El pánico moral y el terror politico

Pánico moral es un concepto sociológico que debemos a Stanley Cohen que en su libro de 1972 «Folk Devils and Moral Panics» aborda la reacción de un grupo de personas, basada en la percepción falsa o exagerada de algún comportamiento cultural o de grupo, frecuentemente de un grupo minoritario o de una subcultura, como peligrosamente desviado y que representa una amenaza para la sociedad.

Estas reacciones son a menudo, estimuladas por cobertura mediáticas o propaganda en torno a un asunto social, aunque algunos pánicos morales semi-espontáneos pueden ocurrir. La histeria colectiva puede ser un elemento en estos movimientos, pero el pánico moral se diferencia de la histeria en masa porque está específicamente enmarcado en términos de moralidad y es usualmente expresado más como un atentado que como un miedo. Es decir no se vivencia como una fobia o temor sino como un asunto moral que es necesario atajar de algún modo. Cohen estudia en su libro el pánico moral en la sociedad británica y USA contra el rock, los rockeros de los sesenta y posteriormente las drogas que se asociaban a estos movimientos.

En realidad hay pocos grupos o fenómenos sociales que hayan escapado a este escrutinio de modo que voy a citar a algunos para que el lector entienda que el término «caza de brujas» tiene mucho que ver con el pánico moral, pues efectivamente las llamadas «brujas», nombre mediante el que fueron perseguidas algunas personas en la Edad media y en la America puritana son buenos ejemplos de pánico moral, contra aquellos que en realidad eran disidentes, enfermos mentales, minusválidos o personas sospechosas de algún tipo de culto prohibido.

Efectivamente los enfermos mentales son uno de esos grupos secularmente perseguidos al entender que podían ser amenazantes para la mayoría, aun hoy lo son, si bien ahora se conoce este fenómeno como estigma, al haber perdido parte de su magia transformadora. La estigmatización es una consecuencia del pánico moral que otrora sufrieran, los cristianos en época romana, las prostitutas, los homosexuales, los leprosos, los albinos, los herejes, los portadores del virus del SIDA, los judíos en Rusia o en la Alemania del III Reich, los comunistas durante la presidencia de Mc Carthy, los negros en la USA sureña o los gitanos en casi toda Europa, las mujeres adulteras, el movimiento psicodélico en los sesenta (recordar que la prohibición y persecución de las drogas procede de ese movimiento llamado hippye) y vale la pena recordar que Timothy Leary abanderado en favor de las drogas fue catalogado como el hombre más peligroso de America.

Como el lector sagaz habrá ya observado parte de estos grupos estigmatizados lo son de modo semi-espontáneo, o por supersticiones, es decir lo son en cualquier sociedad y lo son por parte de las mayorías sociales pero están contaminados por la persecución de los poderes públicos, es decir es el Estado quien declara la guerra a las drogas, los que ejecutan homosexuales en ciertos países, o los que castigan a las mujeres díscolas, pero en otro orden de cosas es la sociedad civil la que persigue a los negros en Alabama a través de sociedades semisecretas racistas como el Ku Klux Clan, los que tienen cierta prevención con los gitanos o los inmigrantes y los que pretenden terminar con la prostitución.

Lo importante en este momento es retener que las sociedades humanas han evolucionado -cada una de ellas- en distintos entornos ambientales (las sociedades del desierto no tienen nada que ver con las sociedades fluviales), bajo el cobijo de distintas religiones y con distintos deseos de crecer, o de hacerse más potentes e importantes. Por ejemplo el pueblo hebreo se considera a sí mismo como el «pueblo elegido» por Dios, nada menos y sabemos por la Torah, el tipo de ley que acataron y acatan. De lo que se trataba era de construir un pueblo políticamente homogéneo, cohesionado en torno a la religión y a la raza. No es de extrañar que el principal mandato fuera reproducirse a la mayor velocidad posible y con la mayor intensidad. Para ello se favorecía que los hombres tuvieran cuantos más hijos mejor, la poligamia estuvo permitida hasta la llegada del cristianismo, esposas y esclavas podían ser madres de hijos del mismo patriarca y con los mismos derechos que se heredaban de forma patriarcal. Es fácil entender que en esa sociedad la homosexualidad estuviera estigmatizada, prohibida e incluso penada. Más aun: los judíos carecían de una palabra para estas prácticas homosexuales, le llamaban sodomía. La sodomía puede practicarse tanto con un hombre como con una mujer pero tiene un mismo resultado: no es una práctica reproductiva . De manera que la reproducción es el bien a proteger en la prohibición de la homosexualidad y no tanto el placer -como piensan algunos autores- que creen que el placer de los otros es amenazante para el estado de las cosas realmente existentes. La homosexualidad era en aquellas sociedades primitivas subversiva en tanto que no contribuía a sostener el valor social más importante en aquellas culturas, que no era otro sino la reproducción.

Las religiones monoteístas han contribuido sin ninguna duda a prolongar esta estigmatización de ciertas conductas sexuales a pesar de que ya no son necesarias. Hoy ya no es necesario aumentar la población si atendemos al crecimiento de la población en el mundo, por tanto estas obligaciones han pasado a mejor vida y sin embargo ciertas conductas siguen estando estigmatizadas. No cabe duda de que los homosexuales están mal vistos si bien ya no es el Estado, ni la religión quién lo hace sino una especie de miedo o fobia que ha quedado como resto en la población heterosexual mayoritaria. Digo una especie de fobia porque ese resto ha de convivir con otra cuestión: la tolerancia. la mayor parte de nosotros ha de convivir con esos dos extremos que se manifiestan en lo siguiente: «Cada cual que se acueste con quien quiera» o «Yo no me meto ni me importa en lo que hacen en la cama» y al mismo tiempo una cierta incomodidad, un cierto desasosiego ante la idea obsesiva que tienen algunos con «¿Soy homosexual?» o dicho de otro modo: el miedo a serlo. Ser homosexual sigue estando estigmatizado a pesar de que el discurso oficial o particular lo niegue e imponga leyes para desfavorecer la homofobia.

La homofobia no es una incomodidad o un prejuicio sobre los homosexuales. se trata de algo más profundo: un odio. Un odio que tiene sus grados, algunos incluso matan homosexuales, otros les violan, les maltratan, les excluyen o les amenazan para que vuelvan a su armario. Pero no solo pasa con los homosexuales, sino que la fobia es el resultado final de un señalamiento que en algunas personas induce conductas muy agresivas, ataques de ferocidad histérica o incluso atentados terroristas. recordemos el atentado del noruego Breizic contra jóvenes socialdemócratas. Recordemos también a Unabomber que estaba convencido de que la tecnología era el problema que estaba llevando al mundo a un desastre apocalíptico y que por tanto estaba justificada su lucha, a bombazos, contra esos poderes.

La secuencia parece ser la siguiente: un grupo humano siente miedo por las razones que sea, proyecta ese miedo a una minoría que puede o no tener relación con ese miedo. Con el tiempo ese grupo es perseguido y señalado con la bandera del pánico moral y desde esa plataforma social emergerán odios feroces que sostendrán algunos de sus miembros, afortunadamente no todos, sino solo los más fanáticos de entre ellos, el resto se comporta con indiferencia. Hemos pasado del miedo informe o inespecífico al odio. Y de ahí al asesinato o al genocidio.

Ahora bien, los ingenieros sociales conocen muy bien estos mecanismos y han logrado darle la vuelta en una especie de inversión del pánico. Ahora ya no existe pánico moral hacia los homosexuales sino pánico a que te tachen de homofóbico si haces algunas critica al colectivo LGTBi lo mismo sucede con la ideología oficial como el feminismo, o la ideología de género (un nuevo dogma) intocable de palabra y actitudes y en general pánico a discrepar con eso que la izquierda considera fruto del progresismo y la globalización, como el «cambio climático» otro de de los dogmas del progresismo en la idea de que es generado por el hombre y por tanto puede ser atajado por el hombre, dejando de comer carne o de viajar en avión u olvidándose del automóvil familiar. Dicho de otro modo el Estado profundo a través de sus gobiernos sucedáneos son capaces de utilizar en su propio beneficio este principio del pánico moral subvirtiendo cualquier lógica y suplantándola por una doctrina a su medida. Aun recuerdo el llamamiento a la movilización general, -una alerta antifascista- ante el grito de Pablo Iglesias respecto a la victoria de Vox en ya no recuerdo qué elecciones. El pánico moral ahora está en el sitio de la derecha -una amenaza fascista- según el profesor Iglesias que es el peligro más importante que tiene la civilización occidental en este momento.

No es un error conceptual, es una estrategia tan burda que ni siquiera ha conseguido influir en esa España que se sitúa entre el PSOE y el OPUS Dei, y que representa a una mayoría que no tiene representación.

Pero soy muy optimista y aunque el 2023 se presenta con muy serias amenazas para el sentido común y la democracia, estoy seguro de que prevalecerán los valores que esa mayoría de españoles defendemos y que sin duda emergerá con mayor fuerza a medida de que seamos capaces de descifrar los trucos que nos prepara el Gobierno y que he llamado terror político, un derivado artefactado del pánico moral, un simulacro que con frecuencia se transforma en risa.

Carol

Hace unos días mientras quitaba el polvo de mi biblioteca encontré que en el estante mas alto de ella había cinco libros de Patricia Highsmith, toda la serie de Tom Ripley, y uno que no encontré, me refiero a «Extraños en un tren», que seguramente presté a alguien y nunca me devolvió. Recordé a un amigo mio que solía apuntar en una libreta los prestamos de libros que hacía y maldije el no recordar a quién le presté ese libro. Pero no era el que buscaba, sino «Carol», un libro que comencé a leer y por alguna razón desconocida abandoné en el primer capitulo, aun reposa allí un separador con la cara de un conejo.

Y lo buscaba después de oír en Spotify un programa sobre la Highsmith que encendió mi curiosidad. «Grandes infelices» de Javier Peña, un programa de radio que analiza a distintos autores literarios. Lo cierto es que desconocía la historia de la autora y no sabia el periplo de esta novela que había publicado en 1953 con un pseudónimo: «El precio de la sal» y que ya en la década de los 70, cuando era famosa, se decidió a publicarla con su nombre. No es nada raro, la novela es una narración sobre un amor lésbico, el que mantienen Therese y Carol. Ni qué decir que Therese es la propia Patricia y por su paralelismo con su vida real me parece un documento psicológico de mucho valor, escrito en un momento donde no era políticamente correcto aparecer como lesbiana en el mundo editorial. Así y todo se vendieron más de un millón de ejemplares en todo EEUU. Posteriormente el mercado de la Highsmith (en adelante PH) se trasladó a Europa, pues su literatura nunca fue apreciada en su país debido quizá al tratamiento que hacía de los dilemas morales. No me extraña, pues USA es un país de beatos, y no tanto porque sus ciudadanos lo sean sino porque su Constitución está tan ligada a la libertad religiosa y al Mayflower que podríamos hablar de un país donde religión y política van de la mano sin que hayan todavía resuelto ese integrismo que la caracteriza, un problema de independencia, que en Europa ya se resolvió después de la II guerra mundial. Decir americano es lo mismo que decir «puritano», incluso los progresistas de izquierdas son puritanos y de ahí viene lo de woke, esa ideología que huele a moralismo calvinista. No es de extrañar que las dos novelas del siglo XX más transgresoras hayan sido escritas por americanos y en America: me refiero a «Lolita» de Vladimir Nabokov y a «Carol», una novela de culto para las lesbianas que encontraron en su lectura la evidencia de que no estaban solas en sus pueblos, America profunda adentro y sus armarios.

Pero a mí lo que más me ha interesado de esta novela, es el personaje de Therese, el alter ego de la Highsmith. No cabe duda de que la autora está hablando de ella misma a través de Therese, si bien su estilo narrativo, en tercera persona permite una cierta distancia de lo que estamos leyendo, si bien siempre sentimos que estamos dentro del universo mental de Therese. De manera que hablaré de PH y de Therese indistintamente.

Fue una niña no deseada que nació después de que sus padres se separaran, su madre intentó deshacerse de ella a través del aguarrás pero no lo consiguió, de modo que ya tenemos un primer axioma: su madre nunca la quiso, había un rechazo presente ya desde el embarazo. Un rechazo que se prolongó durante buena parte de su vida, pues la madre volvió a casarse con el Sr Highmith de quien tomó su apellido, pero la pareja tenia una vida tumultuosa e incluso violenta, de manera que la madre – inestable- terminó por aparcar a la niña con su abuela. Le prometió venir a buscarla unos meses después pero tardo bastantes años, de modo que PH fue una niña abandonada y peor que eso, traicionada, engañada por su propia madre, que era al parecer una persona bastante irresponsable a juzgar de lo que podemos oír en el citado programa de Javier Peña.

El abandono puede ser imaginario o real y probablemente es una de las experiencias infantiles más devastadoras que existen y estamos hablando de un abandono real. Therese pasa la mayor parte de su vida en un orfanato hasta que sale de él y comienza a vivir su vida independiente de su madre que ni siquiera sabe dónde se encuentra. Therese es o quiere llegar a ser diseñadora de escenografía de teatro y pasa su vida de trabajo en trabajo, pero sin nada fijo, de aquí para allá, por eso ha de trabajar puntualmente en algún sitio, grandes almacenes, dependienta o cosas así, subempleos para subsistir, tal y como le sucedió a la misma PH. Es ahí donde Therese conoce a Carol, en la sección de juguetes donde Carol acude para comprar una muñeca a su hija, que vive con su padre de mutuo acuerdo.

Carol es una mujer que está divorciándose, como los padres de PH, mientras ella estaba en el útero materno, tiene una hija que vive con su padre provisionalmente y un marido rico que le costea una vida vacía donde el alcohol y los cócteles parece que forman parte de su alimentación. Carol, no hace nada, es una mujer ociosa, y que no llegamos a saber cómo es en realidad, pues la novela nos sumerge en un mundo – el mundo de Therese- ambiguo, opresivo, inconsistente donde la protagonista nunca dice lo que quiere, dice «No» cuando quiere decir «Si» y calla cuando no sabe qué decir. Pareciera que viva en un mundo que hoy podríamos llamar «metaverso», un universo paralelo con reglas bien distintas a las que rigen en el mundo corriente, donde los celos son una muestra de demanda de amor, la sospecha el mecanismo racional óptimo, la ausencia de afirmación la única lealtad. La única certeza de Therese es que está enamorada de Carol, -más bien fascinada- así a primera vista, aunque el amor para ella es un sentimiento tan desconocido que tiene que ir dibujándolo poco a poco encima de los borradores que su mente y su imaginación dibujaron con anterioridad a través de cuidadoras inconsistentes del orfanato.

Los antagonistas.

En toda novela hay un protagonista y un antagonista al menos. En esta hay dos protagonistas (Carol y Therese) y dos antagonistas Abby, una amiga de la infancia de Carol con la que tuvo una relación lésbica puntual ( dos meses) y Richard un amigo de Therese que está enamorado de ella aunque es igual de inconsistente que todos los demás personajes. PH solía decir que todos -incluso ella- somos unos impostores. Más tarde constituiría el icono de psicópata impostor del siglo XX, Tom Ripley que es algo así como el Raskolnikov del siglo pasado, con una diferencia: Ripley nos cae a todos bien. De ahí lo transgresora que resultó para su tiempo y su America este personaje.

Es interesante señalar además algo de la psicologia de Carol y que ella misma declara cuando le cuenta a Therese su relación con Abby, su amistad derivó en sexo a partir de una circunstancia especial, puro azar. «En realidad de no haber sido por esa circunstancia en la que nos acostamos juntas, no hubiera pasado nada». Carol -que en ningún momento parece ser lesbiana- confiesa de esa forma lo arbitrario de su decisión modelada casi por una circunstancia aleatoria que pudo darse o no darse. Es una manera de aceptar que una no es o es lesbiana sino que se puede enamorar de una persona con un sexo u otro. Es decir no es una cuestión de identidad sino de azar.

Para qué sirve el amor.-

Imaginemos un mundo sin amor, un mundo así no nos permitiría dividirlo en aquellos que amamos de aquellos que nos resultan indiferentes, todo seria igual a sí mismo. Un mundo sin matices. El amor sirve para segmentar los afectos, del mismo modo que las comidas segmentan el día y los domingos segmentan la semana. A través del amor sabemos que es posible amar de distintas maneras, nuestro trabajo o profesión, nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros hijos a nuestros padres, etc. Lo interesante es que esta segmentación da lugar a distintos tipos de amor: lo que se siente por un hijo no es lo mismo que lo que se siente por un compañero o pareja. Pero no es que existan distintas formas de amar sino que el amor, el invento del amor establece una nueva taxonomía, pues el amor es eso, un invento de la humanidad que evolucionó desde la necesidad de supervivencia y se fundió con el sexo dando lugar a una nueva semántica amorosa, pues es cierto que no todo amor está relacionado con el sexo, sino solo uno de ellos, ese que llamamos romántico. Sin embargo el origen del amor, lo que le hace necesario para ordenar la diversidad de afectos complejos con los que vamos a lidiar en nuestra vida, es precisamente su carácter de atalaya reguladora de afectos incoercibles o en discordia (el amor regula el sexo y la agresión) pues proceden de lo más profundo de nuestra mítica necesidad que no es solo una necesidad de alimentación, sino de contacto, de poder compartir con alguien lo más preciado de nuestra subjetividad.

Es por eso que una de las cosas que más me han llamado la atención de este libro es la ausencia de sexualidad explicita entre Carol y Therese aunque la sensualidad de Therese aun primitiva asome en muchas ocasiones de una forma informe e indiferenciada. Más por la búsqueda de una madre amorosa, una suplencia que de una amante apasionada. Una antimadre, pues en realidad la madre real de PH es critica, rechazante y desregulada, hoy hablaríamos de un TLP (trastorno limite de la personalidad). Ese es su borrador, el que pretende reescribir con su relación con Carol.

El éxito que tuvo la novela entre la comunidad lésbica se debe precisamente a su final, un final de justicia poética. Las transgresoras no acaban en el manicomio, ni se convierten en heterosexuales, ni vuelven al armario pero el marido de Carol es el que se lleva el botín de esta relación, a través de un divorcio que le favorece para quedarse con la niña. Carol renuncia a su hija y esta es la prueba de lealtad que Therese precisaba, un final que dejo aquí para que el lector lo interprete a su gusto.

Therese recupera así a su madre a través de un amor protésico

Estatus y mérito

Después del éxito del libro de George Sandel, «La tiranía del mérito», ha habido algunas voces que han aprovechado el rebufo para mostrar sus prejuicios contra el mérito y el esfuerzo individuales como ascensores sociales. Me refiero concretamente al premio que se le ha concedido a Carlos Gil autor de una tesis que concluye que la meritocracia no funciona.

Sociólogo de profesión, Carlos Gil está interesado en saber si es el esfuerzo y el mérito son por sí mismos buenos predictores de éxito social, así dice:

«Si tan importante fuese el rendimiento académico, las habilidades y el esfuerzo (que solemos pensar que se trata de una decisión individual, meramente voluntaria), ¿por qué los estudiantes de clases más altas que rinden peor o se esfuerzan menos terminan notándolo menos que las bajas en su rendimiento y su estatus posterior, como han comprobado anteriores estudios?»

Su conclusión es que aunque un «rico» carezca de mérito alguno, el resultado es que siempre llegará más lejos en cuanto a estatus económico que un igual que pertenezca a una clase inferior. O dicho de otra forma: no hay equivalencia en cuanto a resultados en función de la clase social. Los tontos ricos tienen a la larga más probabilidades de ascender en la pirámide social que los pobres.

Admite Gil que las desigualdades ya se manifiestan en los primeros años de la vida y estoy en este aspecto de acuerdo con él. No es lo mismo nacer en una casa donde los padres leen que en una casa donde no exista un solo libro.

“La investigación muestra que las familias de clase social más alta consiguen realizar más inversiones culturales y económicas en la educación de sus hijos gracias a sus recursos, lo que da pie a que desarrollen esas habilidades que los profesores luego consideran mérito académico”. Incluso el esfuerzo, que suele considerarse una elección personal, se transmite culturalmente de manera distinta entre padres e hijos según su nivel socioeconómico.

Esto es verdad a medias, lo que define a las clases medias es la inversión que dedican a sus hijos, una confianza en el futuro y el ahorro como mecanismo de objetivación de esa confianza. No es que lleven a cabo más inversiones culturales porque tengan más dinero sino porque forma parte de sus valores y el esfuerzo es parte de esos valores, una especie de valor estoico. La pobreza puede definirse en función de estos valores morales junto a los ingresos y la educación, el «vivir al día» y el hedonismo es todo lo contrario de la ética de la inversión en el futuro, de modo que es muy posible que lo que defina a la pobreza es más bien un espíritu muy distinto de aquel que animaba a las clases medias que comenzaron a emerger en Inglaterra casi al mismo tiempo que la revolución industrial: una sociedad de tenderos, es decir de pequeños negocios.

Por otra parte lo que dice Gil en su articulo no coincide con lo que llevo visto en mi vida. Los ricos de mi pueblo se han ido empobreciendo y al contemplar su tercera generación observo que se han quedado en una medianía que coincide a veces a la baja con los descendientes de tercera generación de aquellos «pobres» que hace 50 años eran casi invisibles. Dicho de otra manera, si lo contemplamos con la perspectiva de tres generaciones, el que está arriba (a no ser que sea un millonario de esos que representan el 0,1% de la población), no tiene más remedio que caer (regresión a la media) en cuanto al estatus de sus abuelos y al contrario: los «pobres» han medrado y prosperado a partir de ciertos ascensores sociales: el matrimonio, la educación y el trabajo productivo.

Por otra parte creo que Gil no aborda una de las variables más importantes y que tiene que ver con el mismo concepto de estatus. ¿Qué es estatus?¿Solo existe un estatus socioeconómico?

El estatus es una abstracción que tiene que ver con el puesto que ocupamos en una supuesta pirámide social, ¿en qué piso vivimos?¿Cual es nuestra influencia y poder?. En realidad el término «estatus» es confuso porque procede de la sociobiología y se refiere al poder de machos (o hembras según especies) de conseguir -gracias a su lugar en la manada- más coitos y más cuidados en forma de «grooming«. Conseguir un mayor estatus es pues una motivación que incluye a las especies no-humanas y que asegura una mejor vida, más larga y fértil y con menos enfermedades que las que sufren el resto de los individuos. No es de extrañar que nosotros los humanos seamos capaces de cualquier cosa para aumentar nuestro estatus tal y como ha recogido Pablo Malo en este articulo como prólogo de lo que será su próximo libro.

Ahora bien estatus y mérito no tienen nada que ver, se puede alcanzar un alto estatus sin ningún mérito, algunas mujeres lo alcanzan a través del matrimonio o de favores sexuales a alguien con un gran estatus, algunos hombres lo llegan a alcanzar a través de trabajos dudosamente morales o francamente ilegales. El jefe de una banda de delincuentes juveniles alcanza un gran estatus dentro de su grupo y no digamos nada de los jefes de cárteles de narcotraficantes. El estatus se refiere siempre al grupo pero no al grueso de la sociedad.

El grueso de la sociedad premia no con estatus sino con prestigio a aquellos que lo merecen. El prestigio es la versión positiva -social- del estatus y no está relacionado directamente con el mérito del que habla Gil en su tesis. Una persona puede tener prestigio por dedicar su vida a cuestiones que la sociedad ha consensuado como útiles para el bien común. Y es ese bien común que parece que está en trance de desaparición a lo que se refiere Sandel en su libro contra el mérito así en bruto.

Pues es cierto que el mérito interpretado como una inversión de futuro para proporcionar un alto estatus a un individuo concreto es en realidad un ejercicio de individualismo feroz con un alto componente antisocial, sin embargo sin mérito personal ni esfuerzo alguno, no se puede llegar a parte alguna seamos ricos de cuna o pobres de remate. Es decir sin valores de clase media, es imposible el ascenso social aunque es posible mudar de estatus.

Pero hay otras variables que comentar. Me refiero a la reputación y a la fama. Se puede tener buena o mala reputación y buena o mala fama. Y eso no tiene nada que ver con el mérito sino con la confianza o la desconfianza que podamos tener en los argumentos de una persona de la que no solo extraemos contenidos de su discurso, sino también datos de su personalidad global que nos hace confiar o desconfiar de ellos de una forma intuitiva.

En nuestra era digital es más importante la reputación que el mérito o el estatus. El mérito es más bien algo relacionado con lo académico y el papel que juegan las universidades en este repliegue en lo individual y el estatus mucho mas relacionado con el atractivo y lo sexual.

El estatus es un atajo, pero por la vida fácil, sin valores añadidos y que a veces compromete nuestra reputación a largo plazo, y a veces nuestra salud o incluso la vida pues la jerarquía es ubicua en todos los grupos humanos y surge también espontáneamente en nuestra especie. 

Ingeniería social

Dar una definición de qué es ingeniería social es complicado como veremos a continuación. La mayor complicación procede del hecho de discriminar los cambios sociales que proceden de la evolución de las sociedades de forma espontánea, de los dispositivos creados artificialmente para provocar esos mismos u otros cambios en la menor cantidad de tiempo y aprovechando la ventana de Overton.

Lo que define una época es sobre todo su mentalidad, es decir la mentalidad de las mayorías sociales. En la época de mis abuelos, que una pareja conviviera junta sin estar casados, ser homosexual o tener hijos fuera del matrimonio era considerado algo abyecto, inmoral y que merecía toda clase de repudio social. Hoy sin embargo, consideramos que estos estilos de vida son aceptables y merecen el mismo respeto ciudadano que las parejas casadas, los hijos tenidos en el matrimonio o incluso que los niños tengan dos madres o dos padres. ¿Qué ha sucedido para que hayamos cambiado de opinión apenas en dos generaciones?

Lo que ha sucedido es que hemos cambiado una sociedad teológica por una sociedad cívica, donde Dios ya no es el argumento-soporte de la moral social sino que este mismo soporte va cambiando en función de otros cambios sociales que se les solapan. Por ejemplo, la secularización del mundo sucedió al mismo tiempo que la revolución industrial, cuando se precisaba de parejas jóvenes dispuestas a desplazarse a la vecindad de las fábricas, este fenómeno rompió no solo a las familias extensas sino también la manera en que los individuos se relacionaban con desconocidos y también la forma en que valoraban su propia emancipación y libertad. De manera que la mentalidad de una generación depende y mucho de las condiciones económicas, sociales y políticas de un tiempo y la moral emancipada de su fundamento teológico sufrió no pocos vaivenes en su interpretación por parte de los individuos concretos. No es lo mismo ser homosexual en una aldea de 600 habitantes destinada a la ganadería o a una agricultura primitiva que serlo en una gran urbe industrial donde la mayor parte de individuos se desconocen entre sí. Esta privacidad -podríamos decir industrial- fue el primer elemento que tuvo efectos causales sobre la mentalidad de una época.

Pero lo cierto es que las sociedades cívicas tienen grandes contradicciones cuando han de posicionarse contra algo, así la homosexualidad anduvo prohibida en Inglaterra más allá de la segunda guerra mundial, el fundamento ya no era teológico sino moral (una moral victoriana). Sin embargo hoy, la homosexualidad se ha establecido cómo una opción más en las sociedades democráticas y ya no es perseguida por ninguna instancia gubernamental: un homosexual tiene los mismos derechos que un heterosexual. Es como si, hubiéramos llegado a la conclusión de que ser homosexual no atenta contra nadie, incluyendo a la moral del grupo. La pregunta que me hago a continuación es ésta ¿Es este cambio de mentalidad producto de algún tipo de ingeniería social o es el resultado de una cambio social a este respecto?

Mi opinión es que se trata de un cambio social que no es ajeno a la idea de sociedad democrática donde el Estado no debe inmiscuirse en la vida privada de sus ciudadanos. No hay ni hubo nadie al mando de ese cambio social que se produjo casi espontáneamente, por sí mismo si bien anclado en la evolución de esas mismas sociedades democráticas. Algo parecido sucedió con la abolición de la esclavitud o del voto de las mujeres. Se abolió la esclavitud porque democráticamente era imposible imaginar un mundo en USA que aspiraba a una república muy especial, donde los esclavos carecieran forzadamente de la dignidad humana que les atañe, del mismo modo sucedió con el voto femenino: no era de recibo mantener esa exclusión en los ideales democráticos, es decir liberales. Dicho de otra manera, no es que la mentalidad cambiara por razones morales sino que cambió por razones políticas. El realidad el hombre actual es una analfabeto moral que ha progresado poco en este sentido tal y como propone John Gray que sostiene una idea bien distinta a la que propone Kolhberg, la moral no evoluciona como los organismos biológicos, ni en un sentido teleológico, sino dando tumbos y a través del ensayo y el error.

En realidad la moral es:

«Algo que surgió no para autocontrolarnos sino para controlar las conductas de los otros. La moral emergió del mismo modo que el chisme para que el grupo detectara y sancionara a los tramposos. La moral es un juego de grupo y no tanto de personas individuales».

Dicho de otra manera, la moral es una imposición del grupo al individuo, algo que va en contra de las políticas liberales como podemos ver hoy en los conflictos creados por la pandemia sobre la obligatoriedad de las vacunas o los pasaportes sanitarios. Y en ese juego entre moral grupal y libertad individual es donde se juega el partido de las ingenierías sociales.

Podemos definir ingenierías sociales como toda actividad procedente de gobiernos, grupos o lobbys que pretenden modificar la mentalidad de los ciudadanos a través de dos potentes armas: las leyes y la propaganda. Y sus coadjutores: Poderoso caballero es D. dinero. Sin dinero es imposible llevar a cabo ninguna obra de este tipo.

Algunos autores piensan que en realidad es imposible discriminar un cambio social (objetivado en una ley) de una maniobra de ingeniería social. Ponen el ejemplo de la prohibición del homicidio. El homicidio está sancionado fuertemente en los estados modernos, algo más en los estado no democráticos pues existe un consenso en que matar es malo, no solamente para quién muere y su familia, sino para toda la comunidad. Ejercer violencia contra otra persona en sus versiones menores o el robo es disruptivo y atenta contra la cohesión social. Hay que prohibirlo y no solo prohibirlo sino sancionarlo no solamente moralmente sino también jurídicamente. Sin castigo, no habría posibilidad de controlar a los disidentes. Sin castigo no hay civilidad, algo que se opone frontalmente a nuestras concepciones liberales, es por eso que los castigos, aun los muy merecidos están mal vistos y generan disensos en los políticos.

Pero los que ponen este ejemplo pasan por alto una cuestión fundamental: la prohibición del homicidio o del robo es una imposición del grupo social anterior incluso al inicio del Estado como tal, se trata de normas sobre las que existe un consenso desde el inicio de la civilización, sin embargo las consecuencias de ciertas ingenierías sociales no tratan sobre consensos, sino que utilizan la propaganda para manipular las conciencias individuales, se trata de un verdadero atentado a la capacidad racional de los individuos concretos que son tomados como ratones de laboratorio para cambiarles la percepción sobre un determinado hecho. Un ejemplo es el tema de los okupas, ¿cómo podemos tolerar ocupaciones de nuestro espacio más íntimo por parte de unos individuos que paradójicamente son protegidos por la ley? ¿Es que la ley no prohibe la ocupación de un domicilio?¿ Es que no existe derecho de propiedad? ¿Por qué no basta la denuncia a la policía?

Nótese como los okupas ponen patas arriba los consensos anteriores sobre la inviolabilidad del domicilio, pero lo cierto es que la Justicia carece o parece carecer de herramientas para resolver este problema que cuando atañe a una persona concreta parece que se atasca en un enormidad de burocracia. ¿Qué han hecho los ingenieros sociales para lograr meter en la sociedad la idea de que la ocupación es tolerable?

Bueno, a todos nos importa poco que los ocupas ocupen viviendas de bancos, en realidad los bancos son los malos de esta película, los que deshaucian a personas sin domicilio, los que retienen viviendas para hacer negocios, los que venden barrios enteros a fondos buitre, los que cobran hipotecas, etc. Dicho de otra manera, si toleramos la ocupación es porque se nos ha vendido (con la propaganda) de que es algo secundario a la especulación bancaria. De este modo algo abyecto acaba siendo tolerable.

Y esta es una de las diferencias fundamentales entre qué es ingeniería social y qué es cambio social: la manipulación sobre la opinión publica al asociar la ocupación con la conducta de los que tienen y prestan el dinero. El objetivo no es resolver el problema sino crear confusión, y un problema más grande para sabotear en este caso el poder de la banca y la cohesión cívica.

Los ingenieros sociales ocultan siempre sus propósitos pero los tienen bien medidos y siempre van acompañados de bellos discursos sobre el progreso y sobre los derechos de ciertas minorías supuestamente oprimidas. ¿Quién estará en contra de suprimir derechos a estas minorías? ¿Quién estará de acuerdo en que nuestro planeta y nuestro clima sean más bondadosos con nuestra vida en él?

Naturalmente las acciones que llevan a cabo estos ingenieros sociales tienen su réplica y su oposición en algunos ámbitos minoritarios de la prensa, de las personas individuales o de la Ley pero estos ingenieros ya cuentan con eso y tienen en marcha otra estrategia. La cancelación, ya no se trata de asesinar a los disidentes como hacía Mao, pero se pueden condenar al ostracismo, a través de las universidades, las redes sociales, o los contactos sociales o laborales. Se les marca y se les tacha, eso hacen, pero…

Fracasos de la ingeniería social.-

Los intentos teledirigidos de arreglar el mundo desde el Estado o una instancia superior son un rosario de fracasos a pesar de lo que dicen los optimistas racionales, baste recordar ahora el argumento de que la esclavitud ha sido abolida en todo el mundo. Lo cierto es que si bien la esclavitud fue abolida en un primer momento en USA por las razones que ya he dicho, no sucedió lo mismo con la servidumbre vigente aun hoy en media Eurasia y estamos viendo un repunte de la esclavitud sobre todo en esos estados fallidos como Libia y otros. Las cosas pueden ir a peor puesto que el “progreso” no es unidireccional o irreversible, el progreso no es teleológico.

La revolución bolchevique triunfó en la URSS, en Cuba y en media Europa pero el comunismo fue un fracaso allí donde se instaló y aun podemos ver sus terribles secuelas en Venezuela y en Corea del Norte. Pero las revoluciones no son ingenierías sociales sino evoluciones rápidas, violentas y forzadas dirigidas por ideologías, su antecesor más conocido.

China también tuvo su revolución maoísta pero su estrepitoso fracaso solo pudo soslayarse con la irrupción de un capitalismo salvaje que hace de ella la nación más contaminada del mundo, al tiempo que se restringen libertades. La política del hijo único fue un genocidio encubierto que ha dejado al menos a una generación desparejada con los conflictos que de ello cabe suponer. Un exceso de hombres solteros es una medida de caos social.

Para entender estos sucesivos fracasos de los ingenieros sociales es necesario ver cómo funcionan las sociedades por dentro, y de paso entender como funcionan los cerebros individuales. Todos los intentos diseñados por el hombre para cambiar el mundo fracasarán, pues todos nos ponemos en contra cuando entendemos que nos están manipulando.

Sobre todo cuando se llevan a cabo con la manipulación y el engaño.

Los ingenieros sociales creen que van a ganar y es por eso que ni siquiera disimulan, se han quitado la careta y cada vez más la población general es más consciente de ello aunque no sepan qué está sucediendo en realidad.

El dilema del tranvía y las trombosis

Joshua Greene es un neurofilósofo, en realidad uno de esos psicólogos de Harvard que se ha especializado en una rama de la psicología destinada a investigar sobre la decisión, más concretamente sobre las decisiones con sentido moral. Es muy conocido su experimento conocido como el dilema del tranvía (troley problem).

Se trata de dos supuestos, en el primer supuesto (tal y como puede verse en la viñeta de arriba) el individuo tiene que decidir sobre qué hacer: el tranvía amenaza con matar en una via a cinco personas y en la otra a solo una. El individuo puede desviar al tranvia con apretar solo un botón. La alternativa es que muera un individuo para salvar la vida a otros cinco.

¿Qué haria usted?

El 95% de las personas apretarían el botón para sacrificar a un individuo y salvar la vida a los otros cinco.

En el siguiente supuesto la cosa cambia. Ahora ya no se trata de apretar un botón sino de detener al tranvía arrojando sobre los railes de la vía a un individuo concreto. El asunto parece el mismo: sacrificar a uno para salvarles la vida a cinco, pero hay una variable critica, no hay botón y el individuo tiene que sacrificar él mismo a un individuo arrojándolo sobre la vía.

¿Qué creen ustedes que pasaría?

El 95% de las personas ahora invierten su opinión y dicen que no seria moralmente aceptable salvar la vida a esos cinco individuos arrojando a uno a la vía del tranvía.

Greene concluye que nuestra valoración moral de las cosas depende del grado de cogniciones morales involucradas en una conducta determinada: apretar un botón es algo impersonal que se hace sin que nuestro cerebro tenga demasiadas noticias acerca de sus resultados prácticos, es una acción sin nombres, caras ni apellidos, mientras que arrojar a un tipo a la vía del tren es algo personal e involucra cogniciones morales acerca de la persona en cuestión que va a sacrificarse.

Como puede verse y aunque desde el punto de vista utilitarista las dos decisiones llevan al mismo resultado, en la primera vemos -operando como conductor del tranvía- como su descenso hace inevitable el daño a unos u a otros mientras que nuestras posibilidades -en ausencia de frenos- se reducen a dos. Mientras que en el ejemplo del observador del puente es necesaria una decisión voluntaria que implica la muerte de un individuo de la que nos convertimos en agentes.

La falacia coste beneficio en las vacunas.-

El dilema del tranvía ha sido utilizado en muchas ocasiones para investigar sobre determinados supuestos o en estudios experimentales sobre los efectos de la oxitocina tal y como conté en este post. Se trata de un experimento mental en el que se concentran consensos sobre la cuestión que nos ocupa: la cuantitativa (siempre será mejor que muera una persona que cinco) o la modalidad del empujón que tiene muchas variantes pues esa persona puede ser un gordo, un árabe, un ultraderechista, un terrorista, etc, dando lugar a variadas combinaciones según lo que estemos investigando.

Y este es el dilema que nos plantea la actual campaña de vacunación que estamos viviendo. Al principio nos llegaron noticias -siempre tachadas como fakes- de hipersensibilidad, parálisis del facial, accidentes neurológicos varios (Guillain-Barré) y otros catalogados como banales. Pero de ahí hemos pasado a muertes debidas a trombosis cerebrales sobre todo desde que en Europa hemos llegado a la vacuna de Astra-Zeneca que es la que parece que tiene más efectos adversos de la serie hematológica, aunque esto no quiere decir que el resto no las tenga. Lo cierto es que los efectos adversos reales que tienen estas vacunas son aun mal conocidos porque:

  1. No se comunican todos los efectos adversos
  2. Se han intentado minimizar u ocultar, hay que saber que las vacunas ya se han pagado y existe un buen stock de estas vacunas en la UE.
  3. Aunque por fin estos efectos adversos graves han sido admitidos por las autoridades sanitarias (algunas semanas después de conocerlos) se sigue insistiendo en que el coste beneficio obtenido por las vacunas no aconseja dejar de ponerlas.

Lo cierto es que el argumento que utilizan los poderes públicos se asemeja y mucho al dilema del tranvía, me refiero al segundo caso. Alguien ha de morir para que otros sobrevivan. Este argumento me parece inmoral, aunque solo fuera 1/100.000 habitantes ese único caso es suficiente para suprimir la vacunación y me lo parece por lo siguiente:

Parece que la vacuna de Astra-Zeneca tiene un efecto secundario llamado trombocitopenia que ya se había descrito con la administración de heparina. La heparina es un medicamento que usamos para prevenir las trombosis sobre todo en pacientes encamados largo tiempo o de edad avanzada. Paradójicamente a veces presenta un fenómeno de apelotonamiento de las plaquetas que forman trombos en un lugar y hemorragias -por su déficit- en otro. Parece ser que este raro efecto secundario de la heparina es el mismo que se produce con la vacuna.

La frecuencia de estos efectos secundarios graves son más frecuentes en mujeres fértiles como sucede con todas las enfermedades autoinmunes, de ahí que se considere que esta reacción pueda ser una reacción exagerada del sistema inmune a la vacuna y es cierto que es una reacción rara, que si deja de ser rara es debido al número de personas tan elevado que está vacunándose. Piénsese que no hay ningún medicamento que tome la mayor parte de la población, una N tan alta puede justificar cualquier efecto secundario, solo que la muerte es un efecto inasumible desde el punto de vista moral, del mismo modo que precipitar a un sujeto puente abajo es inasumible moralmente para el 95% de nosotros aunque se trate de salvar la vida a 5. Y lo es porque las personas que se vacunan y mueren están sanas y de no haberse vacunado seguirían estando vivas y sanas. El coste beneficio a nivel individual en este caso es 0. Y lo es porque no sabemos si esta persona se hubiera contagiado de COVID y de haberlo hecho no sabemos su gravedad o si hubiera sido asintomática. No todos nos contagiamos.

¿Cual es el beneficio de seguir vacunando a sabiendas de que 1 de cada 100.000 vacunados morirá?

¿Qué beneficios obtienen los vacunados?

  1. Los vacunados siguen siendo portadores transmisibles del virus
  2. Los vacunados pueden seguir enfermando de COVID-19
  3. La movilidad, la distancia y las mascarillas deben seguir usándose aun entre los vacunados.
  4. El único beneficio parece ser que en caso de contagio la enfermedad seria más leve

La pregunta en este caso es la siguiente. ¿Entonces qué beneficios obtenemos de vacunarnos?

Individualmente muy pocos, colectivamente muchos. Hasta el punto de que si llegáramos a un 70 % de vacunados la epidemia remitiría. Y es probable que sin vacunas también Es la diferencia entre el relato individual y el relato de salud pública. Lo que es bueno para el colectivo puede ser letal para el individuo.

Se trata pues de un dilema moral tal y como plantea Joshua Greene en sus tranvías, pero no es solo un dilema que afecte a los individuos, sino también a los poderes públicos y como no a los fabricantes de vacunas.

Pero si usted muere, usted muere individualmente y no con sentido colectivo ni con perspectiva de género.

Qué es hacer lo correcto por Michael Sandel