La maldad

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Recientemente y a partir del crimen del pequeño Gabriel a manos -supuestamente- de su madastra Ana Julia se han disparado en las redes toda clase de opiniones, algunas de expertos y otras de politicastros resentidos que han abordado el tema del mal desde muy diversas ópticas, siendo la marxista la que más presencia ha tenido en las redes, es decir la idea de que la asesina (presunta) por el hecho de ser negra y una pobre emigrante tiene cierta disculpa en el delito que se le imputa.

Como es bien sabido para los marxistas existe una relación de causa-efecto entre maldad y pobreza, ignorando que la pobreza es una de esas variables omnipresentes se estudie lo que se estudie. También hubo una época en que los psiquiatras marxistas sostenían la idea de que la esquizofrenia estaba relacionada con la pobreza. Nada nuevo bajo el sol.

Otro grupo de argumentos giró en torno a la idea de enfermedad mental. Es lo que suelen hacer los bienpensantes que no entienden que un adulto pueda hacer daño a un niño. La mejor opción es pensarlo como una patología y es obvio que cuando la opinión publica habla de psicopatía está hablando de una enfermedad, la falta de empatía y todo lo demás.

Han sido pocos los que se han acercado al tema desde la óptica adecuada: «la maldad no es una enfermedad». Esta frase siendo como es tan cierta como que la tierra es redonda, -por alguna razón- no es aceptada del todo por el publico en general. Mi opinión es que cuando hablamos de maldad estamos apelando a algo de lo que no queremos saber: apelamos a la moral. Y lo moral tiene muchas aristas, es una palabra polisémica que cuando la pronunciamos, lo primero que nos viene a la cabeza son curas y cilicios, a veces alguna cofradía de semana santa, casi siempre religión y penitencia.

Y es verdad porque la maldad es un hecho huérfano, es decir es algo que todos reconocemos pero no existe ningún profesional ni disciplina que se ocupe de ella. Aunque hoy existe la ponerología, lo cierto es que esta nueva disciplina no ha sabido escapar de la narrativa de la psicopatía clásica. Ninguna disciplina se ocupa de la maldad: ¿la sociología, la filosofía, la religión? Esas asignaturas que nos quitaron del Bachiller y de las que no tenemos noticia alguna. Y confianza en ellas menos. Todo seria más fácil si los psiquiatras sirvieran en bandeja a los jueces las sentencias. Este está loco y este no, lo dice el DSM-VII.

Y aunque la maldad sea una categoría huérfana lo cierto es que es una categoría biológica. Tan biológica como una nariz o una boca. Tan biológica como el conocimiento.

Jean Piaget fue un psicólogo y epistemólogo suizo de gran calado académico pero poco conocido por el gran publico que trabajó sobre todo en tratar de iluminar cómo se construye el conocimiento sobre las cosas. Piaget era una construccionista es decir una psicólogo que trató de construir un sistema de comprensión de abajo-arriba, es decir siguiendo las rutas del neurodesarrollo y se ocupó no tanto de las bases psicopatológicas de estos aprendizajes sino más bien en dilucidar el desarrollo normal, ontológico. Quizá por esta razón no ha sido demasiado tomado en cuenta por los clínicos pero sus trabajos sobre lo cognitivo son esenciales para comprender como construimos un sentido ético en nuestras relaciones.

Lo que descubrió Piaget fue que aprendemos ética a base de regular, cambiar, permutar o crear las reglas que regulan nuestra interacción con los demás. Se trata de reglas que los niños suelen respetar movidos por sus instintos innatos de justicia.

La ontología de Piaget tiene un deficit de soporte biológico (por el que Piaget no estaba interesado) pero no es contradictoria con los hallazgos de la neurociencia actual.

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El sentido moral se construye jugando tal y como hoy sabemos a partir de los trabajos de Jaak Panksepp que describió un circuito neuronal para el juego. Aprendemos jugando, extrayendo condiciones y reglamentos de nuestros juegos. El juego es la base de la abstracción para los niños, lo que nos socializa que es lo mismo que decir que el juego es la base de la moral, la base de la cooperación.

Pues en el juego no se trata de ganar, de lo que se trata es de que los demás vuelvan a contar contigo para la próxima partida, algo que harán si perciben que tus interacciones son honestas y recíprocas. Si eres un tramposo que solo piensas en ganar aun saltando las reglas, lo que sucederá es que te quedarás solo, lo que no hará sino aumentar tu resentimiento. Y la sociabilidad y aprendizajes relacionados que no hagas de pequeño ya no los harás nunca. La ventana plástica para los aprendizajes sociales se cierra bien pronto. Después de eso solo podemos aprender a refinar las trampas y las mentiras.

La sombra y la persona.-

De Jung ya he hablado lo suficiente en este blog y no quiero volver a repetir lo que ya escribí en este post. Pero me gustaría señalar una de las conceptualizaciones más importantes del maestro: su concepto de «persona» y su concepto de «sombra».

Persona en griego significa «máscara». Una persona es esa máscara con la que nos presentamos en sociedad, siempre la versión mejor de nosotros mismos. Conocer a alguien significa siempre llegar a un grado de intimidad tal que podamos ir más allá de esa máscara. Entre la máscara y la sombra, esta el Si-mismo que ha de lidiar con esas dos fuerzas en una dialéctica continua. Ha de conseguir no dejarse absorber por ninguna de ellas, no puede ser dominado por su sombra ni puede ser poseído por su máscara. En ese caso hablamos de identificación con el personaje en el caso de que creamos que esa máscara y el Si-mismo son la misma cosa o de posesión «demoniaca» en el caso de que la sombra haya ocupado el territorio del Si mismo. Es el caso de los malvados, de los desalmados.

Es obvio que la sombra está oculta puesto que representa todo aquello «malo» que la sociedad prohibe, persigue y castiga. El tramposo que ha refinado sus trampas para no ser reconocido como tal no tienen más remedio que cambiar de escenario continuamente para que sus fechorías no sean conocidas por todo el mundo, de este modo tiene siempre a alguien que parasitar y engañar, siempre en su propio beneficio. La sombra se oculta siempre detrás de esa máscara que nos proporciona la suficiente aceptación de los otros para que no nos expulsen del terreno de juego.

Pero el problema es la dualidad en que solemos pensar estos conceptos de «bondad» o «maldad» como si fueran rasgos binarios de nuestra personalidad, como si estar instalado en uno de ellos fuera la solución para esquivar las peticiones del mal, pues no hay que olvidar que en algunas personas la sombra está presidida por la muerte en estado puro, por lo tanático.

El problema es que no hay personas absolutamente buenas y otras que son absolutamente malas. Se trata de un espectro de continuidad donde ciertos fenomenos extremos se materializan, precisamente por el blanqueamiento del mal. Y la mejor manera de evitar las emergencias malignas de la sombra es conocerla bien. ¿Cuantos de nosotros creemos que no seriamos capaces de hacer daño a los demás como sucede en el experimento Milgram? ¿Cuantos de nosotros somos capaces de reconocer ese concepto de «banalidad del mal» que describió Hanna Arendt? ¿Cuantos de nosotros no hubiéramos sido torturadores en la Edad media si nos hubieran ordenado hacerlo?

De manera que conocer nuestra sombra es un ejercicio práctico en el que deberíamos entrenarnos de por vida, conocer, aceptar nuestra sobra y hacerla consciente algo que es más fácil de llevar a cabo por los resentidos. Es por eso que cualquier forma de psicoterapia que no sea capaz de confrontarnos con nuestra maldad es solo placebo.

La mejor forma de evitar la emergencia del mal es hacernos cargo de él y renunciar a esa idea postmoderna de que todo el mundo debe ser bueno (el buenismo impuesto) inventando moralidades nuevas e impostadas. Hacernos cargo de él para revitalizarlo a través de la conciencia, proyectarlo y tratar de convertirlo en algo útil, para nosotros, para los demás y para la comunidad. No hay nada tan inútil como la bondad, la bondad es para las mascotas, pero no para los hombres. Sin la maldad necesaria no se puede mantener una posición, no se puede renunciar al silencio, no se pueden tomar riesgos, no se puede escalar socialmente, ni se puede encontrar pareja. ¿No es cierto?

“La contraposición de lo luminoso y bueno, por un lado, y de lo oscuro y malo, por otro, quedó abandonada abiertamente a su conflicto en cuanto Cristo representa al bien sin más, y el opositor de Cristo, el Diablo, representa el mal. Esta oposición es propiamente el verdadero problema universal, que aún no ha sido resuelto”. (Jung)

Bibliografía.-

Panksepp, J. 1998. Affective Neuroscience: The Foundations of Human and Animal Emotions. New York:

Seres corpóreos e incorpóreos

Pienso luego existo

René Descartes

Se trata de una sentencia muy conocida y tambien su autor pero sin embargo son pocos los lectores que habrán sospechado que tras esta frase existe una avería del autoreconocimiento.

Efectivamente no hace falta pensar para saber que existimos. En realidad la existencia propia es un conocimiento inmediato, algo que es precognitivo, preconceptual y preverbal. Se trata de algo que se tiene o no se tiene, una especie de axioma con el que venimos equipados de serie y que no necesita demostración porque todos nosotros sabemos que existimos, que somos, estamos y que nuestra experiencia nos pertenece, aqui y ahora y que se escribe en primera persona.

Es por eso que la sentencia cartesiana a mi me huele un poco a obsesividad, una especie de mania hipereflexiva que procede sin duda de una averia primaria del autoreconocimiento. Probablemente Descartes era un obsesivo pero no es este el objeto de este post averiguar su personalidad sino más bien escudriñar como funciona este mecanismo del autoreconocimiento y qué tiene que ver con la conciencia humana.

Por eso escribí recientemente este post sobre la esquizofrenia, alli hablaba precisamente de la hipótesis de Stangellini un psiquiatra italiano que desde un punto de vista fenomenológico puso el dedo en la llaga al identificar esa averia del autoreconocimiento como fenómeno nuclear de la esquizofrenia.

Y no es de extrañar puesto que la primera emergencia de la conciencia humana fue seguramente esa conciencia de mismidad, esa especie de autoafecto esencial con la que nos relacionamos con nuestro cuerpo.

Una experiencia nuclear que inaugurará la experiencia humana tal y como la conocemos, una experiencia  fundacional, antes de ella no hay conciencia propiamente dicha sino sólo precursores, las mas conocidos de estas averías son los trastornos del espectro autista: niños que no han logrado “encarnarse” es decir romper la dualidad esencial con la que venimos al mundo. En cierto modo la esquizofrenia es tambien un trastorno autista que permite -sin embargo- al individuo ir más allá en su desarrollo. La esquizofrenia seria como un autismo diferido.


El abrazo de Salmacia y Hermafrodito

Estoy hablando de la interfase entre cuerpo y mente, es decir la manera en que la mente se relaciona con el cuerpo, en cómo la mente se abraza al cuerpo y se funde con él en ese momento determinado en que el niño siente que él es él y que sus experiencias externas o internas le pertenecen, no son algo que alguien puso allí sino que proceden de sí mismo, un gran hallazgo evolutivo -la emergencia de la conciencia- relacionado con la hominización y que se expandirá a partir de entonces, embrionaria aun, y que hará que se desplace y estire siguiendo el rastro de la especie.

Pero esta “fundición” entre cuerpo y mente merece un poco más de atención. ¿Se trata realmente de una fusión? ¿Qué sucede entre dos cuerpos cuando colisionan?

Thomas Reid fue un filósofo de la ilustración poco conocido si lo comparamos con Descartes o con su maestro David Hume y que sin embargo destaca por su modernidad: las propuestas que realizó desde su escuela “La escuela del sentido comun” tienen un enorme interés para la neurociencia actual.

Y en un post anterior me referí precisamente a esta prestación de nuestra conciencia que llamamos “sentido común” y a la que atribuí precisamente la capacidad de jerarquizar cogniciones y respuestas adaptativas.

A él debemos precisamente nuestra actual conceptualización sobre la senso-percepción. En sus propias palabras y siguiendo el ejemplo de la rosa:

Cuando huelo una rosa hay en esta operacion tanto sensación como percepción. El agradable olor que percibo considerado en sí mismo, sin relación con objeto externo alguno es la sensación.La percepción, en contraste siempre tiene un objeto externo y el objeto de mi percepción, en este caso es aquella cualidad de la rosa quu discierno con el sentido del olfato.

La sensación, en este sentido es aquello que experimentamos con nuestro cuerpo como un cambio o una transformación en él. Nos afecta directamente a nosotros y nos concierne de tal manera que no nos puede dejar indiferentes. En contraste, la percepción nos informa de lo que sucede ahi afuera y para conseguir distinguirla no sólo utilizamos información del momento sino tambien de nuestra memoria (Vicente Simón, 2005).

Se trata pues de dos sendas, dos canales de procesamiento distintos y que responden a estas dos preguntas:

¿Que me está sucediendo ahora y a mi?

¿Qué está sucediendo ahi afuera?

De la colisión de estas dos fuerzas emerge la conciencia, su primer estadio o núcleo sobre el que se desarrollará posteriormente todo niño.

Se trata de un hecho catastrófico porque las dos corrientes o canales de señalización deben sumarse para que de ellos aparezca algo nuevo: la conciencia de sí. Algo parecido a lo que sucede en el encuentro de distintos mares como sucede en el cabo de Hornos o en los estrechos bálticos del Kategat y Scategat, una colisión que puede ser elástica o plástica pero siempre caótica.

Los dos canales informativos y computacionales de la sensopercepción (que anotamos ahora como conjunto) son los que dan lugar a ese valioso fenomeno que es en realidad el origen de nuestro autoreconocimiento. Sabemos lo que es Yo y lo que no es Yo, lo saben nuestras células inmunes y lo sabe nuestra mente, de abajo arriba y de arriba abajo.

En la patología psiquiátrica -pero no sólo en ella- podemos encontrar defectos de esta colisión, de este big bang primordial: mente y cuerpo apareceren demasiado separados y los individuos o bien tienen dificutades para autoreconocer-se o bien presentan dificultades a la hora de codificar las intenciones del otro, conocer-le. Pero recordemos de momento que toda la patologia mental – en una concepción integral de jerarquias anidadas- posee un corazón, un centro descosido y fragmentado.

La importancia de esta diferenciación de dos canales de información y procesamiento es que en determinado momento de nuestra historia evolutiva emergió en la confluencia entre ambas corrientes algo que llamamos conciencia.

La modernidad de Reid aparece en todo su esplendor si tenemos en cuenta estos items que están perfectamente alineados con lo que hoy pensamos de la mente:

  • Que los pensamientos de los que soy consciente son pensamientos de mi mismo, mi mente, mi persona;
  • Que sucedieron esas cosas realmente y que las recuerdo indistintamente;
  • Que tenemos un cierto grado de protagonismo sobre nuestras acciones, y la determinación de nuestra voluntad;
  • Que hay una vida e inteligencia en los hombres con quienes conversamos;
  • Que hay un cierto debido respeto al testimonio humano sobre las materias , e incluso a la autoridad humana en materia de opinión;
  • Que, en los fenómenos de la naturaleza, lo que es, probablemente será como ha sido en circunstancias similares.

Como puede observarse el sentido comun del lector y del propio Reid nos lleva a una integración de las funciones que el propio Descartes ponia en duda: el sentido de ser autores de nuestra propia mente y que sus contenidos nos pertenecen, tanto si soñamos, pensamos, decidimos, sentimos, actuamos, planeamos, imaginamos o deliramos.

Reid integra en su “modelo de sentido comun” pasado y presente, la determinación (en cierto modo) y libre albedrío, la teoria de la mente y la suposición axiomática de que los otros tienen, a su vez, mentes como la mia, que existen autoridades humanas sobre las opiniones y que por tanto no todas las opiniones tienen el mismo valor y que lo fenoménico se repite inexorablemente dando lugar a una experiencia comun que llamamos consenso.

Hay pues una experiencia primaria que organiza y jerarquiza la experiencia, la primera muñeca rusa, el corazón de la cebolla que sirve de guía al crecimiento, la maduración o la expansión de la conciencia.

Magritte nos dibujó en este cuadro la experiencia de falta de cierre de la mismidad, una puerta sin marco o donde el mismo marco es la realidad, asi debe ser la conciencia esquizofrénica: una casa sin paredes o una puerta sin pared que franquear. Un espiritu sin encarnar, una dualidad radical.

Bibliografía citada:

Vicente. M. Simón

“Origenes y evolución de la conciencia” en:

La profecia de Darwin: del origen de la mente a la psicopatologia. Julio Sanjuan y Camilo Cela Conde (eds)

Ars medica. Barcelona 2005.

El principio del placer y su más allá

El supremo placer erótico es la convicción de estar haciendo el mal (Baudelaire) 

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“En la teoría psicoanalítica adoptamos sin reservas el supuesto de que el decurso de los procesos anímicos es regulado automáticamente por el principio de placer.  Vale decir: creemos que en todos los casos lo pone en marcha una tensión displacentera, y después adopta tal orientación que su resultado final coincide con una disminución de aquella, esto es, con una evitación de displacer o una producción de placer. Cuando consideramos con referencia a ese decurso los procesos anímicos por nosotros estudiados, introducimos en nuestro trabajo el punto de visa económico. A nuestro juicio, una exposición que además de los aspectos tópico y dinámico intente apreciar este otro aspecto, el económico, es la más completa que podamos concebir por el momento y merece distinguirse con el nombre de «exposición metapsicológica”.

[ FREUD, S.: Mas allá del principio del placer)

Lo que Freud quiere decir en este texto un tanto abstruso es que «placer» y «principio del placer» no son la misma cosa. Más aun: «el principio del placer» no requiere ni siquiera el concurso del placer para poderse entender y conceptualizar. En este sentido Freud fue el primero en entender que el principio del placer, lo que en neurobiología conocemos como «teoría del placer-recompensa» no basta para entender la vida anímica, al dejar sin explicar entre otras cosas el principio de repetición, la repetición compulsiva. ¿Como entender que repitamos siempre un mismo patrón a sabiendas de que nos llevará al fracaso? ¿Por qué no aprendemos de nuestros errores?

La repetición compulsiva es un extraño fenómeno al que la Neurociencia actual no ha logrado hincar el diente por falta de una comprensión «económica» del funcionamiento psíquico. Es difícil entender y admitir que la repetición de un mismo patrón -aunque resulte en sí mismo displacentero en un lugar-, ocupe un lugar de placer en otro de la economía psíquica. Es por eso que algunos autores como Lacan hablan de goce como oposición al placer. De este modo el dolor no seria lo contrario del placer sino el goce.

«Se conocen individuos en quienes toda relación humana lleva a idéntico desenlace: benefactores cuyos protegidos (…) se muestran ingratos pasado cierto tiempo, y entonces parecen destinados a apurar entera la amargura de la ingratitud; hombres en quienes toda amistad termina con la traición del amigo; otros que en su vida repiten incontables veces el acto de elevar a una persona a la condición de eminente autoridad para sí mismos o aun para el público, y tras el lapso señalado la destronan para sustituirla por una nueva; amantes cuya relación tierna con la mujer recorre siempre las mismas fases y desemboca en idéntico final. (S. Freud).»

Placer es algo que se añade a la vida, goce es algo que se sustrae a la muerte.

Para entender mejor este concepto de goce el lector puede leer este post donde hablé precisamente de esta amistad peligrosa que reune a ambos en nuestra conducta. Decía allí a propósito de la película «Amistades peligrosas» que:

A ese ir más allá del placer le llamó Jacques Lacan, el goce, (la jouissance) y lo definió del siguiente modo: “placer es aquello que se añade a la vida y goce es aquello que se sustrae a la muerte”. El concepto de goce es algo facilmente reconocible en la conducta de nuestros semejantes y algo además imprescindible para entender el deseo humano, algo que va más allá del reflejo condicionado skinneriano y que situa a lo humano en una dimensión más poperiana que skinneriana, más epistémica que conductual.

Asi Velmont desea seducir a Cecilia Volanges, pero lo que le interesa de ella no es tanto su belleza sino su inocencia. Educada en la moral más rancia y convencional del momento Cecilia acapara en sí los dones que Valmont pretende socavar a través de sus engaños y su constancia en el acecho de la presa. De lo que se trata no es tanto de conseguir a Cecilia sino de retar su resistencia y someterla a la prueba del nueve de la seducción. Es la apuesta que Valmont y la marquesa mantienen y es algo que sólo puede llevar a cabo Valmont, puesto que la marquesa en virtud de su posición no puede acometer por sí misma tamaña heroicidad sin ponerse en entredicho aunque es precisamente ese el deseo que asoma en ella a través de la inducción constante que hace a Valmont acerca de esa posibilidad, asi es la marquesa la que induce, espolea y mantiene.

Y una vez conseguida de lo que se trata es de abandonarla pues el goce no está diseñado para acomodarse a una vida hogareña confortable y práctica, sino precisamente para eludir los compromisos del amor y escamotearle al deseo una cama doméstica aun siendo una cama confortable y acogedora. De eso va el deseo libertino, un deseo que se alimenta en ese recorrido del apetito, resistencia, engaño y consumación. Siempre es necesario el engaño puesto que el plan consiste en abandonar a la presa apenas rendida por amor y es precisamente esta rendición que se hace en nombre del amor lo que hace a la presa tan peligrosa y cuando se ha llegado a este punto lo que se impone es cambiar de víctima y buscarse un nuevo reto, un más difícil todavía dejando a la anterior mancillada de por vida y enclaustrada en un convento.

El goce es pues el deseo del deseo. El deseo de desear.

Es obvio que la conducta humana y de cualquier animal puede resumirse en una palabra: todo ser vivo se orienta hacia la consecución de placer y la evitación del displacer. Pero estamos lejos de haber comprendido el mecanismo de estas conductas de acercamiento/repulsión, puesto que el displacer en sí mismo supone una excitación creciente y el placer es en cierto modo la solución al displacer. Lo que es intolerable es la excitación, proceda del dolor, o de cualquier otra fuente excitatoria. Sea comida o sexo, lo que nos impulsa a buscarles es la expectativa de alcanzarlos y de descargar en ellos esa tensión, sea comiendo o copulando.

Claro que el final del displacer no es siempre el placer, pero si el punto final del displacer no es el placer, ¿qué es?  Es la reducción de esa tensión, pero ¿qué en qué consiste esta reducción?

La anulación del displacer no es necesariamente placer, podemos hacerlo durmiendo, tomando Orfidal,  vomitando, podemos beber alcohol, meditar, correr, conductas que conocemos como «de escape». ¿En el coito, qué es más importante el momento del orgasmo o la eliminación de la tensión displacentera de una excitación?.  Yo diría que muy probablemente el incremento de la tensión erótica no es displacentera por necesidad; y segundo que el orgasmo no es un requisito necesario para la eliminación del displacer de una tensión erótica.

De manera que el placer es un plus, algo que se añade al coito pero que no justifica al coito en sí mismo como subproducto del principio del placer.

Freud ejemplifica ese problema, lo ha abordado en las «Lecciones introductorias al Psicoanalisis». Y él habla de los sueños de castigo que son distintos de los sueños traumáticos, entre paréntesis. El sueño de castigo es un sueño en el cual efectivamente hay un castigo y un dolor y una molestia y ansiedad; y Freud lo explica diciendo que no se puede abordar el principio del placer desde el ángulo única y exclusivamente de la pulsión, que el principio del placer se conecta también a complacer -que no es lo mismo que tener placer- a complacer a otras instancias psíquicas, por ejemplo al Superyo; con lo cual tú puedes comprender que el principio del placer no puede ser formulado en puros término de placer o dolor, o de displacer y dolor, o de displacer versus placer, o de dolor versus placer; sino que también tiene que ser enunciado o percibido en la clínica a la luz de una especie de circulación intersistémica. ¿Qué es lo que logra que alguien evite el displacer y tenga al mismo tiempo placer?: Un acuerdo intersistémico; un acuerdo entre el yo y el ello, por decir así, una coordinación, una transacción entre el Yo, el Ello y el Superyo o, si tú quieres, en términos de la antigua tópica: una transacción entre consciente e inconsciente. La angustia a nivel preconsciente de un elemento sustitutivo que permita cruzar desplazadamente o condensadamente la pulsión. En ese sentido, la palabra placer pierde sentido y, desde esa perspectiva, tú ya no puedes hablar de placer. (tomado de este articulo de Bernardo Arensburg).

De modo que no todo placer es placentero en sí mismo sino que obtiene legitimidad en el hecho de complacer: a otro o a otra instancia psíquica, algo que entronca con el masoquismo y el narcisismo. Renunciar a un placer es a veces la mejor forma de anular un displacer y alinearse con el placer de otro es sin duda un lugar masoquista donde uno se pone en el lugar imaginario que presupone en el otro.

Pero no se trata solamente de la evitación del displacer a través de una especie de exportación del propio deseo en otro u otra cosa sino que hay aun otra vuelta de tuerca, otro más allá:

El concepto de goce -jouisance- en Lacan, por ejemplo, tiende a dar cuenta de esto, pretende dar cuenta en términos de que sería como la postulación de que en todo síntoma, en toda situación sintomática habría un goce secreto que podemos presumir como un goce masoquista en la medida en que se acompaña de dolor.  Y Freud lo dice muy claramente, por ejemplo en «El hombre de las ratas», cuando el H.R. relata el terror y el desagrado frente a la exposición de la tortura china por el capitán cruel. Freud dice: «Un brillo de goce en su mirada»; no usa la palabra placer, curiosamente, sino que usa la palabra goce que es la que Lacan retoma. Hay un goce, dice él. Ahí podríamos equiparar goce con placer y decir que se trata de un placer masoquista; pero yo no suscribiría el planteo de Lacan. No se trata de una situación estrictamente masoquista; puede tratarse de una situación moral, por ejemplo; puede tratarse de algo ligado al narcisismo que exige no un placer sino una eliminación de los malos pensamientos displacientes, por así decir, lo que no produce placer sino que produce un alivio frente al sentimiento de pecado o al sentimiento de malestar con el propio ideal del yo o con el Superyo. (Arensburg, 1996)

Nosotros los humanos venimos de serie cableados con un sistema de placer-recompensa inacabado, a medio hacer, esto explica el por qué los conceptos neurobiológicos de apetencia y consumación no son suficientes para explicar los trasiegos del deseo que ha de viajar y sortear distintas instancias psiquicas y sociales para poderse vertir al exterior. Los conceptos de excitación-displacentera y su evitación o descarga placentera y su repetición no pueden contener la enorme variedad de combinaciones que aparecen como pactos entre el narcisismo, el Superyó o la parte moral y la histeria con su represión de lo inaceptable con el Yo o la consciencia.

Lo que está más allá del principio del placer apunta a una indiferenciación sistémica.

El deseo del no-deseo, es decir la muerte.

Bibliografía.-

S. Freud (1919-1920). «Más allá del principio del placer».

La sexóloga inocente

Aquello que no puedo construir, no lo entiendo.

Richard Feynman

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Supongamos una sexóloga que lo sabe todo sobre el sexo pero nunca hubiera tenido una experiencia sexual, ni siquiera autoerótica. Supongamos que un dia la sexóloga encuentra novio y comienza a tener sus propias sensaciones sexuales.
La pregunta es: ¿Añade algo este conocimiento subjetivo a los que ya sabía que era teóricamente todo? ¿Le faltaba algo por saber? ¿Podria explicarle eso que le faltaba por saber a otra sexóloga en sus mismas condiciones?

La mayor parte de ustedes sometido a este experimento mental dirán que una cosa es la teoría y otra cosa la práctica: dicho de otro modo, que no se puede saber nada sobre el sexo sin haberlo experimentado en primera persona.

Pero esa respuesta es muy discutible y sólo bordea de lejos el problema epistémico que quiero alumbrar en este post y que es una versión psicológica de otro experimento mental conocido como «El cuarto de Mary», propuesto por Frank Jackson y que trata de una investigadora científica sobre el color (que lo sabe todo sobre el color) pero ha vivido en un entorno de blancos y negros. Se trata de experimentos mentales algo forzados pero que nos hacen pensar en cuestiones difíciles de la consciencia humana y sobre todo en ese binomio que conocemos como saber (ciencia) y experiencia (empirismo). Y que Thomas Nagel nos describió en aquel artículo ya de culto titulado. ¿Qué se siente al ser un murciélago?

Del saber se ocupa la ciencia: la sexóloga lo sabe todo sobre su disciplina pero carece de experiencia. La mayor parte de nosotros estaremos persuadidos con la idea de que sin experiencia personal uno/a no puede saber nada de nada, pero como he dicho más arriba esta idea es muy discutible por lo siguiente:

Un electricista puede arreglarle sus averias domésticas en un abrir y cerrar de ojos sin saber nada de la electricidad, un cirujano puede operarle de algo sin saber lo suficiente de medicina, un labrador puede predecir el tiempo sin saber meteorología, un vendedor puede endosarle cualquier cosa sin saber una palabra de psicología, un pianista puede ejecutar a la perfección a Bach sin saber nada del Barroco. Y al revés: un psicólogo puede saber mucha psicología pero carecer de habilidades sociales o personales,  un erudito puede conocer todo sobre cualquier cosa y ser incapaz de hacerla práctica, ganar dinero con ella o de transmitirla a sus alumnos. Su pareja sexual puede decirle que disfruta mucho con el sexo pero usted no podrá nunca estar seguro de ello.

Estamos solos frente a nuestras experiencias personales puesto que la sexóloga no podría nunca saber si su experiencia es la misma que tiene usted con el sexo, es por eso que construimos consensos. Dicho de otra manera, la experiencia personal, la cualidad de lo subjetivo, es inefable, intransmisible y aunque podamos consensuar que el sexo es divertido y placentero para todos, lo cierto es que no podemos estar seguros de ello, puesto que la experiencia se vive en primera persona y por tanto existe un cierre categorial a la experiencia ajena. Damos por buenos los consensos y asi decimos que el sexo es placentero como damos por bueno que la música de Beethoven es mejor de la de Bisbal. Esto es lo que sostenemos en publico, pero ¿es cierto?

La verdad del asunto es que cuando oigo en un concierto una pieza musical que a mi personalmente me emociona no puedo estar seguro de que mi experiencia sea la misma que la de mi vecino del asiento de al lado. Todo parece indicar que si, mi vecino también tiene esa cara beatífica que se nos pone a todos cuando escuchamos una pieza que nos gusta, tambien puede reirse al mismo tiempo que yo, o puede ponerse a llorar si la pelicula es de esas emotivas. Pero nadie puede estar seguro de que está llorando, riendo o emocionándose por lo mismo que yo.

Dicho de otro modo: la experiencia subjetiva es un qualia.

Los qualia se definen como eventos cualitativos del cerebro y que se identifican con nuestra subjetividad, aquello que nos hace diferentes de los demás como por ejemplo las preferencias o los sentimientos. Se trata del enigma más peliagudo de las neurociencias y que ha dividido a los investigadores en dos grupos: en uno de ellos se encuentran aquellos que piensan que entre un evento electroquímico y un qualia hay un salto demasiado grande para ser conceptualizado con nuestros intrumentos de medida actuales y otros que piensan por el contrario que los qualias son tan estudiables y comprensibles como el movimiento o la contracción muscular.

Y yo soy de los que piensan que los qualia no son nada, pero nada comprensibles. Fingimos que los compartimos pero no es cierto.

Todo procede de una discusión que tuvimos el otro dia en cierto foro a partir de este artículo donde los autores se preguntan si los animales tienen sexo por placer. La idea políticamente correcta es suponer que sí, nosotros los humanos tenemos sexo por placer, entonces antropomorfozizamos a los animales y concluimos que también. Hasta los curas lo dicen, Dios hizo que el sexo fuera tan placentero para asegurarse la reproducción. Pero la verdad es que cuando pensamos en nosotros, estamos pensando en un mamífero muy evolucionado, que tiene consciencia, libre albedrio y que construye planes para hacerse la vida más divertida. Y cuando pensamos en animales estamos pensando también en mamíferos, perros, gatos, cerdos, etc.

Pero no se nos ocurre pensar en los insectos, los peces o los gusanos. ¿Se reproducen los animales por placer, incluyendo a los ovíparos, a los que ponen los huevos en el agua o a los hermafroditas o reptiles? Por no hablar de la escala unicelular. ¿Tienen orgasmo los paramecios?

¿Y si el sexo es tan placentero por qué los animales no lo usan con más frecuencia como hacemos nosotros?¿Por qué ceñirse a los estros? ¿Por qué no hacer como los bonobos y construir una sociedad lúdica basada en el intercambio sexual  libre?¿Por qué el sexo está teñido de tragedia y el coito aparece casi siempre como algo forzado, impuesto por el macho hacia la hembra?

Lo cierto es que no podemos estar seguros de que los animales tengan sexo por placer, ni siquiera podemos saber si los animales tienen placer cuando copulan. Puesto que el placer de cada animal es un qualia de su especie y todo parece indicar que cada especie tiene su especialidad de qualias. Y el placer es un qualia y no puede reducirse a un hecho fisico, el placer es algo que va más allá de lo que entendemos como placer, nosotros los humanos.

Mi conclusión es que la sexóloga puede saberlo todo sobre el sexo pero si no tiene la experiencia y el aprendizaje concreto su saber es un saber cientifico, es decir un saber sin alma (fisicalista y cojo), descascarillado, un saber que no conoce. Experimentar el sexo por sí misma es un buen bagaje que le permitirá rebotar sus conocimientos con su propia experiencia, pero ese conocimiento no le permitirá generalizar la idea de que el sexo es bueno, saludable, benéfico o que existe una manera especial de gozarlo que es por definición mejor que otra.

Cada uno en este sentido es el administrador-gestor de sus propios qualias.

Y después de todo es posible que haya gente a la que no le gusta el sexo.

Atractores, creodos y tiempo

pinball

Es seguro que usted ha jugado alguna vez al pinball, todos los hemos hecho o al menos sabemos de su existencia. Se trata de una maquina que….

Bueno lo mejor es que el lector visite la pagina de la wikipedia donde se explica todo sobre este juego porque de lo que yo quiero hablar es de la dinámica del juego que me parece una perfecta metáfora de lo que quiero contar aquí.

Sobre el objetivo del juego dice la wikipedia que:

El objetivo del pinball suele ser sacar la puntuación más alta posible en un solo juego. La partida está dividida por un número limitado de veces que se puede jugar con la bola, y comienza impulsando la bola hacia fuera de un canal del que debe salir, iniciando cada turno. El tablero está inclinado en un ángulo que hace que la bola, por su propio impulso, ruede hacia abajo, donde hay una cavidad en la que se debe evitar que caiga, durante el mayor tiempo posible, pues cuando eso sucede se acaba un turno. El juego se hace posible gracias a la dinámica de que la bola rueda hacia abajo por su propio peso y de que se debe evitar que caiga hasta abajo valiéndose de las paletas, al mismo tiempo que se trata de ganar puntuación. Una vez fuera del canal, la bola rueda hacia abajo y se la debe golpear con las paletas, impulsándola hacia zonas al azar del tablero, de modo que cuando entra en ellas se gana puntuación, hasta que, inevitablemente, caiga hasta abajo, terminando un turno.

Dicho de otra manera, debido a la inclinación de la máquina (que además no se puede mover, sin riesgo de penalización o TILT) la bola tiende a caer arrastrada por la gravedad.

Hay algo en la bola que la lleva hacia el agujero, un orificio que la traga irreversiblemente y que lleva al jugador a volver a insertar una moneda si quiere seguir jugando. Lo interesante de esta historia son dos cuestiones: una es que el agujero opera como un atractor para la bola (en este caso por la gravedad). La segunda cuestión es que la bola al caer desde lo alto del tablero no puede recorrer cualquier camino, por ejemplo no puede atravesar ciertos obstáculos, sino que no tiene más remedio que bajar por una especie de canales que se conocen con el nombre de creodos.

Aqui hay una esquematización de los creodos.

creodos

Nótese como la bola del mismo modo que en el pinball no puede sino seguir ciertos canales según el impulso o efecto que lleve en su dinámica de giro. Todo pareciera como si la bola pretendiera introducirse por el agujero, como si la bola pudiera planear, como si estuviera dotada de propósito. Y en realidad lo tiene: la bola quiere alcanzar su posición de energía minima. Algo que alcanzará con el reposo.

Esta metáfora gráfica en realidad es una idea de Waddington que la utilizó para ilustrar su idea de paisaje epigenético que podemos definirlo asi:

El paisaje epigenético es una metáfora gráfica propuesta por Conrad H. Waddington para explicar el desarrollo de los organismos mediante la imagen de un paisaje compuesto por una superficie ondulante con cimas y valles, que representan las vías por las cuales se desplazan las células del organismo en su proceso de diferenciación. C.H. Waddington, considerado como el padre de la epigenética, es notable por sus aportes teóricos, que incluyen las nociones de asimilación genética, la canalización del desarrollo y el epigenotipo.
Estas ideas surgieron a partir de estudios experimentales en biología del desarrollo, los cuales resultaron en el descubrimiento del “organizador” en embriones de aves y, posteriormente, de fenocopias inducidas por factores ambientales en Drosophila (Extraido de esta web).
Lo interesante de esta conceptualización de Waddington es el propio concepto de «propósito» o «intención». ¿Tiene o no tiene la bola, el propósito o intención de entrar por el agujero?
Aqui vemos que el lenguaje se nos queda corto, porque solo los seres conscientes pueden tener propósitos o intenciones, ¿Cómo llamar pues a esa mania de la bola por entrar en su agujero?
No tenemos más remedio que tomar prestada una palabra griega, el telos, de donde procede la palabra teleologia. El telos no implica voluntad consciente alguna pero el interés de este concepto procede del hecho de que si hay telos es porque hay causa final de las cosas. No hay telos sin causa final.

Para Aristóteles en los seres naturales la causa final es la causa formal; o lo que es lo mismo la finalidad o telos es la propia forma desplegando su propia plenitud o mejor atrayendo hacia esa plenitud (ordenándolo todo desde esa plenitud). Dicho de otro modo: el sentido emergente en esa plenitud –el sentido que emerge en la plenitud- sería la más intensa cercanía respecto de la forma. Entendida esta como forma perfecta que atrae hacia sí y pugna por emerger. (Jose Carlos Aguirre).

Dicho de otro modo el telos es forma y es idea y lleva consigo plegado el espacio-tiempo.

Eso es un campo mórfico para Sheldrake: un telos que ordena y una forma perfecta y pura que orienta hacia sí el proceso en tanto polo atractor.

Vale la pena profundizar en este concepto de la mano de Gustavo Bueno.

¿Tiene entonces o no tiene propósito la naturaleza en su evolución?

Será en el próximo post.