El corazón helado

Este post contiene spoilers, es decir revela datos de la trama de la novela citada, el lector no deberá seguir adelante con la lectura del mismo sí planea leerla.

Confieso que Almudena Grandes (DEP) no me era nada simpática y que de ella solo leí en su día «las edades de Lulu», una novela erótica como se llevaban en los años 80 y que accedió a un premio casi prefabricado para ella (La Sonrisa vertical). Volví a interesarme por su obra cuando sobrevino aquella polémica en el ayuntamiento de Madrid que pretendía hacerla hija adoptiva o ciudadana excelente o algo así. Después, hasta le pusieron su nombre a la estación de Atocha, una especie de sobreactuación de nuestros políticos madrileños. Pero alguien me aconsejó leer este libro que parece que vaya a helarnos el corazón y vaya si lo congela.

Lo cierto que esta es una gran novela y me importa poco si me era simpática o antipática su autora. Una de las mejores novelas que he leído en los últimos años, una novela llena de literatura de la buena, de hallazgos de estilo, una novela polifónica contada a varias voces, de una riqueza exuberante en la descripción de personajes llenos de matices y de dramáticas subjetividades algunas comprensibles e intuitivas y otras no tanto. En cualquier caso una obra maestra.

Se trata de la historia de dos familias de un mismo pueblo (Torrelodones) con un destino divergente en una España desgarrada por la guerra civil, unos -los rojos- con un destino de exilio y de derrota -Ignacio Fernandez- y otros triunfadores -los fachas de entonces- encarnados por un personaje central, Julio Carrión. Ambos prácticamente de la misma edad y con itinerarios distintos, uno en el exilio por comunista y otro en la División azul con objeto de apuntarse al bando vencedor, después de haber pertenecido a un partido socialista, el JSU.

Familia Carrion (fachas)

Familia Fernandez (los rojos)

La narración de Almudena Grandes señala de manera inequívoca a su querencia de izquierdas, pero resulta que no nació durante la guerra sino en 1960, 9 años mas tarde que yo mismo. de manera que Almudena no vivió durante la guerra civil y el sitio de Madrid y todo lo que cuenta lo saca de su memoria familiar y sus narrativas y de los libros que haya podido leer sobre el asunto que básicamente se desarrolla en el sitio de Madrid. Y no lo digo en tono de critica pues nadie puede renunciar ni a su experiencia ni a su memoria, pero la literatura no es un genero periodístico ni historicista, la literatura no busca la verdad, se trata de ficción, es decir de la suspensión de la realidad (Jesus G. Maestro). Pero si la literatura existe es precisamente porque la realidad y la historia sobre lo que sucedió carecen de sentido. Casi todo en la vida y no digamos en la historia pasada carece de sentido aunque todos nosotros nos ocupamos de encontrárselo y a veces hasta lo conseguimos. Y es por eso que necesitamos a la literatura pues nosotros los humanos lo que necesitamos es sentido. Y Almudena Grandes nos lo da mascado y digerido: el sentido de todo lo que sucedió en la guerra civil es fácil de contar: había unos malos muy malos que se alzaron en armas frente a un régimen -elegido democráticamente- de gente buena muy buena, y muy culta y razonable que no hicieron sino defenderse de forma heroica para rechazar a los moros que venían de Africa con el general Franco. Ellos defendían la democracia y la república, la igualdad y la libertad, y siguiendo algunas de sus frases, «todas las personas decentes eran republicanas». Una frase como esta bien valdría para refutar todo el texto pero recordemos que estamos hablando de una novela y esta explicación que es la de Almudena Grandes -a través de la boca de Alvaro Carrión- es una frase tolerable en una novela pero intolerable políticamente.

En realidad hay quien piensa que la guerra comenzó en Julio de 1936 con el Alzamiento de Franco pero es lo mismo que pensar que todo lo que sucedió en España y Europa pongamos 5 años antes no existió nunca. La República fracasó porque el Frente popular respondía a intereses muy diversos entre los partidos que lo componían, entre otros los intereses soviéticos y alemanes y porque fue incapaz de frenar los abusos, incendios y asesinatos previos a Julio de 1936. No supo o no pudo controlar a las huestes de anarquistas e incontrolados que incendiaban conventos, atacaban a la gente conservadora de derechas o daban paseillos a quien era denunciado por algún vecino envidioso. De manera que la guerra no empezó en 1936, sino quizá en 1931 y desde luego no se trataba de una guerra entre demócratas y autócratas -esa es una versión sencilla para gente sencilla- sino de una guerra multipolar donde los intereses de la URSS, Alemania. El Reino Unido e Italia se dieron cita en España por una confluencia de circunstancias que facilitaron el dislate.

La guerra es el entorno más adecuado para que la gente apolítica se polarice. Evidentemente si yo hubiera vivido en Madrid en 1937-38-39 bajo las bombas del ejercito sublevado y sufriendo el hambre y la carestía me hubiera puesto en contra de quienes me bombardeaban. Si a alguien le matan a un padre, a un hijo o a un hermano en una guerra no dudará en ponerse en contra del agresor y a favor del contrario, como hoy sucede en Ucrania. Para un ucraniano el malo -y no digo que no lo sea- es Putin. Para los madrileños de entonces el malo era Franco, del mismo modo que para los familiares de aquellos que fueron víctimas de aquellos asesinatos llamados paseillos, los malos eran los rojos, sin distinción. Todavía hoy existen descendientes de los crímenes de Paracuellos, habría que hablar con ellos para saber qué piensan de los ejecutores de aquel crimen en masa. Es natural, los seres humanos solo tenemos una experiencia y una memoria, de manera que es inútil poner a pensar a una víctima sobre los recónditos abstractos que explicarían la guerra desde un punto de vista neutral. Las víctimas carecen de neutralidad.

Lo cierto es que fuera quien fuera el fusilado, el paseado, el exiliado o el prisionero, en casi todos los casos (digo en casi todos porque hubo muchos asesinos reales), no existen explicaciones que den sentido a esas muertes. Nadie merecía ser asesinado o ejecutado en un paredón fuera del bando que fuera, si es que leer el ABC, ir a Misa o tener un carnet de UGT es pertenecer a un bando.

Lo cierto es que la mayor parte de españoles no eran de ningún bando, casi nadie militaba en los partidos políticos, en los sindicatos o participaba en la vida política, la gente común era indiferente a la política, y esa es la memoria que yo guardo de mis abuelos que vivieron también esa guerra: gente muy acostumbrada a sufrir estoicamente y a vivir con poco, pero eso si, siempre con el fruto de su esfuerzo. Podríamos decir que el nivel de adhesión política era muy bajo y hay que recordar que España en aquella época era predominantemente rural y que no existían medios de comunicación universales como sucede hoy. La mayor parte de los trabajadores agrícolas eran analfabetos y no leyeron un periódico en su vida. Su nivel de conciencia político era por consiguiente inexistente y esta es la razón por la que el frente popular perdió la guerra, pues el único partido que tenia cohesión organizativa y disciplina era el PCE que fue barrido por un golpe de Estado del que se ha hablado muy poco. Me refiero al golpe del coronel Casado partidario de dar la guerra por perdida frente a Negrín que pretendía -siguiendo las consignas soviéticas- resistir hasta el fin. Casado que triunfó en todo el territorio español liquidó a buena parte de los comunistas combatientes debilitando así el frente de Madrid y en toda la España republicana, de modo que la República tuvo un golpe dentro de sí misma que no procedía del otro bando sino de una escisión interna que tuvo mucha influencia en el desarrollo de la guerra. Para empezar Ignacio Fernandez que era un capitán comunista se vio obligado a exiliarse en Francia después de un largo periplo huyendo tanto de sus compañeros milicianos anarquistas como de los del bando nacional. Y al llegar a Francia le metieron en un campo de prisioneros. Un sin sentido.

Este capitán comunista es sin duda el héroe preferido por Almudena Grandes, un personaje que aparece un tanto mitificado e idealizado, claro que la autora tiene todo el derecho del mundo a elegir a quién idealiza, si lo comento aquí es para señalar que en esta novela hay muchos personajes que idealizan a otros y también personajes que devaluan o condenan a otros. Y ya en clave intencional psicológica voy a hablar de esos personajes que en mi opinión revelan muchos datos de la personalidad de Almudena Grandes.

El dilema moral de Alvaro Carrión.-

Alvaro es uno de los cinco hijos de Julio Carrión, el triunfador, el simpático, el hombre de negocios que se hizo rico robándoles las propiedades a los Fernandez, un buen padre y un tipo excepcional a pesar de que Alvaro nunca quiso ser como él. Hay en toda la novela una contradicción entre el cariño que tiene a su padre y el repudio que le genera ese mundo de los negocios inmobiliarios donde sus otros dos hermanos han logrado encajar perfectamente. Alvaro es físico y profesor universitario, le va bien en su profesión, en su vida y en su matrimonio, pero es rico por poderes y esa riqueza parece que le pesa como una losa. Podríamos decir -poniéndonos freudianos- que Alvaro se siente culpable de vivir tan feliz, una vida organizada y predecible, algo que se vendrá abajo cuando conoce a Raquel Fernandez Perea, nieta enamorada de su abuelo Ignacio y porqué no decirlo, obsesionada por impartir esa especie de justicia privada que llamamos venganza.

¿Pero por qué Alvaro se siente culpable si él no ha hecho nada?

Eso mismo decían los familiares de los miles de fusilados, represaliados, exiliados, expoliados, humillados. «Si él no ha hecho nada», «si nunca se apuntó a ningún partido» » si no sabía qué significaba la palabra fascista a pesar de que le acusaban de ello». Si no había hecho nada.

De manera que la culpa es anterior a la falta como decía Freud, la culpa atraviesa las generaciones en busca de una lucidez, de un querer saber. Se equivocan los curas cuando dicen que uno solo es culpable de lo que hace, que solo podemos pecar individualmente, que no tenemos ninguna culpa de lo que hicieran nuestros ancestros. Todo en el inconsciente parece negar esta idea: la culpabilidad es un sentimiento por poderes, algo que se hereda, como cualquier patrimonio por vía paterna.

Naturalmente Alvaro y Raquel se enamoran, mas que un amor un reencuentro de almas gemelas e invertidas y entre ambos se teje la trama y desteje la memoria, aquí Almudena está magistral en esa oscilación constante entre distintas voces que van aclarándole al lector los antecedentes y el porvenir de lo que está por suceder. Raquel y Alvaro son los verdaderos protagonistas de la novela y los que identifican el presente actual con las cargas que ambos comparten de una vida paralela destinada al encuentro, a una síntesis.

No hay mas remedio que recurrir a «Los miserables» y a la psicología de Jean Valjean, aquel personaje shakesperiano que se debate entre la maldición (de su familia, de ser hijo de quién es) y la redención que procurará a través del amor de Raquel. A ella le pasa un poco lo mismo que a Javert el eterno perseguidor, justiciero de Valjean, que solo puede redimirse a través de Alvaro.

Piense usted ahora ¿qué sentiría si a la edad adulta supiera que su padre había sido un asesino, un ladrón, un delator y que hubiera confiscado los bienes de aquellos que asesinó?

Hay varias soluciones a este dilema:

1.- Negarlo todo, hacer caso omiso a todas las pruebas que se te presenten. Es lo que hace Rafa.

2.- Justificarlo. «eran otros tiempos», «vete a saber qué pasó, etc». Es la posición de Julio.

3.- No querer, saber, no querer ver, no querer oir. Es lo que hace su hermana Clara.

Alvaro opta por saber, por saberlo todo, por buscar explicaciones a todo y a abandonar su posición de comodidad en una familia organizada en torno a la memoria de un padre ideal con varios esqueletos en el armario. Podríamos decir que el único que acomete el parricidio simbólico es el propio Alvaro que será por ello repudiado por su familia que le percibe como una amenaza, pues la verdad siempre es amenazante. Pues Alvaro no se conforma con saber pretende que todos sepan qué pasó, pretende que todos vean lo que él ha visto en un ejercicio de hipermoralidad acusatoria frente a su familia.

Solo así puede perdonar a Raquel y solo así puede Raquel perdonarse a si misma sus intenciones que no eran demasiado honestas e incluso favoreció la muerte de Julio Carrión después de tratar de sobornarle con las pruebas documentales de sus expolios.

En conclusión, una gran novela que tiene muchas lecturas y múltiples interpretaciones solo añadiré que me parece un artefacto poco creíble que Raquel mintiera a Alvaro diciéndole que había sido amante de su padre. No sé usted, pero sí a mí me hace esa confesión una mujer atractiva, inmediatamente me deja de interesar. Hasta ahí me llega a mí la pulsión parricida.

Edipo siempre sobrevuela.