Paisaje de amistades y desconciertos

Mi padre siempre me echó en cara mis escasas habilidades sociales, a pesar de que él carecía de esas habilidades que reivindicaba en mí, más como un reproche que como una recomendación, como si fuera una especie de vicio, un defecto de mi personalidad. Para mi padre era muy importante saludar, ser simpático, tener muchos amigos de los convenientes y sobre todo hacer bien la pelota para hacerse de querer por los demás. Es la universidad de la vida, decía.

Lo cierto es que a mi nunca me faltó el querer de los demás y sobre todo el amor incondicional, debe ser por eso que nunca me esforcé en ser simpático. Pero es verdad que nosotros los introvertidos como mi padre y yo tenemos pocas habilidades para hacernos con amistades «convenientes», más allá de esas que nos vienen por naturaleza, la infancia, la vecindad o la escuela. A mi nadie me enseñó pues a ser simpático sino cierta impasibilidad del ademán y cierta beligerancia frente a la estulticia. Debe ser por eso que ahora a mis 69 años me pasa lo que me pasa. No tengo más que un puñado de amigos a los que ni siquiera veo.

Y si escribo este post es para hablarles de la amistad y para completar un antiguo post donde ya había comenzado a hacerlo y todo a causa de ciertos sueños que se van repitiendo en el ultimo año de confinamiento, una clase de sueños que interpreto en clave de recuento, de catálogo quizá de un ajuste de cuentas. Aparecen en mis sueños personajes que he tratado a lo largo de mi vida, amigos, compañeros, conocidos y personajes banales de esos que tuvieron presencia en mi vida aunque de un modo periférico y por poco tiempo. Todos a la vez aparecen en mis sueños como si buscaran rehacer conmigo una amistad que no pudo ser, una amistad perdida o desperdiciada. Es desconcertante.

¿Qué es un amigo? ¿Son amigos todo los que llevan ese titulo?¿Qué queremos decir con la palabra amistad?

Descartados los conocidos y a los vecinos. Existen tres clases de personas a las que nombramos como amigos: los semejantes, los convenientes y los diferentes.

Los semejantes son aquellos con los que nos unimos por afinidad. Son de nuestra misma edad, proceden de nuestra infancia o de nuestra adolescencia, cuando contar con semejantes era necesario para robustecer nuestra identidad y comparten con nosotros aficiones, intereses, proyectos o estilos de vida. Son muy parecidos a nosotros y si no tienen nuestra misma profesión nuestros intereses nunca entrarán en colisión. No solemos competir con ellos y por tanto la amistad puede perdurar a lo largo de los años hasta que la vida por alguna de aquellas bifurcaciones nos separa. Aun así siempre mantenemos el contacto a largo plazo, un contacto que se mantiene por el recuerdo, los buenos recuerdos de cuando entonces alimentados por la nostalgia y la amabilidad con que los evocamos. De hecho en mi recuento, los amigos que mantengo pertenecen a este grupo: aquellos cuyos incentivos eran tan intangibles como los míos: la relación en sí.

La amistad es pues:

Lo que está detrás de la amistad no es ni sexo ni amor romántico sino una emoción llamada “amor compasivo” por los psicólogos evolucionistas y que han descubierto que tiene su propia psicología. Piense usted en una pareja a largo plazo o en dos amigos que han resistido durante muchos años los embates de la vida: ambos se sienten en deuda con los otros, pero son deudas que ni se miden ni existe la obligación de saldarlas, es una deuda satisfactoria (Pinker 1997). El amor compasivo que sólo se da con los verdaderos amigos y excluimos aquí a los amigos ficticios que son aquellos que se hacen amigos de quien les conviene (usualmente personas poderosas que son los que están en condiciones de hacer favores) o entre aquellos que habiendo sido amigos se caen de la amistad por encontrarse en otros planos de definición de su propia realidad. Discriminar un amigo verdadero de uno ficticio es a veces bastante difícil, sobre todo en nuestro mundo actual donde las relaciones están fuertemente intervenidas por los beneficios a corto plazo.

El amor compasivo consiste en un extraño placer espontáneo que sentimos cuando ayudamos a un amigo de alguna manera que para nosotros carece de costes y produce sin embargo un enorme bienestar a la otra parte, es por eso que la gratitud, la simpatía, el cariño y la confianza son estirados hasta el limite desde un extremo y el otro. La amistad verdadera se reconoce porque -a diferencia del amor que es un pago sin cash- se trata de un cash sin pago, un beneficio mutuo donde no necesariamente se suceden los préstamos y los favores.

La cosa se complica en entornos como en el trabajo, pues en el trabajo casi todos son semejantes pero existen jerarquías, castas y jefes y además los compañeros no son amigos sino desconocidos. Aquí hay una discordancia pues los incentivos materiales, de promoción o de poder van a influir en las relaciones. Hay mucha gente que elige amigos entre sus compañeros de profesión o trabajo pero se trata de una mala idea. No se puede mantener una amistad a largo plazo con aquellos que compiten por los mismos bienes que nosotros. Lo más probable es que emerjan bandos entre unos y otros y la cosa es aun peor si alcanzamos un puesto de relevancia en la jerarquía profesional. Entonces habrá muchos y muchas que se acercarán a nosotros para compartir prebendas y «tocar poder», pero eso no es amistad sino conveniencia. Se trata de amigos que nos abandonan cuando ya no pueden beneficiarse de nosotros.

Uno sabe cuando tiene influencia en una organización cuando observa que se acercan unos y otras en busca de promoción, también nota que le han salido enemigos, adversarios y personas que se nos oponen por razones espúreas, políticas o de mera antipatía personal. Los jefes reclutan muchas antipatías pero también adhesiones quebrantables solo por el tiempo.

Pero existen además las amistades que se sostienen en la admiración, algo que no puede suceder con un semejante y que necesita un modelo al que por alguna razón consideremos superior en alguna cosa. Una especie de sustituto del padre, un sustituto imaginario que viene a coser las carencias que mantuvimos con el nuestro, un anti-Edipo como decían Deleuze y Guattari. Agenciarse un padre alternativo es necesario si queremos completar nuestra identidad adolescente pes los padres biológicos se nos quedaron cortos. Es por eso que hacemos mimesis con él, queremos ser como él, le imitamos en gustos, preferencias y a veces en la elección de una determinada profesión. A lo largo de mi vida he tenido tres o cuatro figuras paternales alternativas y con todos quedé mal y aparecen en mis sueños con frecuencia para reprocharme mi escasa habilidad social o a veces mi traición. Pues los padres sean imaginarios o reales siempre suelen sentirse traicionados por sus hijos pero los hijos no podemos hacer otra cosa sino traicionar a los que nos prestaron su identidad para que en ella apoyáramos la nuestra mientras crecíamos. La deuda lleva cash en este tipo de relaciones.

Pues la paternidad es una tarea imposible, tal y como decía Freud y hagas lo que hagas te equivocarás y eso lo dijo Platón.

Es por eso que es poco realista mantener amistades que en su momento estaban apoyadas en el paternaje o en los intereses. Simplemente se desvanecerán y es bueno para nuestra salud mental que aprendamos a conformarnos con esta idea: las relaciones de poder o de interés -las relaciones desiguales- son imposibles de compatibilizar con la amistad aunque quizá no con el amor.

Solo nos quedan los amigos de la infancia o de la adolescencia, nuestros semejantes, esos que nos quieren como una madre, de forma incondicional por ser quienes somos y por nada más.

Y entonces llegó la pandemia.

Pero he dejado para el final las amistades virtuales que merecen un post aparte.

 

Amores abyectos

«Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». (Leon Tolstoi)

Estamos en la Rusia zarista alrededor de 1871, la guerra franco-prusiana está en sus estertores y mientras tanto la aristocracia rusa, llena de príncipes, condes y nobles sigue con sus bailes, teatros, operas y flirteos constantes. El 90% de los rusos viven en la miseria, con una agricultura atrasada, el analfabetismo es la regla y se trata de un privilegio cuando las clases populares pueden emplearse como siervos de alguna de esas familias aristócráticas: la élite diríamos hoy.

Los hombres aristócratas o bien sirven en el ejército o bien se dedican a la política o son funcionarios. Las mujeres por su parte viven en sus hogares con poca cosa que hacer debido al servicio que les asiste continuamenente en todas sus necesidades. En ese entorno de ociosidad surgirá una nueva subjetividad, la de Ana Karenina, una de las novelas más leídas de Leon Tosltoi y representante del romanticismo ruso junto con Dovstoyevski, es decir de la decadencia. La decadencia de la nobleza.

Ana Karenina es una mujer casada, con un hijo, esposa de un alto funcionario -Alexei- que vive en uno de esos palacetes con varias alas y un montón de habitaciones sin usar que dan esa impresión de lugares desangelados, impersonales, decorados a golpes de imitación de Francia y donde los niños se educan en francés. Alexei es un hombre adusto, preocupado por su carrera y su ambición política. La apariencia es su única moral y la reserva introvertida la forma de relacionarse con su mujer.

Es interesante resaltar que el matrimonio en aquellos tiempos era bastante distinto al concepto que de él tenemos en la actualidad con otros dilemas que proceden del campo de la igualdad y la isosexualidad. Divorciarse no sólo era bastante difícil sino que además estaba mal visto y podía liquidar más de una carrera. La vida era muy convencional y solo el teatro, las fiestas y una vida social constante y abrumadora para nuestro concepto actual permitían sobrellevar aquella vida sin futuro a las mujeres que como Ana, sentían su propia intimidad como encarcelada y se planteaban un más allá donde la felicidad acechaba siempre en forma de amor para quien osara adentrarse en ese país de los misterios que siempre guía a las heroínas enamoradas, una vida vacía y covencional para cualquier mujer despierta. Y no hay transgresión sin normatividad. Los matrimonios estaban pactados de antemano por personajes con vocación de celestinas y donde el interés mutuo presidía las decisiones.

Fue así que Ana y el conde Brodsky se conocen en una de esas fiestas donde se baila el vals. El encuentro es un flechazo repentino, una explosión, un hallazgo. Brodsky es uno de esos personajes chulescos y echados para delante, militar en retaguardia que vive de la pensión que su madre le pasa y que carece de oficio o beneficio como corresponde a su clase. Brodsky le pone cerco a la confusa Karenina que no sabe qué hacer y se debate entre el deber y el placer cuando se descubre enamorada y decide a abandonarse en sus brazos.

No voy a contar toda la trama de la novela que en cualquier caso podéis seguir en una de las tropecientas películas o series que de ella se han hecho y me voy a ceñir al argumento primordial de ésta que no es otro sino el gran tema de los amores imposibles.

Efectivamente Ana y Brodsky pueden ser amantes, verse en secreto pero no pueden hacer publico su amor. Les está vedada la extimidad. Pero ellos no se conforman con eso: quieren aparecer socialmente como un matrimonio ordinario y poder presentarse como pareja: ellos buscan legitimarse. Algo que no podrán hacer salvo un divorcio pactado que les permitiera casarse de nuevo.

Personalmente lo que me interesa señalar de esta novela es que se trata de la emergencia de algo nuevo: de una nueva subjetividad femenina. ¿Pero qué es una subjetividad?.

Una subjetividad es una manera nueva de ver las cosas y tanto Ana Karenina como la Mme Bovary de Flaubert representan una nueva forma de pensar el amor: más allá de las conveniencias y más allá del bienestar personal. El amor comienza a pensarse como una especie de fatalidad o inconveniencia, que es precisamente el certificado de legitimidad del amor verdadero. De la misma idea era Freud: el amor siempre tiene algo de inconveniente, que es lo mismo que decir que los amores fáciles tienen algo de sospechoso. Se trata de la mitología del amor, algo que ha llegado hasta nuestros días, tanto que nosotros los terapeutas solemos decir que alguien (usualmente una mujer) está enamorada del amor. Es como una vuelta de tuerca, una re-flexion (una flexión doble) que se lleva a cabo en el campo amoroso y que representa en esa época una novedad. Pero entiéndase bien: no es que antes de la Ilustración no existiera el amor inconveniente, no tenemos más que recordar la tragedia shakesperiana de Romeo y Julieta para constatar que el argumento del amor imposible ha existido siempre, solo que por distintas razones a las románticas.

Ni Romeo ni Julieta estaban casados, ni tenían hijos ni obligaciones con la vida más allá que disfrutar de la carnalidad de su juventud. No, pero pertenecían a familias enfrentadas entre sí, algo parecido a los amoríos entre cristianos y musulmanes o entre judíos y no judíos. El amor de Karenina y Brodsky es imposible porque ella está casada y vinculada a su marido por un buen catalogo de razones materiales y además por un hijo cuya mirada es en la novela secundaria, pues Tolstoi prefiere penetrar en la subjetividad de Ana, dejando en segundo plano cualquier identificación, si bien es cierto que el propio Tolstoi aparece en la novela en la figura de un personaje Lyovin, un escritor que vive en una propiedad agrícola dedicado a modernizar la agricultura rusa y tratar de mejorar la vida de los campesinos y que después de un desengaño con Kitti -que a su vez anduvo enamorada en su dia del conde Brodsky que la abandonó cuando se enamoró de Ana-.

 

En este sentido la pareja de Ana-Brodsky y la pareja Lyovin-Kitti son parejas inversas. Una es el espejo de la otra, un espejo invertido. Lyovin y Kitti construyen un matrimonio feliz cuando Lyovin comprende la subjetividad de su mujer que aspira a un matrimonio igualitario basado en la confianza mutua, es decir en la amistad, o en el sentido de «formar un solo ser» acaba imponiéndose a la subjetividad ancestral de Lyovin. Por el contrario los amoríos de Ana y Brodsky acabarán mal y como es sabido Ana acaba suicidándose cuando no encuentra una solución a su desesperación, a su «folie d´amour».

El amor de la Karenina podríamos hoy considerarlo como una obsesión. Una obsesión que se lleva por delante cualquier cosa: reputación, vida comoda y sobre todo el amor de un hijo que nunca perdonará a su madre su abandono, quizá tampoco a su padre. Una obsesión es una idea que se torna hegemónica en el campo cognitivo, una idea fija. Uno no puede librarse de las obsesiones salvo mediante algún truco mágico como son las compulsiones. Pero la obsesión de Ana no puede resolverse más que de una forma: la canibalización total del conde Brodsky que no solo pierde su rango militar y su puesto en el ejercito sino su fortuna. Brodsky no tiene más remedio que volver al redil de su madre, mientras Ana pierde la vida bajo las ruedas de un tren. Un tren que va y viene de Moscú a S. Petersburgo: un trayecto que representa en cierto modo su vida anterior de comodidades y lujos.

Las obsesiones existen porque existen subjetividades y si existen subjetividades es porque existen agujeros en nuestra mente que rellenamos con relatos sin autor. Relatos sin autor significa que se trata de relatos que se construyen solos y donde la conciencia no interviene salvo para añadirles algún que otro adorno propio. El amor de Ana es en realidad un relato que ella tramita como algo genuino. Hoy hablaríamos de inconsciente o bien de que la subjetividad es un patrón emergente velado (como el velo) de Isis que opera como un atractor para un mente simple, esas que no conocen la complejidad y que ciertas adversidades de la vida no pueden ser resueltas de un modo satisfactorio para todos. Los amores imposibles son imposibles porque no pueden hacerse compatibles con la realidad. He dicho compatibles porque adaptarse es otra cuestión. Y la realidad es inexorable con quienes la pretenden negar o desafiar.

El enigma del inconsciente es revelar como una sola entidad puede ser, al mismo tiempo, la que oculta algo y a la que se le oculta ese algo. Esto solo puede suceder porque la unidad y la transparencia que normalmente adscribimos a nuestra mente son ilusorias. Los huecos y las incoherencias son aspectos constitutivos de lo que somos. Lo que llena esas lagunas son historias que, por tanto, tienen vida propia.

Y -como dice Fisher- el recuerdo en sí ya es un relato, y cuando hay huecos en la memoria, necesitamos fabricar historias nuevas para rellenar esos agujeros, es por eso que los humanos inventamos cada época una o varias subjetividades nuevas aunque muchas de ellas están condenadas al fracaso. Pero ¿quién es el autor de esas historias? La respuesta es que no es tanto un autor como sí un proceso de fabricación de recuerdos sin nadie al mando.

No quiero terminar este post sin nombrar a Jared Diamond quien en su libro «Armas, gérmenes y acero» describe lo que él llama «El principio de Ana Karenina» que viene a decir hablando de la evolución de la domesticación y tratando de encontrar la causa de que tan pocos animales hayan sido domesticados que: para que una empresa sea exitosa, cada posible deficiencia -en cada uno de sus pasos- debe ser evitada.

O lo que es lo mismo, el principio de Peter: si algo puede salir mal, saldrá.

Bibliografía.-

Mark Fisher: «Lo raro y lo espeluznante»

Guerras dialécticas y guerras por otros medios

Ayer estuve haciendo dos cosas: una de ellas por la tarde y la otra por la noche. Por la tarde vi el debate en youtube entre UTBH (Un tío blanco hetero) y Clara Serra sobre el feminismo. Por la noche vi un capitulo de esa serie británica que se titula «La corona vacía» que va de «la guerra de las dos rosas», aquella guerra eterna entre los Lancaster y los York que asoló Inglaterra en el siglo XV, pero no se trata de una reedición de «juego de tronos» sino de la puesta en escena de un relato histórico del mismísimo Shakespeare.

Y esta mañana mientras pensaba en las escenas y los argumentos que barajaban unos y otros en ese turmix que es mi cerebro, me preguntaba, ¿Qué hay de común en ambos casos? Qué tiene en común UTBH con Enrique VI o con Ricardo Plantagenet? ¿Qué tienen en común Clara Serra y Margarita de Anjou?

Pues que todos quieren mandar.

La guerra de las dos rosas entre los Lancaster y los York es uno de esos episodios (que tanto se repiten en la historia) ignominiosos. Dos casas de nobles pugnan por la corona en base a probables ofensas anteriores, así Ricardo Plantagenet se cree con derecho a disputar la corona a su rey Enrique VI en base a antiguas pendencias. La guerra es un empate infinito entre ambos contendientes que se van sucediendo en el tiempo, ahora con un rey y después con otro. Es imposible contar los muertos que costó esa guerra incluyendo venganzas, asesinatos y calabozos a los que sometieron y fueron sometidos tanto reyes, nobles y pueblo llano. Inglaterra, que salía de una guerra anterior (la guerra de los cien años) se vio metida de nuevo por una guerra de sucesión que solo se resolvió cuando los Tudor (emparentados con los Lancaster) entraron en contacto con Maria de York, por medio de eso que aun llamamos matrimonio. Un casamiento que puso fin a la guerra de las dos rosas. Es interesante atisbar un corolario interesante sobre esta cuestión: ni Margarita de Anjou, ni su marido Enrique VI, ni su hijo que murió en combate pudieron gozar de una victoria definitiva sobre sus rivales, tampoco Ricardo Plantagenet ni sus hijos vivieron lo suficiente para ver el fin de esta guerra, fue precisamente una hija de Eduardo IV (un York) el que puso fin al despropósito de una guerra perpetua con su matrimonio con un Tudor. Ni para ti ni para mi.

Dicho de otro modo la guerra es una cuestión dialéctica, los York y los Lancaster tenían posiciones distintas sobre la cuestión de la legitimidad real y se enzarzaron en una guerra ante la imposibilidad de alcanzar un pacto, una síntesis sobre este problema a falta de un poder judicial independiente y robusto. Pero la guerra no es nunca una síntesis sino la evidencia de la imposibilidad de alcanzarla, aunque lo cierto es que las guerras son a veces la única manera de llegar a un acuerdo, pero lo más frecuente es que haya victorias y guerras pírricas en el sentido de que no alcanzan a plantear con claridad quien es el vencedor y quien es el perdedor. Pues en una visión dialéctica uno puede llegar a una síntesis pero en una cuestión clarifinante como la eliminación del adversario («muerto el perro se acabó la rabia), no hay síntesis posible, es decir no se alcanza ese nuevo nivel de definición que llamamos «síntesis» y cuyo destino -al convertirse de nuevo en tesis- es pronto entrar en contradicción con otra cosa.

vaca

Alguien dijo que existen dos únicas razas en el mundo y es verdad que hombres y mujeres tenemos distintos tipos de rasgos conductuales, morales, cognitivos,  emocionales y hasta neurofisiológicos. No es de extrañar que las relaciones entre ambos estén presididas por el conflicto. Piense usted por un momento qué sucedería si no hubiéramos desarrollado paralelamente un sentimiento tan sofisticado como el amor. ¿Cree usted que solo con la pulsión sexual hubiéramos podido construir algo parecido a una cultura? No, la pulsión sexual por si misma es incapaz de asegurar una cultura humana pues los intereses de hombres y mujeres divergen continua e inexorablemente. El amor en este sentido es un relé, es decir un colchón que atempera las reacciones del determinismo puro. Dicho de otra manera, las relaciones entre hombres y mujeres son dialécticas y lo que uno gana lo pierde el otro, solo el amor es capaz de dulcificar las perdidas y atemperar las ganancias puesto que sólo el amor es capaz de expandir las contradicciones en una nueva síntesis abarcativa. El «nosotros» abarca al «tu» y al «Yo» y mucho mejor si hay otros (hijos) que se incluyen en el «nosotros».

Así como el amor y la familia son relés que amortiguan las contradicciones de los elementos en guerra dialéctica hay otros operadores que trabajan en sentido contrario: el más conocido de ellos es el feminismo.

El feminismo es la estrategia moderna de inversión dialéctica del poder. las feministas no buscan la igualdad, del mismo modo que los York y los Lancaster no guerreaban para conseguir la igualdad de ambas familias sino imponer cada uno de ellos su versión de desigualdad y salirse con la suya. Obtener prebendas, dinero, ventajas y poder social. De forma que el feminismo -como gremio- no opera buscando la igualdad -que es algo que cada pareja ha de construir en su intimidad-, sino polarizar las actitudes entre hombres y mujeres a fin de deconstruir a la masculinidad. Deconstruir es eliminar y no tiene nada que ver con la igualdad.

 

Aquí os dejo el debate sobre feminismo entre UTBH y Clara Serra:

Clara Serra no es una de esas histéricas exaltadas que salen en TV, sin embargo persigue sus mismos fines. Así hay un grupo de exaltadas y otro grupo de ilustradas que legitiman el movimiento en sí, sin nombrar nunca la verdad: y la verdad es que las relaciones entre los géneros son dialécticas y están sometidas a tensiones constantes y permanentes llegando a alcanzar (cuando se puede) estados de síntesis que a su vez vuelven a generar estados dialécticos y así ad infinitum. Las contradicciones de intereses que se manifiestan en estas relaciones son inconmensurables, es decir no pueden resolverse de una manera satisfactoria para ambos contendientes, por eso existe el divorcio y el «ahí te quedas». Dicho de otra manera no pueden resolverse con debates puesto que no se busca la ilusoria igualdad sino el sometimiento de la otra parte y la dominancia y el reparto de prebendas entre los sexos. Eso es lo que eché de menos en el debate de ambos, no se llega a la verdad, no se llega a ninguna parte.

Consentimientos

Es muy obvio que la violación es una de las peores afrentas que un ser humano puede llegar a recibir, tanto si es hombre como mujer. Es comparable a la tortura cuya acción psíquica se identifica por el hecho de destruir la «confianza básica» en nuestros semejantes, una especie de atentado a nuestra humanidad. La tortura como la violación genera un auto-repudio, un auto-odio y la perdida del auto-respeto, pues el respeto que cada uno tenemos con nosotros mismos procede de la soberanía que ostentamos con respecto a nuestro cuerpo.

Todo el mundo además estará de acuerdo en que la linea que divide la violación del sexo consensuado es eso que jurídicamente se llama «consentimiento». Uno ha de consentir en tener relaciones sexuales con algún otro, si no hay consentimiento entonces hablamos de «violación». En un post anterior ya hablé de este concepto desde el punto de vista naturalístico, pero aquí y en este voy a explorar otras características de lo que entendemos como violación a raíz del visionado de un video que cuelgo más abajo de Pablo de Lora que aborda el tema desde el área en que es experto: el Derecho.

El problema es definir qué es y qué no es consentimiento pues aunque parece un término muy intuitivo, la verdad es que muchas veces -como siempre sucede en la vida- los hechos superan a los planteamientos generales del código penal o al menos presentan grietas interpretativas muy evidentes y groseras.

Desde el punto de vista médico-legal la violación es un método coercitivo mediante el cual el perpetrador accede a copular con alguien contra su voluntad. Implica además la penetración, via vaginal, anal o bucal. Y la manera en que se produce esta coerción está relacionada con el despliegue de cierta violencia y/o intimidación. Dicho de una manera más jurídica para que exista violación es necesario que no exista “consentimiento”. El consentimiento anula la violación, sin embargo la reacción de la mujer ante un intento de violación puede asimilarse a la congelación de la que hablé aqui, y esa congelación no implica consentimiento sino una reacción extrema al miedo.

De manera que ha de haber coerción o intimidación, pero qué significan estas palabras, ¿puede existir coerción o intimidación sin violencia?

Hoy los juristas hablan de coerción o intimidación ambiental, sucede en esos casos que se denominan «manadas» y aluden al sexo en grupo. Se supone que la intimidación procede del numero de participantes en la agresión sexual, como hemos visto recientemente en ciertas sentencias donde los jueces dan por demostrada esta capacidad del grupo de operar como intimidación. Dicho de otra manera, el sexo en grupo puede ser visto siempre como una coerción aunque no hubiera violencia pues la víctima podría no disponer de capacidad de reacción si se enfrenta a un numeroso grupo de personas.

Pero existen otras posibilidades que complican el término «consentimiento».

  1. Una persona no puede dar su consentimiento si está embriagada, bien por alcohol o bien por alguna droga administrada con o sin intención de provocarle una disminución de su conciencia. Tampoco puede si está inconsciente o durmiendo profundamente.
  2. Un menor no puede dar su consentimiento por definición. No importa la edad en que pongamos el limite, siempre será arbitrario. Lo importante es saber que el perpetrador si es otro menor, carece de responsabilidad penal, es decir solo si el perpetrador es un adulto recae sobre él el castigo pertinente.
  3. Un deficiente mental no puede dar tampoco su consentimiento por lo que cualquier trato con él es delito.
  4. Una persona puede engañar a otra haciéndole creer que accede a mantener relaciones sexuales pero arrepentirse cuando es demasiado tarde. O dicho de otra forma en nosotros los humanos decir SI y decir No pueden darse simultáneamente.
  5. ¿Es el silencio una forma de consentimiento? ¿Es verdad que quien calla otorga?

El sexo como delito.-

Con respecto al sexo existen dos posturas morales muy claras según tomen en cuenta la sacralidad del mismo: así o bien creemos que el sexo es una actividad sagrada, o en el otro lado la postura profana que da por hecho la desacralización completa de las actividades sexuales. Es por eso que los «sacralistas» defienden que el sexo solo es permisible en el matrimonio, o en el amor, con el fin de la reproducción y con la preservación del feto como objeto natural de las relaciones sexuales. Naturalmente los sacralistas están en contra de cualquier tipo de sexualidad que no sea la heterosexual y que no esté encaminada a la reproducción.

Por su parte los «profanos» opinan que el sexo se lleva a cabo por placer entre dos personas que acceden al mismo de modo consensuado y que todas las sexualidades entre adultos son permisibles atendiendo  ala subjetividad de cada cual, no es necesario el amor solo el pacto puntual. No están interesados solamente en el sexo reproductivo sino también en la experiencia sexual como comunicación, diversión o juego y por supuesto no ponen trabas a las presumibles variantes que aparecen en la escena actual con respecto al sexo en grupo por ejemplo, las practicas bdsm, el intercambio de parejas o el gang bang. 

Lo cierto es que ambos están equivocados. Me refiero a que están equivocados naturalísticamente pues moralmente pueden sostener las opiniones que quieran.

¿Pero es verdad que el sexo se ha desacralizado?

Lo cierto es que ni la comida ni el sexo se han desacralizado: la prueba de que la comida sigue siendo blanco de muchas restricciones la tenéis en este post y no voy a repetir la idea de que existe un ética de la divinidad (tal y como dice J. Haidt) que impone restricciones a lo que comemos y que ciertos alimentos están moralizados, como observamos hoy con el veganismo. Existe pues una moral alimentaria, como existe una moral sexual y no existe una moral digestiva ni una moral de la defecación o la respiración, aunque podríamos hablar de una higiene de estas actividades. Y existe una moral alimentaria y una moral sexual porque tanto la comida como el sexo son peligrosos y pueden hacer mucho daño a según qué participantes y en qué condiciones, por ejemplo el sexo puede ser muy dañino en una persona cuya madurez para integrar las reglas y limites sexuales no existan en absoluto. Y es peligroso porque hay algo en él que se resiste a ser desacralizado del todo y arrastra en su desarrollo emociones y sentimientos muy profundos que pueden llevar a la violencia o el marasmo.

Paradójicamente en nuestra sociedad actual existen bolsas de puritanismo que pretenden hacer del consentimiento un papel administrativo que rompe el juego de la seducción. El encuentro sexual ha de ser enigmático, sorpresivo, improvisado y contener ciertos riesgos para que sea placentero, sabiendo que la seducción es casi siempre un engaño. ¿Es violación el coito entre un jefe y su subordinado/a cuando hay una ganancia por parte de la misma? ¿Es un abuso de poder? ¿De quién, del que pone el señuelo o del supuestamente poderoso?

Os dejo aquí el video de la conferencia de Pablo de Lora -recientemente escracheado- en quién me he inspirado para repensar el tema.

¿Quien mató a Ofelia?

800px-John_everett_millais,_ofelia,_1851-52,_03

John Everett Millais, Ofelia, 1851-52

Ofelia es un personaje de la obra de Shakespeare, Hamlet que acaba suicidándose por inmersión. Hamlet es una obra enmarañada que se clasifica como una tragedia y donde al final todos mueren pero recuperan así el honor, un motivo muy del Barroco y del teatro isabelino del que Shakespeare fue un gran maestro. Pero el interés de las obras de este autor no proceden tan solo de su calidad literaria sino sobre todo porque en ellas aparecen locuras y delirios que hasta entonces no se encontraban documentados.

Shakespeare es por así decir un notario de esta realidad que hoy llamamos esquizofrenia o al menos los trastornos delirantes que acompañan a esta psicosis que hoy acuñamos con el nombre de esquizofrenia o bien locuras parciales. (personas que parecen normales pero están locos). En La tragedia aparecen dos personajes bien perfilados como «locos», uno es el propio Hamlet y la otra es Ofelia.

Mi intención al escribir este post es basarme en el análisis que Hubertus Tellenbach (1914-1992) llevó a cabo sobre las patologías del padre o como él mismo dice las inconsistencias paternas, no cabe duda de que han sido pocos los psiquiatras interesados en estas deficiencias paternas, el propio Tellenbach tuvo durante su época de profesor en Heidelberg un seminario abierto sobre este tema . Sin embargo es más conocido por haber descrito el «TYPUS MELANCHOLICUS» un rubro que sirve para definir a aquellas personas que presentaban una caracterología “pre-depresiva” y se caracterizaban por presentar los siguientes rasgos constitutivos en su personalidad: afán por el orden, escrupulosidad, obsesividad, autoexigencia con respecto al trabajo, alto rendimiento, hiperresponsabilidad, “sentido de ser para otros” y con elevado sentido de la amistad y lealtad. En suma Tellenbach está describiendo lo que hoy entendemos como personalidad obsesiva.

La locura de Hamlet es fingida, cualquier lector de la obra o espectador de la obra teatral sabe que Hamlet finge, lo hace del mismo modo que hizo Ulises, en este caso para evitar ir a la guerra. Hamlet finge estar loco para no delatar su plan de vengar la muerte de su padre a manos de su tío el adultero que yace con su madre aunque Polonio supone que ha enloquecido por la negativa de Ofelia.

Ofelia está enamorada de Hamlet y acepta su compañía y sus devaneos, pero tanto su hermano Laertes como su padre Polonio se oponen a este enlace y tratan de desengañarla y de socavar su confianza en el príncipe Hamlet al que acusan de mentirle para poseerla. Ofelia es una muchacha pura y delicada que se deja arrastrar por las ideas que tanto su padre como su hermano tratan de inducirle y al final solo consiguen un tipo de obediencia compulsiva: Ofelia no sabe qué pensar y es indecisa y sumisa, es por eso que obedece y rompe con Hamlet devolviéndole todas sus cartas. Su hermano parte a la guerra y ella que es huérfana de madre queda sola con su padre al que solo obedece por respeto pues ella sigue enamorada de Hamlet.

Poco después Hamlet inicia su tragedia dando muerte por error a Polonio que le espiaba detrás de una cortina. Este desenlace es el que hace que Ofelia se enfrente a un dilema sin solución, ¿como amar a quien ha dado muerte a su padre cuando su propio padre la había tratado de convencer de que Hamlet no la amaba?

Polonio era un padre inconsistente, insuficiente, incapaz de brindar a su hija un espacio propio para edificar su propia subjetividad separada de él. Es un delator, un «pelota», un un cortesano sumiso y obsequioso, un soplón, un chivato. Un padre deplorable e insuficiente, Hamlet le llama «pescadero». Impide el despliegue natural de la pasión de Ofelia, forzándola a fingir, a entrar en el mundo de la apariencia. Ofelia no es capaz ni de oponerse con juicios propios.

Algo parecido sucede en la novela de Paul Claudel, «El rehén».

El rehén plantea una drama personal complejo: el de una mujer que ha de renunciar al amor a causa de un matrimonio de conveniencia con una persona que además ha arruinado a su familia. Como podrá observarse no se trata de un drama cualquiera sino de un drama doble. Una persona ha de decir “no” al amor y además tiene que correr con los gastos de convivir con su enemigo al que odia. Es aquí donde aparece la mueca, pues es aquí donde el deseo (frustrado) ha de convivir con el deseo (rechazado).No se trata de una frustración cualquiera sino de una frustración a la que se obliga a convivir de forma  subsumida en el rechazo. De tal forma que conforma una herida que jamás puede cerrarse.

Ofelia enloquece cuando siguiendo la opinión de su padre cree que este le ha dado muerte siguiendo su locura que procede del hecho de haberle rechazado. Ofelia se siente culpable de haber propiciado esa muerte y con la muerte de Polonio ella se siente impulsada a borrar de su corazón a Hamlet, su delirio es una mixtificación de Hamlet y Polonio. una identificación ficticia cuyo única salida es la muerte.

Tellenbach creia que estos padres inconsistentes estaban en la base de desarrollos patológicos en sus hijos, incluso dejo escrito que la revolución del 68 en Paris no se debia tanto a una rebelicón contra el padre, como sostienen multitud de investigadores sino a la inconsistencia de la función paterna que se sustraía a toda confrontación y cuyo compromiso con toda esa generación de baby boomers fue muy débil y discontinua.

De manera que repudiar al padre fue muy fácil, casi salió gratis.

Pero el principal efecto secundario de Paris-68 fue la emergencia de un feminismo. No de cualquier feminismo, sino de un feminismo desquiciado, el que hoy vemos como a las claras pretenden el asesinato del padre y una vuelta atrás: hacia una supuesta sociedad arcaica y feliz donde los hombres no ejerzan su paternidad. En ello están.

Una sociedad de mansos como Polonio.