El hipercuerpo

Hay quien piensa que de la simbiosis entre lo humano y la tecnología emergerá un metahombre, un nuevo ser tecnohumano cuya característica principal será la de no tener un solo cuerpo, de no tener un cuerpo en absoluto, puesto que todo su cuerpo se encontrará plegado en una intimidad pública mientras que él sólo se ofrecerá a través de sus interacciones con un teclado y un ordenador.

La virtualización del cuerpo supone el borramiento de las fronteras entre el cuerpo que se expone a los demás y el intracuerpo que percibimos a través de la sensorialidad interoceptiva, pero ¿qué cuerpo es el que acabará ostentando el signo de nuestra identidad? ¿Qué cuerpo será el que los demás verán?

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Probablemente ninguno porque las relaciones virtuales que caracterizan este nuevo desarrollo del metaverso se sustentan en un eje imaginario cuyo soporte es la imagen y la literatura, es decir nuestros escritos.

Hay que señalar que escribir no es lo mismo que hablar, puesto que hablar nos divide entre sujeto y objeto (hablamos y nos escuchamos) mientras que oir, ver o escribir nos retrotrae al mundo de lo imaginario donde operamos sólo como objetos o sujetos. Se trata de pulsiones parciales no presididas por la lógica de lo real sino sometidas a las leyes de lo fantasmagórico. Todo en el mundo virtual remite a lo imaginario y por tanto a la actualización de los fantasmas privados de cada cual. Del mismo modo hablar sin exponer el cuerpo no es lo mismo que hablar exponiéndolo, el fundamento del metaverso no es pues favorecer las comunicaciones visuales como sucede en la videoconferencia sino precisamente en lo contrario: en oscurecer la fuente emisora y receptora haciendo cualquier cosa posible al diseminar todas las oportunidades de cuerpo no presencial, esto es el hipercuerpo.

En realidad cualquier humano e incluso un bot no humano podrá agenciarse un cuerpo-avatar como este de abajo y operar en el metaverso según sus fantasmas privados: cambiando de sexo, ofreciéndose como prostituta o incluso comprando y vendiendo propiedades tal y como sucede en “Second life”. Se ha abierto ya y se han desparramado todas las virtualidades del deseo, para lo que conviene hacerse o bien un avatar o varios según las personalidades que uno pretenda ejercer en la red.

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Los que prefieran un juego menos duro tienen su oportunidad en “Los Sims“, como su nombre indica un juego de simulación en este caso social. Se trata de un juego que a diferencia de “Second life” no es “on line”, es decir no es jugado por distintos jugadores reales ocultos tras su avatar sino que el propio jugador crea sus propios personajes y se dedica a interaccionar con ellos tal y como sucede en la vida real puesto que cada personaje lleva consigo su “propia personalidad” con sus necesidades idiosincrásicas. El juego es un juego de supervivencia, como en la vida misma se trata de seguir hacia adelante, de subsistir, ganar dinero, comprar propiedades y alcanzar una cierto bienestar. Naturalmente el juego es un juego sin fin. Este es el entorno en el que viven los Sims, un entorno hiperreal donde se pueden ensayar estrategias de supervivencia social. (En este enlace te puedes bajar el juego en español)

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La eternidad según Kubrick

Todo parece indicar que Stanley Kubrick no creía en la evolución tal y como la entienden nuestros científicos actuales, una evolución gradual desde el simio hasta el hombre, tampoco parece que apostara por el creacionismo sino por un modelo catastrófico. En 2001: una odisea del espacio Kubrick especula con el hecho de que el paso de simio a hombre se produjo al azar o quizá bajo la influencia cósmica de algún tipo de fuerza cuya naturaleza no nos aclara. Lo que sabemos es que existe un monolito que parece ser una especie de antena colocada en los albores de la humanidad por alguien que quiere saber de nuestros progresos evolutivos y que después es desplazada hasta la luna para ver si hemos seguido haciendo los deberes y el hombre ha conseguido desplegar todo su potencial científico y tecnológico.

En 2001, Kubrick da un salto evolutivo desde la caverna hasta el espacio y la segunda parte de la película transcurre ya dentro de una aeronave donde su tripulación recibe la orden de dirigirse a la luna debido a que se han descubierto signos de vida inteligente, allí aparece de nuevo el monolito que parece que transmite o informa a “ese alguien” de nuestros progresos. Deducimos que en la luna ese alguien adquiere por fin evidencias de que, efectivamente, ha habido progresos en la humanidad. El monolito cambia de nuevo de lugar y se traslada esta vez a Júpiter.

El viaje a Júpiter trascurre lentamente con la mitad de la tripulación en estado de hibernación y con una nave controlada por una maquina “quasi” humana llamada Hal que resulta ser un ordenador envidioso de lo humano que poco a poco va provocando accidentes en la nave y “cargándose” al personal, tanto al que duerme como al que está de guardia. Nadie sabe y Kubrick nunca aclaró porque Hal se vuelve contra los humanos, pero mi interpretación es que Hal –una herramienta humana- comete el mismo error que los hombres, Hal cree que está vivo y que puede prescindir de los hombres y los hombres creen que ya han alcanzado el cénit de su evolución cerebral y dependen demasiado de sus máquinas. Hal se equivoca en creer en su supremacía intelectual y el hombre se equivoca al fiarlo todo a una máquina.

Al hombre le queda mucho trecho por recorrer y Hal no contaba con la inteligencia, ingenio y audacia del hombre para improvisar soluciones cuando las cosas van mal. Las escenas en el interior de la nave son magnificas porque reproducen la gravitación curva que nunca antes se había hecho en cine, viendo esa película uno entiende aquello que dijo Einstein de que tanto el espacio como el tiempo son curvos y que al final si sales por la derecha acabarás volviendo por la izquierda.

Al final el hombre vence contra la máquina y la desconecta, la mata, con ayuda de una herramienta más bien arcaica, un destornillador, pero ese “crimen” es también un suicidio en tanto que en ese momento el humano queda solo en el espacio y sin recursos para volver. El espectador toma conciencia además de la soledad del hombre en esa inmensidad cósmica y su vulnerablidad presente en los jadeos del astronauta que es absolutamente dependiente del aire mientras que Hal no necesita respirar.

La cuarta parte del film, se llama “Mas allá del infinito” y es seguramente el tramo más místico y difícil de entender de la película. El hombre desciende hasta Júpiter atravesando una barrera de luces caleidoscópicas que sugieren estar atravesando una dimensión superior que trasciende el espacio-tiempo de la escala humana y que recuerda ese túnel de luz que muchos moribundos han divisado antes de ser reanimados de nuevo y volver a la vida para contarlo. Es el tramo más psicodélico y bello de la película, un descenso a través de la luz hasta la superficie del planeta donde se encuentra por tercera vez en la película en monolito dichoso. Allí el protagonista y en un decorado de lo más futurista y virtual que podamos recordar en la historia del cine – similar a esos entornos hiperreales de “second life”- se encuentra a sí mismo envejecido y a punto de morir, en una especie de desdoblamiento puede verse desde arriba, desde otro lugar, en esa disociación de la conciencia que cuentan muchas personas que han sido capaces de “salir fuera del cuerpo” y ser a la vez continente y contenido. Y ese es precisamente el “quid” de la cuestión: el hombre aún es mortal porque se encuentra encerrado en esa esfera tridimensional que le contiene y sólo a través de la muerte es capaz de salir de ese cascarón.

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Para renacer hay que morir al tiempo, nada puede renacer desde lo mismo y eso es lo que parece que sugiere ese feto envuelto es una esfera amniótica que ahora navega como una nave por el espacio preñado de luz.

La luz que siempre existió y que siempre existirá, lo único que es eterno.

Los ultimos 9 minutos de esta pelicula merecen la pena verse con detenimiento y profundizar en su simbolismo.

Musica y fractalidad

La figura retórica de cualquier discurso musical es la repetición, no hay música sin repetición que es precisamente la esencia de las fractales: esas figuras geométricas sorprendentes que resultan de la representación en un plano de una secuencia basada en la iteración.

En este sentido se ha dicho y repetido que el inventor de la fractalidad musical sería el mismo que inventó la variación de la que es la fuga la forma musical más conocida cuando interviene mas de una voz, en este sentido muchos autores apuntan a Bach como el guru de la musica fractal, no porque la variación fuera un invento de Bach sino porque llevó el género a la excelencia. Aunque en realidad hablar de música fractal es una metafora licenciosa, la música no es un fractal -no es una curva- sino algo que se le parece mucho y que por falta de nombre toma prestado el término fractal de la geometria. La música se rige por las mismas leyes que el lenguaje y está sometida del mismo modo que el discurso de cualquiera de nosotros a su gobierno.

Aunque es bien cierto que participa de algunas de sus caracteristicas principales: la recursividad y la autosimilitd, por eso algunos autores han propuesto el término “Literatura y fractalidad” movidos por una similar fascinación metafórica.

He hablado de la repetición, pero se trata de una repetición especial, se trata de una repetición donde siempre existe una pequeña y a veces sutil variación, bien en la melodia que opera como un carril del discurso o bien en la armonia que opera como matriz. La autosimilitud y la recursividad son particularidades de la música en sí misma porque son caracteristicas de la variación.

El minimalismo precisamente es un movimiento musical que posteriormente se desvió hacia otros aspectos del arte como la arquitectura o la decoración que ha profundizado en esa condición fractal de la música. No existe una literatura minimalista, aunque podamos hablar de pequeños formatos en poesía como el haiku, poemas de origen japonés de tres versos que contienen no obstante la esencia del minimalismo: la reducción a lo esencial. En este ejemplo musical la reducción a una matriz armónica donde es casi imposible distinguir la melodia de la armonia, ambas discurren juntas por distintas escalas, abriendo arpegios, construyendo adornos distintos, apoyaturas y acentuaciones inefables, pero que en cualquier caso no oponen jamás ninguna disgresión al discurso lacónico aunque no necesariamente breve de eso que ha venido en llamarse “minimal music” o musica new age que efectivamente está emparentada absolutamente con el hiperrealismo en tanto que aquel también busca a través de la hipérbole, de la sinécdoque, de la elipsis un circunloquio que eluda el discurso directo y figurativo. Cuando uno oye una obra como la de aqui abajo -una obra de Philip Glass– se producen dos efectos sobre el oyente, uno es el efecto hipnótico que crea la repetición y el otro es una especie de misterio o suspense que va unido al discurso necesariamente reticente del artista que se limita a echar una plomada sobre el despliegue musical y a ceñirse al andamiaje. Otro de los efectos sobre el oyente es el efecto-bucle, es decir la sensación de que el tema carece de fin, el oyente apresa de alguna manera la noción de infinito, de atemporalidad en tanto que la estructura que se repite podria seguir “ad infinitum”, puesto que se genera a sí misma -es recursiva y por tanto autopoyética– de modo interminable, sólo una decisión arbitraria del ejecutante pone fin a la pieza.

Y a la emoción inducida.