Las tribulaciones del pene

Pocas mujeres saben la faena que nos da el pene a los hombres, de ahí que exista tan poca empatía con nosotros, ellas piensan que el pene es un órgano de más y que por eso nos da a los hombres un poder extra, el poder de penetrar, pero pocas saben la verdad: que el pene es un engorro, un órgano vulnerable y exigente, solo Camila Plaglia parece saberlo y asi lo cuenta en esta entrevista.

Vale la pena leer estos párrafos:

“Los hombres están constantemente obligados a hacer frente a su sexualidad. El problema para una mujer es la menstruación, cuando la sangre se derrama. Pero en general, las mujeres pueden olvidarse de su propia sexualidad –nunca tienen que pensar en ella o enfrentarla como los hombres. Cada vez que los hombres orinan, está justo ahí. Tienen que preocuparse por ello constantemente. Es una parte de su cuerpo que no controlan. Puede ser embarazoso. En la clase de gimnasia o donde sea, de repente pueden ser humillados, avergonzados. En ella definen mucho el ser hombres. Debido a la naturaleza del pene, los hombres tienen la ansiedad del rendimiento, mientras que ninguna mujer tiene que probarse a sí misma de esta manera. Así es que los egos de los hombres están totalmente involucrados en el rendimiento, en hacerlo, en lograrlo”.

Una erección es una especie de logro. Así como lo es orinar para un anciano prostático. Como ya he dicho, un niño tiene que aprender a apuntar con el fin de dejar de ser infantil. Así que es un logro. El orgasmo masculino es efímero y transitorio –y esa es la ironía de la sexualidad masculina. Es irónico que el feminismo observa el pene como el poder y la violencia, cuando en realidad es muy débil. Cada vez que un hombre se acerca a una mujer, se supera con ansiedad, porque él se está acercando al lugar donde nació. Hay un recuerdo subliminal de eso y siempre existe la pesadilla de que puede ser deglutido. De súbito, en un silbido, y, como Alicia en el País de las Maravillas, son disparados a través del espejo. Cada vez que un hombre pone su pene en la mujer, está apostando a que él lo va a recuperar. Y en cierto sentido, pierde esa apuesta cada vez. Entra, es muy poderoso, y entonces se acaba y pierde la potencia. Esto pone de manifiesto que las feministas se han equivocado. Me tomó casi toda mi vida darme cuenta de que los hombres no son tiranos o ególatras”.

“Recientemente tuve una epifanía en un centro comercial que puso todo en perspectiva. Estaba comiendo un pedazo de pizza y vi a unos adolescentes corriendo por el centro comercial. Eran salvajes. Los miré y vi la desesperación. Cuando tenía su edad, odiaba a ese tipo de chicos, porque son desagradables. Están tan involucrados en su estatus, ganándolo, con miedo de perderlo. Me alegro de que no tengo por qué ser de esa edad otra vez. Se sentaron a mi lado y no me tomaron en cuenta. Yo no existía en su radar. Pensé, esto es genial. Los miraba. Estaban llenos de energía y vida. Y de repente me di cuenta, Dios mío, la razón por la que son tan escandalosos, la razón por la que son tan descontrolados, la razón por la que los odiaba cuando tenía esa edad, es que crean vínculos en contra de las mujeres. Es la primera vez que son capaces de estar fuera del control de una mujer –su madre. Ellos están por su cuenta y durante ese periodo son muy peligrosos. Las mujeres tienen que tener cuidado cuando van a las fiestas de las fraternidades, porque los hombres están tratando de adquirir un estatus frente a los otros y ahí hay toda esta testosterona. Y luego una chica los atrapa. Y eso es todo. Se acabó para ellos. Se casan y están bajo el control de sus esposas para siempre. Puedes escuchar a estas mujeres todo el tiempo, diciendo sobre el marido, como, Ricki Lake: “Ya sabes, tengo dos hijos, pero en realidad tengo tres hijos”, y es cierto: el marido se vuelve un niño otra vez. Aun cuando los hombres hacen su parte, sacan la basura, trapean, lo que sea, las mujeres siguen mandando en la casa”. 

Tienen el control y los hombres se convierten de nuevo en subordinados. Así que ¿de qué se preocupan tanto las feministas? ¿De los hombres que están subordinados a sus madres y después a sus esposas? Los hombres buscan consuelo maternal en las mujeres, y esa es la naturaleza de la heterosexualidad. Ahora dime, ¿realmente quién tiene todo el poder?

De manera que Camille Plaglia una mujer lesbiana sabe más de los hombres que casi todo el resto de mujeres y debe ser porque tiene el cerebro de un hombre, es decir que durante su época fetal recibió buenas dosis de testosterona materna a lo que se añade el papel que su padre proyectó sobre ella, su primogénita sobre la que proyectó su deseo frustrado de ser padre de un niño varón. Es muy interesante su punto de vista sobre los hombres y sobre las mujeres de clase media (tal y como podéis leer en la entrevista), nunca he visto tantas verdades juntas dichas sin miedo ni vergüenza de ser acusada de cualquier cosa.

Lo que le falta saber sobre los hombres y sobre nuestros genitales es el precio que pagamos por estar siempre a punto, siempre con la próstata engrasada, se llama adenoma de próstata, esta es la verdad que se esconde en el adagio “semen retenutum venenum est“. Poca gente sabe que el hombre tiene la próstata mas grande que la del toro, lo cual señala en la dirección que ella supone cuando dice que la vida del varón está presidida por el orden de lo sexual, lo sexual lo contamina todo si “contaminar” es una palabra adecuada. Esta es la gran diferencia entre hombres y mujeres, la sexualidad es siempre masculina y la Plaglia lo sabe bien puesto que conoce las dificultades que tuvo de joven al acceso sexual a las mujeres. Como un hombre.

Y si no se casó con un hombre es porque no encontró a ninguno que fuera más hombre que ella, como parece deducirse en ciertas respuestas donde se reencuentra con algunos personajes de su familia tradicional italiana y con hombres no educados en los valores de la ideología de género o la corrección política. Hombres rudos y viriles.

Que los hombres buscamos a una madre es una verdad profunda e incómoda, una forma de volver al lugar del que procedemos, pues todo es volver. Pero es un retorno peligroso y es por eso que la mujer para el hombre siempre es peligrosa, alguien que puede quedarse en su interior con ese órgano tan vulnerable -como saben todos los homosexuales- pero que es autónomo y exigente. Tan exigente que exige sus propios tributos : el adenoma y el carcinoma de próstata además de someternos en nuestra vida a momentos embarazosos y a tensiones que nos vienen desde el pañal primigenio hasta el pañal postrero.

La heterosexualidad es pues una otredad radical, pese al peligro y pese a la asimetría del peso del pene.

La ira de las muchachas

Mi abuelo era herrero de profesión y pasó su juventud en la forja, más tarde emigró a Francia donde abrió un taller de automóviles pero seguía soltero y alguien le arregló un matrimonio con mi abuela, un matrimonio mal avenido con muchas discrepancias y maneras de ver la vida: él un hombre de mundo y ella una mujer adusta,  beata de pueblo pero muy lista para lo práctico y sufridora en casa.

Mi abuelo era lo que hoy llamaríamos un emprendedor, apenas se estableció en su lugar de origen compró una finca de algarrobos y se planteó la idea de hacerla de regadío: construyó un pozo de agua con la que acabó abasteciendo a los campos de la vecindad y convirtiendo una zona de secano en otra de regadío: los naranjos comenzaron a florecer. Lo importante es que lo hizo con su trabajo, día y noche, él solo construyó las tuberías, las enterró y decidió por donde pasaría el agua, dando servicio a aquel secarral.

Mis abuelos trabajaban pues en el campo: ambos. Recuerdo que en la puerta de su casa había melones y sandías, se vendían huevos de gallina, tomates y verduras, había almendras, muchas almendras que pelar y muchos conejos que alimentar. Mi abuela estaba dedicada en cuerpo y alma a mantener con vida a aquellos conejos, degollar gallinas para el Domingo o hacer verdura de tomate para el invierno. Las tareas del campo y las estaciones lo presidían todo.

Podríamos decir que mis abuelos pertenecían a una sociedad tradicional caracterizada por:

  1. El hombre trabaja fuera y la mujer permanece en casa o bien ayuda (si el entorno es rural) en las labores del campo.
  2. Toda la economía está en manos de las mujeres que son autosuficientes para cualquier cuestión doméstica: ropa, cocina y crianza.
  3. La religión es omnipresente en la vida familiar y las imágenes de los santos presiden las habitaciones de la casa.
  4. En las sociedades tradicionales se tienen muchos hijos y aunque estaban destinado a ser r, al final acabaron siendo K (teoria de la selección r/K) pero mis abuelos solo tuvieron a uno, dado que los gemelos murieron a los pocos días de nacer. En comparación con sus hermanos mi abuela sólo crió a un vástago.
  5. El hombre manda en teoría pero la economía familiar bascula en torno a decisiones femeninas, por otra parte el hombre casi nunca está en casa ni asiste a las novenas o los rosarios que organiza su esposa.  Cuando no está trabajando está en el bar echando la partida al guiñote donde se juega tan solo el café.
  6. El hombre se desentiende de la crianza de los hijos que quedan en manos de su esposa quien trata de inculcarles el temor de Dios, y el aprovechamiento, en el caso de mi padre, escolar.

No era frecuente en aquella época que un niño nacido en 1922 y que al comenzar la guerra civil tenia 14 años se destinara a estudiar una carrera. Algún maestro les dijo a mis abuelos que mi padre “valía para estudiar”, un requisito indispensable en aquella época, no demasiado cómoda para el estudio que debía no solo simultanearse con las tareas agrícolas sino también eludir las consecuencias de la guerra y la postguerra con suspensiones y tironeos en el curso escolar que debía completarse en la capital. Y el hambre.

Podríamos decir que fue mi abuela la que decidió que mi padre estudiara y no tanto mi abuelo que solía decir que trabajando con él ganaría más que un ingeniero. Y así fue que mi padre emprendió la carrera de Químicas en Barcelona y fue allí donde comenzó a fijarse en mi madre que también procedía del mismo pueblo por parte de madre (mi abuela materna). Y que debía pasar el filtro de conformidad de mi abuela. Lo pasó.

Pero mi padre enfermó en su segundo año de Facultad y tuvo que dejar sus estudios. Regresó al pueblo y comenzó a trabajar con su padre y se casó con mi madre que con sus cuidados terminó por sanarle después de muchos años. Mi abuelo compró un camión Leyland y puso a mi padre -su empleado- a trabajar para la familia. Vale la pena detenerse en este momento para comentar que una de las características de las sociedades tradicionales es la familia extensa que pervivió más tiempo en el campo que en la ciudad. La revolución industrial llevó a muchas parejas jóvenes a las fábricas de las ciudades, rompiendo la cohesión de los amplios grupos familiares, lo que tuvo consecuencias en la mentalidad y la forma de pensar la vida de ambos grupos. Se creó así la familia nuclear que tuvo mucha influencia en el nacimiento de las clases medias.

Mi madre no trabajaba, pues entonces trabajar no consistía en ser funcionario sino trabajar en el campo o en la fabrica: una nueva vuelta de tuerca en el progreso, mis padres eran pues burgueses con el dinero justo pero burgueses al menos en su sistema de valores. Un hombre tenía a gala que su esposa no trabajara, era -por así decir- un orgullo, tanto para él como para ella. El trabajo de mi madre fue criarme a mí, una tarea agotadora como sabe cualquier madre que cría hijos sin ayuda. Y lo hizo muy bien a base de muchas horas en aquella camilla con brasero donde dividíamos con tres decimales y esperábamos la vuelta de mi padre cuando la división se nos atascaba.

Uno de los valores más queridos por esas clases medias (que Evola llama burguesía) es que se privilegia la calidad de la educación de los niños en lugar de su cantidad. En este sentido mis padres adoptaron claramente esta estrategia K de calidad educativa en lugar de la r. Solo tuvieron un hijo que fui yo aunque no fue una decisión voluntaria.

Como podemos ver en este esquema de mi familia, en poco menos de 50 años se pasó en España de una sociedad atrasada, agrícola, primitiva y en cierta forma tradicional pero cohesiva a una España (cuento desde el 68 que remite a mi generación) que sería absolutamente irreconocible para mis abuelos si hubieran llegado a visualizarla.

Julius Evola en el libro que preside este post habla de la evolución de estas sociedades tradicionales donde valores como el mérito, el trabajo, la honradez eran exigibles en todo el mundo hasta el modo actual disolutivo y de alguna manera nihilista que preside el mundo actual. ¿Cómo se llevó a cabo este cambio?

Personalmente creo y así lo dejé escrito en este post y alguno que le precede que el origen de esta deriva está en el liberalismo pues el liberalismo (los whigs) suponen la emergencia de la modernidad y el arrinconamiento del viejo orden que representaban los reyes absolutistas.

No deja de ser paradójico que un movimiento aparentemente tan “progresista” como los whigs haya derivado en algo tan reaccionario como observamos en el mundo de hoy, con esa mezcla de nacionalismos, feminismos transnochados, orgías de sexo, violencia y alcohol en plena pandemia y de uns disolución de las costumbres morales notoria. Pero ya veremos como la lógica de los acontecimientos conceptuales del liberalismo animan y explican gran parte de estas derivadas.

El paradigma del liberalismo es el individualismo y también la emancipación, siempre individual, una derivada del pecado pues solo puede pecarse individualmente. Para el liberalismo el individuo es la única identidad que existe o debe existir. Todo tipo de identidad colectiva o interindividual es un obstáculo y debe, por lo tanto, ser superada o destruida, todos los tabúes, la tradición, la religión, la familia, costumbres, la nación, todo ha de ser sacrificado en la pira de lo individual. Todo es mero concepto, y barrera para el individuo. El problema con estas ideas es que con el tiempo terminan infectando y destruyendo a la propia civilización que las gestó.

Y así sucedió pues el liberalismo siempre tiende a la izquierda: al socialismo, más tarde al nihilismo de los populismos y es muy posible que le suceda el transhumanismo. Pero ¿qué es el nihilismo?

El nihilismo.-

Se trata de un nuevo paradigma occidental: el derrocamiento del tradicionalismo europeo en favor de una nueva teoría de la naturaleza y del hombre aunque pasando por distintas etapas: el éxito de la socialdemocracia y la consolidación de la izquierda indefinida coetánea del nihilismo actual.

El nihilismo es una doctrina filosófica que emergió en Rusia y le debe el nombre a Turguenev y responde a una consigna:

“Todo se reduce a nada”.

No hay una verdad absoluta y la realidad es aparente. El nihilismo suele presentarse como nihilismo existencial, forma en la que se sostiene que la vida carece de significado objetivo, propósito, o valor intrínseco, El nihilismo se puede considerar crítica social, política y cultural a los valores, costumbres y creencias de una sociedad, en la medida en que estas participan del sentido de la vida, negado por dicha corriente filosófica, muy útil en aquellos artistas que viven de “epatar” las costumbres sociales pero muy mortífero cuando se convierte en una creencia social o sistémica .

Pues los viejos valores de las sociedades tradicionales no han sido sustituidos por ningún otro, sino por el repudio de cualquier valor moral. A veces surgen sucedáneos como el estoicismo perfeccionista  que contemplamos en algunos trastornos psiquiátricos modernos como los trastornos alimentarios o a los fetichismos morales que vemos en ciertas prácticas como el animalismo, el veganismo o el feminismo de cuarta generación.

En el libro de Evola el autor rastrea el concepto desde los presocráticos hasta los novelistas del desenfreno sexual como Henry Miller, los poetas como Rimbaud, artistas surrealistas o dadaístas o filósofos como Nieztsche, aunque es más conocida la sentencia de Dovstoievski cuando afirma que .

“Si Dios no existe todo está permitido”.

El problema es que el nihilismo saltó desde la “locura particular” de algunos artistas hasta la población general. Hoy la civilización comparte muchas de las falacias del nihilismo, su renegación de cualquier valor

No es de extrañar pues que la verdad (decir la verdad) ya no se considere un valor en sí mismo, solo así puede entenderse que los votantes perdonen” las mentiras de sus gobernantes, que ya ni siquiera tratan de disimularlas ni se avergüenzan cuando los periodistas les sacan viejas declaraciones donde decían todo lo contrario de lo que hacen. La verdad ha dejado de ser un valor y si hay la suficiente masa critica, la mentira no se tomará en consideración para mi próximo voto. No es que me hayan engañado es que la verdad no existe.

Otro valor en decadencia es el mérito. Ya no es necesario ni deseable cultivar el mérito individual, los doctorados son regalos para algunas personas, la ausencia de todo mérito académico un seguro de vida político pues asegura la lealtad y la adhesión a cualquier estupidez. No saber hablar o debatir o gritar e interrumpir con insultos a los adversarios es ejemplo de buena práctica. Todo ello explica el bajisimo nivel que tienen nuestros diputados y los espectáculos con que nos oprimen a los ciudadanos comunes cuando son retransmitidos por la TV.

No cabe ninguna duda de que estos valores junto a la decencia económica en el manejo de los dineros públicos son ejemplos que señalan hacia el repudio de los mismos.

El problema es que el feminismo y el nihilismo empastan mal.

Feminismo y nihilismo.-

El feminismo fue en sus orígenes un movimiento tan sensato y decente como la idea democrática de los whigs originales. De lo que se trataba era de deponer la monarquía absolutista y cambiarla por un poder parlamentario, democrático similar a la República romana en sus orígenes; muy pocas personas hoy podrían estar en desacuerdo con esta idea, otra cuestión es explicar como la Revolución francesa se pervirtió de tal manera para convertir aquellas ideas de “Fraternidad, libertad e igualdad” en una experiencia imperial comandada por Napoleon que heredaría el caos que surgió de aquella asonada que llenó Francia de cabezas cortadas, llevandoa Francia a un nuevo desastre.

El feminismo en realidad es un subproducto liberal como la sanidad universal, que fue derivando poco a poco y a través de los cambios sociales en otra cosa bien distinta. El feminismo le debe más a Coco Chanel que liberó a la mujer de sus inútiles refajos o a la aparición de la píldora antibaby que a cualquiera de las madres del sufragio universal que se hubiera instalado de todas maneras del mismo modo que el trabajo femenino fue muy necesario en las fábricas de la segunda guerra mundial.

Pero el nihilismo de la época actual es mal momento para el activismo feminista y da como resultado escenas esperpénticas como las que vimos ayer el día 8-M, en un aquelarre exhibicionista en plena pandemia. Es como si las mujeres hubieran sido utilizadas como “mujeres de paja” para desacreditar al propio movimiento, dado la impresión de que este feminismo es más un negocio que una reivindicación de igualdad. Pues el argumento de fondo es:

¿Si no hay valores porqué se defiende el valor de ser mujer frente al de ser hombre?¿Si la vida carece de sentido porqué acusar al patriarcado de oprimir a las mujeres? Que más da si están o no oprimidas, la vida carece de sentido ¿no era esa la idea? Si el mérito ya no existe ¿por qué las mujeres se adjudican el mérito de cuidar, trabajar más y por menos dinero? ¿Quién tiene la culpa de que las mujeres tengan la regla o tengan hijos? ¿Es el patriarcado?

No pocas falacias y muchas contradicciones, resueltas a través de un fetichismo (supremacismo) moral que oculta su fondo religioso que tanto recuerda al moralismo de nuestras abuelas.

Efectivamente, el nihilismo no es solo la desaparición de los valores sino la relación con la verdad. Y la verdad es que los cerebros de hombres y mujeres es diferente. Echo de menos un movimiento feminista que enseñe a las mujeres a pactar consigo mismas qué es lo que realmente quieren y a no buscar culpables en el sexo opuesto si no lo consiguen, a descabalgarse de cualquier politización de este asunto y a entender mejor a los hombres con los que conviven incluyendo a sus propios hijos.

Pero el desvarío de estas ideas no se combate con la verdad, pues la verdad es irrelevante para un nihilista, tampoco se combate con la vuelta atrás pues no solo es indeseable sino imposible, tampoco volviendo nuestros ojos a los misticismos orientales pues los chinos terminaran como nosotros a poco que abran la mano del control de la población. Ellos llevan cierto retraso con respecto a nosotros, eso es todo.

Lo que propone Evola es cabalgar el tigre, es decir retirarse, subirse a lomos de la fiera para impedir que nos devore y esperar a que se canse. Entonces descabalgarle y decirle la verdad. Estamos enmedio de un ciclo y este ciclo -como el mundo en el que vivieron mis abuelos- desaparecerá.

Mientras tanto, vivir en el mundo sin estar en él, como decía Junger.

Sí es sí o no

Las relaciones entre sexos están presididas por un orden de complejidad que no ha hecho sino incrementarse con la nueva moralidad que nos quieren imponer aquellos que defienden la corrección política y sexual y que pretenden además hacerlo con leyes, normas y sanciones. Una especie de nueva urbanidad que va más allá del decoro y la buena educación y que busca refugiarse en políticas concretas destinadas a fines espúreos sobre lo que no voy a comentar nada. Simplemente este post está destinado a hacer comprender a mis lectores que este tipo de propuestas están destinadas al fracaso.

En las relaciones sexuales está vigente -incluso jurídicamente- el paradigma del consentimiento que puede traducirse en el eslogan que da titulo a este post, “solo sí es sí” que parece que es muy intuitivo pero que en realidad esconde no pocas falacias y solo sirve para los casos extremos como por ejemplo en la violación. Es obvio que la violación se ha tomado como paradigma de referencia del resto de posibilidades que suceden en la vida real. Veamos algunas:

  1. Para empezar existen limites para el consentimiento sexual, la más conocida es la edad del que concede el consentimiento (que puede ser hombre o mujer). Se supone que por debajo de cierta edad (que es arbitraria) nadie puede dar su consentimiento, por la misma razón que un niño o niña de 14 años o menos tampoco puede conducir o votar.
  2. Otro de los limites y que pervierten el consentimiento es el estado mental del consentidor. Estar embriagado por alcohol o intoxicado por drogas.
  3. Una persona en su sano juicio puede dar su consentimiento para ser atada, golpeada, maltratada o humillada por su pareja sexual. Ciertas practicas como el BDSM ponen sobre la mesa la duda sobre si dar el consentimiento para estas practicas es o no legítimo.
  4. Una persona puede dar su consentimiento para una relación sexual y arrepentirse a medio camino, algo completamente plausible.
  5. Una persona puede dar su consentimiento para una relación sexual sin estar convencida de ello o simplemente no haber madurado lo suficiente para saber qué significa eso del “consentimiento”. Algunas relaciones sexuales se llevan a cabo por la presión del grupo o por agradar o complacer a la pareja.
  6. La mayor parte de las relaciones sexuales no se inician con un si o un no categórico sino que los avances en este tema se llevan a cabo a través de actitudes corporales, indicios que llevan a una escalada donde el “contrato o consentimiento” no tiene lugar de un modo verbal, ni al comienzo ni durante el tiempo que dura el coito propiamente dicho.

De manera que no podemos considerar al consentimiento como algo objetivo, inamovible y fiable. Dicho de otro modo no se puede legislar teniendo como base conductual el citado “consentimiento” que solo sirve -como he dicho más arriba- para los casos extremos como la violación, los tocamientos no demandados o la difusión en redes sociales de imágenes eróticas para las que no se ha pedido consentimiento.

¿Entonces cómo se resuelve este problema?

La primera cuestión, es que este tipo de problemas no se resuelven nunca pero se pueden agravar. Se trata de un problema endemoniado (wicked problem). Y lo que caracteriza a este tipo de problemas es que empeoran cuantos más esfuerzos hacemos por erradicarlos o mejorarlos.

Cuando nos enfrentamos a problemas complejos, los resultados se vuelven más impredecibles. No existen ni mejores ni buenas prácticas catalogadas para las situaciones frente a las cuales nos podemos encontrar. Simplemente, no sabemos con anticipación si una determinada solución va a funcionar. Solo podemos examinar los resultados y adaptarnos. Este es el dominio de las prácticas emergentes. Las soluciones encontradas rara vez son replicables, con los mismos resultados, a otros problemas similares, lo cual indica que legislar sobre ellos es inútil pues las leyes no puede recoger la complejidad de las interacciones entre individuos, solo pueden caracterizar a grosso modo las interacciones más robustas y fáciles de definir,

En otro lugar he hablado de estos entornos con el nombre de problemas “endemoniados” (wicked problems). Lo interesante es que en este tipo de entornos los expertos no sirven de mucho más que para apuntar opiniones más o menos estandarizadas pues lo que define a un dominio complejo es que el problema no puede ser definido sino después de haberse resuelto,

Este es el campo de las soluciones políticas a problemas difíciles de abordar, y también los problemas sociales y como no, los problemas mentales. Tratar un problema mental siempre se da en un contexto de incertidumbre pues no solo intervienen muchas variables como en el dominio complicado sino que estas variables están ocultas entre los vínculos de una variable y otra.

Tratar un problema mental siempre será mas seguro si lo hace un psiquiatra o un psicólogo pero de ahí no podemos deducir que todos los psiquiatras o todos los psicólogos van a estar de acuerdo, no sólo en el tratamiento sino en la solución del problema. El profesional experto introduce a su vez una variable -la de su personalidad o carisma- que va a operar como una emergencia incierta. Un psicólogo no podrá replicar nunca lo que le enseñó su maestro: siempre habrá que tener en cuenta la novedad y la innovación creadora de su discípulo, que pocas veces será consciente de su potencial de operar cambios en los demás. No solo no hay dos pacientes iguales sino que no hay dos patologías iguales, ni dos terapeutas iguales y lo que hoy fue un éxito aquí mañana puede ser un fracaso allí.

Y cuando estamos frente a un problema de estas características lo mejor es la solución ética.

¿Qué es lo que hace que una niña de 13 o 14 años mantenga relaciones sexuales completas con un muchacho en el mejor de los casos de su edad?

Naturalmente la presión del grupo y la presión del muchacho. Esto no es un fenómeno nuevo y nos ha pasado a todos cuando nuestras hormonas andaban revoloteadas en la pubertad y adolescencia. Lo que es nuevo en la actualidad es la escasa resistencia de las muchachas. Hoy parece que cualquier chica que mantenga su virginidad es excluida del grupo por ser poco interesante. Es como si hubiera una competencia por ser promiscuas. Naturalmente habrá quien piense que esta misma recomendación debería hacerse a los muchachos pero esta es un idea ingenua. Los chicos tienen más impulsos sexuales que las chicas y buscan el sexo con más insistencia y variedad que las chicas.

Las chicas saben muy bien lo que quieren los chicos sin embargo saben más bien poco de lo que quieren ellas.

La perversión de las ideas feministas.-

Podemos hablar de tres generaciones en el pensamiento feminista: las dos primeras son 1) la del voto universal y 2) la de los derechos civiles (tener cuentas en el banco, derecho a la educación, etc). Todo el mundo hoy estamos de acuerdo en esta igualdad que propugnaban las feministas originales pero a partir de los años 60 sucedieron otras cosas que pusieron patas arriba el paradigma tradicional de los feminismos igualitarios. Se inventó la píldora anticonceptiva y la minifalda se puso de moda entre las jóvenes, los chicos dejaron crecer sus melenas y se identificaron con sus héroes musicales en lugar de con los masculinismos tradicionales que hasta entonces habían sido héroes militares.

“Hacer el amor y no la guerra” fue la consigna de aquellos años pero fracasó por una razón fundamental: a las mujeres no les conviene tener hijos con según quien. Ellas más que ellos necesitaban relaciones estables para cuidar de esos retoños nacidos en la borrachera de Woodstock. El hippismo no era un buen invento para ellas aunque era ideal para ellos.

Por eso el feminismo de tercera generación fue más allá y se reivindicó el aborto libre. “Mi cuerpo es mío” reemplazó al viejo slogan californiano. Aquí ya no hay tanto consenso y la población se dividió entre los “defensores de la vida” y los activistas del aborto libre.

Pero lo más contradictorio es contemplar cómo es posible que con un acceso tan fácil para la anovulación se pasara a la siguiente trinchera. ¿Para qué abortar si podemos optar por anovulatorios baratos y accesibles? Lo cierto es que la aparición de los anovulatorios ha tenido más incidencia en la sexualidad de las mujeres que en su fertilidad. Si siguen habiendo mujeres que abortan es porque no han tomado las debidas precauciones, lo que plantea una vieja pregunta freudiana

¿Qué quieren las mujeres?

¿Buscan la hipergamia o la estabilidad familiar?

Ningún hombre sabe a ciencia cierta qué quieren las mujeres pero lo peor es que ni siquiera ellas lo saben. Y en mi opinión esa es una tarea inconclusa del feminismo. En lugar de plantearse el aborto libre por qué ninguna feminista se planteó la pregunta de este modo: “vamos a detenernos ahora que ya tenemos derechos civiles, derecho al voto y que podemos ir a la universidad como nuestros hermanos, vamos a detenernos y preguntarnos qué queremos en realidad”.

No se hizo esta pregunta y las batallas ideológicas llevaron al feminismo al siguiente planteamiento: “las mujeres estamos oprimidas por el patriarcado”. Hay que terminar con el patriarcado para conseguir un mundo libre y amigable. Obsérvese como en lugar de preguntarse ¿qué queremos y como lo podemos cambiar y conseguir”, lo que se plantea es “los hombres son culpables y hay que reeducarlos”. Aparecen entonces ideas como “el machismo tóxico” o “los micromachismos de cada día”. La idea fuerza es que las mujeres están sometidas a este tipo de estructura social que las oprime en todos los ámbitos, doméstico, cultural, deportivo, salarial y universitario y precisamente en el momento en que existe más igualdad en el mundo y donde las mujeres son mayoritarias en la universidad y en ciertas profesiones, por no hablar de talentos artísticos y deportivos. Han triunfado en todos los espacios sociales y han igualado a los hombres en todo tipo de tareas, desde el derecho, hasta la medicina o la natación.

¿Por qué ahora salen con el machismo? Precisamente ahora.

Pues porque las ideas se pervierten cuando se consiguen ciertas metas y no son desactivadas por las que viven de la ideología y logran transmitirse a la población general. Para un trabajador manual tener un mes de vacaciones al año, un coche particular o una casa en el pueblo ya no es una aspiración sino una realidad. Pero si se siguiera estirando de ese hilo la próxima meta sería quitarle la fabrica a su dueño (el comunismo) o el asesinato del empresario.

Es por eso que la próxima trinchera del feminismo es aun más delirante: “matemos a los hombres y castremos a los niños”. Naturalmente esta ideología extrema no es seguida por la mayor parte de las mujeres pero en realidad todas las mujeres se benefician de esa salida de quicio del feminismo: reparto de cuotas en todos lados, leyes de violencia de género donde siempre aparecen como víctimas, ventajas en los divorcios y en la educación de los hijos, denuncias falsas para obtener ventajas en caso de tutelas y toda clase de beneficios por el hecho de ser mujer.

Naturalmente este estado de cosas es una perversión de la idea original donde las mujeres buscaban un espacio publico social que prácticamente ya habían conseguido en los 70.

Y lo que sucede cuando se alcanza un objetivo es que muchas personas se quedan sin trabajo, algo así le pasó a la socialdemocracia europea: hay como una escalada de encuentro de nuevos espacios donde insertar cualquier malestar y toda persona tiene un espacio de malestar negado que pronto o tarde le hará enrolarse en una ideología identitaria, no importa si es la raza, la orientación sexual, el género, el clima o el veganismo. Una vez alcanzado un  estado bastante elevado de bienestar había que pasar a otra cosa: se optó por lo identitario y lo identitario no solo consolidó la negación e impidió refrescar las ideas que mas arriba señalaba sino que canceló la cuenta de débito de las minorías consagrándolas como casi santas laicas.

Por eso si, puede ser si o no, como puede ser acaso o quizás más tarde

De ranas a príncipes (y II)

Si en el post anterior hablé de “Un nuevo contrato sexual” es porque ya existía uno más antiguo: el que describe Helen Fischer -desde un punto de vista evolucionista- en su libro “El contrato sexual”, el que procede de la infancia de la humanidad -el paleolítico- construido a base de adaptaciones ancestrales y selección sexual.

Un “contrato” que tuvo muchas ventajas civilizatorias y culturales: la desaparición de la regla solar y su sustitución por la regla lunar silenciosa, el acceso de la mujer a las proteínas animales (comida a cambio de sexo), la aparición del orgasmo en la mujer, el coito cara a cara y otros eventos evolutivos como la prohibición del incesto y el parricidio (la aparición de Edipo en nuestro imaginario) que produjeron un fortalecimiento de los vínculos entre hombres y mujeres, así apareció la monogamia, un hito evolutivo que garantizaba la supervivencia de las crías y de las propias mujeres sometidas a los avatares de los partos y a las caminatas continuas.

Así nació el patriarcado, no tanto como explican algunas feministas que han escrito libros con el mismo titulo que el de Helen Fisher, – me refiero a Carole Pateman- que defiende un origen bien distinto al que la ciencia evolutiva ha consensuado con pruebas y no tanto con deseos: existió y aun existe efectivamente una cultura matrilineal pero la civilización emergió con el patriarcado, es decir al darle a los hombres ciertos privilegios a cambio de su protección y alimentación de la parentela, comprometiéndole a medio plazo. La aloparentalidad de las mujeres es efectivamente más antigua que la monogamia que ha tenido que convivir con la competencia intrasexual femenina un subproducto de la monogamia. Aloparentalidad se refiere a ayuda mutua entre mujeres, sobre todo relacionada con las tareas del parto y la crianza.

Así fue como los hombres pasaron de ser ranas a príncipes. Pues el cuento de la rana de lo que habla en realidad es de la naturaleza masculina, es decir de su naturaleza asocial, chapoteando en una charca, quizá solitario o en compañía de otros dedicando su vida a la caza, fiestas y a coitos erráticos.

Fue la mujer quien domesticó al hombre llevándole a su terreno-necesidad y lo hizo a través de un proceso lento que consistió en hacer que los hombres fueran cada vez más parecidos a las mujeres, algo que puede explicar los cambios morfológicos y conductuales de nuestra especie, tanto en los hombres como en las mujeres, un proceso que hemos llamado neotización.

Esto explica también que tanto los hombres como las mujeres actuales tengamos cerebros tan parecidos en prestaciones (cerebros balanceados en la jerga de Baron-Cohen) a pesar de ser tan diferentes, cerebros balanceados que coexisten con los cerebros extremos, masculino y femenino, si bien parece que la tendencia es al equilibrio, es decir a aproximarse en cuanto a talentos, habilidades e inteligencia. Seria posible elaborar una trazabilidad de los cambios masculinos recientes desde Clint Eastwood hasta Johnny Depp, el primero demasiado viril para el gusto actual orientado más hacia los hombres suaves y de facciones menos toscas o duras. Incluso ha llegado a describirse un “síndrome de Johnny Depp”.

 

¿Es necesario un nuevo contrato sexual?.-

Obviamente si, nuestras situación actual es muy distinta al paleolitico donde se forjaron esas adaptaciones. El entorno actual se caracteriza por:

  • Las mujeres disponen de tecnologías reproductivas y no reproductivas  que hacen que el hombre sea superfluo y más aun: que puedan controlar la reproducción de los hombres a través de abortos o anovulatorios.
  • Las mujeres al acceder a la educación, en pocos años han logrado igualar a los hombres en  prestaciones, destrezas y talentos, llegando a posiciones profesionales que antaño solo eran ejercidas por los hombres.
  • Las mujeres siguen eligiendo, cuando, cómo y con quién pero siguen enganchadas a preferir a los hombres de alto estatus, dinero o magisterio.
  • Las mujeres siguen siendo especialmente sensibles a su apariencia física y no parece que ese acceso a profesiones de alto nivel haya cercenado su devoción por cuidar su atractivo que sigue siendo central incluso después de reproducirse.
  • Las mujeres tienen pocos hijos y por lo general al no necesitar ayuda económica por parte de los hombres están más orientadas a romper sus relaciones o bien a cambiar de pareja sin llegar a compromisos reproductivos con nadie. Del mismo modo con hombres con recursos suelen hacen lo propio pero los hombres con menos recursos son los grandes perdedores de este estado de cosas. Para algunos hombres ser abandonados por su mujer supone no un contratiempo sino un trauma psicológico de graves consecuencias.

Y sin embargo a pesar de estas novedades seguimos atados a nuestras adaptaciones ancestrales, de forma que podríamos empezar por admitir que: ninguna novedad podremos alcanzar en este “contrato sexual” si despreciamos los orígenes de nuestra especie o queremos pasar por alto aquellas adaptaciones. Hay algo que se resiste a ser cambiado y lo es porque demostró durante muchos tiempo su eficacia en la supervivencia y la reproducción individual (el fitness).

Un nuevo contrato

1.- Revalorización de la maternidad.

Es obvio que la maternidad es la columna vertebral de una sociedad como el trabajo del hombre. El trabajo de la mujer es en cualquier caso contingente.

Ser centrales en la sociedad tiene también sus inconvenientes. La mayor dependencia de otros de las mujeres hace que disfruten de una menor libertad personal que los hombres. Las feministas han tomado esto como una gran injusticia y culpan al patriarcado, pero el patriarcado sirve en realidad para moderar esa diferencia entre sexos al extender a los hombres el tipo de responsabilidades sociales que son hostiles a la libertad individual y acercar así a los hombres a roles sociales similares a los de las mujeres.
La relación madre-hijo es la piedra angular sobre la que se construyen todas las estructuras sociales. Al nacer los bebés tan indefensos y ser tan exigente su cuidado, tuvieron que inventarse mecanismos para apoyar a las madres y estas ayudas vinieron de otras madres tanto de la familia como de fuera de la familia, y también de sus parejas varones. Sin esas ayudas, sería extremadamente difícil para las mujeres superar los periodos arduos y peligrosos en el que hay que criar a los niños pequeños. Estas redes de asistencia dieron forma a estructuras comunitarias que superaban a la familia y la participación en estas estructuras comunitarias básicas es totalmente diferente en el caso de las mujeres y en el de los hombres. Como madres actuales o potenciales, las mujeres no pueden evitar ser atraídas a estas redes de intercambio de favores y relaciones y normas de reciprocidad. Las mujeres saben que necesitarán ayuda en muchos momentos cuando tengan que cuidar de los niños y, por tanto, es importante para ellas aprender a responder a las necesidades de los demás a cambio de esa ayuda que recibirán. 
Puede concluirse diciendo que el Estado ha de proteger a las madres sobre todo a esas que se conocen con el nombre de “amas de casa”, probablemente el colectivo más opaco que existe en nuestro mundo a pesar de lo mucho que aportan como madres y abuelas y no a las mujeres por el hecho de serlo. Proteger a las madres significa derechos laborales concretos como la posibilidad de conciliar, así como otros derechos o prestaciones económicas por cada hijo cuidado, sobre todo durante los 3 primeros años de vida, periodo en el que los vínculos se establecen para siempre, es la mejor manera de no tener hijos-ranas.
2- Más crianza y menos terapia.
Vivimos probablemente en el periodo de la humanidad donde el compromiso de los hombres con la crianza es superior a todo lo que hemos conocido hasta ahora, pero la crianza es algo muy complejo que no puede reducirse a libros de autoayuda, no es una técnica sino un conjunto de actitudes. Hay personas que parecen dotados de forma innata de estas actitudes y otros que sienten una gran confusión de cómo criar a sus hijos, es imposible dar consejos sobre la crianza de los hijos que en cualquier caso no asegura nunca buenos resultados ni en el entorno escolar, ni en los rendimientos ni en el entorno de la salud mental.
Existen muchos niños que han tenido un apego seguro pero más tarde en la vida tienen adversidades que les llevan a una pendiente de desvaríos, pues no es solo la familia la que influye en el desarrollo de un niño, hay que contar también con el entorno y sobre todo con el “espíritu de cada tiempo” o Zeitgeist, también con la herencia genética y otros imponderables como una adolescencia interminable.
Así y todo es posible afirmar que una “base segura” es el mejor legado que les podemos brindar, así como un ambiente familiar coherente y amoroso, un lugar donde se puede siempre volver sin temor a ser juzgado o reprendido. Un lugar incondicional.
Admitir que los cerebros de los hombres y las mujeres son diferentes.-
Admitir las diferencias entre los sexos es a pesar de los hechos científicos algo que no es fácilmente aceptado por algunos grupos de población que siguen prefiriendo pensar que las diferencias observables son una cuestión cultural y no un fenómeno biológico a pesar de las pruebas que desmienten tal creencia.

El primer paso es reconocer que las orientaciones sociales de hombres y mujeres nunca pueden ser idénticas. La negativa a aceptar esto, y la búsqueda de la intercambiabilidad y la igualdad estricta en lugar de la equidad de género, es probable que aumente las diferencias entre los sexos y la brecha de género al menos en personalidad.

Las mujeres en todas las sociedades responden mejor a las necesidades de los demás y es más probable que vean el objetivo de un contrato social. Necesitan más de la sociedad. El largo y arduo proceso de crianza de los hijos hace que las mujeres valoren la cooperación con los demás de una manera que no se aplica tan fácilmente a los hombres. Estamos mejor capacitados para llevarnos bien solos. La sociedad es, en el fondo, femenina, y se construye alrededor de la maternidad compartida.

Como lo muestra el estudio intercultural de hombres de David Gilmore (1990), en el pequeño puñado de culturas sin patriarcado, los hombres viven una existencia narcisista de Peter Pan, poniendo muy poco en la comunidad y dejando la mayor parte del trabajo a las mujeres. Dichas sociedades no se han desarrollado más allá de un nivel rudimentario, y no pueden competir con sus vecinos más organizados y estructurados. Es por eso que hay tan pocos de ellos. Sin los aportes masculinos una sociedad no progresa.

Igualdad de oportunidades.-

Pero tratar de suplantar a los hombres en su espacio vital y laboral -tal y como propone el feminismo de genero-no es una buena idea.

Desde la Ilustración, las doctrinas filosóficas del individualismo han entrado en conflicto con las ideas sobre las diferencias sexuales. Durante el siglo XX, a medida que el estado ha ofrecido un apoyo cada vez más directo a las mujeres, los libertarios, especialmente en los países protestantes, han supuesto que el patriarcado y el papel que asigna a los hombres, como una fuente importante de injusticia social.

Esta deslegitimación de lo masculino se ha intensificado desde los años 60, cuando la aparición de la píldora alentó a las mujeres a comenzar a reclamar una participación igualitaria en el ámbito público. Creo que este desarrollo ha debilitado decisivamente el marco de las responsabilidades familiares que sustentaron la motivación de los hombres para asumir un trabajo socialmente útil. Es hora de descartar este legado sesentayochesco. Ha llevado a un colapso no solo en la participación masculina en la sociedad, sino también en el ámbito privado, donde los hombres son cada vez más reacios a comprometerse con los roles de esposo y padre. Lejos de conducir a una distribución más equitativa del trabajo, ha acumulado cargas cada vez mayores para las mujeres.

Priorizar el trabajo masculino.-

Las altas tasas de desempleo se consideran ampliamente relacionadas con el colapso de la moral y la motivación masculina. Pero es un error considerar el desempleo en sí mismo como la causa de los problemas de los hombres. El desempleo masculino no es una novedad, y alcanzó altos niveles en los años 30 sin debilitar la resolución masculina y el compromiso familiar o la disposición para volver a capacitarse para nuevos tipos de trabajo. Podría decirse que incluso los agudizó.

Lo nuevo es la pérdida de la moral y el sentido de propósito entre los hombres, y este es un cambio cultural más que económico, que surge del asalto libertario a los roles sexuales. Los hombres son bombardeados con el mensaje de que las mujeres modernas valoran la oportunidad de autorrealizarse a través del trabajo. Entonces, lo caballeroso que se debe hacer en estos días es que los hombres no se esfuercen demasiado por mantener un trabajo o buscar un ascenso, sino que se mantengan a un lado y dejen que las mujeres lo hagan ellas mismas. Este es un fenómeno que podemos observar ya en la escuela, los niños se esconden cuando las niñas brillan en clase y están poco motivados para competir con ellas, sin embargo a las niñas les encanta competir y vencer a los chicos no solo en los estudios sino también en los deportes: las chicas tienen incentivos para ello pero los chicos ninguno. Esta es la raíz del fracaso económico y educativo masculino contemporáneo, y la razón por la cual hay un número creciente de hombres desempleados.

Impulsar el trabajo desde el estado acaba favoreciendo a las mujeres, ya que actualmente son las que están más motivadas (por los deberes familiares existentes o anticipados) para tomarse el trabajo en serio. Necesitamos medidas que reconozcan la mayor importancia relativa del trabajo para los hombres como su contribución distintiva a la sociedad.

Un paso sería cambiar la naturaleza del apoyo estatal ofrecido a los hombres cuando están sin trabajo. En todo Occidente, se han introducido esquemas que limitan la ayuda estatal a los desempleados, y los han reemplazado por esquemas de capacitación y subsidios para solicitantes de empleo de diversos tipos. Pero estos esquemas aún dependen del sector privado para crear nuevos empleos, al tiempo que reducen su capacidad de generarlos gracias a la necesidad de altos impuestos para pagarlos.

Una actualización del patriarcado.-

Una reconstrucción general de las familias convencionales produciría una serie de poderosos refuerzos para la moral de los hombres. Por el momento, los sistemas impositivos en la mayoría de los países occidentales crean incentivos perversos para que las mujeres tengan hijos fuera del matrimonio y brindan a los hombres y mujeres pocas razones para permanecer casados. Este problema debería ser abordado. Las personas solteras, en particular los hombres solteros sin hijos, deben pagar impuestos a una tasa más alta porque es menos probable que participen en actividades de apoyo recíproco de la economía moral que limitan las responsabilidades colectivas del estado de bienestar.

Algunas personas rechazarán las propuestas descritas aquí porque alentarían a las mujeres a que vuelvan al trabajo doméstico. Pero no necesitan tener este efecto. Más bien, representan una actualización del patriarcado con el que muchas mujeres simpatizarían. En cualquier caso, es absurdo hablar de empujar a las mujeres de vuelta a las cocinas, porque la gran mayoría nunca se ha ido, y todavía lo hacen y con mucho, la mayor parte del trabajo doméstico, incluso aquellas que tienen parejas masculinas. La liberación doméstica de las mujeres ha tenido más que ver con la tecnología que con la ayuda de los hombres, y en la medida en que exista, está positivamente relacionada con el estado de sostén de los hombres, es decir, cuanto más tradicional sea el hogar, más probabilidades hay de que los hombres ayuden con los quehaceres domésticos.

Rana pobre peor pronóstico.-

No todas las ranas son iguales naturalmente pero existe un fuerte sesgo de clase, ya que el efecto desmotivador de la retórica de igualdad de oportunidades no afecta a todos los hombres por igual. Es regresivo en términos de clase. A medida que el rol del proveedor masculino se desvanece como fuente de respeto, los hombres que solo pueden esperar de manera realista un trabajo de bajo estatus son los que tienen más probabilidades de perder la voluntad de buscar trabajo o de volver a capacitarse a medida que las viejas industrias disminuyen. Los hombres de clase media con más posibilidades de obtener trabajos interesantes y prestigiosos tienen incentivos para tener éxito que necesitan menos impulso por las obligaciones familiares. Por lo tanto, no se retienen de la misma manera.

A lo largo de la historia, las comunidades han descubierto que la forma más efectiva de encerrar a los hombres en una membresía útil es vincular su estatus y recompensas en el grupo más amplio a su aceptación y desempeño de roles familiares definidos por el género. Cuando esta conexión se debilita, como sucedió después de las revoluciones francesa y rusa y más recientemente en el Mayo francés del 68, por ejemplo, la moral y el comportamiento de los hombres se deteriora y las familias sufren. Esto se está descubriendo nuevamente, y no pasará mucho tiempo antes de que todos nos exhortemos a aceptar a los hombres tal como son, y trabajar con el grano, y olvidar las ideas sobre cómo es solo “el patriarcado” lo que los hace diferente de las mujeres. 

Y así las ranas se transformarán en príncipes o en princesas, quién sabe.

 

 

Geoff Densch: “Revertir el descenso del hombre”

El principe y la rana

Amores abyectos

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». (Leon Tolstoi)

Estamos en la Rusia zarista alrededor de 1871, la guerra franco-prusiana está en sus estertores y mientras tanto la aristocracia rusa, llena de príncipes, condes y nobles sigue con sus bailes, teatros, operas y flirteos constantes. El 90% de los rusos viven en la miseria, con una agricultura atrasada, el analfabetismo es la regla y se trata de un privilegio cuando las clases populares pueden emplearse como siervos de alguna de esas familias aristócráticas: la élite diríamos hoy.

Los hombres aristócratas o bien sirven en el ejército o bien se dedican a la política o son funcionarios. Las mujeres por su parte viven en sus hogares con poca cosa que hacer debido al servicio que les asiste continuamenente en todas sus necesidades. En ese entorno de ociosidad surgirá una nueva subjetividad, la de Ana Karenina, una de las novelas más leídas de Leon Tosltoi y representante del romanticismo ruso junto con Dovstoyevski, es decir de la decadencia. La decadencia de la nobleza.

Ana Karenina es una mujer casada, con un hijo, esposa de un alto funcionario -Alexei- que vive en uno de esos palacetes con varias alas y un montón de habitaciones sin usar que dan esa impresión de lugares desangelados, impersonales, decorados a golpes de imitación de Francia y donde los niños se educan en francés. Alexei es un hombre adusto, preocupado por su carrera y su ambición política. La apariencia es su única moral y la reserva introvertida la forma de relacionarse con su mujer.

Es interesante resaltar que el matrimonio en aquellos tiempos era bastante distinto al concepto que de él tenemos en la actualidad con otros dilemas que proceden del campo de la igualdad y la isosexualidad. Divorciarse no sólo era bastante difícil sino que además estaba mal visto y podía liquidar más de una carrera. La vida era muy convencional y solo el teatro, las fiestas y una vida social constante y abrumadora para nuestro concepto actual permitían sobrellevar aquella vida sin futuro a las mujeres que como Ana, sentían su propia intimidad como encarcelada y se planteaban un más allá donde la felicidad acechaba siempre en forma de amor para quien osara adentrarse en ese país de los misterios que siempre guía a las heroínas enamoradas, una vida vacía y covencional para cualquier mujer despierta. Y no hay transgresión sin normatividad. Los matrimonios estaban pactados de antemano por personajes con vocación de celestinas y donde el interés mutuo presidía las decisiones.

Fue así que Ana y el conde Brodsky se conocen en una de esas fiestas donde se baila el vals. El encuentro es un flechazo repentino, una explosión, un hallazgo. Brodsky es uno de esos personajes chulescos y echados para delante, militar en retaguardia que vive de la pensión que su madre le pasa y que carece de oficio o beneficio como corresponde a su clase. Brodsky le pone cerco a la confusa Karenina que no sabe qué hacer y se debate entre el deber y el placer cuando se descubre enamorada y decide a abandonarse en sus brazos.

No voy a contar toda la trama de la novela que en cualquier caso podéis seguir en una de las tropecientas películas o series que de ella se han hecho y me voy a ceñir al argumento primordial de ésta que no es otro sino el gran tema de los amores imposibles.

Efectivamente Ana y Brodsky pueden ser amantes, verse en secreto pero no pueden hacer publico su amor. Les está vedada la extimidad. Pero ellos no se conforman con eso: quieren aparecer socialmente como un matrimonio ordinario y poder presentarse como pareja: ellos buscan legitimarse. Algo que no podrán hacer salvo un divorcio pactado que les permitiera casarse de nuevo.

Personalmente lo que me interesa señalar de esta novela es que se trata de la emergencia de algo nuevo: de una nueva subjetividad femenina. ¿Pero qué es una subjetividad?.

Una subjetividad es una manera nueva de ver las cosas y tanto Ana Karenina como la Mme Bovary de Flaubert representan una nueva forma de pensar el amor: más allá de las conveniencias y más allá del bienestar personal. El amor comienza a pensarse como una especie de fatalidad o inconveniencia, que es precisamente el certificado de legitimidad del amor verdadero. De la misma idea era Freud: el amor siempre tiene algo de inconveniente, que es lo mismo que decir que los amores fáciles tienen algo de sospechoso. Se trata de la mitología del amor, algo que ha llegado hasta nuestros días, tanto que nosotros los terapeutas solemos decir que alguien (usualmente una mujer) está enamorada del amor. Es como una vuelta de tuerca, una re-flexion (una flexión doble) que se lleva a cabo en el campo amoroso y que representa en esa época una novedad. Pero entiéndase bien: no es que antes de la Ilustración no existiera el amor inconveniente, no tenemos más que recordar la tragedia shakesperiana de Romeo y Julieta para constatar que el argumento del amor imposible ha existido siempre, solo que por distintas razones a las románticas.

Ni Romeo ni Julieta estaban casados, ni tenían hijos ni obligaciones con la vida más allá que disfrutar de la carnalidad de su juventud. No, pero pertenecían a familias enfrentadas entre sí, algo parecido a los amoríos entre cristianos y musulmanes o entre judíos y no judíos. El amor de Karenina y Brodsky es imposible porque ella está casada y vinculada a su marido por un buen catalogo de razones materiales y además por un hijo cuya mirada es en la novela secundaria, pues Tolstoi prefiere penetrar en la subjetividad de Ana, dejando en segundo plano cualquier identificación, si bien es cierto que el propio Tolstoi aparece en la novela en la figura de un personaje Lyovin, un escritor que vive en una propiedad agrícola dedicado a modernizar la agricultura rusa y tratar de mejorar la vida de los campesinos y que después de un desengaño con Kitti -que a su vez anduvo enamorada en su dia del conde Brodsky que la abandonó cuando se enamoró de Ana-.

 

En este sentido la pareja de Ana-Brodsky y la pareja Lyovin-Kitti son parejas inversas. Una es el espejo de la otra, un espejo invertido. Lyovin y Kitti construyen un matrimonio feliz cuando Lyovin comprende la subjetividad de su mujer que aspira a un matrimonio igualitario basado en la confianza mutua, es decir en la amistad, o en el sentido de “formar un solo ser” acaba imponiéndose a la subjetividad ancestral de Lyovin. Por el contrario los amoríos de Ana y Brodsky acabarán mal y como es sabido Ana acaba suicidándose cuando no encuentra una solución a su desesperación, a su “folie d´amour”.

El amor de la Karenina podríamos hoy considerarlo como una obsesión. Una obsesión que se lleva por delante cualquier cosa: reputación, vida comoda y sobre todo el amor de un hijo que nunca perdonará a su madre su abandono, quizá tampoco a su padre. Una obsesión es una idea que se torna hegemónica en el campo cognitivo, una idea fija. Uno no puede librarse de las obsesiones salvo mediante algún truco mágico como son las compulsiones. Pero la obsesión de Ana no puede resolverse más que de una forma: la canibalización total del conde Brodsky que no solo pierde su rango militar y su puesto en el ejercito sino su fortuna. Brodsky no tiene más remedio que volver al redil de su madre, mientras Ana pierde la vida bajo las ruedas de un tren. Un tren que va y viene de Moscú a S. Petersburgo: un trayecto que representa en cierto modo su vida anterior de comodidades y lujos.

Las obsesiones existen porque existen subjetividades y si existen subjetividades es porque existen agujeros en nuestra mente que rellenamos con relatos sin autor. Relatos sin autor significa que se trata de relatos que se construyen solos y donde la conciencia no interviene salvo para añadirles algún que otro adorno propio. El amor de Ana es en realidad un relato que ella tramita como algo genuino. Hoy hablaríamos de inconsciente o bien de que la subjetividad es un patrón emergente velado (como el velo) de Isis que opera como un atractor para un mente simple, esas que no conocen la complejidad y que ciertas adversidades de la vida no pueden ser resueltas de un modo satisfactorio para todos. Los amores imposibles son imposibles porque no pueden hacerse compatibles con la realidad. He dicho compatibles porque adaptarse es otra cuestión. Y la realidad es inexorable con quienes la pretenden negar o desafiar.

El enigma del inconsciente es revelar como una sola entidad puede ser, al mismo tiempo, la que oculta algo y a la que se le oculta ese algo. Esto solo puede suceder porque la unidad y la transparencia que normalmente adscribimos a nuestra mente son ilusorias. Los huecos y las incoherencias son aspectos constitutivos de lo que somos. Lo que llena esas lagunas son historias que, por tanto, tienen vida propia.

Y -como dice Fisher- el recuerdo en sí ya es un relato, y cuando hay huecos en la memoria, necesitamos fabricar historias nuevas para rellenar esos agujeros, es por eso que los humanos inventamos cada época una o varias subjetividades nuevas aunque muchas de ellas están condenadas al fracaso. Pero ¿quién es el autor de esas historias? La respuesta es que no es tanto un autor como sí un proceso de fabricación de recuerdos sin nadie al mando.

No quiero terminar este post sin nombrar a Jared Diamond quien en su libro “Armas, gérmenes y acero” describe lo que él llama “El principio de Ana Karenina” que viene a decir hablando de la evolución de la domesticación y tratando de encontrar la causa de que tan pocos animales hayan sido domesticados que: para que una empresa sea exitosa, cada posible deficiencia -en cada uno de sus pasos- debe ser evitada.

O lo que es lo mismo, el principio de Peter: si algo puede salir mal, saldrá.

Bibliografía.-

Mark Fisher: “Lo raro y lo espeluznante”