La falacia de la igualdad

palozanahoria

Casi todas las palabras que terminan en castellano en “dad” tienen algo en común entre ellas. No existen materialmente, se trata de abstracciones, de ideas o ideales, pues ideas, ideales o ídolos poseen la misma raiz etimológica, el “eidolon”, es decir el espectro. Pero esta característica tiene sus excepciones: por ejemplo la palabra “corporeidad” es una cosa, algo material. La corporeidad no es un intangible como la palabra “libertad”, “igualdad” o “felicidad” siendo como es una abstracción, sin embargo es una abstracción sensorial, no cognitiva. Se trata de otro nivel de definición, en este caso la corporeidad seria ese doble cuerpo que como un papel de celofán recubrirá el cuerpo material duplicando su anatomía, si bien sin seguir las mismas vias nerviosas que gobiernan nuestro cuerpo material.

La palabra “igualdad” por ejemplo contiene una falacia, pues se trata de una palabra polisémica (como sus primas) que tiene múltiples interpretaciones, tantas como individuos que las piensan. En realidad podríamos consensuar que “igualdad” significa similitud o parecido. Es algo que un niño de 6-8 meses ya ha descubierto: hay cosas que se parecen por su color, su tamaño o su forma y que pueden agruparse entre sí. Las similitudes entre los objetos nos atraen, del mismo modo aprendemos a discriminar (atención a este verbo!) sus diferencias: hay cosas distintas, bien en tamaño, color o forma.

De manera que aprendemos muy pronto a clasificar las cosas según sus similitudes o diferencias, pero la palabra “igualdad” va más lejos que esta comparación infantil entre objetos. El primer problema epistémico que se le presenta a un niño es la diferencia sexual. ¿Los niños y las niñas son iguales o diferentes?. ¿Un niño varón se parece más a su madre o  a su padre?

No hace falta que pregunten  a sus hijos, pues ustedes ya saben la contestación.

Pero “igualdad” como toda abstracción cognitiva, es decir del pensamiento va más allá y poco a poco -a medida que se aleja de lo comparativamente medible- va instalándose en lo imaginario. Podemos imaginar cada uno de nosotros la igualdad como queramos.

La mayor parte de los discursos feministas por ejemplo reivindican la igualdad entre hombres y mujeres pero cuando se les pide que concreten más sobre qué cuestiones faltan por igualar, la mayor parte de estos discursos tienden a regresar a los hechos conocidos de antaño, es como si concretar la palabra “igualdad” requiriera de un esfuerzo mental soreañadido a lo subjetivo que pocas veces es posible apresar. Un ejemplo de esta reinvindicación es el ejemplo de los sueldos, de las oportunidades y del acceso a ciertos puestos relevantes en la ciencia, la alta dirección o el mundo de las finanzas. ¿Cuantas mujeres directoras de Hospital existen hoy en dia?

El lector puede leer ahora este post donde precisamente se aborda esta cuestión. El artículo rechaza la idea de que un mayor número de mujeres médicas no es la variable crítica que nos puede señalar si existe o no existe discriminación en este terreno. Para el autor del mismo la variable critica es el acceso a puestos de dirección.

En ningún momento el autor se pregunta si las mujeres están interesadas en esos puestos, se da por hecho que lo están y que por el hecho de ser mujeres se ven constreñidas a aspirar a ellos. Es decir la medida que se utiliza para medir (si es que es posible) la igualdad es que las mujeres tengan la misma representación que los hombres en ciertas ocupaciones de prestigio, para este fin no sirven las profesiones de bajo nivel como por ejemplo los fontaneros. Pero la verdadera igualdad consiste en que cada cual aspire a lo que quiera más allá de las recomendaciones feministas. ¿No es cierto?

Esa es la verdadera igualdad, la que tiene en cuenta la libertad de elegir. Cuando una persona puede elegir -según sus preferencias- es cuando decimos que se ha alcanzado la igualdad.

En el servicio de salud mental de mi Hospital (mi servicio) hay un número muy parecido de hombres y mujeres (62-38%) irrelevante si se tiene en cuenta la edad media de su población (cercana a los 50 años). Sin embargo el numero de residentes de psicologia (PIR) o de psiquiatria (MIR) del año pasado (2016) se distribuye de la siguiente forma: mujeres 90% y hombres 10%). Dicho de otra manera las nuevas generaciones aportan más mujeres que hombres a la formación médica y a la psicología clinica. Y por cierto todos ganan el mismo dinero, al menos en la administración pública no existen esas diferencias que siempre salen en los medios como un mantra tendencioso y que casi siempre se refuta con datos.

Ahora bien, el sueldo en bruto que ganan unos y otros no es suficiente para medir lo que ganan hombres y mujeres. Hay que meter otras variables y la más importante es si tienen o no consulta privada. En mi servicio hay 9 psiquiatras-psicólogos hombres que tienen consulta privada y solo 4 mujeres. Obviamente en este sentido ganan más los hombres que las mujeres.

En mi servicio hay solo 6 personas que tienen el doctorado y los 6 son los mejores curriculos del staff. Todos son hombres. Las mujeres parecen poco interesadas en sus carreras una vez conseguida la propiedad de sus plazas, y si bien son igualmente competentes en su tarea, lo que destaca en ellas es su falta de ambición, dedicación, compromiso e iniciativa. Es lógico al fin y al cabo tienen sus familias, sus hijos y esta parece ser su actividad principal. Es la gran diferencia.

Sin embargo existe otra variable que aparece contradiciendo a la anterior, el indice reproductivo de los hombres es de 1,46. mientras que el de las mujeres es de 1,27. Dicho de otra manera, los hombres tienen más hijos que las mujeres (aunque ambos están muy por debajo de la media nacional).

Aunque la aptitud para trabajar (al menos de psiquiatra o psicólogo) es la misma en hombres y mujeres,  la actitud es bastante distinta: los hombres poseen más ambición y ponen más carne en el asador en sus respectivas carreras que las mujeres, a pesar de que las residentes femeninas de cualquier especialidad médica posean mejores curriculos durante su residencia. Todo parece indicar que más tarde se estancan o bien carecen de la motivación suficiente para seguir haciendo carrera, tengan muchos hijos o pocos.

La mayor parte de desigualdades en este terreno no proceden del sexo sino que proceden de razones económicas, la clase social de origen es más importante que el sexo. ¿Cuantas personas se ven determinadas a elegir trabajos que no les gustan simplemente porque sus padres no pueden costearles los estudios? Este problema afecta tanto a hombres como a mujeres y es la principal causa de discriminación. Otra razón que puede inducir a elegir erróneamente los estudios o las profesiones son las presiones culturales, sociales o parentales por seguir determinada tradición o para atender las necesidades de un pais en desarrollo por ejemplo.

Lo que casi nunca se tiene en cuenta es que no necesariamente la igualdad de oportunidades se traduce en una igualdad de resultados, dado que no todo el mundo puede hacer cualquier cosa, lo que debemos esperar cuando hablamos de “igualdad” es que de conseguirse una igualdad ideal entre todas las personas sus rendimientos y resultados volverían a introducir la diferencia.

Por otra parte la igualdad tambien debe perseguirse por abajo. ¿Por qué los hombres son casi mayoria en las profesiones de mayor riesgo? Bomberos, policias antidisturbios, desactivadores de bombas, conductores de autobuses o camiones, mineros, etc, junto con otras profesiones de no tanto riesgo como albañiles, fontaneros, electricistas, cristaleros, etc. ¿Por qué cuando se habla de igualdad se está pensando en los trabajos de élite, aquellos mejor pagados y con mayor estatus?

Lo cierto es que lo que muchas mujeres consideran una discriminación en realidad procede de la escotomización que hacen de las diferencias sexuales. La principal diferencia entre los cerebros entre hombres y mujeres procede de la selección sexual: los hombres aspiran al dinero, al poder y al estatus porque a las mujeres las fascinan los hombres poderosos, ricos, exitosos o influyentes. Esa es la verdad que no es cierta si se invierte: a los hombres no nos interesan esas cosas de las mujeres.

Los hombres se arriesgan, compiten entre ellos y muestran sus hazañas para obtener rango, pues sin algún tipo de rango carecerían de atractivo y lo saben. Y mueren en el intento: en nuestro pais los hombres muertos en accidentes de trabajo es muy superior a las muertas por violencia de género, es un dato que vale la pena repensar.

En mi opinión perseguir la igualdad es como perseguir una zanahoria que sostiene un jinete como reclamo para que el caballo siga caminando sin caer en la cuenta de que nunca la alcanzará. Más concretamente parece que a más igualdad más brecha de género, al menos en los rasgos de personalidad que intervienen en las elecciones y dedicación profesionales. Cuando las personas pueden elegir libremente, tienden a escoger profesiones de cuidado (las mujeres) y carreras técnicas los hombres. Y si siguen pudiendo elegir, las mujeres elegirán un trabajo que puedan compatibilizar con la atención a su familia y no tanto a esos trabajos de alta dirección que  ocupan gran parte del dia a los hombres.

Ninguna igualdad podrá conseguirse sin atender a las diferencias en los cerebros de hombres y mujeres y que no son sólo anatómicas sino funcionales y que implican diferencias en su personalidad, preferencias, gustos y conducta y también en sus estrategias reproductivas, familiares y concepción del bienestar a largo plazo.

Una falacia es algo que parece ser verdad pero es falso. Y la falsedad procede del uso ideológico de un concepto borroso como es este de la igualdad.

La paradoja es ésta: una pareja de la igualitaria Noruega tendría hoy más probabilidades de desarrollar rasgos de personalidad diferentes que una pareja que viva en una sociedad patriarcal africana. De manera que la brecha de género en personalidad no procede tanto de la opresión sino de la opulencia.

Bibliografía.-

Schmitt, DP.; Realo, A; Voracek, M; Allik, J. (2008) Why can’t a man be more like a woman? Sex differences in Big Five personality traits across 55 cultures. Journal of Personality and Social Psychology, Vol 94(1), Jan 2008, 168-182.

7 comentarios en “La falacia de la igualdad

  1. A la ‘opulencia’, en tiempos pasados, se la llamaba ‘lujo’; y ‘lujo’ significaba “exceso” y “prodigalidad”. Pero más allá de la igualdad por razones de sexo está la falacia de la igualdad -de la igualdad a secas- que, como toda bisutería, brilla y engatusa. El deseo de igualdad deviene insaciable a medida que la igualdad se hace más grande, aseguraba Tocqueville. Persiste en el hombre, decía él, un “gusto depravado” que le hace preferir la igualdad en la servidumbre a la desigualdad en la libertad. Iguales en la servidumbre mejor, sin duda, que desiguales en libertad. No hay libertad sin igualdad. ¡Suena -al menos en España- de lo más progresista! No así en los países europeos que sufrieron, durante décadas, la servidumbre igualitaria.

  2. En mi época de estudiante compartí tres años piso con una amiga que estudiaba farmacia. Le iba bien en los estudios (tenía una facilidad enorme para memorizar), pero ella siempre insistía en que, si su familia no la obligara a estudiar, lo que a ella le gustaría sería casarse con un hombre que ganara suficiente dinero, para que ella pudiera quedarse en casa y tener muchos hijos (“yo lo que querría sería ser una coneja”, decía literalmente). Durante sus años jóvenes, sin embargo, el tipo de hombres que le gustaban no eran, precisamente, los estudiosos y trabajadores, sino los tíos bien cachas y un tanto canallas, que la llevaban a mal traer; al final, eso sí, después de los disgustos que le provocó un torero portugués, decidió “sentar la cabeza” y se casó con un compañero de trabajo: un MIR (ella hacía entonces el FIR) que era exactamente todo lo contrario a lo que habían sido sus novios previos: buenazo, trabajador…, y nada espectacular físicamente.

    En los 25 años que han pasado desde entonces, él ha ido ampliando más y más su carrera profesional, siguiendo un guión bien conocido entre los médicos: tras asegurarse la plaza en la sanidad pública, abrió también una pequeña consulta privada que fue ampliando, más y más, hasta que la clientela de ésta fue tan numerosa y tan fiel que le compensó pedir la excedencia en la pública y dedicarse por completo a la privada. Mientras tanto, su esposa se limitó a seguir en el hospital público en la misma plaza que tenía: cumple con su horario lo menos mal que puede y luego se dedica a lo que le gusta, que es la familia (no ha tenido los doce hijos que quería tener, pero al menos ha tenido cinco, que no está nada mal en estos tiempos).

    Creo que cualquiera que tenga cierto contacto con los profesionales de los hospitales reconocerá bien esta historia: los dos son trabajadores exactamente igual de cualificados al principio…, pero él centra su vida en la profesión (cualificándose más y más, abriendo una consulta privada, etcétera), en tanto que ella entiende el trabajo sólo como un soporte económico y prefiere centrarse en su vida privada. Ahora bien, ¿Esto es así porque lo imponen los hombres, porque ellos prefieren trabajar doce horas al día en vez de estar en su casa ocupándose de su familia? ¿O somos nosotras las que, en la mayoría de los casos, preferimos disfrutar el mayor tiempo posible de nuestro hogar y estamos encantadas de disponer de maridos que se desloman a trabajar para aumentar los ingresos familiares? ¿Quién sale más beneficiado con este reparto de tareas: ellos o nosotras? ¿Sólo es una cuestión cultural…?

    Ahora que los niños son mayores, por cierto, mi amiga dispone de muchísimo tiempo libre, y le ha cogido gusto a las redes sociales. He ido a mirar su “facebook” y me ha sorprendido la cantidad de mensajes feministas que repite: a las mujeres –dice una y otra vez– no nos tratan igual que a los hombres, nos pagan menos, nos ponen obstáculos para progresar profesionalmente…

    Ver para creer.

  3. En realidad tengo entre mis conocidos, incluso, la historia sólo aparentemente contraria. Aquí está implicada una encargada del laboratorio de anatomía patológica en el gran hospital público de cierta capital de provincia. Pronto complementó su cargo en la SS con la apertura de un laboratorio privado, que creció hasta tener el monopolio virtual de estos menesteres en la ciudad. El marido, por el contrario, es un “profe de insti”, con unos ingresos oficiales muy inferiores a los de ella… Sin embargo, este aparente contraejemplo no es tal, porque en realidad el marido, aunque está licenciado en matemáticas, es el que de hecho dirige el laboratorio privado: para ello, desde hace muchísimos años ha conseguido que sus clases en el instituto sean en el grupo “nocturno”, lo que le permite pasar todo el día en el laboratorio, vigilando atentamente a los técnicos y auxiliares (que son los que realmente hacen el trabajo); la titular se limita a firmar, que para eso es quien tiene la titulación oficial necesaria. Los ingresos, naturalmente, van en beneficio del conjunto de la familia, y a nadie sensato se le ocurriría preocuparse por quien es el que nominalmente los gana.

    Yo misma, en fin, puedo ser un buen ejemplo de cómo nos “escaqueamos” las mujeres para eludir esos cargos de responsabilidad que suponen problemas y horarios inacabables. Además de la licenciatura con la que oposité a “profe” de secundaria, tengo una licenciatura en derecho y un “máster” en gestión del sistema educativo…, pero hace años que escondo celosamente estos datos, porque si en inspección se enteraran me nombrarían automáticamente directora del instituto. Ni yo ni ninguna de mis compañeras (gran parte de las cuales se consideran muy reivindicativas feministas) queremos que nos caiga semejante cargo, que sólo supondría cargar con responsabilidades, hacer en la práctica muchas más horas de trabajo y acabar enemistada con gran parte de los compañeros: los 300 euros más que nos van a pagar, desde luego, no compensan. Pero, eso sí, en cada una de las continuas actividades de reivindicación feminista que, por las buenas o las malas, le calzamos al indefenso “alumnado”, seguiremos insistiendo en los techos de cristal, en los micromachismos que llevan a que haya muchos más “directores” que “directoras” de instituto, etc.

  4. Los puestos de responsabilidad en la administración no están correspondidos económicamente en ningún caso. Mis jefes de sección en mi servicio solo ganan 280 euros mas que los adjuntos. Pero lo cierto es que todo el mundo con el tiempo ha aprendido a escaquearse. Para hacer algo de dinero hay que abrir consultas privadas que dependen mucho de la especialidad y del lugar donde se ejerza la profesión, pero la tendencia de la administración es a insompatibilizar ambas actividades, ya veremos en qué queda eso.
    Por otra parte las mujeres de mi servicio, creo que lo dije en mi post, presentan una brecha muy importante con respecto a sus compañeros en curriculums y dedicación.
    Hace unos dias se llevó a cabo un congreso muy importante de mi especialidad en Madrid y algunas tuiteras llamaron la atención de que en el comité científico-organizador del Congreso no había ninguna mujer, de manera que utilizaron ese argumento para criticar esa situación como una desventaja, y auguraron que dentro de 20 años la cosa cambiará y todos serán mujeres (vienen a pronosticar). Yo les pregunté en que cambiaría eso la obsolescencia de esos congresos, que seguirán siendo aburridos con mujeres o con hombres, nada de innovación y mucho politiqueo. Si creemos en eso que se llama la regresión a la media, lo que pasará es lo mismo pero con más mediocridad.

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