La fascinación

Fascinación es una palabra poco usada en castellano que procede del latin “fascinas” y que tiene que ver con la obsesión,  es decir con el amor.

Los sinónimos de esta palabra son: encantamiento, atracción, alucinación, deslumbramiento, embeleso, sugestión, seducción.

Dicho de otra forma “fascinación” es algo mágico e hipnótico, algo que además tiene que ver con la mirada, una especie de hechizo. Y algo que sucede a través del ojo.

El ojo sirve para mirar y para ver si alguien nos mira. El ojo es una lente, si, pero tambien es un espejo.

De manera que al verbo “ver” hay que añadirle otro infinitivo el verbo “mirar”. Ambas funciones del ojo se realizan simultáneamente pero hasta un ciego sabe mirar si bien no puede ver.

Dicho de otra forma: la función del ojo, es una función disociada. Podemos ver y mirar cosas distintas. Podemos mirar sin ser vistos (espiar) podemos ser mirados sin percatarnos de ello, una inversión pasiva del acto “activo” del mirar y mirar al mismo tiempo. Más que eso: podemos tener la sensación ilusoria de que nos miran sin que, en realidad, nadie lo haga. Sucede porque percatarse de algo es bien distinto a saber-conocer algo. Percatarse y saber son dos funciones disociadas sobre las que ya hablé en este post sobre “Susana y los viejos”.

Hay quien mira y hay quien es mirado, aunque en la vida común todos miramos y somos mirados (somos sujetos y objetos) sin caer en la cuenta de que existe un goce especial cuando se elige posición. Naturalmente no me estoy refiriendo al gusto por exhibirse o hacerse visible que presentan algunas personas histriónicas sino al gusto por ser absorbido (o absorber) que probablemente no está en el repertorio de la patolgía sino en las actividades privadas que se realizan a solas. Es por eso por lo que en ciertos rituales eróticos se vendan los ojos al que hace de objeto mirado, a fin de que, a su vez no pueda mirar y quede a merced del mirador. Una disociación forzada entre sujeto y objeto, entre depredador y presa.

“Fascinas”, es una palabra latina que significa encanto. Es interesante observar que seducción, magnetismo, atractivo, absorción, hechizo y fascinación son sinónimos y apelan a un estado de sobrecogimiento o succión que ha sido vulgarizado por fórmulas o sortilegios casi mágicos y a veces por estereotipos sociales banales como cuando decimos al conocer a alguien :”Encantado/a”. En realidad no estamos encantados y todo es una fórmula de cortesía. Estar encantado es algo así como le sucede a la serpiente con la flauta del faquir, un estado de fascinación, un trance hipnótico.

Fascinar es pues capturar con la mirada, algo relacionado con el mal de ojo., la convicción de que alguien puede enfermarnos o capturar nuestra voluntad con la mirada tal y como sucede en el síndrome de Stendhal. Pero también podemos ser fascinados por una idea – usualmente propia-, algo que se pensó, una especie de auto-revelación, una inspiración, una mirada hacia lo interno que por alguna razón ocupa todo el espacio de nuestra atención y se pone en el centro de nuestro campo imaginario, desplazando el interés por otras ideas: una versión muy corriente de este fenómeno es la megalomanía: esa auto-fascinación que los narcisistas tienen por sí mismos. Una idea sobrevalorada que fue a tu debido tiempo fundacional en el autoconcepto.

La fascinación es una prestación de nuestro cerebro que está relacionada con la absorción (la posibilidad de estar absorto y concentrado en algo) y la disociación. Según Tellegen (1974), la absorción es un rasgo de la personalidad que permite que un individuo se implique en una variedad de experiencias mediante la imaginación. Las personas que tienen capacidad de absorción tienen imaginería intensa y vívida, y tienen experiencias sensoriales e imaginativas al punto de perder su sentido del yo (un ejemplo común es ver una película involucrándose tanto en ésta, que se pierde el contexto que lo rodea, incluso si otro le habla).

Naturalmente podemos caer fascinados ante la belleza o lo sublime pero también por la miseria, lo “cutre”, lo lejano, lo exótico, lo peligroso, o una abuela que nos cuidó por su elegancia o interés. Lo que explica las preferencias y los gustos individuales.

Dicho de otra manera, la fascinación es un fenómeno hipnótico al que somos sensibles mayormente cuando somos muy impresionables (la infancia) o cuando hemos recibido cierto entrenamiento para saber que lo que vamos a ver es algo extraordinario. La fascinación es probablemente el núcleo donde se articula nuestra identidad, aquello que nos arrebató cuando aun no éramos capaces de discriminar o pesar el valor que le adjudicamos.

Bibliografia.-

Tellegen, A., y Atkinson, G. (1974). Openness to absorbing and self-altering experiences (‘absorption’), a trait related to hypnotic susceptibility. Journal of Abnormal Psychology, 83, 268–277.

Interrelación entre disociación, absorción y propensión a la fantasía con experiencias alucinatorias en población no-clínica Alejandro Parra (2007)

El declive de los niños

Esta es una traducción libre de un articulo de Jordan Peterson publicado en “The Australian” y que habla del futuro que les espera a los niños varones en un mundo presidido por el marxismo cultural, el feminismo y la idea de lo políticamente correcto.

12 reglas

 

Los niños están sufriendo en nuestro moderno, y opulento mundo occidental de una manera sutil.

Son más desobedientes – negativamente – o más independientes – positivamente – que las niñas, y sufren por esto, a lo largo de su carrera educativa preuniversitaria.

 

Son menos agradables (la amabilidad es un rasgo de personalidad asociado con la compasión, la empatía y la evitación del conflicto) y son menos susceptibles a la ansiedad y la depresión, al menos después de que ambos sexos alcancen la pubertad. Los intereses de los muchachos se inclinan hacia las cosas; los intereses de las niñas se inclinan hacia las personas.

Estas diferencias, fuertemente influenciadas por factores biológicos, son más pronunciadas (existe una mayor brecha de genero en este sentido) en las sociedades escandinavas donde la igualdad de género ha sido presionada con más fuerza: esto es lo contrario de lo que se esperaría de aquellos que insisten, cada vez más intensamente, en que el género es una construcción social. No lo es, en absoluto, este debate esta desnudo científicamente para los que se oponen o niegan las diferencias biológicas..

A los muchachos les gusta la competencia y no les gusta obedecer, especialmente cuando son adolescentes. Durante ese tiempo, se ven obligados a escapar de sus familias y establecer su propio proyecto de vida. Hay poca diferencia entre hacer eso y desafiar la autoridad. Las escuelas, que se establecieron a fines del siglo XIX para inculcar la obediencia, no se comportan con amabilidad y provocación, sin importar cuán estricta y competente pueda ser para un niño (o una niña).

Otros factores juegan su papel en el declive de los niños: las niñas, por ejemplo, jugarán juegos de niños, pero los niños son mucho más reacios a jugar juegos de niñas. Esto se debe en parte a que es admirable que una niña gane al competir con un niño. Tampoco es ningún drama que pierda ante un chico.

Sin embargo, que un niño le pegue a una niña, no está bien visto, y con la misma frecuencia, está peor visto aun que pierda en una competición con una de ellas. Imagina que un niño y una niña, de nueve años, se pelean. Solo por participar, el chico es sospechoso. Si él gana, es patético. Si pierde, bueno, su vida bien podría haber terminado. Humillado por una chica.

Las niñas pueden ganar al ganar en su propia jerarquía, siendo buenas con lo que las niñas valoran, como las niñas. Pero pueden aumentar esta victoria al ganar en la jerarquía de los muchachos. Los niños, sin embargo, solo pueden ganar al ganar en la jerarquía masculina. Perderán estatus, entre niñas y niños, siendo buenos en lo que las niñas valoran.

Les cuesta perder reputación entre los chicos y les resta atractivo entre las chicas.

Las chicas no se sienten atraídas por los chicos que son sus amigos, aunque les gusten, sea lo que sea que eso signifique. Se sienten atraídos por los niños que ganan concursos de estatus con otros niños. Sin embargo, si eres hombre, no puedes golpear a una hembra tan fuerte como lo harías con un macho. Los niños no pueden jugar juegos verdaderamente competitivos con niñas. No está claro cómo pueden ganar. Cuando el juego se convierte en un juego de niñas, los muchachos se van.

Las universidades, particularmente las humanidades, están a punto de convertirse en un juego de niñas ¿es esto lo que queremos? La situación en las universidades (y en las instituciones educativas en general) es mucho más problemática de lo que indican las estadísticas básicas. Si eliminas los programas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (excluyendo la psicología), la relación mujer-varón es aún más sesgada.

Casi el 80 por ciento de los estudiantes que se especializan en los campos de la salud, la administración pública, la psicología y la educación, que comprenden una cuarta parte de todos los títulos, son mujeres. La disparidad sigue aumentando rápidamente. A este ritmo, habrá muy pocos hombres en la mayoría de las disciplinas universitarias en 15 años.

Esta no es una buena noticia para los hombres. Incluso podría ser una noticia catastrófica para los hombres. Pero tampoco son buenas noticias para las mujeres.

Carrera y matrimonio

A las mujeres de los institutos de educación superior dominados por mujeres les resulta cada vez más difícil organizar una relación de noviazgo incluso de duración moderada. En consecuencia, deben conformarse, si tienen inclinaciones, para una conexión o conexiones secuenciales o bien para sexo de una sola noche.

Tal vez este sea un avance en términos de liberación sexual, pero lo dudo. Creo que es terrible para las chicas. Una relación estable y amorosa es altamente deseable para hombres y mujeres.

Para las mujeres, sin embargo, a menudo es lo que más se desea. De 1997 a 2012, según el Pew Research Center, el número de mujeres entre 18 y 34 años que dijeron que un matrimonio exitoso es una de las cosas más importantes en la vida aumentó del 28 al 37 por ciento. El número de hombres jóvenes que dijeron lo mismo disminuyó del 35 al 29 por ciento. Durante ese tiempo, la proporción de personas casadas mayores de 18 años siguió disminuyendo, de tres cuartas partes en 1960 a la mitad ahora. Finalmente, entre los adultos nunca casados ​​de 30 a 59 años, los hombres tienen tres veces más probabilidades que las mujeres de decir que no quieren casarse (27 contra 8 por ciento).

¿Quién decidió, de todos modos, que la carrera es más importante que el amor y la familia? ¿Trabajar 80 horas a la semana en una firma de abogados de alta gama realmente vale la pena los sacrificios necesarios para ese tipo de éxito? Y si vale la pena, ¿por qué vale la pena? Una minoría de personas (en su mayoría hombres, que obtienen un puntaje bajo en la característica de estar de acuerdo, nuevamente) son hipercompetitivas y quieren ganar a cualquier precio. Una minoría encontrará el trabajo intrínsecamente fascinante. Pero la mayoría no lo son, y el dinero no parece mejorar la vida de las personas, una vez que tienen lo suficiente para evitar a los recaudadores de facturas.

Además, la mayoría de las mujeres de alto rendimiento tienen parejas de alto rendimiento, y eso es más importante para las mujeres. Los datos de Pew también indican que un cónyuge con un trabajo deseable es una alta prioridad para casi el 80 por ciento de las mujeres que nunca se casaron sino que buscan matrimonio (pero para menos del 50 por ciento de los hombres). Cuando llegan a los 30 años, la mayoría de las abogadas de alto nivel renuncian a sus carreras de alta presión. Solo el 15 por ciento de los socios en los 200 bufetes de abogados más importantes de EE. UU. Son mujeres.

Esta cifra no ha cambiado mucho en los últimos 15 años, a pesar de que las mujeres asociadas y los abogados del personal son abundantes. Tampoco es porque las firmas de abogados no quieran que las mujeres se queden y tengan éxito. Hay una escasez crónica de personas excelentes, independientemente de su sexo, y las firmas de abogados están desesperadas por retenerlas.

Las mujeres que se van quieren un trabajo y una vida que les dé tiempo. Después de la escuela de derecho y  los primeros años de trabajo, desarrollan otros intereses. Esto es de conocimiento común en las grandes empresas (aunque no es algo que las personas se sientan cómodas articulando en público, tanto hombres como mujeres).

Hace poco vi a una profesora de la Universidad McGill, sermonear a una sala llena de parejas de abogados o socios cercanos sobre cómo la falta de guarderías y las “definiciones masculinas de éxito” impidieron el progreso de su carrera e hicieron que las mujeres se fueran. Conocía a la mayoría de las mujeres en la sala y habíamos hablado extensamente. Sabía que ellas no estaban de acuerdo con la definición del problema: tenían niñeras, y podían pagarlas. Ya habían subcontratado todas sus obligaciones y necesidades domésticas.

Entendieron también que era el mercado el que definía el éxito, no los hombres con los que trabajaban. Si gana $ C650 por hora en Toronto como abogado principal, y su cliente en Japón lo llama a las 4 am un domingo, responda. Ahora hay que responder incluso si acabas de volver a dormir después de alimentar al bebé.

Usted como hombre responde porque un socio legal hiper ambicioso en Nueva York estaría feliz de responder si no lo hace, y es por eso que el mercado define el trabajo y no los hombres.

El suministro cada vez más escaso de hombres con educación universitaria plantea un problema de severidad creciente para las mujeres que desean casarse, así como para el momento adecuado. En primer lugar, las mujeres tienen una fuerte tendencia a casarse a través o por encima de la jerarquía de dominio económico. Prefieren un compañero de igual o mayor estatus. Esto es cierto transculturalmente.

Lo mismo no ocurre, por cierto, para los hombres, que están perfectamente dispuestos a casarse a través o hacia abajo (como lo indican los datos de Pew), aunque muestran una preferencia por compañeras algo más jóvenes. La tendencia reciente hacia el vaciamiento de la clase media también ha ido en aumento a medida que las mujeres ricas en recursos y/o atractivo tienden cada vez más a asociarse con hombres ricos en recursos.

Debido a esto, y debido al declive en empleos de manufactura que pagan altos salarios para los hombres (uno de cada seis hombres en edad de trabajar actualmente no tiene trabajo en los EE. UU.), El matrimonio es ahora algo cada vez más reservado para los ricos. No puedo evitar encontrar eso divertido de una manera irónicamente negra.

La opresiva institución patriarcal del matrimonio se ha convertido en un lujo. ¿Por qué los ricos se tiranizarían a sí mismos? ¿Por qué las mujeres quieren una pareja empleada, y preferiblemente una de mayor estatus? En gran parte es porque las mujeres se vuelven más vulnerables cuando tienen hijos. Necesitan a alguien competente para apoyar a la madre y al niño cuando sea necesario. Es un acto compensatorio perfectamente racional, aunque también tiene una base biológica.

¿Por qué una mujer que decide hacerse cargo de uno o más bebés también quiere que un adulto le ayude en la crianza? Entonces, el hombre desempleado es un espécimen indeseable y la maternidad soltera es una alternativa indeseable. Los niños en hogares ausentes por padre tienen cuatro veces más probabilidades de ser pobres. Eso significa que sus madres son pobres, también. Los niños sin padre corren un riesgo mucho mayor de abuso de drogas y alcohol. Los niños que viven con padres biológicos casados ​​son menos ansiosos, deprimidos y delincuentes que los niños que viven con uno o más padres no biológicos. Los niños en familias monoparentales también tienen el doble de probabilidades de suicidarse.

El fuerte giro hacia la corrección política en las universidades ha exacerbado el problema. Las voces que gritan contra la opresión se han vuelto más ruidosas, según parece, en proporción precisa a qué tan iguales -incluso ahora cada vez más sesgadas en contra de los hombres- podemos llegar a ser.

Hay disciplinas enteras en las universidades directamente hostiles hacia los hombres. Estas son las áreas de estudio dominadas por la afirmación posmoderna / neomarxista de que la cultura occidental, en particular, es una estructura opresiva creada por los hombres blancos para dominar y excluir a las mujeres (y otros grupos selectos); exitoso solo por esa dominación y exclusión.

Este es un extracto editado de 12 Reglas para la vida: un antídoto contra el caos por la Dr. Jordan Peterson, Allen Lane, ahora, $ 35. Próximamente saldrá al mercado en inglés.

La conexión masculina

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Recientemente he tenido ocasión de leer un post que por su lucidez me ha parecido importante no solo compartir aqui sino prolongar con algunos comentarios relativos a ciertos eventos vitales que me parecen en relación con la construcción de una identidad sexual, en este caso una identidad masculina.

Para empezar señalaré que la identidad sexual no es la misma cosa que la orientación sexual. La identidad sexual es un constructo social relacionado con la socialización como veremos más tarde mientras que la orientación sexual está mas relacionada con lo biológico y lo genético. nadie elige ser homo o heterosexual pero si puede elegirse el género. Más que eso: las personas que presentan disforia de género no son homosexuales, sino que viven una especie de antagonismo entre sus cuerpos y su identidad que en cualquier caso no se corresponde con lo que entendemos como preferencia por el mismo sexo que caracteriza a los homosexuales.

Comenzaré por apuntar ciertos párrafos del citado post (que irán siempre en cursiva) y añadiré algún comentario a su exposición. Se trata de un niño -al que llamaremos Chad- que quiso ser una niña y de las vicisitudes que atravesó durante su evolución existencial y su maduración.

 

Cuando era niño, quería ser una niña. Algunos de mis primeros recuerdos son de rezarle a Dios para que me transformase en niña al despertar. Yo idolatraba a mi abuela y adoptaba sus gestos y su estilo personal. Ella me dejó probar sus anillos y sus joyas, e incluso me sugirió el uso de sus bufandas. Ella pintó mis uñas e incluso me tiñó el pelo, para probar el color antes de usarlo consigo misma. Seguí las niñas en la escuela y en torno siquiera inventar juegos elaborados dónde escondí para jugar a My Little Pony con ellas sin ser descubierto por mi maestra. Puedo recordar a una niña de mi clase que levantó la mano de una manera particularmente femenina y empecé a imitarla. Ella me llevó a un lado un día y me dijo “Tú puedes ser mi amigo sin hacer todo lo que hago”.

Este primer párrafo me parece esclarecedor acerca de una cuestión fascinante: la identificación con una figura significativa de  nuestra infancia. La abuela de este niño fue el objeto elegido en su elección de amor. Y no deja de ser sorprendente este mecanismo de “identificación” descrito por Freud y del que sabemos tan poco. ¿Por qué nos identificamos y por que con ese personaje y no con otro?

En palabras de Freud:

Proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste. La personalidad se constituye y se diferencia mediante una serie de identificaciones.

Nos identificamos con aquello que (por alguna razón) nos parece atractivo, en resumen la identificación es un acto de amor, un salto que nos permite atravesar la brecha que existe entre sujeto y objeto.

Dicho de otra manera somos una especie de conglomerado de identificaciones de aquí y de alláuna especie de puzzle de actitudes, gestos, pensamientos, creencias y parecidos con nuestros objetos de identificaciónSomos grandes imitadores y plagiadores de todo aquello que vemos a nuestro alrededor y sobre todo somos copias de un original al que en un tiempo lejano, amamos

Y otra cuestión importante identificarse es un movimiento mental, en cierto modo hegeliano (no podemos conocer al otro pero podemos ser como él a través del aufheben) que tiene al menos dos formas, la incorporación y la imitación que es la forma más conocida de saltar esa grieta que separa a las personas de sus objetos de amor y precisamente aquí aparece este elemento: se imita aquello que nos resulta atractivo, aquello que amamos. Más adelante dejamos de imitar para identificarnos plenamente con el objeto o con alguna de sus características.

Algo parecido le sucede con una niña del colegio a la vez que ésta le da una pista que resultara crítica para su desarrollo posterior: “no necesitas imitarme para ser mi amigo”.

La ironía de todo esto es que durante toda mi infancia me obsesioné completamente con la masculinidad. Me encantaban los cómics como X-Men, siendo Superman mi favorito. Me encantaba la lucha libre de la WWE. Me encantó ver las competiciones de culturismo y mirando a través de revistas de musculación. Fantaseaba con superhéroes que aparecen desde el cielo, que me decían que yo también tenía un superpoder y que después me rescataban de una vida que simplemente no parecía aceptarme. Quería que gigantescos hombres musculosos fuesen mis amigos, me protegiesen de los agresores y me ayudasen a ser uno de ellos.

Donde podemos ver que el muchacho anda buscando una identidad masculina en este caso a través de héroes de cómic o del cine. Nótese que la fantasía no se enrosca en el deseo sexual sino en el deseo de ser “uno de ellos”. Por otra parte es lógico porque aunque no dice la edad que tenía cuando surgieron estas fantasías es probable suponer que no había alcanzado aun la pubertad. Lo que destaca es la ambivalencia de esta fantasía que es la opuesta a la original.

Y aquí nos cuenta en otro alarde de lucidez la verdad:

La verdad era que simplemente deseaba ser aceptado por otros niños, y quería unirme a ellos. Solo que no tenía ni idea de cómo hacerlo. Nunca supe cómo comunicarme con los niños. Me quedaba torpemente en silencio cuando me obligaban a relacionarme con ellos, y me miraban como si fuera un extraterrestre. Pero en el fondo solo quería ser uno de ellos. Puedo recordar el razonamiento, muy temprano, de que ya no podía dominar el arte de ser un niño, quizás al ser una chica se me permitiría el acceso a su mundo. A los niños les gustaban las niñas. Si yo fuese una niña, todo sería mucho más fácil.

Es decir nuestro muchacho se sentía excluido socialmente y sentía que no encajaba en ningún modelo de masculinidad a su alcance. De ahí su conclusión: si fuera niña todo sería más fácil.

Continuó de la misma forma hasta poco más o menos la vientena e incluso:

Durante mis primeros veinte años consideraba la idea de que yo era transgénero y hablé con varios terapeutas sobre este tema. Vi documentales, leí libros, estudiaba en línea, y sabía los pasos necesarios para completar la transición. Incluso tenía un plan para la gestión del trabajo, mientras durase la transición. Compré ropa de mujer, una peluca y un poco de maquillaje y traté de hacerme pasar por algo que no se pareciese a una “drag queen” a las tres de la mañana. Practiqué con mi voz y mis gestos. Se lo conté a mis amigos e incluso a mi familia. Estaba preparado. El único problema era el dinero.

La decisión quedo aplazada pues por un asunto económico. Chad decidió esperar.

Esto fue a principios de la década del 2000, por lo que la transición en los primeros 20 años no era tan común fuera de mayores centros gais. Hoy veo a los jóvenes adolescentes vivir su transición de cintura para arriba en su día a día. Así que en ese momento, me di cuenta de que sólo tendría que esperar hasta que pudiera permitirme el lujo de hacerlo. Aunque esto me llenaba de frustración y ansiedad lo acepté como la fría realidad a la que me enfrentaba. Pero entonces algo cambió.

Chad lo explica aqui, el encuentro con la conexión masculina que en un primer momento precisó de un objeto transicional femenino:

Yo estaba en la universidad y por un puro accidente de programación, pasé algún tiempo con un tipo de mi misma edad y su novia y decidimos que todos íbamos a ser amigos. Era una especie de tipo brusco y no hablaba mucho, pero ella y yo nos llevamos muy bien. Pronto estaba pasando casi todas las noches con ellos y lo más importante, pasando tiempo con él sin que estuviese ella allí a la manera de amortiguador. Yo siempre me aseguraba de tener una chica cerca cuando se trataba de chicos. De alguna manera él y yo estábamos unidos a pesar de que teníamos muy poco en común, excepto su novia y un interés general en los videojuegos. Hoy es uno de mis mejores amigos. Se convirtió en la primera conexión masculina que tenía que no implicaba sexo, y se las arregló para enseñarme todo lo que había estado deseando saber desde la infancia.

¿Deseaba saber qué? Qué es un hombre.

Aprendí cómo hablan los chicos. Aprendí cómo bromean. Aprendí que compiten por la posición. Se burló de mí sin parar, y al principio, me derrumbaba cada vez que lo hacía cuando estaba solo. De alguna manera he aprendido con el tiempo que era su manera de unirse a mí. A día de hoy me humilla en múltiples ocasiones para pasar el rato, y he aprendido a devolver el golpe y él se ríe. Él me desafió físicamente, me enseñó cómo hacer las cosas, e incluso cuando se ríe de que soy una chica para él, siempre me incluye.

Hace dos años conocí a otro chico de mi edad por pura casualidad con el que me habría aterrorizado hacer contacto visual en la secundaria. De hecho, fuimos juntos a la secundaria, y apenas se fijó en mí. Él es más viejo, muy masculino y con la pinta de un tipo que nunca esperaría a ser amigo de alguien como yo. Nos conocimos cuando estaba tratando con una relación difícil y yo le daba consejo y aliento. Él me enseñó acerca de la lealtad, y sobre el tipo de unión que los hombres pueden tener en momentos de estrés y dificultad. Nunca me tira abajo, siempre alienta mis mejores atributos, y confía en mí.

Y al fin el hallazgo:

Soy un hombre, y es mi naturaleza. Incluso si no es tan pronunciada o dominante como lo es en otros hombres. Lo que he estado intentando crear durante gran parte de mi vida era una adaptación al entorno que era simplemente imposible. Nunca hubiera encontrado la paz conmigo mismo y la conexión con otros hombres si hubiese hecho la transición a una mujer legal.

Hay muchas formas pues de ser hombre, múltiples formas de masculinidad y es muy posible que las dificultades que algunos muchachos tienen de encajar procedan de un idea estereotipada de la masculinidad junto con el rechazo de los vigilantes del lecho de Procusto. La exclusión social es una de las variables implicadas en estos desarrollos donde el excluido puede sentir que siendo del otro sexo pudiera ser mejor aceptado hasta que un dia en ese proceso sucede algo que modifica todo el encuadre: un amigo, un amigo que pudo utilizarse como modelo.

La identidad sexual no es pues, algo que siempre estuvo ahí esperando a que alguien la descubriera sino un conglomerado de creencias, mecanismos de defensa y predilecciones que cambian con el tiempo y las experiencias. Hubiera sido una mala elección para Chad decidir cambiar de sexo antes de explorar todas las opciones.

Afortunadamente para él no vive hoy en España.

 

 

 

 

 

Mi testamento psiquiátrico (extended)

El pasado dia 2 de Junio tuvo lugar una cena de despedida a mi persona con motivo de mi jubilación forzosa, en ella conté algunas cosas a modo de despedida (testamento) que me gustaría ahora dejar por escrito de un modo más largo de lo que hice en mi intervención oral. Es ésta:

Queridos amigos y compañeros:

Lo primero que quiero decir es que os agradezco a todos vuestra presencia aquí, no solo es un acto de amor sino de higiene mental. Las transiciones de la vida hay que hacerlas mediante un ritual, así sucede con las comuniones, los bautizos, las bodas y los funerales, sin ritual nuestro cerebro -que es tonto- no se enteraría de lo que sucede más que de un modo cognitivo pero no mediante ese código de conducta que precisa rituales y demostraciones, ese lugar donde los símbolos nos apresan y podemos fluir. Y un ritual exige un discurso, es éste:

Cuando pensaba en qué decir esta noche se me ocurrieron tres modelos, el primero es -como hace casi todo el mundo-, una especie de historia sentimental de mi pasado, de mis padres, novias, amantes, una justificación de la vocación que en mi caso despertó a los 14 después de leer un libro -que no entendí- y que se llamaba “Introducción al psicoanálisis” de Freud. Que no entendí pero que era un regalo procedente de uno de esos amigos del alma que tanto nos influyen en la vida y que siempre desaparecen prematuramente. Mi segundo guión hubiera estado relacionado con mi historia en ese Hospital Provincial de Castellón, en el que lo fui todo: medico interno, adjunto de psiquiatría, medico de guardia, Director gerente y últimamente jefe de servicio de Salud mental, pero no me gustó porque necesariamente hubiera tenido que hablar de política, politiqueos, traiciones, persecuciones, exilios y venganzas, de modo que elegí como tema el futuro de nuestra especialidad, la Psiquiatría.

Digo “Psiquiatría” y no “Salud mental” porque me parece que este término y como diré más abajo es uno de los errores más graves de banalización que se han cometido con nuestra especialidad. No hay salud mental porque nosotros los profesionales no nos dedicamos a promover la salud de nadie sino a atajar las enfermedades con los medios de que disponemos y a modificar su curso -usualmente maligno- de las enfermedades mentales más graves, así como a rehabilitar a aquellos que han quedado con secuelas. Lo mismo sucede en Medicina: los médicos no alargan la vida media de la población porque nos proporcionen salud sino porque hemos sido capaces de atajar las causas de mortalidad precoces como las enfermedades infecciosas, la mortalidad infantil y puerperal o los accidentes con graves daños.

Por otra parte en nuestra especialidad, lo que llamamos salud se confunde con la palabra “bienestar” y “felicidad”, la misma OMS define así la salud. De modo que cuando hablamos de salud mental no sabemos de qué estamos hablando. La psiquiatría no emergió para procurar salud sino para identificar qué cosa eran enfermedades y qué cosa no eran sino “formas de ser”, de modo que el término “salud mental” no es más que una falacia.

Yo he atravesado tres siglos en la organización de nuestra especialidad aunque solo he trabajado 41 años: la era manicomial, la era “progre” (que ahora vuelve) y la era DSM. Las tres epistemologías han fracasado, si bien hemos aprendido algunas cosas de este periplo por las ideas del siglo XX.

En lo que existe un consenso universal es que los manicomios, frenopáticos u Hospitales psiquiátricos eran instituciones alienantes y totalitarias y había que acabar con ellos. Uno entraba en uno de esos antros, mediante una orden gubernativa (Ley de la República de 1931) pero no sabía como salir. El manicomio era como una cárcel pero sin condena, el condenado no sabia ni siquiera de que se le acusaba como en la novela de Kafka.

Eran finales de los años 70 y comienzos de los 80, la antipsiquiatría -una ideología radical que negaba la enfermedad mental- tenia muchos seguidores en España, era hegemónica fuera de la Universidad y fueron estas ideas radicales las que lograron imponer una revisión de eso que se llamaban “manicomios”. Sin la antipsiquiatría no hubiéramos sido capaces de cerrar esas instituciones, si bien las ideas radicales nunca consiguen lo que se proponen, pues inmediatamente surge una reacción, un revisionismo. La antipsiquiátria era un movimiento populista similar al “Podemos” actual en el campo de la política. No tenían razón pero les asistían muchas razones.

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Por eso surgió la antítesis: “la Comisión Espino”, fue una comisión ministerial nombrada para arreglar el desaguisado y cerrar los manicomios. La llamada informalmente  “comisión Espino” tuvo sobre todo dos grandes ideas: la creación de unidades de hospitalización psiquiátrica en todos los hospitales generales (UHB) que nacían para homologar a la Psiquiatria con el resto de especialidades bajo el paradigma de la brevedad del internamiento y la creación de una red de unidades ambulatorias de salud mental (USMs) dispersas por el territorio que en teoría deberían haberse cargo de estos pacientes dados de alta desde las UHB. Se pensó también en unidades a medio camino que nunca se desarrollaron.

Como todos los proyectos y leyes que nacen sin presupuesto finalista, la reforma solo fue un “brindis al sol” en el fondo de la cuestión porque aunque es verdad que el estatuto de los enfermos mentales mejoró con su nueva ubicación en lugares ortodoxos como son los Hospitales en igualdad de condiciones con el resto de enfermos, lo cierto es que las USM fueron muy pronto bloqueadas por una multitud de demandas de psiquiatría menor que colapsaron sus plantillas. Unas plantillas que nunca llegaron a completarse por falta de recursos económicos y de desidia de los políticos que nunca abordaron el problema de frente y se limitaron a hacer política con los enfermos mentales, anunciando prioridades que nunca han coagulado en nada práctico.

Aunque la creación de UHB fue una buena idea en algunos aspectos y que mejoró sobre todo el estigma manicomial, lo cierto es que la mentalidad gerencial hospitalaria no está pensada para los enfermos mentales, el índice de rotación de las camas en nuestra especialidad es siempre más largo y oneroso que en cualquier especialidad, además nuestros pacientes no necesitan guardar cama como del resto de pacientes y es difícil mantenerlos en unidades cerradas y en algún caso abyectas y mal dotadas. Su ubicación en pisos altos es siempre un riesgo en nuestra especialidad y la ausencia de servicios intermedios ha hecho que el trasiego entre lo hospitalario y lo ambulatorio más que un escalón sea una grieta. Los enfermos más graves se pierden por esas grietas mientras las USMs siguen bloqueadas por problemas mentales espurios, problemas sociales, informes jurídicos y laborales y diversas adversidades de la vida.

No hay un observatorio mejor que una USM para ver como los individuos recurren a la Psiquiatría para resolver problemas que ni son psiquiátricos ni sanitarios. Y naturalmente la Psiquiatría no sirve para eso y la psicología tampoco. La mayor parte de la población buscan soluciones fáciles que no hacen sino menoscabar su resiliencia. Y no hay nada tan fácil como buscar una pastilla para dormir sino se duerme o en otra para estar relajado si uno está preocupado.

Vienen muy malos tiempos para la Psiquiatría, van a haber más recortes en el seno de una reforma inacabada, más patologías que atender y más pacientes graves resbalando por las grietas del sistema. Obviamente el crecimiento sostenible no existe: todo crecimiento es insostenible y si se aguanta es gracias, al déficit, la deuda y los impuestos.

Y si no podemos crecer eternamente no tenemos más remedio que repensar nuestra especialidad, repensar qué pacientes tienen enfermedades y qué pacientes no las tienen. No quiero decir que el sufrimiento mental no haya que atenderlo en algún lugar, lo que quiero decir es que los psiquiatras y sobre todo el sistema sanitario no tiene porqué recoger esos malestares. Habrá que repensar qué mecanismos intermedios hemos de inventar para que la gente desdichada tenga un espacio de atención y que esa atención no sea necesariamente psiquiátrica o médica, ni siquiera sanitaria.

Necesitamos una nueva nosología psiquiátrica que supere los DSMs generados bajo el auspicio de la industria y que defina y discrimine lo patológico de lo adaptativo. Necesitamos redimensionar la atención sanitaria que prestamos a los pacientes gravemente perturbados y necesitamos además recuperar a aquellos que hoy duermevelan en algún hospicio de Bienestar Social, un ministerio que ha de servir para lo que se pensó: para mejorar las condiciones de vida de las personas y no para inventar “manicomios” con otros nombres. Vale la pena señalar que a pesar de la Comisión Espino aun existen en España 8 CCAA que mantienen manicomios a los que se les ha cambiado el nombre pero siguen siendo lo que son: manicomios.

Lo que me lleva a hablar de un problema que aun no ha explotado pero que ya amenaza con hacerlo: me refiero a los recursos de tutela de niños y adolescentes que la administración atiende y cuya asistencia delega en lugares muy poco procedentes. No se trata de si son atendidos por monjas, frailes o personal funcionario: los centros de menores han de liquidarse de una vez e implementar políticas de tutela, familias de acogida o adopciones congruentes con lo que sabemos hoy de las teorías del apego y de la crianza. Hay que abordar de una vez una ley de adopciones que prioricen el bienestar de los niños y no tanto el de los padres biológicos o adoptantes.

La infancia- adolescencia es uno de los colectivos mas abandonados que tenemos en nuestro país, con leyes y reglamentos que parecen pensados para la beneficencia del siglo XIX y no tanto para un mundo donde ciertas evidencias se han hecho oir a pesar de la sordera con la que se han manejado. Me refiero a la evidencia del apego: sin respeto a las leyes del apego un niño hoy tiene todas las probabilidades de convertirse en un enfermo mental mañana.

Leí el otro dia un articulo que decía que en USA una de cada 4 niñas de 14 años presenta una depresión. No se si este dato es extrapolable a nuestro país, lo que es cierto es que si hay un hecho inexplicable desde el punto de vista de la epidemiología psiquiátrica que yo aprendí es que cada vez las enfermedades mentales severas son más frecuentes a una edad más precoz. Niños o niñas con trastorno bipolar a los 8 años no son hoy una rareza: lo que yo aprendí es que el trastorno bipolar era más bien una psicosis de la edad adulta mientras que la esquizofrenia era más frecuente en la juventud. ¿Qué ha sucedido para que esto sea así?¿Qué estamos haciendo mal?

La psiquiatría del futuro tendrá que abordar este problema de una vez y denunciar como ciertas ingenierías sociales interfieren con la salud de los niños: la sexualización precoz, la infantilización de los padres, las políticas de igualdad, la mercantilización de la vida, los escasos espacios de juego al aire libre, la alimentación deficitaria y la escasa presencia de los padres en el hogar son multicausas de un estado de cosas que no parecen independientes de una mente perversa que trata sin duda de socavar nuestra civilización y nuestra forma de vida. Obviamente será función de los psiquiatras denunciar estos hechos y ofrecer a la población ideas y conocimientos de la manera en cómo lidiar con estos conflictos que los padres mantienen con sus hijos.

Así y todo me parece que el futuro en el que vais a tratar de sobrevivir no me parece muy halagüeño, es por eso que no recomendé a mi hija que siguiera mis pasos en una profesión (e incluyo también a la psicología) que parece diseñada para seguir neutralizando un sistema que parece desmoronarse y no tanto con las ideas que me llevaron a ejercer esta profesión.

En mi caso, lo que quería era una respuesta a esta pregunta.

¿Qué hay en la mente de esta persona para actuar de este modo?

Muchas gracias a todos por vuestra atención y repito mi agradecimiento por vuestro amor.

Al fin y al cabo habeís venido aquí por amor

Lo unico que puede redimirnos.

Y para que veaís que también nos divertimos y todos juntos:

Apego y base segura

Debemos a John Bowlby (1958) una teoria observacional y cientifica que conocemos como teoria del apego  acerca de las modalidades de crianza y que podemos resumir diciendo que:

  1. Venimos de serie cableados para establecer vínculos de apego con nuestro cuidador principal (la madre), se trata de una variable que podemos observar en todos los mamíferos. es decir venimos con una predisposición genética a vincularnos con nuestro cuidador.
  2. El niño se sincroniza en relación con su medio ambiente y madura con ello su eje y la respuesta al estrés, mas tarde organiza su conducta y pensamiento con el objetivo de mantener esta relación de apego que es crucial para su supervivencia física y psicológica.
  3. Las distorsiones en los modos de sentir y de pensar que se originan en las perturbaciones tempranas en el apego,  a menudo ocurren como respuestas a la incapacidad de los padres de satisfacer las necesidades de: confort, seguridad y afirmación emocional del bebé.
  4. El cuidador es un “regulador oculto” de diversos mecanismos de regulación fisiológica, psicológica y social, en donde diversas acciones forman y desarrollan diversos tipos de mecanismos neurosecuenciales (primero las funciones relativas al tronco cerebral y meséncefalo, mas tarde las emociones y sistema limico y más tarde aun las relacionadas con la corteza cerebral).
  5. El legado del apego provee de un desarrollo desigual de estos mecanismos, generando una mayor o menor probabilidad de adaptación al estrés.
  6. Cuando la madre regula el estrés del niño lo que está haciendo es enseñándole a regular sus propios mecanismos internos.
  7. Las perturbaciones de la madre en el sentido de un apego distorsionado cuando fue bebé se trasmiten al apego con su hijo. Es por eso que el apego debe leerse siempre en clave trigeneracional.

Aquí en este video podemos observar dos tipos de apego (el seguro y el inseguro) en un experimento observacional llamado “la situación extraña” de  Mary. Ainsworth.

La “situación extraña” es un proceso de laboratorio que implica estudiar al niño en su interacción con la madre y con un adulto (extraño) en un entorno no familiar.

Esta investigación fue desarrollada en 1960 por Mary Ainsworth como parte de un estudio longitudinal del proceso de apego.

Se realiza con niños generalmente a partir de unos 12 meses de edad, momento en que la relación debe estar claramente establecida.

Está diseñada para comprobar la calidad de la relación entre el bebé y su cuidador/a o madre, por lo que durante la observación es de especial interés las reacciones del niño al separarlo de la madre y cuando vuelve a reunirse con ella.

La importancia de esta vinculación es tal que condiciona y determina la seguridad y el éxito con el que  el bebé explora y se enfrenta a un  mundo desconocido para él, utilizando como base segura a su figura de apego.

A través de los estudios realizados, se pudo determinar la existencia de varios patrones de apego:

  • Seguro: Se quejan la figura de apego desaparece y dejan de explorar. Buscan la proximidad con ella cuando vuelve y la usan de base segura para la exploración.
  • Inseguro Evitativo: No se quejan con la separación y cuando vuelve tiende a ignorar o evitar a su figura de apego.

–Inseguro Ambivalente: Se estresan profundamente con la separación y reciben la vuelta con ambivalencia que puede llegar a ser enfado.

–Desorganizado: con características del evitativo y ambivalente es el menos frecuente.

 

El apego a pesar de ser cambiante en cuanto a las figuras que lo sostienen tiende a perpetuarse de por vida, lo que significa que nos apegamos a los objetos de nuestro ambiente de forma similar al apego que sostuvimos con  nuestros primeros objetos de vinculación.

La vejez, el amor y el tiempo

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Todos los ancianos tienen cara de filósofos, excepto aquellos que se han estirado la cara y ocultan esos surcos que denotan el paso del tiempo. Rostros de muñecos sin mueca alguna de humanidad me recuerdan esas caras de botox.

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Los jóvenes no tienen arrugas ni necesidad de parecer lo que ya son y es por eso que viven de espaldas al tiempo, ajenos a Cronos, no saben que hay un futuro ni tienen, por asi decir pasado, es por eso que ser jóven es vivir de acuerdo con el tiempo interior, ese que siempre falta, ese tiempo al que se niega en un perpetuo “aqui y ahora” donde tanto la enfermedad, la decreptitud y el mal son barridos de la conciencia. Los jóvenes no saben que el tiempo es cíclico, no saben que todo vuelve a aparecer como un karma maldito.

El anciano Saturno, es el arquetipo del tiempo (Cronos) inexorable con su guadaña para todo lo viviente, es el arquetipo de la muerte, de la decadencia, de la autoridad pero tambien del principio del deber, de la sabiduria y del sentido. Saturno es el padre y es la enfermedad, la decrepitud y la tiranía en sus aspectos más negativos. Saturno es oscuro, seco y frío.

El tiempo divide al individuo en dos mitades, el tiempo hechizado, ese al que solo comenzamos a encontrar sentido a partir de los 60, el tiempo repetición, el tiempo ciclico, el tiempo del reloj o de Cronos.

La mayor parte de la gente cree que la muerte es aquello que ocurre al final de la vida. Se trata de un error epistemológico, pues nuestra existencia discurre en el intervalo donde ambos polos de contrarios se reunen una y otra vez, se repelen y se atraen. Hay mucha vida en la muerte y hay mucha muerte en la vida, ambos polos se complementan y se funden en muchas ocasiones a lo largo de una existencia individual. La muerte se manifiesta a través de la enfermedad, el sacrificio, el dolor, las contrariedades y el sufrimiento, la muerte es un No y es tan revitalizante para la vida como un bálsamo de aquellos que nombra Cervantes en su Quijote, -el bálsamo de Fierabrás-, una especie de “curalotodo” reconstituyente a base de vino y romero. La vida a través de la pulsión, del anhelo o del acercamiento y la búsqueda.

La vida ha de estar mezclada con una cierta perturbación para ser una vida plena. Eros no es un subproducto del amor sino de la muerte. El amor es precisamente lo que inventamos para repudiar la muerte (a-mors)

Pues no hay síes sin noes, no hay vida sin muerte aunque sea simbólica o simulacrada porque sin ella es insoportable el peso exitoso de la vida y es imposible renacer a cada instante pues es eso, el instante, lo único que tenemos siendo todo lo demás, pasado y futuro sendas abstracciones que sólo adquieren sentido momento a momento como si tratáramos de momentos magnéticos, de imanes y de fuerzas fisicas.

No hay pues Eros sin Tanatos, amor sin sufrimiento, pecado o transgresión sin virtuosa sublimidad, símbolo sin diábolo.

No es posible decir si, sin decir no, no es posible afirmar nada sin el consenso de un simulacro pactado de antemano, no es posible apartar y ocultar el no y ontologizarlo salvo en una especie de trasmutación neurótica del todo, el No sólo puede blanquearse pero no ocultarse como decia Baudrillard y a costa casi siempre de instalarse en una neurosis, una neurosis epistemológica.

Hay un tiempo para asir y un tiempo para soltar, un tiempo para el apego y otro para el desapego, un tiempo para el placer y otro para la pérdida, un tiempo para el Si y un tiempo para el No, pero no se trata simplemente de una turnicidad entre los opuestos sino que más allá de eso, en cada No hay plegado un Si, en cada pérdida se encuentra plegado un renacimiento, en cada despedida un reencuentro.

No hay risa sin lágrimas.

Pero al anciano le niegan los jóvenes no ya ser un objeto de amor, sino tambien la capacidad de ser sujeto amoroso. Es la soledad o aislamiento del viejo encerrado en esa jaula que le tienden sus próximos y sus herederos. Su aislamiento procede de algo metafisico, el tiempo ha caido encima de él, el tiempo cronológico y se presenta en forma de repetición.Ya no le falta tiempo sino que el tiempo le ha dado de alta.

Y es por eso que el anciano es el único que ha comprendido la naturaleza del amor, pues ya ha fundido en sí los dos polos que le alimentan: Eros y Tanatos en forma de surcos en la cara. Al fin en un mismo abrazo.

El amor ha logrado por fin separarse del sexo y es precisamente entonces cuando entendemos que todo era al fin y al cabo una repetición de lo mismo.

¿Se puede rechazar la maternidad y amar a los hijos?

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Recientemente ha aparecido un libro de Orna Donath que se llama “Madres arrepentidas” que aborda un tema mucho más complejo de lo que aparentemente parece. A través de un serie de entrevistas la autora propone la idea -a través de ciertos testimonios personales- de que algunas mujeres están arrepentidas de haber sido madres a pesar de que siguen queriendo a sus hijos, eso es lo que dicen.

Naturalmente el libro ha generado una polémica muy intensa en ciertos entornos. El lector que quiera saber la letra de este libro sin tener que leérselo puede acudir a este articulo.

La tesis que defiende Donath en este libro puede resumirse en esta frase clave:

“No por el hecho de sentirnos mujeres disfrutamos de ser mamás”

Lo cierto es que en esta frase está contenida la contradicción que vive esta mujer y que probablemente alcanza a una mayoría de mujeres de nuestro tiempo. ¿Pues se puede ser una buena madre y rechazar la maternidad?

Esta es una pregunta interesante de este dilema, la siguiente es esta otra ¿Se puede amar a los hijos y rechazar la maternidad? ¿Cuando se dice rechazar la maternidad de qué estamos hablando?

Lo primero que haré es referirme a la frase de Donath, efectivamente la maternidad no es algo que esté puesto ahí para disfrutar. A la evolución no le interesa el disfrute de los individuos sino la persistencia de la especie y la diversidad de los genes, por tanto es una ingenuidad suponer que la maternidad es algo para poder disfrutar, algo puesto ahí como si fuera una distracción, un pasatiempo o un entretenimiento. La maternidad es una fatalidad como el sexo, y en nosotros los vivíparos contiene peajes, el más conocido es lo que llamamos “la cruel atadura”.

“La cruel atadura” es el precio que los vivíparos pagamos por mantener el embarazo dentro del cuerpo de la madre, es obvio que los ovíparos tienen otro tipo de relación con sus descendientes a los que abandonan a su suerte en la arena de alguna playa. Las hembras vivíparas llevan consigo a sus hijos en largos embarazos y luego, han de sostenerlos, alimentarlos y protegerlos hasta que se destetan. En nuestra especie y debido a la precocidad de los partos, lo bebés nacen completamente indefensos y han de someterse a cuidados al menos hasta que alcanzan una edad avanzada y son capaces de alimentarse por sí mismos. Depende de las culturas, pero en Occidente un niño no ha madurado al menos hasta los 18 años. De manera que cuando hablamos de maternidad no estamos hablando de gestación, parto y amamantamiento sino de un largo periodo de dependencia emocional entre madres e hijos.

El asunto es que sexo, reproducción, maternaje e hijos van en un mismo paquete: los programas genéticos destinados al maternaje son los mismos que los destinados a la reproducción.

¿Entonces cómo contestar a esa pregunta que encabeza este post? Recientemente he llevado a cabo una encuesta en twitter y el 70% de los que la han contestado dicen que si, que es posible amar a los hijos al mismo tiempo que se mantiene el rechazo a la maternidad. Están equivocados, lo que no es posible es amar a todos los hijos por igual.

Mi opinión es que no es posible, aunque haré una pequeña matización, es posible en tanto que podemos disociar la maternidad de los hijos. Podemos pensarlo pues nuestro cerebro no sólo percibe la realidad tal y como es sino que la inventa y a veces la transforma.

Lo que ocurre es que hay fuertes indicios de que la maternidad puede llevarse a cabo por poderes, no hay distinción entre el amor y atenciones que una mujer dedica a sus hijos biológicos comparándoles con las atenciones que dedica a sus hijos adoptados. Si existen diferencias estas caerían dentro del campo de la psicopatología y esta no es la intención de este post. Los niños adoptados tienen muchos riesgos pero lo cierto es que también podría escribirse un libro entero de como las madres adoptivas (y los padres) experimentan a sus hijos adoptados como si fueran suyos e incluso encuentran parecidos más o menos sobrevalorados. Son madres con independencia de que no les hayan parido, basta con el contacto afectivo repetido y la crianza. Lo mismo sucede con las madres que han sido inseminadas artificialmente o las madres que han llegado a serlo a través de una madre de alquiler: los mecanismos que se ponen en juego son los mismos que en el parto común. Un baño de hormonas y neurotransmisores vinculados a la oxitocina, la hormona del parto, del amamantamiento y de la afiliación.

También hay mujeres que no han sido madres y que sin embargo mantienen una buena relación con los niños y saben cuidar a los de otros, las tías solteras son un buen ejemplo de ello. Una habilidad que no se pierde en la menopausia sino que se conserva de por vida. Ser madre es algo que va más allá de haber parido y que contiene aspectos psicológicos que parecen ser autónomos a la maternidad propiamente dicha.

Para entender como algunas personas pueden disociar la maternidad, la sexualidad y los hijos baste con recordar un hecho trascendental: desde que se inventaron los anticonceptivos, sexo y reproducción se separaron definitivamente no solo de la fisiología humana sino también de su imaginario: se puede disfrutar del sexo sin el inconveniente de quedar embarazada. Este hecho tiene muchas ventajas pero también alguna desventaja. ¿Para qué voy a quedar embarazada si puedo disfrutar del sexo sin tapujos?¿Para qué soportar el engorro y los gastos de criar hijos si puedo evitar los costes del sexo?

Parece razonable, ¿pero entonces porque las mujeres occidentales siguen teniendo hijos (cada vez menos por cierto)? Algunos dicen que hay una especie de instinto maternal que pugna por abrirse paso y es así que las mujeres acaban quedando embarazadas cuando eligen, al menos uno por pareja, tener la experiencia y cosas así.

Pero tal instinto no existe si se lo piensa como algo que pugna por emerger independientemente del sexo, lo que existe es la pulsión sexual indisociable de la reproducción al menos para nuestro cerebro. Dicho de otra manera: desde que el embarazo es electivo nuestro imaginario se ha modificado y también nuestra potencialidad genésica. No es sólo que queramos tener menos hijos es que cuando queremos ya no podemos.

Amor, nepotismo y apego.-

Somos mamíferos y por tanto tenemos un botón en nuestro cerebro profundo que pone en marcha un sistema, conocido como apego que vincula fuertemente a madres e hijos sobre todo, pero también a otras parejas: hermanos, padres y mamás, padres e hijos, etc. El apego es el antecesor filogenético del amor. Eso que nosotros llamamos amor no puede ser definido en ausencia del apego que como mamíferos nos viene de serie. La diferencia entre una cebra y una serpiente es precisamente ese sistema de apego mucho más desarrollado en los vivíparos de aquellos que ponen huevos. Pero no somos unos mamíferos cualesquiera sino unos mamíferos podríamos llamar extendidos, por la capacidad de extender esos vínculos de apego a otras personas y situaciones abstractas a veces hasta el paroxismo de la dependencia extrema.

Pero hay más, se trata del nepotismo genético, del egoísmo genético del que hablaba Dawkins. Yo quiero a mis hijos más que a los hijos de mi vecino, ¿no le sucede a usted lo mismo? Las madres quieren a sus hijos porque son suyos y ese posesivo “suyos” es inclusivo, es decir puede incluir a aquellos que siente como suyos aunque no lo sean.

Tener hijos es fruto de las relaciones sexuales conviene no olvidarlo y es por eso que amar a los hijos es indisociable de quererse a una misma, querer tu cuerpo, aceptar que eres una mujer, estar contenta con tu género y aceptar las limitaciones de la naturaleza que nos hizo como somos, algo a lo que no podemos renunciar sin renunciar a nuestra propia naturaleza.

Pero aun hay más: ¿Por qué las madres han de querer a sus hijos? ¿Dónde se encuentra esa orden, ese mandato? La verdad sobre este asunto es que las madres no quieren a todos sus hijos igual, incluso pueden aborrecerles por razones personales, algunas veces muy comprensibles. Amar a los hijos no es obligatorio aunque venga en el mismo paquete del cuarto mandamiento. Amar obligatoriamente es inhumano y es por eso que no sucede en la realidad sino solo en nuestros criterios morales. Una prescripción social tan incumplible como amar a unos padres que nos han maltratado, abandonado o escarnecido.

Y ahi reside precisamente la trampa inconsciente que atrapa a esta mujeres, se arrepienten de ser madres a pesar de declarar su amor por sus hijos. ¿Se atreverían a decir la verdad y a poner el foco en esa prescripción moral que nos obliga a amar a todos los hijos por igual?

Es falso, no quieren a sus hijos y simplemente no lo aceptan y están bien protegidas por el tabú que sigue considerando a la maternidad de un orden arcangélico.

Más allá de lo humano.