Magnicidio, golpe de Estado y terrorismo (I)

Lo primero es definir qué es cada cosa a fin de discriminar de qué estamos hablando cuando hablamos de magnicidios, golpes de estado y terrorismo y aunque hay un cierto parecido entre ellos es necesario la discriminación entre estas actividades que son en cualquier caso actividades subversivas que persiguen un fin político casi siempre: cambiar las políticas de un país determinado sea en lo referente a su política exterior, sus alianzas o su régimen interno.

Un magnicidio puede definirse como el asesinato único de una persona de alta representación en el Estado, sea presidente del gobierno, primer ministro, rey, príncipe o alto dignatario, lo suficientemente alto como para provocar un efecto de cambio en políticas concretas en ese Estado. Lo que le distingue de una revolución o revuelta donde no hay sólo un muerto sino miles o de las guerras civiles donde hay dos bandos del ejército enfrentados. Mi listado incluye tan solo a aquellos mandatarios que en el momento de su asesinato ostentaban representación gubernamental.

Me referiré tan solo a los magnicidios que yo he conocido y dejo al lector interesado con el libro de Perez Abellán que preside este post para ampliar sus puntos de vista sobre el pasado español. He conocido los siguientes:

  • John F. Kennedy
  • Aldo Moro
  • Carrero Blanco
  • Olof Palme
  • Gandhi y su hija Indira
  • Sadam Hussein
  • Gadaffi

Quedan pues fuera de estos homicidios aquellos otros de gente importante y que responden a otro tipo de motivaciones en sus asesinos, a veces políticas como en el caso de Calvo Sotelo, a veces de venganzas personales como en el caso de Lorca, venganzas de estado como en el caso de Obama Bin Laden, de crímenes racistas como en caso de Martin Luther King o de crímenes paranoicos como el caso de John Lennon.

Lo interesante de estos crímenes es que efectivamente persiguen un cambio de régimen pero no siempre lo consiguen, debe ser por eso que los magnicidios están de capa caída y han dado lugar a otro tipo de estrategias subversivas como los golpes de Estado blandos o los atentados terroristas. Considero -personalmente- que los atentados terroristas son una evolución de los magnicidios, solo eso explica que las personas más odiadas del mundo como Maduro o Donald Trump aun se hallen entre nosotros.

Perez Abellán describe en su libro un patrón después de analizar los atentados que han tenido lugar en España, lugar -según él- de magnicidios viciosos, desde el de Prim, pasando por Cánovas y Canalejas hasta llegar a Carrero Blanco y por supuesto el atentado contra Alfonso XIII el día de su boda a cargo de Mateo Morral. El patrón es el siguiente.

1.- Existen fallos patentes de seguridad en este tipo de crímenes.

2.- El perpetrador actúa como si la policía no existiera y se mueve por los alrededores sin ser detectado.

3.- Los responsables por su negligencia no son apartados de sus responsabilidades sino que hacen carreras muy destacables como el Conde de Romanones.

4.- Las pruebas físicas como balas o artefactos explosivos se pierden, los documentos aparecen emborronados o con tachaduras. Las investigaciones son siempre poco minuciosas y aparecen pruebas falsas.

5.- Los criminales son siempre personas que proceden de ideologías extremas, aunque manejan gran cantidad de dinero, viajan solos y según las versiones oficiales operan por si mismos. Nunca se llega al fondo de la cuestión respecto a los promotores del crimen que siguen ocultos a la mirada oficial.

Dicho de otra forma, el patrón señala hacia el hecho de que la mayor parte de estos crímenes son crímenes de Estado o como diríamos hoy de las cloacas del Estado. Hay una clara convivencia entre los resortes de seguridad que parecen desaparecidos del lugar donde se lleva a cabo el atentado, la policía que custodia las pruebas halladas en el lugar, etc. El autor oficial del crimen suele ser un anarquista, un comunista, un fascista, un grupo terrorista que inmediatamente se adjudica el atentado (aunque no tenga nada que ver) o un lobo solitario que siempre aparece con su documento de identidad o su partida de nacimiento al lado. Dicho de otra forma el perpetrador suele ser un sicario o grupo de sicarios que operan bajo las ordenes de otros. A veces un miembro de la CIA como el caso de Lee Oswald, un tirador de precisión que obviamente no actúo por propia iniciativa si recordamos los enemigos que John F. Kennedy tenia en aquel entonces en USA.

Los crímenes de esta naturaleza tienen la virtud de señalar a sus beneficiarios si bien no existen casi nunca la posibilidad de encontrar pruebas fehacientes de su culpabilidad en un juicio de garantías. Todo el mundo fue capaz de advertir que Lindon B. Johnson junto con el complejo militar industrial y la Mafia fueron los principales beneficiarios de la muerte de John F. Kennedy  y aunque eso no sea una prueba de su culpabilidad lo cierto es que es una pista de los motivos del crimen. Johnson terminó con todas las políticas que había iniciado Kennedy y siguió con la guerra de Vietnam a la que Kennedy tenia poco aprecio.

El magnicidio en esta forma de verlo con es un golpe de estado sino un cambio de personas que al fin son cambios de políticas. Del mismo modo el atentado del 11-M en Atocha no fue un golpe de Estado, ni un magnicidio sino un atentado terrorista que propició un cambio en la presidencia del Gobierno de alguien que estaba de acuerdo con liquidar la alianza entre USA y España que había propiciado Aznar. No son pruebas jurídicas, son indicios fácticos: el beneficiado siempre es culpable cuando aplicamos nuestro pensamiento mixto, basado en tasas (datos) y narrativas, la heurística del experto.

Los magnicidios dan siempre lugar a teorías conspiranoicas y lo hacen porque la opinión publica “sabe” que las versiones oficiales son incompletas, falseadas cuando no mentirosas. La sospecha de que hay algo que se nos oculta desde ese oscuro poder oculto entre bambalinas es algo generalizado y que explica porque las relaciones entre los ciudadanos y sus gobernantes están tan mal llevadas por ambas partes. El poder engaña, e incluso cuando no engaña no se le cree. Un ejemplo es lo que está pasando hoy con las recomendaciones de llevar mascarillas. Hay mucha gente que no lo hace y no sigue las recomendaciones. ¿Por qué? Pues porque antes se mintió diciendo que no eran necesarias y aunque todos sabemos que se recomendó no llevarlas porque no había para todos el argumento que se construye de manera opuesta es que nos están mintiendo y que no hay para tanto, incluso algunos hablan de “plandemia” en lugar de pandemia.

Del mismo modo, la gente no cree que Oswald actuara solo o por propia iniciativa o que el atentado del 11-M fuera obra de aquellos que terminaron en la cárcel o muertos en su enfrentamiento contra los GEOs. Ya dije más arriba que los atentados terroristas eran la evolución del magnicidio y a veces son más eficaces. Y lo que caracteriza a los atentados es algo que comparten con los magnicidios, aquí hay un sicario y en los atentados lo que hay se llama “falsa bandera”: la posibilidad de atribuirselo a otros.

De lo que se trata es de poder “pasarle el marrón a otro” que sea fácilmente asimilable por la opinión publica. Es fácil de entender que una organización islamista como Al Qaeda pretendiera “vengarse” por el papel de Aznar en la guerra de Irak (que fue ridículo comparado con Francia o UK), es una idea fácil de comprender y de vender a pesar de la evidencia de que aquel atentado precisaba de una precisión y una profesionalidad difícilmente atribuible a los árabes que por cierto eran confidentes de la policía. El plan era que pareciera un atentado de ETA para equivocar al gobierno y a tres días de las elecciones propiciar un cambio en la intención de voto ante la aparición de nuevas pruebas convenientemente colocadas. Se trataba de quitar al PP del poder y sustituirlo por Zapatero. ¿Quien podía estar detrás de este plan? Nunca lo sabremos y es por eso que existen multitud de versiones sobre esta cuestión bien demonizadas como conspiranoicas y que no tienen ninguna incidencia en la vida política del país. Dicho de otra manera los poderes ocultos ni siquiera se molestan en desmentirlas, eso lo hacen sus secuaces de la prensa seria.

Dicho de otra manera: las versiones oficiales son poco fiables y esta escasa fiabilidad propicia teorías a veces delirantes. Es pues la mentira y la ocultación las que generan los delirios de la gente y luego está Newtral para hacer de policía del pensamiento. Lo cierto es que la censura lo que consigue es lo contrario a lo que se propone: se produce un efecto Streissand cuando se ponen a vigilar y censurar.

Los que vivimos en el franquismo sabemos bien lo poco eficientes que son las censuras sobre ideas, libros, canciones, espectáculos u artículos de prensa: solo sirven para propiciar lo que intentan prohibir. Lo prohibido tiene un efecto halo.

Antes de terminar el post me gustaría decir algunas cosas sobre el asesinato de Carrero Blanco, un crimen que viví durante mi epoca de estudiante y que nos conmocionó a todos aunque no eramos nada defensores de la dictadura. En el libro de Perez Abellan hay algunas pistas  que nos obligan a pensar en algo muy importante. El perpetrador de un crimen de esta naturaleza puede ser alguien concreto como la ETA, yo no tengo ninguna duda de que fue la ETA pero es muy sospechoso la facilidad con que aquel comando se movió por Madrid en aquellos años de hierro.

Es muy posible que se cometan crímenes por encargo y también es posible que existan franquicias del crimen organizadas de forma sincronizada por arriba. Carrero era una presa importante para ETA por la propaganda que podían ganar pero también representaba un peligro para aquellos que le veían como sucesor de Franco sin olvidar que Carrero no era partidario de la entrada de España en la OTAN y que andaba pensando en un programa nuclear para nuestro país.

¿Lo mató la ETA por eso, o fue un atentado por poderes?

En cualquier caso uno tira la piedra y otros ponen la honda.

 

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