El hombre y sus masculinidades

Un hombre es aquella persona que es capaz de generar más recursos que los que consume @pacotraver

maculinidad

¿Es la masculinidad un privilegio o una carga?

Las mujeres suelen decir que los hombres somos todos iguales, del mismo modo sucede por cierto con los hombres. ¿Pero es esto cierto?

¿Somos todos los hombres iguales?

Pues parece ser que no.

El problema está -como siempre es el lenguaje- que no es capaz de apresar las similitudes y las diferencias sin convocar a la generalización. La verdad es que los hombres somos todos iguales en algunas cosas y bien distintos en otras. Lo mismo sucede con las mujeres.

El lenguaje es categorial y construye opuestos y luego nosotros, en nuestra mente, creemos que los opuestos son contrarios y los tratamos como tales en nuestras operaciones lógicas. La realidad es que lo contrarios no lo son tanto como creemos, pensemos en una escala analógica donde masculino y femenino sean opuestos, uno sería 0 y otro sería 1. Lo usual es pensar -como sucede en política- que cada uno de nosotros estaríamos un poco en el centro, equidistantes tanto de la masculinidad radical como de la feminidad radical.

Pero el centro no existe en genética, lo que existen son polimorfismos que se silencian unos a otros, que vencen en una competición o que cooperan entre sí.

Pero ahora vamos a pensarlo de otra manera, supongamos que masculino y femenino no son contrarios, vamos a pensarlos  (tampoco como suele decirse como complementarios), vamos a pensarlos como despliegues distintos de potencialidades que ocupan un mismo lugar, vamos a pensarlos como un cluster de potencialidades o habilidades que están juntas, ocupando un mismo espacio de ejecución cerebral. Una misma utilidad neurobiológica.

Pensarlo de este modo nos permitiría poder agrupar utilidades en un mismo cerebro con independencia de si se es hombre o mujer. Y también nos permitiría abandonar esa estúpida convicción de que “todos somos iguales”.

No lo somos, pero lo importante como más abajo trataré de epxlicar no son las diferencias que existen entre unos hombres y otros, sino la brecha que se abre entre hombres y mujeres sobre todo en lo que respecta a la personalidad

Y es por eso que algunos autores como Michael Kimmel ha puesto a punto un master sobre la masculinidad. Dice Kimmel:

“Cuando planteo el tema de las masculinidades en plural procuro poner el acento en el hecho de que no existe un modelo único y hegemónico de ser hombre y en que las diferencias y alteridades de la masculinidad no deben entenderse como versiones menores de ese modelo o como fragmentos de una estatua que se ha roto”. En lenguaje coloquial: los hombres hoy son, o pueden ser, ‘hipsters’ y ‘canis’, ‘fofisanos’ y ‘lumbersexuales’, ‘andróginos’, ‘normcore’ y ‘muppets’. O no ser nada de esto”.

Y ser machos ibéricos, por así decir, la versión tradicional del macho hispánico.

El macho tradicional es aquel que fue educado para ser el sostén de una familia, escogería una pareja que se conformaría con ser ama de casa, cuidar de él y de sus hijos y de acompañar sus tareas fueran lo que fueran hasta el final compartiendo sus éxitos y sus fracasos. No cabe duda de que este modelo ha funcionado con sus secuelas, evidentemente. Ni todos los hombres daban la talla para sostener familias y creando más recursos de los que consumían, ni todas las mujeres tenían un fenotipo adecuado para adaptarse a este concepto tradicional.

Pero lo más dramático de esta historia, es la cantidad de “machitos” que no daban la talla para adaptarse a este modelo estereotipado, donde los disidentes eran siempre calificados como “niñas”, “mariquitas” o “débiles”, un modelo excluyente como los nacionalismos.

Y la verdad es que este modelo no se corresponde con la realidad genética de nuestra especie. Hay mucha “masculinidad” en algunas mujeres y mucha “femineidad” en muchos hombres. Pero el problema sigue siendo las etiquetas: no disponemos de ninguna otra palabra para designar estos conceptos. ¿Qué significa que un hombre es femenino? ¿Qué significa que una mujer es masculina?

La verdad es que estos conceptos son muy escurridizos y no están señalando la verdad neurobiológica que ocultan. Lo sabemos por los homosexuales.

Suele decirse que un hombre homosexual es un hombre que quiere ser una mujer. No es cierto en la mayor parte de los casos. Un hombre homosexual es un hombre, que sabe que es un hombre pero que se siente atraído sexualmente por otros hombres y que no desea transformarse en mujer, y que puede conservar entre sus rasgos, preferencias y gustos, muchas utilidades que se atribuyen a la masculinidad, por ejemplo la promiscuidad y otras bien femeninas como la tendencia al embellecimiento, el histrionismo o la locuacidad.

Dicho de otra manera se puede ser muy macho y al mismo tiempo ser homosexual. ¿Entonces qué es la masculinidad?

Podemos adelantar una cuestión: la orientación sexual es independiente de la identidad sexual. Y la identidad sexual es múltiple tal y como corresponde a su plataforma genética desde la que se construye.

Aun no hemos descubierto qué realidades neurobiológicas se ocultan tras eso que llamamos “masculinidad” y “femineidad”. Lo que sabemos son “big data”, es decir datos que proceden de la estadística que componen correlaciones y otros procedentes de la neurobiología, por ejemplo hoy sabemos que la sexuación cerebral se compone en época fetal y es hormonodependiente, es decir nos desarrollamos con cerebros de hombre o de mujer a través de la testosterona circulante mientras estamos en el seno de nuestra madre. La sexuación cerebral se completa antes de los 3 meses de vida. Sin embargo no está demasiado claro qué es un cerebro masculino o un cerebro femenino. Lo más seguro es que no existan diferencias gruesas -pero si funcionales- entre ambas anatomías cerebrales, pero que la sexuación se constituya como un mosaico.

Y es también probable tal y como predice la “teoría de la sabana” que cuanto más nos alejamos del entorno ancestral (de cazadores-recolectores) más se bloqueen las diferencias innatas entre hombres y mujeres, lo cual nos permite predecir que las brechas de género al menos en cuanto personalidad se agrandarán en el futuro próximo.

Una manera tosca de medir las diferencias innatas entre niños y niñas es a través de la digit-ratio, es decir la relación entre 2D (índice) y 4D (anular) siempre más alto entre las mujeres que en los hombres. (Las mujeres tienen el índice más largo que el anular y en los hombres al contrario, medido en su mano derecha si son diestros)

Sin embargo la digit ratio por sí misma nada tiene que ver con la identidad sexual ni con la orientación sexual, lo que está midiendo es solo la exposición a la testosterona en época fetal.

La tesis de Michael Kimmel es que las identidades masculinas están aun en formación y que se han configurado a partir de los cambios que el feminismo ha ido implementando en los últimos 100 años. Es verdad que tal y como dice una amiga mía, “las mujeres buscamos hombres que aun no existen y los hombres buscan mujeres que ya no existen”.

Es muy probable que esto sea cierto en el nivel de los números gruesos y en una foto fija de la actualidad, pero lo cierto es que el matrimonio convencional y reproductivo gana por goleada a los experimentos de ingeniería social más recientes. De eso hablan por si mismas las cifras de, hogares monoparentales, número de divorcios, baja natalidad, mujeres que viven solas u hombres solteros en paro y sin futuro. Un lugar desde donde surgen todas las violencias, pues está absolutamente demostrado que un exceso de hombres solteros predice más violencia en los entornos en que este exceso se produce, por ejemplo en China.

¿Qué hay de común en todos los hombres?

La verdad es que las masculinidades de las que habla Kimmel son axiomáticas y fácilmente reconocibles. Es obvio que la masculinidad tradicional (una masculinidad que procede de entornos agricola-pastorales) está en crisis y sufriendo un declive quizá como reacción a la liberación de la mujer. Pero si a mi me preguntaran que hay de común en todos los hombres y qué nos diferencia de todas las mujeres diría que a los hombres nos siguen gustando los deportes y las películas de guerra y las mujeres no parecen demasiado interesadas en ello. Por el contrario a las mujeres les sigue gustando ir de compras y adquirir ropa, algo que a ningún hombre que yo conozca le agrada. (Aqui hay un listado de lo que nos gusta a los hombres) Y se trata de algo innato, no de algo adquirido o impuesto por la cultura (esto está también demostrado y no voy a insistir en convencer a los ideólogos del género). Del mismo modo a las mujeres les encantan las profesiones altruistas como la psicología, la enfermería, el profesorado o la medicina mientras los hombre se encuentran más motivados por las ingenierías, la física, las matemáticas o la informática. Y por supuesto la carrera militar. Se trata de la conocida paradoja noruega.

Y este fenómeno es algo biológico, mal que les pese a los ideólogos de la igualdad, se trata de la llamada brecha de género. Hay diferencias entre hombres y mujeres y muchas, – sobre todo cuando podemos elegir profesión-si bien es cierto que al imaginarlas como un continuo hemos desperdiciado otras alternativas.

Lo que dice el psicoanálisis:

La principal diferencia entre mujeres y hombres es estructural y psíquica,  anatómica y fundacional, un vacío, algo que puede llenarse o algo que puede vaciarse o perderse:

Una mujer debería saber que un hombre no va a llenar su vacío, pues ese vacío es la propia brecha ontológica. Y un hombre debería saber que no puede colmar totalmente a una mujer, porque “la mujer es No –toda”, como dijo Lacan. Esto tiene importantísimas implicaciones y consecuencias.

Una mujer ha de reconocer la castración en el hombre (su vulnerabilidad frente a lo femenino) en tanto hacerse consciente de que hacía pesar sobre él una exigencia-expectativa de pura potencia, de omnipotencia, de excepción.

En este sentido es también verdad lo que dice Kimmel, la masculinidad tradicional ha sido para el hombre una carga y no tanto un privilegio como suelen decir los apologistas del género. Y es muy probable que la aparición de “masculinidades” nuevas no sea una adaptación sino una deserción, el declive de Eros.

Ahora bien, en lugar de pensar estas potencialidades como masculinas o femeninas podríamos pensarlas de otro modo: imaginando que en ese mosaico de polimorfismos genéticos que tejen una variada alfombra genómica existen inclinaciones que pueden ser identificadas socialmente tanto como masculinas como femeninas: por ejemplo la empatía y el nepotismo.

Ni la empatía ni el nepotismo son cualidades que pertenezcan a un sexo determinado, si bien la empatía (y otros rasgos) son más frecuentes e  intensos en las mujeres que en los hombres. Es muy posible que la gracilización de las conductas masculinas haya llevado al hombre hacia una mayor empatía y al abandono de sus cualidades más robustas.

El misterio reside en saber si esta tendencia hacia la gracilización no llevará aparejada también una disminución de la natalidad incompatible con el hecho de que esa misma gracilización se mantenga. Lo que no advierte Kimmel es la posibilidad de supervivencia de nuestra civilización en un marco de continuo declive de la masculinidad al tiempo que asistimos a una hegemonía de las mujeres que se manifiesta sobre todo en occidente en algunas profesiones y en privilegios jurídicos que expulsan a la mayoría de los hombres de la vida familiar y conyugal.

El punto de vista de Kimmel se enfrenta a una paradoja evolutiva: ¿A qué niños les enseñaremos en el futuro que hombres y mujeres son iguales?

¿Chinos, árabes, subsaharianos?

Igual no se lo creen.

 

Referencias.-

¿Qué es ser hombre en el siglo XXI?

Un comentario en “El hombre y sus masculinidades

  1. “El punto de vista de Kimmel se enfrenta a una paradoja evolutiva: ¿A qué niños les enseñaremos en el futuro que hombres y mujeres son iguales? ¿Chinos, árabes, subsaharianos? Igual no se lo creen”.

    Se les seguirá enseñando a los niños españoles y, tal vez, a ciertos niños europeos. Pero ¿por cuánto tiempo? Hasta que inicie nuevo ciclo, en el caso de que haya niños de origen europeo… A los papás y mamás “chinos, árabes, subsaharianos” no es ya que no se lo crean en este ahora, sino que se parten de risa con tamaña majadería. Muchos otros habitantes del planeta, que ni son chinos ni árabes ni “subsaharianos”, tampoco se lo creen ante la natural evidencia. Seamos realistas: de los, más o menos, siete mil ochocientos millones de habitantes del planeta, ¿cuántos creen en semejante patraña?

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