Madrid, 1834

En 1834 Madrid aun conservaba intacta la muralla que había construido Felipe II cuando la convirtió en la capital del reino y que encorsetó su crecimiento demográfico hasta su retirada. Extramuros, se concentraba una población inmigrante de campesinos venidos de todas partes de España que se establecieron en chabolas y barrios insalubres serpenteando el rio Manzanares, donde las aguas fecales convivían con la miseria, la enfermedad y el hambre. Intramuros, en una población ensimismada convivían los estados más altos de la aristocracia, el clero, menestrales, golfos y rateros de toda clase y condición, siendo el clero la población más abundante en aquella época y la prostitución la clave del progreso para algunas. Los palacios de la época de Carlos III y las Iglesias con sus bóvedas que parecían reclamar su parte de prestigio al cielo conformaban gran parte de su paisaje que contrastaba con la pobreza de los barrios más populares y por supuesto con aquellos que vivían fuera de la cerca siempre cerrada a cal y canto sobre todo después de la epidemia de cólera que se había desatado en España dos años antes.

El cólera vino de la India y entró en España por Vigo a través de su puerto, pronto invadió Andalucía y Valencia probablemente a través de otros buques. La primera idea que sostuvo parte del gobierno fue la del «cordón sanitario». ¿Se podía cerrar Galicia a cal y canto? Hubo opiniones de todos los colores, pero al fin se decidió que era imposible y más cuando la ciencia de entonces no se ponía de acuerdo respecto a si el cólera era o no transmisible. La opinión más fundada era de que se trataba de una enfermedad transmitida por miasmas y que era una enfermedad ambiental, algo atmosférico y natural condicionado por la poca higiene. Koch tardaría aun medio siglo en descubrir el germen que estaba detrás de la tuberculosis, de manera que la teoría de los gérmenes aun no andaba presente en la mentalidad de aquella época. Sin embargo, las autoridades prohibieron algunas cosas: las reuniones de más de 10 personas (que no afectaba ni al clero ni a las tertulias aristocráticas) parece que estaban en consonancia con la idea de que podía ser algo transmisible, así como que la venta de verduras se trasladó de lugar, más allá de la cerca. Se sospechaba con razón de que el contagio era oral-fecal, aunque la mayor parte de los médicos creían que se transmitía por el aire. La epidemia de cólera hizo que muchos nobles abandonaran la ciudad empezando por la reina regente Cristina que junto con el gobierno se trasladó a la Granja y allí se confinaron. Sin embargo la situación en los pueblos no era mejor, la mayor parte de los médicos huían de sus puestos por lo que se hizo necesario dictar un decreto para impedirlo. Los que se quedaban acababan muriendo. El cólera mató a unas 800.000 personas en dos años hasta que desapareció sin saber porqué. Más tarde volvería.

La culpa de todo, según la Iglesia era porque Dios estaba muy ofendido con su rebaño, que había perdido la fe y vivía de formas impías. Los curas en sus homilías bramaban contra la molicie de la población y la población más menesterosa por su parte pergeñó otras teorías: la epidemia estaba causada por el envenenamiento de las aguas que los curas y frailes habían propiciado para matar a todos los pobres que vivían fuera de la cerca y lo hacían a través de los aguadores y los golfillos que derramaban en las fuentes su veneno. Ello propició una asonada en Madrid contra los clérigos que terminó con cientos de muertos, heridos y un estropicio en ciertos conventos o basílicas.

Pero la epidemia de cólera no era el único problema que vivía la ciudad. La primera guerra carlista estalló entre la España profunda y la España acomodada de las ciudades. Los carlistas perseguían la instauración de la ley sálica y defendían la opción al trono de Carlos Maria Isidro, hermano del rey Fernando VII que era incluso más reaccionario que él y mantenia ideas absolutistas que parecían de otra época. Los carlistas empezaron tres guerras en el siglo XIX que desangraron España y dividieron el país en dos bloques: liberales o isabelinos y carlistas, algo así como hoy hacemos, derecha e izquierda, progresistas y conservadores, ahora bien el bando liberal no era tampoco trigo limpio, y había muchas sensibilidades -como se dice ahora- en ellos, unos eran radicales como Riego, otros afrancesados, otros solo aspiraban a volver a la Constitución de 1812 y otros que veían el atraso y la pobreza en España solo pretendían modernizar nuestro país. Tuvieron un trienio liberal que también fracasó abortado por un ejercito francés y por las propias contradicciones y que fue la ultima oportunidad de meterse en el progreso. Desde entonces en España todo ha sido una repetición. Los carlistas tenían espías en Madrid y conspiraban y sonsacaban información, los conventos servían de refugio a muchos de ellos, pues había connivencia entre el clero y la causa carlista que era sin duda una causa reaccionaria, si bien la defensa del absolutismo también lo era. Así había no solo isabelinos contra carlistas sino también entre absolutistas y parlamentaristas, los partidarios de dar todo el poder al rey o al parlamento. Y dentro de este circulo, las sociedades secretas, masones, y otros menos recomendables como los comuneros.

El premio planeta 2021.-

Como todo el mundo sabe, el premio planeta de este año ha recaído en una mujer llamada Carmen Mola que no es en realidad una mujer sino el pseudónimo con el que escriben tres escritores bien dotados para el guión cinematográfico. Esta cuestión tenía su morbo, de modo que comencé a interesarme por esa Carmen Mola e incluso leí -sin que llegara a interesarme demasiado- una de las novelas de una trilogía anterior, La «nena», una novela sucia, de esas que acaban por darte asco, de tanta mierda, cerdos, sangre y charcutería humana. ¿De modo que esa era la razón del éxito de la tal Mola? Lo cierto es que la trama me pareció tan inverosímil que terminé la novela con la moral baja pues me había prometido leer «La bestia», un título que tampoco aseguraba mucha sutilidad.

Y así es, la Bestia es una novela de suspense, una novela negra, también algo «gore» que tiene -sin embargo- una lectura bien distinta a «La nena». Se trata de una serie de crímenes seriales que son investigados por distintas razones por diversos personajes y que se encuentra escrita en esa clave cinematográfica de la que hablaba anteriormente. Los autores nos llevan de la mano de mc guffin en mc guffin, aqui el mc guffin es un anillo, pero en realidad la trama de la ficción (la búsqueda del asesino) me parece secundaria aunque está escrita según los cánones del lector actual, un lector adictivo, de esos que no pueden suspender la lectura hasta que alguien atrapa al culpable, o sea él. Y me parece secundaria porque en la novela hay otra novela inscrita y que es la mejor: el paralelismo entre aquella situación y la actual con nuestra pandemia de COVID. Vale la pena observar como cuando se produce una pandemia como la que estamos viviendo en la actualidad, vuelven a reproducirse todos los artefactos de anteriores pandemias, no importa lo aventajada que se encuentra una sociedad, parece que el miedo reactiva las paranoias, la desconfianza en la ciencia, la segregación entre contagionistas y no-contagionistas, entre vacunados y no vacunados, entre creyentes y descreídos , entre iluminados y pragmáticos. Hoy ya sabemos qué cosa son lo virus, pero basta una pandemia como esta para que surjan como setas interpretaciones delirantes sobre las causas de los contagios (el 5G), los culpables ya no son los curas sino las farmacéuticas, el gobierno desinforma (más por ignorancia que por maldad), las medidas que se toman -por ejemplo las mascarillas- no sirven de nada, las vacunas, es decir los remedios son peligrosos. Ya no son las sanguijuelas el remedio propuesto sino fármacos o hierbas o el clorito que nunca demostraron su eficacia y que nos ocultan a propósito, etc,

Este es el nivel de la novela que a mí más me ha interesado, pero aun falta un elemento en esta ecuación: ¿Alguien sabe qué es el adenocromo? Se trata de una sustancia que en ciertos medios suponen que es consumida por las élites y que se extrae de niños asesinados y torturados a fin de extraerles la sangre. Ese era el elemento que le faltaba a la novela para considerarse una paranovela, es decir una novela inscrita en otra novela, en realidad una teoría sobre lo que estamos viviendo en la actualidad.

Y esta teoría es que hemos progresado muy poco colectivamente si nos comparamos con aquella generación que en 1834 sufrieron la epidemia de Madrid y que la volverían a sufrir 20 años más tarde.

Un buen documento sobre la epidemia de cólera en Madrid 20 años después

Dostoyevski y la psicología

Hay dos formas de considerarse un insecto, una de forma consciente como Gregorio Samsa en la Metamorfosis y otra de forma inconsciente como Raskolnikov en «Crimen y castigo». Son las dos formas más conocidas de autodesprecio. @pacotraver

Recientemente con el crimen de Lardero se ha vuelto a poner de manifiesto la idea repetida hasta la saciedad por mis compañeros psiquiatras de que ese tipo de criminales como Francisco Javier Almeida no son enfermos mentales. Esta idea a la que yo me he adherido durante mucho tiempo, acostumbrado como estaba a ver enfermos mentales, creo que necesita una revisión.

Es verdad que existen crímenes cometidos por enfermos mentales graves como el de la doctora Noelia de Mingo reincidente en su pulsión homicida después de haber sido condenada por un crimen anterior en su Hospital. Pero la verdad es que este tipo de crímenes son poco frecuentes, me refiero a los crímenes que cometen enfermos mentales verdaderos usualmente aquejados de formas malignas de esquizofrenia, donde los motivos para el crimen están relacionados con delirios paranoides u ordenes que el paciente acata automáticamente sin ningún tipo de juicio por su parte.

Pero en realidad los crímenes tienen casi siempre tres móviles 1) la venganza, 2) el sexo y 3) el dinero. También existe el arrebato criminal, es decir aquel que sucede sin ningún tipo de planificación y que responde a un estado mental que pudieramos calificar de enajenación puntual después de una discusión banal de tráfico o de bar, casi siempre en relación con drogas o alcohol.

Pero existen otro tipo de crímenes como el de Lardero que nos ponen los pelos de punta precisamente por dirigirse hacia un niño en una persona con antecedentes muy violentos y que ya había demostrado su interés por los niños y cumplido condena por un crimen anterior con motivación sexual y mucho sadismo de por medio. Dicho de otro modo, se trataba de un psicópata y también de un pederasta y vale la pena recordar que la pederastia es una patología no solo admitida por las clasificaciones internacionales sino por el sentido común: pero hay algo averiado o roto en esas personas que llamamos psicópatas y que no nos atrevemos a clasificar como patología mental quizá porque los rasgos psicopáticos son muy frecuentes en la población general tomados de uno en uno y de alguna forma «ser un psicópata» no fractura de un modo tan impetuoso el sentido de realidad como una psicosis. Un psicópata es una persona indistinguible de cualquier persona, incluso a veces es una persona con cierto atractivo o agradabilidad. Su locura no es cognitiva como en las enfermedades mentales comunes sino moral, y lo moral de momento no está clasificado en ningún manual de psiquiatría, tampoco los DSMs parecen estar interesados en ello.

De manera que lo mejor para saber algo sobre criminales es leer a Dostoyeski, más concretamente «Crimen y castigo».

La Rusia de Dostoyevski.-

Dostoyevski nació en Moscú en el primer cuarto de siglo XIX, me interesa sobre todo dar cuenta de la situación de ese país bajo el dominio de los zares y de las causas de su atraso, también me interesará describir su sociedad dividida en castas inmutables y en un anhelo que parece brotar de todos y cada uno de los personajes de Dostoyevski, me refiero al anhelo de adquirir un mayor estatus del que se tiene, algo que el maestro describe con minuciosas descripciones de la vida corriente en cada un de sus personajes.

El 80% de la población rusa eran, en aquel momento «siervos». Un siervo no era un esclavo como los de USA, tenia ciertos derechos, por ejemplo tenia admitida su condición de humano, por tanto el dueño no podía matarlos, aunque podía maltratarlos y venderlos. Los siervos no podían abandonar la heredad que les correspondía ni viajar libremente y si esta heredad era vendida ellos formaban parte de esa venta aunque podían ser vendidos aisladamente de la tierra.

Vale la pena señalar que las condiciones de vida de estos siervos era -sin embargo- muy parecida a la de los esclavos de las plantaciones de algodón de USA y que el maltrato y el látigo solían ser la forma de castigo usual para cuando las expectativas de los amos no fueren cumplidas. Lo importante es señalar que el padre de Dostoyeski -que era medico en un Hospital de pobres- tenia siervos a su servicio en alguna de esas fincas enormes dedicadas a abastecer de cereales las grandes ciudades rusas. El padre de nuestro autor fue asesinado precisamente como venganza de sus siervos. Es interesante señalar ahora que en Crimen y castigo, Raskolnikov también tiene un padre que es asesinado; hay pues ciertas concomitancias autobiográficas entre Dostoyevski y Raskolnikov. Podríamos decir que Dostoyeski y Raskolnikov son la misma persona aquejada por un trauma que para Freud, fue determinante en su vida ulterior. En su ensayo «Dostoyeski y el parricidio» plantea Freud su hipótesis de que la culpabilidad de ambos personajes -uno real y otro imaginario- procede de este hecho. Culpabilidad que deriva del hecho -según Freud- del deseo parricida que ambos desarrollaron a lo largo de su vida. Cosa que, por otra parte es probablemente cierta a poco que sepamos del carácter de estos padres de aquella época, excesivamente severos en su trato con sus 7 hijos, en suma lo que hoy entendemos como maltratadores y que a la postre le costó la vida.

Paradójicamente la servidumbre operó como un freno para la revolución industrial, mientras las clases trabajadoras progresaban en toda Europa gracias a la aparición de las clases medias y la «mentalidad de tendero», los pequeños negocios que hoy llamamos Pymes, en Rusia el atraso de una sociedad agrícola, con estructuras políticas y leyes anticuadas y una población analfabeta, atrasada y famélica no logró escapar de su destino ni siquiera con la medida del zar Alejandro de liberar a los siervos.

Liberar a los siervos no resolvió el problema sino que lo agravó. Lo que sucedió fue que muchos de ellos emigraron a las grandes ciudades, Moscú y San Petersburgo, pero allí no solo no había trabajo sino que las condiciones de vivienda eran degradantes, el hacinamiento era la regla: una familia con 5 o 6 hijos vivían amontonados en una habitación donde escaseaban no solo los alimentos sino la calefacción. San Petersburgo alcanzo en 1844 una temperatura de -35 º C. Podemos adivinar las condiciones en la que aquellos ex-siervos -ahora liberados- vivían sus vidas agravadas por el vodka y todos los vicios. Lo usual era que las muchachas jóvenes se prostituyeran para mantener a sus familias donde siempre había un padre borracho, algo que también describe con toda clase de detalles nuestro autor.

Raskolnikov es un estudiante de derecho que queda sin recursos y no puede seguir estudiando, se dedica a vagar, visitar tabernas, escuchar conversaciones y tratar con todo tipo de parias que la vida le pone a mano. Lo interesante de su psicología es que Raskolnikov presenta cierta anomalía mental que es difícil de atrapar y sobre todo una personalidad complicada. Por ejemplo, piensa que existe y debe existir una doble moral, una para los hombres corrientes y otra para los hombres extraordinarios, aquí se encuentra en embrión la teoría del Superhombre de Nietzsche del que Dostoyevski es un adelantado. Naturalmente Raskolnikov siente que pertenece a este tipo de hombres, algo que es recurrente en la obra de Dostoyeski: sus personajes tienen pretensiones (como él las tuvo literarias). Pretenden cosas que existen pero que no están a su alcance, merced a esa sociedad cerrada que no permite ascensores sociales en su seno: la única manera de progresar en esa Rusia es el matrimonio, no es de extrañar pues que cierta frustración social acompañe a todos y cada uno de los personajes del autor. Frustración que además les acompaña en sus aventuras sentimentales. Ser rechazado por la dama a la que se aspira es otro de los temas de Dostoievski, parece que en Rusia en esa época nadie obtiene lo que desea.

Pero la frustración de Raskolnikov es el dinero pues está siendo mantenido por su madre y su hermana aunque dispone de algunas joyas que empeñar e ir tirando. Eso hace cuando conoce a la vieja prestamista, una usurera.

La figura del usurero es una figura antipática para todos nosotros, lectores de novelas. Cobrar intereses por prestamos que se conceden a veces en condiciones dramáticas es algo que nos desagrada, que nos conmueve. Es por eso que el crimen de Raskolnikov cuenta con las simpatías del lector, a fin y al cabo la vieja prestamista era un personaje despreciable, se lo merecía. Quien no se lo merecía era la joven sobrina que por accidente coincide en la escena del crimen y se lleva también un hachazo por parte de Raskolnikov y aquí comienzan las dudas del lector: «No quise matarla» le confiesa Raskolnikov a Porfirio el juez que investiga el crimen.

Lo cierto es que el robo parece el movil del crimen pero Raskolnikov pierde parte de su botín en su huida y además entierra la otra parte sin que en toda la novela tenga la necesidad de rescatarlo. El botín le quema en las manos. Podriamos decir que le enferma pensar en él.

Lo cierto es que su crimen no parece un crimen psicopático a juzgar por los sentimientos de culpabilidad que le siguen (un psicópata no siente culpa). Más que eso, después del crimen Raskolnikov parece entrar en un estado disociativo, que Dostoievski llama «delirio» por su parecido a un delirio febril. Raskolnikov enferma después del crimen y sobre todo siente una pulsión que podríamos llamar «pulsión a confesarlo todo», pues esta es quizá la mejor forma de quitarse de encima la culpabilidad que siempre es individual. El castigo es la mejor forma de purgar una culpa.

Vale la pena que el lector lea el próximo post dónde abordaré los diálogos entre Raskolnikov y su médico Azimov. Observaremos allí como existió una psicología realista antes de que existiera una psicología naturalista calcada del modelo biomédico.

Hoy es precisamente ese modelo biomédico el que no nos permite calificar de forma psiquiátrica al asesino de Lardero. No cabe en las clasificaciones, se cae por las grietas y es posible que encontremos en TVE durante un tiempo a psiquiatras diciendo que estos criminales no están enfermos pero si perturbados o enajenados. Esta contradicción hay que perseguirla históricamente a través de la novela que es mucho más fiable y descriptiva que las historias clínicas de entonces y las de ahora.

Bibliografía.-

S. Freud (1927) Dostoyevski y el parricidio

Independencia

Este post contiene spoilers, es decir revela datos de la trama de la novela citada, el lector no deberá seguir adelante con la lectura del mismo si planea leerla.

La continuación de Terra Alta de Javier Cercás

Melchor Marin es el protagonista de ambas novelas de Javier Cercás, la primera de ellas nos presenta a un policía de los Mossos que tiene un oscuro pasado, un pasado de «hijo de puta», una puta -su madre asesinada en extrañas circunstancias y cuya muerte nunca fue aclarada- y una estancia por la prisión después de haberse metido en oscuros negocios del menudeo de drogas. Es en la cárcel donde Melchor se redime, gracias a un recluso, el Francés que ejerce de bibliotecario de la prisión. Es allí donde Melchor descubre «los Miserables» que desde ese momento se convertirá en su libro de cabecera y no sólo eso: comenzará a interesarse por la literatura precisamente a raíz de esa lectura.

La lectura le redime.

Melchor sale de la cárcel con una decisión firme: encontrar a los asesinos de su madre y es por eso que se convierte en policía al mismo tiempo que en un héroe del cuerpo al abatir a unos terroristas en Cambrils (este es un hecho real que Cercás utiliza para mezclar realidad y ficción). Es por eso que sus jefes deciden quitarlo de la exposición publica y mandarle a la Terra Alta, una comarca catalana con sede en Gandesa, escenario en la guerra civil de grandes matanzas. Es allí donde Melchor inicia una nueva vida y conoce a Olga -la bibliotecaria- con la que se casa y vive con ella los mejores años de su vida. Tienen una hija que se llama Cosette igual que la heroína de Victor Hugo a quien Jean Valjean rescata de la miseria.

Pero el que nace poli siempre es poli y Melchor interviene en un asunto de asesinato de una familia muy conocida y ayuda a resolverlo sin demasiadas ganas de atribuirse el mérito, sobre todo porque también su mujer es asesinada por los malotes que tratan de alejarlo del caso. Al final Melchor encuentra a los asesinos y logra meterlos en la cárcel. El ambiente de Terra Alta es bastante opresivo y teñido aún de la tragedia de la guerra civil, que Cercás nos recuerda quizá porque este escenario forma parte de sus recuerdos de infancia, pero lo cierto es que «Terra alta» no me gustó demasiado. Se trata de una novela policiaca donde el suspense gira en torno a dos búsquedas simultáneas: la de los asesinos de su madre y la de los asesinos actuales que son los mismos que asesinan a su esposa. La historia siempre se repite a veces como tragedia y a veces como farsa, pero los personajes como Melchor son de una pieza y con pocos matices, es por eso que su destino de poli bueno, no se disipa con el tiempo y Cercás ha escrito una segunda parte con ese personaje ta cercano al Clint Eastwood de «Harry el sucio».

Porque Melchor es un justiciero, de esos policías que precisamente por serlo saben que los malos casi siempre salen de rositas y es precisamente esa la razón por la que en ocasiones se extralimita en el cumplimiento de la ley. La ley de los miserables. Los policías siempre saben quien es el culpable de un delito pero esto ha de demostrarse en los tribunales lo que redunda en beneficio del culpable, por otra parte el sistema judicial no busca la verdad sino solo aquella parte de la verdad que es jurídicamente estable y que nunca coincide con la verdad histórica ni con las narraciones (confesiones) pero siempre coincide con la novela escrita por un narrador omnisciente.

En Independencia Melchor es requerido en comisión de servicios para ayudar al que fue su jefe en la Terra alta y recién ascendido gracias a sus pesquisas. Se trata de averiguar quién está chantajeando a la alcaldesa de Barcelona asegurando que poseen un video sexual sobre ella.

Y este es el mejor hallazgo de Cercás pues aprovecha para escudriñar dentro de la política catalana sin miramientos. «Independencia» es una novela que puede leerse sola, sin haber pasado por la anterior y en ella Cercás brilla a una altura bastante más luminosa que en «Terra», quizá porque ha conseguido llegar a un pacto con sus propios fantasmas, me refiero a sus fantasmas políticos, pues «Independencia» es una trituradora política de eso que ha venido en llamarse «la burguesía catalana» que terminó por someter a toda Cataluña a una sacudida gratuita e incierta a través del «Procés» y que ha llevado a Cataluña a una espiral de ignominia y de ruina. No deja de ser curioso que el sentido común catalán (el seny) haya pactado con anarquistas y populistas para llevar a cabo una tarea imposible por más que el anhelo de independencia haya calado en la mitad de la población. Lo cierto – y eso es lo que la novela denuncia- es que los políticos catalanes han utilizado este anhelo para dirigir a las masas hacia su infortunio mientras ellos mismos descreen del procés.

«Independencia» es una de esas novelas que una vez comenzadas mantienen el interés del lector y su ritmo es trepidante, a veces tienes la impresión de que estás viendo una película, o mejor un juego de ordenador donde unas escenas y unos personajes te llevan indisimuladamente a otros dejando rastros de pruebas falsas que solo la pericia de Melchor termina por esclarecer.

La alcaldesa de Barcelona es Virginia y se trata de una mujer ambiciosa y hecha a si misma con la ayuda de su marido ricachón y cínico que es quien la promueve y ejerce su mentoría para terminar divorciándose de él como suele suceder en este tipo de matrimonios: cuando Virginia supone que puede valerse por sí misma.

Pero se equivoca pues Virginia como todo el mundo tiene también un pasado y no hay peor amenaza para un político que su pasado. Y todo marido o esposa es quien más sabe de su pasado.

La primera sospecha es que su ex marido y Vidal -su teniente de alcalde- tienen algo que ver en ese chantaje. es algo demasiado obvio: ambos tienen razones para ello pero la historia ha de dar aún algún vuelco para que todo encaje y es Melchor quien lo hace encajar sacando lo mejor de su instinto justiciero.

Y lo hace como siempre saltándose la ley y ejerciéndola a su manera, ocultando datos y moviendo ficha intentando siempre que en todo caso paguen los verdaderos criminales y no solo los hombres de paja que estos usan para su servicio o para endosarles los muertos. Melchor es más un protector de desdichados -como Jean Valjean- que un funcionario al servicio de la Ley.

Y Melchor Marin lo descubre y termina su misión y vuelve a la Terra Alta donde espera dejar el cuerpo y hacer oposiciones para bibliotecario.

Pero un poli es siempre un poli.

Parecido, mimesis y empatía

A menudo los hijos se nos parecen
Así nos dan la primera satisfacción
Esos que se menean con nuestros gestos
Echando mano a cuanto hay a su alrededor

(Joan Manuel Serrat)

Serrat pone en esta canción (Esos locos bajitos) el dedo en la llaga respecto al parecido que los niños presentan con sus padres. ¿En qué consiste ese parecido?. Naturalmente en principio, en algo visible, los niños no son pizarras en blanco y traen de serie algunos elementos fácilmente identificables con una u otra estirpe, según la dominancia de ciertos alelos. Así es frecuente que ciertas narices se hagan ostensibles ya en época fetal, ese tipo de narices que identifican a una familia chata. También los ojos, el pelo, la barbilla son elementos recurrentes en un linaje cualquiera . Pero hay otras cosas que no son tan visibles: la estatura que ese niño alcanzará en su edad adulta, su inteligencia y las enfermedades que padecerá de mayor son también señas de identidad, los hijos también se nos parecen en eso.

Y es verdad que así nos dan la primera satisfacción pues alguien ha pensado alguna vez si ¿sentiríamos empatía por un bebé que se parece a nuestro mas despreciable enemigo? A veces sucede que el niño no se parece, no nos recuerda a nadie, ni de la familia de él ni la de ella, entonces quedamos ciertamente pasmados, algo así debe sucederles a ciertos pájaros cuando se dan cuenta de que sus polluelos no son de su especie sino de un cuco tramposo.

Los hijos se nos parecen ya al nacer sin que haya mediado ninguna influencia medioambiental, más allá del útero pero aquí no termina la cosa porque el niño bien pronto comenzará una danza de gestos a través de ese espejo que es su madre: reaccionará a su semblante y se mirará en él compartiendo sus señales de alegría y de cualquier otra emoción. Es necesario recordar ahora que el «Yo es el otro», como decía Lacan pero también Rimbaud. Dicho de otra manera, nuestro Yo, nuestra identidad se forma a través de los materiales de la madre o el padre. Más concretamente lo hacemos a partir de los estados mentales que detectamos en la cara de ese Otro, en sus gestos y posturas, más tarde onomatopeyas y frases hechas.

Pero aquí no termina la cuestión del parecido porque venimos también de serie equipados para la imitación, para la mimesis que implica tanto la exterocepción como la interocepción. La mimesis no es sinónimo de imitación sino que requiere adoptar la actitud del modelo, postura, gestos y disposición de ánimo. No es algo que se aprende por imitación simple sino por aprehender los esquemas corporales de las acciones de los otros (Marino Perez, 2012). No es algo consciente ni voluntario, sino algo que acaece automáticamente, sin darse cuenta apenas, uno acaba -como el niño de Serrat- andando, riendo, gesticulando como lo hace su madre o su padre. Estamos en el campo de la mimesis pre-conceptual, de la mimesis pre-reflexiva. La mimesis es el soporte del estilo de un individuo, algo que va más allá del parecido e incluso podríamos decir que tiene más peso que el parecido físico: muchos niños adoptados acaban pareciéndose a sus adoptantes precisamente a partir de la mimesis que hacen de ellos y también de la necesidad de ellos de que sea así.

Del mismo modo la empatía está emparentada con la mimesis y supone «sentir con y cómo el otro» que nos afecta con su sentimiento, sea de malestar o bienestar. Es por eso que las madres deprimidas transmiten sentimientos de malestar a sus hijos o aquellas con baja empatía terminan por criar hijos similares. A veces solemos atribuir a la genética este tipo de parecidos, pero no tomamos en cuenta el juego de balanceo, la danza que se produce entre los semblantes de madres, padres e hijos para configurar estos estados que se activan automáticamente más allá de la voluntad. Y sin empatía no hay apego. Hablo de esa empatía caliente, pre-reflexiva que nos hace vibrar con las modulaciones del otro y que es la empatía verdadera, pues la otra, la empatía fría, racional la puede sentir hasta un psicópata o cualquier persona que haya desarrollado una hiperempatía quizá como resultado de un deficit de empatía caliente.

Es por eso que amar a nuestros hijos es la mejor forma de criar niños amorosos y sanos. Ahora bien, el amor es un sentimiento y un sentir es siempre un híbrido entre lo que se percibe y lo que se experimenta. Es por eso que pueden aparecer disonancias entre ambos campos. Podemos amar a alguien (experimentar) pero podemos percibir que no nos quieren o anticipar que no nos van a querer. Es por eso que el amor no es una pócima que todo lo cura, un bálsamo de Fierabrás sino un nudo que -en cualquier caso- hay que desenredar. Nadie sabe porque nos quieren los que nos quieren, ni podemos saber porque no nos aman los que deberían amarnos. tampoco sabemos las razones por las que amamos a quien no nos conviene como aprendimos en Anna Karenina. Algo de eso dice el conde Brodsky al ser preguntado por la Karenina que lleva su pasión amorosa hasta el borde de lo irracional, pues nada es más irracional que suicidarse por amor.

Ahí en esa irracionalidad encontramos a veces la pasión amorosa cuando se traspasan los limites que la sociedad impone en el caso de la Karenina, pero también cuando olvidamos que ese dipolo que el amor es un sentimiento para saltar la distancia entre objeto y sujeto y se convierte en una hazaña para desafiar un concepto. Karenina se enamora del amor (el concepto), en este caso romántico que inauguraría una era de mayor libertad para las mujeres, pero también de un mayor extravío. En este sentido la subjetividad de la Karenina inaugura la modernidad en Rusia como en Francia la inauguró Flaubert con su madame Bovary.

Amamos a nuestros hijos porque son nuestros y se nos parecen y empáticamente podemos sentir amor -en otro nivel de intensidad y definición- por los hijos de los demás. En realidad la ternura que experimentamos por los niños procede de su vulnerabilidad y de nuestra capacidad de empatizar con ellos. Los dipolos, ambos han de estar activados.

Con el tiempo entramos en una mimesis y en una empatía conceptuales, reflexivas. Ya no imitamos a nuestros modelos (con el tiempo aparecerán otros modelos) más que marginalmente. Lo hacemos siguiendo su estela, sus logros. El chico que quiere estudiar medicina porque su padre o madre son médicos aspira a un estatus similar al de ellos, lo que se mimetiza aquí ya no es un estado mental, ni unos gestos o una manera de moverse sino un estatus, una manera de ser-en-el-mundo, pues la elección de una profesión es precisamente eso, una forma de estar en el mundo que precisa de un complemento de habilidades para llevarla a término. Del mismo modo podemos hacer una elección inversa tratando de hacer todo lo contrario de lo que hemos observado, en cualquier caso se trata de una copia del original que se toma como referencia.

Lo interesante en esta cuestión es que no se mimetiza todo sino solo una parte, una parte que es suficiente para abrir el dipolo, pues la imitación de algo se hace para que pase la corriente entre un sujeto y un objeto pero no es necesario hacer una copia precisa al carbón del objeto en su totalidad. Hablamos entonces de identificación, una persona puede identificarse y suele hacerlo de una característica de su parentela no necesariamente benéfica. Un depresivo puede ser un depresivo como su madre, alcohólico y violento como su padre o un migrañoso como cualquiera de ambos. En este sentido la identificación se acopla y señala siempre en la dirección de la toxicidad que motivó el malestar, pues es también una forma de abrir el dipolo cuando todo ha fallado.

La enfermedad vincula al sujeto con su objeto perdido cuando no se pudo llevar a cabo de otra manera.

Debe ser esa la razón por la que abandonar ese habito, aun patógeno es tan difícil.

¿Qué quieren los dioses?

Dios existe pero los dioses que adoramos son todos falsos (Freixedo)

Por alguna razón que no alcanzo a vislumbrar los dioses de todas las religiones conocidas decidieron mantener al hombre en la precariedad, esta es la razón principal que lleva a Freixedo a declarar en este libro, muy interesante no solo por lo que en él se revela sino aun más por lo que calla.

El mito de Prometeo.-

Prometeo no era un Dios sino un titán, es decir una especie de superhombre amigo de nosotros los mortales y a los que trajo el invento del fuego, necesario para calentarnos, cocinar y hacer sacrificios a los dioses. No cabe duda de que el invento del fuego y su administración supuso un antes y un después en la evolución de los homínidos. Pero Zeus no estuvo de acuerdo con esa maniobra del bueno de Prometeo y le condenó a vivir atado a una roca en el Cáucaso donde un águila iba comiéndole poco a poco su hígado mientras que por la noche se regeneraba.

Prometeo era mortal y en otras formas del mito se supone que fue él quien moldeó a su semejanza a los hombres y es por esta razón que es considerado un benefactor de la humanidad y su generosidad se tradujo en el hecho de ofrecerse a Zeus como recambio de la inmortalidad de Quirón herido en su parte animal por una flecha de Heraclés y sometido a grandes tormentos -inmortales- por ser su herida incurable.

De manera que hay que destacar la generosa conducta de Prometeo y compararla con la de un dios como Zeus, celoso, cruel, libidinoso y arbitrario en sus castigos cuando los hombres o los superhombres no obedecen sus designios.

Esta idea de dioses vengativos, celosos o viciosos no es privativa de la mitología griega y podemos rastrearla en el Yahvé bíblico. Recordar la manía de Yahvé por los sacrificios, la sangre y el tratamiento de los despojos de la carne de los animales. En el libro de Freixedó se explora esta debilidad de los dioses por la sangre, por determinadas vísceras (como el hígado o los riñones) y determinados procedimientos para llevar a cabo los sacrificios, usualmente por degollamiento a fin de aprovechar la sangre de la manera más útil para ellos. El resto de los despojos podía quemarse una vez apartados de las -digamos- zonas nobles.

Yahvé es el Dios de los judíos y de los cristianos y como en todas las religiones nos impuso una serie de restricciones sobre la comida, la bebida, los sacrificios y la vestimenta, el decoro y la conducta sexual. Los ayunos, abstinencias, la prohibición de comer carne, del alcohol, o los mariscos. La prohibición selectiva de comer carne de cerdo o de vaca está representada en todas las religiones y la prohibición de matar animales incluyendo a los insectos se encuentra aun activa en otras.

Del mismo modo todas las religiones imponen el culto colectivo en determinados templos erigidos a ciertos dioses, los sacrificios (holocausto) se suelen realizar en sus puertas y requieren la participación activa de todo el grupo de creyentes que están obligados no solo a acudir a esos lugares sagrados de forma obligatoria sino a participar en su liturgia con una frecuencia dispar según religiones. Nosotros los cristianos estamos obligados a oír misa una vez por semana, los Domingos, que fueron creados por Dios para descansar (aunque los judíos celebran el sábado). Todo parece indicar que a los dioses les gusta vernos reunidos, postrados ante ellos. es como si la cohesión y sincronización de los cerebros de los creyentes amplificara algo que para ellos es vital. La mente colmena es el sueño de todos los dioses conocidos y lo que más les gusta a los dioses son ciertas emociones excitadoras como el dolor, el miedo, la expectativa y la incertidumbre. Aunque lo cierto es que nosotros los cristianos hemos sustituido la sangre por el vino, vale la pena recordar que el vino es el sustituto simbólico de la sangre y lo es tanto por su valor calórico y energético, también por el color.

De modo que la creencia de que nuestros dioses son protectores es una verdad a medias. Lo son en un sentido podríamos decir infantil pero al mismo tiempo practican una especie de sadismo contra nosotros que se manifiesta en ordenes arbitrarias, castigos irrecurribles y cierta tiranía en su gobierno espiritual. Uno no acaba de entender que tiene que ver el amor con la sangre y los sacrificios. Es como si los dioses fueran adictos a algo que tenemos nosotros tanto los hombres como los animales. También los vegetales aunque en menor grado. Es por eso que los incendios también son del gusto de los dioses.

En conclusión Prometeo señala en la dirección de que no todos los dioses son benefactores de la humanidad y aunque estos existan los más frecuente es que los dioses inventaran las religiones imponiendo según cada cultura, su propio sistema exóterico, es decir las reglas por las que querían ser obedecidos y que van desde los sacrificios humanos de los aztecas hasta las prohibiciones alimentarias.

En este sentido hay muchos dioses (con d minúscula) pero un solo Dios con mayúscula del que apenas sabemos nada muy probablemente porque escapa a la comprensión de nuestro cerebro.

Las escaleras cósmicas.-

Del mismo modo que un teniente de la Guardia Civil puede llegar a ser general del mismo cuerpo es imposible que ese teniente sea almirante de la Armada. Este es el ejemplo que pone Freixedo para ilustrar la existencia de diversos planos, de un multiverso donde existen escalafones múltiples. En el nuestro están los vegetales, los animales, los hombres y los superhombres. Los dioses pertenecen a otro escalafón y son tan diferentes entre si como lo somos entre nosotros los individuos humanos. De manera que hay múltiples dioses, unos benefactores y otros malvados, si bien ellos nos contemplan del mismo modo que nosotros vemos a las gallinas: sirven para alimentarnos, ellos los dioses no nos quieren para comernos (excepción hecha del tema de la sangre) sino para imponernos su mandato. Lo que pretenden es dominarnos, sin más. Los malos dioses viven de nuestro dolor.

Entre una escalera y otra hay una separación que para nosotros es invisible e impracticable, no podemos convertirnos en dioses pero ellos si son capaces de trasplantarse a nuestra dimensión y por eso a veces se nos manifiestan, con apariciones, contactos, inspiraciones, conversiones y otros fenómenos emparentados con la maldad, la locura o la beatitud.

Según Freixedo estas manifestaciones han estado presentes en toda la historia de la humanidad y han ido tomando formas distintas según las creencias de cada tiempo y cultura. En la antigüedad estas apariciones estaban presididas por formas religiosas: un Dios se aparece a un pueblo a través de un profeta y le ordena usualmente una caminata hacia un lugar concreto: eso sucedió con los aztecas (desde Arizona hasta Mexico) y con el pueblo hebreo (De Egipto a Palestina), bajo la promesa de ser el pueblo elegido, caminatas largas y penosas a veces llevadas a cabo con cierta maldad que incluía dar vueltas y vueltas sobre un mismo desierto. Las apariciones marianas son la versión católica de estas manifestaciones y aunque hay muchas de ellas que han resultado fraudes otras están perfectamente documentadas como las apariciones de Fátima.

Ahora ya no se aparecen vírgenes (hadas) sino Ovnis.

El fenómeno ovni existe más allá de toda duda, no solo existen los testimonios individuales, sino apariciones colectivas, visualizaciones masivas, contactos personales, desapariciones de personas, matanzas de animales (para desangrarles), detecciones por radar, persecuciones aéreas e incluso conversaciones. Lo importante es comprender que según Freixedo, estas apariciones de objetos voladores no identificados representan el mismo fenómeno de los dioses primitivos que se aparecían trasvestidos de animales, de hadas, dragones, tormentas o  elfos.

La mayor parte de la gente interesada en el fenómeno Ovni cree que se trata de extraterrestres que pretenden contactar con nuestro mundo y que tienen intenciones pacíficas. Esta opinión es una novedad que no se dio durante la guerra fría: entonces las intenciones que atribuíamos a los extraterrestres eran siempre bélicas, hace falta ver películas de ciencia ficción de aquella época (años 50-60) para contemplar como han cambiado nuestras opiniones sobre esta colonización extraterrestre. parece que el buenismo de nuestras sociedades ha alcanzado a los extraterrestres.

Pero en realidad -según Freixedo- no son extraterrestres sino dioses que comparten con nosotros el mismo lugar. Están aquí, entre nosotros, solo que al habitar un distinto plano de realidad electromagnética, no podemos verlos. Pero ellos si pueden hacerse de notar cuando quieren y bajo cualquier apariencia como Proteus, aquel monstruo que aparece en la Odisea y que unía su capacidad de adivinar el futuro con una enorme capacidad para mostrarse de cualquier forma.

Los mitos hay que tomarlos muy en serio y de los dioses embaucadores hay que mantenerse alejados.

Un soneto de Borges sobre Proteus:

 

Antes que los remeros de Odiseo
fatigaran el mar color de vino
las inasibles formas adivino
de aquel dios cuyo nombre fue Proteo.

Pastor de los rebaños de los mares
y poseedor del don de profecía,
prefería ocultar lo que sabía
y entretejer oráculos dispares.

Urgido por las gentes asumía
la forma de un león o de una hoguera
o de árbol que da sombra a la ribera

o de agua que en el agua se perdía.
De Proteo el egipcio no te asombres,
tú, que eres uno y eres muchos hombres