La vejez, el amor y el tiempo

viejo

Todos los ancianos tienen cara de filósofos, excepto aquellos que se han estirado la cara y ocultan esos surcos que denotan el paso del tiempo. Rostros de muñecos sin mueca alguna de humanidad me recuerdan esas caras de botox.

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Los jóvenes no tienen arrugas ni necesidad de parecer lo que ya son y es por eso que viven de espaldas al tiempo, ajenos a Cronos, no saben que hay un futuro ni tienen, por asi decir pasado, es por eso que ser jóven es vivir de acuerdo con el tiempo interior, ese que siempre falta, ese tiempo al que se niega en un perpetuo “aqui y ahora” donde tanto la enfermedad, la decreptitud y el mal son barridos de la conciencia. Los jóvenes no saben que el tiempo es cíclico, no saben que todo vuelve a aparecer como un karma maldito.

El anciano Saturno, es el arquetipo del tiempo (Cronos) inexorable con su guadaña para todo lo viviente, es el arquetipo de la muerte, de la decadencia, de la autoridad pero tambien del principio del deber, de la sabiduria y del sentido. Saturno es el padre y es la enfermedad, la decrepitud y la tiranía en sus aspectos más negativos. Saturno es oscuro, seco y frío.

El tiempo divide al individuo en dos mitades, el tiempo hechizado, ese al que solo comenzamos a encontrar sentido a partir de los 60, el tiempo repetición, el tiempo ciclico, el tiempo del reloj o de Cronos.

La mayor parte de la gente cree que la muerte es aquello que ocurre al final de la vida. Se trata de un error epistemológico, pues nuestra existencia discurre en el intervalo donde ambos polos de contrarios se reunen una y otra vez, se repelen y se atraen. Hay mucha vida en la muerte y hay mucha muerte en la vida, ambos polos se complementan y se funden en muchas ocasiones a lo largo de una existencia individual. La muerte se manifiesta a través de la enfermedad, el sacrificio, el dolor, las contrariedades y el sufrimiento, la muerte es un No y es tan revitalizante para la vida como un bálsamo de aquellos que nombra Cervantes en su Quijote, -el bálsamo de Fierabrás-, una especie de “curalotodo” reconstituyente a base de vino y romero. La vida a través de la pulsión, del anhelo o del acercamiento y la búsqueda.

La vida ha de estar mezclada con una cierta perturbación para ser una vida plena. Eros no es un subproducto del amor sino de la muerte. El amor es precisamente lo que inventamos para repudiar la muerte (a-mors)

Pues no hay síes sin noes, no hay vida sin muerte aunque sea simbólica o simulacrada porque sin ella es insoportable el peso exitoso de la vida y es imposible renacer a cada instante pues es eso, el instante, lo único que tenemos siendo todo lo demás, pasado y futuro sendas abstracciones que sólo adquieren sentido momento a momento como si tratáramos de momentos magnéticos, de imanes y de fuerzas fisicas.

No hay pues Eros sin Tanatos, amor sin sufrimiento, pecado o transgresión sin virtuosa sublimidad, símbolo sin diábolo.

No es posible decir si, sin decir no, no es posible afirmar nada sin el consenso de un simulacro pactado de antemano, no es posible apartar y ocultar el no y ontologizarlo salvo en una especie de trasmutación neurótica del todo, el No sólo puede blanquearse pero no ocultarse como decia Baudrillard y a costa casi siempre de instalarse en una neurosis, una neurosis epistemológica.

Hay un tiempo para asir y un tiempo para soltar, un tiempo para el apego y otro para el desapego, un tiempo para el placer y otro para la pérdida, un tiempo para el Si y un tiempo para el No, pero no se trata simplemente de una turnicidad entre los opuestos sino que más allá de eso, en cada No hay plegado un Si, en cada pérdida se encuentra plegado un renacimiento, en cada despedida un reencuentro.

No hay risa sin lágrimas.

Pero al anciano le niegan los jóvenes no ya ser un objeto de amor, sino tambien la capacidad de ser sujeto amoroso. Es la soledad o aislamiento del viejo encerrado en esa jaula que le tienden sus próximos y sus herederos. Su aislamiento procede de algo metafisico, el tiempo ha caido encima de él, el tiempo cronológico y se presenta en forma de repetición.Ya no le falta tiempo sino que el tiempo le ha dado de alta.

Y es por eso que el anciano es el único que ha comprendido la naturaleza del amor, pues ya ha fundido en sí los dos polos que le alimentan: Eros y Tanatos en forma de surcos en la cara. Al fin en un mismo abrazo.

El amor ha logrado por fin separarse del sexo y es precisamente entonces cuando entendemos que todo era al fin y al cabo una repetición de lo mismo.

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