La ira de las muchachas

Mi abuelo era herrero de profesión y pasó su juventud en la forja, más tarde emigró a Francia donde abrió un taller de automóviles pero seguía soltero y alguien le arregló un matrimonio con mi abuela, un matrimonio mal avenido con muchas discrepancias y maneras de ver la vida: él un hombre de mundo y ella una mujer adusta,  beata de pueblo pero muy lista para lo práctico y sufridora en casa.

Mi abuelo era lo que hoy llamaríamos un emprendedor, apenas se estableció en su lugar de origen compró una finca de algarrobos y se planteó la idea de hacerla de regadío: construyó un pozo de agua con la que acabó abasteciendo a los campos de la vecindad y convirtiendo una zona de secano en otra de regadío: los naranjos comenzaron a florecer. Lo importante es que lo hizo con su trabajo, día y noche, él solo construyó las tuberías, las enterró y decidió por donde pasaría el agua, dando servicio a aquel secarral.

Mis abuelos trabajaban pues en el campo: ambos. Recuerdo que en la puerta de su casa había melones y sandías, se vendían huevos de gallina, tomates y verduras, había almendras, muchas almendras que pelar y muchos conejos que alimentar. Mi abuela estaba dedicada en cuerpo y alma a mantener con vida a aquellos conejos, degollar gallinas para el Domingo o hacer verdura de tomate para el invierno. Las tareas del campo y las estaciones lo presidían todo.

Podríamos decir que mis abuelos pertenecían a una sociedad tradicional caracterizada por:

  1. El hombre trabaja fuera y la mujer permanece en casa o bien ayuda (si el entorno es rural) en las labores del campo.
  2. Toda la economía está en manos de las mujeres que son autosuficientes para cualquier cuestión doméstica: ropa, cocina y crianza.
  3. La religión es omnipresente en la vida familiar y las imágenes de los santos presiden las habitaciones de la casa.
  4. En las sociedades tradicionales se tienen muchos hijos y aunque estaban destinado a ser r, al final acabaron siendo K (teoria de la selección r/K) pero mis abuelos solo tuvieron a uno, dado que los gemelos murieron a los pocos días de nacer. En comparación con sus hermanos mi abuela sólo crió a un vástago.
  5. El hombre manda en teoría pero la economía familiar bascula en torno a decisiones femeninas, por otra parte el hombre casi nunca está en casa ni asiste a las novenas o los rosarios que organiza su esposa.  Cuando no está trabajando está en el bar echando la partida al guiñote donde se juega tan solo el café.
  6. El hombre se desentiende de la crianza de los hijos que quedan en manos de su esposa quien trata de inculcarles el temor de Dios, y el aprovechamiento, en el caso de mi padre, escolar.

No era frecuente en aquella época que un niño nacido en 1922 y que al comenzar la guerra civil tenia 14 años se destinara a estudiar una carrera. Algún maestro les dijo a mis abuelos que mi padre «valía para estudiar», un requisito indispensable en aquella época, no demasiado cómoda para el estudio que debía no solo simultanearse con las tareas agrícolas sino también eludir las consecuencias de la guerra y la postguerra con suspensiones y tironeos en el curso escolar que debía completarse en la capital. Y el hambre.

Podríamos decir que fue mi abuela la que decidió que mi padre estudiara y no tanto mi abuelo que solía decir que trabajando con él ganaría más que un ingeniero. Y así fue que mi padre emprendió la carrera de Químicas en Barcelona y fue allí donde comenzó a fijarse en mi madre que también procedía del mismo pueblo por parte de madre (mi abuela materna). Y que debía pasar el filtro de conformidad de mi abuela. Lo pasó.

Pero mi padre enfermó en su segundo año de Facultad y tuvo que dejar sus estudios. Regresó al pueblo y comenzó a trabajar con su padre y se casó con mi madre que con sus cuidados terminó por sanarle después de muchos años. Mi abuelo compró un camión Leyland y puso a mi padre -su empleado- a trabajar para la familia. Vale la pena detenerse en este momento para comentar que una de las características de las sociedades tradicionales es la familia extensa que pervivió más tiempo en el campo que en la ciudad. La revolución industrial llevó a muchas parejas jóvenes a las fábricas de las ciudades, rompiendo la cohesión de los amplios grupos familiares, lo que tuvo consecuencias en la mentalidad y la forma de pensar la vida de ambos grupos. Se creó así la familia nuclear que tuvo mucha influencia en el nacimiento de las clases medias.

Mi madre no trabajaba, pues entonces trabajar no consistía en ser funcionario sino trabajar en el campo o en la fabrica: una nueva vuelta de tuerca en el progreso, mis padres eran pues burgueses con el dinero justo pero burgueses al menos en su sistema de valores. Un hombre tenía a gala que su esposa no trabajara, era -por así decir- un orgullo, tanto para él como para ella. El trabajo de mi madre fue criarme a mí, una tarea agotadora como sabe cualquier madre que cría hijos sin ayuda. Y lo hizo muy bien a base de muchas horas en aquella camilla con brasero donde dividíamos con tres decimales y esperábamos la vuelta de mi padre cuando la división se nos atascaba.

Uno de los valores más queridos por esas clases medias (que Evola llama burguesía) es que se privilegia la calidad de la educación de los niños en lugar de su cantidad. En este sentido mis padres adoptaron claramente esta estrategia K de calidad educativa en lugar de la r. Solo tuvieron un hijo que fui yo aunque no fue una decisión voluntaria.

Como podemos ver en este esquema de mi familia, en poco menos de 50 años se pasó en España de una sociedad atrasada, agrícola, primitiva y en cierta forma tradicional pero cohesiva a una España (cuento desde el 68 que remite a mi generación) que sería absolutamente irreconocible para mis abuelos si hubieran llegado a visualizarla.

Julius Evola en el libro que preside este post habla de la evolución de estas sociedades tradicionales donde valores como el mérito, el trabajo, la honradez eran exigibles en todo el mundo hasta el modo actual disolutivo y de alguna manera nihilista que preside el mundo actual. ¿Cómo se llevó a cabo este cambio?

Personalmente creo y así lo dejé escrito en este post y alguno que le precede que el origen de esta deriva está en el liberalismo pues el liberalismo (los whigs) suponen la emergencia de la modernidad y el arrinconamiento del viejo orden que representaban los reyes absolutistas.

No deja de ser paradójico que un movimiento aparentemente tan «progresista» como los whigs haya derivado en algo tan reaccionario como observamos en el mundo de hoy, con esa mezcla de nacionalismos, feminismos transnochados, orgías de sexo, violencia y alcohol en plena pandemia y de uns disolución de las costumbres morales notoria. Pero ya veremos como la lógica de los acontecimientos conceptuales del liberalismo animan y explican gran parte de estas derivadas.

El paradigma del liberalismo es el individualismo y también la emancipación, siempre individual, una derivada del pecado pues solo puede pecarse individualmente. Para el liberalismo el individuo es la única identidad que existe o debe existir. Todo tipo de identidad colectiva o interindividual es un obstáculo y debe, por lo tanto, ser superada o destruida, todos los tabúes, la tradición, la religión, la familia, costumbres, la nación, todo ha de ser sacrificado en la pira de lo individual. Todo es mero concepto, y barrera para el individuo. El problema con estas ideas es que con el tiempo terminan infectando y destruyendo a la propia civilización que las gestó.

Y así sucedió pues el liberalismo siempre tiende a la izquierda: al socialismo, más tarde al nihilismo de los populismos y es muy posible que le suceda el transhumanismo. Pero ¿qué es el nihilismo?

El nihilismo.-

Se trata de un nuevo paradigma occidental: el derrocamiento del tradicionalismo europeo en favor de una nueva teoría de la naturaleza y del hombre aunque pasando por distintas etapas: el éxito de la socialdemocracia y la consolidación de la izquierda indefinida coetánea del nihilismo actual.

El nihilismo es una doctrina filosófica que emergió en Rusia y le debe el nombre a Turguenev y responde a una consigna:

«Todo se reduce a nada».

No hay una verdad absoluta y la realidad es aparente. El nihilismo suele presentarse como nihilismo existencial, forma en la que se sostiene que la vida carece de significado objetivo, propósito, o valor intrínseco, El nihilismo se puede considerar crítica social, política y cultural a los valores, costumbres y creencias de una sociedad, en la medida en que estas participan del sentido de la vida, negado por dicha corriente filosófica, muy útil en aquellos artistas que viven de «epatar» las costumbres sociales pero muy mortífero cuando se convierte en una creencia social o sistémica .

Pues los viejos valores de las sociedades tradicionales no han sido sustituidos por ningún otro, sino por el repudio de cualquier valor moral. A veces surgen sucedáneos como el estoicismo perfeccionista  que contemplamos en algunos trastornos psiquiátricos modernos como los trastornos alimentarios o a los fetichismos morales que vemos en ciertas prácticas como el animalismo, el veganismo o el feminismo de cuarta generación.

En el libro de Evola el autor rastrea el concepto desde los presocráticos hasta los novelistas del desenfreno sexual como Henry Miller, los poetas como Rimbaud, artistas surrealistas o dadaístas o filósofos como Nieztsche, aunque es más conocida la sentencia de Dovstoievski cuando afirma que .

«Si Dios no existe todo está permitido».

El problema es que el nihilismo saltó desde la «locura particular» de algunos artistas hasta la población general. Hoy la civilización comparte muchas de las falacias del nihilismo, su renegación de cualquier valor

No es de extrañar pues que la verdad (decir la verdad) ya no se considere un valor en sí mismo, solo así puede entenderse que los votantes perdonen» las mentiras de sus gobernantes, que ya ni siquiera tratan de disimularlas ni se avergüenzan cuando los periodistas les sacan viejas declaraciones donde decían todo lo contrario de lo que hacen. La verdad ha dejado de ser un valor y si hay la suficiente masa critica, la mentira no se tomará en consideración para mi próximo voto. No es que me hayan engañado es que la verdad no existe.

Otro valor en decadencia es el mérito. Ya no es necesario ni deseable cultivar el mérito individual, los doctorados son regalos para algunas personas, la ausencia de todo mérito académico un seguro de vida político pues asegura la lealtad y la adhesión a cualquier estupidez. No saber hablar o debatir o gritar e interrumpir con insultos a los adversarios es ejemplo de buena práctica. Todo ello explica el bajisimo nivel que tienen nuestros diputados y los espectáculos con que nos oprimen a los ciudadanos comunes cuando son retransmitidos por la TV.

No cabe ninguna duda de que estos valores junto a la decencia económica en el manejo de los dineros públicos son ejemplos que señalan hacia el repudio de los mismos.

El problema es que el feminismo y el nihilismo empastan mal.

Feminismo y nihilismo.-

El feminismo fue en sus orígenes un movimiento tan sensato y decente como la idea democrática de los whigs originales. De lo que se trataba era de deponer la monarquía absolutista y cambiarla por un poder parlamentario, democrático similar a la República romana en sus orígenes; muy pocas personas hoy podrían estar en desacuerdo con esta idea, otra cuestión es explicar como la Revolución francesa se pervirtió de tal manera para convertir aquellas ideas de «Fraternidad, libertad e igualdad» en una experiencia imperial comandada por Napoleon que heredaría el caos que surgió de aquella asonada que llenó Francia de cabezas cortadas, llevandoa Francia a un nuevo desastre.

El feminismo en realidad es un subproducto liberal como la sanidad universal, que fue derivando poco a poco y a través de los cambios sociales en otra cosa bien distinta. El feminismo le debe más a Coco Chanel que liberó a la mujer de sus inútiles refajos o a la aparición de la píldora antibaby que a cualquiera de las madres del sufragio universal que se hubiera instalado de todas maneras del mismo modo que el trabajo femenino fue muy necesario en las fábricas de la segunda guerra mundial.

Pero el nihilismo de la época actual es mal momento para el activismo feminista y da como resultado escenas esperpénticas como las que vimos ayer el día 8-M, en un aquelarre exhibicionista en plena pandemia. Es como si las mujeres hubieran sido utilizadas como «mujeres de paja» para desacreditar al propio movimiento, dado la impresión de que este feminismo es más un negocio que una reivindicación de igualdad. Pues el argumento de fondo es:

¿Si no hay valores porqué se defiende el valor de ser mujer frente al de ser hombre?¿Si la vida carece de sentido porqué acusar al patriarcado de oprimir a las mujeres? Que más da si están o no oprimidas, la vida carece de sentido ¿no era esa la idea? Si el mérito ya no existe ¿por qué las mujeres se adjudican el mérito de cuidar, trabajar más y por menos dinero? ¿Quién tiene la culpa de que las mujeres tengan la regla o tengan hijos? ¿Es el patriarcado?

No pocas falacias y muchas contradicciones, resueltas a través de un fetichismo (supremacismo) moral que oculta su fondo religioso que tanto recuerda al moralismo de nuestras abuelas.

Efectivamente, el nihilismo no es solo la desaparición de los valores sino la relación con la verdad. Y la verdad es que los cerebros de hombres y mujeres es diferente. Echo de menos un movimiento feminista que enseñe a las mujeres a pactar consigo mismas qué es lo que realmente quieren y a no buscar culpables en el sexo opuesto si no lo consiguen, a descabalgarse de cualquier politización de este asunto y a entender mejor a los hombres con los que conviven incluyendo a sus propios hijos.

Pero el desvarío de estas ideas no se combate con la verdad, pues la verdad es irrelevante para un nihilista, tampoco se combate con la vuelta atrás pues no solo es indeseable sino imposible, tampoco volviendo nuestros ojos a los misticismos orientales pues los chinos terminaran como nosotros a poco que abran la mano del control de la población. Ellos llevan cierto retraso con respecto a nosotros, eso es todo.

Lo que propone Evola es cabalgar el tigre, es decir retirarse, subirse a lomos de la fiera para impedir que nos devore y esperar a que se canse. Entonces descabalgarle y decirle la verdad. Estamos enmedio de un ciclo y este ciclo -como el mundo en el que vivieron mis abuelos- desaparecerá.

Mientras tanto, vivir en el mundo sin estar en él, como decía Junger.

3 comentarios en “La ira de las muchachas

  1. Shayj Abdal Hakim Murad, también conocido como el Profesor Timothy Winter, es un intelectual musulmán que define a Julius Evola como una ‘figura profética pero trágica’: un hombre cuyas ideas sobre la modernidad son útiles y extrañamente precisas en sus predicciones, pero manchado por algunas de sus nociones políticamente incorrectas.

    Ciertamente nos enfrentamos a una crisis de identidad como resultado del enfoque de la posmodernidad a la devoción que la Ilustración rendía al sujeto humano, que substituyó el lugar de lo divino; pero como en el dicho alemán: Queríamos tirar el agua sucia pero acabamos tirando también al niño. Y con el nihilismo, también el barreño; además de casi caernos por la ventana. Y ahí estamos, mirando al niño y al barreño desparramados por la calle, y nosotros colgados de la ventana, en equilibrio precario, sin que ni siquiera los pies nos lleguen a tocar al suelo.

    Intentamos mantener el equilibrio para no acabar perdiendo la gracia democrática de poder elegir entre las migajas que nos ofrecen, mientras observamos nuestras libertades desparramadas por el suelo. El liberalismo se pasó de impulso.
    Al promover la libertad sobre el bien común de la naturaleza y favorecer el desarrollo de la economía de mercado, el liberalismo expolió las sociedades donde pudo aplicar regulaciones económicas absolutistas favoreciendo una progresión geométrica del capitalismo salvaje.

    Al sustituir la jerarquía divina por la humana, cambiamos el mandato divino por el imperialismo individualista humano, y con ello cortamos los lazos de espiritualidad y sacralidad que nos unía a la naturaleza.

    El problema del feminismo no es el patriarcado, pues ambos son problemas de jerarquía entendida como imperialismo.

    A pesar de que el liberalismo afirma ser una doctrina de tolerancia, sus actuaciones son de una evidente intolerancia llegando a la violencia respecto a la represión de cualquier ideología no liberal, ya sea antigua o moderna. Esto es así porque la supuesta tolerancia del liberalismo es sobre todo un barniz que cubre su impulso imperialista homogeneizador. El liberalismo es paradójicamente intolerante; solo admite su versión de liberalismo.

    Pienso que el liberalismo, precisamente por ser individualista, no tiende necesariamente a la izquierda, simplemente tiende a las ideas de quien ostenta el poder. El liberalismo es individualista mientras que el socialismo es, en teoría, antagónico, es colectivista; pero el individualismo es la doctrina ideal para la mente psicopática, pues es capaz de utilizar cualquier cosa, ya sea socialismo, nihilismo, salud o medio ambiente, para avanzar en su premeditada agenda imperialista individual.

    La lectura del ‘ethos’ del imperialismo pagano de Evola, con su espiritualidad de élite guerrera, aristocracia del alma, preeminencia del individuo creativo, mito de la sangre y raza, etc… puede ser interpretada para conducirnos a populismos totalitarios, incluso llegando hasta el conflicto de unos contra otros, liberalismo tecnocrático incluido, o bien ser interpretado simplemente como una lucha individual, un imperialismo interior, que nos conduzca a la comunión espiritual colectiva de Gaia.

    Parte de la dificultad de ‘cabalgar el tigre’ es su constante movimiento. Lo único cierto de la ética y la moral es que será diferente en pocos años, impidiendo de este modo, que sea una opción viable aferrarse a cualquier idea o creencia conocida.

    Quizás el individualismo de la modernidad no sea tan nuevo como creemos, a veces se requiere de la soledad del anacoreta, pero abandonar nuestras comunidades no es lo que pide la tradición ni la modernidad, el anacoreta simplemente se aislaba de la sociedad, el individualista liberal la explota de manera imperialista utilizando todos los medios a su disposición, la tecnología marca la diferencia.

    Tanto coger el toro por los cuernos como cabalgar el tigre, pueden ser opciones peligrosas, quizás sea mejor subirse al elefante con desapego mientras estamos comprometidos. Utilizar la cultura moderna y los bienes materiales que se nos presenten no tiene porqué ser malo, todo depende de la utilidad que se le dé; pero en todo caso, nunca debemos olvidar que tarde o temprano nos daremos de bruces con la espiritualidad. De hecho ya intentan venderla como experiencia.

    Sin duda vamos a encontrarnos con una nueva versión de nuestro sentido espiritual y de la sacralidad de la naturaleza en la que todo tiene un sentido, aunque su razón nos sea aún desconocida. Ello nos conducirá seguramente a nuevas teorías económicas y políticas, ya sea por revolución, o mejor por reformismo.

    Es muy probable que nuestro universo sea una gigantesca y maravillosamente detallada ilusión holográfica circulando en un supercomputador a cargo de nuestros yos futuros que se han convertido en dioses. Al fin y al cabo el espacio es cuantificado, la materia es cuantificada, la energía es cuantificada, todo está cuantificado, esto es, está hecho de píxeles, todo está hecho de píxeles individuales que configuran el holograma colectivo de la filosofía perenne. Y, claro está, las muchachas y su ira, también.

  2. Por imperialismo, me refiero a la mentalidad imperialista, entendida como toda creencia o política de superioridad que aplique cualquier práctica de dominación para expandir su poder y control, ya sea individual, de pueblo u organización, sobre otra persona, pueblo u organización. En este sentido, el globalismo es evidentemente imperialista.

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