La depresión realista

Recibo cantidad de consultas de amigos, conocidos o amigos de amigos y conocidos que me preguntan que ansiolítico deben tomar. Si loracepan o alprazolam, que parece que son los mas conocidos. Si hay alguno que se pueda comprar sin receta, si hay alguno compatible con la lactancia materna. Que como conseguirlos sabiendo que los médicos de atención primaria no atienden, que nadie se pone al teléfono.

Lo mismo sucede con los antidepresivos, qué cual tomo, etc. La gente sufre mientras que parece que esta pandemia ha venido para quedarse y ha golpeado a los resortes sociales que son -por así decir- el antidepresivo mejor que se conoce después del ejercicio fisico. la gente necesita hablar, interactuar, comunicar su peripecia vital pero necesitan a un interlocutor físico, no vale con el email, el chat o el guasap. La carne quiere carne como decía Ausias March.

Dicho de otra manera, la pandemia comienza a hacer emerger el sufrimiento mental en sus formas más características: ansiedad y depresión con sus trastornos del sueño acompañantes. ya se advirtió que sucedería de modo que ninguna sorpresa . Para mi la sorpresa es que no se pusiera en marcha alguna estrategia para abordar esta secuela del confinamiento que era del todo predecible, claro que la salud mental en nuestro país nunca fue una adelantada en casi nada.

El sesgo optimista.-

Una de las explicaciones que suelen darse ante este incremento de demandas relacionadas con el confinamiento es el socorrido “estrés”. La gente está estresada de no poder hacer lo que solía pero nadie cae en la cuenta de que en realidad hay dos factores que ponen los apellidos al susodicho estrés: la impredictibilidad y la conciencia de vulnerabilidad.

Los acontecimientos inesperados nos golpean fuertemente, del mismo modo todo aquello que pone en jaque nuestro optimismo, eso que los psicoanalistas han llamado la omnipotencia. Y sobre todo nos golpea mucho mas una predicción sombría del futuro. ¿Cuando terminará la pandemia? ¿Qué sucederá mañana?

Estas ideas coexisten con amplios grupos de población imprudentes -tocados por el sesgo optimista- de que a ellos no puede pasarles nada malo. Al fin y al cabo “solo se mueren los ancianos  o los que tienen patologías previas”. Lo importante de la prudencia -una virtud moral- que es la madre de todas las virtudes según Baltasar Gracián, es que ha sido socavada por una hipertrofia estatal de regulaciones, leyes y legalismos. Pero desafortunadamente los virus no saben nada de estos conceptos jurídicos, son muy sensibles -eso si- a la prudencia y a  la responsabilidad, al civismo en suma.

En general vivimos de espaldas a la muerte, a la enfermedad, a la minusvalía, a la soledad, como si esas cosas no fueran con nosotros. Es por eso que algunos autores como Tali Sharot han hablado del sesgo optimista, una actitud que no es una emoción sino una forma de estar en el mundo (un estado mental) regulada al alza en nuestra especie en la manera de pensar la realidad que ha sido seleccionada positivamente por la selección natural para maquillar la realidad:

“El sesgo optimista es el fenómeno por el que cuando se trata de predecir lo que nos ocurrirá mañana, la semana que viene, o dentro de 50 años, sobreestimamos la probabilidad de sucesos positivos y subestimamos la probabilidad de sucesos negativos. Por ejemplo, subestimamos la probabilidad de divorciarnos, sufrir un accidente o un cáncer, y sobreestimamos nuestras posibilidades de éxito laboral o nuestra longevidad. Este sesgo es uno de los más robustos en Psicología. Pues bien, hay algunos experimentos que sugieren que las ratas y los pájaros también tienen un sesgo optimista. Uno de los experimentos en pájaros consistía en que si los pájaros apretaban un interruptor rojo cuando oían un sonido corto (2 segundos), obtenían una recompensa inmediata y si apretaban uno verde cuando oían un sonido largo (10 segundos) les daban una recompensa diferida ( algo que no gusta a los pájaros, que prefieren la recompensa inmediata). Entonces los experimentadores les ponían un sonido intermedio a ver qué hacían. Hay que decir que los pájaros tenían que apretar el interruptor correcto o se quedaban sin recompensa. En esa situación, lo que los pájaros hacían era  apretar el botón de la recompensa inmediata,  lo que sugiere que esperaban un resultado positivo aunque no había razones objetivas para ello. Pero lo interesante que observamos, y que coincide con todo lo que he comentado previamente, es que si los pájaros estaban encerrados en jaulas pequeñas, sin acceso a baños de agua ni juguetes, no mostraban estas tendencias optimistas. Una prueba más de que ni los humanos deprimidos ni los animales deprimidos muestran el sesgo optimista. En cualquier caso parece que el impulso vital básico es optimista, porque ayuda a que , como decían en Parque Jurásico, la vida se abra camino”. Extraído de esta web.

Lo que demuestra que el confinamiento es malo para los pájaros que pierden de alguna manera lo que hemos llamado “sesgo optimista”.

Y cuando uno pierde el sesgo optimista entonces nos deprimimos. Y aquí es donde entra la hipótesis realista de la depresión.

En esta teoría la depresión seria una adaptación y que las personas depresivas ven el mundo como es en realidad, mientras que las personas normales tenemos una visión distorsionada. Parece un concepto contraintuitivo, pero vamos a ver algunos datos que apoyan que esta proposición no es ninguna tontería. Fijaos en estos datos: los sujetos que sufren una paraplejia se van adaptando y en ocho semanas ya manifiestan más sentimientos positivos que negativos, y al de años solo se consideran ligeramente menos felices que individuos no paralizados. El 84% de los pacientes tetrapléjicos considera que su vida es como la media, o por encima de la media. A primera vista, esto no tiene mucho sentido.

Pero es algo que llama la atención, las personas que han sufrido mutilaciones importantes, perdidas de movilidad importantes, cegueras o incluso en algunos cánceres podemos observar este fenómeno. deprimirse en estas circunstancias sería muy comprensible y lúcido pero en realidad es lo que menos conviene a nuestro organismo. “Luchar contra la enfermedad” o “No rendirse nunca “son frecuentemente cosas que oímos en la boca de algunos de nuestros pacientes.

Estamos llenos de sesgos que nos permiten vivir.-

La gente normal sobreestima sus capacidades y se consideran más persuasivos, acertados y atractivos que unos jueces neutrales. Los depresivos juzgan mejor sus capacidades (son más realistas). Por otro lado, el 80% de los hombres americanos considera que se encuentra en la mitad superior (por encima de la media, 50%) en cuanto a habilidades sociales…lógicamente las cuentas no salen…
En otros experimentos se medía la seguridad de la memoria. Se suele decir que los depresivos distorsionan el pasado y que es inútil preguntarles por el mismo porque todo lo recuerdan más negro y negativo de lo que fue. Pues bien, en un experimento se les puso a los sujetos unas pruebas de manera que acertaban 20 veces y fallaban otras 20, y luego se les preguntaba qué tal lo habían hecho. Los depresivos eran fiables, te decían por ejemplo, que habían acertado 21 y 19 mal…¡era la gente normal la que distorsionaba la realidad!, te podían decir que había hecho 12 mal y 28 bien.
 Por citar un sesgo más, hay uno que se refiere a los estilos explicativos, el llamado sesgo autocomplaciente (self-serving bias), el hecho conocido de que la gente normal se atribuye los éxitos y endosa a otros los fracasos (el fracaso suele ser huérfano). Es decir, si una cosa es buena yo la hice, va a durar para siempre, y me va a ayudar en muchas situaciones. Pero si algo está mal la culpa es de otros, no durará mucho, y solo se refiere a esta situación. El depresivo, por contra, ve sus fracasos como debidos a la misma causa que sus éxitos.

En conclusión la pandemia ha venido para señalarnos algunas cosas que pueden ser interesantes de cara al futuro:

  • En el plano psicológico: que no somos demasiado conscientes de nuestra vulnerabilidad y que los eventos que no podemos controlar enferman a unos y convierte en irresponsables a otros.
  • En el plano jurídico: que nuestro país es un laberinto de leyes que colisionan unas con otras y que es necesario adaptarlas a un mundo donde las amenazas han cambiado de tal forma que hoy los estados de alarma, de excepción o de sitio carecen de aplicabilidad práctica ante el caso de pandemias como la que estamos viviendo. Del mismo modo el carísimo estado autonómico que mantenemos chirría cuando las cosas vienen mal dadas. Alguien deberá tomar nota de las reformas que serán necesarias en el futuro.
  • En el plano político: los estados mejor organizados y vertebrados resisten mejor las crisis sean sanitarias o de cualquier otra índole. Del mismo modo el sesgo optimista debe ser barrido de las decisiones políticas y ser suplantado por una especie de melancolía lúcida junto con actores fiables.