La reina de espadas

Todo el mundo conoce las barajas de naipes, al menos la española, esa que tiene cuatro palos: copas, espadas, oros y bastos. Lo que casi nadie sabe es qué significan esos palos: agua, aire, tierra y fuego. Los 4 elementos según algunos y según otros representan a las clases sociales en el medievo: el clero (cáliz), el ejercito (espadas), la nobleza (oros) y los siervos (bastos).

También es muy probable que muchos de nosotros ignoremos que la baraja española es la única donde no existe la reina entre sus triunfos. A cambio posee una figura un tanto rara que llamamos sota y que representa a un paje, pero que nos recuerda vagamente al mito del andrógino: ¿es la sota un hombre o una mujer?

Lo cierto es que las reinas aparecen en casi todas las tradiciones desde el Tarot hasta la baraja francesa y a la reina se le adjudican muchos poderes: el poder de la seducción, el poder del buen gobierno y el poder de la prudencia.

La reina de espadas es la nueva entrega de Javier Mas (del que ya hablé aquí a propósito de su anterior novela “Maria de Castilla”) y donde parece que le ha cogido gusto a escribir sobre reinas españolas de postín. No me extraña nada, escribir sobre mujeres está bien visto y a la gente le gusta leer novelas donde la ficción y lo histórico se funden en ese género que ha venido en llamarse “novela histórica”. En suma se trata de mezclar ficción con realidad y no cabe duda de que este género tiene bastante éxito y muchos lectores o lectoras, no sé, sobre todo cuando se mezclan crímenes y mc guffins como espadas en este caso o tiaras de San Silvestre como en el caso de “Maria de Castilla”.

Personalmente la novela histórica no me gusta demasiado pero me interesa la historia en sí misma que ya contiene los suficientes elementos de chismorreo para hacer de esas lecturas algo aprovechable si contamos además con la poca formación histórica de los españoles en general, ya tenemos dibujado el contexto que hace interesantes estos textos y su proximidad con las zancadillas de los políticos actuales entre sí.

En esta ocasión la protagonista es Isabel de Portugal casada con un rey de Castilla llamado Juan II que fueron los padres de Isabel la conocida como católica. La manía de los reyes españoles por casarse con portuguesas fue una verdadera pandemia en la edad media y hasta el renacimiento. La idea era fundir los reinos de Castilla y Portugal en una sola corona: no se logró nunca por desgracia pero algo similar sucedió entre los reinos de Aragón y de Castilla: ambos pertenecientes a una misma dinastía: los Trastámara que aunque emparentados se llevaban siempre “a la greña”. Maria de Castilla -esposa de Alfonso el Magnánimo- y reina en Valencia era sobrina de Juan II y por tanto tía de Isabel la Católica y gran aliada de su madre Isabel a la que apoyó en sus pretensiones de conseguir que su estirpe reinara sobre los naturales herederos del primer matrimonio de Juan II. Me refiero a Enrique IV que entre todos lo mataron y el solo se murió sin descendencia pues al parecer de Marañón tenia alguna enfermedad que le impedía cohabitar y era de hecho impotente. De ahí viene el segundo episodio de esta historia que es la insólita vida de Juana la Beltraneja que era en realidad la sucesora de Enrique aunque hubiera sido ayudado por Beltran de la Cueva en labores del fornicio con su esposa -otra portuguesa- llamada Juana.

Estamos en el principio del Quatrocento de manera que no adelantemos acontecimientos pues la protagonista de la historia de Javier Mas es Isabel de Portugal y también Juana de Pimentel, condesa de Escalona y esposa de Alvaro de Luna, el condestable valido del rey Juan.

Parece ser que rey y valido eran muy amigos, tanto que Isabel llegó a sentir celos de esta relación a la vez que se propagaban rumores acerca de su intensidad, este rumor que no sabe nadie quien lo propagó al parecer sirvió a la reina para acrecentar su fobia hacia tal señor al que suponía intenciones aviesas , aunque lo más probable era que se sintiera celosa de su esposa que la doblaba en edad pero al parecer poseía una belleza y distinción que ella envidiaba aunque lo más probable era que sintiera que el condestable Luna fuera una obstáculo en sus planes de quitarse de encima al primogénito de su marido, Enrique IV hijo de un anterior matrimonio con Maria de Aragón. Enrique era por tanto el sucesor, el heredero del trono.

Naturalmente la amistad entre el rey y el condestable de Luna era antigua e incluso el rey le debía lealtad por cuanto le salvó la vida en una anterior contienda pero sea como fuere y quizá también por sus abusos, el rey -siguiendo el dictado de su esposa- se dispuso a romper esa relación y a detenerle y condenarle a muerte. El periplo de Juana de Pimentel a partir de aquí seria objeto de otra novela pero en la que nos ocupa -la de la reina de espadas- se trata de seguir las huellas de una serie de asesinatos que se dan en Sevilla que se reparten entre ambas mujeres. Asesinatos investigados por una monja clarisa -Sor Isabel de Ribera- que a modo de Sherlock Holmes del renacimiento busca aclarar tales crímenes no en ausencia de muchos sinsabores y peligros. Al que debe sumarse el robo de la espada mágica: aquel que la posea no podrá ser derrotado nunca. Algo así como el grial toledano.

Por no hacer spoilers no contaré el final de la novela salvo para decir lo que ya todos sabemos: que Enrique IV murió repitiendo el patrón heredado de su padre: la amistad demasiado intima con Beltran de la Cueva, padre putativo de la Beltraneja que inaugura otro episodio oscuro de nuestra historia y que fue su hermanastra Isabel la que acabó con la corona de Castilla en su cabeza mientras su madre aun vivía, si bien su estado mental no parecía conservar demasiada lucidez. Es incluso posible que su enfermedad mental acabará en el cuerpo de su nieta Juana la Loca. que acabó sus días recluida como su abuela.

Y que Isabel acabará casándose en secreto con su primo Fernando sin dispensa papal.

La manía de casarse con primos hermanos terminó por pasar factura no solo a los Trastamara sino a los Austrias y a los Borbones..