El mito y sus relaciones con la divinidad

kereny
El mito es como un mapa que señala el camino, un mapa de la vida y sus conflictos y obstáculos y lo hace con frecuencia hablando de nuestros orígenes, no se ocupa de un Yo individual y mucho menos de un Yo vulgar o intrascendente, habla del sino de la propia Humanidad tomada en su conjunto y de su destino y lo hace “desde un tiempo aquel” en que ni la historia, ni el tiempo cronológico ni sus instrumentos de transmisión se habían establecido o desarrollado. El mito no responde a preguntas del tipo del por qué o del cómo sino desde dónde (Kerenyi, 1994), habla pues de lo ancestral, lo primigenio, del origen, de la memoria de nuestra especie antes de que hubiera propiamente memoria histórica; el mito en este sentido es un precursor del relato íntimo individual y nos está hablando de los hallazgos de los primeros planos de subjetividad que los humanos desarrollamos en nuestro trasiego con el mundo.

 

La mitología se explica por si misma y explica todo lo que en el mundo es, no porque se haya inventado para proporcionar explicaciones sino porque tiene la cualidad de ser explicativa (Kerenyi 1994)

 

Así los mitos suelen hablar de la creación del mundo y de sagas y luchas de dioses, de aventuras de héroes trasnochados y de pérdidas, desgracias familiares, abusos sexuales, torturas y castigos a los que osaron transgredir determinados limites, los mitos no cuentan la historia de una persona corriente sino usualmente de un héroe, de un semidios dotado de una persistencia, fuerza y voluntad superiores a la de las personas comunes, usualmente un camino o viaje estereotipado:

el-viaje-del-heroe

 

Ver tambien: “El viaje del heroe” (video)

El mito tiene pues un propósito indicativo y fundacional de la historia individual al señalar nuestros orígenes y un propósito normativo que dibuja los limites y las consecuencias de la transgresión, pero también los efectos secundarios de la gesta: la recompensa que usualmente es una ganancia de conocimiento, prosperidad o felicidad. En definitiva el mito tiene un propósito moral o aleccionador, es además noético, sirve al plan o propósito del conocimiento en estado puro, allí donde cualquier conocimiento es imposible y representa un estadío –el más rudimentario– de la conciencia humana, propone determinados recursos a sus héroes y heroínas, y metafóricamente da a entender que los dilemas con que se enfrentan los protagonistas pueden llegarse a resolver aunque aparezcan casi siempre teñidos de fatalidad, una fatalidad que se señala –como en la tragedia– para que no suceda en la realidad, como una advertencia. Quizá por esta razón la mayor parte de los mitos no tienen un final feliz, su propósito de señalización es a veces la parte trágica que no vamos a encontrar en el cuento con intención terapéutica.El cuento por el contrario tiene un propósito aleccionador y desvela las dificultades de individuos comunes con tragedias particulares y reconocibles. Sus peripecias no son pues como en el mito, un señalamiento de la parte trágica que es necesario evitar; al contrario, el cuento lo que propone es que el individuo desgraciado encuentre guías de resiliencia para salir al paso de las dificultades, casi siempre el cuento tiene pues un final feliz, o al menos un final ambiguo, evitando en todo momento el desenlace trágico del mito.

 

Los humanos contamos historias, nos las contamos y se las contamos a otros. Estas historias tienen una enorme importancia porque señalan aquellas asociaciones, aquellos condicionamientos que cada Yo ha tenido que sortear en su vida. De esa narrativa individual que construyen los pacientes podemos extraer – de forma hermeneutica- las conclusiones acerca del malestar que presentan. Casi nadie es demasiado consciente de que su narrativa está condicionada por su experiencia, pues una de las condiciones del pensamiento mecánico es precisamente la pretensión de originalidad, la sensación de tener razón, la vivencia personal de inevitabilidad. Casi nadie es capaz de intuir al libre albedrio detrás de una opción u otra y casi todo el mundo parece creer en la fatalidad, en la buena o mala suerte, en el azar. Pero todos construyen una narrativa autojustificadora, no es de extrañar porque la finalidad de cualquier narrativa es aumentar el espacio de seguridad de la mente propia aun a costa del sufrimiento.
En este sentido la narrativa individual es la heredera del mito, más que eso es un subproducto del mismo. Los mecanismos que mantienen al sujeto prisionero en su narrativa son los mismos que le hacen prisionero en su existencia: se trata de la adherencia a un relato mecánico, estereotipado, trufado de creencias, de errores cognitivos y de generalizaciones, de ideas sobrevaloradas y de autoengaños: de mitos individuales paralelos a los grandes temas de los que se habla en la mitografia: la madre y su hijo perdido (Demeter), el deseo de construirse una mujer ideal (Pigmalion), el padre terrible o el padre celoso (Cronos), el hijo en busca del principio masculino (Edipo o Parsifal), la hija mancillada (Persefone), la mujer bella sin pretendientes (Psiqué), la mujer engañada por los hombres (Ariadna), el hombre que abandona a su mujer maga (Jason), la hija del padre (Atenea), la madre celosa (Hera), el hijo preferido (Zeus), las desavenencias entre hermanos (José). Se trata de los grandes temas de la Humanidad en su conjunto los que se encuentran vigentes en la memoria de los hombres actuales y no es de extrañar porque la memoria no es sólo la memoria individual sino la memoria colectiva, del periplo de nuestra especie a través de las sucesivas subjetividades inventadas por los humanos.
Una caracteristica del Sapiens es su tendencia a arrancar nuevas subjetividades del comun de la colectividad a la que pertenece, el hombre es un arquitecto de simbolos y como en el caso de Lucy estas mutaciones evolutivas no aparecen en toda la especie al mismo tiempo, hoy sabemos que las modificaciones del genoma se producen en los individuos puntuales y no en las colectividades, si esas modificaciones son ventajosas se transmiten al resto de la población y si son desventajosas se extinguen. Todo parece indicar que en el mundo de la subjetividad – en la mente- sucede algo muy parecido hasta tal punto que algunos autores han propuesto el termino “meme” para definir a aquellas ideas que se transmiten y operan del mismo modo que los genes. Lo nuevo aparece en un individuo concreto y tarda varias generaciones en manifestarse.
Tambien parece que a los dioses sin embargo les interesa mantener a los humanos en una cierta restricción. Cualquier nueva subjetividad siempre es arrancada a la divinidad después de una enorme aventura llena de peligros y castigos. Prometeo es el paradigma de aquel que se pone definitivamente de parte de los hombres en sus pendencias con Zeus. Los dioses están permanentemente desencantados con la humanidad, tanto Yahvé como Zeus aparecen con frecuencia ofendidos por el cariz que toman las cosas cuando los hombres van más allá de lo que seria de esperar. Los castigos son de proporciones apocalipticas, Babel, el diluvio universal, Sodoma y Gomorra o la guerra de Troya son ejemplos de las consecuencias que tienen para la humanidad el que los dioses intervengan en las cosas humanas. No hay que olvidar que la hybris, el mayor pecado para un griego era algo asi como la vanidad del que se compara o cree ser un Dios.
En la mitología hebrea por ejemplo el mayor pecado no es tanto creerse Dios sino nombralo o representarlo en imágenes. Los hebreos fueron muy pronto conscientes de que la idea de Dios, para perdurar e interiorizarse, debia separarse de las imágenes y de los nombres (que son otra forma de representación), los hebreos pretendian librarse de esa manera de una idolatría múltiple que imposibilitaba la unidad politica. Es verdad que lo consiguieron aunque a costa de hacer al hombre más dependiente y más temeroso de su Dios, una condición ajena al mundo helénico donde hombres y dioses se relacionaban a través del sacrificio. Si las proteinas animales eran buenas para el hombre tambien deberian serlo para los dioses, asi razonaban los aqueos, un pacto que funcionó hasta el advenimiento del cristianismo y la caida del Imperio romano.
Desde entonces el sacrificio que era el método de relación entre los hombres y los dioses se transformó en el único sacrificio del hijo de Dios renovado en cada eucaristía. Una transformación para la conciencia humana en tanto que introdujo mediadores entre los hombres y Dios secuestrando aquella relación directa y casi familiar y sustituyéndola por un rito mediado por una casta de sacerdotes, los iniciados.

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