El policía y el beato

Esta semana he tenido oportunidad de hablar con dos personas -en entornos no clínicos- de los que he aprendido alguna cosa nueva que me gustaría compartir con ustedes. Se trata de conversaciones de bar, un poco a salto de mata, de forma discontinua. Ambos han alumbrado un espacio que para mi -que vivo ajeno a la maldad- transcurría en penumbra, me refiero a las relaciones de vecindad que mantienen los perseguidores y los perseguidos. Esas dos caras de la paranoia, de las que conocemos bien a una de ellas, me refiero a la versión de la víctima, la de aquellos que se sienten perseguidos, acosados o excluidos.

Menos conocida es la otra cara: la del perseguidor, el querulante, el reivindicador, aquel que se ha sentido víctima de una injusticia -real o imaginaria- y que en lo sucesivo adquirirá el papel de desconfiado perseguidor, de Torquemada, de justiciero, un personaje como aquel Javert que aparece en los Miserables y que durante toda la novela no hace sino seguir su misión y su misión no es otra sino conseguir apresar a Jean Valjean que por otra parte es inocente. Nos olvidamos con frecuencia que estos inquisidores son también paranoicos que han conseguido transmutar su sentimiento de persecución por otro más activo y quizá más adaptativo: el de perseguidor. El acoso  y el resentimiento son la otra parte de la paranoia, la cruz desconocida que no aparece en los manuales de Psiquiatría sino con otros nombres y que tratan de ocultar su parentesco con aquellos que victimizan.

La eterna lucha entre el bien y el mal son el tema de la paranoia, y donde está Valjean no puede existir Javert.

¿Quién es Valjean? ¿Es un demonio, quizá?
¿Por qué dejarme escapar si me tenía a sus pies?
Me daba el golpe final y conseguía el perdón. 
Muerto Javert ya no existía el ladrón. / Pero dudó, no clavó su puñal. 
Quiso vencer perdonando a su rival. 
No viviré a merced de un ladrón, no cederé cuando llegue el final. 
¡Yo soy la ley, no se burla la ley! / Escupiré su maldita piedad. 
Negro o blanco, se debe escoger. / Donde existe Valjean, ¡no hay Javert! 
¿Y cómo puedo permitir que tenga mando sobre mí? 
El criminal a quien di caza me deja vivir, me deja libre. 
Debió clavarme su puñal, debió matar. 
Quitó el derecho de morir a quien no quiere malvivir. 
Y no sé qué pensar, ¿Puede un hombre cambiar? 
¿Reparar sus pecados? ¿Olvidar lo que fue? 
¿Que gano ahora con dudar? No había dudas hasta hoy. 
Mi corazón ahora tiembla, el mundo de ayer es una sombra. 
¿Le envía Dios o Satanás? ¿Y sabe ya,
 que al perdonar mi vida hoy, me ha condenado a morir? 
¿Cómo he llegado aquí? Las estrellas ya no están. / Esta fría oscuridad, vacío sin final. 
¡Solo tengo que escapar del perdón de Jean Valjean! 
Pero, ¿a dónde puedo ir? ¿Cómo aguas que se van?

Teniendo en cuenta que la dinámica paranoide es similar -aunque invertida- tanto en el beato como en el policía, ambos participan del mismo trato con la maldad aunque con distintos mecanismos. Y el malvado no puede coexistir con el bien sólo puede simularlo y en cualquier caso vivir bajo ese disfraz.

El policía desconfía de todos, sospecha y persigue al maleante y todos son sospechosos mientras no se demuestre lo contrario, lo mejor es suponer que todos son culpables, -me decía el policía- y que justificaba esa forma de pensar con el argumento de “me va la vida en ello”.Nadie es pues inocente.

El mejor policia es siempre un paranoide, pero un paranoide solitario a diferencia del beato que es un paranoide sectario.

El beato se diferencia a las claras de aquella persona que abraza una religion convencional o incluso de aquel que practica una religiosidad profunda. El beato es un enamorado de la liturgia, del ritual, del dejarse ver. El beato es un paranoide que esconde su desfonfianza policial todo lo que puede tras una mascarada de buenas intenciones y de legitimación social, más bien de su grupo, a veces de su secta. El beato compagina su beatería con ciertos vicios privados bien conocidos por todos, los relacionados con la vida sexual y con el dinero.

Es precisamente porque se ocultan estas dos pulsiones fundamentales de la condición humana que el beato resulta un beato. Y es por eso que estas pulsiones desarmadas y descontextualizadas acaban por proyectarse al exterior.

El beato persigue en los otros aquello que él mismo se perdona conscientemente pero se acusa inconscientemente..

Detrás de un perseguidor hay siempre un pecador oculto.

De ahi la fuerza de Javert, su obsesión por darle caza. Javert necesita capturar a Valjean para mantener oculta su verdad.

Y si la verdad acaba por resplandecer: Javert se precipita en las alcantarillas de Paris.

No es de extrañar, pues la moral evolucionó para controlar la conducta de los demás y no la propia, para proteger al grupo del egoísmo individual, pero una vez inventada la moral nos quedamos solos gestionándola desde nuestro interior, con nuestros propios recursos intrapsíquicos. ¿Y qué hacer con ella?

Es por eso que existe la melancolia que se alimenta de moral y la paranoia que es una exoneración de la moral.

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