada vez que los hombres orinan, está justo ahí. Tienen que preocuparse por ello constantemente. Es una parte de su cuerpo que no controlan. Puede ser embarazoso. En la clase de gimnasia o donde sea, de repente pueden ser humillados, avergonzados. En ella definen mucho el ser hombres. Debido a la naturaleza del pene, los hombres tienen la ansiedad del rendimiento, mientras que ninguna mujer tiene que probarse a sí misma de esta manera. Así es que los egos de los hombres están totalmente involucrados en el rendimiento, en hacerlo, en lograrlo».

«Una erección es una especie de logro. Así como lo es orinar para un anciano prostático. Como ya he dicho, un niño tiene que aprender a apuntar con el fin de dejar de ser infantil. Así que es un logro. El orgasmo masculino es efímero y transitorio –y esa es la ironía de la sexualidad masculina. Es irónico que el feminismo observa el pene como el poder y la violencia, cuando en realidad es muy débil. Cada vez que un hombre se acerca a una mujer, se supera con ansiedad, porque él se está acercando al lugar donde nació. Hay un recuerdo subliminal de eso y siempre existe la pesadilla de que puede ser deglutido. De súbito, en un silbido, y, como Alicia en el País de las Maravillas, son disparados a través del espejo. Cada vez que un hombre pone su pene en la mujer, está apostando a que él lo va a recuperar. Y en cierto sentido, pierde esa apuesta cada vez. Entra, es muy poderoso, y entonces se acaba y pierde la potencia. Esto pone de manifiesto que las feministas se han equivocado. Me tomó casi toda mi vida darme cuenta de que los hombres no son tiranos o ególatras».

«Recientemente tuve una epifanía en un centro comercial que puso todo en perspectiva. Estaba comiendo un pedazo de pizza y vi a unos adolescentes corriendo por el centro comercial. Eran salvajes. Los miré y vi la desesperación. Cuando tenía su edad, odiaba a ese tipo de chicos, porque son desagradables. Están tan involucrados en su estatus, ganándolo, con miedo de perderlo. Me alegro de que no tengo por qué ser de esa edad otra vez. Se sentaron a mi lado y no me tomaron en cuenta. Yo no existía en su radar. Pensé, esto es genial. Los miraba. Estaban llenos de energía y vida. Y de repente me di cuenta, Dios mío, la razón por la que son tan escandalosos, la razón por la que son tan descontrolados, la razón por la que los odiaba cuando tenía esa edad, es que crean vínculos en contra de las mujeres. Es la primera vez que son capaces de estar fuera del control de una mujer –su madre. Ellos están por su cuenta y durante ese periodo son muy peligrosos. Las mujeres tienen que tener cuidado cuando van a las fiestas de las fraternidades, porque los hombres están tratando de adquirir un estatus frente a los otros y ahí hay toda esta testosterona. Y luego una chica los atrapa. Y eso es todo. Se acabó para ellos. Se casan y están bajo el control de sus esposas para siempre. Puedes escuchar a estas mujeres todo el tiempo, diciendo sobre el marido, como, Ricki Lake: “Ya sabes, tengo dos hijos, pero en realidad tengo tres hijos”, y es cierto: el marido se vuelve un niño otra vez. Aun cuando los hombres hacen su parte, sacan la basura, trapean, lo que sea, las mujeres siguen mandando en la casa». 

Tienen el control y los hombres se convierten de nuevo en subordinados. Así que ¿de qué se preocupan tanto las feministas? ¿De los hombres que están subordinados a sus madres y después a sus esposas? Los hombres buscan consuelo maternal en las mujeres, y esa es la naturaleza de la heterosexualidad. Ahora dime, ¿realmente quién tiene todo el poder?

De manera que Camille Plaglia una mujer lesbiana sabe más de los hombres que casi todo el resto de mujeres y debe ser porque tiene el cerebro de un hombre, es decir que durante su época fetal recibió buenas dosis de testosterona materna a lo que se añade el papel que su padre proyectó sobre ella, su primogénita sobre la que proyectó su deseo frustrado de ser padre de un niño varón. Es muy interesante su punto de vista sobre los hombres y sobre las mujeres de clase media (tal y como podéis leer en la entrevista), nunca he visto tantas verdades juntas dichas sin miedo ni vergüenza de ser acusada de cualquier cosa.

Lo que le falta saber sobre los hombres y sobre nuestros genitales es el precio que pagamos por estar siempre a punto, siempre con la próstata engrasada, se llama adenoma de próstata, esta es la verdad que se esconde en el adagio «semen retenutum venenum est«. Poca gente sabe que el hombre tiene la próstata mas grande que la del toro, lo cual señala en la dirección que ella supone cuando dice que la vida del varón está presidida por el orden de lo sexual, lo sexual lo contamina todo si «contaminar» es una palabra adecuada. Esta es la gran diferencia entre hombres y mujeres, la sexualidad es siempre masculina y la Plaglia lo sabe bien puesto que conoce las dificultades que tuvo de joven al acceso sexual a las mujeres. Como un hombre.

Y si no se casó con un hombre es porque no encontró a ninguno que fuera más hombre que ella, como parece deducirse en ciertas respuestas donde se reencuentra con algunos personajes de su familia tradicional italiana y con hombres no educados en los valores de la ideología de género o la corrección política. Hombres rudos y viriles.

Que los hombres buscamos a una madre es una verdad profunda e incómoda, una forma de volver al lugar del que procedemos, pues todo es volver. Pero es un retorno peligroso y es por eso que la mujer para el hombre siempre es peligrosa, alguien que puede quedarse en su interior con ese órgano tan vulnerable -como saben todos los homosexuales- pero que es autónomo y exigente. Tan exigente que exige sus propios tributos : el adenoma y el carcinoma de próstata además de someternos en nuestra vida a momentos embarazosos y a tensiones que nos vienen desde el pañal primigenio hasta el pañal postrero.

La heterosexualidad es pues una otredad radical, pese al peligro y pese a la asimetría del peso del pene.

La ira de las muchachas

Mi abuelo era herrero de profesión y pasó su juventud en la forja, más tarde emigró a Francia donde abrió un taller de automóviles pero seguía soltero y alguien le arregló un matrimonio con mi abuela, un matrimonio mal avenido con muchas discrepancias y maneras de ver la vida: él un hombre de mundo y ella una mujer adusta,  beata de pueblo pero muy lista para lo práctico y sufridora en casa.

Mi abuelo era lo que hoy llamaríamos un emprendedor, apenas se estableció en su lugar de origen compró una finca de algarrobos y se planteó la idea de hacerla de regadío: construyó un pozo de agua con la que acabó abasteciendo a los campos de la vecindad y convirtiendo una zona de secano en otra de regadío: los naranjos comenzaron a florecer. Lo importante es que lo hizo con su trabajo, día y noche, él solo construyó las tuberías, las enterró y decidió por donde pasaría el agua, dando servicio a aquel secarral.

Mis abuelos trabajaban pues en el campo: ambos. Recuerdo que en la puerta de su casa había melones y sandías, se vendían huevos de gallina, tomates y verduras, había almendras, muchas almendras que pelar y muchos conejos que alimentar. Mi abuela estaba dedicada en cuerpo y alma a mantener con vida a aquellos conejos, degollar gallinas para el Domingo o hacer verdura de tomate para el invierno. Las tareas del campo y las estaciones lo presidían todo.

Podríamos decir que mis abuelos pertenecían a una sociedad tradicional caracterizada por:

  1. El hombre trabaja fuera y la mujer permanece en casa o bien ayuda (si el entorno es rural) en las labores del campo.
  2. Toda la economía está en manos de las mujeres que son autosuficientes para cualquier cuestión doméstica: ropa, cocina y crianza.
  3. La religión es omnipresente en la vida familiar y las imágenes de los santos presiden las habitaciones de la casa.
  4. En las sociedades tradicionales se tienen muchos hijos y aunque estaban destinado a ser r, al final acabaron siendo K (teoria de la selección r/K) pero mis abuelos solo tuvieron a uno, dado que los gemelos murieron a los pocos días de nacer. En comparación con sus hermanos mi abuela sólo crió a un vástago.
  5. El hombre manda en teoría pero la economía familiar bascula en torno a decisiones femeninas, por otra parte el hombre casi nunca está en casa ni asiste a las novenas o los rosarios que organiza su esposa.  Cuando no está trabajando está en el bar echando la partida al guiñote donde se juega tan solo el café.
  6. El hombre se desentiende de la crianza de los hijos que quedan en manos de su esposa quien trata de inculcarles el temor de Dios, y el aprovechamiento, en el caso de mi padre, escolar.

No era frecuente en aquella época que un niño nacido en 1922 y que al comenzar la guerra civil tenia 14 años se destinara a estudiar una carrera. Algún maestro les dijo a mis abuelos que mi padre «valía para estudiar», un requisito indispensable en aquella época, no demasiado cómoda para el estudio que debía no solo simultanearse con las tareas agrícolas sino también eludir las consecuencias de la guerra y la postguerra con suspensiones y tironeos en el curso escolar que debía completarse en la capital. Y el hambre.

Podríamos decir que fue mi abuela la que decidió que mi padre estudiara y no tanto mi abuelo que solía decir que trabajando con él ganaría más que un ingeniero. Y así fue que mi padre emprendió la carrera de Químicas en Barcelona y fue allí donde comenzó a fijarse en mi madre que también procedía del mismo pueblo por parte de madre (mi abuela materna). Y que debía pasar el filtro de conformidad de mi abuela. Lo pasó.

Pero mi padre enfermó en su segundo año de Facultad y tuvo que dejar sus estudios. Regresó al pueblo y comenzó a trabajar con su padre y se casó con mi madre que con sus cuidados terminó por sanarle después de muchos años. Mi abuelo compró un camión Leyland y puso a mi padre -su empleado- a trabajar para la familia. Vale la pena detenerse en este momento para comentar que una de las características de las sociedades tradicionales es la familia extensa que pervivió más tiempo en el campo que en la ciudad. La revolución industrial llevó a muchas parejas jóvenes a las fábricas de las ciudades, rompiendo la cohesión de los amplios grupos familiares, lo que tuvo consecuencias en la mentalidad y la forma de pensar la vida de ambos grupos. Se creó así la familia nuclear que tuvo mucha influencia en el nacimiento de las clases medias.

Mi madre no trabajaba, pues entonces trabajar no consistía en ser funcionario sino trabajar en el campo o en la fabrica: una nueva vuelta de tuerca en el progreso, mis padres eran pues burgueses con el dinero justo pero burgueses al menos en su sistema de valores. Un hombre tenía a gala que su esposa no trabajara, era -por así decir- un orgullo, tanto para él como para ella. El trabajo de mi madre fue criarme a mí, una tarea agotadora como sabe cualquier madre que cría hijos sin ayuda. Y lo hizo muy bien a base de muchas horas en aquella camilla con brasero donde dividíamos con tres decimales y esperábamos la vuelta de mi padre cuando la división se nos atascaba.

Uno de los valores más queridos por esas clases medias (que Evola llama burguesía) es que se privilegia la calidad de la educación de los niños en lugar de su cantidad. En este sentido mis padres adoptaron claramente esta estrategia K de calidad educativa en lugar de la r. Solo tuvieron un hijo que fui yo aunque no fue una decisión voluntaria.

Como podemos ver en este esquema de mi familia, en poco menos de 50 años se pasó en España de una sociedad atrasada, agrícola, primitiva y en cierta forma tradicional pero cohesiva a una España (cuento desde el 68 que remite a mi generación) que sería absolutamente irreconocible para mis abuelos si hubieran llegado a visualizarla.

Julius Evola en el libro que preside este post habla de la evolución de estas sociedades tradicionales donde valores como el mérito, el trabajo, la honradez eran exigibles en todo el mundo hasta el modo actual disolutivo y de alguna manera nihilista que preside el mundo actual. ¿Cómo se llevó a cabo este cambio?

Personalmente creo y así lo dejé escrito en este post y alguno que le precede que el origen de esta deriva está en el liberalismo pues el liberalismo (los whigs) suponen la emergencia de la modernidad y el arrinconamiento del viejo orden que representaban los reyes absolutistas.

No deja de ser paradójico que un movimiento aparentemente tan «progresista» como los whigs haya derivado en algo tan reaccionario como observamos en el mundo de hoy, con esa mezcla de nacionalismos, feminismos transnochados, orgías de sexo, violencia y alcohol en plena pandemia y de uns disolución de las costumbres morales notoria. Pero ya veremos como la lógica de los acontecimientos conceptuales del liberalismo animan y explican gran parte de estas derivadas.

El paradigma del liberalismo es el individualismo y también la emancipación, siempre individual, una derivada del pecado pues solo puede pecarse individualmente. Para el liberalismo el individuo es la única identidad que existe o debe existir. Todo tipo de identidad colectiva o interindividual es un obstáculo y debe, por lo tanto, ser superada o destruida, todos los tabúes, la tradición, la religión, la familia, costumbres, la nación, todo ha de ser sacrificado en la pira de lo individual. Todo es mero concepto, y barrera para el individuo. El problema con estas ideas es que con el tiempo terminan infectando y destruyendo a la propia civilización que las gestó.

Y así sucedió pues el liberalismo siempre tiende a la izquierda: al socialismo, más tarde al nihilismo de los populismos y es muy posible que le suceda el transhumanismo. Pero ¿qué es el nihilismo?

El nihilismo.-

Se trata de un nuevo paradigma occidental: el derrocamiento del tradicionalismo europeo en favor de una nueva teoría de la naturaleza y del hombre aunque pasando por distintas etapas: el éxito de la socialdemocracia y la consolidación de la izquierda indefinida coetánea del nihilismo actual.

El nihilismo es una doctrina filosófica que emergió en Rusia y le debe el nombre a Turguenev y responde a una consigna:

«Todo se reduce a nada».

No hay una verdad absoluta y la realidad es aparente. El nihilismo suele presentarse como nihilismo existencial, forma en la que se sostiene que la vida carece de significado objetivo, propósito, o valor intrínseco, El nihilismo se puede considerar crítica social, política y cultural a los valores, costumbres y creencias de una sociedad, en la medida en que estas participan del sentido de la vida, negado por dicha corriente filosófica, muy útil en aquellos artistas que viven de «epatar» las costumbres sociales pero muy mortífero cuando se convierte en una creencia social o sistémica .

Pues los viejos valores de las sociedades tradicionales no han sido sustituidos por ningún otro, sino por el repudio de cualquier valor moral. A veces surgen sucedáneos como el estoicismo perfeccionista  que contemplamos en algunos trastornos psiquiátricos modernos como los trastornos alimentarios o a los fetichismos morales que vemos en ciertas prácticas como el animalismo, el veganismo o el feminismo de cuarta generación.

En el libro de Evola el autor rastrea el concepto desde los presocráticos hasta los novelistas del desenfreno sexual como Henry Miller, los poetas como Rimbaud, artistas surrealistas o dadaístas o filósofos como Nieztsche, aunque es más conocida la sentencia de Dovstoievski cuando afirma que .

«Si Dios no existe todo está permitido».

El problema es que el nihilismo saltó desde la «locura particular» de algunos artistas hasta la población general. Hoy la civilización comparte muchas de las falacias del nihilismo, su renegación de cualquier valor

No es de extrañar pues que la verdad (decir la verdad) ya no se considere un valor en sí mismo, solo así puede entenderse que los votantes perdonen» las mentiras de sus gobernantes, que ya ni siquiera tratan de disimularlas ni se avergüenzan cuando los periodistas les sacan viejas declaraciones donde decían todo lo contrario de lo que hacen. La verdad ha dejado de ser un valor y si hay la suficiente masa critica, la mentira no se tomará en consideración para mi próximo voto. No es que me hayan engañado es que la verdad no existe.

Otro valor en decadencia es el mérito. Ya no es necesario ni deseable cultivar el mérito individual, los doctorados son regalos para algunas personas, la ausencia de todo mérito académico un seguro de vida político pues asegura la lealtad y la adhesión a cualquier estupidez. No saber hablar o debatir o gritar e interrumpir con insultos a los adversarios es ejemplo de buena práctica. Todo ello explica el bajisimo nivel que tienen nuestros diputados y los espectáculos con que nos oprimen a los ciudadanos comunes cuando son retransmitidos por la TV.

No cabe ninguna duda de que estos valores junto a la decencia económica en el manejo de los dineros públicos son ejemplos que señalan hacia el repudio de los mismos.

El problema es que el feminismo y el nihilismo empastan mal.

Feminismo y nihilismo.-

El feminismo fue en sus orígenes un movimiento tan sensato y decente como la idea democrática de los whigs originales. De lo que se trataba era de deponer la monarquía absolutista y cambiarla por un poder parlamentario, democrático similar a la República romana en sus orígenes; muy pocas personas hoy podrían estar en desacuerdo con esta idea, otra cuestión es explicar como la Revolución francesa se pervirtió de tal manera para convertir aquellas ideas de «Fraternidad, libertad e igualdad» en una experiencia imperial comandada por Napoleon que heredaría el caos que surgió de aquella asonada que llenó Francia de cabezas cortadas, llevandoa Francia a un nuevo desastre.

El feminismo en realidad es un subproducto liberal como la sanidad universal, que fue derivando poco a poco y a través de los cambios sociales en otra cosa bien distinta. El feminismo le debe más a Coco Chanel que liberó a la mujer de sus inútiles refajos o a la aparición de la píldora antibaby que a cualquiera de las madres del sufragio universal que se hubiera instalado de todas maneras del mismo modo que el trabajo femenino fue muy necesario en las fábricas de la segunda guerra mundial.

Pero el nihilismo de la época actual es mal momento para el activismo feminista y da como resultado escenas esperpénticas como las que vimos ayer el día 8-M, en un aquelarre exhibicionista en plena pandemia. Es como si las mujeres hubieran sido utilizadas como «mujeres de paja» para desacreditar al propio movimiento, dado la impresión de que este feminismo es más un negocio que una reivindicación de igualdad. Pues el argumento de fondo es:

¿Si no hay valores porqué se defiende el valor de ser mujer frente al de ser hombre?¿Si la vida carece de sentido porqué acusar al patriarcado de oprimir a las mujeres? Que más da si están o no oprimidas, la vida carece de sentido ¿no era esa la idea? Si el mérito ya no existe ¿por qué las mujeres se adjudican el mérito de cuidar, trabajar más y por menos dinero? ¿Quién tiene la culpa de que las mujeres tengan la regla o tengan hijos? ¿Es el patriarcado?

No pocas falacias y muchas contradicciones, resueltas a través de un fetichismo (supremacismo) moral que oculta su fondo religioso que tanto recuerda al moralismo de nuestras abuelas.

Efectivamente, el nihilismo no es solo la desaparición de los valores sino la relación con la verdad. Y la verdad es que los cerebros de hombres y mujeres es diferente. Echo de menos un movimiento feminista que enseñe a las mujeres a pactar consigo mismas qué es lo que realmente quieren y a no buscar culpables en el sexo opuesto si no lo consiguen, a descabalgarse de cualquier politización de este asunto y a entender mejor a los hombres con los que conviven incluyendo a sus propios hijos.

Pero el desvarío de estas ideas no se combate con la verdad, pues la verdad es irrelevante para un nihilista, tampoco se combate con la vuelta atrás pues no solo es indeseable sino imposible, tampoco volviendo nuestros ojos a los misticismos orientales pues los chinos terminaran como nosotros a poco que abran la mano del control de la población. Ellos llevan cierto retraso con respecto a nosotros, eso es todo.

Lo que propone Evola es cabalgar el tigre, es decir retirarse, subirse a lomos de la fiera para impedir que nos devore y esperar a que se canse. Entonces descabalgarle y decirle la verdad. Estamos enmedio de un ciclo y este ciclo -como el mundo en el que vivieron mis abuelos- desaparecerá.

Mientras tanto, vivir en el mundo sin estar en él, como decía Junger.