La conexión masculina

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Recientemente he tenido ocasión de leer un post que por su lucidez me ha parecido importante no solo compartir aqui sino prolongar con algunos comentarios relativos a ciertos eventos vitales que me parecen en relación con la construcción de una identidad sexual, en este caso una identidad masculina.

Para empezar señalaré que la identidad sexual no es la misma cosa que la orientación sexual. La identidad sexual es un constructo social relacionado con la socialización como veremos más tarde mientras que la orientación sexual está mas relacionada con lo biológico y lo genético. nadie elige ser homo o heterosexual pero si puede elegirse el género. Más que eso: las personas que presentan disforia de género no son homosexuales, sino que viven una especie de antagonismo entre sus cuerpos y su identidad que en cualquier caso no se corresponde con lo que entendemos como preferencia por el mismo sexo que caracteriza a los homosexuales.

Comenzaré por apuntar ciertos párrafos del citado post (que irán siempre en cursiva) y añadiré algún comentario a su exposición. Se trata de un niño -al que llamaremos Chad- que quiso ser una niña y de las vicisitudes que atravesó durante su evolución existencial y su maduración.

 

Cuando era niño, quería ser una niña. Algunos de mis primeros recuerdos son de rezarle a Dios para que me transformase en niña al despertar. Yo idolatraba a mi abuela y adoptaba sus gestos y su estilo personal. Ella me dejó probar sus anillos y sus joyas, e incluso me sugirió el uso de sus bufandas. Ella pintó mis uñas e incluso me tiñó el pelo, para probar el color antes de usarlo consigo misma. Seguí las niñas en la escuela y en torno siquiera inventar juegos elaborados dónde escondí para jugar a My Little Pony con ellas sin ser descubierto por mi maestra. Puedo recordar a una niña de mi clase que levantó la mano de una manera particularmente femenina y empecé a imitarla. Ella me llevó a un lado un día y me dijo “Tú puedes ser mi amigo sin hacer todo lo que hago”.

Este primer párrafo me parece esclarecedor acerca de una cuestión fascinante: la identificación con una figura significativa de  nuestra infancia. La abuela de este niño fue el objeto elegido en su elección de amor. Y no deja de ser sorprendente este mecanismo de «identificación» descrito por Freud y del que sabemos tan poco. ¿Por qué nos identificamos y por que con ese personaje y no con otro?

En palabras de Freud:

Proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste. La personalidad se constituye y se diferencia mediante una serie de identificaciones.

Nos identificamos con aquello que (por alguna razón) nos parece atractivo, en resumen la identificación es un acto de amor, un salto que nos permite atravesar la brecha que existe entre sujeto y objeto.

Dicho de otra manera somos una especie de conglomerado de identificaciones de aquí y de alláuna especie de puzzle de actitudes, gestos, pensamientos, creencias y parecidos con nuestros objetos de identificaciónSomos grandes imitadores y plagiadores de todo aquello que vemos a nuestro alrededor y sobre todo somos copias de un original al que en un tiempo lejano, amamos

Y otra cuestión importante identificarse es un movimiento mental, en cierto modo hegeliano (no podemos conocer al otro pero podemos ser como él a través del aufheben) que tiene al menos dos formas, la incorporación y la imitación que es la forma más conocida de saltar esa grieta que separa a las personas de sus objetos de amor y precisamente aquí aparece este elemento: se imita aquello que nos resulta atractivo, aquello que amamos. Más adelante dejamos de imitar para identificarnos plenamente con el objeto o con alguna de sus características.

Algo parecido le sucede con una niña del colegio a la vez que ésta le da una pista que resultara crítica para su desarrollo posterior: «no necesitas imitarme para ser mi amigo».

La ironía de todo esto es que durante toda mi infancia me obsesioné completamente con la masculinidad. Me encantaban los cómics como X-Men, siendo Superman mi favorito. Me encantaba la lucha libre de la WWE. Me encantó ver las competiciones de culturismo y mirando a través de revistas de musculación. Fantaseaba con superhéroes que aparecen desde el cielo, que me decían que yo también tenía un superpoder y que después me rescataban de una vida que simplemente no parecía aceptarme. Quería que gigantescos hombres musculosos fuesen mis amigos, me protegiesen de los agresores y me ayudasen a ser uno de ellos.

Donde podemos ver que el muchacho anda buscando una identidad masculina en este caso a través de héroes de cómic o del cine. Nótese que la fantasía no se enrosca en el deseo sexual sino en el deseo de ser «uno de ellos». Por otra parte es lógico porque aunque no dice la edad que tenía cuando surgieron estas fantasías es probable suponer que no había alcanzado aun la pubertad. Lo que destaca es la ambivalencia de esta fantasía que es la opuesta a la original.

Y aquí nos cuenta en otro alarde de lucidez la verdad:

La verdad era que simplemente deseaba ser aceptado por otros niños, y quería unirme a ellos. Solo que no tenía ni idea de cómo hacerlo. Nunca supe cómo comunicarme con los niños. Me quedaba torpemente en silencio cuando me obligaban a relacionarme con ellos, y me miraban como si fuera un extraterrestre. Pero en el fondo solo quería ser uno de ellos. Puedo recordar el razonamiento, muy temprano, de que ya no podía dominar el arte de ser un niño, quizás al ser una chica se me permitiría el acceso a su mundo. A los niños les gustaban las niñas. Si yo fuese una niña, todo sería mucho más fácil.

Es decir nuestro muchacho se sentía excluido socialmente y sentía que no encajaba en ningún modelo de masculinidad a su alcance. De ahí su conclusión: si fuera niña todo sería más fácil.

Continuó de la misma forma hasta poco más o menos la vientena e incluso:

Durante mis primeros veinte años consideraba la idea de que yo era transgénero y hablé con varios terapeutas sobre este tema. Vi documentales, leí libros, estudiaba en línea, y sabía los pasos necesarios para completar la transición. Incluso tenía un plan para la gestión del trabajo, mientras durase la transición. Compré ropa de mujer, una peluca y un poco de maquillaje y traté de hacerme pasar por algo que no se pareciese a una «drag queen» a las tres de la mañana. Practiqué con mi voz y mis gestos. Se lo conté a mis amigos e incluso a mi familia. Estaba preparado. El único problema era el dinero.

La decisión quedo aplazada pues por un asunto económico. Chad decidió esperar.

Esto fue a principios de la década del 2000, por lo que la transición en los primeros 20 años no era tan común fuera de mayores centros gais. Hoy veo a los jóvenes adolescentes vivir su transición de cintura para arriba en su día a día. Así que en ese momento, me di cuenta de que sólo tendría que esperar hasta que pudiera permitirme el lujo de hacerlo. Aunque esto me llenaba de frustración y ansiedad lo acepté como la fría realidad a la que me enfrentaba. Pero entonces algo cambió.

Chad lo explica aqui, el encuentro con la conexión masculina que en un primer momento precisó de un objeto transicional femenino:

Yo estaba en la universidad y por un puro accidente de programación, pasé algún tiempo con un tipo de mi misma edad y su novia y decidimos que todos íbamos a ser amigos. Era una especie de tipo brusco y no hablaba mucho, pero ella y yo nos llevamos muy bien. Pronto estaba pasando casi todas las noches con ellos y lo más importante, pasando tiempo con él sin que estuviese ella allí a la manera de amortiguador. Yo siempre me aseguraba de tener una chica cerca cuando se trataba de chicos. De alguna manera él y yo estábamos unidos a pesar de que teníamos muy poco en común, excepto su novia y un interés general en los videojuegos. Hoy es uno de mis mejores amigos. Se convirtió en la primera conexión masculina que tenía que no implicaba sexo, y se las arregló para enseñarme todo lo que había estado deseando saber desde la infancia.

¿Deseaba saber qué? Qué es un hombre.

Aprendí cómo hablan los chicos. Aprendí cómo bromean. Aprendí que compiten por la posición. Se burló de mí sin parar, y al principio, me derrumbaba cada vez que lo hacía cuando estaba solo. De alguna manera he aprendido con el tiempo que era su manera de unirse a mí. A día de hoy me humilla en múltiples ocasiones para pasar el rato, y he aprendido a devolver el golpe y él se ríe. Él me desafió físicamente, me enseñó cómo hacer las cosas, e incluso cuando se ríe de que soy una chica para él, siempre me incluye.

Hace dos años conocí a otro chico de mi edad por pura casualidad con el que me habría aterrorizado hacer contacto visual en la secundaria. De hecho, fuimos juntos a la secundaria, y apenas se fijó en mí. Él es más viejo, muy masculino y con la pinta de un tipo que nunca esperaría a ser amigo de alguien como yo. Nos conocimos cuando estaba tratando con una relación difícil y yo le daba consejo y aliento. Él me enseñó acerca de la lealtad, y sobre el tipo de unión que los hombres pueden tener en momentos de estrés y dificultad. Nunca me tira abajo, siempre alienta mis mejores atributos, y confía en mí.

Y al fin el hallazgo:

Soy un hombre, y es mi naturaleza. Incluso si no es tan pronunciada o dominante como lo es en otros hombres. Lo que he estado intentando crear durante gran parte de mi vida era una adaptación al entorno que era simplemente imposible. Nunca hubiera encontrado la paz conmigo mismo y la conexión con otros hombres si hubiese hecho la transición a una mujer legal.

Hay muchas formas pues de ser hombre, múltiples formas de masculinidad y es muy posible que las dificultades que algunos muchachos tienen de encajar procedan de un idea estereotipada de la masculinidad junto con el rechazo de los vigilantes del lecho de Procusto. La exclusión social es una de las variables implicadas en estos desarrollos donde el excluido puede sentir que siendo del otro sexo pudiera ser mejor aceptado hasta que un dia en ese proceso sucede algo que modifica todo el encuadre: un amigo, un amigo que pudo utilizarse como modelo.

La identidad sexual no es pues, algo que siempre estuvo ahí esperando a que alguien la descubriera sino un conglomerado de creencias, mecanismos de defensa y predilecciones que cambian con el tiempo y las experiencias. Hubiera sido una mala elección para Chad decidir cambiar de sexo antes de explorar todas las opciones.

Afortunadamente para él no vive hoy en España.

 

 

 

 

 

El conflicto de Geminis

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Paz era una muchacha que contaba con 15 años cuando ingresó en nuestra unidad para tratamiento por una anorexia mental que arrastraba desde hacía más de un año y que la mantenía 12 kilos por debajo de sus necesidades y 25 kilos con respecto a su hermana gemela univitelina. Paz tenía amenorrea desde los 14 años y solo había tenido el período durante unos pocos meses. Era una muchacha muy talentosa que sacaba muy buenas notas en el colegio y que además realizaba toda clase de deportes siendo una buena danzarina de rock acrobático que era al parecer lo que más le gustaba hacer.

Paz era inteligente pero esquinada, reservada y manipuladora, enseguida detectamos que se sometía pasivamente a todas nuestras indicaciones a fin de conseguir el alta hospitalaria, pero no habíamos logrado modificar de ningún modo su percepción interior, la hospitalización no había logrado esa iniciación que muchas veces se consigue simplemente con la exposición del cuerpo en un lugar estructurado y donde es posible contemplar el destino que espera a una anoréxica de seguir con sus malos hábitos alimentarios. Además Paz era dominante y se lograba imponer a sus padres, un hogar donde Paz reinaba sobre todos los demás debido al prestigio que había conseguido por sus esfuerzos y también debido a la escasa capacidad observadora por parte de los padres, cuyas limitaciones intelectuales contrastaban con la hipermadurez y capacidad de disimulo de Paz.

En cuanto consiguió llegar al peso acordado se le dio de alta y se decidió su tratamiento ambulatorio, pero apenas llegaba a su casa comenzaba de nuevo con sus medidas restrictivas llegando a perder el peso que había conseguido en el ambiente cerrado del Hospital. Paz llevaba camino de convertirse en una paciente resistente y decidimos ingresarla en el Hospital de día a fin de comenzar con ella el tratamiento cognitivo-conductual que prescribimos a todas las pacientes y que, en ese régimen, incluye además ciertas técnicas grupales y de tratamientos intensivos destinados a modificar sus hábitos y creencias alimentarias.

Pero Paz no mejoraba, apenas era dada de alta volvía a sus hábitos y resultaba difícil de manejar ambulatoriamente. Tampoco resultaba fácil abordarla a través de la conversación, donde se mostraba huidiza, casi hermética, contestado con monosílabos y sonrisas tímidas y escurridizas.

El equipo se reunió para hablar de ese caso y se decidió modificar algunas cosas en la técnica que estábamos aplicando. Mi opinión fue la siguiente: se trataba de construir un hipótesis narrativa que fuera capaz de rescatar a Paz y de acercarla al tratamiento que hasta ahora había sido rechazado, en mi opinión por estar demasiado alejado de sus intereses. Paz tiene una hermana obesa, la gemela que nació primero y que es lo opuesto de Paz: ella es torpe, obesa, dócil, indolente, obediente y conformista, mientras que Paz es lista, inteligente, rebelde y disciplinada. Es evidente que Paz no ha mejorado porque mantiene objetivos distintos a los nuestros: Paz sabe perfectamente cuáles son los riesgos de la anorexia, pero también sabe hacernos creer que está colaborando, ha renunciado a su rock acrobático pero mantiene su deseo de adelgazar y lo mantiene precisamente porque observa a su hermana y no quiere ser como ella, con la que por otra parte se identifica. Este es el problema de Paz, aseguré. El objetivo del tratamiento de Paz ha de centrarse en aceptar esa visión de las cosas, hay que legitimar a Paz en ese miedo y hay que ayudarla a no convertirse en un clon de su hermana, hay que ayudarla a diferenciarse de Beatriz.

La hiperrealidad de los gemelos.-

Los gemelos representan desde la antigüedad algo numinoso, siniestro que conecta con la ilusión del doble y que nos lleva de cabeza otra vez hacia el tema del cuerpo y el simulacro, la realidad y su representación. Aún hoy nos resulta fascinante ver a dos personas que pareciendo la misma persona no lo son. Los gemelos representan la polaridad de los opuestos y no es raro encontrar en la mitología un gemelo bueno y otro malo, uno varonil y otro afeminado, uno amado por sus padres y otro rechazado, uno guerrero y el otro poeta. Aún en los mitos de Afrodita y Atenea podemos rastrear esta polaridad; al fin y al cabo Afrodita era sensual y promiscua y Atenea una diosa virgen, no cabe una polaridad mayor aún sin ser gemelas. En la gemelaridad se produce además otro fenómeno, y es la incapacidad de poder escapar a esta misma polaridad más que sumergiéndose en la indiferenciación. No es de extrañar que ese miedo opere como polo en tanto que sirve como frontera del Yo amenazado por el gemelo (vale también hermano, esposa o marido), Usualmente las personas, cuando estamos en guerra con nosotros mismos, podemos proyectar nuestros problemas en otros y así atribuir a los demás lo que no son sino antagonismos propios. En los gemelos, este dinamismo de ida y vuelta, proyección-introyección, se hace imposible porque los antagonismos se han hecho carne huyendo del magma de lo común, amorfo o indiferenciado y cada uno de ellos asume el papel opuesto que ha quedado vacante en el reparto de papeles en la familia.

Pero además los gemelos comparten un mismo destino genético, de manera que cada uno de ellos se convierte en el espejo del otro y que incluye el compartir la tendencia a padecer las mismas enfermedades y las mismas o casi mismas peripecias médicas. Podríamos decir que cada uno de los gemelos en este caso contiene el remedio (y es a su vez el veneno) del otro. Así, Beatriz contiene el remedio (sus kilos de más) de Paz, y Paz el remedio de Beatriz (su disciplina para ponerse a dieta). Es muy frecuente que los gemelos no logren diferenciarse el uno del otro hasta la segunda parte de la vida, cuando se ven obligados a enfrentarse a su subjetividad y a los conflictos interiores; mientras son jóvenes lo usual es que se mantengan o bien muy indiferenciados o bien muy polarizados, una forma de obtener algún tipo de intimidad interna.

El arco que sostiene Paz está apuntando como en el caso de Quirón a su propia herida y está señalando en su hermana otro tipo de «enfermedad» que hasta ahora no se ha identificado: su sobrepeso, que es lo que en sí misma teme.

Hasta el momento hemos tenido oportunidad de tratar 3 pares de gemelas en nuestra Unidad, después de 700 casos tratados. Nuestras pacientes siempre eran anoréxicas restrictivas; en un caso la obesidad estaba en la hermana y en los otros dos en la madre. A pesar de los informes que enfatizan el hecho de que los trastornos alimentarios dependen de un gen o genes determinados que aumentan las probabilidades de padecerlo en una determinada población que se somete a regímenes hipocalóricos, es más que evidente que en estas familias coexisten casos de sobrepeso y casos de anorexia, lo que señala en la dirección de que ambas condiciones tienen un denominador común y que, probablemente, la incapacidad para mantener el peso o alcanzarlo sean distintos aspectos de la misma enfermedad mediados por lo mental, es decir, por las maniobras que una paciente realiza para no acabar convirtiéndose en obesa y que suelen ser mecanismos obsesivos – el autocontrol sobre todo– activados y mantenidos por el ayuno. Si esto resultara cierto, el tratamiento de una anorexia no debería interrumpirse después de haber alcanzado el peso adecuado y debería prevenirse el casi seguro viraje al abandono en manos del exceso, que seguramente es el polo que tiene mayor verosimilitud biológica.

Bibliografia.-

Francisco Traver: «Mito , narrativa y trastornos alimentarios»

¿Estaba loca Juana la loca?

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Si usted cree que esto de las conspiranoias es un invento de Internet se equivoca, en realidad la conspiranoia fue un invento mediático de la época de Felipe II y sus múltiples enemigos que inventaron aquello de «la leyenda negra» y que ha llegado hasta nuestros días con versiones ligeramente retocadas.

Una de las ideas conspiranoicas que mejores resultados ha dado al cine, a la novela, al ensayo y al imaginario popular es el destino de Juana I de Castilla conocida como «la loca» o también como «la de de Tordesillas» pues aquella villa fue su lugar de encierro durante 47 años, casi nada. Lo que todo el mundo sabe es que Juana se casó a los 16 años con Felipe el hermoso, un galán de película y austriaco para más señas, padre de una larga y desgraciada saga de reyes hispanos, un tipo algo montaraz que era conocido como «el hermoso» precisamente por su belleza varonil aunque la Juana no le andaba retrasada en belleza según dicen los cronistas. Al conocerse en Gante después de un accidentado viaje donde la princesa perdió todo su ajuar por el naufragio de algunas de sus naves se sintieron tan atraídos el uno por el otro que se casaron inmediatamente, quizá por aquello del extravío del ajuar. Lo cierto es que dio la impresión a todo el mundo que querían consumar el matrimonio «aquí te pillo aquí te mato». Ni esperar pudieron a los boatos palaciegos cegados como estaban por la presencia del hermosura del otro, ni a aplazar aquella lujuria explosiva siempre mal vista entre dos jóvenes príncipes, Así eran ambos de impulsivos.

El caso es que Juana parece que le cogió gusto al «guaperas» asignado y no paraba de atosigarlo continuamente con sus exigencias eróticas, de modo que logró poco a poco aburrir al noble caballero que pro otra parte era un truhán aparte de ser un señor. Y comenzaron los celos y las escenas de celos, las persecuciones, espionajes y portazos seguidas de más y más demandas de sexo.

Lo cierto es que existen dos interpretaciones sobre la locura de Juana, la primera es la suposición de que Juana no estaba loca sino algo que era algo así como una víctima del machismo implacable no sólo de su marido sino de aquella época donde las mujeres pintaban muy poco. De esta sensibilidad es esta película española (de Vicente Aranda) reciente sobre el tema, aunque los múltiples pasajes y escenas que se muestran en ella son veraces la atmósfera de la misma permite entender -en clave ginecocéntrica, tan actual- que en realidad la reina no estaba loca sino emocionalmente perturbada por su amor y celos -bien fundados- hacia su esposo Felipe, llamado el Hermoso.

Según esta versión la locura de Juana tendría un origen pasional, «una locura de amor» al decir novelesco que más ha fructificado en la literatura. Su disadaptación procedería de una especie de estado emocional alterado por la pasión que sentía por su esposo y la decepción que éste le procuraba. No cabe duda de que esta idea cuenta con muchos partidarios y es en realidad la más poética y la más favorable a la ideología de género.

Pero es falsa.

Y lo es porque enloquecer de amor no es  una posibilidad. Antes al contrario es posible que ciertas personas se enamoren apasionada u obsesivamente por sus parejas movidos por su patología mental. Tampoco es posible enloquecer de celos, más bien parece que la celotipia de Juana era la expresión de su patología que ahora veremos mas en detalle. Baste con recordar que su madre Isabel I era también muy celosa (y con razones bien fundadas) y sin embargo no padecía ninguna celotipia. Ser celosa no le impidió gestos de generosidad con los hijos bastardos de su esposo y con su antigua amante catalana. Por otra parte es obvio que sus celos no interfirieron en su gobierno ni en su vida cotidiana, sufriría por ellos pero no había psicopatología alguna.

Todo lo contrario sucedió a Juana, sus continuos ataques de celos la llevaban a exigir que su marido viajara siempre con hombres y que ni a ella misma acompañara ninguna mujer en sus viajes, se aseguraba así mediante este mecanismo de descarte cualquier infidelidad. Los celos de Juana la impulsaban a actuar coherentemente con ellos, los celos normales de su madre no la llevaron a actuar. Esa es la diferencia entre los celos normales de las celotipias.

Naturalmente la hipótesis pasional tiene una contrapartida: la monomanía. ¿Era Juana una ninfómana?

Lo cierto es que la ninfomanía no existe aunque Lars Von Trier acabe de hacer una película sobre el tema de los «furores uterinos», casi siempre de mujeres. Algo que tiene mas que ver con el imaginario masculino (la mujer devoradora de hombres) que de la realidad clínica. La idea se le ocurrió a Esquirol para el que existirían pasiones monotemáticas, siendo la ninfomanía una de ellas. Hoy la psiquiatría no admite esas pasiones de un solo tema y tienden a encuadrarlas en otras categorías abarcadoras. Por ejemplo hoy podemos hablar de promiscuidad en el contexto de un trastorno de personalidad donde la impulsividad sea el eje de torsión, tal y como vemos en el TLP (trastorno limite de la personalidad), pero el lugar común de estos «furores» eróticos es sin duda el estado maniaco por la desinhibición que procura. Hoy no hablaríamos pues de ninfomanía sino de estado maníaco.

Tanto Alonso Fernandez como Vallejo Najera, entre nosotros han escrito sobre la locura de Juana y han concluido que padeció una esquizofrenia. Llama la atención que hayan pasado por alto tanto los episodios maniacos de la reina (que nunca reinó) como sus episodios depresivos con claros matices estuporosos y psicóticos (es decir melancólicos). Me parece mejor documentada esta historia colgada en la web y que se debe a Beatriz Quintanilla.

Tal olvido de claros síntomas afectivos con los que la princesa debutó (aun antes de casarse con Felipe), señalan ante dos cuestiones: 1) la dificultad de emitir un diagnostico en clave histórica y 2) la dificultad que dos psiquiatras aun hoy  se pongan de acuerdo en un diagnostico.

El paradigma clínico y el histórico funden muy mal pues hay que basarse sobre todo en documentos históricos. Y un documento histórico no es una historia clínica sino observaciones de personas que no son exactamente médicos, ni conocen la terminología medica o psiquiátrica. No hay que decir que en aquella época no existía tal terminología y hemos de basarnos en descripciones de la conducta, algunas de ellas muy rigurosas, sobre todo después del encierro de Juana en Tordesillas donde permanecería recluida durante 47 años.

Claro que los informes durante su reclusión tienen poco interés psiquiátrico porque hoy sabemos gracias a Goffman que la reclusión por si misma es causa de patología mental y si a ello unimos el hecho del déficit cognitivo que las enfermedades mentales desarrollan sean esquizofrénicas o maniaco-depresivas, tenemos servido un cuadro clínico complejo, deteriorante y agravado por la muerte del rey Felipe y la negación de la misma y sobre todo por aquella reclusión forzada en Tordesillas que si bien aseguró su salud física (a juzgar por su supervivencia en aquel lugar), empeoró y empobreció su vida mental hasta el punto de que reconocidos psiquiatras llegan a la conclusión de que Juana tenia una esquizofrenia.

Una cuestión curiosa de las enfermedades mentales es que la cronicidad las iguala. No importa como se llegue a ese estado que llamamos cronicidad, una vez dentro, todas las cronicidades son iguales y mas parecidas entre sí, si además existe encierro y aislamiento.

Este parece ser el sesgo que llevó a Vallejo Najera y a Alonso Fernandez a catalogar a «la Loca» como esquizofrénica, quizá movidos por el «defecto» que presentó en sus últimos años en Tordesillas y a pesar de no haber presentado nunca síntomas de primer orden esquizofrénico, llegaron a ese diagnóstico forzados por el evidente tinte psicótico de sus síntomas. Pero minusvaloraron sus sintomas afectivos (mania y depresión).

Claro que también es posible que el diagnostico de trastorno esquizoafectivo aun no se hubiera abierto paso en los manuales de Psiquiatría. Se trata de algo bastante reciente: la coexistencia de síntomas psicóticos de la serie esquizo-like con la evolución típica (cíclica) de la psicosis maniaco-depresiva.

Mi conclusión es que Juana la loca estaba realmente loca y no fue una víctima del «machismo» de su época, ni sufrió un trastorno emocional causado por lo celos sino un trastorno esquizo-afectivo heredado de su abuela materna que curiosamente también sufrió reclusión y presentó un cuadro bastante similar negándose a admitir la muerte de sus seres queridos.

Si Juana hubiera tomado litio, la historia hubiera podido ser otra.

Bibliografía.-

Pfandl, Ludwig: Juana la Loca. Ediciones Palabra. Madrid, 2000.

Alonso-Fernández, Francisco: Historia Personal de los Austrias Españoles. FCE. Madrid, 2000.

Vallejo Nágera, Juan Antonio : Locos Egregios. Dossat. Madrid, 1977.

Dolor torácico atípico

Serian las 5 de la mañana cuando me desperté con una malestar insólito. Se trataba de un dolor que comenzaba en las muelas, descendía por el cuello y se quedaba en mi hemitorax izquierdo y en el dorso, en mi espalda. No era un dolor constrictivo sino urente y que no había tenido nunca. Se trataba de un dolor agitado que no tenía posición antiálgica.

Me di cuenta de que el dolor se movía al tiempo que mi posición, me senté en la cama y sentí un cierto alivio, también cuando me puse de pie para caminar.

En ese momento pensé que tenia un infarto y se me disparó la ansiedad, esto de ser médico tiene estas malas pasadas.

De modo que pensé que hacer, coger el coche e irme a mi Hospital era una mala idea, igual me moría por el camino, mi mujer no puede conducir debido a  una lesión, de modo que lo mejor era llamar a la SAMU, que está precisamente para este tipo de urgencias vitales, tal y como se las conoce. De manera que desperté a mi mujer y le dije que llamara al 112. Después de una serie de preguntas de filtro -entre las que se incluía si tomaba alguna medicación psiquiátrica- que la operadora le hizo, quedamos en que mandaba la SAMU.

Mientras tanto aproveché para afeitarme, ya tengo bastantes experiencias de parientes que han sido enterrados con media mejilla sin rasurar y es algo poco decoroso, pensé.

Después me senté en el sofá y espere a la SAMU que tardó unos 10 minutos en llegar. Llegaron como hombres de Harrelson, armados con cables y jeringuillas, me tomaron una vía (eso lo primero) y me hicieron un EEG, la doctora que me atendió hizo las preguntas de rigor y me dijo que no creía que fuera un infarto a juzgar por mi buen humor, aunque aseguró que había visto infartados que mantuvieron su decoro más allá de un afeitado.

No era un infarto según ella, pero había que seguir el protocolo, puesto que el dolor no había cedido y la única manera de saberlo era haciendo análisis de enzimas que el propio miocardio suelta cuando hay un infarto.

Así que me subieron en un carrito y me bajaron por el ascensor, mi mujer no pudo acompañarme en la SAMU porque no lo permitía el protocolo y yo ya había decidido seguirlo apasionadamente, el protocolo.

Me llevaron a un Hospital General (no al mío) porque allí no tenemos pacientes críticos según la doctora y me depositaron en una sala de urgencia. No tuve que esperar, cuando llegas con SAMU se supone que eres preferente, menos mal porque iba en calzoncillos, ni el pijama me dejaron poner. ¿Para qué si allí se lo van a quitar todo? Era verdad.

Dos residentes jovencísimas me hicieron las preguntas de rigor sobre consumo de tabaco, alcohol y otros tóxicos, una de ellas me exploró con tanta sabiduría que me detectó una enorme contractura paravertebral izquierda en la dorsal 9, lo apuntaron todo en el informe y me depositaron en una sala para pacientes críticos, monitorizado y todo.

Allí me exploró otra doctora ( eran ya casi las 7 de la mañana y era casi la hora del cambio de turno), la doctora me palpó el abdomen en busca de resistencias y no encontró nada, casi lloro de ver que aun hay médicos que te exploran sin mirar el Abucasis y que te preguntan cosas, aunque sin prestar demasiada atención a mi contractura muscular. Me enchufaron un gotero con un AINE (Enantyum) y me sacaron sangre para los de los enzimas. Para entonces todos los parámetros se habían normalizado excepto el dolor que seguía casi igual, pero la MIR había desaparecido.

Vino el cambio de turno y una nueva doctora me volvió a preguntar sobre el carácter del dolor, yo le dije que era atípico, nada constrictivo, que no tenia cortejo vegetativo y que no era un infarto, que me dolía mucho la espalda que a esas horas empezaba a ser insoportable debido a mi forzada posición de decúbito supino.

Llegaron los enzimas negativos y entonces, ya era casi las 10 de la mañana, la nueva doctora que se había incorporado al turno de las 8 propuso hacerme un Angio TAC, para ver si tenia un aneurisma de aorta o cosa similar, aunque yo pensaba para entonces que tenia un cáncer de pulmón y me preparaba para lo peor, el dolor seguía allí. la doctora me dijo entonces que en el Rx de torax no había salido nada, de modo que me tranquilicé y me dispuse a observar al personal que circulaba por la sala de críticos.

Ocupé el box numero 8, a mi lado había una adolescente diabética que llevaba una bomba de insulina y al parecer se había desestabilizado, oí que pesaba 45 kilos y que estaba por debajo de su IMC, pensé que seria una chica que vomitaba o que manipulaba su bomba para adelgazar (me he encontrado en mi vida profesional con chicas así), ser diabética se lleva muy mal porque uno no puede comer lo mismo que los demás y eso influye y mucho en el autoconcepto de las adolescentes, una cosa más que las diferencia de sus iguales. Me metí en su piel y traté de imaginarme la vida del diabético perpetuamente a dieta. Insoportable.

Delante de mi había otra adolescente que se negaba a orinar en la cuña, una enfermera pizpireta con gafas de concha y con mando en plaza pretendía que orinara allí a lo que ella se negó diciendo que quería ir al WC. Pero ir al WC no estaba en el protocolo, y a mi mismo me lo negaron y tuve que orinar en una botella, es más fácil para los hombres dijo la pizpireta. Me imaginé como seria si me cogieran ganas de hacer otra cosa, así que supliqué a Dios que no me entraran las cagaleras -humillantes-, porque había decidido disociarme y obedecer como un cadáver.

Un afásico que solo decía «Tatatata» gritaba al otro lado del salón, nadie sabia qué hacer con él porque no tenia familia y al parecer no había camas en el Hospital de Crónicos donde estas personas terminan sus días, una especie de «Montaña mágica» pero de pobres. Terrible no poder hablar y más terrible aun ser una especie de indigente sin familia que aguardara pacientemente en la sala de espera alguna noticia. Nadie esperaba al afásico.

Una señora con un bloqueo completo de rama y con una bradicardia que no respondía a la atropina estaba esperando a alguien para ponerle un marcapasos, más allá un «tráfico» se había desgarrado la subclavia» y un tipo con pinta de yonqui dormía su «mona» de algún estupefaciente con alguna complicación que no alcancé a vislumbrar.

El angio TAC llegó hacia las 13 horas y no detectó nada de interés, de modo que a las 14 horas la doctora decidió darme el alta con el diagnóstico de «dolor torácico atípico», una especie de cajón de sastre donde se meten los sufrimientos huérfanos, esos que no tienen nombre. Decidí dedicar mi vida profesional a ponerle nombre a algo, le sugerí a la doctora que le pusieran «Sindrome de Traver» a ese dolor urente sin sentido que me había despertado a aquella hora tan intempestiva. En ese momento estaba pensando en el gasto que había causado a mis conciudadanos el dichoso protocolo. Calculé unos 2000 euros a ojo.

Y entonces comprendí que es insostenible, que todo es ya insostenible.

Tuve que esperar a que me dieran el informe y me quitaran vías y pegatinas, me dieron una bolsa de ropa que mi mujer había traído de casa, me vestí  pero la enfermera pizpireta me mando quedarme sentado hasta que viniera el carro. Le dije que podía salir por mi pie.

– Es el protocolo, dijo ella, con cara de malas pulgas.

Me volví a sentar,  y noté que me estaba meando, pedí entonces de nuevo la botella.

-¿Pero no se va? dijo la pizpireta. Pues ya orinará fuera.

Por poco lo hago en el pasillo con el traqueteo de la silla de ruedas.

La doctora me recomendó que me pusiera en contacto con mi medico de cabecera.

– ¿Y qué me tomo doctora? es que me sigue doliendo.

– Mira que te vuelvo a meter en boxes.

– No por favor, más no. Piense en los recortes y en la crisis.

Y me fui a casa, en taxi claro.

Nota liminar.-

Este post aunque escrito en tono de un humor ácido (es el mío) es en realidad un agradecimiento a todo el personal de urgencia que el día 4 de Noviembre se encontraba en al Hospital General de Castellón, por su profesionalidad, disciplina, cariño y por mirarme a los ojos y hablarme. Dejo abiertos los comentarios por si alguien de aquel turno quiere darme algún otro consejo aunque no entre en el protocolo y si me está leyendo la MIR que me tocó la contractura, por favor que se ponga en contacto conmigo, es mi salvadora.

Los futbolistas italianos y los guiños del azar

El azar tiene regularidades que parecen intencionales

(Daniel Kahneman)

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El ginecólogo residente inocente.-

Un ginecólogo trabaja de residente en un Hospital cualquiera de España y tiene alrededor de 6 partos por dia. Un buen dia se plantea estudiar las secuencias de sexos en los bebés que nacen durante su guardia. Elije 4 dias al azar bien repartidos durante el año y puntúa (M) si el bebé es un niño y (F) si es niña. Su intención es observar regularidades en ese proceso que es aleatorio. Sus resultados son los siguientes:

1er dia) FMMMFF

2do dia)MMFFMF

3er dia)FFFFFFF

4to dia)MFMMFF

Y se queda sorprendido por los resultados de tercer día. Observa que el resto de días la secuencia de nacimientos es más o menos aleatoria, huele a azar, sin embargo los resultados de ese tercer día le dejan perplejo. ¿Qué clase de causalidad había ejercido su influencia aquel día para que todos los nacimientos fueran de sexo femenino?

Preguntó a su jefe clínico en busca de alguna razón, pero él personalmente ya había pensado una hipótesis, debió de ser algo relacionado con el clima, la procedencia de la madre o quizá el estado de la luna. Era obvio que alguna causa debía de haber para justificar aquella misteriosa secuencia.

Su jefe clínico le desengañó enseguida, el azar tiene agrupaciones que parecen intencionales pero en realidad «todos los números están en el bombo». El resto de secuencias nos parecen aletatorias porque no entendemos bien la aleatoriedad. Todas las secuencias tienen las mismas probabilidades de salir sin que se vea implicada la causalidad, de modo que plantearse una causa para la secuencia FFFFFF es pura ilusión. No hay causa pues no hay fenómeno causal

Y el jefe clínico le puso un ejemplo bien claro para que el ginecólogo lo entendiera: le habló de bolas rojas y blancas en un baul.

Supón que sacas 4 bolas de un baúl donde hay bolas rojas y blancas. Tienes que sacar 4 bolas. Bien pues la proporción 2 bolas rojas y 2 bolas blancas será siempre 6 veces superior a la probabilidad de extraer todas blancas o todas rojas, a condición claro esta de que saques bolas un numero elevado de veces. No vale una única extracción, ni cuatro sino N. Cuanto más alta sea la N mas te acercarás a esa proporción de 6 a 1. Este es un hecho matemático, un guiño del azar: carece de causalidad y de intencionalidad y no importa si sacas las bolas tu directamente o un robot.

La cuestión es distinta si se sacan 7 bolas o 12. Cuantas menos bolas saquemos mas agrupamientos extraños encontraremos. El tamaño de las muestras es pues esencial.

El extraño caso de los futbolistas italianos.-

La ELA (esclerosis lateral amiotrófica) es una enfermedad neurológica que consiste en una parálisis progresiva de los músculos que suceden de abajo arriba. El enfermo suele morir asfixiado cuando esta parálisis compromete sus músculos respiratorios. Es una enfermedad terrible, con una muerte aun mas terrible y cuya causa y tratamiento se desconoce. Afortunadamente es muy poco frecuente y afecta a 1 de cada 10.000 personas afectando mas al sexo masculino en una proporción de 3 a 1.

El caso es que el calcio (la liga italiana) parece haberse detectado una epidemia de ELA según esta noticia.

Aunque ya antes se había detectado un aumento importante entre los veteranos de la guerra del golfo e incluso entre los habitantes de la isla de Guam. Dado que no conocemos la causa de esta enfermedad cualquier hipótesis sirve para explicarla , desde los conocidos tóxicos ambientales hasta los casos de doping que se han detectado entre los futbolistas profesionales de la liga italiana.

Una periodista italiana llamada Picardi ha investigado este «extraño» caso metiendo en el mismo paquete no solo los casos de ELA verdaderos sino también otros casos «extraños», entre futbolistas veteranos, leucemias, cánceres y cardiopatías cometiendo aquí un primer error fundamental desde el punto de vista estadístico.

Un caso pues de «conspiración». Hay intereses para silenciar el asunto, se plantea la Picardi junto con algunos afectados. Para ellos la causa está bien clara: el dopaje al que se sometieron durante su época de jugadores es la causa de esta «epidemia».

¿Pero se trata realmente de una epidemia?

Oigamos al experto:

El neurólogo especializado en la ELA  Dr Fabrizio Pisano expone que esta enfermedad afecta 6,5 veces más a futbolistas italianos que al resto de la población. Y es que según las investigaciones, no hay ningún caso de enfermos de ELA en el resto de deportes de Italia frente a los más de cuarenta casos en el fútbol.

Retenga el lector esta cifra: 6,5 veces mas. ¿Le suena de algo?

Un guiño del azar, la probabilidad de que la ELA afecte a los jugadores de fútbol es la misma (a igual poblacion) que si afecta a jueces o fiscales del estado italiano o de cualquier otro sitio.

Debemos conocer mejor al azar pues nuestra tendencia a construir historias es infinita y mas aun: nuestra tendencia a saltar a las conclusiones sin haber realizado siquiera un recuento matemático de los datos de los que disponemos.

Ejemplos extraídos del libro de Daniel Kahneman del que hablé en este post.

Nota.- El caso de los futbolistas italianos no es citado por Kahneman sino que es una incursión mia en los temas que Kahneman plantea en su libro