La felicidad canalla

Decía Marco Aurelio en uno de sus aforismos que «lo que es bueno para el enjambre es bueno para la abeja», pero no es cierto pues enjambre y abeja, grupo e individuo pertenecen a dos niveles bien distintos de definición. Es por eso que existe la ética que es individual y la moral que es grupal. A lo que hay que añadir la política que es la razón del sujeto politico, es decir del Estado.

Lo que nos lleva a contradicciones permanentes entre la ética individual y la moral del grupo y también, la razón de Estado que nos gobierna y que frecuentemente vampiriza a las otras dos agencias.

Dicho de otro modo: lo que es bueno para el individuo puede ser letal para el grupo y viceversa. Marco Aurelio estaba equivocado pues no sabía que la moral había evolucionado para controlar la conducta de los demás y no la propia y que la ética era sobornable, tampoco sabia que el Estado puede ser letal tanto para los individuos como para los grupos. Es por eso que cuando un problema se moraliza se acaba demonizando al adversario.

Pues el grupo quiere uniformidad y el individuo quiere singularidad. Frente a ellos el Estado acaba depositando su elección en uno de los bandos, delegando y privatizando su posición, como hoy hace con el feminismo, las leyes LGTBi o las cesiones al nacionalismo.Los «chiringuitos» no son sino franquicias del Estado, allí donde el Estado no quiere estar sino apoyándose en agentes moralizantes que tratan de derribar los argumentos del contrincante.

Un ejemplo que viene a cuento sobre estas cuestiones lo podéis ver en este video donde Carlos Madrid aborda dos de los problemas ético-morales de nuestros Estados del bienestar, me refiero al aborto y a la eutanasia, dos temas que no han sido resueltos de una forma bioética por ninguno de los bandos en confrontación. Ambos están equivocados y lo están porque no significa nada ni el «derecho a la vida» pues el derecho solo puede ser positivo, es decir alguien te tiene que conceder el derecho a algo (el Estado) ni el derecho de la mujer a disponer de su cuerpo, pues nadie puede ser dueño de su propio cuerpo pues el cuerpo es precisamente el sujeto. Ambos se baten en una discusión sin fin sobre el tema del aborto en el que el Estado ya metió su mano en tiempos de Zapatero y que ahora parece que van a meterse con el tema de la eutanasia, donde se abusa de otro concepto abstruso: la muerte digna, ¿qué significa la muerte digna?. Vale la pena ver el video para saber de qué estamos hablando y la posición del materialismo filosófico de Gustavo Bueno en estas cuestiones.

El retorno de las Ménades

Dioniso era hijo de Zeus y de Semele, era por tanto un Dios inmortal, se le conoce con el nombre de «nacido dos veces», pues nació una vez de mujer y otra de hombre, pues Semele su madre murió cuando Zeus la mató con su rayo olímpico al dejarla deslumbrada y se incrustó al feto en uno de sus muslos hasta que estuvo listo para nacer. Fue criado y mimado por todas las ninfas a las que más tarde acabó poseyendo y pervirtiéndolas hasta el paroxismo. Posteriormente estas ninfas constituirían su séquito acompañándole constantemente en correrías, juergas y orgías. No en vano Dioniso es el Dios del sexo y del vino. Los romanos le adoptaron con posterioridad y le llamaron Baco y a sus acompañantes las Bacantes, aunque de alguna forma blanquearon el costado místico que acompañaba al Dios griego dejándole solo con el gobierno del vino y ese estado mental que llamamos embriaguez.

En realidad las Ménades son el alter ego de Dioniso, su parte femenina por así decir. Cada vez más femenina a medida de que iba helenizándose su cuerpo y su representación puesto que en realidad Dioniso no es un Dios griego sino tracio o frigio. Se trata de un coro de acompañantes que en su multiplicidad ocultan precisamente esa dualidad del Dios. Un protagonista múltiple es un recurso que podemos observar aun en nuestros sueños, en el mito representan la multiplicidad de voces de la conciencia aunque suelen operar de modo coordinado y coherente como una sola mujer.

Tal y como conté en un post anterior, los héroes y dioses de la mitología griega tienen múltiples caras y de ellos hay versiones diversas, pareciera como si esos protagonistas se fueran adaptando a culturas diversas y concretas. A veces un héroe está repetido y aparece con distintos nombres aunque su gesta sea similar. Otras veces el héroe tiene un opuesto, en este caso el opuesto terrestre a Dioniso es Orfeo aunque el opuesto celestial de Dioniso, su antagonista sea en realidad Apolo. De ahí la dialéctica eterna entre lo apolíneo y lo dionisíaco que me parece más acertado que hablar de contrarios en el caso de lo masculino y lo femenino.

Lo que caracteriza a las Ménades es su furor ctónico, su furor homicida, su crueldad y su amoralidad. Sus victimas son sobre todo niños, aunque su maldad mas conocida es la que ejercieron sobre Orfeo, un Dioniso bueno y apolíneo (era hijo de Apolo y Calliope), tan bueno era que incluso bajó al Hades a rescatar a su esposa Euridice. Quizá las menades sintieron celos de ese amor conyugal y terminaron despedazándole.

Ménade significa «las que desvarían» es decir se trata de mujeres inducidas precisamente por Dioniso a una especie de locura mística, un frenesí sangriento, una descomunal voracidad sexual y una incapacidad total para adquirir la compasión o como diríamos hoy la empatía que se le supone a cualquier mujer al menos con los niños.  Las Ménades son personajes terribles, histéricas en un grado psicótico, malvadas, exaltadas e ignominiosas. Las ménades son la naturaleza en estado bruto, la expresión de una locura primigenia, lo telúrico. Las ménades son la mujer antes de tener ojos para ver la belleza, la virtud y la cultura. Ese invento del patriarcado.

Las Ménades y en realidad todas las particularidades sanguinarias de las mujeres han sido reprimidas constantemente por la sociedad, las religiones, y los regímenes políticos y es bien sabido que el destino de lo reprimido es volver en forma de tragedia. Según Nietzsche, en la visión trágica del mundo, vida y muerte, nacimiento y decadencia de lo finito se encuentran entrelazados.

«El hundimiento de lo finito no significa la aniquilación total, sino la vuelta al fondo de la vida de donde surge todo lo individualizado. El pathos trágico se fundamenta en el saber de que todo es uno. Vida y muerte se encuentran profundamente hermanadas en un movimiento rotatorio misterioso; cuando una sube, la otra tiene que bajar; unas figuras se forman al romperse otras, cuando algo sale a la luz, otra tiene que hundirse en la noche. Pero la luz y la noche, la figura y la sombra, etc son sólo aspectos de una y la misma ola de la vida. El camino arriba y abajo es uno y el mismo, había dicho Heráclito exponiendo este tipo de sentir trágico. En la tragedia de los griegos, Nietzsche, cree descubrir la antítesis entre peras (lo finito) y apeiron (infinito), es decir, entre ser finito destinado a la aniquilación que se hunde en el fondo de lo infinito que hace surgir de nuevo otras figuras. Pues bien, a este vaivén entre lo finito y lo infinito lo denomina Nietzsche como la contraposición entre lo apolíneo y lo dionisíaco». (Extraido de esta web)

Niestzche nos lo contó en este libro en el que dedicó mucho tiempo a explicar las relaciones entre lo trágico, Dioniso y sus Ménades y las alternancias históricas entre los apolíneo y lo dionisíaco que como el día y la noche se suceden constantemente.

El infanticidio.-

El infanticidio ha sido practicado en todos los continentes y por gente de todos niveles de complejidad cultural, desde los cazadores nómadas hasta nuestros propios ancestros. Más que una excepción, ha sido la regla. (Williamson).

Dicho de otra manera, el filicidio es natural.

Aunque para nosotros sea hoy considerado como un delito de esos abyectos por incomprensibles no deja de ser natural, pero todo lo natural no es bueno como sostiene la falacia naturalista. Pues la naturaleza es fascista y no puede psicologizarse. El filicidio puede ser llevado a cabo por mujeres o por hombres, pero se considera que es más frecuente en mujeres, por la misma razón que el femicidio es más frecuente en hombres, pues cada uno solo mata a aquel que por su incapacidad física o dependencia puede ser asesinado. Tratar de explicar los casos puntuales que vamos conociendo por la prensa es una tarea imposible. ¿Qué es lo que impulsa a una madre (o padre o ambos) a deshacerse de un recién nacido? Podemos explicarlo psicológica o socialmente pero siempre resultará infructuoso. La naturaleza se resiste solo puede ser dominada, domesticada.

La pregunta a esta hora parece ser la siguiente: ¿Vivimos hoy en una época apolínea o dionisíaca?

Dejo al lector que analice esta creencia que ya es una consigna social: «El género es una construcción social». ¿Qué opina usted, se trata de una creencia apolínea o dionisíaca?

Obviamente es una hipertrofia de lo cultural y lo biológico, lo natural parece haberse desvanecido. Si adjudicamos a esta creencia el vector cultural de nuestro tiempo concluiremos que estamos en modo apolíneo. Ahora atienda a esta otra frase recientemente emitida por una feminista que es además profesora: «¿Qué pasaría si castráramos a todos los niños varones al nacer»? Esta posición es desmembradora y por tanto podría ser asumida por cualquier ménade moderna aun solo planteándola como un dilema mental.

La negación de la naturaleza lleva consigo un peaje de retorno de lo reprimido, de caos y desorden pero esto no es lo peor de nuestro tiempo: lo peor es que lo dionisiaco se disfraza a veces de ley apolínea lo que garantiza que lo recto no se imponga sobre la oscuridad y la sombra. Lo apolíneo nació para dominar la naturaleza y si no es posible para domesticarla pero no está preparado para ser sustituido solo por la apariencia de lo moral. El orden (cultura) divorciado de lo que se intenta ordenar (naturaleza). O peor, un orden que niega lo que pretende ordenar.

Dioniso siempre tiene a sus ménades disfrazadas para hacer la guerra sucia.

Bibliografía.-

El nacimiento de la tragedia de Frederich Nietzsche.

Williamson, Laila (1978), «Infanticide: an anthropological analysis», Kohl, Marvin, ed., Infanticide and the Value of Life, NY: Prometheus Books.