Lo que aprendí en el 2020

«Quiero y mando que toda la gente civil… y sus domésticos y criados que no traigan librea de las que se usan, usen precisamente de capa corta (que a lo menos les falta una cuarta para llegar al suelo) o de redingot o capingot y de peluquín o de pelo propio y sombrero de tres picos, de forma que de ningún modo vayan embozados ni oculten el rostro; y por lo que toca a los menestrales y todos los demás del pueblo (que no puedan vestirse de militar), aunque usen de la capa, sea precisamente con sombrero de tres picos o montera de las permitidas al pueblo ínfimo y más pobre y mendigo, bajo de la pena por la primera vez de seis ducados o doce días de cárcel, por la segunda doce ducados o veinticuatro días de cárcel… aplicadas las penas pecuniarias por mitad a los pobres de la cárcel y ministros que hicieren la aprehensión».
Bando de 10 de marzo de 1766.

Este año ha sido un año difícil, un año de bandos y de pasquines en las redes sociales y todo el mundo sabe porqué. La maldita pandemia ha venido a poner sobre la mesa muchas de nuestras vulnerabilidades, 1) las económicas, con una economía basada en el turismo y la restauración, 2) las sanitarias, creíamos que disponíamos de la mejor sanidad del mundo y lo cierto es que se encontraba exánime por los recortes, por la gazmoñería y por decisiones políticas siempre orientadas a la auto-publicidad y nunca al reparto de recursos entre todos y 3) nuestra clase política que a trancas y a barrancas iba engañándonos cada vez mejor y que ha derivado en un engaño a «cara descubierta» y cuando digo clase política me refiero a todos los políticos.

No es que me haya desengañado este año por primera vez, ya lo hice el 11-M cuando entendí que la razón de Estado era superior al conocimiento de la verdad y la justicia, pero este año he comprendido más cosas: existen intereses supra-estatales que nos gobiernan, que están ahí, pueden verse, están las pruebas sobre la mesa pero el sistema está demasiado corrupto para tomar cartas en el asunto, más que eso, es cómplice de una agenda -agenda 2030- que cada vez es más publica que secreta y hasta tiene pagina web, que no enlazo por pudor.

¿Y los ciudadanos qué hacemos?

Esa ha sido mi mayor decepción.

Pues los ciudadanos estamos más divididos que nunca, incluso en las mismas familias, pero lo curioso de todo esto es que esta división viene de un lado bien distinto al que nos tenían acostumbrados nuestros anteriores gobiernos, ahora la división ya no es entre izquierda y derecha, «progres» y «fachas» sino entre los que creen a pies juntillas en la machacona información que desde las televisiones nos remiten y los llamados negacionistas.

Para entenderlo mejor un negacionista es un ciudadano que:

  • Cree que las mascarillas no sirven de nada, ni las medidas de aislamiento o de distanciamiento
  • Cree que la pandemia no existe o de existir es una gripe sin más y que se trata en cualquier caso de una estrategia de las élites para forzar políticas totalitarias.
  • Organizan fiestas privadas o reuniones y desplazamientos que están prohibidos por sus autoridades sean del estado o de su CCAA. Es decir se rebelan contra el confinamiento que creen que no va con ellos.
  • Piensan que las vacunas no servirán de nada y en cualquier caso son un mecanismo de eliminación de la población, una especie de genocidio programado destinado a disminuir la población mundial empezando por los más débiles organizado por alguna oscura mafia. Se les conoce como antivacunas y difunden teorías como ya hacían antaño sus precursores, esos que decían que las vacunas provocaban el autismo de los niños.

A ellos les recomendaría que leyeran a qué se refiere este principio de la causalidad: «post hoc ergo propter hoc». Viene a decir que la coincidencia temporal de dos fenómenos no significa que estén relacionados causalmente. La pandemia es verdadera y los intentos totalitarios de los gobiernos también. No parece pues que negar la pandemia sea una buena estrategia para detener los decretos-ley del gobierno español.

El motin de Esquilache.-

Precisamente hoy he vuelto a leer algunas cuestiones que rodearon a aquello que en Madrid llamaron «El motin de Esquilache. Madrid tenia en 1766, unos 50.000 habitantes, reinaba por entonces Carlos III, un Borbón afrancesado e ilustrado que pretendía traer a España la modernidad francesa y lo primero que le llamó la atención de Madrid fue la suciedad, los orines en la calle, los pobres y mendigos que pululaban por sus calles. decidió imponer sus propias normas a fin de iluminar las calles y crear fosas sépticas para el alcantarillado. Solo que…cargó el gasto en los propietarios de las calles que recibieron tal servicio.

El primer ministro de Carlos III era un italiano muy refinado llamado Leopoldo Esquilache quien hacía y deshacía a su favor dejando al rey en un plano muy inferior al de su rango como siempre ha sucedido en España con los validos. Desde su gobierno se aprobó una subida del pan casi al doble de su valor y por encima de los jornales que los más desfavorecidos cobraban al día, de manera que un jornalero no podía alimentarse ni  a si mismo ni a su prole y estamos hablando del pan que era el alimento esencial en aquella época para la población civil (no el clero ni los aristócratas ,ni mayorales ni militares).

Pero Esquilache cometió un error imperdonable al prohibir la capa larga y el sombrero redondo con el pretexto del embozo. Dicho de otra forma: esta manera de vestir, unida a la falta de iluminación nocturna hacia de Madrid un lugar ideal para malhechores y muy peligroso para deambular por él. A cambio propuso la capa corta y el sombrero de tres picos que dejaban la cara al descubierto y permitían así la identificación visual del malhechor, un poco al revés de lo que sucede hoy con la máscarilla que es el propio gobierno quien la promociona (como medida sanitaria) y a la que consideró inútil al principio de la pandemia y quien la prohibe en las manifestaciones. Una vuelta a Esquilache.

Pues tal y como reza el pasquín:

Yo el gran Leopoldo Primero

Marqués de Esquilache Augusto

Rijo la España a mi gusto

Y mando en Carlos Tercero.

Hago en todo lo que quiero

Nada consulto ni informo

A capricho hago y reformo

A los pueblos aniquilo

Y el buen Carlos, mi pupilo

Dice a todo: «¡Me conformo!»

El motín se produjo de una manera espontánea y el que quiera saber más detalles puede consultarlo en la wiki, pero mi argumento es que en ningún caso el pueblo de Madrid se sublevó por el precio del pan sino por la regulación de la vestimenta. Esa es la cuestión más paradójica, un motín que se extendió a varias ciudades de la Península y que llevaba como argumentario principal la exclusión de Esquilache -que no era español y no entendía nuestra manera de vivir-. Pero lo más paradójico es que el pueblo condenaba a Esquilache pero salvaguardaba al rey y más aun le aplaudía y le vitoreaba como si no tuviera nada que ver con las políticas de su valido. Ninguna política alternativa, ningún plan a medio plazo surgió de aquella asonada. Eso si se consiguió bajar el precio del pan. Dicho de otra manera: el motín de Esquilache fue una revolución francesa light o cañí  que no cambió nada salvo de bando en las élites gubernamentales.

Y si viene a cuento esta lección de historia es para recordar que las masas son eso, masas y nada bueno puede esperarse de ellas ni de sus tumultos pues lo que estamos viendo en nuestro país hoy es algo muy parecido, la gente esta indignada pero no por las políticas del gobierno que cada semana aprueba una ley que atenta contra los intereses de la mayoría de la población a la que desatiende organizando un reemplazo generacional que ya ha comenzado en Canarias, sino por las mascarillas, los botellones y las vacunas.

Estar en contra de las mascarillas, el confinamiento o las vacunas es un desplazamiento de lo abstracto a lo concreto. La gente no se indigna por la ley Celáa,  o por las barbaridades apocalípticas de Pablo Iglesias contra la monarquía sino por no poder ir al bar, al campo de futbol, a cenar con los amigos o que amaguen con vacunas obligatorias de poca fiabilidad.

De manera que la única revolución que podemos esperar procede de los negacionistas.

España sigue siendo un país donde sus reyes y gobernantes tienen miedo a sus ciudadanos (y por eso huyen con sus joyas cuando las cosas se ponen feas) pero ellos no pueden vivir sin reyes ni gobernantes que les vacunen en contra de su voluntad si es necesario.

De manera que mi principal decepción este año ha sido la sociedad civil.

No es posible esperar nada de la sociedad civil, ni de los políticos, ni del ejército estamos en manos de unas élites que andan diseñando un plan, a medio camino entre el neoliberalismo para el capital y el comunismo para los de a pie. Y eso parece que gusta a los que organizan fiestas rave en plena pandemia. Pan y circo para los españoles.

La buena noticia es que esas élites que parecen gobernar el mundo fracasarán porque no saben que los españoles seguiremos llevando la capa larga y el sombrero redondo aunque tengamos que convivir con los turbantes orientales.

2021 es un año para resistir y los que pasamos la adolescencia en pleno franquismo estamos acostumbrados.