La alianza siniestra

Porque desde ahora en adelante, cinco en una casa estarán divididos; tres contra dos y dos contra tres. (Lucas 12:52)

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Es bueno saber la diferencia que existe entre una alianza y una coalición. Una alianza es algo que llevan a cabo al menos dos agentes contra otro, una especie de mobbing contra un tercero, Una coalición es un suma de al menos dos agentes que en principio no van contra otro sino a encontrar alguna ventaja en la simple suma.

Un ejemplo de coalición podría ser cuando dos partidos optan por concurrir a unas elecciones juntos con el fin de que el computo general les beneficie al hecho  de presentarse solos. Un ejemplo de alianza es cuando dos o más partidos suman sus votos para desplazar a otro (usualmente el ganador de unas elecciones) para impedirle que gobierne. Es el caso de lo que ha sucedido en las recientes elecciones municipales de toda España, se trataba de quitar al PP de los ayuntamientos y Comunidades y eso ha llevado a extraños compañeros de cama.

Ni que decir tiene que las alianzas siempre terminan mal y las coaliciones sólo tienen éxito en situaciones extremas pues no solo hay que contar con las sinergías y proximidades ideológicas sino también con las contradicciones internas. Algo así está ya sucediendo con los independentistas catalanes de «Junts pel si» y la «CUP», no acaban de ponerse de acuerdo como tampoco se puso de acuerdo la izquierda en la República española. Anarquistas, socialistas, comunistas y socialistas tenían distintas versiones de España y al final la que se impuso fue la otra. Perdieron la guerra civil por sus propias contradicciones.

Y si cuento todo esto es para hablar de otras alianzas en este caso siniestras como las que llevaron a Basterra-Porto a asesinar a su hija Asunta. Un hecho que ha provocado en la opinión publica una intensa conmoción como casi siempre que un niño o niña muere a manos de sus propios padres. De este tipo de alianzas siniestras va este post.

Una alianza siniestra es el nombre con el que se conoce en psicoanálisis cuando los progenitores confabulan contra uno de sus hijos para destruirlo. Es verdad que este caso que nos ocupa es un caso extremo pero no se trata en absoluto de una excepción. La mayor parte de los padres que conspiran consciente o inconscientemente contra sus hijos no acaban matándoles, se conforman con enloquecerles.

Claro que no se enloquece a cualquiera, quienes llevan la peor parte son los niños adoptados -ya de por sí vulnerables- frente a los hijos biológicos, debería haber una especie de carnet por puntos para adoptar hijos, la mayor parte de niños que asistimos en nuestros dispositivos de salud mental son adoptados por familias incompetentes que buscan en la adopción de ese niño una especie de resucitación de la pareja. Hay muchas razones para adoptar niños, y la mayor parte de ellas no son humanitarias (aunque también existen) sino espúreas, concretamente en este caso parece ser que la razón fue la de complacer a un abuelo ricachón. Una niña dulce y asiática para que engatuse al abuelo.

Forma parte de esta cultura nuestra de adquirir bienes, como el que se hace con una mascota pare tener compañía, se consumen niños como el que consume cualquier artefacto que pueda comprarse con dinero, «porque todos los tienen» y queremos lo que vemos que los demás tienen. ¿No es cierto?. El altruismo con el que viene rotuladas estas conductas siempre me ha parecido sospechoso como por otra parte me parece sospechosa la abnegación. Adoptar niños se ha convertido en una floreciente industria que convoca las pasiones mas amargas e irreconocibles de nuestra naturaleza.

Y es bueno recordar que Asunta no era hija de Basterra-Porto. No quiero decir que el homicidio o el infanticidio no sea posible con los padres biológicos, pero el nepotismo parental por sí mismo opera como un inhibidor frente a los deseos de quitarse de enmedio un estorbo. Pues efectivamente los niños provocan o mimetizan las discordias de sus familias y son los causantes de las desavenencias de sus padres que hay que sumar a las desavenencias que vienen de origen.

Dicho de otra forma: los niños son un engorro, y es por eso que la gente no los tiene.

Y efectivamente un adolescente es un estorbo plus. Los niños pequeños son dóciles y nos alegran la vida (aunque también dan mucho trabajo), pero es un trabajo que se puede delegar en otros si se tiene dinero. La cosa se pone fea cuando el niño deja de ser un niño y se convierte en un adolescente rebelde, perezoso, gamberro o ingobernable. ¿Qué suelen hacer los padres adoptivos en estos casos? Pues tirar la toalla y abandonar a sus hijos en manos de alguna instancia estatal, cuando no en convertirlos en carne de cañón para la Psiquiatría.

Pero la pequeña Asunta les salió superinteligente al parecer, de modo que el crimen no estuvo motivado por el trabajo que les daba a sus padres su crianza sino por algo mucho menos tangible. Ambos la vivian como un obstáculo para sus planes, para su felicidad, ahora que el abuelo ya habia muerto ya no habia necesidad de seguir con la farsa. Se podian deshacer de la niña.

La estúpida maldad.-

De todas las elecciones que la pareja tenia abiertas optaron por la peor, lo cual ya habla de su escasa inteligencia, el plan que urdieron era una chapuza, no hay más que pereza mental en ese plan homicida, ni un mínimo de creatividad, ni un mínimo de rigor criminal.

La mayor parte de la gente con la que he hablado de este caso duda de su culpabilidad y lo hacen porque para ellos falta el motivo principal: el móvil.

Para la gente común, un móvil es el dinero, el sexo o la venganza pero no se representan un móvil banal como el engorro de criar un hijo. Creen que no es suficiente y lo creen porque saben que ellos no llevarian a cabo un crimen asi por un motivo tan banal. Pero el mal es asi de banal y la mayor parte de nosotros nos resistimos a creerlo.

Y además de la falta de móvil creíble señalan las contradicciones: testigos que cuentan relatos contradictorios entre si, cámaras que captan escenas poco claras, cuerdas que no coinciden, ADNs que no aparecen, así como el extraño caso de la contaminación por esperma de la ropa de la niña, un extremo que no se ha aclarado en el juicio.

Pero los escépticos pasan por alto lo principal: El Orfidal, las señales inequívocas de intoxicación en la niña ya detectadas por sus profesores, los guasaps donde Asunta revelaba a alguna amiga sus sopechas, la extraña presencia de un encapuchado en la casa. Todo parece indicar que fueron los padres quienes fueron tanteando las dosis de loracepam y haciendo pruebas, hasta que dieron con la dosis mortal. Y también se equivocaron y necesitaron aplicarle alguna maniobra de estrangulamiento para asfixiarla.

Es precisamente este “sin sentido”- el vacío- lo que nos resulta tan dificil de metabolizar y es por eso que construimos ficciones. No podemos saber la verdad sobre Asunta pero podemos construir una y mil teorías sobre lo sucedido y tratar de adivinar lo que pasó por la mente de sus padres y que les llevaron a asesinarla.

Nuestros cerebros se baten entre dos instancias bien definidas, por una parte las pruebas, los hechos comprobados. Po otra la narrativa, el relato.

Es por eso que existen al menos tres verdades, por una parte está la verdad mediática. Lo cierto es que los medios ya sentenciaron a los padres antes de que se llegara al juicio,  «había agua en la calle y en el alfeizar luego había llovido». Por otra parte está la verdad juridica que no atiende demasiado a la narrativa sino a las pruebas. La Justicia necesita pruebas y con esas pruebas se condena a la pareja. Pero es verdad que falta un trozo de la verdad, eso que llamamos la verdad histórica. ¿Qué fue lo que realmente pasó aquel dia».

Ahi esta el problema, nunca lo sabremos y nuestro cerebro intuitivo (O tipo I de Kahneman) se queda con la miel en la boca. Falta algo nos dice.

Pero lo cierto es que realidad y ficción mantienen entre si una extraña relación de complicidad y de solapamiento. Y más: la realidad es inexplicable en términos de sentido.

Es por eso que existen los expertos y existe la heurística. Véase:

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¿Tiene este hombre un doctorado por Harvard?

Hay una heurística vulgar y cotidiana que nos sirve para usar en nuestra vida diaria y que nos permite apenas pensar en el procedimiento propiamente dicho. La heurística vulgar se caracteriza por las siglas WYSATI, un acróstico en inglés propuesto por Kahneman a fin de dar a entender que esa heurística atiende tan solo a un principio: “lo que ves es lo único que hay”, Pero este tipo de heurística tiene sus limitaciones, es por eso que podemos hablar de una heurística mejorada o una heurística del experto.

Es la forma en que piensan los policías, los jueces, los ingenieros y por supuesto los médicos. El diagnóstico médico es un buen paradigma para hablar de la heurística del experto. Pero antes de abordar como nos las arreglamos los médicos vamos a hacer una incursión en un procedimiento de Sherlock Holmes.

Taxis verdes y azules.-

En una ciudad cualquiera, una noche cualquiera un taxi atropella a un peatón y se da a la fuga. La policía comienza con sus indagaciones.

1) En la ciudad existen dos clases de taxis, unos verdes y otros azules.

2) Hay un único testigo poco fiable -según la policía- que asegura que el taxi era de color azul.

3) La policía averigua que los taxis verdes en la ciudad representan el 80% del total, siendo los azules solo un 20%.

¿Era el taxi, de color verde o como asegura el testigo era azul?

El lector puede hacer aquí su propia predicción.

Y ahora contemplemos el asunto visto de otra manera.

Y añadamos una información más:

“La mayor parte de los taxistas verdes son unos imprudentes, extranjeros y en su mayor parte ilegales”

¿Variaría en algo su predicción anterior?

Lo cierto es que la mayor parte de nosotros daríamos a esta segunda versión más peso de verosimilitud que a la primera. La razón de esta predilección es que mientras en la primera versión sólo tenemos tasas estadísticas frías que no informan de nada, en las segunda hay un dato causal: si es verdad que los taxistas verdes son imprudentes entonces ya tenemos una hipótesis causal, existe una historia, un relato, una narrativa. En realidad el primer supuesto -puramente estadístico- informa mucho más que el segundo, pero atendemos más al segundo al considerarlo más plausible. Sin embargo lo más probable es que el taxi fuera verde si atendemos a las tasas de frecuencia de taxis de la ciudad.

Dicho de otro modo es mejor echar mano de las tasas que de los estereotipos. Aunque la mejor estrategia es una combinación de ambos.

Los estereotipos.-

En realidad los estereotipos nos parecen detestables, cuando señalan razas, nacionalidades, sexo o religiones. Son una especie de prejuicios incompatibles con nuestra idea de la democracia, pero los estereotipos existen y representan atajos en el razonamiento de manera que un buen policia no debería negarlos o subestimarlos. Entre otras cosas porque aun habiendo estereotipos que son falsos, como este:

“Las mujeres que se perfuman son unas fornicadoras”

No todos son falsos sobre todo cuando se combinan con el pensamiento de tasas.

Naturalmente, el caso de  “las fornicadoras” es un estereotipo falso, las mujeres que se perfuman no son más fornicadoras que las que no usan perfume suponiendo que fornicar signifique adulterio, que es al parecer la asociación-generalizacion que llevó a cabo el imán de Ceuta.

Pero hay otros estereotipos que son en todo caso inciertos y en algunos casos refuerzan el pensamiento en forma de tasas. Un policia haría mal en no sospechar -ante el asesinato de una mujer- en que el criminal es su marido o una pareja o ex-pareja. Aunque la “violencia machista” es un estereotipo contiene cierta verdad en relación con un pensamiento bayesiano. Efectivamente la mayor parte de crímenes contra las mujeres los cometen parejas agraviadas. Es poco probable el asesinato de una mujer por otra mujer.

Piensa estadísticamente aunque no concuerde con los relatos de la mayoría. Pero lo optimo es pensar de una forma mixta siempre intentando que un buen relato no oscurezca los datos.

 

¿Por qué esto tiene dificil arreglo?

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Ayer tuve ocasión de ver el debate en la Sexta que mantuvieron Iglesias y Ribera y he de decir que me gustó. Vi savia nueva intentando definir los problemas de España y también las recetas que cada uno de ellos propone para arreglar el desaguisado en que se ha convertido nuestro pais. Naturalmente me gustó más Ribera que Iglesias, daba la impresión de haber hecho mejor los deberes, de andar mejor asesorado, mientras que Iglesias no parece saber que sus recetas populistas no harian sino empeorar las cosas.

Asi y todo el debate me gustó mucho y a pesar de la bisoñez de ambos creo que fue muy positivo que Evole les entrevistara en aquella especie de bareto de barrio, con luces y taquigrafos y sin condiciones, ambos parecian cargados de buenas intenciones como corresponde a su edad. Hay buena cantera en este pais , el problema es doble: ninguno de los dos tienen un partido detrás y ninguno de los dos acertó en el diagnóstico de nuestra querida España, me refiero a nivel estructural.

Es por eso que voy a intentar hacer un diagnóstico más profundo, ir a las causas, a la etiología del descalabro que tiene como el lector verá pronto un tinte paradójico.

Una de las leyes sistémicas (que regulan el comportamiento de los sistemas abiertos) es ésta:

«Todo sistema ha de contener una cláusula que permita salir del mismo sin necesidad de romperlo».

El matrimonio es un sistema, que se basa en un contrato, pero no es un contrato cualquiera, no es un contrato de alquiler. Hay hijos, hay intereses económicos y hay patrimonio que repartir. El divorcio es el fracaso de un matrimonio, y lo es porque es una solución clarifinante (muerto el perro se acabó la rabia). Lo malo del matrimonio es que está pensado para durar siempre y de ahi su vulnerabilidad. Si existe el divorcio es porque el matrimonio no es para siempre. Se trata de algo axiomático.

Luego si el matrimonio no es para siempre ¿por qué no pensarlo de otro modo?. Por ejemplo dos personas contraen matrimonio pero firman un contrato -supongamos- de cinco años. A los 5 años el contrato vence de oficio, es decir no está bajo la decisión unilateral de cualquier miembro de la pareja, que en cualquier caso pueden renovar su contrato digamos 5 años más. Si no hacen nada y no lo renuevan el matrimonio se disuelve. No hace falta divorciarse sino renovar los votos cada x años.

Con nuestra Constitución pasa un poco lo mismo, se pensó para que durara para siempre y la verdad es que ha quedado obsoleta como un matrimonio mal avenido, tanto es asi que lo que está pasando en Cataluña es precisamente el sintoma de esa obsolescencia.

Nuestra Constitución es profundamente antifederal aunque parezca lo contrario. Muchos politicos suelen decir que las comunidades autónomas tienen mas autonomía que en ninguna otra parte del mundo, pero no es cierto del todo. Lo que si escierto es que España fue federal hasta Felipe V aun antes de haberse inventado el federalismo

Qué es el federalismo.-

El federalismo es un sistema político que es el opuesto al jacobino o centralizado y se inventó para proteger a las minorías, que casi siempre son barridas por la democracia, por el rodillo democrático que privilegia a las mayorías frente a las minorías.

Aqui hay un articulo muy bueno de Roger Senserich sobre este asunto y que recomiendo encarecidamente leer para entender que en nuestro pais aunque la estructura de las Autonomias es cuasifederal existen no pocas instituciones que no lo son, y que en puridad son democráticas esto es no-federales.

El ejemplo más notorio es el Tribunal Constitucional (TC) tan amiguete de los politicos de turno que nadie puede creerse su independencia. El TC es muy democrático pues es designado por las mayorias en el Parlamento pero no defiende a las minorias, por lo que no es federal. En realidad un tribunal de estas caracteristicas no debe responder a un reparto de cargos democráticos beneficiando a las mayorias sino responder a criterios profesionales de elección siempre con la mirada puesta en las minorías.

El TC no es en un sistema federal el órgano competente para resolver las dificultades entre un parlamento federal y otro. El problema catalán solo debe ser abordado por el paralamento español y el catalán pues se trata de un problema politico. Pasarle la pelota a los juristas es un acto perverso.

La otra clave para entender el funcionamiento no-federal de nuestras autonomías es el problema de la financiación de las comunidades, unas son ricas gracias al cupo (pais Vasco y Navarra) mientras otras reciben demasiado (Extremadura y Andalucia) y otras menos de lo que necesitan para mantener sus servicios (Cataluña y Valencia). Se trata de un criterio tambien democrático, el Gobierno vencedor es quien impone a las comunidades el dinero que han de percibir, usualmente siguiendo el criterio poblacional, lo que deja sin efectos la autonomia que un sistema federal garantizaría.

Nuestro Estado es pues antifederal y no se articuló en función de las comunidades autónomas sino en función de la Provincia, es por eso que Perez Royo habla de una Constitución Provincial y es por eso que el municipio, la diputación, la comunidad autónoma y el Estado se solapan entre sí y es por eso que pagamos tantos impuestos. Hay demasiados políticos y funcionarios que mantener.

Pero con todo el mayor problema que se deriva de la Constitución Provincial es la desigualdad en la contabilidad de los votos. Al ser la provincia la unidad administrativa del Estado a cada una de estas provincias le corresponden por población, un numero determinado de diputados. Significa que el voto a un determinado partido es más caro en Avila que en Valencia. Nuestra Constitución consagró esta desigualdad disfrazada de representación proporcional. La ley d´Hont salió al rescate de esta idea que intentaba privilegiar las mayorías. Otro síntoma antifederal.

La Constitución de 1978 se construyó por consenso. Era fácil en aquel momento, pues había mucho poder político para repartir. Se optó por una ley electoral que privilegiaba a los grandes partidos (UCD y PSOE) y se instituyó la alternancia en el gobierno como estrategia de gobierno. Este reparto también alcanzó a los partidos nacionalistas PNV y CiU que gozan de una representación exagerada en el Parlamento español y son en muchas ocasiones socios necesarios para el gobierno. Así ha sucedido en varias ocasiones en nuestra historia democrática. CiU y PNV no han intervenido en ningún gobierno paro han apoyado tanto al PSOE como al PP a cambio de prebendas que han terminado por engordar sus comunidades. Dicho de otra manera los partidos nacionalistas han tenido demasiada influencia en la vida política del Estado español, que sigue sin ser federal.

Nuestra Constitución no puede modificarse sin grandes destrozos politicos, es en este sentido inamovible. Carece de una clausula de liquidación.

Y sin embargo es necesario reformarla. Por varios motivos.

1.- Hay que abordar de una vez por todas el tema de monarquia/republica y aunque es de suponer que la monarquía obtendría el apoyo de PP, PSOE y quizá C´s, no hay que olvidar que nuestra Constitución se levantó precisamente para preservarla y este antecedente histórico puede pesar lo suyo en una nueva negociación que tratara de hacer cuenta nueva. No sería raro que algún partido cambiara su posición.

2.- Hay que abordar la estructura del Estado y liquidar el poder provincial. La nueva Constitución ha de enroscarse en las autonomías si queremos ser de verdad federales. El Senado debe reformarse para acoplarse a esta nueva realidad.

3.- Hay que reformar la ley electoral y liquidar las diferencias entre regiones tratando de igualar la calidad de los votos de los ciudadanos vivan donde vivan.

El bipartidismo es el origen de todos los males, pues de facto representa la entrega del Estado a dos partidos que se turnan en el poder y que instalados en esa zona de confort les impide la regeneración y el cambio. Y algo peor: es necesaria una constante polaridad, una especie de farsa consensuada donde de lo que se trata es de convncer al votante de que el otro es el verdadero enemigo, que eso que llamamos izquierda y derecha existen realmente en lo práctico, algo que permite a los ciudadanos afiliarse según su criterio.Con el bipartidismo es imposible cualquier pacto de Estado más allá de los que se consiguen a escondidas pues cualquier pacto desvelaría ante los ciudadanos la verdad de las cosas, no hay ninguna diferencia ideológica importante entre PP y PSOE, pues no hay ninguna ideología nueva desde Marx para acá.

La corrupción de los políticos procede del hecho de que los partidos tienen demasiado poder. El contrapoder de los nuevos partidos emergentes contiene un riesgo: la deriva y la sustitución de un bipartidismo por otro. Es por eso que es necesaria la cohabitación.

Personalmente no creo que los partidos emergentes rpresenten una amenaza para la gobernabilidad. Pero si representan una amenaza para la hegemonía de PP y PSOE y la alternancia. Los gobiernos mixtos pueden ser muy eficaces a diferencia de los monoliticos que siempre aseguran la apatía y el inmovilismo.

El problema no procede tanto de la gobernabilidad sino de la reforma Constitucional, para llevarla a cabo se necesitan consensos. Y el principal consenso es éste:

¿Estarían dispuestos PP y PSOE a perder su hegemonía politica haciéndose el harakiri institucional?

Lo paradójico de esta situación es que se necesita un cambio pero es precisamente la diversidad de opciones politicas nuevas y la persistencia de lo viejo lo que la impide.

Y sobre todo los costes politicos, una legislatura constituyente podria abrir melones inmaduros y generarse más inestabilidad. De modo que esto tiene dificil arreglo y quizá la faena de aliño sea la mejor opción.

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Entrevista a Javier Perez Royo, catedratico de derecho constitucional

La Yoidad

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A pesar de que todo Yo y toda identidad son metafísicamente y materialmente ilusorios, todo ser humano se afana durante prácticamente toda su niñez en alcanzar una identidad propia, desgajada del común, apoyándose en las figuras de identificación que le sean de referencia, tarea que no completará definitivamente hasta bien entrada la adolescencia.

Es asi hasta tal punto que para el psicoanalista E. H. Erickson la identidad es la condición del sentirse vivo.

La paradoja de esta actividad, en esta formulación, consiste en haber anunciado desde el principio que toda identidad y todo Yo son ilusorios y al mismo tiempo haber reconocido también, que en esta tarea se consumen enormes cantidades de energías, dedicación y tiempo, el mismo Erickson habla de las patologías que aparecen en el caso de que un adolescente no haya adqurido una identidad desgajada del común, en este sentido la difusión de la identidad seria el constructo contrario y antisaludable de haber conseguido creer-se alguien, aunque esa creencia no sea más que –en otro punto de vista- una falacia.. Esta contradicción, sin embargo, no debe extrañarnos. El hombre, arquitecto poyético con una capacidad infinita de generación de símbolos, es capaz de sacrificarse por ideas, morir por creencias, pasarse la vida luchando en pos de ideales y en un nivel más patético también pelearse por una palabra de más. No es, pues, extraño que dedique una enorme energía a la tarea de agenciarse una identidad especifica para sí mismo, a partir o en contra de las expectativas de los demás, pero en cualquier caso a partir de esa referencia que le sirve de mirada, de rastro consensuado y que generalmente atribuimos a la familia, a la parentela o a los más próximos.

La identidad o el Yo, son en realidad abstracciones, ideas, constructos que no podemos ver, ni tocar, oler y ni siquiera sentir, a pesar de ser algo inmaterial que no existe tangible o fácticamente, se trata de constructos de certeza, todos creemos tener un Yo, y todos les atribuimos a los demás una misma existencia (teoria de la mente), no existe una idea tan intuitiva como el “saber” que yo existo y que al mismo tiempo usted existe y tiene un Yo parecido al mío dotado a su vez de otra subjetividad. Sin embargo esta creencia es tan metafísica como la consciencia universal o la creencia en Dios, la mayor parte de personas que conozco darían una respuesta bastante aproximada a lo que los neurocientíficos entendemos como Yo, existe pues, un consenso intuitivo sobre su función:

  • El Yo es mi cuerpo.
  • El Yo es mi personalidad, mi carácter, mi subjetividad, lo que me hace diferente a los otros.
  • El Yo es mi historia, mi vivencia de continuidad.

Aunque en nivel mucho más práctico el Yo equivale al cuerpo, sobre todo al cuerpo que exhibimos a los demás, cara y – por decirlo médicamente- las partes descubiertas.

La razón más comprensible de esta manía identificatoria es que de nuestro Yo cuelgan una serie de conceptos que son fenoménicos y aunque no tienen nada que ver con la esencia de ese Yo, tienen mucho que ver con su existencia, con «nuestra forma de estar en el mundo» y sobre todo de «ser reconocidos en él», aspectos que tienden a ser asimilados por el discurso vulgar como si fueran órganos u objetos, me estoy refiriendo a la autoimagen, es decir a la vivencia interna de cómo somos fisicamente. El Yo en este sentido sería como un quinto sentido que reside en alguna parte del cerebro en forma de representación. Una seña de identidad como el color de los ojos o la forma de la nariz.

Para algunas personas esta identidad se halla fundida con su apariencia, es decir con lo que los demás piensan de ellos. Aunque toda identidad precisa de una legitimación social, creo que este es el ingrediente más vulnerable de entre los cementos que amasan la identidad. Depender de los constructos interpersonales ajenos es una mala estrategia de crecimiento del Yo. En el otro extremo del polo, la absoluta independencia de la identidad con respecto a la apariencia, estado que conocemos como narcisismo, es también una mala estrategia de sustentación de una sólida diferenciación.

Dicho de otra forma: la dependencia o apego a la imagen que recibimos de otro se encuentra en tensión permanente con la imagen que tenemos de nosotros mismos y a la vez esa autoimagen es probablemente heredera de la imagen que otros se hicieron de nuestro cuerpo. El apego y la autonomia con respecto a la imagen vivida del cuerpo están en conflicto permanente, en relación dialéctica.

Cualquier experiencia relacionada con la identidad está sustentada en un cluster de reconocimientos, validaciones y legitimaciones, así como también de exclusiones, criticas y retrocesos en la autodefinición. Pero no se trata sólo de una validación social sino sobre todo de una experiencia creativa individual para intentar individualizarse del común. La experiencia es necesaria para su etiquetado posterior, sin experiencia vivida no hay pues nombre, ni categoría. Pero sin categoría sería naturalmente imposible la experiencia, al menos de forma transmisible o recordable. Lo malo de este constructo es que una vez construida y legitimada la etiqueta, esta se comporta como un cuerpo extraño que opera como un atractor de cualquier angustia o zozobra. Además, opera como un objeto interno alienante en tanto que el individuo acaba sintiéndola como una fatalidad que aunque colisione con un sentido común intacto y un juicio de la realidad correcto, constituye una realidad interior contradictoria, no ya con las expectativas sociales iniciales, sino incluso con ese sentido común que el propio individuo conserva.

Por eso construimos nuestra identidad a base de tanteos y retiradas, la construimos por aproximación, en un juego constante de roles, un ejercicio de empatía, la mejor de las condiciones de asimilación , también por odio o resentimiento, un argumento que nos acaba convirtiendo en un negativo patético de aquello que tratábamos de combatir.

La verdad es que una vez se ha construido el nombre (la categoría), el símbolo nos posee, se convierte en un cuello de botella para el raciocinio y la persuasión, en el sentido de que ya no responde tan solo a un consenso o a una experiencia subjetiva, sino que -individualmente también- puede servir de vehículo o coartada para cualquier otra pasión, a veces de sentido contrario a las intenciones iniciales. Así el amor se transforma en su opuesto: el crimen, el fervor en envidia, la admiración en rivalidad. La identidad entonces deja de ser un noumeno y se convierte en un fenómeno, ese salto semántico entre lo abstracto y lo concreto es el vinculo invisible que anuda al hombre, a su mente y a su cultura, un enigma sin solución, porque supone un salto cualitativo, que aun sin entender en su naturaleza íntima somos capaces de observar y que algunos pensadores como Foucault atribuyen al sembrado de entidades o categorías, propias de nuestro pensamiento dual.

La capacidad poyética del hombre para construir etiquetas es prácticamente infinita. Con ellas pretendemos señalar las experiencias comunes, consensuales, las expectativas razonables, aquello que acaecerá inevitablemente en el curso de la vida de una persona, pero también la capacidad de inventar nuevas adversidades. La capacidad de etiquetar es benéfica en sí misma, porque estas señalizaciones representan atajos para la comprensión de eventos inexorables y complejos que es necesario aprender a evitar, a predecir desgajándolos del cemento común de lo inesperado pero cuyas consecuencias y denominación forman parte del modelo perceptual común a una determinada cultura, apresando conceptos o valores que a veces resultan universales y otras veces solo son casos particulares para una determinada etnia o cultura particular. En cualquier caso el etiquetado no tiene nada de neutral, porque a veces también sirve para desparramar o diversificar los malestares del hombre, incluso antes de que estos malestares hayan sido explicitados.

Su vehículo de transmisión es el lenguaje, con él etiquetamos los conceptos, con palabras, que compartimos con aquellos que miran la realidad con nuestras mismas gafas lingüisticas. Sin embargo, el lenguaje no es la realidad sino el sistema de signos que la codifica, el lenguaje es el mapa, no el territorio. Pero la realidad tiene -naturalmente- existencia propia, objetiva, más allá de la colección de signos de que disponemos para interpretarla. En cierto modo, es posible decir que la realidad la inventamos con nuestras palabras, sobre todo la realidad interna, aquella que es interpretativa, subjetiva y que siempre es un acto de creación. Una realidad que parcelamos desde el infinito de lo amorfo, desde lo insignificante de nuestra existencia finita.

Otras veces no existen palabras para nombrar las experiencias: es lo inefable, tenemos entonces que conformarnos con comunicarlas a partir de aproximaciones formales con la herramienta del idioma, dejándonos en el tintero muchos matices que trasmitir, por eso existe el arte y sobre todo la poesía, algo que nos lleva a la indistinción, al mestizaje y a la indiferenciación. Así y todo somos incapaces de nombrar determinadas cosas y por eso existe el inconsciente, un almacén donde hay que ir a buscar lo informe, lo inefable, lo indiferenciado.

Quien busque la esencia que vaya al monte (Proverbio sufi)

Uno de esos consensos universales es el Yo, otro la identidad, conceptos que he anudado en un neologismo: la Yoidad. Consiste en la sensación de ser alguien distinto a los demás, en la sensación de ser aparte, de estar desgajado del cemento de lo amorfo, de lo insustancial. Consiste en tener un cuerpo y tener un carácter, una profesión, un nombre, pertenecer a un lugar determinado, tener propiedades que sentimos como prolongaciones de esa identidad, una familia, unos amigos, unos hijos, una bandera. Todas estas realidades prácticas «cuelgan» de nuestro concepto de identidad, de nuestro Yo y muchas veces lo suplantan, y casi siempre le prestan un soporte funcional, cuando las barreras de ese mismo Yo son frágiles o demasiado permeables.

Pero de él también cuelgan otros parásitos no tan benéficos. Cuelgan la ambición y el dolor, el desengaño y la desesperación, el resentimiento y la culpa. Cuelgan, en definitiva, el dolor y el sufrimiento: la otra cara de la moneda de la autosatisfacción y de la autoimportancia, de ese amor extremo que nos profesamos a nosotros mismos y que llamamos narcisismo.

Y sin embargo ¿qué es esa percha, la identidad?. No es un órgano como el hígado, ni una secreción como la orina. No es un hueso como el fémur, ni un órgano sensorial como el oído. No, su existencia no pertenece al mundo físico, aunque la suponemos en nuestro cerebro (mejor en nuestra mente) o una función adherida a ella.

En realidad, la identidad y el Yo, no son sino constructos teóricos que nos sirven para nombrar aspectos de las diversas conciencias que acompañan al crecimiento ontogénico del niño (un recorrido similar al de la humanidad misma), y cuyo nacimiento se atribuye a una secuela del complejo de Edipo, cuando el niño comienza su separación fáctica del Edén que fue la madre, que operó como un objeto omnipotente y transmitió a su hijo esa sensación, (confianza básica) mientras era en realidad un bebé desvalido y carente de lenguaje y de aparato perceptual. Antes de ser yo, el niño no es sino un Ello, un puro objeto de la madre, solo un Otro de la madre. Es decir el Yo es un rastro histórico, dinámico, que deja una estela de su paso, una huella, el Yo es una conciencia en expansión y contracción permanentes.

En este marco de socialización el niño descubre a los otros «yoes» que pueblan su mundo, la madre, el padre, sus hermanos y sus iguales sobre todo. Sobre ellos se apoyará para conformar por imitación e identificación una imagen de sí mismo que le resulte atractiva y también a los demás y que sea – no obstante- diferente, idiosincrática y reconocible. A esta tarea dedicará diez o a quince años de su vida, aunque podemos afirmar que esta tarea tiene como precursora al reconocimiento de caras y que desde esta facultad el niño hace un salto hacia su propia diferenciación abstracta, pagando la correspondiente cuota de rivalidad y de desamor, de abandono y soledad. También de éxito y popularidad. En ocasiones de conflictos con la ley o con la autoridad, si la identidad que se construye a tientas cae en el campo de la marginalidad o el crimen: identidades negativas que representan antivalores y que muchas veces son el intento desesperado de alguien de construirse una identidad aunque resulte letal e inadaptada.

Esta identidad es pues un acto creativo, plástico, que procede de la facultad de reconocer a los demás a través de su cara y que el sujeto en su alienación de no poderse contemplar como objeto, no tiene más remedio que recurrir a la representación. Una representación mental. construida a golpe de imitaciones, reflejos y refracciones se conservará durante toda la vida, admitiendo pocas desviaciones o redefiniciones mientras conservemos la creencia de que es algo material, que existe dentro nuestro como un órgano. Esta creencia, sin embargo, es benéfica y útil durante el tiempo que el adolescente precisa para anudarse a la tierra, construir un yo diferenciado y evolucionar a partir de esta sólida plataforma hacia otros planos perceptuales. Es obvio que una identidad fuerte y un Yo diferenciados son importantes y necesarios para hacerse un hueco en un mundo donde la competencia y la eficacia son valores compartidos por la mayoría y cuyas reglas de juego interpersonal se basan, sobre todo, en la habilidad para llevar a cabo estrategias para «situarse» en el entramado social. El obstáculo del mundo laboral, encontrar una pareja y fundar una familia son imposibles, sin haber llevado a cabo la fundación de un Yo o una identidad sólidos.

Más allá de estas tareas o en determinados ambientes no competitivos o comunidades que se basan en la cooperación y no en la rivalidad, se pueden hacer algunas excepciones, algunas pausas y trascender nuestra propia identidad, impulsando nuestros modelos perceptuales hasta determinados estadios de conciencia que nos permitan visitar otros mundos y adquirir otras experiencias. El Yo y la identidad unitarios son en realidad un invento bastante reciente si lo comparamos con el periodo de tiempo en que el Yo estaba compuesto por aspectos parciales de la conciencia que coexistian en la misma mente. En este sentido la convicción de que nuestro Yo, existe dentro nuestro y es un soporte de nuestra identidad, como algo material, es en realidad una convicción irracional, que se ha demostrado – no obstante- útil, en un modelo de sociedad competitivo, hostil y que requiera del sujeto una cierta sensación de continuidad sobre sus propias responsabilidades y su conducta.

Más allá de eso, es posible pensar en una existencia alternativa, donde el Yo, no supusiera un centro de gravedad sobre el que navegar, sino sobre un modelo de conciencia que contemplara la realidad desde una perspectiva supraindividual. Realidad de conciencia que lejos de constituir una utopía, es posible de alcanzar a partir del testimonio de otras culturas y de otras experiencias individuales.

La vida del espíritu sobreviene de la muerte previa de la mente. Si aniquilas la mente, el original cobra vida. Aniquilar la mente no significa quietismo, sino concentración total. (Lu- Tung- Pin, El secreto de la flor de oro)

Tal y como los yoguis recomiendan, el camino hacia la felicidad impone la disolución del yo, de la identidad o al menos su relativización. Pero para disolver el Yo, hay que tener antes un yo consolidado, de otra manera el riesgo de psicosis no es desdeñable, al menos en nuestra cultura. Claro, que no se trata de perder la identidad y perderse en un estado de marasmo intelectivo, o de renunciar conscientemente como un zombi a lo que se sabe, se ha sabido o se puede aprender. Disolver el yo, no consiste en volver al automatismo mental, no es una robotización de la existencia, se trata de desplazar el centro de gravedad de la propia existencia hacia un rango jerárquico superior, que algunos han denominado el hombre incoloro (Pantajali), una perfecta metáfora de la falta de deseo.

Muchas veces olvidamos, tal y como ha señalado Naranjo, que el deseo o la aversión proceden de la condición deficitaria del ser humano, mientras que el amor, – que es junto con el desapego, el mejor antídoto contra la desesperación del ansia de poseer (o de evitar)-, proceden ambos de la abundancia.

La ruptura intrapsíquica que representa esta idea budista de disolución del yo es darse (caer en la) cuenta, mediante un entrenamiento al servicio de cualquiera, de que el Ser está en toda la humanidad y que habla, en su multiplicidad, por todas las bocas. Es, darse cuenta, que por encima de las diferencias que nos hemos construido para distinguirnos de los demás, hay más coincidencias que divergencias entre los humanos. Incluso más: que la carga genética que separa al hombre de la mosca del vinagre es mínima y en este sentido todos los seres vivos formamos parte de un mismo proyecto, intencional o arbitrario, en el que compartimos unos mismos materiales con distinta organización, donde los opuestos son categorías reversibles y aspectos complementarios de la misma realidad.

En el terreno práctico, disolver el yo, es escuchar las razones de los demás y no adherirse a las convicciones propias, mucho menos a aquellas que no son más que opiniones trasvestidas de verdades universales. No alimentar convicciones, creencias o ideas rígidas, es el objetivo en la resolución de este enigma, pero es también un éxito conseguir relativizar las propias ideas o razones y dejarnos penetrar por los argumentos ajenos.

Disolver el yo, es destruir las etiquetas que nos sirven de referencia para nuestra propia autoimportancia, pero también para los prejuicios ajenos, fascinados a veces por la titularidad pública de esas mismas etiquetas y que nos sirven de realimentación cuando perdemos el Norte. Los yoguis están convencidos de que la falacia omnipresente de la identidad-etiqueta es la responsable de gran parte del dolor y malestar que los occidentales llamamos neurosis.

La conjetura Dalloway

ofelia

A Virginia Woolf le pasó un poco la misma cosa que a Salieri, tuvo la mala suerte de vivir en la misma época que Mozart, en el caso de la Woolf, su contemporáneo James Joyce es aun considerado por su «Ulises» como uno de los mejores escritores del siglo XX. Es por eso que la valoración que hoy se hace de la Woolf no es tanto por su calidad literaria (que la tiene) sino por haber inventado un nuevo tipo de subjetividad femenina.

Y no es única puesto que Flaubert ya nos había iniciado en ese tipo de emergencias en su Madame Bovary o el mismo Tolstoi en Ana Karenina.

Lo que emerge en estos personajes de novela es una nueva posibilidad de ser mujer. Ya no se trata solo de ser esposa, madre o trabajadora en el campo o en la fábrica sino de tener una subjetividad propia con la que navegar por la vida y casi siempre contra corriente. Asi, Emma Bovary sueña con una vida de lujo en Paris mientras se aburre como una ostra siendo la esposa de un médico de pueblo, su periplo psicológico y vital nos sitúa en su drama existencial, sus huidas, sus infidelidades y los dos abandonos que sufre de parte de sus amantes. Hay que situarse en la época para entender que la infidelidad de una meujer casada era algo en lo que pocas personas acomodadas podían pensar y más aun, llevarlas a cabo con todas sus consecuencias trágicas. Algo asi le sucede a Anna karenina, divorciada y enamorada de un hombre que a su vez la victimiza..El suicidio por amor en una mujer de su posición, era tan escandaloso como hoy nos pueda parecer el matrimonio homosexual.

Lo que destaca de estas novelas realistas es precisamente sus desenlaces trágicos, la ruina económica, el suicidio o el exilio en el caso de la Bovary. Todo parece señalar hacia la idea de que esos cambios de subjetividad, que de alguna forma se enfrentan al orden establecido, tienen un peaje que pagar. Un precio que se salda casi siempre con la muerte o el marasmo.

Ms Dalloway.-

Virginia Woolf publicó en 1925 “La señora Dalloway”, novela que relata un día en la vida de Clarissa Dalloway, una mujer perteneciente a la clase alta del Londres de después de la Primera Guerra Mundial. Aparentemente la historia que Woolf pretende contarnos se limita a cómo una ama de casa prepara su fiesta y sus pasteles; sin embargo, gracias al estilo que adopta la autora a la hora de escribir la novela nos damos cuenta de que ésta no trata sólo de Clarissa Dalloway sino de la conciencia de distintos personajes que podemos encontrarnos en la sociedad del periodo de entreguerras.

La perspectiva y estilo narrativo que encontramos en “La señora Dalloway” es uno de los detalles que convierten a esta obra en especial. El empleo de la técnica del monólogo narrado supone la referencia al personaje desde la omnisciencia, en tercera persona, pero a la vez muestra la entonación del habla del personaje por lo que parece que estuviéramos escuchando a éste aunque no estemos ante un texto en primera persona.

Clarissa Dalloway, el personaje principal, intenta constantemente equilibrar el mundo que la rodea con su propia vida personal e interior. Se encuentra sumida en el mundo de la alta sociedad londinense que se debe preocupar por trivialidades como la moda o las fiestas, pero cuenta con una gran capacidad emocional de la que otros personajes carecen. De todas formas, Clarissa mantiene las apariencias y se integra perfectamente en la sociedad a pesar de que no comparte sus sentimientos con los demás ya que esta actitud le da más seguridad; sin embargo, este comportamiento no siempre es bueno pues hace que parezca superficial incluso para aquellas personas que la conocen bien. Durante toda la novela percibimos la preocupación de la protagonista por el paso del tiempo, el envejecimiento y la muerte, a pesar de sus esfuerzos por centrarse en vivir la vida de una forma tranquila, como hacen los demás. Una de las cosas que debería proporcionarle seguridad y tranquilidad es el hecho de haberse casado con Richard Dalloway en vez de con su anterior pareja, Peter Walsh; mas es imposible conseguir esa tranquilidad puesto que los recuerdos nunca la abandonan. Clarissa siente constantemente que su existencia podía haber sido de otro modo, que está de alguna manera incómoda con su vida; sin embargo, termina por aceptarla. (Extraida de esta web)

De modo que lo que nos está describiendo la Woolf es una mujer que no encaja en el entorno en el que vive, que se siente desubicada y de alguna forma hiperadaptada a una vida rutinaria y vacía. Algo parecido a lo que le sucedía a la propia autora de este libro, a Virginia Woolf de la que conocemos algunas cosas sobre su vivencia personal y la conocemos a raíz de los personajes femeninos de sus novelas.

Virginia Woof sufría una psicosis maniaco-depresiva (hoy trastorno bipolar) y fue internada en varias ocasiones. Sus medicos le aconsejaron (igual que hacemos hoy) una vida rutinaria, con pocas emociones nuevas con el fin de afrontar el estrés que le proporcionaba, sin ninguna duda el pertenecer al grupo de Bloomsbury, una especie de élite intelectual de su época. Después de su retiro obligado la Woolf se suicidó de la misma forma que Ofelia en el principe Hamlet, por inmersión. Dejó una carta para su marido:

«Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo»..

Las horas.-

Banda sonora de las Horas por Philip Glass

Las horas (The Hours) es una película dramática estadounidense del año 2002 dirigida por Stephen Daldry. El guion, escrito por David Hare, es una adaptación de la novela homónima de Michael Cunningham, ganadora del Premio Pulitzer en 1999.

La pelicula transcurre en tres planos narrativos y temporales, el primero discurre hacia 1925, protagonizada por Nicole Kidman que estrena nariz y maquillaje y se centra en la vida de la propia Virginia Woolf y en su drama vital. El segundo plano transcurre en 1951 y el personaje es Laura Brown protagonizada por Julianne Moore.Lee la novela de Virginia Woolf durante el día de cumpleaños de su marido. A pesar de la aparente felicidad que envuelve su vida, su mundo se le viene encima al conocer que una vecina a quien ama secretamente se encuentra enferma y puede morir. Intenta suicidarse. Se debate entre seguir con su familia o abandonarla. Tras desistir del suicidio, decide abandonar a su familia después de tener a la hija que espera y después de prepararles a todos el desayuno. Su hijo es el protagonista del tercer nivel narrativo, la acción transcurre en la época actual (2001), se trata de un poeta de éxito que padece el SIDA y que es atendido por su editora (Meryl Streep) en el papel de Clarissa Vaugham, justamente el nombre de Ms Dalloway según Woolf.

Tres épocas y tres mujeres atrapadas en sus papeles de esposas, madres e intelectuales de éxito con una sexualidad indefinida y al mismo tiempo inquietante. por la cotidianeidad de, algo que nos acerca a la idea de «lo ominoso» o «lo siniestro» tal y como diría Freud.

La conjetura Dalloway es la idea de la repetición, la idea de linealidad que existe en las tres historias y que solo se cierra a través de la muerte, es el poeta Richard el que acaba suicidándose con ese siniestro bucle que iniciara la propia Woolf en su propia vida real. Es como si las vidas de las personas estuvieran enroscadas en una especie de maraña y donde las vidas se reptieran fractalmente solo unidas por la misma tragedia existencial. Es como si existiera una tonalidad, que recorriera de principio a fin las partituras de la vida y que atrajeran hacía sí a multitud de vidas que son un «como si». Como si participaran de una misma tonalidad musical, como si compartieran un colorido,  una determinada constelación de circunstancias, como si no se hubiera podido terminar la construcción de una identidad separada de las demás, autónoma y con sentido.

Como ser mujer.