La caridad

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La caridad es para nosotros los cristianos una virtud teologal, es decir aquella que se ejerce por amor a Dios y puede definirse como la obligación de ayudar a los que así lo necesitan y piden. Sin embargo,  la caridad no es una prescripción totalmente cristiana sino que implica  a las otras dos religiones monoteístas. Hay una obligación para el islam y una obligación para el judaísmo muy similar al mandato cristiano de “Dar posada al peregrino”, “Dar de comer o de beber al hambriento y al sediento”.

La mayor parte de nosotros entendemos la caridad como el hecho de dar limosna. Y aunque todos sabemos que la limosna por sí misma no sirve de mucho cuando nos enfrentamos a la pobreza extrema, lo cierto es que cada vez hay más pobres en nuestras ciudades pidiéndola. Y debe ser un negocio bastante lucrativo a juzgar por los pedigüeños que hay en la calle, siempre en el mismo sitio y siempre en el mismo horario. Dicen que se trata de mafias que traen inmigrantes para pedir  y organizan sus propias organizaciones de caridad, y algo de cierto hay a juzgar por la técnica que estos pobres utilizan para pedir: siempre de rodillas y siempre a través de la misma salmodia.

Pero lo cierto es que aunque hay aun mucha gente que da limosna a juzgar por el éxito de estas mafias, lo cierto es que la caridad es una virtud trasnochada. Salvo algunas personas muy compasivas o altruistas la mayor parte de la gente pasa de largo frente a ese pobre que pide en nuestro itinerario diario, y a la mayor parte de las veces nos parece un engorro, un estorbo en nuestro camino que a partes iguales nos indigna (contra los poderes públicos) y nos culpabiliza que por eso somos cristianos.

Y sucede así porque la caridad es una virtud moral subjetiva y aunque ahora se le haya cambiado el nombre por el de “solidaridad”, lo cierto s que seguimos percibiéndola (nuestro cerebro la percibe) como algo subjetivo, algo que nos atañe a nosotros como individuos y que nos apela desde un lugar muy profundo.

El problema con la caridad es el Estado, lo mismo sucede con la Justicia. Nosotros estamos educados para pensar que la caridad o sea la solidaridad es cosa del Estado y que no nos incumbe. Algo parecido sucede con la Justicia, ya no es posible tomarse la justicia por nuestra propia mano (venganza) y la hemos depositado en manos del Estado, del mismo modo que hacemos con los castigos a los transgresores de cualquier norma. Pero nuestro cerebro no lo percibe así.

Nuestro cerebro cuando ve imágenes de esos refugiados que acuden en tropel a esos campamentos de hacinamiento que recorren las fronteras del flanco sur de la UE, se indigna ante las condiciones de vida de esos refugiados (si bien no les confiere realidad absoluta), nos inclinamos a pensar lo mal que lo hacen nuestros gobernantes y la escasa solidaridad que muestran nuestros Estados con esta pobre gente. Dicho de otro modo nos sentimos culpables y proyectamos esa culpabilidad en la Union Europea.

Los culpables son nuestros gobernantes y no nosotros que somos, por definición buenos. Y somos buenos precisamente porque nos indignamos, esa es la prueba del nueve. Incluso exigimos a nuestros gobernantes que pongan fin este asunto aunque cada uno de nosotros tiene una pobre idea de cómo hacer para poner fin a esta inmigración masiva que procede de Siria, Irak y otros países ribereños del mediterráneo.

Se trata de una disonancia muy común. Se trata de un problema endemoniado que no tiene fácil solución desde lo político ni tampoco desde la moral o ética individual. Mejor dicho podría tener una. Es ésta:

¿Estaría usted dispuesto a albergar a una familia de inmigrantes en su casa?

O.

¿Estaría usted dispuesto a ceder alguno de sus segundas viviendas a alguna familia de inmigrantes?

No estoy preguntando ninguna barbaridad. Durante nuestra guerra civil, la Comunidad Valenciana, ultimo reducto de la España republicana recibió multitud de refugiados de la España franquista. En mi pueblo del mismo modo que en pueblos vecinos se agolparon multitud de refugiados de otras zonas de España. Aun hoy me pregunto como vivían tres familias en una pequeña casita de campo y más aun: de qué comían.

Nadie sabe los detalles pero lo cierto es que muchos refugiados que encontraron acomodo en aquella “zona roja” volvieron a sus lugares de origen y mantuvieron relaciones de por vida con sus hospedadores,

En una situación de emergencia nacional como aquella volveríamos a ser solidarios con nuestros conciudadanos, pero ahora no estamos dispuestos individualmente a albergar a nadie en nuestras casas. Esta es la verdad. Y no lo estamos porque nuestra subjetividad ha sido secuestrada por la idea de que es el Estado el responsable, que es lo mismo que decir que nadie lo es. Nos gustaría que nuestro gobierno fuera solidario con ese desastre pero no estamos dispuestos a pagar la factura de tal albergue. Ni queremos pagar mas impuestos, ni queremos ver por televisión como esos niños mueren al atravesar el Egeo.

La razón es muy simple, la caridad evolucionó de una forma personalizada. Podemos darle limosna a ese pobre que nos cruzamos a diario porque le vemos, sabemos que está ahí, tenemos pruebas de su existencia y nos conmueve. Pero lo que vemos por televisión es otra cosa, se trata de una hiperrealidad, una realidad mediada por intermediarios, nos hemos hecho resistentes a las imágenes televisivas y nuestro cerebro no las computa como una realidad real. Y más: el pase de la responsabilidad del individuo al Estado nos ha cambiado la mentalidad: ya no sentimos que somos responsables individualmente de esos individuos que cruzan el Egeo. Se ha modificado nuestra subjetividad y ahora lo depositamos todo en manos de Leviatán.

“Son ellos los responsables y no yo”.

El pase del individuo, a la tribu y después al Estado ha tenido muchas ventajas pero también efectos adversos. El principal es que nos las tenemos que ver a solas con nuestra compasión y nuestro altruismo.

Para nuestro cerebro los refugiados de Grecia no existen del mismo modo que ignoramos la verdad sobre nosotros mismos: no estamos dispuestos a ceder nuestra casa a nadie.

En este sentido me gustaría acercaros un texto de una psicoanalista que he encontrado por Internet y que hace referencia a los efectos secundarios del orden de simulación que vivimos desde los 70 para acá, para los que no hayan leído a Baudrillard os lo resumiré en una frase: Baudrillard cree que los medios de comunicación -sobre todo ellos- han generado cambios en la percepción acerca de la realidad, a este tipo de percepción se le ha llamado “hiperrealidad” y consiste en el desdibujamiento entre las diferencias entre la realidad fenoménica y su representación mental. Dicho de otro modo el hombre moderno se caracterizaría por poseer un defecto en la simbolización que le llevaría al “acting” (acción) “silencio se rueda” por una parte y a ser invadido por la realidad puesto que su capacidad para establecer limites entre lo real y lo imaginario han sido truncados por la repetición y exposición continua al bombardeo de los medios.

Sonia Abadi dice:

Omnipresencia de la información, imperativos mediáticos, violencia cotidiana. En un nuevo estilo de subjetividad característico de la sociedad de la comunicación y el consumo, el sujeto, enfermo dehiperrealidad, urgido a vigilar sus fronteras, evoca la imagen de un sí mismo centrifugado hacia sus bordes y vacío en el centro, arrinconado a una modalidad de rasgos fronterizos aun si ésta es transitoria, defensiva y funcional. Este sujeto siente como principal objetivo la necesidad de frenar cantidades de excitación.
El efecto del uso abusivo de la escisión como defensa de la frontera del sí mismo es la dificultad para construir la galería de representaciones y objetos que sirven para poblar el mundo interno. El espacio intrapsíquico, así desolado, es incapaz de absorber y ligar los impulsos, que son expulsados hacia la acción, representada con frecuencia por el consumo compulsivo, versión apenas metaforizada del robo y el saqueo. O bien el robo y el saqueo a secas, sin ninguna metáfora, en los márgenes del sistema, cuando faltan los recursos materiales y las redes socioculturales.
Bajo el apremio de la hiperrealidad, las patologías parecen constituirse a contramano de las neurosis; en todo caso, en una contracorriente que enfrenta o refuerza a la de la formación de síntomas. La imagen, como nueva versión de la subjetividad, origina trastornos en la mentalización del cuerpo y diferentes modalidades de patología somática. En la frontera psique/soma, el cuerpo se adueña de lo psíquico y lo distorsiona. La imagen corporal, en una suerte de hipocondría crónica, invade y parasita la psique. El sentido de la conversión se ha invertido. El cuerpo vacío y mudo, incapaz de hacer oír su necesidad o su sufrimiento y de hacerse eco de los deseos reprimidos, sólo logra su reinvestidura a través de la imagen. Ante las vivencias de desintegración, el hecho de ocuparse compulsivamente de lo estético opera a la manera de una restitución, en el mismo sentido en que lo es el delirio.
En el área del pensamiento, en vez del síntoma obsesivo cargado de significación, aparece un pensamiento despojado de su función metafórica, un pensamiento que se libera del afecto, apenas operatorio.

Pierre Marty y Michel de M’Uzan, en un texto ya clásico (“El pensamiento operatorio“, Revista de Psicoanálisis, APA, 1983), se detienen en el diagnóstico diferencial entre el trastorno grave caracterizado por el pensamiento operatorio y la neurosis agravada por las condiciones del medio. Afirman que existen formas de pensamiento operatorio -carente de simbolización- en personas neuróticas expuestas a elevadas exigencias de adaptación por una presión externa y actual, ya que el sujeto, condenado a recurrir casi exclusivamente a esta modalidad de funcionamiento automático, pierde la capacidad para elaborar y fantasear y para toda expresión creativa y liberadora.
Las fobias clásicas por proyección han dejado lugar a los llamados ataques de pánico, por intrusión de la exterioridad, que lleva a vivencias de despersonalización. En un círculo infernal, la disociación opera como una defensa de alto costo que impide al sujeto la construcción de la trama psíquica necesaria para absorber y neutralizar las nuevas experiencias.
Motivos de consulta tan distintos convocan a una clínica diferente: actuaciones compulsivas, depresión, trastornos psicosomáticos, ataques de pánico, estrés, derrumbes en personalidades narcisistas, soledad y desamparo. También las alteraciones de las funciones vitales: anorexia, bulimia, insomnio, perturbaciones de la sexualidad. Y la adicción a variadas formas de “estimulantes”: alcohol y psicofármacos, trabajo, situaciones de riesgo, actividades competitivas, juegos de azar, etc.

Estamos pues capturados por este tipo de pensamiento operatorio que nos permite ejercer de seres moralistas por un lado y de seres indiferentes en lo real, en lo subjetivo y en lo personal.

Hay que elegir entre soberanía o derechos humanos pero hay que recordar que sin soberanía no puede haber derechos humanos.

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