La verdad y sus aristas

No hay que fiarse nunca de las versiones oficiales de los hechos, sobre todo cuando la verdad implicaria entrar en guerra. Es por eso que siempre existen versiones de los hechos trascendentes en la historia de un pais. estas versiones -siempre multiples- están destinadas a ocultar la verdad, tal y como podemos ver en este grafico:

Donde la verdad, -siempre única- es una figura casi imposible en tres dimensiones y que parece ofrecer una sombra de sí misma en cada una de estas tres dimensiones donde ocurre nuestra vida cotidiana.

Un ejemplo de cómo la verdad oficial es una tapadera de lo que realmente sucedió lo tenemos en el hundimiento de Kursk, aquel submarino, joya de la armada rusa. Lo curioso es que la verdad no se quiso admitir, pues de haberlo hecho hubiera sido inevitable un conflicto entre las dos potencias que nos hubiera llevado hacia la III guerra mundial. La hipótesis del accidente interpuesto se llevó el premio, pero ahora sabemos la verdad de lo que sucedió.

¿Qué hubiera sucedido si los rusos admitieran públicamente que los submarinos americanos fueron los causantes del hundimiento del Kursk?

Muy probablemente el asesinato de Kennedy o la autoría del 11-M tienen una explicación similar. Tragar la mentira es mejor que admitir la verdad, aunque todos sepamos que la mentira es mentira o una parte parcial de la verdad. Vivimos pues instalados en la hiperealidad.

La hiperealidad es la realidad que percibimos filtrada por intermediarios (Baudrillard).

Omnipresencia de la información, imperativos mediáticos, violencia cotidiana. En un nuevo estilo de subjetividad característico de la sociedad de la comunicación y el consumo, el sujeto, enfermo de hiperrealidad, urgido a vigilar sus fronteras, evoca la imagen de un sí mismo centrifugado hacia sus bordes y vacío en el centro, arrinconado a una modalidad de rasgos fronterizos aun si ésta es transitoria, defensiva y funcional. Este sujeto siente como principal objetivo la necesidad de frenar cantidades de excitación. (Sonia Abadi)

El corazón helado

Este post contiene spoilers, es decir revela datos de la trama de la novela citada, el lector no deberá seguir adelante con la lectura del mismo sí planea leerla.

Confieso que Almudena Grandes (DEP) no me era nada simpática y que de ella solo leí en su día «las edades de Lulu», una novela erótica como se llevaban en los años 80 y que accedió a un premio casi prefabricado para ella (La Sonrisa vertical). Volví a interesarme por su obra cuando sobrevino aquella polémica en el ayuntamiento de Madrid que pretendía hacerla hija adoptiva o ciudadana excelente o algo así. Después, hasta le pusieron su nombre a la estación de Atocha, una especie de sobreactuación de nuestros políticos madrileños. Pero alguien me aconsejó leer este libro que parece que vaya a helarnos el corazón y vaya si lo congela.

Lo cierto que esta es una gran novela y me importa poco si me era simpática o antipática su autora. Una de las mejores novelas que he leído en los últimos años, una novela llena de literatura de la buena, de hallazgos de estilo, una novela polifónica contada a varias voces, de una riqueza exuberante en la descripción de personajes llenos de matices y de dramáticas subjetividades algunas comprensibles e intuitivas y otras no tanto. En cualquier caso una obra maestra.

Se trata de la historia de dos familias de un mismo pueblo (Torrelodones) con un destino divergente en una España desgarrada por la guerra civil, unos -los rojos- con un destino de exilio y de derrota -Ignacio Fernandez- y otros triunfadores -los fachas de entonces- encarnados por un personaje central, Julio Carrión. Ambos prácticamente de la misma edad y con itinerarios distintos, uno en el exilio por comunista y otro en la División azul con objeto de apuntarse al bando vencedor, después de haber pertenecido a un partido socialista, el JSU.

Familia Carrion (fachas)

Familia Fernandez (los rojos)

La narración de Almudena Grandes señala de manera inequívoca a su querencia de izquierdas, pero resulta que no nació durante la guerra sino en 1960, 9 años mas tarde que yo mismo. de manera que Almudena no vivió durante la guerra civil y el sitio de Madrid y todo lo que cuenta lo saca de su memoria familiar y sus narrativas y de los libros que haya podido leer sobre el asunto que básicamente se desarrolla en el sitio de Madrid. Y no lo digo en tono de critica pues nadie puede renunciar ni a su experiencia ni a su memoria, pero la literatura no es un genero periodístico ni historicista, la literatura no busca la verdad, se trata de ficción, es decir de la suspensión de la realidad (Jesus G. Maestro). Pero si la literatura existe es precisamente porque la realidad y la historia sobre lo que sucedió carecen de sentido. Casi todo en la vida y no digamos en la historia pasada carece de sentido aunque todos nosotros nos ocupamos de encontrárselo y a veces hasta lo conseguimos. Y es por eso que necesitamos a la literatura pues nosotros los humanos lo que necesitamos es sentido. Y Almudena Grandes nos lo da mascado y digerido: el sentido de todo lo que sucedió en la guerra civil es fácil de contar: había unos malos muy malos que se alzaron en armas frente a un régimen -elegido democráticamente- de gente buena muy buena, y muy culta y razonable que no hicieron sino defenderse de forma heroica para rechazar a los moros que venían de Africa con el general Franco. Ellos defendían la democracia y la república, la igualdad y la libertad, y siguiendo algunas de sus frases, «todas las personas decentes eran republicanas». Una frase como esta bien valdría para refutar todo el texto pero recordemos que estamos hablando de una novela y esta explicación que es la de Almudena Grandes -a través de la boca de Alvaro Carrión- es una frase tolerable en una novela pero intolerable políticamente.

En realidad hay quien piensa que la guerra comenzó en Julio de 1936 con el Alzamiento de Franco pero es lo mismo que pensar que todo lo que sucedió en España y Europa pongamos 5 años antes no existió nunca. La República fracasó porque el Frente popular respondía a intereses muy diversos entre los partidos que lo componían, entre otros los intereses soviéticos y alemanes y porque fue incapaz de frenar los abusos, incendios y asesinatos previos a Julio de 1936. No supo o no pudo controlar a las huestes de anarquistas e incontrolados que incendiaban conventos, atacaban a la gente conservadora de derechas o daban paseillos a quien era denunciado por algún vecino envidioso. De manera que la guerra no empezó en 1936, sino quizá en 1931 y desde luego no se trataba de una guerra entre demócratas y autócratas -esa es una versión sencilla para gente sencilla- sino de una guerra multipolar donde los intereses de la URSS, Alemania. El Reino Unido e Italia se dieron cita en España por una confluencia de circunstancias que facilitaron el dislate.

La guerra es el entorno más adecuado para que la gente apolítica se polarice. Evidentemente si yo hubiera vivido en Madrid en 1937-38-39 bajo las bombas del ejercito sublevado y sufriendo el hambre y la carestía me hubiera puesto en contra de quienes me bombardeaban. Si a alguien le matan a un padre, a un hijo o a un hermano en una guerra no dudará en ponerse en contra del agresor y a favor del contrario, como hoy sucede en Ucrania. Para un ucraniano el malo -y no digo que no lo sea- es Putin. Para los madrileños de entonces el malo era Franco, del mismo modo que para los familiares de aquellos que fueron víctimas de aquellos asesinatos llamados paseillos, los malos eran los rojos, sin distinción. Todavía hoy existen descendientes de los crímenes de Paracuellos, habría que hablar con ellos para saber qué piensan de los ejecutores de aquel crimen en masa. Es natural, los seres humanos solo tenemos una experiencia y una memoria, de manera que es inútil poner a pensar a una víctima sobre los recónditos abstractos que explicarían la guerra desde un punto de vista neutral. Las víctimas carecen de neutralidad.

Lo cierto es que fuera quien fuera el fusilado, el paseado, el exiliado o el prisionero, en casi todos los casos (digo en casi todos porque hubo muchos asesinos reales), no existen explicaciones que den sentido a esas muertes. Nadie merecía ser asesinado o ejecutado en un paredón fuera del bando que fuera, si es que leer el ABC, ir a Misa o tener un carnet de UGT es pertenecer a un bando.

Lo cierto es que la mayor parte de españoles no eran de ningún bando, casi nadie militaba en los partidos políticos, en los sindicatos o participaba en la vida política, la gente común era indiferente a la política, y esa es la memoria que yo guardo de mis abuelos que vivieron también esa guerra: gente muy acostumbrada a sufrir estoicamente y a vivir con poco, pero eso si, siempre con el fruto de su esfuerzo. Podríamos decir que el nivel de adhesión política era muy bajo y hay que recordar que España en aquella época era predominantemente rural y que no existían medios de comunicación universales como sucede hoy. La mayor parte de los trabajadores agrícolas eran analfabetos y no leyeron un periódico en su vida. Su nivel de conciencia político era por consiguiente inexistente y esta es la razón por la que el frente popular perdió la guerra, pues el único partido que tenia cohesión organizativa y disciplina era el PCE que fue barrido por un golpe de Estado del que se ha hablado muy poco. Me refiero al golpe del coronel Casado partidario de dar la guerra por perdida frente a Negrín que pretendía -siguiendo las consignas soviéticas- resistir hasta el fin. Casado que triunfó en todo el territorio español liquidó a buena parte de los comunistas combatientes debilitando así el frente de Madrid y en toda la España republicana, de modo que la República tuvo un golpe dentro de sí misma que no procedía del otro bando sino de una escisión interna que tuvo mucha influencia en el desarrollo de la guerra. Para empezar Ignacio Fernandez que era un capitán comunista se vio obligado a exiliarse en Francia después de un largo periplo huyendo tanto de sus compañeros milicianos anarquistas como de los del bando nacional. Y al llegar a Francia le metieron en un campo de prisioneros. Un sin sentido.

Este capitán comunista es sin duda el héroe preferido por Almudena Grandes, un personaje que aparece un tanto mitificado e idealizado, claro que la autora tiene todo el derecho del mundo a elegir a quién idealiza, si lo comento aquí es para señalar que en esta novela hay muchos personajes que idealizan a otros y también personajes que devaluan o condenan a otros. Y ya en clave intencional psicológica voy a hablar de esos personajes que en mi opinión revelan muchos datos de la personalidad de Almudena Grandes.

El dilema moral de Alvaro Carrión.-

Alvaro es uno de los cinco hijos de Julio Carrión, el triunfador, el simpático, el hombre de negocios que se hizo rico robándoles las propiedades a los Fernandez, un buen padre y un tipo excepcional a pesar de que Alvaro nunca quiso ser como él. Hay en toda la novela una contradicción entre el cariño que tiene a su padre y el repudio que le genera ese mundo de los negocios inmobiliarios donde sus otros dos hermanos han logrado encajar perfectamente. Alvaro es físico y profesor universitario, le va bien en su profesión, en su vida y en su matrimonio, pero es rico por poderes y esa riqueza parece que le pesa como una losa. Podríamos decir -poniéndonos freudianos- que Alvaro se siente culpable de vivir tan feliz, una vida organizada y predecible, algo que se vendrá abajo cuando conoce a Raquel Fernandez Perea, nieta enamorada de su abuelo Ignacio y porqué no decirlo, obsesionada por impartir esa especie de justicia privada que llamamos venganza.

¿Pero por qué Alvaro se siente culpable si él no ha hecho nada?

Eso mismo decían los familiares de los miles de fusilados, represaliados, exiliados, expoliados, humillados. «Si él no ha hecho nada», «si nunca se apuntó a ningún partido» » si no sabía qué significaba la palabra fascista a pesar de que le acusaban de ello». Si no había hecho nada.

De manera que la culpa es anterior a la falta como decía Freud, la culpa atraviesa las generaciones en busca de una lucidez, de un querer saber. Se equivocan los curas cuando dicen que uno solo es culpable de lo que hace, que solo podemos pecar individualmente, que no tenemos ninguna culpa de lo que hicieran nuestros ancestros. Todo en el inconsciente parece negar esta idea: la culpabilidad es un sentimiento por poderes, algo que se hereda, como cualquier patrimonio por vía paterna.

Naturalmente Alvaro y Raquel se enamoran, mas que un amor un reencuentro de almas gemelas e invertidas y entre ambos se teje la trama y desteje la memoria, aquí Almudena está magistral en esa oscilación constante entre distintas voces que van aclarándole al lector los antecedentes y el porvenir de lo que está por suceder. Raquel y Alvaro son los verdaderos protagonistas de la novela y los que identifican el presente actual con las cargas que ambos comparten de una vida paralela destinada al encuentro, a una síntesis.

No hay mas remedio que recurrir a «Los miserables» y a la psicología de Jean Valjean, aquel personaje shakesperiano que se debate entre la maldición (de su familia, de ser hijo de quién es) y la redención que procurará a través del amor de Raquel. A ella le pasa un poco lo mismo que a Javert el eterno perseguidor, justiciero de Valjean, que solo puede redimirse a través de Alvaro.

Piense usted ahora ¿qué sentiría si a la edad adulta supiera que su padre había sido un asesino, un ladrón, un delator y que hubiera confiscado los bienes de aquellos que asesinó?

Hay varias soluciones a este dilema:

1.- Negarlo todo, hacer caso omiso a todas las pruebas que se te presenten. Es lo que hace Rafa.

2.- Justificarlo. «eran otros tiempos», «vete a saber qué pasó, etc». Es la posición de Julio.

3.- No querer, saber, no querer ver, no querer oir. Es lo que hace su hermana Clara.

Alvaro opta por saber, por saberlo todo, por buscar explicaciones a todo y a abandonar su posición de comodidad en una familia organizada en torno a la memoria de un padre ideal con varios esqueletos en el armario. Podríamos decir que el único que acomete el parricidio simbólico es el propio Alvaro que será por ello repudiado por su familia que le percibe como una amenaza, pues la verdad siempre es amenazante. Pues Alvaro no se conforma con saber pretende que todos sepan qué pasó, pretende que todos vean lo que él ha visto en un ejercicio de hipermoralidad acusatoria frente a su familia.

Solo así puede perdonar a Raquel y solo así puede Raquel perdonarse a si misma sus intenciones que no eran demasiado honestas e incluso favoreció la muerte de Julio Carrión después de tratar de sobornarle con las pruebas documentales de sus expolios.

En conclusión, una gran novela que tiene muchas lecturas y múltiples interpretaciones solo añadiré que me parece un artefacto poco creíble que Raquel mintiera a Alvaro diciéndole que había sido amante de su padre. No sé usted, pero sí a mí me hace esa confesión una mujer atractiva, inmediatamente me deja de interesar. Hasta ahí me llega a mí la pulsión parricida.

Edipo siempre sobrevuela.

El hijo del chófer

Este post contiene spoilers, es decir revela datos de la trama de la novela citada, el lector no deberá seguir adelante con la lectura del mismo si planea leerla.

«El hijo del chófer» es una novela -más que una novela es una investigación periodística que se lee como una novela- de Jordi Amat y que describe a Alfons Quintá un periodista catalán que fue testigo de una de las épocas mas escabrosas de Cataluña: desde la transición y el acople del nuevo modelo autonómico hasta la caída del incombustible Pujol.

Pero a mi lo que más me ha interesado es la personalidad del susodicho Quintá del que me es posible intuir -siendo como es un personaje a medio camino entre la ficción y la realidad- que se trataba de una personalidad psicopática de la que no es ajena la época en la que vivió, desde el exilio y la vuelta de Tarradellas hasta las conspiraciones de la burquesía catalana para defenestrarle y ¿cómo no? el caso de Banca Catalana donde el Estado -comandado por Felipe Gonzalez- trató de mirar hacia otro lado y dejar impune una de las mayores estafas a sus clientes y al sistema bancario español. Es imposible comprender el fenómeno actual del procés y su deterioro y putrefacción sin escarbar en aquellos antecedentes de corrupción que rodearon aquel tiempo y como las «familias catalanas» llegaron a entretejer una red de favores, alianzas, conspiraciones, corruptelas y delaciones de los que Alfons Quintá, -buen conocedor de su mecánica- llegó a controlar de tal manera que consiguió escalar a los puestos mas relevantes del periodismo catalán, a pesar de no haber podido terminar sus estudios y tener que hacerlo en una segunda oportunidad ya de mayor.

Quintá era hijo de un viajante de comercio y por tanto disponía de un vehículo propio con el que llevaba a Josep Plá a conspirar con Tarradellas en Francia y con sus huestes pretendidamente intelectuales que le cortejaban como a una especie de gurú catalán. Toda su influencia posterior procede de estos cenáculos donde la créme catalana se reunia y pastoreaba a fin de preparar el día siguiente de la muerte del dictador. Quintá era testigo (su padre le llevaba consigo a ciertas reuniones) y fue así como trabó los contactos que le serian tan necesarios en su escalada social. Y todo a pesar de que era un chico bastante incomodo de soportar y al que no le importaba amenazar a unos y a otros para lograr sus objetivos. Eso mismo hizo con Josep Plá a quien eligió para que convenciera a su padre para que le dejara salir al extranjero a la edad de 17 años. En aquella época no se podía obtener el pasaporte sin permiso paterno y Quintá -que había fracasado en sus estudios de Bachiller- pensó en apartarse de la vida académica e instalarse en algún lugar del extranjero. Padre e hijo nunca se llevaron bien pues Josep Quintá era de esos hombres que llevan una doble vida y prácticamente no pasan por casa más que para dormir de vez en cuando. Algo así como si fuera bígamo o mantuviera una segunda esposa y terceras u cuartas, según sus itinerarios de viajante. Alfons probablemente le odiaba por eso pero sin embargo era algo así como su escudero en todos esos círculos que tanta importancia tuvieron para él en el futuro.

Su personalidad era abiertamente psicopática, le gustaba dominar y que todo el mundo se plegara a sus caprichos, era maleducado y violento y trataba de un modo tiránico tanto a las mujeres como a sus empleados. No le importaba traicionar a sus amigos o despedir a los que en un momento determinado le ayudaron. Tampoco le importaba destruir su obra cuando él ya no tenía responsabilidad en ella, era un egocéntrico insoportable. Era un amoral. En el libro de Amat podrá el lector interesado contemplar las escenas más truculentas y explosivas que puede imaginar, hasta el punto que uno se pregunta como es posible que esta persona fuera promocionada a los lugares de élite que llegó a ostentar: director del Pais en Cataluña o diseñador y ejecutor de TV3. Obviamente era un tipo muy inteligente pero también muy destructivo y sobre todo temible, quizá por eso -por el miedo que causaba- y por los secretos que podía albergar sobre casi todo el mundo se le consintió casi todo: hasta Pujol le encargo la puesta a punto de TV3 a pesar de que Quintá fue uno de los acosadores mediáticos en el tema de Banca Catalana hasta que Juan Luis Cebrian pudo quitárselo de enmedio.

Tan maleducado era Quintá que no usaba cuchara sino que bebía la sopa directamente del plato, hacía comentarios indecentes e inoportunos a las mujeres de su entorno y sobre todo padecía de una hiperfagia exagerada. Amat habla de «bulimia», pero no se trata de un trastornos alimentario, pues la bulimia es el resultado de sufrir hambre cuando una persona quiere hacer régimen pero no lo consigue. Es algo así como un mecanismo de reparación del hambre pasada en personas obsesionadas por el peso. Sin embargo en Quintá no había maniobras de compensación sino que su «bulimia» se parece más una falta de control frontal. Si unimos la hiperfagia, con el hipererotismo y los accesos de cólera tenemos un panorama que más bien recuerda a las caracteropatías prefrontales, donde el lóbulo frontal -ejecutivo- parece haber perdido la capacidad de modular, controlar, dirigir e inhibir y la conducta instintiva. El caso me parece recordar al príncipe D. Carlos, hijo de Felipe II, del que hablé aqui y también -como no- el primer Borbón español, Felipe V, el rey loco.

¿Cómo es posible que un personaje así tuviera tanto éxito en el mundo de seny de la burguesía catalana?

Para contestar a esta pregunta recomiendo a mis lectores que vuelen a leer este post sobre la ponerología.

El libro de Amat es interesante por la investigación que ha llevado a cabo, muy sistemática, pero está escrito de forma descuidada y atropellada, tanto que a veces resulta difícil de seguir. Su interés es histórico o si se quiere político, para saber cómo hemos llegado a esto hay que adentrarse en las claves que lo hicieron posible: y una de esas claves es la impunidad con la que ciertos grupos de presión han llegado a tomar todo el poder de sus territorios. La impunidad y porque no decirlo el totalitarismo con el que algunos siguen gobernando despreciando a sus ciudadanos o tratándoles como idiotas.

Madrid, 1834

En 1834 Madrid aun conservaba intacta la muralla que había construido Felipe II cuando la convirtió en la capital del reino y que encorsetó su crecimiento demográfico hasta su retirada. Extramuros, se concentraba una población inmigrante de campesinos venidos de todas partes de España que se establecieron en chabolas y barrios insalubres serpenteando el rio Manzanares, donde las aguas fecales convivían con la miseria, la enfermedad y el hambre. Intramuros, en una población ensimismada convivían los estados más altos de la aristocracia, el clero, menestrales, golfos y rateros de toda clase y condición, siendo el clero la población más abundante en aquella época y la prostitución la clave del progreso para algunas. Los palacios de la época de Carlos III y las Iglesias con sus bóvedas que parecían reclamar su parte de prestigio al cielo conformaban gran parte de su paisaje que contrastaba con la pobreza de los barrios más populares y por supuesto con aquellos que vivían fuera de la cerca siempre cerrada a cal y canto sobre todo después de la epidemia de cólera que se había desatado en España dos años antes.

El cólera vino de la India y entró en España por Vigo a través de su puerto, pronto invadió Andalucía y Valencia probablemente a través de otros buques. La primera idea que sostuvo parte del gobierno fue la del «cordón sanitario». ¿Se podía cerrar Galicia a cal y canto? Hubo opiniones de todos los colores, pero al fin se decidió que era imposible y más cuando la ciencia de entonces no se ponía de acuerdo respecto a si el cólera era o no transmisible. La opinión más fundada era de que se trataba de una enfermedad transmitida por miasmas y que era una enfermedad ambiental, algo atmosférico y natural condicionado por la poca higiene. Koch tardaría aun medio siglo en descubrir el germen que estaba detrás de la tuberculosis, de manera que la teoría de los gérmenes aun no andaba presente en la mentalidad de aquella época. Sin embargo, las autoridades prohibieron algunas cosas: las reuniones de más de 10 personas (que no afectaba ni al clero ni a las tertulias aristocráticas) parece que estaban en consonancia con la idea de que podía ser algo transmisible, así como que la venta de verduras se trasladó de lugar, más allá de la cerca. Se sospechaba con razón de que el contagio era oral-fecal, aunque la mayor parte de los médicos creían que se transmitía por el aire. La epidemia de cólera hizo que muchos nobles abandonaran la ciudad empezando por la reina regente Cristina que junto con el gobierno se trasladó a la Granja y allí se confinaron. Sin embargo la situación en los pueblos no era mejor, la mayor parte de los médicos huían de sus puestos por lo que se hizo necesario dictar un decreto para impedirlo. Los que se quedaban acababan muriendo. El cólera mató a unas 800.000 personas en dos años hasta que desapareció sin saber porqué. Más tarde volvería.

La culpa de todo, según la Iglesia era porque Dios estaba muy ofendido con su rebaño, que había perdido la fe y vivía de formas impías. Los curas en sus homilías bramaban contra la molicie de la población y la población más menesterosa por su parte pergeñó otras teorías: la epidemia estaba causada por el envenenamiento de las aguas que los curas y frailes habían propiciado para matar a todos los pobres que vivían fuera de la cerca y lo hacían a través de los aguadores y los golfillos que derramaban en las fuentes su veneno. Ello propició una asonada en Madrid contra los clérigos que terminó con cientos de muertos, heridos y un estropicio en ciertos conventos o basílicas.

Pero la epidemia de cólera no era el único problema que vivía la ciudad. La primera guerra carlista estalló entre la España profunda y la España acomodada de las ciudades. Los carlistas perseguían la instauración de la ley sálica y defendían la opción al trono de Carlos Maria Isidro, hermano del rey Fernando VII que era incluso más reaccionario que él y mantenia ideas absolutistas que parecían de otra época. Los carlistas empezaron tres guerras en el siglo XIX que desangraron España y dividieron el país en dos bloques: liberales o isabelinos y carlistas, algo así como hoy hacemos, derecha e izquierda, progresistas y conservadores, ahora bien el bando liberal no era tampoco trigo limpio, y había muchas sensibilidades -como se dice ahora- en ellos, unos eran radicales como Riego, otros afrancesados, otros solo aspiraban a volver a la Constitución de 1812 y otros que veían el atraso y la pobreza en España solo pretendían modernizar nuestro país. Tuvieron un trienio liberal que también fracasó abortado por un ejercito francés y por las propias contradicciones y que fue la ultima oportunidad de meterse en el progreso. Desde entonces en España todo ha sido una repetición. Los carlistas tenían espías en Madrid y conspiraban y sonsacaban información, los conventos servían de refugio a muchos de ellos, pues había connivencia entre el clero y la causa carlista que era sin duda una causa reaccionaria, si bien la defensa del absolutismo también lo era. Así había no solo isabelinos contra carlistas sino también entre absolutistas y parlamentaristas, los partidarios de dar todo el poder al rey o al parlamento. Y dentro de este circulo, las sociedades secretas, masones, y otros menos recomendables como los comuneros.

El premio planeta 2021.-

Como todo el mundo sabe, el premio planeta de este año ha recaído en una mujer llamada Carmen Mola que no es en realidad una mujer sino el pseudónimo con el que escriben tres escritores bien dotados para el guión cinematográfico. Esta cuestión tenía su morbo, de modo que comencé a interesarme por esa Carmen Mola e incluso leí -sin que llegara a interesarme demasiado- una de las novelas de una trilogía anterior, La «nena», una novela sucia, de esas que acaban por darte asco, de tanta mierda, cerdos, sangre y charcutería humana. ¿De modo que esa era la razón del éxito de la tal Mola? Lo cierto es que la trama me pareció tan inverosímil que terminé la novela con la moral baja pues me había prometido leer «La bestia», un título que tampoco aseguraba mucha sutilidad.

Y así es, la Bestia es una novela de suspense, una novela negra, también algo «gore» que tiene -sin embargo- una lectura bien distinta a «La nena». Se trata de una serie de crímenes seriales que son investigados por distintas razones por diversos personajes y que se encuentra escrita en esa clave cinematográfica de la que hablaba anteriormente. Los autores nos llevan de la mano de mc guffin en mc guffin, aqui el mc guffin es un anillo, pero en realidad la trama de la ficción (la búsqueda del asesino) me parece secundaria aunque está escrita según los cánones del lector actual, un lector adictivo, de esos que no pueden suspender la lectura hasta que alguien atrapa al culpable, o sea él. Y me parece secundaria porque en la novela hay otra novela inscrita y que es la mejor: el paralelismo entre aquella situación y la actual con nuestra pandemia de COVID. Vale la pena observar como cuando se produce una pandemia como la que estamos viviendo en la actualidad, vuelven a reproducirse todos los artefactos de anteriores pandemias, no importa lo aventajada que se encuentra una sociedad, parece que el miedo reactiva las paranoias, la desconfianza en la ciencia, la segregación entre contagionistas y no-contagionistas, entre vacunados y no vacunados, entre creyentes y descreídos , entre iluminados y pragmáticos. Hoy ya sabemos qué cosa son lo virus, pero basta una pandemia como esta para que surjan como setas interpretaciones delirantes sobre las causas de los contagios (el 5G), los culpables ya no son los curas sino las farmacéuticas, el gobierno desinforma (más por ignorancia que por maldad), las medidas que se toman -por ejemplo las mascarillas- no sirven de nada, las vacunas, es decir los remedios son peligrosos. Ya no son las sanguijuelas el remedio propuesto sino fármacos o hierbas o el clorito que nunca demostraron su eficacia y que nos ocultan a propósito, etc,

Este es el nivel de la novela que a mí más me ha interesado, pero aun falta un elemento en esta ecuación: ¿Alguien sabe qué es el adenocromo? Se trata de una sustancia que en ciertos medios suponen que es consumida por las élites y que se extrae de niños asesinados y torturados a fin de extraerles la sangre. Ese era el elemento que le faltaba a la novela para considerarse una paranovela, es decir una novela inscrita en otra novela, en realidad una teoría sobre lo que estamos viviendo en la actualidad.

Y esta teoría es que hemos progresado muy poco colectivamente si nos comparamos con aquella generación que en 1834 sufrieron la epidemia de Madrid y que la volverían a sufrir 20 años más tarde.

Un buen documento sobre la epidemia de cólera en Madrid 20 años después

Teoría del golpe de Estado

El origen del concepto «golpe de Estado» procede del siglo XVII y de la epoca de Richelieu que encargó a uno de sus bibliotecarios llamado Gabriel Naudé un informe sobre el concepto y la forma de llevarlo a cabo en «Considerations politiques sur le coup d´Etat. Algo que contradice la idea que todos tenemos sobre la cuestión y que nos imaginamos como una forma mas o menos violenta e ilegal de sacar a un principe o a un ejecutivo de sus funciones. En este caso se trataba de mantener a un monarca absolutista en el poder

Tampoco es verdad que los «golpes de estado» sean particularmente violentos o que sean llevados a cabo siempre por militares. En realidad ese es el golpe de Estado tradicional, de esos que se llevan a cabo en Africa, en países con poca o ninguna singularidad estratégica y sin tradición democrática alguna. Lo cierto es que este tipo de golpes ya no se usan en Europa ni en el llamado primer mundo a pesar de que en España tenemos cierta tradición en algo que se le parece mucho: los cuartelazos y los pronunciamientos que según ciertos autores no son la misma cosa.

Según el susodicho Naudé hay que diferenciar entre «golpe de estado» y «razón de estado» y lo que les diferencia es el factor sorpresa y el secreto en su gestación. El golpe de estado se ejecuta, sin embargo en la razón de Estado lo que mueve al gobernante es el uso de ciertas precauciones que en caso de precisar cierta violencia sea guiada por el honor, la justicia, la utilidad y la honradez y sobre todo: el bien común. Así Naudé admite antes de nadie que por razones de estado a veces es legitimo dar golpes de Estado. Hace además una tipología descriptiva de los golpes de Estado:

  • justos e injustos
  • Interés publico o interés particular
  • simples y complejos
  • Llevado a cabo por príncipes o sus ministros
  • fortuitos o casuales.

En 1962 un teórico llamado Finer definió el golpe de estado como el secuestro o eliminación del jefe del Estado con el fin de cambiar al gobierno o a sus políticas. Pero esta estrategia no es tarea fácil, para empezar, un golpe de Estado ha de ser bien visto por la población, algo que no sucederá si se lleva a cabo con violencia, tampoco tendrá buen fin si los países de su ámbito no da en visto bueno al cambio. Un ejemplo de este visto bueno es el caso de el Sisi en Egipto.

Razones para un golpe de estado.-

Los autores que se han interesado por el tema no han llegado a un acuerdo sobre los motivos que impulsan a veces a los militares y a veces a civiles a organizar un acto de esta naturaleza. Se han mencionado las crisis económicas, las peleas entre partidos, la falta o defectos de gobernabilidad, la perdida de una guerra, una crisis diplomática de relieve o la amenaza de una parte del ejército tal y como sucedió en Francia durante la IV República y que terminó con De Gaulle al frente del país con la intención de suavizar las relaciones con el contingente belicoso del ejército en Argelia. Una operación a todas luces ilegal que se llamó «Resurrección» y que representa el golpe de estado moderno en confluencia con la razón de Estado.

Y que dio lugar a una etapa de prosperidad en Francia de más de 30 años. Naturalmente de Gaulle terminó traicionando a sus compañeros de armas por el supremo bien común que no era otro sino el abandono de su aventura de ultramar.

De manera que los golpes de Estado a veces tienen consecuencias positivas sobre todo cuando se llevan a cabo de una forma organizada, sin violencia y por un tiempo breve. De Gaulle se presentó a las elecciones siguientes y arrasó en las urnas a pesar de haber cometido una ilegalidad.

Los golpes de Estado modernos.-

Los militares al menos en Europa no están muy interesados como antaño en acceder al poder político, han llegado a la conclusión de que los militares no son buenos gobernantes y además han sido educados para otro tipo de menesteres bien vistos por la población, como intervenciones en procesos de paz o ayuda en catástrofes naturales y sobre todo para intervenir en caso de agresión extranjera pero ya no se meten en la política de puertas adentro. Pero lo cierto es que para dar un golpe de estado ya no es necesario utilizar al ejército, en caso de necesidad se puede echar mano de ejércitos extranjeros o de pequeños grupos de mercenarios bien entrenados. Dar un golpe de Estado con secuestro o eliminación del ejecutivo es fácil, el problema es qué hacer después, qué hacer ante el vacío de poder o qué respuestas darles a nuestros vecinos con los que estamos necesariamente vinculados.

Es por eso que ese tipo de golpes ya no se usan, es mucho mejor utilizar atentados terroristas del calibre que se precise para irrumpir ante la opinión publica con un efecto de sorpresa y de pavor. A continuación se busca un culpable o se adjudica el atentado a quien más interese. Naturalmente este tipo de golpes necesitan preparación , no tanto en la técnica del atentado (llevado a cabo por profesionales) sino en la dirección que han de tomar las noticias inmediatamente después, algunas de las cuales ya se encuentran prefabricadas, asi como las pruebas para señalar, de modo que solo es necesaria la complicidad de un pequeño grupo de personas bien ubicadas en ciertas instituciones.

Después del atentado terrorista lo mejor es convocar un referendum ilegal. la función de un referendum ilegal no es tanto conseguir que el pueblo de la razón al gobernante con una mayoría de «Síes» sino conseguir dividir a la población entre los que van a votar (los que están de acuerdo) y los que no van votar (que están por el No). No importa la participación, lo que quedará en la memoria colectiva es que el «Si» ganó por mayoría, algo que se adereza con fotografías o videos de inocentes votantes agredidos por la policía. Piénsese que todo golpe de Estado ha de estar presidido por la idea de «democracia». Y votar es democrático, y esa es la verdad abyecta que subyace a todos los intentos de violar la ley. De lo que se trata es de capturar voluntades escindidas o dudosas que puedan decantarse hacia la ilegalidad por motivos emocionales.

Pero sin duda la mejor forma de dar un golpe de Estado blando es ir poco a poco. Un golpe de Estado de esta naturaleza no puede llevarse a cabo en una legislatura, necesita un plan a largo plazo. Para ello lo más importante es derrotar al adversario a veces con trampas mediáticas o propaganda orientada a identificarle con el demonio. Es por eso que un golpe de estado no siempre consiste en quitar al que manda, sino impedir que otro pueda mandar.

De la ley a la ley, es una frase que se atribuye a Fernandez Miranda que fue el arquitecto jurídico de la transición y el que consiguió por arte de magia el paso de una dictadura a una democracia coronada. Es la mejor estrategia y la más limpia -la que ahora gracias a la pandemia hemos conocido-, consiste en gobernar por decreto, anular el Parlamento, silenciar a la prensa, no aparecer en TV más que para dar buenas noticias, ampliar la base social clientelar en forma creciente y darle la culpa de los problemas a los demás. Se consigue crear un clima de indefensión aprendida (no se puede hacer nada) que hace que poco a poco el escaso tejido social se debilite, que los otrora independientes se hagan dependientes y que cada vez haya mas gente desinteresada en lo publico y refugiada en su pequeño mundo doméstico.

Es imposible en España hoy cambiar la Constitución por eso la mejor estrategia es vaciarla de sentido, algo que se conoce con el nombre de revolución molecular disipada.

Dicho de otra manera ya no es necesaria una intervención armada o violenta para cambiar los gobiernos, de lo que se trata es de que no cambien y tengan tiempo para ir implantando medidas congruentes con sus planes, pues es verdad como dice Monedero (aquí abajo) que el problema de la política es el cortoplacismo y así es imposible gobernar más que con la antigua alternancia izquierda-derecha.

Bibliografía.-

El manual de Monedero

Subtipos del golpe de estado