El año que votaremos peligrosamente

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No cabe duda de que la democracia está sobrevalorada. Y lo está por distintas razones:

1.- Ni siquiera sus inventores -los griegos- consiguieron extenderla a todas las capas de la sociedad, mujeres y esclavos no contaban en ese sistema de representación que conocemos como democracia.

2.- No cabe ninguna duda de que la democracia ha fracasado en distintas culturas del mundo: empasta mal con las concepciones teocráticas del mundo árabe, con el sistema de castas de otros países y con la tendencia a la disciplina de otras culturas, donde la tiranía parece que ofrece más bienestar a la ciudadania que la democracia misma.

3.- Lo que nosotros entendemos como democracia- la llamada democracia liberal-se basa en lo siguiente:

  • Prensa libre.
  • Separación de poderes.
  • Voto periódico y universal: un hombre un voto. Elecciones periódicas donde se eligen presidentes, cámaras y gobiernos, en algunas partes también jueces.
  • Voto dirigido a esos paquetes que llamamos ideologías y de los que los partidos son sus celosos guardianes. Partidos y sindicatos con tratamiento de instituciones publicas.
  • Desaparición de los delitos de opinión, nadie puede ser perseguido por sus ideas.

Si atendemos al espacio Europeo y nos centramos en nuestro país, podemos ver como nuestra democracia padece algunos males: no existe prensa libre, ni existe una verdadera separación de poderes entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

La democracia en nuestro entorno se ha convertido en una costumbre, y ya no es más un hallazgo o una conquista, sino algo más bien ritualizado que cada cuatro años nos saca de nuestra casa para convocarnos a las urnas, donde solo podemos elegir entre dos partidos, el resto es testimonial.

Dicho de otra manera: la democracia tal y como la concebimos hoy ha fracasado, no tenemos más remedio que ir hacia una refundación, no de la forma de Estado o la Constitución o del reparto de poder entre autonomías o federaciones, lo que hay que reformar es la democracia misma.

Sabiendo además que no hay democracia perfecta y no la hay porque no está resuelto el gran tema: el tema de la participación-representación.

Desde las oligarquías griegas o romanas, pasando por la Asamblea de Rousseau hasta llegar a nuestra ley D´hont, todas las maneras de participar en el gobierno han demostrado sus insuficiencias. Hoy lo que está en la calle es el anhelo de participar en el gobierno de lo colectivo, en esa república que es de todos. ¿Pero es esto posible?

Algunos partidos emergentes lo han comprendido bien. De lo que se trata es de hacer ver que estamos contribuyendo con nuestras propuestas al gobierno. Nos dejan participar y hoy con Internet participar es muy fácil sólo que los que tienen Internet o tienen una opinión formada sobre cualquier cosa siguen siendo minoría y los que alimentan la ilusión de la participación también saben que es imposible un gobierno que tenga en cuenta todas las opciones. Se montan Asambleas para hacer lo mismo que hacen los demás: un pequeño grupo de personas -cuando no una sola- toma las decisiones. Algo que se llama liderazgo.

El liderazgo no es algo malo en sí mismo y no hay porque hacerle ascos. Si el líder es bueno el gobierno funciona porque resuena con los deseos de la mayoría. Si el líder es malo o mediocre o está al servicio de intereses espúreos, entonces el gobierno funciona mal. Nos esperamos cuatro años más y le cambiamos. Así eran las cosas hasta ahora.

El problema es que lo que entendemos por democracia en España es más bien una partitocracia, es decir un sistema basado en dos grandes partidos que se alternan en el poder -repartido entre Cataluña y Euskadi- donde el reparto es diferente, pero se trata en cualquier caso de partidos que están condenados a llevarse la contraria hasta en los temas en que están de acuerdo que son la mayoría. Ambos partidos, PP y PSOE encarnan las grandes ideologías del siglo XX, son por así decir las marcas legitimas, el resto son imitaciones.

Lo que sucede cuando estas ideologías pierden vigencia es que los partidos que las sustentan pierden vigor y entonces no tienen más remedio que reinventarse a sí mismos. De momento esto no ha sucedido en España. PP y PSOE son dos marcas en extinción y de ahí el peligro que se nos avecina. ¿Hay algo más anacrónico que ser un partido obrero?

En realidad las ideologías son ilusorias, ya no existen. Los partidos políticos son anacrónicos.

Votar a una ideología es tan ilusorio como votar por intereses de edad, de sexo o de empleo. Imagínese usted lo siguiente: que los que se presentaran a las elecciones fueran dos grandes partidos, Los JOVENES y los MAYORES, luego habría algunos grupúsculos minoritarios, los ENFERMOS, las MUJERES MALTRATADAS,  Los MEDICOS-ENFERMEROS-FAMACEUTICOS o los ARTISTAS.

La mayor parte de la población en España se encuentra en un rango de edad entre 35-55 años. ¿A quien votarían estos ciudadanos? No son jóvenes ni viejos, de tal manera que hoy votarían aquí y mañana allí, seria un grupo con una amplia variación de voto: los que decidirían el gobierno. En realidad los jóvenes y debido a las políticas de suicidio demográfico que hemos seguido en este país serian una minoría y los mayores también seguirían siendo una minoría, algo así sucede con el PP y el PSOE.

En realidad la mayor parte de la población no son ni del PP ni del PSOE, se sitúan en el centro de la campana de Gauss, el resto, los que viven en los extremos no son sino una minoría de la minoría. Son precisamente estos los que están el política o viven de ella.

Si yo estuviera en esa tesitura votaría por mis intereses próximos: la jubilación. De manera que votaría a los mayores que son los que no quieren experimentos de ingeniería social. Lo que yo quiero es estabilidad. Naturalmente si fuera joven y no tuviera trabajo votaría por el partido de la juventud y me arriesgaría a un experimento aun sin gaseosa. Tendría mucho tiempo para rectificar.

Lo que decide el voto no es la ideología sino los intereses. O la percepción que cada cual tiene de sus intereses.

Y la peor noticia: los intereses de las personas son tan diversos y contradictorios entre sí que empastan mal unos con otros: los intereses de un parado y los de un pensionista están a años luz unos de otros, ¿entonces qué hacer?

Los intereses de las personas son irreconciliables, los mismo sucede con las opiniones de cualquier cosa, es por eso que existen los partidos que en cierta forma se aprovechan de la fragmentación de las opiniones de cada persona. Uno puede votar al PSOE y ser rico, pasar las navidades en Baqueira Beret e incluso defraudar a Hacienda o creer en Dios. Nadie en el PSOE se le reprochará ni usted lo vivirá como una contradicción pues la ideología tiene una ventaja con respecto a los intereses: uno se  construye la ideología que quiere. Lo mismo sucede con los que son o votan al PP, pueden defender la igualdad de la mujer, estar a favor del matrimonio homosexual o abortar cuando las cosas se ponen feas.

Pertenecer a un partido o ser su simpatizante no nos obliga a nada. En las cosas del querer nadie se puede meter. Y ser de un partido u otro es más una cosa emocional que racional, como ser del Madrid o del Barça. Nadie expide certificados de autenticidad y nadie los exige.

Sin embargo los intereses son irreductibles y no negociables. Si usted es arquitecto y no encuentra empleo en su país es seguro que su caso personal es el opuesto al arquitecto que se jubila el año que viene. Esas son las diferencias verdaderas y no las ideologías que son como juguetes de consumo del capricho de poder elegir.

La principal corruptela de los partidos no es pues económica sino ideológica, ni el PP es de derechas ni el PSOE es de izquierdas si es que eso aun significa algo en el mundo actual. Ambos están condenados a entenderse al menos en lo que es el gobierno de la estabilidad que es necesario para evitar el caos que se adivina. Deberán aprender a ponerse de acuerdo y a cesar en su perpetua guerra dialéctica a fin de escenificar sus diferencias. Pero si eso sucede y sucederá pronto o tarde, uno de los dos partidos desaparecerá (más concretamente el obrero pues ya no existen obreros en España, solo parados) y el que sobreviva también tiene sus días contados pues no se puede ser de derechas y liberar etarras y delincuentes con trampas. Así emergerá otro populismo de derechas que será el contrincante natural de Podemos-Ganemos, para mucho tiempo y así se habrá refundado otra vez el bipartidismo.

Con otros collares y otras caras.

Pero quizá con más claridad de doctrina.

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