La sexóloga inocente

Aquello que no puedo construir, no lo entiendo.

Richard Feynman

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Supongamos una sexóloga que lo sabe todo sobre el sexo pero nunca hubiera tenido una experiencia sexual, ni siquiera autoerótica. Supongamos que un dia la sexóloga encuentra novio y comienza a tener sus propias sensaciones sexuales.
La pregunta es: ¿Añade algo este conocimiento subjetivo a los que ya sabía que era teóricamente todo? ¿Le faltaba algo por saber? ¿Podria explicarle eso que le faltaba por saber a otra sexóloga en sus mismas condiciones?

La mayor parte de ustedes sometido a este experimento mental dirán que una cosa es la teoría y otra cosa la práctica: dicho de otro modo, que no se puede saber nada sobre el sexo sin haberlo experimentado en primera persona.

Pero esa respuesta es muy discutible y sólo bordea de lejos el problema epistémico que quiero alumbrar en este post y que es una versión psicológica de otro experimento mental conocido como “El cuarto de Mary”, propuesto por Frank Jackson y que trata de una investigadora científica sobre el color (que lo sabe todo sobre el color) pero ha vivido en un entorno de blancos y negros. Se trata de experimentos mentales algo forzados pero que nos hacen pensar en cuestiones difíciles de la consciencia humana y sobre todo en ese binomio que conocemos como saber (ciencia) y experiencia (empirismo). Y que Thomas Nagel nos describió en aquel artículo ya de culto titulado. ¿Qué se siente al ser un murciélago?

Del saber se ocupa la ciencia: la sexóloga lo sabe todo sobre su disciplina pero carece de experiencia. La mayor parte de nosotros estaremos persuadidos con la idea de que sin experiencia personal uno/a no puede saber nada de nada, pero como he dicho más arriba esta idea es muy discutible por lo siguiente:

Un electricista puede arreglarle sus averias domésticas en un abrir y cerrar de ojos sin saber nada de la electricidad, un cirujano puede operarle de algo sin saber lo suficiente de medicina, un labrador puede predecir el tiempo sin saber meteorología, un vendedor puede endosarle cualquier cosa sin saber una palabra de psicología, un pianista puede ejecutar a la perfección a Bach sin saber nada del Barroco. Y al revés: un psicólogo puede saber mucha psicología pero carecer de habilidades sociales o personales,  un erudito puede conocer todo sobre cualquier cosa y ser incapaz de hacerla práctica, ganar dinero con ella o de transmitirla a sus alumnos. Su pareja sexual puede decirle que disfruta mucho con el sexo pero usted no podrá nunca estar seguro de ello.

Estamos solos frente a nuestras experiencias personales puesto que la sexóloga no podría nunca saber si su experiencia es la misma que tiene usted con el sexo, es por eso que construimos consensos. Dicho de otra manera, la experiencia personal, la cualidad de lo subjetivo, es inefable, intransmisible y aunque podamos consensuar que el sexo es divertido y placentero para todos, lo cierto es que no podemos estar seguros de ello, puesto que la experiencia se vive en primera persona y por tanto existe un cierre categorial a la experiencia ajena. Damos por buenos los consensos y asi decimos que el sexo es placentero como damos por bueno que la música de Beethoven es mejor de la de Bisbal. Esto es lo que sostenemos en publico, pero ¿es cierto?

La verdad del asunto es que cuando oigo en un concierto una pieza musical que a mi personalmente me emociona no puedo estar seguro de que mi experiencia sea la misma que la de mi vecino del asiento de al lado. Todo parece indicar que si, mi vecino también tiene esa cara beatífica que se nos pone a todos cuando escuchamos una pieza que nos gusta, tambien puede reirse al mismo tiempo que yo, o puede ponerse a llorar si la pelicula es de esas emotivas. Pero nadie puede estar seguro de que está llorando, riendo o emocionándose por lo mismo que yo.

Dicho de otro modo: la experiencia subjetiva es un qualia.

Los qualia se definen como eventos cualitativos del cerebro y que se identifican con nuestra subjetividad, aquello que nos hace diferentes de los demás como por ejemplo las preferencias o los sentimientos. Se trata del enigma más peliagudo de las neurociencias y que ha dividido a los investigadores en dos grupos: en uno de ellos se encuentran aquellos que piensan que entre un evento electroquímico y un qualia hay un salto demasiado grande para ser conceptualizado con nuestros intrumentos de medida actuales y otros que piensan por el contrario que los qualias son tan estudiables y comprensibles como el movimiento o la contracción muscular.

Y yo soy de los que piensan que los qualia no son nada, pero nada comprensibles. Fingimos que los compartimos pero no es cierto.

Todo procede de una discusión que tuvimos el otro dia en cierto foro a partir de este artículo donde los autores se preguntan si los animales tienen sexo por placer. La idea políticamente correcta es suponer que sí, nosotros los humanos tenemos sexo por placer, entonces antropomorfozizamos a los animales y concluimos que también. Hasta los curas lo dicen, Dios hizo que el sexo fuera tan placentero para asegurarse la reproducción. Pero la verdad es que cuando pensamos en nosotros, estamos pensando en un mamífero muy evolucionado, que tiene consciencia, libre albedrio y que construye planes para hacerse la vida más divertida. Y cuando pensamos en animales estamos pensando también en mamíferos, perros, gatos, cerdos, etc.

Pero no se nos ocurre pensar en los insectos, los peces o los gusanos. ¿Se reproducen los animales por placer, incluyendo a los ovíparos, a los que ponen los huevos en el agua o a los hermafroditas o reptiles? Por no hablar de la escala unicelular. ¿Tienen orgasmo los paramecios?

¿Y si el sexo es tan placentero por qué los animales no lo usan con más frecuencia como hacemos nosotros?¿Por qué ceñirse a los estros? ¿Por qué no hacer como los bonobos y construir una sociedad lúdica basada en el intercambio sexual  libre?¿Por qué el sexo está teñido de tragedia y el coito aparece casi siempre como algo forzado, impuesto por el macho hacia la hembra?

Lo cierto es que no podemos estar seguros de que los animales tengan sexo por placer, ni siquiera podemos saber si los animales tienen placer cuando copulan. Puesto que el placer de cada animal es un qualia de su especie y todo parece indicar que cada especie tiene su especialidad de qualias. Y el placer es un qualia y no puede reducirse a un hecho fisico, el placer es algo que va más allá de lo que entendemos como placer, nosotros los humanos.

Mi conclusión es que la sexóloga puede saberlo todo sobre el sexo pero si no tiene la experiencia y el aprendizaje concreto su saber es un saber cientifico, es decir un saber sin alma (fisicalista y cojo), descascarillado, un saber que no conoce. Experimentar el sexo por sí misma es un buen bagaje que le permitirá rebotar sus conocimientos con su propia experiencia, pero ese conocimiento no le permitirá generalizar la idea de que el sexo es bueno, saludable, benéfico o que existe una manera especial de gozarlo que es por definición mejor que otra.

Cada uno en este sentido es el administrador-gestor de sus propios qualias.

Y después de todo es posible que haya gente a la que no le gusta el sexo.

Un comentario en “La sexóloga inocente

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