¿Y tu qué entiendes por amor?

Lo cierto es que el amor es uno de esos sentimientos que todos parecemos conocer, ¿pero podemos estar seguros de que hablamos de lo mismo cuando hablamos de amor?

Lo cierto es que no podemos estar seguros de ello, porque el amor es un qualia, y cada persona segun sus pecualiridades y sobre todo de su nivel de conciencia. Cada cual tiene un concepto sobre el asunto que a pesar de ser consensuado en realidad se nos muestra inasible a través de los conceptos.

Asi hay amores terrestres y amores líquidos, etéreos, inalcanzables y amores comunes, preconvencionales y postconvencionales, hay amores que matan y amores que duelen, amores pasionales y amores eternos, amores con fecha de caducidad y amores convenientes e inconvenientes.

Dicen que la pornografia debilita el cerebro de los hombres y les predispone a relaciones fantasiosas que usurpan el verdadero sentido de una relación profunda con las mujeres, pero tambien es verdad que los amores románticos y las historias que cuelgan de esta concepción son la pornografía de las mujeres.

De modo que he decidido llevar a  cabo una pequeña encuesta para saber de qué hablamos cuando hablamos de amor. Me gustaria saber qué atributos cuelgan de ese concepto, asi que agredecería mucho contestarías a esta pequeña encuesta.

 

 

La función de la mirada

ojo

Mirar y ver son cosas bien distintas, del mismo modo que oir y escuchar lo son. Todo el mundo sabe que podemos oir sin escuchar, algo que solemos hacer a diario cuando nos fuerzan a escuchar algo que no queremos o algo que nos han repetido muchas veces. Del mismo modo los discursos reiterativos nos resultan pesados y tendemos a aislarnos.

Dicen ahora que las voces demasiado agudas de las mujeres agotan los recursos cognitivos de los hombres y por eso los hombres no las escuchamos a ellas, al menos es una queja universal. Debe ser cierta.

Pero no es del oido de lo que quiero hablar sino del ojo, ese artefacto tan bello y perfecto que se acopla tan bien a ese mundo que nos conviene percibir para nuestra supervivencia. Pero el ojo tiene una función doble tambien como la oreja, sirve para ver, una función puramente pasiva y femenina como beber y sirve para mirar, la parte activa de la cuestión, como comer.

Del ojo que mira para espiar ya hablé aqui a propósito de aquella pelicula magistral de Hichtcock que se titulaba “La ventana indiscreta”, de modo que no voy a volver sobre esta pulsión escópica que se oculta entre las funciones del ojo. Hoy voy a hablarles de la mirada.

Y para hablar de la mirada lo mejor es recurrir a una comparación con lo que oimos a través de ese otro agujero que es la oreja.

Cuando hablamos con alguien y mantenemos un diálogo con ese alguien, hay dos maneras de hacerlo: para seguir el hilo de la conversación es necesario que oigamos lo que dice nuestro interlocutor, eso hacemos todos, pero hay una diferencia muy importante y esencial en cómo lo hacemos: podemos oir para contestar (eso es lo que solemos hacer casi siempre) y podemos escuchar para comprender.

Escuchar para comprender es algo que no suelen hacer las personas comunes y por eso se inventó el oficio de psicoanalista. Aquel que escucha no para contestar o seguir una conversación sino para comprender las razones, el discurso, la narrativa del otro, atendiendo a la totalidad de lo que se dice y que incluye lo que no se dice. De hecho una terapia comienza cuando termina la conversación y es por eso que las conversaciones entre colegas, amigos o parejas no son terapia.

Al ojo le pasa un poco lo mismo que al oído. Se puede mirar para ver y se puede mirar para transformar lo que se ve. El ojo no es solo un agujero, es sobre todo una lente que proyecta hacia el exterior algo que viene muy de dentro. Esa lucecita que destella a través de la pupila, eso es lo que se proyecta, el alma o la esencia de cada cual si queremos llamarla asi.

Es por eso que sentirse mirado es esencial en nostros los humanos, hablamos entonces que el otro nos hace de espejo, nos refleja o nos especula. Un espejo que puede reflejar nuestra parte más abyecta, pero tambien la más sublime. En algunos casos sin embargo lo que refleja el espejo es el vacío.

espejos

Dice Paulina Kernberg que no debe existir una experiencia más aterradora que la de no no ser reflejado por la mirada de alguien, algo de lo que hablé aqui a proposito de la reverie: un captar de golpe una totalidad, las necesidades de un bebé para ponerles remedio, claro está.

Los espejos deforman nuestra imagen, pero lo interesante es que todos nosotros nacemos como encapuchados, es decir cubiertos de la imposibilidad de reconocernos. Necesitamos espejos y los espejos más importantes son aquellos que tienen la capacidad de devolvernos una idea de nosotros mismos tranquilizadora. Es por eso que necesitamos ser reconocidos y que la indiferencia es peor que el rechazo. Indiferencias y rechazos que se  traducen en distorsiones como estas:

gato

¿Qué le pasa a este gato?

gorda

¿Y a ésta muchacha?

Cuerpo y corporalidad no son pues la misma cosa.

La corporalidad es una mirada, una mirada que atraviesa de parte a parte el ojo y lo convierte en autoconcepto. Lo real se transforma en sutil.

La materia en aire.

El camino sufí: la tariqa

derviches-danzantes

 

Se dice que el sufismo es la tradición mística común a todas las religiones del Mediterráneo (R. Graves). Aunque su progreso principal se desarrolló bajo el paraguas musulmán, existen autores e incluso santos cristianos o judíos que eran sufíes, verbigracia el mallorquin Ramón Lull o Maimónides. Asimismo existen pruebas de que Sta Teresa de Jesús y S. Juan de la Cruz eran, o al menos conocían el sufismo a fondo, concretándose el siglo XII como el siglo de oro del mismo y a Persia como “El dorado” de la época, donde vivieron y escribieron sus más ilustres representantes muchos de ellos españoles, como Ibn Al Arabi o Avicena. Otros, persas de origen como el conocido Rumi.

No es de extrañar que la disciplina mística tentara a nuestros intelectuales del siglo XVI, en un periodo agitado por la Contrareforma y fueran perseguidos por la Inquisición que siempre vio como sospechosas las actividades esotéricas de los sufies. No me refiero tan sólo a la religión católica: el destino de las ordenes sufíes dentro del Islam ha pasado a ser mero folklore de danzas y ordenes de derviches, devorados por un monstruo que se llama integrismo y que ha pasado a convertirse como la interpretación ortodoxa de la religión islámica. Idéntica suerte corrió entre los judíos, donde el sionismo ha terminado por expurgar cualquier práctica heterodoxa de su liturgia y de su camino espiritual.
Predicción que ya hiciera Freud en “El porvenir de una ilusión”, en que pronosticaba, ya en edad provecta y probablemente decepcionado de la supremacía de las religiones sobre las vías iniciáticas individuales. En este contexto la ciencia actual no sería sino otra religión, donde el individuo ha tenido que converger por la evidencia de sus logros, sustituyendo la certidumbre total que antaño le garantizaba la religión por una incertidumbre relativa que es la que la ciencia le proporciona, aunque permaneciendo en el anhelo de que la propia ciencia vencerá gran parte de sus actuales inseguridades a medida que el conocimiento científico progrese.

Decir esoterismo, es situarse en el polo opuesto de la concepción espiritual que defienden las religiones oficiales. La vía espiritual que representan todas y cada una de las vías místicas, aun ligadas a la religión de turno por amplios lazos geográficos y culturales, representa una vía rabiosamente individual, un camino, una regla, una tariqa que no puede sino realizarse a solas, a veces en parejas, en la convicción hermética de que Dios no comparecería nunca en el tumulto de una multitud.

Esta vía mística, espiritual y solitaria se opone a la vía exóterica de las religiones oficiales, donde el dogma, la persecución de la disidencia o la imposición obligada de preceptos que no pueden sino acatarse, terminan por decepcionar al hombre culto y sensible que se aparta cada vez más de ellas por no contener sino una cadena de órdenes más que discutibles y cuya espiritualidad profunda parece ser negada por sus sacerdotes al entenderla como una vía privada hacia la consecución de un bien espiritual, cuyas desviaciones son sentidas casi siempre como peligrosas para la supervivencia del dogma o de sus castas sacerdotales.

Efectivamente el esoterismo está considerado en la tradición sufí como un regalo, un don que Dios concede a sus amigos y que se opone a la verdad revelada a través de intermediarios. En la vía esotérica que se adquiere por intuición, la verdad alcanzada es una cosa entre el santo y Dios y que a nadie más concierne, pues:

Este conocimiento que Dios concede a sus amigos es desconocido incluso por los ángeles o ninguna de sus criaturas. De este modo todo exterior (o hecho externo) tienen un interior (o representación mental), todo interior tiene un secreto y todo secreto tiene una realidad. Es lo que Dios regala a sus amigos, un secreto a través de un secreto. (Adab al-Muluk, citado por Carl Ernst en Sufismo pag 83)

Este concepto paradójico del secreto al cual se llega a través del secreto es una constante en cualquier tradición de sabiduría y representa en mi opinión el trasvase jerárquico de conocimientos sin desvelar que propician un ascenso de nivel en el conocimiento alcanzado.

En este sentido la paradoja sería una forma de cataclismo psicológico destinado a saltar de nivel, un equivalente a una catástrofe de electrones en la teoría atómica.

En realidad cualquier tradición mística es una manera de contactar con Dios, mediante una regla especifica o espiritual, aunque el concepto de Dios es intercambiable e irrelevante: incluso aquellas religiones sin Dios como el budismo, tratan de contactar con una experiencia inefable que aporte un conocimiento superior. El sufismo que procede del Islam si cree en Dios, se trata de un Dios como principio o Todo que infiltra en su Divina providencia a las criaturas humanas, cuya función no es sino volver a ese Todo en las condiciones idóneas de perfección a alcanzar durante su existencia humana. Un Dios al que no se puede sino someter en su Divina omnisciencia o poder.

Aunque la virtud y la meditación son vías comunes a todas las tradiciones místicas, el sufismo supone un atajo especifico con respecto al resto de las vías. Su combinación de elementos sensoriales, sensuales y místicos crea un ambiente poético que podemos rastrear en los mejores poemas de Santa Teresa y San Juan de la Cruz[1], poetas que echaron mano de las conocidas metáforas sufies relacionadas con el amor carnal, verdadero espejo de la experiencia mística que se pretenden lograr con la fusión con el Todo.

Para un sufí el celibato no es necesario, el monacato sólo una opción más. Existen distintas vías de entrada espiritual, como distintos caminos que llevan al mismo lugar, “el vino” – metáfora de lo sensual- que ni embriaga ni obnubila la conciencia, sino que la abre a un conocimiento superior, la danza con su continuo girar no es sino otra metáfora del continuo movimiento de las estrellas, la belleza de la mujer es la cuerda con que Dios se anuda a lo material.

Anoche Dios puso su mano en mi pecho,
Me sujetó con fuerza y prendió un aro en mi oreja.
Le dije: “ Amado mío, estoy llorando por tu amor”
El apretó sus labios contra los míos y silenció mi voz
(Ayn al Kudat)

Otra vez aparece la conocida cantinela del conocimiento superior, esta vez lograda no a través del aprendizaje paradójico, sino a través del amor carnal. Aunque como se puede observar no se trata tan sólo de una escena de amor conyugal, sino de una escena de amor místico donde el sujeto es intercambiable (¿quien habla, hombre o mujer?), similar a las descripciones teresianas o de S. Juan. El amor que aquí se nombra es en cualquier caso una forma distinta de amor, aunque se utilice una metáfora más que carnal para su explicitación. Se trata de una escena extática, escenas que tan a menudo nos encontraremos en la poesía sufí árabe y que consideran al arte poético como un vehículo de comunicación de experiencias noéticas.

El vinculo entre erotismo y éxtasis, aun mediante el sacrificio ascético del cuerpo no supone una contradicción, antes al contrario es su condición:
Erotismo que es indivisible del sacrificio del cuerpo y de la sumisión aceptada en nombre de una instancia supraindividual, conectada a través de la agonía y del éxtasis con el ser humano individual (F. Traver, Un estudio sobre el masoquismo).

Este catálogo de imágenes sufíes tiene como principal característica la de retirarse de cualquier intento de nombrar la deidad a la que se adora.
Poco importa el tipo de invocación o adoración elegida, tanto importa un ídolo pagano, como un hombre divino que se podía adorar en la intimidad sin necesidad de acudir al templo. Lo que importa para un sufí es la transmisión de la propia experiencia, más allá si está referida a Yahvé, Allah o a Vishnú. Lo que importa no es la precisión en términos religiosos sino demostrar la devoción. (Carl Ernst, Sufismo, pag 175)

Con todo, mi intención en este largo epígrafe no era dar una interpretación exhaustiva de la cosmogénesis o imagenería poética sufíes sino la de hablar de la vía iniciática sufí, porque me parece que tiene elementos comunes con todas las demás y porque a pesar de las religiones oficiales sigue perviviendo en cada uno de nosotros como una forma ciega de búsqueda. Mi propósito es pues arrojar alguna luz. Ya sabemos lo que es la iniciación y lo que la diferencia de la pedagogía convencional, la pregunta que hay que responder es ¿qué hay de común en todas las vías iniciáticas, y qué subsiste en nuestros rituales actuales de ellas? ¿Cómo pueden ayudar al hombre actual estas tecnologías?

Sin disciplina, no hay camino espiritual, ni hay cambio, ni hay propiamente experiencia espiritual. Cualquier tecnología por potente que sea que no se sustente en una convicción holista del hombre es una experiencia vacía y es, además, una experiencia con lastre. Cualquier psicoterapìa actual no tiene otro paradigma sino el cambio: movilizar al sujeto, removerlo desde dentro de sus propias convicciones para “obligarle a cambiar”, una obligación que halla su justificación en el rastro filogenético de la especie y que consiste en “ascender” de nivel jerárquico de organización psíquica y no sólo de adaptarse por defecto a sus condiciones de vida.

No se trata de obligarle a cambiar sus puntos de vista o sus convicciones más profundas, se trata de propiciar un cambio de nivel, de hacerle ascender en busca de su identidad profunda, de hacerle converger hacia la autoconciencia, si utilizamos la terminología de Jung. Pero no existe cambio sin sacrificio, ni dolor.

Cualquier transformación indolora es una falsa vía, se impone pues la vuelta atrás.

La transformación además puede ser explicada y aprendida, a través de cualquier tecnología y de cualquier vehículo a condición de que no se resuelva el misterio, Los sufíes utilizaban el cuento con este fin, un cuento como este:

Un hombre se encuentra a su amigo en la calle, parece haber perdido algo.
– ¿Que has perdido amigo?
– Las llaves de mi casa.
– Reconstruye la secuencia de tus actos, ¿qué camino has tomado para llegar aquí?
– Bajé de mi casa por la escalera, y heme aquí buscando las llaves
– Entonces es seguro que las perdiste en la escalera.
– Si, es casi seguro
– ¿Y por qué las buscas aquí en la calle?
– Porque aquí hay más luz.

El cuento es la forma preferida por la pedagogía sufí para obtener un conocimiento no lineal y no acumulativo, sino aquel que opera por descarte. Si observamos atentamente la idea que trata de transmitir Nasrudin nos encontraremos con el sello de la modernidad del pensamiento actual, donde de lo que se trata es que las personas aprendan a pensar la realidad de un modo no convencional, con una especie de lógica borrosa. Buscar las llaves aquí porque hay más luz, a pesar de saber que las llaves se perdieron en otro lugar no es una simple extravagancia para hacernos reír, sino que nos induce a pensar:

1) Que muchas veces la verdad no puede ser encontrada sino con el apoyo de la luz y que poco importa saber donde se encuentra si esta verdad permanece a oscuras.
2) La posibilidad de que la llave se mueva es tan remota como la posibilidad de encontrarla a oscuras, de modo que siempre será mejor solución la búsqueda con luz, que la búsqueda a ciegas.
3) Hay una tercera opción que Nasrudin no recoge y es esperar a que amanezca, no hacer nada, sino esperar, una opción que cualquier taoista hubiera elegido.

En mi opinión, no existe mejor parábola para expresar tanto la vía exotérica del precepto y la vía esotérica inicíatica que este cuento de Nasrudin: efectivamente las llaves no son sino la herramienta que abre y cierra la casa, de modo que su búsqueda es absolutamente necesaria para poder volver, pero buscarla a ciegas no es un buen método, sin embargo buscarlas en la luz de la calle, aunque igualmente ineficaz puede dar lugar a otros hallazgos que compensen la perdida de la misma. A veces una cosa lleva a otra y siempre en la dirección del destino.
Pero el discípulo, mientras tanto, habrá aprendido la lección fundamental: la verdad es invisible.

Obsérvese, pues, que el cuento es multidimensional, presenta tantas facetas y lecturas como los eventos más complejos de la conciencia humana, es por así decir rabiosamente sutil y complejo al mismo tiempo sencillo, práctico e impactante, quizá por su tendencia a ubicar al lector en un plano de conciencia superior al de la vida común o diaria, donde se plantean dilemas distintos, prácticos y conmensurables que a diferencia del enigma no enseñan nada.

En cualquier psicoterapia el terapeuta se encuentra a menudo con este tipo de dilemas, que o bien se encuentran en el encuadre de la terapia o bien los plantea el propio paciente en forma de paradojas comunicacionales o pragmáticas que de no conocerse echan por tierra la labor psicoterapéutica anterior.

Una terapia no pretende, no debe pretender nunca resolverlo todo. No se trata de darle al paciente demasiado masticada cualquier solución a cualquier problema que pueda plantear o inventar. En realidad la terapia que tiene éxito a largo plazo es aquella que consigue dejar una cierta atmósfera de resto irresuelto (Watzlawick). No sólo por la convicción de que no hemos de resultar demasiado protectores con nuestros pacientes, sino que efectivamente muchos problemas no tienen solución.

Muchos problemas no tienen solución desde dentro de la configuración que encuadra en problema. Epistemológicamente hablando, a veces es necesario “salir” de un determinado encuadre para encontrar la solución que se busca desde dentro. Esta prueba de la falseabilidad o veracidad de un determinado enredo, se cuenta entre las mas hermosas estrategias para encontrar soluciones y también para discriminar si una proposición lógica es veraz o falsa. Ejemplo practico de este tipo de enredos son los que acaecen en los divorcios: para divorciarse hay que estar casado, pero para divorciarse hay que ponerse de acuerdo, al menos en el propio divorcio. Sin embargo ponerse de acuerdo en una atmósfera de desacuerdo ea lógicamente imposible, por lo que los divorcios terminan siempre en pleitos judiciales que no logran acabar ni mediante la disolución del vinculo con el enredo que dio lugar al divorcio y que puede mantenerse activo de por vida. Por otra parte nadie puede divorciarse desde fuera del sistema del matrimonio, por lo que se impone una separación fáctica que haga de dique a la falta de opciones desde dentro del propio sistema. Así y todo frecuentemente se hace necesaria la comparecencia de una autoridad superior que acaba dejando a todos decepcionados.

La actitud del psicoanálisis que se conoce con el nombre de “escucha sin tiempo ni deseo” (Bion) me parece uno de los más bellos paradigmas que reproducen aquella actitud inicíatica de que la verdad es invisible y que sólo se consigue alcanzar, quizá, cuando la búsqueda ha cesado. En este sentido, aquellas personas cuya búsqueda esta demasiado apegada a lo material o a lo práctico siempre serán malos candidatos a una psicoterapia. Por el contrario, aquellas otras que buscan una ubicación en el mundo vinculada a valores éticos o estéticos o que realizan una búsqueda de una verdad supraindividual aunque no sea trascendente, siempre serán los mejores candidatos a una psicoterapia de inspiración psicoanalítica o de cualquier otra clase.

Por otra parte una de las características que constituyen la idoneidad para un proceso de cambio en una persona es que exista un predominio de la “narrativa” sobre lo psicosomático. Lo psicosomático (el lenguaje del cuerpo) siempre es algo que está más allá de la narrativa y por ser inefable se constituye en un misterio insondable e imposible de comunicar. Emparentado con la alexitimia (la incapacidad de leer emociones), lo psicosomático responde a un código secreto del cuerpo que alude de una forma enigmática a emociones muy primitivas y profundas que se establecieron, cuando aun el lenguaje no estaba lo suficientemente desarrollado como para que el individuo pudiera dar cuenta a través de él de sus estados internos. En este orden de argumentos lo psicosomático no expresa ni comunica nada, lo psicosomático se expresa a si mismo, con el orden de la poesía, la indistinción, la atemporalidad y la incongruencia. Aun utilizando el lenguaje del cuerpo, su mensaje es agramatical y no puede ser leído, más allá de un signo de alarma que las más de las veces terminará en una intervención medica, pero no conversacional.

Aunque cualquier psicoterapia se constituye en una forma de ayuda basada en la narrativa, no hay que suponer que es en la propia narrativa desde donde se articulan los procesos más intensos de ayuda, sino en otro nivel de eventos que se construyen a través de las expectativas de ayuda que proceden del universo infantil del paciente, de su demanda de amor y de sus necesidades de apoyo y guía. Aquí se establece uno de los conflictos más importantes que operan como malentendido cultural en cualquier forma de psicoterapia, aunque más patente en las de orientación psicodinámica.

El paciente no cambia a través de la comprensión, la empatía o la simpatía de su terapeuta. No cambia a través del consejo o del insight alcanzado, cambia a través del dolor y de su contención, a través de alguien que lo transforma y sobre todo a través de su incapacidad para construir una respuesta lineal a sus dificultades reales. Cambia al ser obligado a través del silencio y la frustración a permutar su expectativa omnipotente de ayuda por un ascenso en el nivel de complejidad desde donde tejer nuevas preguntas.

Cuando se dispone de una herramienta de cambio, es absurdo buscar otra tecnología en otro lugar para iniciar ese cambio, es inútil y redundante. Por eso se impone la modificación de la perspectiva. Curarse no es perdonar o hacerse perdonar, ni huir, o quedarse. Curarse es obtener un estado mental que permita ir más allá en la obtención de gratificaciones mentales, más allá de la vanidad o el lujo, la búsqueda de bienes materiales o la tranquilidad de conciencia.

Esa forma de cura, tan limitada a la virtud religiosa y que forma parte de nuestra tradición cristiana, fue en gran medida difundida y defendida por el psicoanálisis como un objetivo a alcanzar. En este sentido, al menos religión y psicoanálisis compartieron una meta normativa que hasta sólo hace muy poco tiempo ha sido entrevista no sólo por los propios terapeutas, sino también por el propio publico.

El camino sufi, me parece tan bueno como cualquier técnica psicoterapeutica y prodriamos resumirlo así:
· Práctica de la virtud
· Búsqueda de un maestro
· Obediencia a las reglas del maestro aún no comprendiendo
· Respeto por las tradiciones exotéricas y practica de la religión oficial
· Sometimiento a Dios
· Superación del pensamiento dual, a través de conversaciones guiadas
· Practica del arte, la filosofía o la medicina
· Orientación altruista.

En definitiva el camino sufí, la tariqa, es un método más de persecución del si-mismo en el sentido más jungiano de esta palabra, el único camino para la superación de los estados internos vinculados con el malestar, en la convicción mítica de que regresar es también una forma de llegar.

El infinito interior: itinerario para un descenso

    Podemos definir al humano como aquel lugar donde se dan cita dos movimientos cósmicos de dirección contraria: uno centrifugo, biológico y evolutivo que corresponde a la emergencia de nuevas complejidades cuya cima es la autoconciencia y otro centrípeto, recursivo y replegado hacia dentro hasta la conciencia basal y la infraconciencia. Ambos mundos tanto el de dentro (inconsciente) como el de afuera (cosmos) se consideran infinitos (Stern) y se confunden ambos en la máxima esóterica “lo que está arriba se corresponde con lo que está debajo”.

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Emergentismo significa algo distinto a causación, significa que una estructura biológica más antigua es la que sirve de soporte a la más moderna en términos de filogénesis, pero no implica causalidad directa. El cerebro mamífero es una emergencia del cerebro reptiliano pero no es consecuencia de aquel, sin embargo no hay cerebro mamífero sin un soporte de cerebro reptiliano, en este sentido el emergentismo es acausal. Se trata del concepto acuñado por Stern como causación ascendente: la evidencia de que la evolución tiende a “construir” modelos y diseños biológicos cada vez más complejos, aunque en correspondencia no puede desdeñar los antiguos modelos ya caducados y tiene que conformarse con mejorar estos modelos sobre la “maquinaria” preexistente.

La evolución no puede operar hacia atrás, está obligada a seguir “la flecha del tiempo” que siempre apunta hacia el futuro, pero paradójicamente el hombre es un ser histórico es decir conserva memoria de lo que fue e intentó ser y además guarda una cierta conciencia de continuidad, una continuidad que trata de preservar mediante toda clase de maniobras defensivas que le alejen de su ansiedad de aniquilación: aquella que procede del no-ser o no-Yo, mientras trata de convivir con sus propios modelos mitológicos que se situan en un tiempo no-histórico, “cuando entonces” que le devuelven una idea y una cosmogonia que muchas veces se constituyen en el núcleo invariable de su ser, en su condición inicial. Una pregunta que habría que hacerse en este momento teniendo en cuenta la causación ascendente cuyo paradigma es el emergentismo es entonces: ¿Hacia donde se dirige la evolución, tiene algún sentido esta emergencia cada vez más compleja de nuevos diseños? Suele decirse que la evolución carece de planes y es cierto porque no hay –en teoría– una conciencia evolutiva que pueda planear la dirección de su desarrollo, la evolución se limita a beneficiar a aquellos genes que han demostrado su “buen diseño” y a penalizar a otros, sin embargo existen pruebas que demuestran que la evolución no ha terminado (Heidegger, Ayala), dicho de otra forma: que estamos “a medio hacer” y que el hombre es un modelo inconcluso, en suma que la evolución no ha terminado.

Una respuesta a este dilema de la perpetua afinidad de la materia hacia niveles de mayor y mayor complejidad podría proceder del mundo del átomo: por qué el cloro tiene tanta afinidad por el sodio puede explicarse eléctricamente, pero -en términos más genéricos-, la pregunta sería ¿por qué los átomos tienen la manía de entrelazarse formando moléculas?

Se trata de un contramovimiento que busca la simetría rota, los átomos tienden a unirse formando moléculas porque el universo está en expansión constante, una expansión que no ha cesado desde el big-bang original, la suprema asimetría o el Absoluto desorden. Dicho de otra manera: la materia tiende a agruparse oponiéndose a la fuerza expansiva del universo en busca de la simetría perdida. La secuencia cósmica sería la siguiente:

desorden ————–orden—————— desorden

En el otro extremo del modelo de Stern se sitúa el titulo de este articulo: “El infinito interior” una correspondencia interna de dirección contraria a la causación ascendente y en ese cuello de botella que forman ambos mundos (el de afuera y el de adentro) se sitúa el hombre, su Ego y el aquí-y-ahora. El sentido individual del hombre procede pues una doble emergencia, por una parte es el resultado de la complejidad evolutiva de una especie de primate que adquirió conciencia de sí, y en el otro lado es el desarrollo de una subjetividad arrancada a la conciencia basal común con los animales. En este sentido existe un paralelismo casi siempre asimétrico, de su ubicación en el mundo, el hombre es el resultado tanto de su condición biológica y cultural (causación ascendente) y de los elementos que ha ido arrancando a la subjetividad, elementos que pertenecen a su inconsciente arcaico, tanto colectiva como individualmente. Al mismo tiempo sabemos que los sistemas de mayor complejidad “incluyen” aunque no “son causa” de los sistemas de una complejidad menor. Dicho de otro modo, desde una mayor complejidad (autoconciencia) pueden derivarse efectos tanto en el mundo físico como en el mundo de menor complejidad. Es decir que la autoconciencia puede influir en lo biológico, un fenómeno que se conoce con el nombre de causación descendente.

La autoconciencia y su desarrollo son pues no solamente tareas relacionadas con el destino evolutivo del hombre (transhumanización) sino también una herramienta para la armonía y la salud. Este camino que Huxley llamó transhumanización y Jung individuación trata de recuperar el centro del ser, que no se ubica en el Ego sino en el Si-mismo, el centro de los centros, el centro que es individuo y que al mismo tiempo es cosmos-en-el-individuo. El Ego es el centro de la persona (prosopon) o máscara es decir un constructo puramente social y en cierto modo adaptativo que en efecto es necesario para sobrevivir en un mundo habitado por y para depredadores. El sí-mismo por el contrario es el centro del individuo y al mismo tiempo es el centro del cosmos, a ese viaje desde el Ego hasta el sí-mismo se le conoce –desde Jung– con el nombre de camino de individuación.

La enfermedad, sobre todo las enfermedades mentales y psicosomáticas pueden considerarse como el resultado de una asimetría y no solo como una inadaptación como suele concebirse hoy la enfermedad mental olvidando que muchas enfermedades y sufrimientos se producen por un exceso de adaptación a las normas y expectativas sociales. Esta asimetría da lugar a un desequilibrio fundamental, una disarmonía que es el equivalente de la disarmonía cósmica que nos representamos físicamente como una simetría rota; suele decirse y es verdad que el desarrollo tecnológico y científico ha ido más rápido que el movimiento del hombre hacia su interior, este desequilibrio da lugar a una asimetría evidentemente disarmónica y esta asimetría es la condición del sufrimiento humano. La enfermedad mental no es solamente de causa inadaptativa sino un desvarío óntico, es decir que afecta conjuntamente al centro de la persona (Ego) y al centro del ser (si-mismo).

Una de las características del centro del sí-mismo es que es al mismo tiempo centro también del universo donde se dan cita pues otros centros, cualquier desvarío o cataclismo en ese centro repercute en el universo entero. Hasta tal punto la afirmación anterior es cierta que es predecible que a un hito fundamental de los desarrollos tecnológicos o científicos se sigan verdaderos desordenes colectivos e incluso fenómenos naturales catastróficos. Cualquier hito científico o técnico supone una nueva ruptura de la simetría (estabilidad u orden) alcanzada que no encuentra correspondencia en el mundo interior del hombre colectivamente hablando, siendo evidente que la velocidad con que se propagan los desarrollos tecnológicos es superior a la velocidad con que el hombre inicia su camino de descenso interior. Entre este tipo de eventos pulsátiles se han señalado la emergencia de la agricultura, la imprenta, el alfabeto, el descubrimiento de la penicilina o incluso la “Perestroika”. Cada uno de estos hitos de desarrollo social, técnico o científico han venido acompañados de periodos de intensa desorganización social, como si el colectivo humano o los elementos hubieran enloquecido de repente.

Si el hombre posee subjetividad es a partir de una nueva emergencia biológica que le es propia: la autoconciencia, un estado de sobreelevación de la conciencia desde la que es posible observar la conciencia basal. La autoconciencia es un repliegue de la conciencia que nos permite no sólo saber (o conocer o aprender) algo que compartimos con muchos animales sino “saber que se sabe”, o saber algo acerca de cómo se sabe, una función que es representativa y única del genero humano contando incluso a las ramas de homínidos ya desaparecidas, como el Neandhertal que ya poseía un esbozo de autoconciencia, algo que sabemos a partir de sus ritos funerarios fosilizados. Con todo no hay que confundir la autoconciencia con la hipertrofia del subjetivismo o autoreflexión, algo que suele suceder: la autoconciencia es abundante, opera por descarte [resta!] y se caracteriza por su simplicidad, mientras que el subjetivismo y su hipertrofia es compulsivo, complejo, confuso y opera por acumulación. Más tarde volveré sobre esta distinción.

Si la dirección hacia fuera es llamada causación ascendente, la dirección hacia dentro se conoce con el nombre de causación descendente e implica la conexión del cerebro humano con los fenómenos biológicos puros, aquellos que son producto biológico pero que se encuentran entrelazados con el cerebro (aunque no sean directamente causados por él). Este concepto de causación descendente implica que el cerebro puede controlar los mecanismos neurovegetativos que se hallan implicados en múltiples desordenes somáticos y por esta razón la causación descendente es de un enorme interés para la medicina porque supone de hecho aceptar que mediante determinadas técnicas que tienen en común un entrenamiento concreto se pueden curar o al menos modular determinadas enfermedades o sufrimientos. Podemos afirmar entonces que el estudio de la autoconciencia está relacionado directamente con el paradigma médico. Esta es la razón por la que muchos médicos propongan el desarrollo y exploración de la autoconciencia como método terapéutico, a través de tecnologías originalmente espirituales como la meditación o el yoga o en el mundo occidental desde que Freud descubriera el inconsciente y con él una forma de terapia que se conoce con el nombre de psicoanálisis cuyo paradigma terapéutico es el cultivo del insight (el darse cuenta). Pero existe otra razón para proponer un determinado ejercicio de la autoconciencia como método curativo, me refiero a la búsqueda de armonía o por decirlo en los términos que vengo utilizando hasta ahora una búsqueda de simetría. Esta búsqueda no solamente es un ejercicio sanitario e higiénico de indudable interés sino un mandato cósmico.

Si el hombre es en sí un cosmos y contiene en él una parte del Cosmos entero es evidente que la ruptura de la simetría en el cosmos influirá indudablemente en él, tanto a nivel colectivo como individual, si el hombre halla su propia simetría, pasando de un cierto numero critico, es evidente que esa suma de armonías encontradas de forma individual sumarán la suficiente energía para invertir un proceso de desarmonía cósmica. Esta es una gran esperanza que merece la pena explorar.

El número o masa critica es un concepto de la teoría del caos muy interesante que nos recuerda que el destino del mundo (el cosmos) es indisoluble de los destinos individuales de los sujetos (en tanto que el cosmos carece de conciencia en sí mismo sino que la halla en el hombre) y que refuerza la idea de que la evolución no ha terminado tal y como suponía Heidegger. Todo parece suponer que la evolución se dirige (si alguien no lo remedia) hacia una nueva forma de complejidad que algunos ya han llamado el hombre cósmico (Rojo Sierra 1999), una forma de transhumanización que convertirá al Sapiens en una entidad super-autoconsciente, pero que al mismo tiempo viaja de la mano de un peligroso compañero de viaje: la hipertrofia de la razón, algo que puede hacer peligrar el destino de la nueva entidad y que por el contrario puede hacer derivar a la especie humana hacia su autodestrucción.

La asimetría cósmica tiene un correspondencia concreta (en este caso anatómica y funcional) en los seres humanos se trata de la asimetría interhemisférica, de donde procede la falta de armonía a nivel individual. Como se sabe el hemisferio izquierdo está especializado en el pensamiento lógico, instrumental, lógico, serial y temporal, mientras el hemisferio derecho es gestáltico, icónico, intuitivo, opera en paralelo y es atemporal, ambos hemisferios se encuentran conectados por un grueso cordón llamado cuerpo calloso, pero existe en el hombre una significativa hipertrofia del hemisferio izquierdo que supone de hecho una asimetría con correlatos cognitivos, afectivos y conductuales. Esta asimetría es el origen de no pocas calamidades en los humanos de estirpe emocional, tanto es así que se supone que las enfermedades mentales incluyendo a la esquizofrenia tienen que ver con esta asimetría, como también otros desordenes – que proceden de la ambigüedad hemisférica- la dislexia y otras. Las razones de esta hipertrofia del hemisferio izquierdo son evolutivas, en primer lugar se supone que el mayor desarrollo instrumental de la mano derecha inició esta asimetría, y más tarde la aparición del lenguaje fortificó esta hipertrofia, por no hablar de la aparición del alfabeto (Schlein) que terminó por desplazar al hemisferio izquierdo todas las estructuras del lenguaje (área de Broca y Wernicke), algo comprensible si recordamos con qué mano escribimos y como leemos lo que escribimos (de una forma serial, excepto los chinos) forzando más y más nuestra capacidad de abstracción y bloqueando o mejor enmudeciendo el hemisferio derecho.

Escribir (y antes de eso trabajar con las manos) es probablemente el proceso que más ha influido para configurar el cerebro del sapiens actual. Hay que recordar que la escritura se opone tanto a la tradición oral (el cuento) como a la tradición de la imagen (icono) y no hay más que recordar la historia de la humanidad para entender como escritura e imagen se han batido continuamente en un duelo a veces sangriento para asegurar su hegemonía en el modo de representación mental. El culto a la diosa, a la agricultura, a la tierra y la fusión con el medio ambiente de los entornos humanos originales, la ahistoricidad y el mito fueron sustituidos por el culto a un Dios sin imagen, masculino, innombrable y vengativo, inventando al mismo tiempo el libre albedrío, la historicidad y la individualidad. Existen evidencias de que el hemisferio izquierdo, la escritura, el patriarcado y la guerra se encuentran relacionados con la hipertrofia del hemisferio izquierdo en el género humano, mientras que el igualitarismo, la ternura, la intuición y el altruismo se relacionan con el hemisferio derecho.

De entre todas las emergencias evolutivas la organización social es la más débil e imperfecta de todas ellas y quizá por ello la que ha merecido más atención por parte de los reformadores. Casi todos los hombres notables – dotados de una intensa autoconciencia – han intentado cambiar el mundo y nos han legado códigos, leyes, religiones que son sobre todo preceptos para la vida en común y en menor grado instrumentos para la comprensión del cosmos. Sin negar las buenas intenciones de estos individuos extraordinarios hay que concluir que sus legados fueron traicionados inmediatamente después de su muerte por los revisionistas y que propiciaron reformas, contrareformas y persecuciones de sus herederos casi siempre traicionando el espíritu de aquellos reformadores en un continuo movimiento histórico de vaivén donde la armonía social ha sido la excepción en una sucesión de guerras, actos de pillaje, dominio y genocidio, repitiendo la secuencia de orden y desorden aunque casi invariablemente llevando el nuevo orden alcanzado tumultuosamente a un nivel de experiencia intrapsíquica mucho mayor, es decir a una hipertrofia de la reflexión, es necesario decir ahora que el hombre autoreflexivo, inteligente y competente no es menos vulnerable al sufrimiento mental, a la alineación o a la anomia que el inculto, primitivo o arcaico hombre agrícola del Neolitico. En este sentido es necesario aclarar que la dirección que la razón propusiera para el hombre: el aumento de la cultura, la educación gratuita y la sanidad en condiciones de igualdad, ­-ideales de la modernidad- no han resuelto ni de lejos los problemas eternos del hombre, es cierto que han mejorado nuestra vida pero han creado otros demonios y otra clase de sufrimiento.

Dicho de otro modo el orden que se alcanza después de un periodo de desordenes es jerárquicamente distinto a las condiciones iniciales y además: estas secuencias de orden y desorden social son cada vez más rápidas y frecuentes.

Sí es cierto que muchas de las reformas han puesto el énfasis en “lo social” como entorno de convivencia y que aquellas tradiciones se han asociado con la gestión de lo colectivo, es decir sobre las dificultades de la convivencia, hemos de concluir que esta vía – en cierto modo- ha fracasado si nos atenemos a las dificultades y a la hostilidad del mundo actual donde ni de lejos hemos llegado a una definitiva armonía en la convivencia. No necesitamos más experimentos sociales o políticos de reforma, ya sabemos que esa vía es un camino de extravío obligado y que no vale la pena insistir en ella. La secuencia esperable en cualquiera de los actos de esta tragedia es la siguiente: después de una tiranía hay un periodo de desorden, con una repercusión favorable de orden subjetivo que será sustituido al poco tiempo por otra tiranía distinta cualitativamente (en el mejor de los casos) a la anterior pero no menos maligna por invisible. Los periodos de cambio son caóticos con agrupamientos de catástrofes simultaneas y sincrónicas en todo el cosmos que dan lugar a nuevos avances tecnológicos que a su vez proponen un nuevo orden económico y político que… y así sucesivamente.

Si a ello unimos la deriva social relacionada con la internalización de la tecnología (y en menor parte de la ciencia) como ídolos colectivos, tecnología o ciencia que se constituyen en expectativas irracionales sobre el bienestar individual aunque no se comprendan íntimamente y solo “se usen”, entenderemos que la humanidad se ha extraviado en esa búsqueda de acumular bienes o bienestar y que la búsqueda individual se haya malogrado entre un laicismo alienante y una expectativa irracional sobre las posibilidades de la ciencia y el progreso en su conjunto que parecen haber sustituido a la idea de Dios en el imaginario colectivo y con él a un deterioro del arquetipo, del mito y del la idea de eternidad.

Estoy persuadido de que caducadas las reformas sociales y las esperanzas colectivas solo nos queda esperar que el hombre como “bios” individual consiga trascender su condición de simio pensante y cada vez más y más individuos consigan tomar conciencia de su autoconciencia a fin de traspasar el punto o masa critica necesarias para cambiar a su vez el cosmos. Es una expectativa que se conoce con el nombre de nueva era.

Contradictoriamente con esta idea el hombre actual está muy poco entrenado para utilizar su autoconciencia y la razón procede de dos clases de razones: carecemos o desconocemos las tecnologías espirituales para este desarrollo y además el individualismo –aunque es la regla– está mal visto entre nosotros. Todo parece estar preparado para una socialización aberrante que excluya el camino interior, una socialización que está basada en la represión y en el disimulo. No solo renegamos de la muerte sino que sospechamos de que detrás de un individuo autoconsciente se esconda un enemigo, un exegeta de alguna religión o un extravagante asocial. ¿El resultado? La mayor parte de la población no ha tenido una experiencia espiritual en su vida, son los mismos que han sustituido su “hambre de ser” por un feroz apetito faustico de quererlo todo o de al menos “aparentar tener” si no se puede llegar a tener lo que se ambiciona.

Imbuidos de la falsa idea de que la ciencia puede conseguir cualquier cosa y que además el hombre puede elegir de entre un menú desplegable cualquier opción, los humanos nos planteamos y sufrimos si no podemos tener el cuerpo que ambicionamos, la posición social, el sexo o la salud que “se nos debe”. Esta falsa expectativa que emerge de una determinada concepción de una sociedad protectora y asistencial donde el hombre se siente fundamentalmente como portador de derechos, plantea numerosos dilemas éticos y más allá de eso dilemas existenciales que de no encontrar cobertura social o política, es decir una legitimación de tal demanda, se convierten en malestares específicos y en síntomas psiquiátricos. Piénsese por ejemplo en la explosión de trastornos alimentarios entre la población adolescente. ¿Sería posible esta epidemia en un tipo de sociedad donde el individuo no sintiera que modelar el cuerpo a su capricho representara un derecho fundamental de su existencia?

Naturalmente el que así piensa está equivocado, pero desde la ciencia se da precisamente el mensaje contrario, no hay más que ver como la cirugía estética se ha universalizado electivamente para empezar a entrever una de las claves de este conflicto: ¿podemos o no podemos tener el cuerpo que deseamos? Este deseo frankesteniano de defragmentar el cuerpo y unir después sus trozos a voluntad es una emergencia de una sociedad donde técnicamente casi todo es posible y donde nadie ha enseñado a los usuarios de que aunque sea posible no es ni saludable, ni ético, ni demasiado importante el tener un físico determinado. Desplazar el énfasis desde el tener o poseer hacia el Ser es decididamente la solución a este conflicto pero nuestra sociedad está demasiado penetrada por este deseo para que podamos neutralizarlo solo con palabras, en este sentido estoy seguro de que la superación quirúrgica de las actuales técnicas van a propiciar a largo plazo sufrimientos individuales más y más refinados que llevarán al esperpento a la propia técnica por no hablar de los dilemas que sobrevendrán a partir de la reproducción artificial.

La mayor parte de la población tiene una autoconciencia embrionaria, muy poco desarrollada. Es evidente que casi todas las personas poseen cierta capacidad recursiva, es decir saben algo acerca de ellos mismos, y sobre todo autoreflexiva: plantearse problemas que no existen, pero estas capacidades no son ni de lejos suficientes para utilizar esta energía en cambiarse a si mismos ni para cambiar su entorno, sin embargo la capacidad adaptativa de la autoconciencia está conservada. Basta observar las maniobras que hacen las personas para negar – por ejemplo- sus debilidades con el alcohol para darse cuenta de que no se trata tan solo de un caso de “negación” o de pulsión suicida diferida. Más que la adicción por si misma la mayor parte de los alcohólicos no “saben que beben en exceso”, es decir su autoconciencia es muy débil, tanto o más que su adicción.

El “darse cuenta” (“Conócete a ti mismo”) no es la máxima que rige las vidas de nuestros conciudadanos sino más bien “posee lo máximo que puedas”. El resultado de este empobrecimiento es que la propiedad recursiva de la conciencia del sapiens se encuentra muy poco desarrollada más allá de sus usos sociales en comparación con los adaptativos (luchar, competir, engañar o disimular).

El viaje hacia el interior es la única manera de fortalecer la autoconciencia. Curiosamente la autoconciencia se forma en un movimiento de vaivén: a cada movimiento de descenso se corresponde un movimiento de ascenso, como si ese aprendizaje rebotara en la conciencia basal en relación a la profundidad alcanzada y como en una cama elástica relanzara al operador hacia arriba en un movimiento de ganancia de autoconciencia. El descenso –sin embargo– no carece de peligros. El extravío en las profundidades de la conciencia basal o las psicosis inflacionarias son dos de los riesgos que hay que tener en cuenta cuando iniciemos este viaje al infinito interior cuyas etapas a continuación propondré. El tercer peligro es la adoración de falsos dioses, algo que en mi opinión representa el riesgo más frecuente del descenso a los infiernos y que probablemente ya esté afectando a los pioneros de la nueva era.

ITINERARIO PARA UN DESCENSO

Utilizaré la metáfora del descenso en oposición a la expectativa instrumental de ese viaje que es precisamente el efecto opuesto: el ascenso de la autoconciencia. Existe además otra razón para proponer esta metáfora y es la conocida idea del infierno, algo que se encuentra relacionado con las mitologías clásicas que sostienen nuestra cultura y por tanto nuestras creencias y que de rebote también se encuentra entre la historia de las ideas cristianas. Somos – nuestra cultura– un hijo de Helena e Israel, nuestros padres que nos proveen de mitologias, leyendas, historia y creencias ricas y proteiformes y es mi intención referirme a ellas para ilustrar mis argumentos en torno a este descenso.

Los griegos no tenían un concepto de “infierno” tal y como nos ha legado el cristianismo, los hebreos tampoco. El Hades para un griego carecía de matices dramáticos, allí no había fuego, ni castigos o penalidades, se encontraba ocupado por las almas (espectros) que poblaban la mayor parte del mismo pero que no sufrian porque habían bebido “el agua del olvido” y por tanto nada recordaban de su vida anteior, en una parte de VIPS existían – los campos Eliseos– que se encontraban ocupadas por las almas importantes y justas. Cuando un griego moría hacía el siguiente trayecto: primero era visitado por Hipnos, dios del sueño que daba al muerto un cierto matiz de inmovilidad similar al sueño, después entraba en acción su hermano gemelo Tanatos sacando el alma del cuerpo, posteriormente Hermes el Dios mensajero tomaba el alma del difunto y la bajaba a la laguna Estigia donde Creonte –el barquero– depositaba al muerto al otro lado del río. Allí –por fin– le recibía Hades el dios subterráneo que introducía el alma ya en su propio reino, de donde no se podía salir dado que la puerta era guardada por Cancerbero (un monstruo con seis cabezas), que dejaba entrar pero no salir. Una vez dentro les daba a beber “el agua del olvido”, por lo que el alma ingresada se olvidaba de su vida anterior. No podía pues en el Hades haber sufrimiento dado que había amnesia total de la existencia anterior.

Los héroes, representantes arquetípicos de la humanidad, descendían con frecuencia al Hades con intención de rescatar parientes o amados muertos, una tarea que contaba siempre con la oposición más o menos activa de Hades. El mismo Dios Hades tuvo que ingeniárselas para conseguir una esposa, -Persefone- que tuvo que violar y raptar a la fuerza para que compartiera su vida en el mundo subterráneo. Demeter, Teseo, Orfeo y Dioniso, Heracles, Ulises o Psiqué son ejemplos de dioses, héroes o heroínas que visitaron el Hades buscando el alma de sus amados o bien cumpliendo alguna tarea fundamental para recibir ciertos dones por parte de los dioses.

En este sentido podemos considerar que el descenso al Hades forma parte de la tarea del héroe, algo que tiene que ver con la exploración del inconsciente o si se quiere en términos mitológicos la ganancia de alguna subjetividad que siempre es algo que se arranca al inconsciente, algo que no se hace sin transgresión y que representa una oposición a la tradición o al designio celestial.

En este sentido y recapitulando el descenso a los infiernos tiene dos principales vías de entrada:

1.- Una entrada en forma de tarea de proporciones heroicas, que representan en el héroe una iniciación, es decir un tránsito necesario entre un nivel y otro de aprendizaje, algo que es condición para una progresión, para conseguir un deseo o merecer una distinción. A menudo el héroe fracasa en esta misión, sobre todo cuando de forma omnipotente pretende resucitar a alguien que ha muerto, es decir cuando no mide convenientemente sus fuerzas. Otras veces el héroe triunfa sobre los peligros del descenso como es el caso de Heracles, Dioniso o la misma Psiqué y vuelven con un itinerario que podrán mostrar a los humanos que lo precisen.

2.- La otra forma de entrar en el Hades es a través de un rapto, de un episodio involuntario y paroxístico: es el caso de Perséfone, raptada y violada por el Dios de los abismos y obligada a permanecer con él a pesar de los desvelos de su madre Démeter ­-diosa de la agricultura- que incluso amenazó a Zeus con secar toda la tierra si su hija no le era devuelta, algo que el propio Hades resuelve haciéndole comer algunos granos de granada, un fruto que si es comido en el Hades impedirá al héroe definitivamente su vuelta.

Rapto (paroxismo) o tarea (iniciación) son pues los dos mecanismos universales de entrada en el infierno (el inconsciente), sin contar la visita guiada por la propia Perséfone o como es natural la muerte que deposita definitivamente el alma en el mundo subterráneo.

Los peligros que acechan en el descenso al Hades o inconsciente son arquetípicos y a ellos voy a referirme específicamente en este itinerario fraccionado en etapas, no sin antes describir la conciencia basal, es decir el limite entre lo consciente y el inconsciente que en el nivel temporal se corresponde entre lo mítico y lo histórico (cuya frontera es la leyenda) del mismo modo que el tiempo arquetípico (eternidad) – “en aquel tiempo”- y el tiempo cronológico (Cronos) lindan en la propia conciencia basal a través del tiempo percibido (Kairós).

La mejor imagen que se me ocurre para definir la conciencia basal, es la del mar. Usualmente cuando contemplamos el mar no somos demasiado conscientes de que lo que estamos haciendo es contemplar la superficie y no el mar en toda su extensión, pero esta metáfora hará la descripción de la conciencia basal algo mucho más comprensible. El mar tiene fenómenos – incluso en su superficie– que son equivalentes a los que acaecen en la propia conciencia basal, una emergencia de los procesos bioquímicos del cerebro que compartimos con muchos animales y que nos permiten permanecer despiertos la mayor parte del tiempo y “darnos cuenta” de lo que sucede a nuestro alrededor, guardar memoria de determinados hechos y aprender sobre todo con fines adaptativos, sobrevivir. Estos fenómenos son de una parte el color, la luz, las olas, la espuma, el viento, el rumor, el olor, las mareas y las corrientes (ya en cierta profundidad) cada uno de estos elementos pueden aplicarse a la conciencia basal que como el mar es penetrable, desde afuera y desde adentro, es decir su capa más superficial es permeable, nos permite sumergirnos y posteriormente nos permite emerger.

Podemos decir que el rapto es un descenso por paroxismos o estallidos –tal y como sucede en el ataque epiléptico– de contenidos del inconsciente (del fondo marino) en la superficie, algo que puede suceder de forma abrupta como es el caso de una psicosis aguda o una crisis existencial. Si entramos en el inconsciente como parte de una tarea iniciática debemos aprender algo de buceo y si penetramos muy profundamente debemos estar entrenados para eludir la descompresión y –como no– saber qué peligros vamos a encontrarnos en cada inmersión.

La mayor parte de las personas no contemplan críticamente su conciencia basal, se limitan a usarla para sus fines, que suelen ser adaptativos al medio ambiente en que viven (o el que vivieron en el pasado), competir, vencer, dominar, fornicar, triunfar o simplemente sobrevivir. El hombre autoconsciente está acostumbrado a contemplar su conciencia basal y conoce bien los fenómenos que allí se dan, al menos los sucesos de la superficie que siempre acaecen simultáneamente con el ritmo beta, es decir en el ritmo cotidiano de vigilia.

El hombre autoconsciente conoce las fuentes de su ánimo y los mapas del corazón humano, es decir los ríos que alimentan ese mar, su origen, accidentes, deltas, bahias y desembocaduras y descubre casi cada día los matices de su expresión afectiva, más que eso las explora, las pone a prueba, en autocrítica constante y autoobservación activa. El hombre común por el contrario vivencia su conciencia basal de un modo alienado, como “algo que le sucede”. Incapaz de conectar sus vivencias con su periplo vital se limita a sufrir las consecuencias de los virajes de su conciencia planteando una rápida supresión de síntomas sin ver más allá que su destino de halla entralazado con este o aquel sufrimiento. El hombre común se limita a poner diques a las mareas de su conciencia o dicho en términos psicodinámicos se defiende con la represión, es decir el arrinconamiento de todo aquello que socialmente es inadecuado, manteniendo estas fuerzas en una tensión cuya cuerda puede romperse dado que la represión supone un enorme gasto de energía y los vaivenes de la navegación suelen romper las amarras. El hombre corriente no se sumerge jamás y se asusta cuando es obligado a descender al agua, prefiere hacer surf o navegar sobre las aguas manteniendo un equilibrio inestable en tiempos de borrasca.

Itinerario para un descenso: de la persona al Si-mismo

Etapa primera. Conocer los fenómenos de superficie.

Casi cualquier persona es capaz de desarrollar la capacidad de autoobservación, bien a solas o bien guiada por un terapeuta y son casi las mismas que pueden aprender a respirar conscientemente de forma abdominal, algo que no hacemos espontáneamente cuando estamos en la vorágine de nuestra vida cotidiana. Algunas de ellas, advertidas, lo hacen, aunque bien es cierto que sometidas a los engaños de la autopreservación, cayendo víctimas casi siempre de las coartadas del Superego cuando no de los engaños de la identidad, es decir, de la ilusión de la continuidad del Yo o de la persona o máscara.

Efectivamente, es poco frecuente que las personas comunes tengan la suficiente penetrabilidad para “darse cuenta” de un sentimiento socialmente censurable. Pongo el ejemplo de la agresión, un sentimiento cuyo destino casi siempre es la represión, desde donde puede llegar a ser tan destructiva como en estado puro (consciente). Hasta ese punto estamos contaminados por los pseudotabúes culturales que nuestra paleta sentimental se encuentra castrada por las conveniencias y las convenciones y sobre todo por la evitación de la ansiedad a cualquier precio.

El Sapiens lleva millones de años de evolución (de causación ascendente) y debido a un medio ambiente inicialmente hostil que constituyó su entorno habitual hasta hace recientemente poco tiempo su capacidad para la adaptación, – que incluye la anticipación de los riesgos– es abrumadora si la comparamos con su débil autoconciencia. Estamos diseñados para defendernos del hambre, del frío, de las fieras, de los depredadores, de la rapiña ajena y del dolor, algo que hemos hecho a partir de prótesis (armas, cuevas, fuego, herramientas, agricultura) pero seguimos mal adaptados a la abundancia, al aire acondicionado, al exceso de comida, al exceso de trabajo, a la falta de depredadores o a la calefacción. Este desfase (genoma lag) entre las condiciones de nuestra adaptación general y las circunstancias actuales de vida es la consecuencia de que sólo muy recientemente hemos conseguido “dominar” la naturaleza y hacer la vida predecible y cómoda. Estamos mejor adaptados al combate que a la autoobservación lo que hace que hayamos desplazado nuestra rapiña desde nuestros ancestrales competidores (el oso y el lobo) hasta nuestro prójimo. Nuestra agresión está desplazada hacia nuestros congéneres y hacia el otro sexo, es intraespecifica e intersexual, algo muy raro entre el resto de especies animales. Por eso nuestra tendencia ante cualquier dificultad es la lucha o la huida, es decir respondemos a los eventos de nuestra vida cotidiana en clave de cazador-depredador. La competitividad, la lucha, la ambición y la insolidaridad son los efectos colaterales de nuestra disposición genética adaptada a aquellas condiciones originales. Casi todas las habilidades adquiridas en nuestro medio y nuestro tiempo responden al hecho de intentar que nuestro prójimo no nos dañe, pues sólo el prójimo puede ya dañarnos una vez desaparecidos los depredadores naturales de nuestra especie. La consecuencia directa es que en nuestra especie la agresión es intraespecífica, del hombre contra el hombre, no sólo del uno contra el otro, sino también del hombre contra sí mismo, uno contra si-mismo.

Eso hace que nosotros seamos nuestro propio enemigo y que los fenómenos de nuestra conciencia basal se vivencien como ajenos o alienados.  La socialización –paradigma universal– que propugnan algunos psicólogos positivistas ingenuos no es la solución sino el blanqueamiento del problema. La socialización adocena y robotiza al hombre y le obliga a disponer recursos (de los que a veces no dispone) para mantener a buen recaudo todas aquellas partes de si mismo que no encajan con el modelo convencional de hombre educado y social.

La primera etapa de este descenso que propongo consistirá en fomentar la autoobservación (de los fenómenos de superficie de la conciencia) con el propósito de deshacerse de los tabúes sociales que enmascaran nuestra conciencia, al tiempo que se favorece la disolución de la censura (represión) y que los contenidos “inadecuados” sean vivenciados mediante la aceptación activa. El objetivo en esta fase del descenso no es tanto cambiar sino aceptar.

Considero que el método psicoanalítico de la libre asociación (hablar o escribirle a alguien acerca de sí) es el mejor método para profundizar en la autoobservación. Pongo en duda que sin un entrenamiento concreto en este método nadie llegue, ni de lejos, a conseguir el suficiente grado de autoobservación para llevar a cabo una transformación en la superficie de su conciencia. Sin una logoterapia (terapia centrada en la palabra) confrontada por un terapeuta es muy poco probable que alguien llegue ni siquiera a rozar esta superficie. Del mismo modo creo que determinadas personas – fuertemente impermeabilizadas– son incapaces de romper la tensión superficial de las aguas ni siquiera con este método, pero el 80 % de la población es de alguna manera sensible a la libre asociación y a la confrontación cara a cara de los mecanismos elementales de defensa que operan en este nivel superficial. Conocer la represión y la formación reactiva, saber manejarse entre los opuestos y salvar la ambivalencia, tomar decisiones con responsabilidad, delegar, pedir ayuda, y mejorar la competencia son objetivos razonables en la mayoría de la población y a través del habla, es decir de la expresión verbal de los conflictos.

No debemos olvidar que el lenguaje es en cierto modo el cemento de la mente, es decir la herramienta que conecta entre si las distintas inteligencias, habilidades y pericias del hombre. El lenguaje y el pensamiento que sigue las autopistas que el lenguaje trazó -siguiendo las leyes gramaticales de la construcción de sentido- es la mejor manera de transitar el mundo y de cohesionar distintos aspectos evolutivos del hombre: de un lado la habilidad científico-natural, con la habilidad instrumental y la habilidad artística o construcción de sentido. Su cerebro sistematizador y su cerebro empático.

Ejercer sobre sí un excesivo autocontrol es lo contrario de abandonarse. El individuo excesivamente autocontrolado es casi siempre también un individuo controlador de la conducta ajena que está además identificado con los mitos del patriarcado (incluso en las mujeres). Apolo representa la ortodoxia pero también la maldad si recordamos el tratamiento que daba a sus rivales como Marsias al que despellejó tras una porfía, Artemisa su hermana gemela destruyó a Acteon por contemplarla desnuda, Atenea dejaba petrificados a los hombres, Zeus abatía con su rayo a amantes díscolas  y rivales sexuales y Hera su esposa era víctima de las infidelidades de su esposo pero también despiadada perseguidora de sus amantes e hijos ilegítimos hasta la extenuación. Hombres y mujeres son víctimas y verdugos de su excesiva necesidad de control de la conducta ajena lo que les lleva a la victimización en el caso de Hera y al fortalecimiento del patriarcado en el caso de Zeus, cada uno de estos arquetipos tiene a su vez su opuesto neutralizador.

Apolo, cuyo culto se daba en Delfos era el Dios de la adivinación, de las artes y las ciencias. En sus templos había –inscritas en la pared– máximas como la conocidas: “Conócete a ti mismo, “Nada en exceso”, etc. Pero tres meses al año Apolo se iba al país de los hiperbóreos dejando libre el culto a Dioniso su Dios opuesto que nos legó el vino, la música, la danza y el misticismo sensual. Se trata de una bella alegoría acerca de la complementariedad de los opuestos, ser Apolo todo el año no lleva a ninguna parte, dejar sitio a Dioniso en nuestra vida forma parte de un buen ejercicio higiénico de salud mental.

Segunda etapa. Reconocerse en la sombra.

El concepto junguiano de Sombra es el constructo adecuado para delimitar aquellos contenidos inconscientes que no han sido reprimidos por los tabúes sociales tan solo, sino que forman parte de contenidos mucho más profundos en términos de inaccesibilidad. En este caso ya no se trata de una convención social sino de aspectos fuertemente catectizados y relegados que tienden  a configurar una “antipersona” o “lado oscuro” de la personalidad (conciencia). La sombra no es preconsciente sino inconsciente y los mecanismos mediante los que se mantiene inaccesible ya no son la represión o la formación reactiva, sino otros mecanismos de un nivel de menor calidad: la negación, la identificación, la proyección o la anulación. La sombra es un arquetipo en el sentido jungiano, es decir un símbolo elemental que es forma (campo mórfico), y es acción (conducta) como es creencia (cognición afectiva) y es además del mismo sexo que el sujeto consciente, aparece en sueños como un alter ego o como un sosías.

El mundo explicitado (Bohm) antes de ser mundo era completo (manifestación implícita) pero después de la división original del big-bang devino en un mundo dividido en opuestos o pares: lo bueno y lo malo, lo masculino y lo femenino, el ying y el yang – en definitiva- son las partes o fragmentos en que la realidad se manifiesta en el orden explícito o mundo real. Toda persona autoconsciente sabe que los opuestos son complementarios, que forman parte de una unidad original, las personas comunes por el contrario se debaten en un maniqueísmo que trata por todos los medios de soslayar la división y mantener una de las partes en cautividad. Sin embargo estas partes cautivas o encarceladas en la infraconciencia pugnan por emerger dado que la función cultural del monstruo es precisamente la de mostrarse (mens= mostrar). Dicho de otra manera, la función del monstruo es la de señalizar la transgresión del héroe y advertirle del castigo que acaecerá si incumple la ley divina, la tradición o lesiona la Totalidad.

El hombre común acostumbrado y adaptado a batirse en duelo con los elementos utilizará la misma estrategia para enfrentar al monstruo, que es la parte del si-mismo que no encajó en el lecho de Procusto y o bien mutilará esas partes que no encajan o las mantendrá alejadas de la conciencia mediante los mecanismos que el psicoanálisis ha descrito hasta la saciedad y a los que antes me he referido. Sin embargo estos contenidos pueden emerger cuando son estimulados por la realidad externa, como sucede con los arquetipos que son activados a partir de las experiencias de la realidad. La autoreferencia es un síntoma relacionado con la Sombra, sucede cuando el arquetipo es estimulado al mismo tiempo que es más necesario que nunca mantenerlo alejado de la conciencia ( a fin de que el monstruo permanezca oculto): la divulgación de la intimidad que sucede en algunas reacciones paranoides como resultado de un incremento o señalización de un determinado entorno de hostilidad, iniciación o codicia comparativa común entre los adolescentes sometidos al escrutinio del grupo representa un buen ejemplo de la emergencia de estos contenidos. El monstruo puede ser cualquier cosa que entre en conflicto con la necesidad de legitimación o aceptación: la homosexualidad latente, la incapacidad para lograr una pareja o la fealdad (aun subjetiva por comparación) y ahora también la obesidad –evocadora del monstruo– son pretextos para identificar la Sombra y mantenerla oculta.

Los sujetos comunes suelen tener experiencias con la Sombra a partir de sus contactos con drogas, es sólo entonces cuando estos contenidos fuertemente inconscientes emergen en toda su intensidad dando lugar a situaciones de pánico, psicosis emergentes de contenido persecutorio, autoreferencial o francamente delirantes o –también– simples intoxicaciones patológicas con fenómenos asociados de violencia o de pérdida de control relacionadas con el alcohol con más frecuencia que con otras drogas y que representan catarsis emocionales relacionadas más con la desesperación que con el sadismo o el odio.

Una de las ventajas de la represión es que permite al sujeto no enfrentar los opuestos: o se es absolutamente bueno (mediante represión de lo malo) o se es absolutamente malo (con supresión de lo bueno). Económicamente hablando esta situación incapacita al individuo para iniciar la vía de la iniciación del héroe que es siempre un trasiego en la gestión de los opuestos, es decir una labor de integración y síntesis, el camino se encuentra, pues, detenido.

Trabajar con estos opuestos es también una alternativa terapéutica bastante común y al alcance de no pocas formas de terapia que tienen en cuenta el inconsciente, confrontar al individuo con su Sombra a fin de que se ocupe en lograr síntesis más o menos afortunadas con sus pares de opuestos es labor del terapeuta que brinda su tutela en esta segunda etapa del camino de individuación o transhumanización.

En ocasiones el individuo está “poseído” por la fuerza arquetípica de su Sombra o antipersona, como sucede en los psicópatas o trastornos limites de personalidad , es decir el individuo se ha identificado de tal modo con su “lado oscuro” que pareciera querer decir: “no tengo remedio”, lo que al menos favorece la emergencia de una cierta identidad, ser anoréxica, delincuente, enfermo mental crónico o toxicómano no sólo son situaciones puntuales sino sobre todo también creencias. Algo que se formó haciendo coincidir determinados noemas con timemas en un momento casi hipnótico (ritmos beta o theta) donde se aprendió que era mejor “ser algo” que no ser nada o “algo peor de lo que se es”. Esta circunstancia nos hace recordar que la identidad y la identificación son en gran parte  constructos sociales fraudulentos asumidos en muchas ocasiones para obtener ventajas y prebendas en el reparto de cargas sociales, si a ello sumamos el hecho de que la enfermedad es un estado que cuenta con beneficios sociales y secundarios (evitación de la responsabilidad) entenderemos que determinadas activaciones del arquetipo de la Sombra puedan mantenerse de por vida, falsificando un estado de cosas que nos recuerda la cronicidad interesada de ciertos haraganes pendencieros, enfermos crónicos donde el beneficio mantiene un estado de cosas cercano al déficit cerebral, con ausencia de autoconciencia que caracteriza a los estados defectuales esquizofrénicos.

Tercera etapa. El arquetipo sexual.

Contrariamente a lo que sucede con la Sombra que siempre es del mismo sexo del individuo, el arquetipo sexual es de sexo contrario y representa la bisexualidad mítica del ser humano tal y como Freud  conceptualizó la libido. Jung llamaba animus al arquetipo masculino que cabía observar en las mujeres y anima al arquetipo femenino que habitaba en la infraconciencia de los hombres. Lo usual con estos arquetipos es que se mantengan reprimidos y posteriormente proyectados en la realidad donde un hombre o una mujer son “raptados” u obligados a encajar con este arquetipo, una coincidencia a la que muchos llaman amor.

Una de las características  que identifican a este arquetipo en relación con el Ego es la fascinación, es decir la enorme capacidad de provocar identificaciones y “capturas o posesiones” de la personalidad y la conducta. La identificación tiene como resultado la forja de una determinada identidad a través del apego, así la identidad masculina se establece muchas veces alrededor de un anima o imago materna proyectada en una mujer cualquiera. El riesgo de cosificar el anima  y convertirla en un instrumento de fortalecimiento del Yo es muy frecuente en muchos hombres incapaces de mantener relaciones igualitarias con su anima o imagen femenina interiorizada. El miedo  a ser homosexual o demasiado femenino les induce a distanciarse de sus figuras femeninas introyectadas o a mantener relaciones reales de escasa intimidad con las mujeres.

El miedo o la fascinación sexual hacia la mujer tienen que ver con un doble proceso ontológico en el varón: el apego a la madre y la posterior separación de la figura materna que es necesaria para que un hombre llegue a encajar del todo en un mundo diseñado por y para el patriarcado y donde no caben demostraciones de “debilidad” tal y como se definen los gustos femeninos. El hombre apresado entre su tendencia centrípeta hacia sus figuras originales de apego (la madre) y su posterior socialización con otros hombres se distanciará poco a poco de lo femenino que hay en él y que sólo recuperará quizá en forma de acceso carnal después de la pubertad. En ese sentido puede entenderse que la actividad sexual para los hombres represente una forma de autoafirmación, de sedación o que incluso forme parte de ritos de iniciación donde el menosprecio o la violencia hacia la mujer sean algo más que una metáfora para convertirse en un acto mediante el que se redime y preserva la masculinidad.

El miedo hacia la mujer y quizá también la violencia hacia ella tienen que ver con la mitología del patriarcado. La mujer siempre ha sido asimilada con aspectos oscuros, fríos, distantes, lunáticos: la bruja, la serpiente, la arpía son inventos masculinos para despojar a las diosas originales del supuesto poder que los hombres le atribuyen y que siempre tiene que ver con la afectación o lesión de su virilidad [¿por qué van los propios hombres a inventar algo que les amenace la virilidad?]. Hay que recordar que nuestra cultura es la más misógina del mundo, me refiero a las culturas que brotaron en el arco mediterráneo y que terminaron por sustituir a la Gran Diosa por un Dios masculino, innombrable que creó al mundo sin concurso de mujer arrebatándole incluso la condición de fertilidad que siempre acompañó a las deidades primitivas pre-helénicas. De entre ellas sólo la religión cristiana permite el culto a deidades femeninas, hay que resaltar que el culto a las vírgenes y las imágenes están prohibidas tanto en el judaísmo, como en el Islam y también entre los protestantes.

Identificarse es lo contrario de distanciarse, observar desde la altura (desde la autoconciencia) es el mecanismo contrario del apego que siempre se resuelve mediante la proyección del arquetipo sexual afuera de uno mismo o bien mediante la identificación con el anima. Practicar el desapego no siempre tiene que ver con los bienes materiales, sino muchas veces con esa tendencia que muchas personas tienen de vincularse con demasiada intensidad con las figuras de su entorno a las que se fuerza a convertirse en determinados arquetipos sean sexuales o no. Por lo general creo que las personas tenemos demasiados apegos, nuestro pueblo, nuestra ciudad, nuestra patria, nuestra familia, el puesto de trabajo, el equipo de fútbol, nuestros amigos y conocidos, nuestra posición social y nuestra imagen publica resultan verdaderas cárceles cuando se convierten en sustitutos de nuestra identidad, cosa que sucede con demasiada frecuencia. ¿Somos algo más allá de lo que hacemos, donde nacimos o  con quien nos relacionamos?

Desidentificarse, es decir mantener la distancia y practicar el desapego es siempre una buena terapia siempre que se logre compaginar con el necesario compromiso con la familia, los hijos, la profesión o las condiciones sociales. Encontrar un equilibrio entre ambos platos de la balanza no solamente es una señal de buen juicio sino también un ejercicio de salud. Un ejercicio que con frecuencia se resuelve a favor de uno de los platos y que podemos observar en dos clases de actitudes: aquellos que no saben hacer otra cosa más que trabajar, son demasiado responsables o formales y aquellos otros que son indisciplinados, informales o incompetentes. Encontrar un termino medio es bastante complicado porque se precisan poner en juego dos clases de fuerzas que casi nunca son simétricas: las fuerzas adaptativas y las fuerzas de la autoconciencia. Ya he comentado que existe un desequilibrio evolutivo en nuestra especie a favor de las primeras.

Entre las mujeres suceden otro tipo de cosas bastante distintas a las que afectan a los varones. Por lo general las mujeres disponen de un animus bastante débil, quizá como representación de un padre incompetente o ausente cuya representación clínica es un defecto de la autoafirmación, de la autoestima o del sentimiento de valía. Este tipo de mujeres aparecen como incompetentes, carentes de empuje vital o asertividad y son fácilmente victimas de desordenes emocionales o de todo tipo de maltratos o victimizaciones. Tienden a la idealización en sus relaciones con el otro sexo y son incapaces de negociar limites y pactos a largo plazo. Explorar las relaciones del Yo con el animus de modo que se llegue a sintetizar aspectos confrontados o a conformar un nuevo estado de cosas que permita contar con la Fuerza del mismo es el objetivo de este tercer plano del descenso.

Hay que recordar ahora que el concepto Fuerza, elán vital, libido o dynamis de la autoconciencia es extraído probablemente de la fuerza de determinados arquetipos, en este sentido fortalecer o mejor dicho aprender a extraer la fuerza contenida en el animus es el objetivo terapéutico para una mujer con escasa asertividad. Una mujer sin animus es una mujer sin Logos y por tanto sometida a los vaivenes de sus impulsos acercándose paradójicamente a la “parte oscura” que el patriarcado ha diseminado acerca de los prototipos femeninos.

Hombres y mujeres pueden a su vez haber sido “poseídos” por la fuerza de sus arquetipos sexuales. Es algo que podemos observar en los delirios erotomaníacos (mas comunes entre las mujeres) o en los trastornos de la identidad sexual (más usuales entre los hombres). En el primero de los casos una mujer cree que un hombre -por lo general de una posición social de más relevancia que la suya propia- está inevitablemente enamorado de ella, y además le hace continuamente proposiciones eróticas que ella podrá rechazar o no, pero que la impulsa a una conducta de acoso del supuesto enamorado, este curioso síndrome descrito por Clérambault es el resultado de una “posesión” arquetípica, es decir de una relación donde el animus ha oscurecido el resto de la personalidad obnubilando el juicio de la paciente que se ve impelida a una búsqueda de ayuda incluso policial para librarse de las supuestas insinuaciones de aquel.

La posesión por el anima en un hombre casi siempre oscilará entre dos polos: el de la identificación que se resolverá con trastornos de la identidad sexual o el de la identificación proyectiva que casi siempre correlaciona con el asalto sexual, una forma expeditiva con la que el hombre resuelve su ambivalencia con su propia anima. Poseer una mujer es una forma de evitar que nos haga daño, dominarla, vencerla y aun despojarla de su propia subjetividad o asesinarla son las formas primitivas en que los hombres resuelven sus conflictos con su parte femenina a la que temen y desean al mismo tiempo sin lograr establecer una síntesis entre ambas partes. El objetivo de esta etapa es la destrucción del espejo imaginario que existe en cada uno de nosotros, un espejo formado a partir de las identificaciones y contraidentificaciones con nuestras figuras de apego, de la que la madre es la más profunda y arcaica. El espejo que refleja y refracta la propia imagen es la que permite proyectar en la realidad las distorsiones que muestra de la propia autoimagen. En este sentido el anima es la contraimagen materna de nuestro arquetipo sexual (y que forma parte de los arquetipos con los que tiene que lidiar el sujeto). Existen dos clases de operaciones patologicas con este arquetipo sexual: la idealización o la devaluación, ambas persiguen un mismo fin, preservar la dignificación del Yo. Bien a través del amor cortes (o amor romántico) un tema recurrente presente en toda la historia de la humanidad (el caso de dante y Beatriz por ejemplo) el sujeto eleva a la mujer hacia un lugar inaccesible, de diosa que le permite enfrentar sus temores hacia su anima mediante este delicado equilibrio cuyo propósito es impedir a toda costa la realización carnal. La disociación que los hombres suelen hacer de las mujeres entre vírgenes y putas puede caer sin embargo del otro lado, aqui no hay idealización sino renegación, el hombre proyecta su anima al exterior en forma de sujeto degradado, lo que paradójicamente le lleva al mismo fin: mantener a salvo su propia dignidad viril que siente vulnerable en contacto con la mujer.

Destruir el espejo es la tarea que el héroe deberá resolver y que dará como resultado sentir a las mujeres como seres iguales a él, como congéneres de la misma especie, como iguales no amenazantes. Las mujeres -por el contrario- menos narcisistas que los hombres no precisan invertir tantos esfuerzos en esta tarea dado que su apego original hacia la madre no precisa ser reprimido, ocultado o mutilado, por el contrario las mujeres tienen que resolver como he dicho antes  sus conflictos con el animus, pero esta tarea nada tiene que ver con el espejo.

 Cuarta etapa. Los dilemas de la subjetividad.-

Después del arquetipo sexual, un escollo que representa una dificultad máxima para el hombre, nos encontramos con lo que he llamado los dilemas de la subjetividad. En ese descenso a los infiernos el hombre gana subjetividad a medida que arranca espacios y contenidos a la conciencia basal. La tarea del héroe es precisamente la de ganar subjetividad para el resto de la humanidad pero no se trata de cualquier subjetividad. La subjetividad del monstruo, es decir de aquel que antepone sus intereses a cualquier razón colectiva o interés común no vale lo mismo que la razón de Prometeo, el que roba el fuego a los dioses y se lo proporciona a los hombres a costa de su vida. No cualquier tarea de ganancia de subjetividad es benéfica para la humanidad. El siglo XX se ha caracterizado por la legitimación de cualquier subjetividad y por una actitud colectiva de “laissez faire, laissez passer”, es decir de una actitud pseudotolerante que opera desde el lado de la conveniencia y de “no meterse en donde no nos llaman”. Es la actitud del cínico que se resguarda en una actitud de no comprometerse con nada ni nadie y que aparece revestido de una falsa tolerancia. Regular la vida en común es una de las dificultades más importantes con la que se han enfrentado los colectivos humanos, ciertas restricciones parecen necesarias para delimitar lo colectivamente asumible de lo inasumible. Pero las actitudes personales del hombre moderno se han refugiado en ese ámbito que conocemos como lo privado, y es ahí precisamente donde hay que ir a buscar las mayores ignominias: el maltrato doméstico, el abuso de niños, o la negligencia en la crianza son actitudes que se esconden detrás de una mascarada normal socialmente. El monstruo es estrictamente privado y sus victimas domésticas. El debate que hoy existe acerca del maltrato femenino en el hogar elude casi siempre el origen del mismo: el refugio en el ámbito privado de determinadas subjetividades y que se desplazó desde lo publico en virtud de un repliegue social que tiene que ver con la industrialización, la anomia y el desarraigo de amplias capas de la población desde sus ubicaciones naturales hacia otras que les eran ajenas, la miseria moral como correlato de la pobreza y el encanallamiento que el alcohol provocó en amplias capas de la población vulnerable provocó un ocultamiento de estas actitudes en  un lugar donde se hacia inaccesible a la mirada normativa, al mismo tiempo que se deificaba la intimidad del hogar como un substituto de la participación y el compromiso con las decisiones colectivas.

Desposeído de esta legitimación para lo colectivo el monstruo se refugió en el hogar de cada cual y dio lugar a distintas subjetividades que hoy se zanjan con el conocido recurso al machismo (la idea errónea de que el hombre tiene derecho a maltratar a su mujer) y que viene siempre obturada por su complementaria (errónea también) fascinación por parte de las mujeres sobre “los chicos malos”. Estos dos mitos – que proceden de la cultura mediterránea helénica y judia- han trascendido sus respectivas comunidades y se han instalado en la conciencia del hombre (y de la mujer) como un derecho, es decir como una ganancia de subjetividad.

Cada día aparecen nuevas versiones del monstruo hasta el momento desconocidas, los crímenes sin motivo, es decir aquellos que proceden de una necesidad de expresión o los crímenes antropofágicos (como el recientemente juzgado en Alemania del ingeniero caníbal) son una buena prueba de ello y también la evidencia de que nuestra leyes, es decir nuestros códigos de convivencia no se encuentran preparados para atajar jurídicamente el mal que cada día nace con la ganancia de nuevas subjetividades por el ser humano.

Cada ganancia de subjetividad es una prueba acerca del mérito y también del benéfico uso por parte de la Humanidad. Nadie sabe si el fuego que nos muestran es simplemente fuego de artificio o servirá para alimentar mejor a la humanidad y de ahí la confusión. En esta etapa del descenso el héroe puede verse invadido por dudas acerca de la bondad de sus planes, sus hallazgos pueden representar tanto peligros para toda la humanidad como ganancias para la misma. El ejemplo mejor que se me ocurre es el de la tecnología, es evidente que la ciencia y sus usos prácticos han mejorado la vida de los hombres haciéndola mas confortable, más segura, mas larga y cualitativamente mejor, pero ninguna tecnología es neutral: la electricidad tiene riesgos, la calefacción, la alimentación, el ocio, los automóviles, la telefonía, las fuentes de energía, la industrialización y sobre todo la vida sedentaria tienen riesgos sanitarios y sociales que proceden de la propia naturaleza del hombre adaptada a las hambrunas, al frío y a la defensa de sus depredadores naturales. Eliminar los riesgos de la vida cotidiana es benéfico para el hombre pero conviene no perder de vista que no estamos bien adaptados a la vida beatifica y que el individuo siempre procurará introducir en su vida un elemento de perturbación cuando no desplazando su agresividad hacia sus semejantes.

La subjetividad del otro es sencillamente insoportable para los hombres, esta grieta se puede sortear de dos formas: mediante la confrontación o mediante el refugio en una individualidad militante. La discusión, la oposición, la hostilidad manifiesta frente a nuestros semejantes proceden de un hecho: nadie tiene la misma subjetividad, nadie piensa o ve la realidad como la ve el vecino. Por el contrario todo el mundo tiene una teoría acerca de la mente, es decir todos sabemos que los demás piensan, sienten, planean igual que hacemos nosotros, este desencuentro hace que los hombres no vivan al congénere necesariamente como un enemigo (si no hay conflicto de intereses), aunque lo perciban como un intruso (un diferente) en tanto que no piensa como nosotros, esta disidencia con nuestras propias creencias es el pretexto para que muchas veces nuestro congénere sea considerado como un adversario o como un enemigo al que hay que combatir o eliminar, por supuesto de una manera algo distinta actuan los animales: consideran a sus congéneres como intrusos (salvo a las hembras en celo), pero saben que la tendencia de cualquiera es la devolver el golpe, lo que hace que las peleas a muerte sean muy poco frecuentes en el reino animal. A diferencia de ellos el hombre no ha desarrollado sistemas de inhibición frente a su agresividad, por lo que enfrentado a este dilema muchos hombres recurren a la violencia, no porque el hombre sea más agresivo que los animales (en realidad no lo es) sino porque el hombre está mejor diseñado que ningún animal para engañar, planear y sobre todo utilizar armas y esgrimir argumentos racionales frente a la disidencia.

En realidad las creencias son la razón de mayor peso a la hora de cuantificar los daños intraespecíficos en los seres humanos. Los mayores y más numerosos crímenes de la Humanidad se han hecho en nombre de las creencias, mucho más numerosos, que los crímenes sexuales, los crímenes por codicia o los crímenes anómicos del siglo XX.. Por el contrario las descreencias, es decir el refugio del hombre en su altiva individualidad es igualmente dañina -si bien por otro tipo de razones- en la gobernabilidad del mundo. La individualidad que no remite o evoca una realidad superior a él mismo erosiona la fe en soluciones colectivas y prepara el terreno social para la huida, la rendición, el refugio en paraísos hedonistas (como las drogas) y sobre todo fortalece la omisión: esa conducta despreciable que hace que podamos asistir a un hecho abusivo sin hacer nada para detenerlo simplemente porque no nos concierne.

Toda subjetividad se pone a prueba constantemente con la realidad y con los consensos sociales. El héroe a veces tendrá que discriminar a solas a la luz de su propia conciencia de qué lado cae su ganancia, su exploración de los infiernos. Es cierto que ninguna ganancia de subjetividad verdadera se hace a favor de las circunstancias, ningún reformador hubiera reformado el arte, la música, la política, el derecho o la religión sino soportando grandes calamidades personales, el destino del héroe (verdadero) es el sacrificio y a veces sólo este parámetro nos hace discernir la buena de la obra intrascendente. Bill Gates no es un héroe, pero si Jesucristo, Beethoven o Rimbaud, los que cambiaron nuestra concepción acerca del mundo capturando algo a su conciencia basal, algo que llegó a alumbrar la humanidad a partir de su propio sacrificio personal. El héroe nunca gana dinero, ni institucionaliza o nacionaliza su patrimonio, se limita a robar el fuego a los dioses y a traerlo al mundo real para que todos puedan beneficiarse de él. El destino del héroe es –naturalmente- ser traicionado, sometido a persecución o a la quema de sus textos. Aun así los enemigos de la verdad acaban muriéndose –como decía Plank- y la tarea del héroe más allá del olvido se presentifica constantemente a través de otras subjetividades sinérgicas con su tarea.

En este sentido se puede afirmar que las ideas no deben ser jamás motivo de disputa entre los hombres, pero si los valores. Discriminar sobre lo que es una creencia (una ideología) de un valor es una tarea sobreañadida para el héroe que viaja a través del infierno. Un valor se caracteriza porque no trata de imponerse jamás a los otros, se impone a partir de su propia dignidad, mientras que las ideas como los virus necesitan parasitar otras mentes, reproducirse y perpetuarse a través de contagio social, no hay ideología sin proselitismo, ni valor sin sacrificio. Los yoguis propugnan una técnica mental conocida con el nombre de epoché: la suspensión del juicio como ejercicio diario a oponer a la continua manía de disgresión que tenemos los humanos. Combinar la epoché con “el toma y daca” (el quid pro quo) me parece el mejor ejercicio de salud mental que el individuo puede llevar a cabo para orientarse en un mundo donde las subjetividades ajenas siempre se viven como obstáculos a la propia realización. Saltar desde la orilla de la ideología hacia la del valor es el mejor camino para no sentirse absorbido en la marea de la confrontación o la identificación con los otros.

Quinta etapa. El arquetipo Luz.-

La iluminación es el final del camino de nuestro héroe: consiste en llegar a intuir, a oler que todas las cosas en el universo forman parte de un Todo, que todo está conectado con todo, que existe una maraña de conectividad en todo el universo que atraviesa la material y lo inmaterial. Es saberse parte de algo supraindividual y no poder ponerle nombre, al tratarse de una experiencia ultrasensible e inefable. En realidad la iluminación es la superación de los contrarios del pensamiento simbólico que tiende a fragmentar, a separar, a dividir en opuestos y a establecer categorias. Tienes que recordar que cada vez que tomas una decisión divide el mundo en dos, lo bifurcas y contribuyes a la incomprensión de lo vivido. A este respecto un viejo proverbio sufí, dice:

“Antes de la iluminación los árboles eran árboles y los rios, rios, durante la iluminación los arboles dejaron de ser árboles y los rios, rios. Después de la iluminación los árboles volvieron a ser árboles y los rios, rios”.

Lo que es lo mismo que admitir que la iluminación es el proceso de reconocer lo similar (y agruparlo) y lo distinto (y separarlo) y que este proceso natural se ve interrumpido por el pensamiento lineal que tiende a establecer fragmentaciones entre las entidades. Caer en la cuenta de que los árboles no son sino árboles, es un proceso de conocimiento cuyo hallazgo se sitúa más allá de un conocimiento ingenuo pero coincide con él, al tratarse de un subproducto de una búsqueda nunca un fin en sí mismo. El iluminado no pone junto lo diverso y sobre todo no separa lo similar.

Encontrar la iluminación es algo que está lleno de peligros, el principal de los cuales es la locura banal (agrupar lo distinto, separar lo similar) o la locura por inflación (megalomaníaca) que tiene que ver con el deslumbramiento de la conciencia por el propio brillo de la “divinidad”. Y le llamo “divinidad” por no poseer una palabra mejor y a pesar de la convicción de que no existe una Voluntad más allá del hombre.

Si la acumulación de conocimiento puede ser el móvil de la búsqueda para el principiante, el hallazgo de la  sabiduría es el final del camino, un hallazgo incompatible con la inacción y la omisión: “Somos lo que somos capaces de transformar”, no basta con “saber” hay que ir más allá y explotar al máximo los dones con que vinimos al mundo y llevar nuestra transformación de nuevo a la superficie a algun lugar donde pueda ser aprovechada por otros. La superación de las ansiedades sexuales y no sexuales que apresaban al héroe en etapas anteriores han quedado ya obsoletas. Ha sonado la hora de la verdad, una verdad que se encuentra replegada dentro de otra verdad y que al llegar  a este punto el héroe podrá o no reconocer: se trata de darse cuenta de que el objetivo del descenso, igual que todos los viajes era encontrarse de bruces con el secreto y el mayor secreto que encuentra el heroe en su descenso es que no había tal secreto, no habia nada que descubrir en el Hades, que todo lo importante se encuentra en la superficie, arriba en el elemento sensible y la vida común, porque la enorme paradoja que se encuentra encerrada en la vida es que ningún conocimiento basta por si mismo si uno no es capaz de mantener la actitud de sorpresa de un niño, su capacidad de asombro y la mente abierta de un principiante para mantener la frescura y la apertura necesarias para no dejar de aprender y enseñar.

Por contra los peligros de esta etapa son bien conocidos, adorar a falsos dioses (el dinero, la apariencia o los rendimientos) o dejarse cegar en la ilusión de que el heroe se ha transformado en Dios son los dos peligros más importantes de esta etapa, muchos sucumben a ella, por falta de preparación, por falta de madurez necesaria o por candidez. Ninguna persona de menos de 40 años debería adentrarse en este nivel donde el infierno muestra tanto su cara más sublime como su aspecto más terrorifico. Sólo los héroes adultos, bien formados y a salvo de la omnipotencia no sucumbirán a la tentación de creer que han alcanzado a Dios, que son Dios o que Dios les ha distinguido con sus dones.

¿Deseas volver a la superficie?

El limbo, la Nada y David Bohm

Escribo este post para protestar de que el limbo ya no existe por decreto papal. Fue precisamente ayer mientras daba una conferencia sobre Psiquiatria y espiritualidad que me enteré: resulta que el papa ha promulgado una especie de decreto suspendiendo de empleo y sueldo a una de las instituciones mas importantes de mi vida. Aun estoy indignado.

Fue asi como descubrí qué cosa era eso del limbo.

Tendria unos 5 años, le pregunté a mi madre

– ¿Mamá donde estaba yo antes de nacer?

Mi madre que no era experta en temas teológicos me espetó casi a bocajarro

– En el limbo, hijo.

Naturalmente le pregunté donde estaba ese lugar, pero mi madre me dijo que no era un lugar, como no tenia formación budista tampoco me dijo que era un estado mental, no se le ocurrió otra cosa que decir sino que el limbo era como el purgatorio: el lugar donde van los que sin ser malos no ha sido buenos del todo. Se trata pues de un lugar de paso, un lugar de perfección, pero como mi madre no habia leido a Schopenhauer, no fue capaz de aclarar las diferencias que habia entre el limbo y el purgatorio (ignoro si el papa tambien se ha cargado esa especie de AENA celestial por falta de controladores) pero lo cierto es que el purgatorio y el limbo nada tienen que ver entre si.

Tardé algunos años más en conocer la diferencia, al limbo -llamado de los justos o inocentes- iban los niños que no habian sido bautizados  y que venian de serie mortificados por el pecado original dicho en terminos mas actuales: la pena de la dualidad. En aquel lugar coincidian los no-natos como San Ramón y los niños que morian antes del bautismo. de modo que la siguiente pregunta a mi madre venia al pelo.

– ¿Y donde van los que se mueren?¿Vuelven al limbo?

Nótese como yo ya era bastante filósofo de pequeño y que en mi mente no cabian dos nadas sustanciales, si veniamos de la nada teniamos que volver a la nada, de manera que nunca me tragué eso del cielo o el infierno que me parecía un premio de consolación para ignorantes o seres de bajo nivel de entendimiento.

Tardé aun muchos años en acercarme a otros conceptos similares al del limbo, pero creo que el que más se la parece es el concepto gnóstico de pleroma. Un concepto rescatado por Garl Gustav Jung y que asimilaba a la Unidad primordial de la que todos procedemos.

De modo que ya se que es el limbo, y por eso lamento que el papa haya amortizado el concepto. El limbo es esa Nada primordial que como sabemos y por lo que dicen los fisicos no existe sino casi siempre llena de algo. El vacío-vacío es una entelequia metafísica pero no puede existir de manera que ya tenemos alguna pista de qué es el limbo.

Pero no tenemos ni idea de dónde está ese lugar, suponiendo que sea un lugar, claro está que hablar de lugares en la física moderna solo sirve para describir nuestro mundo sensible, aquel que percibimos a través de los sentidos, puesto que eso de los lugares (el espacio-tiempo) es al parecer la jaula cognitiva que nos mantiene entretenidos en este mundo de las hipotecas y de la reforma de las pensiones pero no tiene nada que ver con el Lugar consmológico primordial que explotó en el big bang.

De modo que la pregunta ¿qué explotó en el big bang? al decir de los fisicos carece de sentido puesto que un segundo antes de que explotara no habia tiempo es pues imposible cronometrar o ni siquiera pensar que sucedía antes de ese momento cosmológico. Los físicos zanjan el asunto diciendo que lo que explotó fue una singularidad, es decir una condición donde no se cumple ninguna de las leyes fisicas que rigen nuestro universo tal y como lo vemos hoy. Ni habia tiempo, ni luz, ni materia, ni masa, ni fotones, ni electricidad, ni soles, ni nada de nada. ¿Pero entonces qué habia?

Nada. Una nada creadora de seres, objetos , materia, luz y tiempo-espacio. Una tensión polar entre el ser y la nada manifestada en el orden desplegado.

Claro que si era creadora y expansiva nos resulta dificil de concebir esa Nada, lo más lógico sería pensarla como un Todo, pues un Todo sin Nada seria un Todo incompleto, pero yo propongo algo mejor pensarla como una Unidad (una unidad donde el Todo y la Nada fueran la misma cosa) o si viene al caso pensarla como una Simetria primordial (Huxley) o un orden implicado (David Bohm). (Aqui hay un buen post sobre el concepto de “orden implicado y orden explicitado”)

El orden implicado de David Bohm me parece un concepto solapado con el de Huxley y tambien con el concepto de pleroma gnóstico sin embargo el concepto de limbo me parece una chapuza inventada para dar avío a los niños que nacieron con ese pecado heredado pero que no tenian culpa alguna por falta de uso de razón para el pecado: un invento de los teólogos primitivos para salir del paso, algo asi como la chapuza del estado de alarma que nuestro gobierno ha puesto en marcha para terminar con una huelga sin sindicato que la promulgara.

Fascinante sin embargo es el concepto de David Bohm acerca de en qué consiste esa Unidad primordial que el llama el orden implicado:

“en cualquier elemento del universo se contiene la totalidad del mismo: la parte está en el todo, y el todo está en la parte. Detrás de la apariencia del orden desplegado existe un orden implicado, afirma Bohm”

Pero aqui no termina la cosa porque a escala humana,  la conciencia humana es el delegado terrenal de ese orden primordial sin desplegar y donde no existen ni el espacio ni el tiempo, ni la masa ni la materia:

la conciencia (pensamientos, emociones, deseos, voluntad, toda la vida mental o psíquica) está básicamente en el orden implicado como lo está la materia, y, por consiguiente, no es que la conciencia sea una cosa y la materia otra, sino más bien que la conciencia es un proceso material y está ella misma en el orden implicado, como lo está toda la materia, y que la conciencia se manifiesta en algún orden explicado, como hace la materia en general”. Según su hipótesis, la diferencia entre la materia y la conciencia se encuentra en el estado de sutilidad, “la conciencia es posiblemente una forma más sutil de materia y de movimiento, un aspecto más sutil del holomovimiento”.

Se trataría pues de un continuo de densidad, la máxima en la materia, la forma más sutil sería la conciencia y de entre ellas la humana seria su máximo exponente.

Si tanto la materia densa como la conciencia sutil están en parte en el orden implicado (la Totalidad) como en el orden desplegado (explicitado tal y como lo percibimos) lo que nos queda por saber es como se comunican ambos mundos. ¿Podemos percibir alguna traza de ese Totalidad?

Personalmente me gusta la idea del hipercubo del que ya he hablado mucho en este blog pues me parece una bella y elegante metáfora de como un objeto tetradimensional puede proyectarse en tres dimensiones, de la misma manera que hacemos cuando dibujamos en el plano (dos dimensiones) un cubo que en realidad posee tres dimensiones. La idea es que el hipercubo no puede representarse en nuestro mundo sensible de tres dimensiones pero podemos proyectar su sombra como podemos ver en la imagen animada superior.

No cabe duda de que se comunican a través de vórtices, a través de túneles que en algun lugar he llamado fistulas. Se trata de momentos especiales que carecen de interpretación, un fenómeno sobre el que escribí en el post anterior, eso que se nos cuela entre las grietas de la comprensión y que es al mismo tiempo la matriz de todas las comprensiones, algo que carece de explicación siendo como es profundamente explicativo, un Eureka, una comprensión súbita si es algo cognitivo, o una experiencia jubilosa si es algo emocional o una experiencia de la memoria (hipermnesia) o de la percepción (heautoscopia o desdoblamiento). Le llamamos éxtasis cuando se comparten elementos cognitivos, emocionales, conductuales y mnésticos.

Es como un triángulo de las Bermudas de la comprensión y suplico a su Bondad dárselo a probar a quien pensare que miento.


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“Eso”

Del mundo sólo nos es dado percibir sus secciones

Ouspensky

La primera vez que me pasó “eso” me asusté. La segunda vez casi me pasa desapercibido. En la tercera ocasión traté de encontrarle un significado, no lo encontré. La última vez me limité a disfrutar de “eso” y renuncié a comprenderlo, más aun renuncié a describirlo.

Hoy después de varios años me decido a escribirlo por si a alguien le pudiera aprovechar y también -justo es decirlo- porque el hombre tiende a poner en palabras, a comprender racionalmente o a escribir para saber cómo piensa. No sé si lo conseguiré pues cuando tratamos de poner palabras a aquello que no puede nombrarse (es por eso llamado lo inefable) corre el riesgo de no ser tomado en serio o peor: de que la descripción resultante sea banal y tan alejada de la experiencia real que resulte en una calcomania intrascendente o en algo exagerado, esperpéntico o atemorizador.

¿Pues cómo traducir en palabras ese instante de júbilo, de felicidad inexplicable que no responde a ningún dato objetivo de la realidad, que no puede asociarse con nada concreto?. No se trata de una comprensión súbita al estilo del insight, es más parecido al éxtasis. Pero tampoco es un éxtasis propiamente dicho pues no va unido a imágenes, ni a recuerdos, no hay memoria, ni existe aquella quietud que describen los místicos con el nombre de arrobamiento o “pajarismo” y que invoca una contemplación preñada de quietud o de estrechamiento del campo visual. Al contrario, es una experiencia sensible pura, sin cognición, ni memoria y que no impele a conducta alguna. Ningun observador podria apercibirse de que “eso” está ahora en mi. Pues uno sólo puede saber algo de “eso” cuando eso está en él, desafortunadamente la mayor parte de las personas reaccionan como yo al principio de todo, con miedo o con indiferencia.

Se trata pues de una experiencia que sólo puede vivirse en primera persona (como todas las experiencias) pero que a diferencia de las experiencias comunes no puede comunicarse pues no existen consensos sobre ella. No es tener la mente en blanco, no es un bloqueo, ni un ataque epiléptico, no es una convulsión ni un dejà vu ni una de esas sincronicidades- coincidencias significativas- que a veces nos parecen bien siniestras o bien maravillosas; quizá la palabra “rapto” o “paroxismo noético” pudiera describirla mejor que cualquier otra palabra, es una degustación de algo desconocido como un sabor, un olor o una textura exótica o inusual – a pesar de no ser algo perceptual- como si ese algo hubiera penetrado en mi por unos instantes y que se desvanece raudo, tan veloz que no hay tiempo suficiente para atraparlo.

Y lo peor que podemos hacer cuando “eso” nos penetra es pretender atraparlo pues apenas lo intentamos se desvanece.

Todo lo sagrado se desvanece apenas tratamos de verle el rostro tal y como nos contó Virgilio. Por alguna extraña razón lo sagrado se nos muestra siempre de espaldas.

Nuestra primera intención es atraparlo para diseccionarlo, para volverlo a evocar a voluntad, para entender, para comprender cómo “eso” hace para -inesperadamente- tomarnos como rehenes, como fuente parásita de sus emisiones, como si el cerebro fuera una antena, un repetidor de una secuencia que procede de otro tiempo y lugar tal y como Sheldrake nos contó.

Hay que estar advertido para que cuando “eso” vuelva no pretender enjaularlo cognitivamente en una interpretación. “Eso” no tiene sentido ni mucho menos significado, sino que es la fuente de todos los sentidos y de todos los significados. Es por ello que se resiste a cualquier interpretación, más aun: nosotros los humanos carecemos de un sistema de referencia para entenderlo es por ello frecuente que muchas personas que han sido puestas en contacto con “eso” enloquezcan y comiencen a elaborar poderosos e irracionales sistemas de pensamiento que esclarezcan la sustancia de “eso”. Ningun delirio lo logrará, y parece que la mejor estrategia cuando “eso” llega, si es estando despiertos que obturemos su presencia con el ruido del mundo, eso hacen las personas sagaces o cuerdas. Más dificil de dominar a través del ruido es cuando “eso”aparece en los sueños, ahi sólo tenemos dos opciones: despertar o contemplarlo, si usted opta por está ultima acción hágalo -tal y como recomendaba Shakespeare- como desde la cabeza de un alfiler, sólo es necesario una pequeña apertura, un hilo de luz.

Pero hasta llegar a estas conclusiones hube de buscar, fue asi como supe que “eso” habia dado lugar a sublimes creaciones de la conciencia humana: pasajes poéticos, misticos, cientificos, espirituales y artisticos de lo más variado. Supe así que “eso” no sólo se me habia sucedido a mí sino que era una experiencia conocida por muchos que me precedieron -y también en ciertos de mis coetáneos- en la intuición de que “eso” era una manifestación de la Totalidad, algo que procede de otra dimensión donde nuestros conceptos espacio-temporales no sirven: la totalidad es una singularidad fisica. Es por eso que muchos no emplean el pronombre neutro que yo mismo inventé sino que existen denominaciones diversas del mismo concepto: hasta los hindués definen al Brahman como esa matriz, esa Unidad de donde procede nuestro universo sensible.

Lo cierto es que “eso” o bien no se presenta a todas las personas con la misma intensidad o bien existe algo en las personas que tienden a escotomizarlo, fue por ello que pregunté a Garnier-Malet acerca de la posibilidad de que Eso fuera en realidad una apertura temporal. Garnier Malet es de esa opinión pues la idea procede de su propia experiencia y es además fisico. Pero también pregunté  a Julian Huxley que mantiene una teoria más próxima a la de la creación del mundo a partir de esa singularidad que llamamos Big Bang, para él lo que explotó es precisamente un orden completo, una simetría. El universo que percibimos seria entonces una sección tridimensional de aquella simetria perfecta (aqui hay una figura de esa sección).

Pero nuestra asimetria tiene rendijas y tiene orificios por donde se cuelan proyecciones -sombras- tetradimensionales de aquella simetria, de aquel Todo que perdimos y que muchos de nosotros presentimos y añoramos como Real a través de esas experiencias periódicas de fusión que no necesariamente implican percepciones o agenticidad corporal ni siquiera actitudes extáticas.

Lo conocido y sensible, lo desconocido o sagrado, lo numénico o lo inefable se comunican a través de ciertas experiencias como “eso” se me presentó a mi mismo.

Y no hay más remedio que hablar pero ya he renunciado a comprender.

Fue precisamente aqui en este video de Carl Sagan donde entendí la verdadera naturaleza de “eso” o al menos los mecanismos que utiliza para entrar en nuestro mundo:

Y para aquel que insista en ponerle nombre a “eso”, le dejo esta cita de Jorge Luis Borges, uno de los escritores que más se han aproximado a través de las palabras a la esencia de “eso” junto a Edgar Allan Poe.

“Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar: ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no se si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus simbolos”.

Jorge Luis Borges. “La escritura de Dios”

El desdoblamiento del tiempo

Jean Pierre Garnier Malet es un fisico especializado en mecánica de fluidos que recientemente ha estado en nuestro pais presentando el libro cuya imagen acompaño y que mereció además una “Contra” de la Vanguardia (puedes leer la entrevista aqui) que es una sintesis de su teoria del desdoblamiento del tiempo, algo que ya conociamos a través de la fisica tanto de lo diminuto (cuántica) como de lo colosal (nivel cosmológico). Las ideas de Garnier Malet vienen a decir que este desdoblamiento del tiempo sucede tambien a escala de nuestro cerebro y que nuestra vida psíquica se encuentra influida por este hecho del desdoblamiento algo que los psiquiatras y psicólogos ya estabamos acostumbrados a observar en la clinica a través de las múltiples formas de la disociación: heautoscopia, vivencias cercanas a la muerte, despersonalización, estados crepusculares, la desrealización o las personalidades múltiples.

Algo que ya conociamos desde el celebre experimento de Libet que recuerdo a los lectores a continuación y del que ya hablé en este post sobre “Tiempo y conciencia”:

Experimento de Libet:

Consistió en pedirle a los sujetos que doblasen varias veces un dedo, o la muñeca de la mano derecha, pero a intervalos irregulares, de manera espontánea. Al mismo tiempo deberían fijarse en una pantalla en la que aparecía un reloj digital, para recordar el instante en que se les pasaba el impulso por la cabeza. Durante el proceso se tomaba la gráfica de las corrientes cerebrales y el resultado fue que la chispa consciente se producía, en promedio, entre 0,3 y 0,4 segundos DESPUÉS de la aparición del potencial de alerta. Cuando los sujetos empezaban a acariciar la idea de doblar el dedo, la acción ya estaba decidida en realidad.

En realidad Libet no hizo sino repetir con medidas extraídas de electrodos implantados en la corteza somatosensorial el mismo experimento de Kornhuber llevó a cabo en los años 70 a través de medidas realizadas con EEG. Trataron de cronometrar los tiempos de una actividad cerebral motora comparándola con la medida voluntaria derivada de mover el dedo índice de una mano al azar.

Lo que encontraron fue que existía un retardo significativo entre el potencial eléctrico registrado en el EEG -en la corteza cerebral- y el movimiento real del dedo y que era de, aproximadamente, un segundo o segundo y medio.

¿Significa esto que la voluntad consciente necesita de ese segundo o segundo y medio para actuar?

Lo que concluyeron sus autores es que la decisión de mover el dedo era una pura ilusión porque -en cierto sentido- estaba ya programada de antemano en la actividad inconsciente del cerebro.

La mayor parte de los que citan el experimento de Libet en realidad lo hacen para negar el libre albedrío y defender el determinismo cerebral, lo que dice Garnier es precisamente lo contrario: que el cerebro opera con un tiempo distinto al de nuestra conciencia, algo que Penrose ya habia dicho aunque sin intuir que el tiempo puede ser desdoblado en nuestra mente, que existen dos tiempos, algo asi como el tiempo real en que transcurre nuestra percepción y otro tiempo que Garnier llama cuántico y que puede definirse como una sopa de posibilidades donde unas colapsan y otras se materializan guiadas por la intención.

Fotografia de Manu Momprol

Este desdoblamiento del tiempo significa que podemos anticipar un suceso futuro, modificarlo y volver para inscribirlo en nuestra memoria en tiempo real, eso es lo que hacemos durante el sueño a través de una memoria del futuro que reescribe cada noche la memoria con la que abordaremos el dia siguiente.

Este constante diálogo entre el futuro y los acontecimientos diurnos tiene su colofón durante el sueño REM o paradójico, llamado asi porque aunque nos encontremos dormidos nuestra actividad mental es similar a la de la vigilia a 40 Hz, la diferencia con la vigilia es sólo que no podemos movernos y que no hay ruido que interfiera entre los dos tiempos.

Es precisamente durante esta fase del sueño cuando nuestro cuerpo energético y nuestro cuerpo material se encuentran y se refunden modificando y reescribiendo la memoria.

Garnier propone la hipótesis del doble con amplios ecos literarios, míticos y psiquiátricos para explicar las relaciones que debemos mantener con ese futuro o con esa parte nuestra que viaja hacia adelante y que es capaz de arreglar o preparar las cosas para que no se avecinen desastres. Anticipar algo es en realidad una forma de modificar ese algo.

Para Garnier es el pensamiento y no las acciones los que contienen los potenciales para modificar el mundo, asi propone un pensamiento positivo y “no desear a nadie lo que no quisiéramos que nos sucediera a nosotros” como guia de positividad y de cambio. Mantener diálogos con nuestro doble y dejarle el mando un minuto antes de acometer el sueño modificará de forma positiva el despertar y las condiciones del mañana. Se trata de un ejercicio como beber o comer que ha de hacerse a diario y casi siempre en la intimidad cercana al sueño.

Durante la vigilia hay demasiado ruido para mantener diálogos con nuestro doble aunque pueden realizarse ciertos experimentos cotidianos para comprobar el poder del pensamiento positivo sobre las conductas de los demás. Propongo que el lector escuche la conferencia que Garnier dictó en Barcelona, es un poco larga pero puede extraerse de ella mucho jugo.

Oir la conferencia de Garnier:

En esta web o en esta otra.