Patria

Este post contiene spoilers, es decir revela datos de la trama de la novela citada, el lector no deberá seguir adelante con la lectura del mismo si planea leerla.

La patria es incierta (Virgilio)

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«Patria» es una palabra ambigüa: es de género femenino y masculino a la vez. De ahi viene el concepto «madre patria», el concepto de «patriarcado» y el concepto de «paternidad» al que se refiere Virgilio para señalar la incertidumbre  del linaje masculino de la descendencia. Una ambigüedad que es precisamente la que podemos leer en «Patria», la novela de Fernando Aramburu, publicada en 2016 pero que ha recibido el premio nacional de narrativa este año 2017.

Se trata de una muy buena novela que aborda numerosos temas, más allá del conflicto entre ETA y el Estado en aquellos años de hierro que precedieron al abandono de la violencia por parte de la banda armada en 2011. Una novela de esas que enganchan y que contienen sabores y olores, sabor a anchoas y pescado y sobre todo mucha humedad, como en Lovecraft. Y que recuerda mucho a otra novela importante, la de Kundera, «La insoportable levedad del ser».

Y la recuerda sobre todo por sus personajes, unos personajes absolutamente creíbles que oscilan entre el peso y la levedad, entre la amoralidad y la hipermoralidad, entre la beatería y la lucha armada, entre San Ignacio de Loyola y Josu Ternera.

La novela transcurre en un pueblo de Guipuzcoa, esos lugares donde todo el mundo se conoce, que tienen carnicería, panadería y taberna con hucha de solidaridad para los presos. Esos lugares asfixiantes por más que nosotros mantengamos la idealización de que la vida rural es muy superior a la que llevamos en las grandes urbes. Es lógico, al fin y al cabo si nos remontamos dos o tres generaciones, solo hallaríamos entre nuestros ancestros a campesinos, esos que huyeron de los campos desolados de España buscando trabajo y una vida mejor. Pero lo cierto es que más allá de la idealización la vida en esos lugares es invivible y se encuentra contenida por un enorme muro: el del control social, una mitad controlando lo que hace y piensa la otra mitad: no es de extrañar que en esos lugares la vergüenza sea la emoción más frecuente, pues la vergüenza es una emoción que señala hacia una cultura etnocéntrica y la hipermoralidad (moral overdrive) una de las cartas que juegan las personas comunes para obtener rango y la confiabilidad. Ser «como los demás», «estar pendiente de lo que otros piensen» es la forma de adquirir reputación de abertzale, en ese lugar es la mejor forma de sobrevivir,  eso o huir.

En «Patria» hay personajes que huyen como Nerea y Xavier, otros se quedan como Miren y Joxian y otros que vuelven como Bittori, pues regresar es también una forma de llegar. Otros encarcelados como Joxe Mari y otros muertos como el Txato.

«Dramatis personae».-

Patria es la historia de dos familias vecinas y rotas por la política, antes de eso amigas ellas: Miren y Bittori, ambas amigas desde la infancia y beatas que se plantearon hacerse monjas en la juventud, casadas ambas con Joxian y el Txato. Y amigos ellos: Joxian y el Txato, compañeros de mus y de equipo ciclista, amigos con favores no devueltos y ambos dominados por sus esposas y ese matriarcado que domina la escena y que no es solo cosa del Pais vasco, un matriarcado que es la correa de transmisión intergeneracional del odio del que los hombres huyen al refugio de la taberna. Juntos siempre hasta que la política les separó, pues el Txato es un empresario de transportes, un hombre -al decir del pueblo- rico con algunos empleados decididos a denunciarlo a través de sindicatos abertzales. Hasta que ETA comienza a exigirle el impuesto revolucionario y con él la exclusión de todo el pueblo que no sólo le dedica pintadas y escraches sino que al final consiguen señalarlo como blanco para ETA. Un pueblo lleno de chivatos y delatores, venganzas movidas por la envidia y ajustes de cuentas ocultos.

Y nadie quiere saber nada de política, pero si de la liberación del pueblo vasco, un mantra que repiten todos o casi todos, sin tener ni idea de qué significa eso.

Miren y Bittori, son dos personajes con peso, tozudas, dominantes, con una robustez mental a prueba de bomba. Miren, la madre de Joxe Mari que entró en ETA por una querencia épica, sin haber trabajado nunca, sin saber apenas euskera, sin haber oido nunca la palbra «te quiero» de boca de su estrecha novia Josune; movido por ideales que apenas sabe mencionar descontando las consignas. Mucha testosterona y pocas luces. Bittori empeñada en saber quién mató a su marido y que quien fuera que le pida perdón. Ambas mantienen conversaciones con entidades abstractas, Miren con San Ignacio, otro gudari y Bittori con su marido al que visita a diario en un cementerio alejado de su pueblo para que no le hagan pintadas en la lapida.  Allí va Bittori a diario para contarle las novedades de su investigación.

Joxe Mari es el hijo de Joxian y Miren, estuvo implicado en la muerte del Txato, no directamente pero si a través de su comando, alguien de su pueblo lo señaló y él a pesar de su dureza no fue capaz de asesinarlo cuando éste le reconoció. Joxe Mari es otro personaje con peso, de una pieza por así decir, sin matices, del lado duro de la organización. Cumple una larga condena y al final abandona la organización, cuando el cautiverio le ablanda lo suficiente, pierde el pelo y su masa muscular y se convierte en una sombra de lo que fue y una nueva víctima más de este relato, una víctima que lo es por victimizar. Lo que le mantuvo atado a ETA fue, -como no- la vergúenza, el qué dirán los compañeros. La vergúenza una vez mas, una sobredosis de moralina recorre estas familias.

Si hay en la novela un personaje abstruso y leve es sin duda Nerea, la hija pequeña de Bittori y el Txato, un personaje amoral que militó en Herri Batasuna y que por vergüenza no acudió al entierro de su padre, no quería que la relacionarán con él, guardó el secreto durante sus estudios de Derecho en Zaragoza y lo mantuvo frente a los innumerables amantes que tuvo. Hija de su padre, y con una relación espesa con su madre, tiene el costado económico bien cubierto porque su padre se empeñó en protegerla del enrarecido ambiente de su pueblo y la mandó a estudiar fuera. Nerea es el personaje que peor me cayó en esta novela, su deslealtad y su falta de moralidad encuentra su perfecto contrapunto en el peso -personajes de una pieza- del resto de personajes de la novela: esos que se mueven por ideales que otros dispusieron para ellos sin descontar al infame cura D. Serapio asesor de conciencias abertzales. Y que nunca han tenido sexo, ni conocen el amor, esos que se saltaron todas las etapas de la adolescencia por andar metidos en ese desatino de la lucha armada. Inconsistente también es su hermano médico – Xavier-, enmadrado hasta el paroxismo y que pareciera que hubiera llevado a cabo un voto de castidad, tan protector de su madre y dependiente del coñac. Xavier no se casará, ya no.

Gorka y Arantxa son los dos hermanos de Xose Mari, ambos huyen del pueblo pero con distinta suerte. Gorka es un poeta que domina el euskera y es lo suficientemente inteligente para esconder en aquel entorno su homosexualidad del resto del pueblo, quien le reconoce como «uno de los nuestros» por ser hermano de Joxe Mari, además su dominio del euskera le sirve de salvoconducto social y al final encuentra el amor de la mano de Ramón, con el que termina casándose. Gorka es un personaje evitativo, tímido, cabizbajo que logra sintonizar con el lector, al fin y al cabo es también un superviviente de su madre y de su entorno y ha salido sin demasiadas heridas del mismo.

Arantxa es probablemente el personaje más enternecedor y corajudo de la novela a pesar de su desgraciado matrimonio y de su invalidez a causa de un ictus. Desde su silla y su ipad es la que consigue acercar a todos, tramando encuentros con Bittori y escribiendo y forzando a Joxe Mari a dar una respuesta a las preguntas que encienden el corazón de Bittori. Es el personaje central de la novela, el único humano con dignidad que ni se considera una víctima ni odia a nadie. Al fin y al cabo «nosotros no somos politicos.»

Mi impresión final es que había leído una gran novela, que probablemente no sirva para operar como bálsamo ni para las víctimas ni para los verdugos que sacrificaron su vida por una utopía sin sentido o quizá para un negocio oculto.

Pero que a mi personalmente me ha llegado en forma de una luminosa idea: ninguna patria vale la muerte de un gato.

Pues es el gato de Bittori el que muere como una metáfora de la decadencia, la derrota y la enfermedad de la propia Bittori.

Y de todos los demás.

 

Conflicto y soluciones paradójicas

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La intención paradójica es una estrategia bien conocida por los psicólogos de base comunicacional como los que surgieron de la escuela de Palo Alto en los 70. Ya era conocido que los humanos nos resistimos a cambiar de opinión, a sopesar otras posibilidades vitales y sobre todo a comprender otros puntos de vista. Freud llamó «resistencia» a una especie de armadura que nos permite salvaguardar nuestras percepciones, ideas o creencias a salvo de las opiniones ajenas. Y que tendemos a rodearnos de personas que piensan como nosotros y a demonizar moralmente a los que piensan de forma contraria.

Fue un psiquiatra bien conocido por todos nosotros –Victor Frankl- el primero en utilizar la terapia de forma paradójica. Frankl, antes de su deportación a Auschwitz fue psiquiatra en un Hospital de suicidas en Viena donde a partir de su penetrante estilo observacional comenzó a tratar a sus pacientes con una técnica poco convencional, en lugar de apiadarse de sus pacientes y sus quejas solía plantearles dilemas de claro estilo paradójico. Por ejemplo solía preguntar a los pacientes más recalcitrantes ¿Y a usted que le induce a seguir vivo? «Si, yo estuviera en su lugar ya me habría decidido».

Naturalmente esta pregunta es desconcertante para un psiquiatra convencional pero introducía en el paciente una duda ¿Y si mi plan de suicidio no es más que una solución radical extrema? «Al fin y al cabo tengo familia, tengo algunas cosas que preservar».

Las intenciones paradójicas son una herramienta psicologíca que también se utiliza en psicología social. Parte de la consideración de que para neutralizar una actitud negativa no hay que tomar una solución clarifinante (muerto el perro se acabó la rabia) sino que a veces la oposición de una idea de signo contrario no hace sino enquistar el conflicto o hacerlo más radical. Algunos autores proponen tanto en la clínica como en los grupos sociales lo que definen como modelos de intervención paradójica y que consisten en 1) delimitar a quien va dirigido el mensaje, usualmente a los que proponen soluciones duras (los halcones) o los equidistantes y 2) Invitarles a seguir radicalizando sus posiciones y 3) Atribuir esta necesidad de radicalidad a cualquier otra cosa que no esté bajo el control del halcón. Por ejemplo invitar a un grupo radical a seguir siéndolo y a no ceder un palmo de terreno en aras de un beneficio a toda la comunidad, mantener un ejército poderoso por ejemplo.

Usualmente llamamos conflictos irresolubles a aquellos que se mantienen en forma de opiniones y actitudes polarizadas y bastante extremas, un ejemplo es el conflicto palestino-israelí, un conflicto que parece no tener fin y que separa a ambas comunidades en una especie de jaula ideológica que tiende a mantener las posiciones iniciales de forma perpetua. Gran parte de estos conflictos se deben a la convicción de ambas partes de tener razón, un ethos de la guerra, es decir en estar investidos de una superioridad moral que deja a los contrincantes en una especie de limbo moral. El nosotros-ellos es la variable critica de este tipo de conflictos que solo pueden resolverse a través de la ecuanimidad.

La ecuanimidad es la capacidad de poder integrar la parte de razón que tienen los que piensan de una forma distinta a la mía. No es neutralidad o equidistancia como se llama ahora, sino una posición ética que no renuncia a las creencias propias. El ecuánime se manifiesta pero es capaz de dialogar con aquellos que sostienen ideas o creencias bien distintas a la suya. El neutral simplemente se protege para no ser alcanzado por el fuego cruzado.

Acaba de publicarse un articulo del cual he extraido algunos párrafos porque se trata de un estudio de campo que se llevó a cabo precisamente en Israel inmediatamente antes de las ultimas elecciones. Los autores aseguran que su intervención hizo que los halcones perdieran en favor de las palomas y que más que eso: se cambiaran algunas actitudes creenciales con respecto al adversario y que este cambio fue permanente en el tiempo. Dejo aqui el articulo en cuestión para que el lector pueda leer los detalles de esa investigación

En las sociedades involucradas en un conflicto insoluble, existen fuertes barreras sociopsicológicas que contribuyen a la continuación e intratabilidad del conflicto. Basado en un estudio de campo único realizado en el contexto del conflicto israelí-palestino, ofrecemos una nueva vía para superar estas barreras al exponer a los participantes a una campaña de intervención paradójica a largo plazo que expresa ideas extremas que son congruentes con el espíritu compartido de conflicto. Los resultados muestran que la intervención, aunque contraintuitiva, llevó a los participantes a expresar actitudes más conciliatorias con respecto al conflicto, particularmente entre los participantes con orientación política de centro o derecha. 

Más importante, la intervención incluso influyó en los patrones reales de votación de los participantes en las elecciones generales israelíes de 2013: los participantes que estuvieron expuestos a la intervención paradójica, que tuvo lugar en las proximidades de las elecciones generales, informaron que tendían a votar más por partidos moderados, que abogan por un resolución al conflicto. 

Con base en estos resultados, proponemos una nueva capa para la teoría general de la persuasión basada en el concepto de pensamiento paradójico. Los participantes que estuvieron expuestos a la intervención paradójica, que tuvo lugar en las proximidades de las elecciones generales, informaron que tendían a votar más por los partidos moderados, que abogan por una resolución pacífica del conflicto. Estos efectos fueron de larga duración, ya que los participantes en la condición de intervención expresaron actitudes más conciliatorias cuando fueron reevaluados 1 año después de la intervención. 

Dicho de otro modo: no se puede combatir la irracionalidad desde otra irracionalidad de signo contrario, tampoco sirven las soluciones racionales porque carecen de la potencia emocional de lo irracional. De modo que solo nos queda una solución para enfrentar la irracionalidad: a través de una irracionalidad extrema pero del mismo signo.