El principio del placer y su más allá

El supremo placer erótico es la convicción de estar haciendo el mal (Baudelaire) 

sumision

“En la teoría psicoanalítica adoptamos sin reservas el supuesto de que el decurso de los procesos anímicos es regulado automáticamente por el principio de placer.  Vale decir: creemos que en todos los casos lo pone en marcha una tensión displacentera, y después adopta tal orientación que su resultado final coincide con una disminución de aquella, esto es, con una evitación de displacer o una producción de placer. Cuando consideramos con referencia a ese decurso los procesos anímicos por nosotros estudiados, introducimos en nuestro trabajo el punto de visa económico. A nuestro juicio, una exposición que además de los aspectos tópico y dinámico intente apreciar este otro aspecto, el económico, es la más completa que podamos concebir por el momento y merece distinguirse con el nombre de «exposición metapsicológica”.

[ FREUD, S.: Mas allá del principio del placer)

Lo que Freud quiere decir en este texto un tanto abstruso es que «placer» y «principio del placer» no son la misma cosa. Más aun: «el principio del placer» no requiere ni siquiera el concurso del placer para poderse entender y conceptualizar. En este sentido Freud fue el primero en entender que el principio del placer, lo que en neurobiología conocemos como «teoría del placer-recompensa» no basta para entender la vida anímica, al dejar sin explicar entre otras cosas el principio de repetición, la repetición compulsiva. ¿Como entender que repitamos siempre un mismo patrón a sabiendas de que nos llevará al fracaso? ¿Por qué no aprendemos de nuestros errores?

La repetición compulsiva es un extraño fenómeno al que la Neurociencia actual no ha logrado hincar el diente por falta de una comprensión «económica» del funcionamiento psíquico. Es difícil entender y admitir que la repetición de un mismo patrón -aunque resulte en sí mismo displacentero en un lugar-, ocupe un lugar de placer en otro de la economía psíquica. Es por eso que algunos autores como Lacan hablan de goce como oposición al placer. De este modo el dolor no seria lo contrario del placer sino el goce.

«Se conocen individuos en quienes toda relación humana lleva a idéntico desenlace: benefactores cuyos protegidos (…) se muestran ingratos pasado cierto tiempo, y entonces parecen destinados a apurar entera la amargura de la ingratitud; hombres en quienes toda amistad termina con la traición del amigo; otros que en su vida repiten incontables veces el acto de elevar a una persona a la condición de eminente autoridad para sí mismos o aun para el público, y tras el lapso señalado la destronan para sustituirla por una nueva; amantes cuya relación tierna con la mujer recorre siempre las mismas fases y desemboca en idéntico final. (S. Freud).»

Placer es algo que se añade a la vida, goce es algo que se sustrae a la muerte.

Para entender mejor este concepto de goce el lector puede leer este post donde hablé precisamente de esta amistad peligrosa que reune a ambos en nuestra conducta. Decía allí a propósito de la película «Amistades peligrosas» que:

A ese ir más allá del placer le llamó Jacques Lacan, el goce, (la jouissance) y lo definió del siguiente modo: “placer es aquello que se añade a la vida y goce es aquello que se sustrae a la muerte”. El concepto de goce es algo facilmente reconocible en la conducta de nuestros semejantes y algo además imprescindible para entender el deseo humano, algo que va más allá del reflejo condicionado skinneriano y que situa a lo humano en una dimensión más poperiana que skinneriana, más epistémica que conductual.

Asi Velmont desea seducir a Cecilia Volanges, pero lo que le interesa de ella no es tanto su belleza sino su inocencia. Educada en la moral más rancia y convencional del momento Cecilia acapara en sí los dones que Valmont pretende socavar a través de sus engaños y su constancia en el acecho de la presa. De lo que se trata no es tanto de conseguir a Cecilia sino de retar su resistencia y someterla a la prueba del nueve de la seducción. Es la apuesta que Valmont y la marquesa mantienen y es algo que sólo puede llevar a cabo Valmont, puesto que la marquesa en virtud de su posición no puede acometer por sí misma tamaña heroicidad sin ponerse en entredicho aunque es precisamente ese el deseo que asoma en ella a través de la inducción constante que hace a Valmont acerca de esa posibilidad, asi es la marquesa la que induce, espolea y mantiene.

Y una vez conseguida de lo que se trata es de abandonarla pues el goce no está diseñado para acomodarse a una vida hogareña confortable y práctica, sino precisamente para eludir los compromisos del amor y escamotearle al deseo una cama doméstica aun siendo una cama confortable y acogedora. De eso va el deseo libertino, un deseo que se alimenta en ese recorrido del apetito, resistencia, engaño y consumación. Siempre es necesario el engaño puesto que el plan consiste en abandonar a la presa apenas rendida por amor y es precisamente esta rendición que se hace en nombre del amor lo que hace a la presa tan peligrosa y cuando se ha llegado a este punto lo que se impone es cambiar de víctima y buscarse un nuevo reto, un más difícil todavía dejando a la anterior mancillada de por vida y enclaustrada en un convento.

El goce es pues el deseo del deseo. El deseo de desear.

Es obvio que la conducta humana y de cualquier animal puede resumirse en una palabra: todo ser vivo se orienta hacia la consecución de placer y la evitación del displacer. Pero estamos lejos de haber comprendido el mecanismo de estas conductas de acercamiento/repulsión, puesto que el displacer en sí mismo supone una excitación creciente y el placer es en cierto modo la solución al displacer. Lo que es intolerable es la excitación, proceda del dolor, o de cualquier otra fuente excitatoria. Sea comida o sexo, lo que nos impulsa a buscarles es la expectativa de alcanzarlos y de descargar en ellos esa tensión, sea comiendo o copulando.

Claro que el final del displacer no es siempre el placer, pero si el punto final del displacer no es el placer, ¿qué es?  Es la reducción de esa tensión, pero ¿qué en qué consiste esta reducción?

La anulación del displacer no es necesariamente placer, podemos hacerlo durmiendo, tomando Orfidal,  vomitando, podemos beber alcohol, meditar, correr, conductas que conocemos como «de escape». ¿En el coito, qué es más importante el momento del orgasmo o la eliminación de la tensión displacentera de una excitación?.  Yo diría que muy probablemente el incremento de la tensión erótica no es displacentera por necesidad; y segundo que el orgasmo no es un requisito necesario para la eliminación del displacer de una tensión erótica.

De manera que el placer es un plus, algo que se añade al coito pero que no justifica al coito en sí mismo como subproducto del principio del placer.

Freud ejemplifica ese problema, lo ha abordado en las «Lecciones introductorias al Psicoanalisis». Y él habla de los sueños de castigo que son distintos de los sueños traumáticos, entre paréntesis. El sueño de castigo es un sueño en el cual efectivamente hay un castigo y un dolor y una molestia y ansiedad; y Freud lo explica diciendo que no se puede abordar el principio del placer desde el ángulo única y exclusivamente de la pulsión, que el principio del placer se conecta también a complacer -que no es lo mismo que tener placer- a complacer a otras instancias psíquicas, por ejemplo al Superyo; con lo cual tú puedes comprender que el principio del placer no puede ser formulado en puros término de placer o dolor, o de displacer y dolor, o de displacer versus placer, o de dolor versus placer; sino que también tiene que ser enunciado o percibido en la clínica a la luz de una especie de circulación intersistémica. ¿Qué es lo que logra que alguien evite el displacer y tenga al mismo tiempo placer?: Un acuerdo intersistémico; un acuerdo entre el yo y el ello, por decir así, una coordinación, una transacción entre el Yo, el Ello y el Superyo o, si tú quieres, en términos de la antigua tópica: una transacción entre consciente e inconsciente. La angustia a nivel preconsciente de un elemento sustitutivo que permita cruzar desplazadamente o condensadamente la pulsión. En ese sentido, la palabra placer pierde sentido y, desde esa perspectiva, tú ya no puedes hablar de placer. (tomado de este articulo de Bernardo Arensburg).

De modo que no todo placer es placentero en sí mismo sino que obtiene legitimidad en el hecho de complacer: a otro o a otra instancia psíquica, algo que entronca con el masoquismo y el narcisismo. Renunciar a un placer es a veces la mejor forma de anular un displacer y alinearse con el placer de otro es sin duda un lugar masoquista donde uno se pone en el lugar imaginario que presupone en el otro.

Pero no se trata solamente de la evitación del displacer a través de una especie de exportación del propio deseo en otro u otra cosa sino que hay aun otra vuelta de tuerca, otro más allá:

El concepto de goce -jouisance- en Lacan, por ejemplo, tiende a dar cuenta de esto, pretende dar cuenta en términos de que sería como la postulación de que en todo síntoma, en toda situación sintomática habría un goce secreto que podemos presumir como un goce masoquista en la medida en que se acompaña de dolor.  Y Freud lo dice muy claramente, por ejemplo en «El hombre de las ratas», cuando el H.R. relata el terror y el desagrado frente a la exposición de la tortura china por el capitán cruel. Freud dice: «Un brillo de goce en su mirada»; no usa la palabra placer, curiosamente, sino que usa la palabra goce que es la que Lacan retoma. Hay un goce, dice él. Ahí podríamos equiparar goce con placer y decir que se trata de un placer masoquista; pero yo no suscribiría el planteo de Lacan. No se trata de una situación estrictamente masoquista; puede tratarse de una situación moral, por ejemplo; puede tratarse de algo ligado al narcisismo que exige no un placer sino una eliminación de los malos pensamientos displacientes, por así decir, lo que no produce placer sino que produce un alivio frente al sentimiento de pecado o al sentimiento de malestar con el propio ideal del yo o con el Superyo. (Arensburg, 1996)

Nosotros los humanos venimos de serie cableados con un sistema de placer-recompensa inacabado, a medio hacer, esto explica el por qué los conceptos neurobiológicos de apetencia y consumación no son suficientes para explicar los trasiegos del deseo que ha de viajar y sortear distintas instancias psiquicas y sociales para poderse vertir al exterior. Los conceptos de excitación-displacentera y su evitación o descarga placentera y su repetición no pueden contener la enorme variedad de combinaciones que aparecen como pactos entre el narcisismo, el Superyó o la parte moral y la histeria con su represión de lo inaceptable con el Yo o la consciencia.

Lo que está más allá del principio del placer apunta a una indiferenciación sistémica.

El deseo del no-deseo, es decir la muerte.

Bibliografía.-

S. Freud (1919-1920). «Más allá del principio del placer».