La función de la mirada

ojo

Mirar y ver son cosas bien distintas, del mismo modo que oir y escuchar lo son. Todo el mundo sabe que podemos oir sin escuchar, algo que solemos hacer a diario cuando nos fuerzan a escuchar algo que no queremos o algo que nos han repetido muchas veces. Del mismo modo los discursos reiterativos nos resultan pesados y tendemos a aislarnos.

Dicen ahora que las voces demasiado agudas de las mujeres agotan los recursos cognitivos de los hombres y por eso los hombres no las escuchamos a ellas, al menos es una queja universal. Debe ser cierta.

Pero no es del oido de lo que quiero hablar sino del ojo, ese artefacto tan bello y perfecto que se acopla tan bien a ese mundo que nos conviene percibir para nuestra supervivencia. Pero el ojo tiene una función doble tambien como la oreja, sirve para ver, una función puramente pasiva y femenina como beber y sirve para mirar, la parte activa de la cuestión, como comer.

Del ojo que mira para espiar ya hablé aqui a propósito de aquella pelicula magistral de Hichtcock que se titulaba “La ventana indiscreta”, de modo que no voy a volver sobre esta pulsión escópica que se oculta entre las funciones del ojo. Hoy voy a hablarles de la mirada.

Y para hablar de la mirada lo mejor es recurrir a una comparación con lo que oimos a través de ese otro agujero que es la oreja.

Cuando hablamos con alguien y mantenemos un diálogo con ese alguien, hay dos maneras de hacerlo: para seguir el hilo de la conversación es necesario que oigamos lo que dice nuestro interlocutor, eso hacemos todos, pero hay una diferencia muy importante y esencial en cómo lo hacemos: podemos oir para contestar (eso es lo que solemos hacer casi siempre) y podemos escuchar para comprender.

Escuchar para comprender es algo que no suelen hacer las personas comunes y por eso se inventó el oficio de psicoanalista. Aquel que escucha no para contestar o seguir una conversación sino para comprender las razones, el discurso, la narrativa del otro, atendiendo a la totalidad de lo que se dice y que incluye lo que no se dice. De hecho una terapia comienza cuando termina la conversación y es por eso que las conversaciones entre colegas, amigos o parejas no son terapia.

Al ojo le pasa un poco lo mismo que al oído. Se puede mirar para ver y se puede mirar para transformar lo que se ve. El ojo no es solo un agujero, es sobre todo una lente que proyecta hacia el exterior algo que viene muy de dentro. Esa lucecita que destella a través de la pupila, eso es lo que se proyecta, el alma o la esencia de cada cual si queremos llamarla asi.

Es por eso que sentirse mirado es esencial en nostros los humanos, hablamos entonces que el otro nos hace de espejo, nos refleja o nos especula. Un espejo que puede reflejar nuestra parte más abyecta, pero tambien la más sublime. En algunos casos sin embargo lo que refleja el espejo es el vacío.

espejos

Dice Paulina Kernberg que no debe existir una experiencia más aterradora que la de no no ser reflejado por la mirada de alguien, algo de lo que hablé aqui a proposito de la reverie: un captar de golpe una totalidad, las necesidades de un bebé para ponerles remedio, claro está.

Los espejos deforman nuestra imagen, pero lo interesante es que todos nosotros nacemos como encapuchados, es decir cubiertos de la imposibilidad de reconocernos. Necesitamos espejos y los espejos más importantes son aquellos que tienen la capacidad de devolvernos una idea de nosotros mismos tranquilizadora. Es por eso que necesitamos ser reconocidos y que la indiferencia es peor que el rechazo. Indiferencias y rechazos que se  traducen en distorsiones como estas:

gato

¿Qué le pasa a este gato?

gorda

¿Y a ésta muchacha?

Cuerpo y corporalidad no son pues la misma cosa.

La corporalidad es una mirada, una mirada que atraviesa de parte a parte el ojo y lo convierte en autoconcepto. Lo real se transforma en sutil.

La materia en aire.