Parecido, mimesis y empatía

A menudo los hijos se nos parecen
Así nos dan la primera satisfacción
Esos que se menean con nuestros gestos
Echando mano a cuanto hay a su alrededor

(Joan Manuel Serrat)

Serrat pone en esta canción (Esos locos bajitos) el dedo en la llaga respecto al parecido que los niños presentan con sus padres. ¿En qué consiste ese parecido?. Naturalmente en principio, en algo visible, los niños no son pizarras en blanco y traen de serie algunos elementos fácilmente identificables con una u otra estirpe, según la dominancia de ciertos alelos. Así es frecuente que ciertas narices se hagan ostensibles ya en época fetal, ese tipo de narices que identifican a una familia chata. También los ojos, el pelo, la barbilla son elementos recurrentes en un linaje cualquiera . Pero hay otras cosas que no son tan visibles: la estatura que ese niño alcanzará en su edad adulta, su inteligencia y las enfermedades que padecerá de mayor son también señas de identidad, los hijos también se nos parecen en eso.

Y es verdad que así nos dan la primera satisfacción pues alguien ha pensado alguna vez si ¿sentiríamos empatía por un bebé que se parece a nuestro mas despreciable enemigo? A veces sucede que el niño no se parece, no nos recuerda a nadie, ni de la familia de él ni la de ella, entonces quedamos ciertamente pasmados, algo así debe sucederles a ciertos pájaros cuando se dan cuenta de que sus polluelos no son de su especie sino de un cuco tramposo.

Los hijos se nos parecen ya al nacer sin que haya mediado ninguna influencia medioambiental, más allá del útero pero aquí no termina la cosa porque el niño bien pronto comenzará una danza de gestos a través de ese espejo que es su madre: reaccionará a su semblante y se mirará en él compartiendo sus señales de alegría y de cualquier otra emoción. Es necesario recordar ahora que el «Yo es el otro», como decía Lacan pero también Rimbaud. Dicho de otra manera, nuestro Yo, nuestra identidad se forma a través de los materiales de la madre o el padre. Más concretamente lo hacemos a partir de los estados mentales que detectamos en la cara de ese Otro, en sus gestos y posturas, más tarde onomatopeyas y frases hechas.

Pero aquí no termina la cuestión del parecido porque venimos también de serie equipados para la imitación, para la mimesis que implica tanto la exterocepción como la interocepción. La mimesis no es sinónimo de imitación sino que requiere adoptar la actitud del modelo, postura, gestos y disposición de ánimo. No es algo que se aprende por imitación simple sino por aprehender los esquemas corporales de las acciones de los otros (Marino Perez, 2012). No es algo consciente ni voluntario, sino algo que acaece automáticamente, sin darse cuenta apenas, uno acaba -como el niño de Serrat- andando, riendo, gesticulando como lo hace su madre o su padre. Estamos en el campo de la mimesis pre-conceptual, de la mimesis pre-reflexiva. La mimesis es el soporte del estilo de un individuo, algo que va más allá del parecido e incluso podríamos decir que tiene más peso que el parecido físico: muchos niños adoptados acaban pareciéndose a sus adoptantes precisamente a partir de la mimesis que hacen de ellos y también de la necesidad de ellos de que sea así.

Del mismo modo la empatía está emparentada con la mimesis y supone «sentir con y cómo el otro» que nos afecta con su sentimiento, sea de malestar o bienestar. Es por eso que las madres deprimidas transmiten sentimientos de malestar a sus hijos o aquellas con baja empatía terminan por criar hijos similares. A veces solemos atribuir a la genética este tipo de parecidos, pero no tomamos en cuenta el juego de balanceo, la danza que se produce entre los semblantes de madres, padres e hijos para configurar estos estados que se activan automáticamente más allá de la voluntad. Y sin empatía no hay apego. Hablo de esa empatía caliente, pre-reflexiva que nos hace vibrar con las modulaciones del otro y que es la empatía verdadera, pues la otra, la empatía fría, racional la puede sentir hasta un psicópata o cualquier persona que haya desarrollado una hiperempatía quizá como resultado de un deficit de empatía caliente.

Es por eso que amar a nuestros hijos es la mejor forma de criar niños amorosos y sanos. Ahora bien, el amor es un sentimiento y un sentir es siempre un híbrido entre lo que se percibe y lo que se experimenta. Es por eso que pueden aparecer disonancias entre ambos campos. Podemos amar a alguien (experimentar) pero podemos percibir que no nos quieren o anticipar que no nos van a querer. Es por eso que el amor no es una pócima que todo lo cura, un bálsamo de Fierabrás sino un nudo que -en cualquier caso- hay que desenredar. Nadie sabe porque nos quieren los que nos quieren, ni podemos saber porque no nos aman los que deberían amarnos. tampoco sabemos las razones por las que amamos a quien no nos conviene como aprendimos en Anna Karenina. Algo de eso dice el conde Brodsky al ser preguntado por la Karenina que lleva su pasión amorosa hasta el borde de lo irracional, pues nada es más irracional que suicidarse por amor.

Ahí en esa irracionalidad encontramos a veces la pasión amorosa cuando se traspasan los limites que la sociedad impone en el caso de la Karenina, pero también cuando olvidamos que ese dipolo que el amor es un sentimiento para saltar la distancia entre objeto y sujeto y se convierte en una hazaña para desafiar un concepto. Karenina se enamora del amor (el concepto), en este caso romántico que inauguraría una era de mayor libertad para las mujeres, pero también de un mayor extravío. En este sentido la subjetividad de la Karenina inaugura la modernidad en Rusia como en Francia la inauguró Flaubert con su madame Bovary.

Amamos a nuestros hijos porque son nuestros y se nos parecen y empáticamente podemos sentir amor -en otro nivel de intensidad y definición- por los hijos de los demás. En realidad la ternura que experimentamos por los niños procede de su vulnerabilidad y de nuestra capacidad de empatizar con ellos. Los dipolos, ambos han de estar activados.

Con el tiempo entramos en una mimesis y en una empatía conceptuales, reflexivas. Ya no imitamos a nuestros modelos (con el tiempo aparecerán otros modelos) más que marginalmente. Lo hacemos siguiendo su estela, sus logros. El chico que quiere estudiar medicina porque su padre o madre son médicos aspira a un estatus similar al de ellos, lo que se mimetiza aquí ya no es un estado mental, ni unos gestos o una manera de moverse sino un estatus, una manera de ser-en-el-mundo, pues la elección de una profesión es precisamente eso, una forma de estar en el mundo que precisa de un complemento de habilidades para llevarla a término. Del mismo modo podemos hacer una elección inversa tratando de hacer todo lo contrario de lo que hemos observado, en cualquier caso se trata de una copia del original que se toma como referencia.

Lo interesante en esta cuestión es que no se mimetiza todo sino solo una parte, una parte que es suficiente para abrir el dipolo, pues la imitación de algo se hace para que pase la corriente entre un sujeto y un objeto pero no es necesario hacer una copia precisa al carbón del objeto en su totalidad. Hablamos entonces de identificación, una persona puede identificarse y suele hacerlo de una característica de su parentela no necesariamente benéfica. Un depresivo puede ser un depresivo como su madre, alcohólico y violento como su padre o un migrañoso como cualquiera de ambos. En este sentido la identificación se acopla y señala siempre en la dirección de la toxicidad que motivó el malestar, pues es también una forma de abrir el dipolo cuando todo ha fallado.

La enfermedad vincula al sujeto con su objeto perdido cuando no se pudo llevar a cabo de otra manera.

Debe ser esa la razón por la que abandonar ese habito, aun patógeno es tan difícil.

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