El hijo del chófer

Este post contiene spoilers, es decir revela datos de la trama de la novela citada, el lector no deberá seguir adelante con la lectura del mismo si planea leerla.

«El hijo del chófer» es una novela -más que una novela es una investigación periodística que se lee como una novela- de Jordi Amat y que describe a Alfons Quintá un periodista catalán que fue testigo de una de las épocas mas escabrosas de Cataluña: desde la transición y el acople del nuevo modelo autonómico hasta la caída del incombustible Pujol.

Pero a mi lo que más me ha interesado es la personalidad del susodicho Quintá del que me es posible intuir -siendo como es un personaje a medio camino entre la ficción y la realidad- que se trataba de una personalidad psicopática de la que no es ajena la época en la que vivió, desde el exilio y la vuelta de Tarradellas hasta las conspiraciones de la burquesía catalana para defenestrarle y ¿cómo no? el caso de Banca Catalana donde el Estado -comandado por Felipe Gonzalez- trató de mirar hacia otro lado y dejar impune una de las mayores estafas a sus clientes y al sistema bancario español. Es imposible comprender el fenómeno actual del procés y su deterioro y putrefacción sin escarbar en aquellos antecedentes de corrupción que rodearon aquel tiempo y como las «familias catalanas» llegaron a entretejer una red de favores, alianzas, conspiraciones, corruptelas y delaciones de los que Alfons Quintá, -buen conocedor de su mecánica- llegó a controlar de tal manera que consiguió escalar a los puestos mas relevantes del periodismo catalán, a pesar de no haber podido terminar sus estudios y tener que hacerlo en una segunda oportunidad ya de mayor.

Quintá era hijo de un viajante de comercio y por tanto disponía de un vehículo propio con el que llevaba a Josep Plá a conspirar con Tarradellas en Francia y con sus huestes pretendidamente intelectuales que le cortejaban como a una especie de gurú catalán. Toda su influencia posterior procede de estos cenáculos donde la créme catalana se reunia y pastoreaba a fin de preparar el día siguiente de la muerte del dictador. Quintá era testigo (su padre le llevaba consigo a ciertas reuniones) y fue así como trabó los contactos que le serian tan necesarios en su escalada social. Y todo a pesar de que era un chico bastante incomodo de soportar y al que no le importaba amenazar a unos y a otros para lograr sus objetivos. Eso mismo hizo con Josep Plá a quien eligió para que convenciera a su padre para que le dejara salir al extranjero a la edad de 17 años. En aquella época no se podía obtener el pasaporte sin permiso paterno y Quintá -que había fracasado en sus estudios de Bachiller- pensó en apartarse de la vida académica e instalarse en algún lugar del extranjero. Padre e hijo nunca se llevaron bien pues Josep Quintá era de esos hombres que llevan una doble vida y prácticamente no pasan por casa más que para dormir de vez en cuando. Algo así como si fuera bígamo o mantuviera una segunda esposa y terceras u cuartas, según sus itinerarios de viajante. Alfons probablemente le odiaba por eso pero sin embargo era algo así como su escudero en todos esos círculos que tanta importancia tuvieron para él en el futuro.

Su personalidad era abiertamente psicopática, le gustaba dominar y que todo el mundo se plegara a sus caprichos, era maleducado y violento y trataba de un modo tiránico tanto a las mujeres como a sus empleados. No le importaba traicionar a sus amigos o despedir a los que en un momento determinado le ayudaron. Tampoco le importaba destruir su obra cuando él ya no tenía responsabilidad en ella, era un egocéntrico insoportable. Era un amoral. En el libro de Amat podrá el lector interesado contemplar las escenas más truculentas y explosivas que puede imaginar, hasta el punto que uno se pregunta como es posible que esta persona fuera promocionada a los lugares de élite que llegó a ostentar: director del Pais en Cataluña o diseñador y ejecutor de TV3. Obviamente era un tipo muy inteligente pero también muy destructivo y sobre todo temible, quizá por eso -por el miedo que causaba- y por los secretos que podía albergar sobre casi todo el mundo se le consintió casi todo: hasta Pujol le encargo la puesta a punto de TV3 a pesar de que Quintá fue uno de los acosadores mediáticos en el tema de Banca Catalana hasta que Juan Luis Cebrian pudo quitárselo de enmedio.

Tan maleducado era Quintá que no usaba cuchara sino que bebía la sopa directamente del plato, hacía comentarios indecentes e inoportunos a las mujeres de su entorno y sobre todo padecía de una hiperfagia exagerada. Amat habla de «bulimia», pero no se trata de un trastornos alimentario, pues la bulimia es el resultado de sufrir hambre cuando una persona quiere hacer régimen pero no lo consigue. Es algo así como un mecanismo de reparación del hambre pasada en personas obsesionadas por el peso. Sin embargo en Quintá no había maniobras de compensación sino que su «bulimia» se parece más una falta de control frontal. Si unimos la hiperfagia, con el hipererotismo y los accesos de cólera tenemos un panorama que más bien recuerda a las caracteropatías prefrontales, donde el lóbulo frontal -ejecutivo- parece haber perdido la capacidad de modular, controlar, dirigir e inhibir y la conducta instintiva. El caso me parece recordar al príncipe D. Carlos, hijo de Felipe II, del que hablé aqui y también -como no- el primer Borbón español, Felipe V, el rey loco.

¿Cómo es posible que un personaje así tuviera tanto éxito en el mundo de seny de la burguesía catalana?

Para contestar a esta pregunta recomiendo a mis lectores que vuelen a leer este post sobre la ponerología.

El libro de Amat es interesante por la investigación que ha llevado a cabo, muy sistemática, pero está escrito de forma descuidada y atropellada, tanto que a veces resulta difícil de seguir. Su interés es histórico o si se quiere político, para saber cómo hemos llegado a esto hay que adentrarse en las claves que lo hicieron posible: y una de esas claves es la impunidad con la que ciertos grupos de presión han llegado a tomar todo el poder de sus territorios. La impunidad y porque no decirlo el totalitarismo con el que algunos siguen gobernando despreciando a sus ciudadanos o tratándoles como idiotas.

La gelatina cósmica

La ciencia ficción -como el feminismo- es un género literario que ha atravesado múltiples etapas en su desarrollo, algo así como estas:

  1. Anticipación, como por ejemplo sucedió con los viajes a la luna o el submarino. Es la ciencia ficción de los precursores.
  2. Guerra de mundos que predominó durante la guerra fría, los extraterrestres vistos como los malos de la película.
  3. Contactos benignos con otras entidades. El buenismo de la ciencia ficción, vale la pena señalar ET o encuentros en la tercera fase.
  4. Distopias. La orweliana de 1984, o las de Ray Bradbury en Fahrenheit 451.
  5. Ficción filosófica cuya obra cumbre pertenece a Kubrick y su delirio gnóstico en «2001, una odisea del espacio».

Después de Kubrick pareciera que estaba todo dicho en ciencia ficción pero llegó Stanislaw Lem (1961) para poner patas arriba el paradigma de la ciencia ficción,, su razón de ser, que no es otro sino el «contactismo», del cual las abducciones son uno de sus mitos más logrados. La idea de que de existir vida extraterrestre esta debe ser parecida a la nuestra y que su propósito es contactarnos, nos es imposible imaginar una inteligencia superior -pues superior sin duda habrá de ser esa inteligencia, si puede viajar desde lejanas galaxias hasta nosotros- que no proceda de alguna forma de vida similar a la nuestra, se conoce con el nombre de antropomorfismo, la idea de que de existir esas formas de vida deberían ser parecidas a la nuestra con piernas, cabeza y brazos aunque nos los podamos imaginar como hombrecillos verdes.

Lo cierto es que la novela de Lem es una obra cumbre de la ciencia ficción, más que eso, una obra que trata de romper el paradigma clásico del «contacto» y de paso criticar la metafísica Kubrickiana con pretensiones evolucionistas que en 2001 parecía señalar hacia una evolución de la conciencia superior, una idea gnóstica pues la gnosis es el conocimiento basado en la experiencia o percepción personal. En un contexto religioso, la gnosis es conocimiento místico o esotérico basado en la participación directa con lo divino.y es algo que solo puede llevarse a cabo a través de un proceso personal de «escalada» en el nivel de conciencia. Pero Lem está en contra de esta idea, su posición es que la conciencia humana es incapaz de entender ciertos misterios, más que eso, está limitada y su imaginación está presidida por la idea de que de existir otro tipo de inteligencia sería imposible contactar (comunicarse) con ella de una u otra manera.

¿Pero qué sucedería si existiera una forma de inteligencia a-biológica, una inteligencia o pensamiento inmaterial? ¿Se puede pensar sin intentar comunicarse? Algún tipo de inteligencia que procediera de la enormidad, de la masa de algo aparentemente informe o mineral.

Imagina que eres el personaje principal de un juego de ordenador, me refiero a esos juegos donde el protagonista puede crear mundos a su voluntad, para lo que dispone de ciertas herramientas para construir ferrocarriles, puentes, ciudades enteras, puede desviar ríos y construir embalses al mismo tiempo que puede transformar desiertos en huertos llenos de vegetales y frutales, dispone también de armas para enfrentarse a sus enemigos pero no puede evitar someterse a ciertos limites que vienen definidos por las características del propio juego. No puede volar y ha de desplazarse siempre a través de vehículos, no tiene posibilidad de bilocación (no puede estar en dos sitios a la vez), carece de telepatía y no tiene más remedio que comunicarse a través de palabras, etc.

Podríamos decir que nuestro héroe dispone de su imaginación para inventar su mundo pero que también tiene sus limites y su principal limite es que no conoce los códigos con los que el programador ha construido su programa. Puede intentar deducirlos o inventar los suyos propios (si tiene dotes para la informática) pero aun habiéndolos descubierto no podrá estar nunca seguro de que sus códigos coinciden con los códigos del creador del juego.

Esto es lo que les sucede a loa astronautas de Prometeo, la nave que se encuentra en la orbita de Solaris y que están alli para seguir adentrándose en los misterios de ese planeta que ya acumula una enorme cantidad de bibliografía e hipótesis acumuladas durante siglos nunca demostradas.

El oceano de Solaris.-

Solaris es un planeta un poco especial, está constituido por un océano gelatinoso que prácticamente ocupa todo el planeta, lo interesante de este océano es que tiene ciertas características que influyen en aquellos que se le acercan, una influencia sutil, como caricias de terciopelo a los que se les acercan, caricias que no tocan, pero sin duda la influencia más relevante es que es capaz de apropiarse de recuerdos de los nautas y al mismo tiempo de corporeizarlas.

Su superficie está cubierta principalmente por lo que parece el océano de la consistencia gelatinosa, según algunos estudiosos, un ser sensible único y gigantesco capaz de influir incluso en el movimiento del planeta en órbita alrededor de un sistema estelar binario -con dos soles- debe ser irregular y, por lo tanto, no adecuado para el desarrollo de la vida. De manera que los científicos saben que el planeta ha modificado su órbita de un modo autónomo, conformando adaptaciones a ese orbitar por dos soles. esta actividad adaptativa es una prueba de que en él hay algo vivo, algo parecido a una inteligencia.

Mimoide de Solaris

La actividad de Solaris se manifiesta por la generación continua de estructuras complicadas y gigantescas de naturaleza incomprensible, de material coloidal que se consolida y licúa. Las estructuras más grandes se presentan como representaciones multidimensionales, a menudo con la aparición de emulaciones de estructuras humanas como ciudades; los estudiosos han catalogado tales manifestaciones con nombres extraños como «mimoide» , «simetríada» y «asimetríada» . Algunos investigadores creen que Solaris es capaz de pensar, a pesar de la imposibilidad total de identificar cualquier patrón de comunicación en sus manifestaciones materiales. El propósito de las diferentes misiones es establecer contacto con el planeta y comprender su verdadera naturaleza. A pesar de la gran cantidad de estudios en todas las ramas de la ciencia (que en la novela se define como una disciplina en sí misma, la » Solaristica «) , el planeta y su Océano siguen siendo un misterio absoluto: Solaris escapa al conocimiento humano, para aquellos que pueden ser los datos recogidos o las teorías formuladas.

El espíritu oceánico.-

La primera idea que asocié a través de la lectura de Solaris fue la idea de «espíritu oceánico» de Roland, que mantuvo un «contacto» epistolar con Freud:

«El sentimiento oceánico se manifiesta en el sujeto como la percepción de que las fronteras entre el yo y el mundo se diluyen por un instante. Esta disolución permite al individuo captar el mundo como totalidad orgánica, interdependiente y bella en sí misma. Los problemas personales se tornan nimios y durante unos momentos nuestro cuerpo se llena de un inusual placer beatífico.

¿De dónde provendría esta sensación? Para Rolland y para aquellos abiertos a la trascendencia, el “sentimiento oceánico” sería una ventana abierta a un mayor nivel de comprensión de la realidad. Es decir, estos estados de conciencia, ya surjan de manera espontánea o sean buscado, nos permiten intuir la imbricación profunda y con sentido de todos los elementos que constituyen la pluralidad de lo que percibimos. Este sentimiento sería, según Rolland, el origen de la religión, pero también es posible que se trate de una experiencia que admita variadas hipótesis como las solaristas.

Freud, desde una perspectiva atrascendentalista, no negará el sentimiento en sí sino la interpretación que de él hace Rolland. El psiquiatra hace un análisis de como se genera en nosotros el concepto de yo; el bebé durante la gestación no siente claramente los límites físico que existen entre el líquido amniótico y su propio cuerpo. En este primer estadio, es un uno indiferenciado con la madre gestante pero el parto no cambia sustantivamente este sentimiento de indiferenciación; el niño solo aprende que es algo distinto al mundo que le rodea tras un largo proceso de desarrollo, en este proceso comprende que el placer y el dolor no proceden de uno mismo sino que es generado por entes distintos a él. De este modo, paulatinamente adquiere la capacidad yoica, y llega a distinguirse del mundo circundante y, por lo tanto, a ser autoconsciente. En este punto Freud concluye que tal sentimiento no puede ser el origen de la religión ya que la fuerza creativa de la mente humana nace de la satisfacción de una necesidad, no de la regresión momentánea a un estadio psíquico anterior».

El caso es que la experiencia oceánica existe y me llama la atención los paralelismo existentes entre el funcionamiento de la mente humana, los estudios de la neurociencia y los estudios sobre el océano de Solaris, pues como en la mente humana somos capaces de observar su superficie pero los mecanismos que están debajo, tenemos que suponerlos tejiendo una red causal que se revela siempre incierta. Por ejemplo, conocemos bien como funciona la razón pero no sabemos porqué existen vivencias irrazonables, el apego no es razonable, ni la prohibición del incesto ni mucho menos la fobia o vergüenza de los niños a los extraños o a la oscuridad.si bien existen algunas diferencias entre nuestro cerebro y Solaris como veremos inmediatamente.

Kris Kelvin es uno de los astronautas que se encuentra en la estación espacial que sobrevuela la atmósfera de Solaris, se trata de un hombre que arrastra una pena particular, su compañera se suicidó después de que le amenazara con hacerlo y él no la tomara en serio. No sabemos porqué Harey lo hizo pero sabemos que arrastra una culpabilidad bien comprensible por este hecho posterior a una discusión. El asunto es que una vez llega a la estación espacial comienza a visualizar una serie de presencias humanas en su interior que no se corresponden con el resto de personal navegante. Pronto se manifiesta su amada Harey, pero no se trata de un espectro sino una Harey de carne y hueso, solo que carece de memoria, no recuerda nada de su pasado, ni qué hace allí ni como ha llegado pero es un doble perfecto de la Harey original, si bien es un doble, podríamos decir, simplificado que conserva la mente de la original Harey, su lenguaje gestual y su amor por Kris, pero hay un defecto, tiene que estar siempre con él y Kris que al principio está asustado por la aparición no tiene más remedio que hacerla desaparecer poniéndola en órbita con un cohete auxiliar.

Pero Harey aprovecha el sueño de Kris para volver a aparecer -sin recordar pero intuyendo- que Kris pretende deshacerse de ella. Las presencias aprovechan el sueño de los nautas para corporeizarse de nuevo y cada uno de ellos tiene su propia sombra que les acompaña en todo momento. Se trata de recuerdos traumáticos, como no reconocer a esos espectros sin memoria pero con cuerpo real que merodean por nuestra vida, al tiempo que carecen de memoria como los eidolones que pueblan el Hades. Pareciera como si Solaris pudiera detectar esos recuerdos cristalizados y hacerlos emerger.

Este es uno de los fenómenos que el océano puede inducir en aquellos que se les acercan y ellos los nautas están allí precisamente para conocer los procesos que el océano lleva a cabo para ¿comunicasre con ellos? Esta es la teoría del físico de la expedición que se saltará las reglas para inducir cambios a través de rayos X y encefalogramas de Kris.

Kris es psicólogo y sabe o intuye que comunicarse con Solaris es imposible (esta es la tesis de Lem) y que se trata de una metáfora de Dios, pero no del Dios que estamos acostumbrados a pensar sino un Dios imperfecto, no omnisciente, ni omnipotente sino una forma de pensamiento abiológica que no pretende comunicar nada sino simplemente manifestar sus potencialidades, expresando su inteligencia mineral.

De manera que Dios de existir no es como lo imaginábamos sino una forma de inteligencia imperfecta que está mas allá de nuestra comprensión científica y que ninguna hipotesis podrá verificar jamás.

Bibliografia.-

El sentimiento oceanico

Solaris: la novela

Independencia

Este post contiene spoilers, es decir revela datos de la trama de la novela citada, el lector no deberá seguir adelante con la lectura del mismo si planea leerla.

La continuación de Terra Alta de Javier Cercás

Melchor Marin es el protagonista de ambas novelas de Javier Cercás, la primera de ellas nos presenta a un policía de los Mossos que tiene un oscuro pasado, un pasado de «hijo de puta», una puta -su madre asesinada en extrañas circunstancias y cuya muerte nunca fue aclarada- y una estancia por la prisión después de haberse metido en oscuros negocios del menudeo de drogas. Es en la cárcel donde Melchor se redime, gracias a un recluso, el Francés que ejerce de bibliotecario de la prisión. Es allí donde Melchor descubre «los Miserables» que desde ese momento se convertirá en su libro de cabecera y no sólo eso: comenzará a interesarse por la literatura precisamente a raíz de esa lectura.

La lectura le redime.

Melchor sale de la cárcel con una decisión firme: encontrar a los asesinos de su madre y es por eso que se convierte en policía al mismo tiempo que en un héroe del cuerpo al abatir a unos terroristas en Cambrils (este es un hecho real que Cercás utiliza para mezclar realidad y ficción). Es por eso que sus jefes deciden quitarlo de la exposición publica y mandarle a la Terra Alta, una comarca catalana con sede en Gandesa, escenario en la guerra civil de grandes matanzas. Es allí donde Melchor inicia una nueva vida y conoce a Olga -la bibliotecaria- con la que se casa y vive con ella los mejores años de su vida. Tienen una hija que se llama Cosette igual que la heroína de Victor Hugo a quien Jean Valjean rescata de la miseria.

Pero el que nace poli siempre es poli y Melchor interviene en un asunto de asesinato de una familia muy conocida y ayuda a resolverlo sin demasiadas ganas de atribuirse el mérito, sobre todo porque también su mujer es asesinada por los malotes que tratan de alejarlo del caso. Al final Melchor encuentra a los asesinos y logra meterlos en la cárcel. El ambiente de Terra Alta es bastante opresivo y teñido aún de la tragedia de la guerra civil, que Cercás nos recuerda quizá porque este escenario forma parte de sus recuerdos de infancia, pero lo cierto es que «Terra alta» no me gustó demasiado. Se trata de una novela policiaca donde el suspense gira en torno a dos búsquedas simultáneas: la de los asesinos de su madre y la de los asesinos actuales que son los mismos que asesinan a su esposa. La historia siempre se repite a veces como tragedia y a veces como farsa, pero los personajes como Melchor son de una pieza y con pocos matices, es por eso que su destino de poli bueno, no se disipa con el tiempo y Cercás ha escrito una segunda parte con ese personaje ta cercano al Clint Eastwood de «Harry el sucio».

Porque Melchor es un justiciero, de esos policías que precisamente por serlo saben que los malos casi siempre salen de rositas y es precisamente esa la razón por la que en ocasiones se extralimita en el cumplimiento de la ley. La ley de los miserables. Los policías siempre saben quien es el culpable de un delito pero esto ha de demostrarse en los tribunales lo que redunda en beneficio del culpable, por otra parte el sistema judicial no busca la verdad sino solo aquella parte de la verdad que es jurídicamente estable y que nunca coincide con la verdad histórica ni con las narraciones (confesiones) pero siempre coincide con la novela escrita por un narrador omnisciente.

En Independencia Melchor es requerido en comisión de servicios para ayudar al que fue su jefe en la Terra alta y recién ascendido gracias a sus pesquisas. Se trata de averiguar quién está chantajeando a la alcaldesa de Barcelona asegurando que poseen un video sexual sobre ella.

Y este es el mejor hallazgo de Cercás pues aprovecha para escudriñar dentro de la política catalana sin miramientos. «Independencia» es una novela que puede leerse sola, sin haber pasado por la anterior y en ella Cercás brilla a una altura bastante más luminosa que en «Terra», quizá porque ha conseguido llegar a un pacto con sus propios fantasmas, me refiero a sus fantasmas políticos, pues «Independencia» es una trituradora política de eso que ha venido en llamarse «la burguesía catalana» que terminó por someter a toda Cataluña a una sacudida gratuita e incierta a través del «Procés» y que ha llevado a Cataluña a una espiral de ignominia y de ruina. No deja de ser curioso que el sentido común catalán (el seny) haya pactado con anarquistas y populistas para llevar a cabo una tarea imposible por más que el anhelo de independencia haya calado en la mitad de la población. Lo cierto – y eso es lo que la novela denuncia- es que los políticos catalanes han utilizado este anhelo para dirigir a las masas hacia su infortunio mientras ellos mismos descreen del procés.

«Independencia» es una de esas novelas que una vez comenzadas mantienen el interés del lector y su ritmo es trepidante, a veces tienes la impresión de que estás viendo una película, o mejor un juego de ordenador donde unas escenas y unos personajes te llevan indisimuladamente a otros dejando rastros de pruebas falsas que solo la pericia de Melchor termina por esclarecer.

La alcaldesa de Barcelona es Virginia y se trata de una mujer ambiciosa y hecha a si misma con la ayuda de su marido ricachón y cínico que es quien la promueve y ejerce su mentoría para terminar divorciándose de él como suele suceder en este tipo de matrimonios: cuando Virginia supone que puede valerse por sí misma.

Pero se equivoca pues Virginia como todo el mundo tiene también un pasado y no hay peor amenaza para un político que su pasado. Y todo marido o esposa es quien más sabe de su pasado.

La primera sospecha es que su ex marido y Vidal -su teniente de alcalde- tienen algo que ver en ese chantaje. es algo demasiado obvio: ambos tienen razones para ello pero la historia ha de dar aún algún vuelco para que todo encaje y es Melchor quien lo hace encajar sacando lo mejor de su instinto justiciero.

Y lo hace como siempre saltándose la ley y ejerciéndola a su manera, ocultando datos y moviendo ficha intentando siempre que en todo caso paguen los verdaderos criminales y no solo los hombres de paja que estos usan para su servicio o para endosarles los muertos. Melchor es más un protector de desdichados -como Jean Valjean- que un funcionario al servicio de la Ley.

Y Melchor Marin lo descubre y termina su misión y vuelve a la Terra Alta donde espera dejar el cuerpo y hacer oposiciones para bibliotecario.

Pero un poli es siempre un poli.

Amores abyectos

«Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». (Leon Tolstoi)

Estamos en la Rusia zarista alrededor de 1871, la guerra franco-prusiana está en sus estertores y mientras tanto la aristocracia rusa, llena de príncipes, condes y nobles sigue con sus bailes, teatros, operas y flirteos constantes. El 90% de los rusos viven en la miseria, con una agricultura atrasada, el analfabetismo es la regla y se trata de un privilegio cuando las clases populares pueden emplearse como siervos de alguna de esas familias aristócráticas: la élite diríamos hoy.

Los hombres aristócratas o bien sirven en el ejército o bien se dedican a la política o son funcionarios. Las mujeres por su parte viven en sus hogares con poca cosa que hacer debido al servicio que les asiste continuamenente en todas sus necesidades. En ese entorno de ociosidad surgirá una nueva subjetividad, la de Ana Karenina, una de las novelas más leídas de Leon Tosltoi y representante del romanticismo ruso junto con Dovstoyevski, es decir de la decadencia. La decadencia de la nobleza.

Ana Karenina es una mujer casada, con un hijo, esposa de un alto funcionario -Alexei- que vive en uno de esos palacetes con varias alas y un montón de habitaciones sin usar que dan esa impresión de lugares desangelados, impersonales, decorados a golpes de imitación de Francia y donde los niños se educan en francés. Alexei es un hombre adusto, preocupado por su carrera y su ambición política. La apariencia es su única moral y la reserva introvertida la forma de relacionarse con su mujer.

Es interesante resaltar que el matrimonio en aquellos tiempos era bastante distinto al concepto que de él tenemos en la actualidad con otros dilemas que proceden del campo de la igualdad y la isosexualidad. Divorciarse no sólo era bastante difícil sino que además estaba mal visto y podía liquidar más de una carrera. La vida era muy convencional y solo el teatro, las fiestas y una vida social constante y abrumadora para nuestro concepto actual permitían sobrellevar aquella vida sin futuro a las mujeres que como Ana, sentían su propia intimidad como encarcelada y se planteaban un más allá donde la felicidad acechaba siempre en forma de amor para quien osara adentrarse en ese país de los misterios que siempre guía a las heroínas enamoradas, una vida vacía y covencional para cualquier mujer despierta. Y no hay transgresión sin normatividad. Los matrimonios estaban pactados de antemano por personajes con vocación de celestinas y donde el interés mutuo presidía las decisiones.

Fue así que Ana y el conde Brodsky se conocen en una de esas fiestas donde se baila el vals. El encuentro es un flechazo repentino, una explosión, un hallazgo. Brodsky es uno de esos personajes chulescos y echados para delante, militar en retaguardia que vive de la pensión que su madre le pasa y que carece de oficio o beneficio como corresponde a su clase. Brodsky le pone cerco a la confusa Karenina que no sabe qué hacer y se debate entre el deber y el placer cuando se descubre enamorada y decide a abandonarse en sus brazos.

No voy a contar toda la trama de la novela que en cualquier caso podéis seguir en una de las tropecientas películas o series que de ella se han hecho y me voy a ceñir al argumento primordial de ésta que no es otro sino el gran tema de los amores imposibles.

Efectivamente Ana y Brodsky pueden ser amantes, verse en secreto pero no pueden hacer publico su amor. Les está vedada la extimidad. Pero ellos no se conforman con eso: quieren aparecer socialmente como un matrimonio ordinario y poder presentarse como pareja: ellos buscan legitimarse. Algo que no podrán hacer salvo un divorcio pactado que les permitiera casarse de nuevo.

Personalmente lo que me interesa señalar de esta novela es que se trata de la emergencia de algo nuevo: de una nueva subjetividad femenina. ¿Pero qué es una subjetividad?.

Una subjetividad es una manera nueva de ver las cosas y tanto Ana Karenina como la Mme Bovary de Flaubert representan una nueva forma de pensar el amor: más allá de las conveniencias y más allá del bienestar personal. El amor comienza a pensarse como una especie de fatalidad o inconveniencia, que es precisamente el certificado de legitimidad del amor verdadero. De la misma idea era Freud: el amor siempre tiene algo de inconveniente, que es lo mismo que decir que los amores fáciles tienen algo de sospechoso. Se trata de la mitología del amor, algo que ha llegado hasta nuestros días, tanto que nosotros los terapeutas solemos decir que alguien (usualmente una mujer) está enamorada del amor. Es como una vuelta de tuerca, una re-flexion (una flexión doble) que se lleva a cabo en el campo amoroso y que representa en esa época una novedad. Pero entiéndase bien: no es que antes de la Ilustración no existiera el amor inconveniente, no tenemos más que recordar la tragedia shakesperiana de Romeo y Julieta para constatar que el argumento del amor imposible ha existido siempre, solo que por distintas razones a las románticas.

Ni Romeo ni Julieta estaban casados, ni tenían hijos ni obligaciones con la vida más allá que disfrutar de la carnalidad de su juventud. No, pero pertenecían a familias enfrentadas entre sí, algo parecido a los amoríos entre cristianos y musulmanes o entre judíos y no judíos. El amor de Karenina y Brodsky es imposible porque ella está casada y vinculada a su marido por un buen catalogo de razones materiales y además por un hijo cuya mirada es en la novela secundaria, pues Tolstoi prefiere penetrar en la subjetividad de Ana, dejando en segundo plano cualquier identificación, si bien es cierto que el propio Tolstoi aparece en la novela en la figura de un personaje Lyovin, un escritor que vive en una propiedad agrícola dedicado a modernizar la agricultura rusa y tratar de mejorar la vida de los campesinos y que después de un desengaño con Kitti -que a su vez anduvo enamorada en su dia del conde Brodsky que la abandonó cuando se enamoró de Ana-.

 

En este sentido la pareja de Ana-Brodsky y la pareja Lyovin-Kitti son parejas inversas. Una es el espejo de la otra, un espejo invertido. Lyovin y Kitti construyen un matrimonio feliz cuando Lyovin comprende la subjetividad de su mujer que aspira a un matrimonio igualitario basado en la confianza mutua, es decir en la amistad, o en el sentido de «formar un solo ser» acaba imponiéndose a la subjetividad ancestral de Lyovin. Por el contrario los amoríos de Ana y Brodsky acabarán mal y como es sabido Ana acaba suicidándose cuando no encuentra una solución a su desesperación, a su «folie d´amour».

El amor de la Karenina podríamos hoy considerarlo como una obsesión. Una obsesión que se lleva por delante cualquier cosa: reputación, vida comoda y sobre todo el amor de un hijo que nunca perdonará a su madre su abandono, quizá tampoco a su padre. Una obsesión es una idea que se torna hegemónica en el campo cognitivo, una idea fija. Uno no puede librarse de las obsesiones salvo mediante algún truco mágico como son las compulsiones. Pero la obsesión de Ana no puede resolverse más que de una forma: la canibalización total del conde Brodsky que no solo pierde su rango militar y su puesto en el ejercito sino su fortuna. Brodsky no tiene más remedio que volver al redil de su madre, mientras Ana pierde la vida bajo las ruedas de un tren. Un tren que va y viene de Moscú a S. Petersburgo: un trayecto que representa en cierto modo su vida anterior de comodidades y lujos.

Las obsesiones existen porque existen subjetividades y si existen subjetividades es porque existen agujeros en nuestra mente que rellenamos con relatos sin autor. Relatos sin autor significa que se trata de relatos que se construyen solos y donde la conciencia no interviene salvo para añadirles algún que otro adorno propio. El amor de Ana es en realidad un relato que ella tramita como algo genuino. Hoy hablaríamos de inconsciente o bien de que la subjetividad es un patrón emergente velado (como el velo) de Isis que opera como un atractor para un mente simple, esas que no conocen la complejidad y que ciertas adversidades de la vida no pueden ser resueltas de un modo satisfactorio para todos. Los amores imposibles son imposibles porque no pueden hacerse compatibles con la realidad. He dicho compatibles porque adaptarse es otra cuestión. Y la realidad es inexorable con quienes la pretenden negar o desafiar.

El enigma del inconsciente es revelar como una sola entidad puede ser, al mismo tiempo, la que oculta algo y a la que se le oculta ese algo. Esto solo puede suceder porque la unidad y la transparencia que normalmente adscribimos a nuestra mente son ilusorias. Los huecos y las incoherencias son aspectos constitutivos de lo que somos. Lo que llena esas lagunas son historias que, por tanto, tienen vida propia.

Y -como dice Fisher- el recuerdo en sí ya es un relato, y cuando hay huecos en la memoria, necesitamos fabricar historias nuevas para rellenar esos agujeros, es por eso que los humanos inventamos cada época una o varias subjetividades nuevas aunque muchas de ellas están condenadas al fracaso. Pero ¿quién es el autor de esas historias? La respuesta es que no es tanto un autor como sí un proceso de fabricación de recuerdos sin nadie al mando.

No quiero terminar este post sin nombrar a Jared Diamond quien en su libro «Armas, gérmenes y acero» describe lo que él llama «El principio de Ana Karenina» que viene a decir hablando de la evolución de la domesticación y tratando de encontrar la causa de que tan pocos animales hayan sido domesticados que: para que una empresa sea exitosa, cada posible deficiencia -en cada uno de sus pasos- debe ser evitada.

O lo que es lo mismo, el principio de Peter: si algo puede salir mal, saldrá.

Bibliografía.-

Mark Fisher: «Lo raro y lo espeluznante»