La utopía aislacionista (I)

El conocimiento del futuro solo es posible en casos en los que dicho conocimiento no impida ese futuro. @pacotraver

Hace algunas semanas una amiga de twitter me planteó mi disponibilidad para asociarme a un proyecto que tenia -junto con otras personas- para escribir sobre utopías. La idea era que casi todo el mundo escribe sobre distopías futuras pero que existe poca literatura sobre utopías, algo así como ¿qué sucederá en el futuro? o bien ¿existe alguna esperanza para la humanidad en este momento donde pintan bastos? O bien ¿cómo imaginarías ese mundo feliz si es que imaginas alguno que se acerque a ese ideal?

Me pareció un ejercicio muy interesante siempre y cuando se entienda que imaginar una utopía lleva consigo y colgando una distopía. Lo que para unos es un ideal para otros puede ser su infierno. Eso aprendimos de Huxley o de Bradbury. Otros como Orwell nos señalaron hacia la distopía total si bien los distópicos escriben precisamente para que las distopías -como la tragedia griega- no se cumplan y no tanto para adivinar el futuro.

Lo cierto es que el futuro no se puede adivinar y las predicciones sobre el mismo casi nunca se cumplen. También es cierto que la mayor parte de las utopías son deseos, bien en positivo o bien en negativo, entonces les llamamos distopías pues ¿quien desea el apocalipsis zombie de la humanidad que pregonan ciertos distopistas?

Sea como sea ni la distopía ni la utopía sirven como medida de lo que sucederá en el futuro, lo que sabemos procede del pasado desde una análisis que hacemos en el presente y desde donde proyectamos lo que puede suceder en el futuro, pero esa proyección está sujeta a errores de bulto, debido al hecho de que las variables y cisnes negros que pueden intervenir en el despliegue de ese futuro son inconmensurables. No basta con tener un check list preciso del pasado o acometer una análisis riguroso desde el presente. La complejidad de las interacciones es enorme lo que hace que el futuro sea impredecible.

Pero la impredictibilidad del futuro no impide nuestras versiones imaginarias de ese futuro, no solo para contar como nos gustaría que fuera sino para que fuera inteligible, y de alguna forma probable en función de las circunstancias del presente.

De manera que cuando me pidieron esa utopía para un libro coral que constituye ese proyecto de utopistas de variado calado y transprofesional, estuve pensando en esta utopia que he llamado «utopia aislacionista» aunque al final opté por otra utopia mas relacionada con mi profesión.

Mi utopía es el aislacionismo y mi distopía es el globalismo.

No cabe duda de que el globalismo es la ideología política que manda en el mundo y aunque hoy esté en horas bajas, lo cierto es que sigue mandando. El globalismo -sea quien sea quien lo dirige- procede de EEUU, si bien Donald Trump es hoy uno de sus enemigos declarados mientras que la UE sigue practicando el dogma globalista, si bien de una manera dispar, siendo España, Francia e Italia junto con el Vaticano sus más profundos idólatras.

El globalismo es el responsable de esta epidemia de coronavirus que nos mantiene a todos confinados en casa, con la economía suspendida y un sinfín de amenazas a nuestra seguridad y a nuestra forma de vida. Pero ya está más o menos claro que más allá de si el virus surgió de un laboratorio o de un mercado de animales, lo cierto es que China tiene una enorme responsabilidad en la difusión global de este virus. No solo trató de silenciar el brote en su origen sino que además de eso no cerró sus fronteras apenas lo detectó, exportando el virus a otros países con los que mantiene relaciones comerciales.

El comercio de China ha sido el huesped intermediario del virus: se transmitió a través de aviones, barcos y eso que llama el libre comercio, un dogma muy querido por los globalistas. No deja de ser curioso que los países que mejor comercio tienen con China hayan sido los más afectados empezando por Irán y la UE.  A EEUU acabó llegando pues a EEUU llega todo, es el país con mayor transito comercial tiene con China.

En realidad el libre comercio ha hecho más daño que bien a los países implicados, el libre comercio es en realidad una trampa que lleva consigo una claúsula maldita: la descentralización de la producción. Significa que el mundo ha confiado a la fábrica de China la producción de casi todos los productos que consumimos debido a una mano de obra barata y a una reglamentación muy laxa respecto a calidad y a controles sanitarios. Esta descentralización ha llevado a la ruina a sectores productivos industriales de muchos países occidentales: ¿si todo se fabrica en China qué haremos con los trabajadores de nuestras naciones? Condenarlos al paro y a la exclusión, obviamente.

De manera que el libre comercio es un beneficio para el capital pero no beneficia en nada a las personas ni a las naciones. Alguien puede comprender que en nuestro país tengamos una dependencia tan macabra de mascarillas y equipos de protección para el coronavirus? ¿Cómo es posible que no tengamos en España una industria dedicada a proveernos de cosas tan elementales?

Alguien decidió en su momento que España era un país de servicios: significa de bares, camareros, restaurantes, playas, putas y turismo. Un turismo artificioso que se alimenta con borracheras, drogas, sexo fácil y callejero, festivales de rock financiados por la administración y que deja pingues beneficios a sus organizadores. ¿Existe alguna ciudad costera que no tenga su propio festival de desenfreno para una juventud aburrida y anómica?

El globalismo y el libre comercio arruinaron nuestra agricultura y nuestra industria condiciones que impuso la UE a la España de Felipe Gonzalez para permitirnos la entrada en un club donde nunca debimos entrar al menos en esas condiciones. La siderurgia y la industria pesada han desaparecido de nuestro país, carecemos de instalaciones energéticas suficientes que hacen que el precio de la luz sea insoportable y que debamos comprar el suministro a Francia mientras se demoniza la energía nuclear que nos alimenta desde allí a precios sobredimensionados y además en cuyo recibo nos imputan varios conceptos ajenos al consumo: impuestos sobre impuestos.

La agricultura española está arruinada por culpa del libre comercio siendo como somos al menos en teoría un granero fundamental para Europa, no solo entran naranjas marroquíes o de Sud Africa sino frutas tropicales que hacen la competencia a la fruta y verdura española cuyos precios en origen señalan hacia la destrucción de todo el sector agrícola de nuestro país. Os aseguro que se puede vivir sin comer kiwis, bananas de Costa Rica, mangos, papaya, aguacate y otras frutas exóticas.

Una de las cosas positivas que ha traído la pandemia es que nos hará repensar esta dependencia no solo industrial sino alimentaria de otras latitudes y es por eso que algunos pensadores como Mencius Meldbog proponen un aislacionismo hemisférico Norte-sur y este-Oeste) ante la evidencia de que el globalismo ha muerto por el coronavirus.

Lo cierto es que el aislacionismo no es una idea nueva, algunos países aun lo practican: Irán, Corea del Norte o Cuba son buenos ejemplos, si bien con distinta suerte y siempre en relación con regímenes totalitarios. China es una excepción tratándose de un país comunista que ha entrado en el juego neoliberal ciertamente mejorando mucho la situación de sus ciudadanos gracias a una política salvaje capitalista bien combinada con aspectos autoritarios de control de su población. Un amigo mío que hizo ciertos negocios en China solía decir «En China todo es posible pero mariconadas ni una», refiriéndose precisamente a esta combinación de las ideas comunistas con las capitalistas.

También es cierto que el aislacionismo radical no existe: Corea del Norte extrae su tecnología de China y Rusia, Irán lo extrae de China a cambio de petróleo (aunque lo tiene bloqueado por las sanciones de EEUU) y si nos retrotraemos a nuestro país, es un hecho confirmado que el despegue económico de la España franquista fue gracias a ese aislacionismo que tampoco era radical gracias a las relaciones bilaterales con EEUU que instaló aquí sus bases militares. El despegue económico de Alemania tras la II guerra mundial también es un ejemplo de progreso económico (el milagro alemán) aun estando tutelada por los aliados y de alguna manera castigada por su papel bélico anterior,

El aislacionismo protege a los países de influencias nocivas en sus tejidos sociales. Gran parte de la animadversión de los países árabes a occidente se debe a su rechazo de las formas de vida occidentales incompatibles con su tradición y su mentalidad. Los roles de genero occidentales no encajan en su concepción del mundo y hacen bien en preservarlos pues no se trata de una guerra entre progreso y barbarie, sino de una guerra entre globalización y soberanía. Ser esclavo o ser amo de tus propias decisiones y destino, en eso consiste el enfrentamiento.

Existen en la historia muchos ejemplos de países que en un momento determinado optaron pos el aislacionismo, uno de ellos es Japón a través de lo que llaman el Sakoku,un periodo de 220 años de aislacionismo bajo el cual el comercio y el trasiego de personas en Japón se hizo extremadamente limitado. Del mismo modo China anduvo también aislada del mundo hasta que los ingleses entraron a saco en la guerra del opio. El temor a las influencias extranjeras está hoy presente en muchas comunidades y gobiernos y no cabe duda de que ese temor está bien justificado pues la penetración extranjera suele llevarse a cabo de forma gradual y a través de pequeños cambios casi imperceptibles. No cabe duda de que en España la penetración extranjera tuvo lugar en las playas mediterráneas a través del turismo. El primer bikini que vi fue a principio de los años sesenta. En 10 años acabó por imponerse en todas las playas. Naturalmente podrá decirse que este ejemplo es inocente pero es una pequeña anécdota para comprender que lo que hoy se vive en Magaluf en Mallorca seria imposible de contemplar en los años de mi adolescencia, solo que una cosa lleva a la otra y siempre en la dirección de los planes de ese capital que carece de escrúpulos y de compasión.

No son solo los bikinis los responsables del cambio, sino las películas y la industria del cine, la ropa, los gustos de los jóvenes, su manera de divertirse, el alcohol y el culto por las drogas, las ideologías de izquierda, el feminismo, la liberación de todas las sexualidades disidentes, la música y la literatura y ahora Internet con su oferta de pornografía y sexo gratis. No cabe ninguna duda de que el aislacionismo es una cura para todos estos estímulos supranormales que tienen un coste adicional en nuestra salud mental, la cohesión ciudadana y el bienestar.

La globalización no cambia solo las costumbres o la vestimenta, cambia también los valores. Vale la pena ver «El ultimo samurai» de 2003 para comprender como el Japón tradicional perdió la batalla contra el capital global perdiendo de paso su esencia. Lo que cambió fue la mentalidad de las personas: el honor, la lealtad, la autenticidad, el patriotismo. la devoción a la familia, el respeto hacia la mujer, la vergüenza como inhibidor social, el patriotismo, el culto religioso o a los antepasados fue progresivamente sustituido tanto allí como aquí por valores impersonales como la empatía, el respeto impostado por el medio ambiente, el libertinaje, el divorcio y el aborto sin culpa, la poliginia y la promiscuidad, el porno manga o o la tolerancia frente a cualquier disidencia. Valores que esconden una indiferencia absoluta frente a los demás.

No cabe duda de que el globalismo ha sabido construir una nueva subjetividad humana, que algunos han llamado la sociedad del rendimiento que es la cara de otro tipo de sociedad,  la del cansancio, al haber sustituido lo de dentro con lo de afuera haciendo coincidir al perpetrador con la víctima y no cabe duda de que el ciudadano globalizado es su propio explotador y su propia víctima.

El éxito de esta programación mental está en haber sabido presentar como una liberación o emancipación lo que en realidad es una nueva esclavitud. Pocas personas adictas al low cost son conscientes de que los precios que pagan por artículos prescindibles como la ropa, los viajes o artefactos industriales o tecnológicos tienen como contrapartida no solo el paro y los bajos salarios en su país sino también una enorme bolsa de sufrimiento en otros lugares del mundo por no hablar de nuestras basuras y plásticos que o bien son derramadas en el mar o sumergidos en enormes montañas de basura en Africa u otros lugares.

Probablemente sea el viaje el articulo de consumo más querido por los esclavos globalistas. Ellos disfrutan con poder pasar sus vacaciones en lugares exóticos, en la otra parte de los hemisferios, cuanto más lejos se viaja más atractivo es el viaje sin caer en la cuenta de que eso que ha venido en llamarse «desarrollo o consumo sostenible» es incompatible con los viajes masivos de gente transitando de aquí para allá. Son pocos los que caen en la cuenta de que «sostenible» significa que sobra mucha gente y es por eso que decir genocidios masivos es lo mismo que globalismo. Al capital global le sobran los ancianos, los enfermos, los discapacitados, pues estos apenas consumen y no hacen más que consumir recursos y les faltan inmigrantes pobres que trabajen por comer. Lo hemos visto recientemente en los fallecidos por el coronavirus en las residencias de ancianos: la población más vulnerable a cualquier ataque global. Y no cabe duda de que la pandemia es un ataque global sin prejuzgar su intencionalidad, basta con observar sus resultados. Cum hoc ergo propter hoc.

Pero además hay una contradicción. ¿Qué ha hecho el globalismo por nosotros los españoles durante la pandemia? Ni ha hecho nada ni es posible esperar nada a pesar de que el nuestro es uno de los países más entregados al culto globalista. Como era de esperar todo lo que se ha hecho y se hace es debido al Estado y a sus instituciones sin olvidar las donaciones de verdaderos prohombres y de la solidaridad de los ciudadanos.

Mi utopía es aislacionista, es decir soberanista.

Naturalmente el aislacionismo que propone Mencius Meldbog permitirá el comercio. Compraremos lentejas a Cuenca, fresas a Huelva y cerezas a Extremadura. Venderemos naranjas, manzanas, ciruelos y peras a todo el país y fuera de nuestras fronteras con aquellos países con los que mantengamos relaciones comerciales. El vino de Rioja, o el de Ribera del Duero o el aceite de Jaen serán nuestras cartas de presentación y pagaremos aranceles allí donde no alcancen nuestros acuerdos de comercio. No pasa nada si los japoneses no pueden beber Riojas, ellos tienen el sake pero yo prefiero el Rioja, no pasa nada si no podemos beber el vino francés o la cerveza holandesa.

Alguien puede creer que en un mundo donde el viaje entre hemisferios se interrumpiera la próxima semana, y permaneciera interrumpido durante años, décadas, siglos … ¿Sería  un desastre? No, en realidad estaría bien. Ni siquiera cambiaría mucho la vida de la mayoría de las personas.

Mi utopía es conseguir un país autosuficiente y estar preparados para la próxima pandemia que obviamente volverá a aparecer, pero si lo hace espero que sea con las fronteras bien cerradas tanto por tierra, mar y aire.