El sindrome del ala rota

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Hace algunos días leí un articulo que hablaba del extraño caso de un perro llamado «Tizón», mastín de raza, y que unos ciclistas habían encontrado en una excursión por el monte. Al parecer los ciclistas pararon porque observaron a un perro en la carretera que parecía estar muerto. Llamaron incluso a la policía para dar cuenta del hallazgo, pero cuando describieron al animal , su raza (mastín) y su pelaje negro los agentes les tranquilizaron. Al parecer no era la primera vez que Tizón utilizaba el truco de hacerse el muerto para conseguir que le acaricien y le den comida.

Esta noticia fue viral en twitter y hubo varias personas que osaron dar su opinión sobre el caso, pero lo cierto es que ninguna de ellas sabían que es «la congelación» o «freezing» en inglés. Se trata de un truco muy histérico que algunos animales llevan a cabo para conseguir sus propósitos, sean los de ser acariciado, ser llevado en brazos (hacerse el cojo) o salir de paseo. Una técnica que es mucho más propia de los animales que del hombre, aunque como veremos más abajo, los hombres también somos capaces de congelarnos ante un peligro extremo.

Este tipo de conductas que inducen al despiste del observador fueron descritas por un etólogo llamado Nicolas Timbergen que tuvo el honor de recibir el Nobel junto a Konrad Lorenz y Von Frish en el año 1973. Lo describió con el nombre de «síndrome del ala rota» en homenaje a ciertos pájaros que anidan en el suelo y que distraen a sus depredadores cuando se hallan cerca del nido haciéndoles creer que no pueden volar. El truco consiste en algo así, como «sígueme a mi que estoy cojo y no merodees por mi nido». Estos pájaros suelen salirse con la suya y alejar a los depredadores remontando el vuelo cuando ya han conseguido despistarles del todo.

Dicho de otro modo se trata de una conducta intencional que tiene como objetivo el engaño.

Este síndrome del ala rota ha sido utilizado como mecanismo ancestral explicativo de la histeria de conversión, si bien en nosotros los humanos este tipo de conductas siempre están infiltradas con un cierto sesgo de patología y se muestran y se codifican como involuntarias. Algo así como decir que una parálisis conversiva es y no es -al mismo tiempo- una forma de engaño y una enfermedad.

Hoy mismo ha aparecido en prensa otro articulo que plantea una seria duda diagnóstica en ciertos psiquiatras suecos que han estudiado un síndrome desconocido para ellos al que han llamado «síndrome de resignación» y que suele darse en niños refugiados sobre los que pende una orden de repatriación. Los autores del articulo del Pais se preguntan porque sucede solamente en Suecia, pero se equivocan: recientemente he visto un caso en una adolescente magrebí aquí en Castellón. Lo que ocurre es que no solemos pensar en la congelación y nos conformamos con constatar solamente la lucha y la huida como mecanismos preformados de afrontamiento del estrés.

Lo cierto es que el cuadro está a medio camino entre el coma y el estupor y no es una catatonía sino un síndrome histérico destinado a autoprotegerse sea de lo que sea. Lo más frecuente en niños es que hayan sido abusados sexualmente y que teman que se repita el abuso bien por una repetición de escenarios o bien por reencuentros con el abusador.

Los síntomas coinciden con lo que cuentan los psiquiatras suecos:»totalmente pasivos, inmóviles, carentes de tono, retraídos, mudos, incapaces de comer y beber, incontinentes y sin reaccionar ante los estímulos físicos o el dolor. A los afectados se les llama «niños apáticos», aunque también hay víctimas adolescentes.

Todo sea por no reconocer que la histeria existe. Antes en la psicopatología clásica se llamaba «estupor»

Y no sólo en los humanos sino en los animales como Tizón.

La anomalía humana en la congelación o «freezing» .-

Poca literatura se dedica a trabajar el tema de la respuesta de congelación en la especie humana. Incluso en el caso de una amenaza muy importante es raro para un ser humano colapsarse y aparecer inconsciente sin herida física. Aunque algunas personas tiemblan y presentan ligeras sacudidas después de un evento que les produce un shock, raramente desarrollan la conducta relativamente estereotipada que se ve en animales. Por el contrario, éstos comentan frecuentemente que se sienten como si estuvieran “en shock”. Ese estado se describe como con una sensación de despegamiento, de acorchamiento emocional o afectivo e incluso de confusión. El tiempo con frecuencia parece quedarse quieto. Algunos pacientes informan que se encuentran como si estuvieran “fuera de sus cuerpos”, comentando los acontecimientos traumáticos como si los estuvieran viendo en una tercera persona.

Aunque algunos comentarán que se encuentran “llenos de adrenalina”, muchos otros comentan la sensación de sentir una calma notable. Aunque pueden haber ocurrido serias heridas, el dolor normalmente no es intenso durante este periodo, un acontecimiento en consonancia con el papel que juegan las endorfinas en la respuesta de congelación. Los psicólogos y psiquiatras se refieren habitualmente a este fenómeno con el término disociación que se define como “un proceso inconsciente por el cual un grupo de procesos mentales se separa del resto del curso del pensamiento, resultando en un funcionamiento independiente de dichos procesos y en una pérdida de las relaciones habituales entre contenidos mentales como, por ejemplo, la separación del afecto de la cognición”.

La disociación muy probablemente constituye un elemento muy fundamental de la respuesta de congelación y las personas que refieren síntomas de shock y acorchamiento emocional después de un evento traumático y exhiben síntomas de disociación, están en ese momento en plena repuesta de congelación.

De hecho, muchos de los síntomas postraumáticos que ocurren con frecuencia durante años después del trauma irresuelto son característicos de la disociación o de la recurrencia de los síntomas de congelación.

El punto más importante en este contexto es que el ser humano parece recobrarse de este estado de shock sin ninguna de las actividades muscular y física observadas en los animales cuando se recuperan del acto de la congelación después de una amenaza. Rara vez ve uno víctimas de un acontecimiento traumático agudo caerse al suelo, temblar, sacudirse o sudar recuperándose a continuación con una respiración profunda y lenta.

Uno está tentado a considerar esta respuesta como una adaptación positiva a la conducta animal básica como resultado del neocortex frontal en desarrollo que nos permite pensar, resolver problemas y planificar sin tener que estar sometidos a la tiranía del instinto más primario. Sin embargo existe una real preocupación de que en la especie humana esta aparente falta de descarga de la energía autónoma después de haber ocurrido una congelación, pueda no ser de hecho un mecanismo adaptativo funcional. En vez de ello, podría representar una peligrosa supresión de la conducta instintiva, resultando en una agravación de la experiencia traumática en la memoria inconsciente y en los sistemas de excitación y alerta del cerebro.

El proceso de culturalización de la especie humana ha resultado en un patrón creciente de vida urbana en un hábitat o confinamiento cerrado que de manera intrínseca puede inhibir la capacidad instintual de huida o de defensa de uno mismo bajo amenaza. Esto, a su vez, puede instaurar un estado de indefensión, predisponiendo una respuesta de congelación en los humanos cuando se encuentran bajo amenaza. Este mismo estado de inmensa proximidad e interdependencia cultural puede también actuar inhibiendo la descarga natural de energía autonómica de congelación en estos casos.

Una repuesta a este dilema puede residir en la observación de la conducta animal. Levine describe una conversación que tuvo con cazadores africanos. Cuando son capturados, los animales entran habitualmente en una repuesta de congelación o inmovilidad. Después de su suelta, éstos atraviesan por un repertorio de conductas típica de la descarga de congelación descrita anteriormente. Si no pasan por el periodo de sacudida y temblor, generalmente mueren después de ser soltados de nuevo al medio salvaje. Este hecho puede llevarle a uno a especular que la retención de la tremenda energía autónoma de la respuesta de lucha / huida / congelación en el cuerpo y en el Sistema Nervioso Central de estos animales les reduce su capacidad para adaptarse a las amenazas y demandas de una existencia en un ambiente salvaje.

 

Pero la respuesta de congelación es también posible en humanos y se debe a una deplección con opioides endógenos, sucede en situaciones como esos chicos suecos que han atravesado media Europa para recalar en una sociedad donde los mecanismos ancestrales de lucha/huida han sido inhibidos culturalmente.

Incluso hay autores que han tratado estos comas histéricos con naloxona (un antagonista de los opioides) con éxito.

Los psiquiatras suecos deberían leer a Bruce Perry, que en su libro «El chico a quien criaron como un perro» cuenta un caso muy parecido, si bien en ese caso había antecedentes de abusos sexuales.

Paul Gilbert y la compasión

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Hace algunos años tuve ocasión de conocer a una mujer que seguramente representaba un extremo en una supuesta escala analógica de hiperempatía. No he conocido a nadie tan compasiva, tan altruista y tan empática como ella.

No podía ver a un pobre sin darle limosna, de tal modo que era perseguida por una legión de parias en cuanto se daban cuenta de que daba generosas limosnas. Los gatos y perros abandonados eran su debilidad y llenaba su casa con toda una legión de huerfanos caninos y felinos. Como tenia varias casas, una de verano y otra de invierno, se pasaba el dia de aquei para allá llevándoles comida sin que pudiera desprenderse de ninguno de ellos.Se trataba de una especie de síndrome de Diogenes pero con mascotas en lugar de basura o trastos inservibles.

Claro que no aconsejaría a nadie que hiciera una visita a estos albergues por el mal olor que desprendía siempre su hogar y que daba lugar a quejas e intervenciones de agentes del ayuntamiento. No cabe ninguna duda de que aquella mujer era muy compasiva, es decir compartía el sufrimiento de todos aquellos animales abandonados, hasta el punto de identificarse con ellos, en una especie de sinestesia perruna en la que hacía suyos el dolor abandónico de sus mascotas.

Lo interesante es que estas mascotas no tenían siquiera nombre, no había una relación personalizada con ninguno de ellos, me llamó siempre la atención la impersonalidad de su trato y la ambigüa tortura de tener a aquellos animales prisioneros en pisos sin salir apenas a la calle: naturalmente era imposible sacarlos de su presidio.

La compasión en psicoterapia.-

Recientemente ha visitado nuestro país -más concretamente Valencia- el psicoterapeuta, profesor e investigador inglés Paul Gilbert, fundador de una Terapia Centrada en la Compasión. Su trabajo se apoya, en otras disciplinas, en conocimientos provenientes del campo de la Psicología del Desarrollo y de Psicología Social. Gilbert descubrió nuevas tácticas para ayudar a los pacientes a entender que no son culpables de su patología ni de sus síntomas, sino que estos provienen de la condición humana.

Lo interesante del planteamiento de Gilbert es que está hablando de una compasión bien diferente a la que mostré más arriba con el caso de mi conocida.

Para derribar el primer mito: sentir compasión no significa sentir lástima hacia los demás. Hagamos el ejercicio de imaginarnos a nosotros mismos, tan solo por un instante, en medio del sufrimiento. Desde esa posición, observemos con atención el efecto que nos produce que el otro nos mire con pena, lo mal que nos hace sentir. Es fácil comprender, desde esta perspectiva, lo poco edificante que es el sentimiento de lástima, dirigido hacia los demás o hacia nosotros mismos. El sufrimiento es parte de la vida y a todos nos toca una porción. Frente a esta certeza nos queda poco lugar para la lástima.

Inducidos por mensajes culturales, asociamos la compasión a una condición de bondad tan pura que nada debería contaminarla: quienes se consideran a sí mismos seres compasivos se paralizan al constatar que, al mismo tiempo, son capaces de enojarse o incapaces de perdonar. Ven “manchado” ese “noble” sentimiento y cuestionado el absoluto de su ideal.Pero ese absoluto está lejos de ser deseable. Chogyam Trungpa, maestro budista de Meditación, forjó el concepto de “compasión idiota”: el equívoco que nos lleva a perdonar una mala actitud del otro, movidos por la compasión, propiciando su reincidencia. Podemos sentir que alguien se está equivocando cuando decide hacer el mal, y por ello sentir por tristeza por él, incluso compasión por el sufrimiento que esa persona produce en sí misma y en los demás. Pero permitir que los demás hagan cualquier cosa porque nosotros no tenemos coraje para ponerles límites no significa, ciertamente, ser compasivos.  La compasión inteligente es desear a otra persona que se libere del sufrimiento por sus propios medios.
Más autocompasión y menos autoestima seria la receta adecuada para una psicoterapia basada en la compasión como la que propone Gilbert..
Las psicoterapias de primera generación pre-cognitivas como el psicoanálisis o la psicoterapia humanística o existencial conteniín no pocos elementos de compasión bien entendida, es interesante comprobar como las llamadas psicoterapias de tercera generación como el mindfullnes o la terapia gilbertiana vuelven a incidir en la necesidad de compadecerse pero no identificarse con el paciente. El «pobrecito mío» que practican algunos psicólogos tiene muy poco de terapeutico y mucho de paternalismo compasivo. Una compasíón débil y en el fondo matriarcal.

El lado oscuro de la compasión.

Barbara Oakley define un “altruista patológico” como “una persona que se implica sinceramente en lo que pretende que sea un acto altruísta pero que (de un modo que pueda ser razonablemente anticipado) termina dañando a la persona o el grupo que intenta ayudar”. Diferentes personalidades pueden comportarse como altruístas patológicos y el espectro de conductas que pueden caer bajo esta definición es todavía más amplio, desde la decisión de no vacunar a un niño a las políticas de cooperación y ayuda internacional.

Existe claramente un “lado oscuro” de la empatía, como muestran algunos desórdenes de personalidad caracterizados por la hiperempatía como el TLP (trastorno limite de la personalidad), quizás la anorexia mental. Pero estos fallos de la cooperación son más difíciles de detectar debido a que los sentimientos empáticos y altruístas no proceden normalmente de procesos cognitivos “lentos” en el sentido de Daniel Kahneman, sino de nuestra forma de pensar “rápida”. Existe algo así como un “sesgo proempático” según el cual cualquier comportamiento señalado como altruísta es percibido como inherentemente positivo, con relativa independencia de las consecuencias. Es más, este es un sesgo especialmente difícil de superar, incluso para las personas inteligentes y científicamente informadas, debido a que implica examinar “lo que los grupos o científicos supuestamente racionales y objetivos han llegado a considerar subliminalmente sagrado”..

Por último no hay que olvidar que la empatía excesiva no implica necesariamente autoconocimiento y que por supuesto empatizar excesivamente con las necesidades de otros puede servir al propósito de ocultar las necesidades propias.

La excesiva empatía no es bondad si esa bondad no es en primer lugar para uno mismo.

El protocolo

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Probablemente ustedes no lo saben pero España es un país muy protocolizado. Para cualquier cosa que implique gasto hay un protocolo a seguir, por ejemplo para recetar algunos medicamentos, hay -lo que se dice ahora- un algoritmo que consiste en que el médico no pueda recetar lo que quiere sino lo que aconseja el algoritmo. Los ordenadores que usamos los médicos y que no nos permiten casi ni mirar a nuestros pacientes son el Gran Hermano de la Administración, desde ahí nos vigilan, nos proponen y nos impiden recetar lo que quisiéramos. Un protocolo es algo diseñado para que todo el mundo haga lo mismo, gracias a Dios que los protocolos no suelen funcionar.

Un protocolo es lo contrario de la innovación.

Son demasiados, demasiado complicados de seguir y aun: diseñados para fastidiar. Un protocolo es un simulacro que no suele funcionar cuando la cosa va en serio.

Otra de las funciones de un protocolo es que todos los implicados sepan que hacer en un caso determinado: por ejemplo un incendio. Hay un protocolo establecido en todos los Hospitales de tal manera que cualquier trabajador sepa qué hacer cuando detecta un incendio. Otra cosa es que funcione cuando hace falta, cuando la cosa arde, claro.

El problema del protocolo del Ebola es que no existía y aunque todo el mundo hable del protocolo, «que no se ha seguido el protocolo» o «que habrá que cambiar el protocolo»lo cierto es que nadie sabia nada de tal protocolo.

Como no sea ese documento que el ministerio remite a todos los Hospitales cuando viene la gripe.

Lo cierto es que aquí ha habido mucha improvisación. Un buen día alguien desde la Conferencia Episcopal descolgó el teléfono y pidió el favor: había un misionero en un país africano contagiado y había que repatriarlo. Así se hizo. ¿Pero cómo se repatría a un contagiado por Ebola?

Un contagiado por Ebola no es un griposo común, sino un enfermo con una de las infecciones mas virulentas que se conocen y de la que aun no lo sabemos todo. Lo que sabemos es que suele ser mortal en un 50% de los casos.  La ministra hizo el favor pero aun no había protocolo, ni Hospital adecuado para ese fin, ni formación para los sanitarios, no trajes de astronauta, ni casi nada. Lo único que tiene España son especialistas y expertos en la materia, virólogos que apenas fueron consultados como casi siempre sucede en esa dialéctica continua entre expertos, que saben lo que hay que hacer y políticos que pastelean favores o se sientan a dialogar.

Desde entonces todo ha sido improvisación, personal sin información ni formación suficiente para atender estos casos, sueldos miserables que no han sido revisados debido a los recortes. Turnos de 8 horas sin que ningún sindicato haya propuesto un recorte de los horarios para este personal, salas de aislamiento sin cámaras de seguridad, etc.

Y lo peor: la auxiliar de clínica susodicha y que en estos momentos se debate entre la vida y la muerte, no fue advertida de algunas cosas:

1.- Si se encontraba mal no debería ir a ningún otro Hospital sino recurrir al suyo, al Carlos III y no pulular por Madrid en ambulancias convencionales como se ha hecho.

2.- Por supuesto no debería haberse ido de vacaciones, ni mucho menos depilarse las piernas. ¿Pero alguien se lo advirtió?

3.- Y en caso de comenzar un cuadro febril pseudogripal debería comentarle a su médico que era una de las que atendieron el caso del misionero.

Nada de esto sucedió sino que se cruzaron todas las lineas rojas y en mi opinión estos errores no son culpa de la auxiliar sino culpa de los que no formaron a ese personal en las medidas no solo de autoprotección para no contagiarse sino qué hacer en el caso de haberse contagiado.

Este es el protocolo que nunca existió.

¿Y qué decir del perro?

No sabemos si los perros padecen o transmiten esta enfermedad pero esta hubiera sido una buena oportunidad para saberlo.

¿No hubiéramos podido aislar al perro y tenerlo en observación?

Dicen que es caro, ¿pero no fue más caro fletar un avión para traer al misionero?

¿Qué se hace cuando un perro es sospechoso de tener la rabia? ¿No hay un protocolo para la rabia?

No es que el protocolo haya fallado es que nunca existió.

El resto es política e histeria de España.

Padres aniñados

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Habia oido hablar de un programa que dan por la Cuatro y que se llama Supernany. Alguna vez haciendo zapping habia visto alguna de las escenas que discurren en esos reportajes donde una psicóloga con sentido común lleva a cabo un trabajo de campo en el propio domicilio de padres victimizados y tiranizados por sus hijos.

El programa es bastante interesante para los legos en psicología pero banal para un profesional salvo por algunos aspectos que me propongo reelaborar ahora.  Quizá por eso habia pasado casi por encima de las recomendaciones de la nany, pero esta vez me detuve un poco más a reflexionar sobre algunas cuestiones que he tratado aqui o en otro lugar: me refiero a lo conflictos educativos y a la incompetencia de los padres para poner límites y reglas de convivencia a sus hijos.

Lo cierto es que los niños de hoy no son como los de antes. Lo dijo Flynn: que el CI va creciendo cada vez más en la población y yo mismo escribí hace poco un post donde hablé precisamente de esa asimetria entre inteligencia cognitiva y emocional. Una grieta que se manifiesta en continuos conflictos domésticos y en pequeñas guerras y desafíos cotidianos entre padres e hijos.

Por de pronto me parece interesante indagar sobre el cambio del encuadre: pasar del despacho al domicilio de los clientes me parece una buena idea y es comparable a lo que hacen los etólogos en comparación con los zoólogos con sus especímenes enjaulados: se colocan una serie de cámaras en el hogar de los susodichos papás y se graban algunas interacciones, sobre todo a las horas conflictivas, comidas, deberes, llegada del papá a casa, bajar la inevitable mascota a la calle o la dramática hora de ir a dormir. La psicóloga asiste en principio como espectadora y sin intervenir en las sucesivas escenas que van dándose en su presencia y tomando notas sobre los comportamientos y las interacciones de la familia malcriadora.

Viendo este cambio de encuadre recordé esa polémica tan actual sobre Uber o BlaBlaCar, ya saben ese servicio de transporte que se lleva a cabo a través de Internet y que está llamado a convertirse en una economia cooperativa que dejará sin trabajo a los taxistas y sin licencias a los ayuntamientos. Es imparable.

Como imparable será que los psicólogos abandonen sus despachos y comiencen a meterse en la arena y la harina que no está en otro lugar sino en el domicilio de los sufridores. Aquí hay un articulo que dice algo parecido «lo que los psicólogos deberian aprender de Uber»

Pero sin duda lo que más me impresionó del último reportaje de supernany es la paciencia y la enorme tolerancia que los papás han desarrollado frente a las barrabasadas casi continuas de los niños. Hay como una inversión de roles: los niños imponen su ley, gritan, desordenan, juegan cuando quieren, no atienden, lloran, berrean y no siguen ninguna pauta asignada por parte de la atribulada mamá que sale en en documental con cara jesuitica y rostro impasible.

Los niños ya no son lo que eran porque están muy estimulados, bien alimentados pasan casi todo el tiempo enjaulados en pisos, y su CI crece dia a dia casi al mismo tiempo que sus recursos emocionales decrecen. Pero esto no es lo peor. Lo peor es que los papás han dejado de ser papás y juegan con ellos a la wii, con tanta pasión que uno se pregunta quién es en realidad el niño y quien el papá.

Dicen que los papás actuales malcrian a sus hijos porque se sienten culpables por prestarles tan poca atención. Es posible que en algunos casos sea verdad pero lo cierto es que a nosotros tampoco nos hacian demasiado caso y nuestros padres no mostraban ninguna culpabilidad. Al contrario los padres actuales -al menos los que vi en supernany- son padres comprometidos en la crianza de sus hijos -demasiado quizá- , padres normales por así decir que invierten prácticamente todo su tiempo en estar en casa con sus hijos, tomarles los deberes e intentar poner disciplina y predictibilidad en su hogar.

Pero no lo consiguen.

Y no lo consiguen porque ellos mismos han abdicado de su papel normativo y como no saben que las normas han de imponerse se empeñan en negociarlas continuamente. Se han convertido en hiperpadres, en padres perfectos, colegas de sus hijos. Un neoperfeccionismo se ha instalado entre nosotros, un perfeccionismo extendido e hiperreal propiciado por el discurso de la ciencia y lo politicamente correcto.

Necesitamos recuperar a los padres imperfectos de antaño. Aquellos que frustraban a sus hijos, ¿les recuerdan?

Y lo cierto es que a veces es muy dificil saber imponerse:

Malestares en la conciencia perruna

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¿Fue su ancestro un lobo?

 

Está bien establecido que los perros que nos acompañan en nuestras urbanitas soledades, -esos que llamamos mascotas- tienen todos un ancestro común, que fue un lobo, de la que el perro (canis lupus) es una subespecie, algo bastante contraintuitivo si contemplamos a ese peluche de más arriba. De los lobos heredaron los perros actuales esa tendencia al gregarismo, a la jerarquía, a la lealtad a la manada que los diferencia profundamente de las otras «mascotas» de compañía, como los gatos, independientes y solitarios.

No cabe ninguna duda de que los perros se han aclimatado perfectamente a la compañía humana y lo han hecho porque socialmente son muy parecidos a nosotros en su organización social. Pero no siempre fue así, lobo y hombre no se han llevado siempre bien, puesto que están en juego conflictos de intereses, fundamentalmente intereses ganaderos. Hombres y lobos compiten por las mismas ovejas.

O dicho de otra manera compartimos con ellos un mismo ecosistema, lo que explicaría ese miedo ancestral que les tenemos y los continuos exterminios de los mismos, hasta el punto de que hoy -incluso protegida- es una especie amenazada de extinción, al menos en la península ibérica.

Es por eso, que somos vecinos, que el lobo pudo domesticarse. Probablemente el primer lobo domesticado fue un lobo hipofóbico, un ejemplar que tuvo poco miedo del hombre y con el que acabó llevándose bien. Recuerdo ahora a «Calcetines» el perro de «Bailando con lobos» que hasta que es asesinado intenta un acercamiento al teniente Dunbar, la única compañía de la que pudo gozar hasta encontrar novia.

En la domesticación de los lobos sin embargo tuvo mucho que ver el hecho de modificar sus costumbres alimentarias: los lobos son carnívoros, pero los perros actuales han desarrollado tolerancia al almidón, una especie de efecto Baldwin en los perros. Como es sabido nosotros los humanos también nos adaptamos a la leche después de hacernos sedentarios y acabamos desarrollando un enzima: la lactasa, ampliamente distribuida por toda la población mundial, es un ejemplo de como el medio ambiente puede modificar las instrucciones genéticas que nos vienen de serie. Los perros cambiaron en su constante interacción con los humanos, no sólo por selección artificial (como el toro de lidia) sino también por selección natural y por su contacto casi continuo con nuestra especie, que tomó su olfato, su instinto cazador, su capacidad de aprendizaje, su sociabilidad y su territorialidad como elementos en donde nos ha prestado enormes servicios.

Pero en todo perro coexiste una conciencia de lobo, una conciencia que en cualquier caso se encuentra subsumida en su conciencia más actual de perro. Ambas conciencias se solapan.

Como en nosotros.

Lo interesante de los perros actuales es que han desarrollado enfermedades muy parecidas a las nuestras y que además están inducidas por sus propios dueños, asi veo en la wikipedia que:

Los trastornos de la conducta canina se clasifican en tres tipos: 1) patologías del desarrollo, 2) sociopatías —relacionadas con el ambiente y su jauría humana o animal—, 3) comportamientos disfuncionales que alteran la conducta normal, y que se ajustan para hacer frente a una situación cotidiana (fobia). Según la tesis de zoopsiquiatría desarrollada por Patrick Pageat:

  • Agresiones de tipo jerárquicas, territorial/maternal, por miedo, irritación, predatorias y redirigida.
  • Destructivas, orina/defecaciones indeseadas, ansiedades, miedos y fobias (a la pirotecnia, por ejemplo),
  • Trastornos compulsivos y estereotipias (persecución de cola, autolamido).
  • Trastornos alimentarios y dípsicos (anorexia/bulimia, potomanía).
  • Trastornos sexuales (hípersexualidad, pseudogestación), depresión de involución.

Cabe señalar también que muchas de las malas costumbres caninas son la muestra de comportamientos desarrollados por razones tales como: falta de actividad —como puede ser caminatas o deportes caninos—, ausencia de socialización, disciplina, entrenamiento o educación irresponsable por parte de los propios dueños.

Dicho de otra manera si los perros desarrollan enfermedades tan similares a las nuestras es porque nosotros sus dueños no estamos a la altura de las circunstancias para serlo. Somos malos amos y ellos claro, se resienten puesto que los perros han sido cableados para obedecer y seguir al jerarca de su manada -dando incluso su vida por él-  y que proyectan en su dueño. Dicho de otra forma: los perros que conocemos hoy, esos que viven en pisos de ciudad, que no tienen oportunidad de correr y desgastar su energía, que no se socializan con otros perros, están tan neuróticos como nosotros, solo que nosotros no tenemos a quien echarle las culpas de nuestra neurosis.

El caso es que esta neurotización no tiene nada que ver con sus genes ni con su conciencia ancestral que de vez en cuando puede irrumpir en determinadas ocasiones en forma de agresividad o de ataque a su propia familia humana. Los perros están cableados para morder del mismo modo que estan cableados para orinar las farolas (en realidad marcar su territorio). Aunque vivan en una ciudad y sigan meando las farolas y ahora marcar el territorio ya no les sirva de mucho, lo cierto es que esta conducta les seria muy útil si volvieran a su entorno natural. Allí tampoco lo tendrían fácil para reproducirse pero lo cierto es que aquí viviendo con nosotros les tenemos bien castrados, bien físicamente o bien condenándoles a una vida monacal.

Pero lo cierto es que ellos aguantan tan bien la castidad impuesta como nosotros. Al fin y al cabo la neurotización de los humanos procede sin ninguna duda de las coerciones que la sexualidad ha sufrido a lo largo de la historia humana. Bien por una razón o bien por otra el sexo ha estado mal visto socialmente y hasta se han inventado religiones para condenarlo y constreñirlo. Nosotros les hemos inculcado a nuestras mascotas esta manía tambien, e incluso les castramos para que no tengan el celo, sobre todo a ellas porque ensucian. ¿Cómo no van a estar neuróticos  y pasarse el dia lloriqueando?

La conciencia de perro se ha impuesto a la conciencia de lobo y aunque esta irrumpa a veces con una conducta «psicótica», la verdad es que los perros han seguido en su conciencia una direccción muy parecida a la humana: Su conciencia ancestral ha sido opacada por una conciencia «civilizada» y es ésta conciencia civilizada la que -a su vez- obtura la satisfacción corporal.

Y lo obturado siempre vuelve.

Nota.- La zoopsiquiatria es la disciplina que se ocupa del estudio de la conducta animal en condiciones no naturales o de domesticación mientras que la etología es el estudio de esa conducta en condiciones naturales.