Las dos Españas

Riña_a_garrotazos

No cabe ninguna duda de que España es un país fragmentado y que tal y como rimaba Machado “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Es obvio que los españoles tenemos una larga historia de desencuentros, guerras, asonadas y desacuerdos que han ido cambiando de temática pero que son al fin y al cabo representación de una escisión bien clara entre unos y otros: norte/sur, absolutistas y liberales, isabelinos y carlistas, republicanos y monárquicos, cantonalistas y federalistas, azules y rojos, socialistas y conservadores, etc.

Recientemente he tenido acceso a un informe que viene a plantearse la pregunta clave de esta división de opiniones. ¿Por qué la gente tiene opiniones tan radicales y extremas sobre las cosas? ¿Por qué existen tantas diferencias en la valoración de hechos morales? ¿Por qué en España no hemos sido capaces de alcanzar ciertos consensos sobre cuestiones tan elementales como una ley de Educación? ¿Por qué liberales y socialistas no han conseguido ponerse de acuerdo al menos en respetar las ideas del contrario y extraer lo positivo que cada ideología puede aportar de cara a la convivencia?

Jonathan Haidt en este video de TED nos cuenta los valores que cada ideologia (liberales y conservadores) mantiene como preferencias para su vida. Se trata de una reflexión que trata de conseguir acuerdos o al menos una ética mínima sobre la que reflexionar sobre los puntos de vista ajenos.

Sin embargo, la idea de Haidt es un ideal, lo cierto es que las propuestas de ética mínima no han tenido ningún éxito en nuestro país caracterizado por la intolerancia, el exilio y la supresión del contrario. En este post está la respuesta, dice Eduardo Zugasti a propósito de la diatriba entre Harris y Haidt que:

“Nadie convence a nadie cuando se sostienen punto de vista morales”, -parafraseando al propio Zugasti-:

El sentido común, y el registro histórico, apoyan realmente está conclusión. La misma historia de la filosofía es una interminable polémica entre razonadores motivados que a menudo han empleado algo más que “razones” para derrotar las visiones alternativas. El mismo Platón, que empleaba el diálogo como táctica para exponer sus ideas, sugirió prender las obras de sus principales competidores, los atomistas. Aunque sus discípulos le disuadieron, según Diógenes Laercio, lo cierto es que Platón o sus amigos ideológicos terminaron teniendo bastante éxito en la supresión de los puntos de vista alternativos. Todavía hoy si vamos a una librería, podemos comprarnos casi las obras completas de Platón, pero ningún libro de Demócrito. Se trata de puntos de vista suprimidos.

Sam Harris

Sam Harris

Los argumentos morales, en particular, se han mostrado y siguen mostrándose furibundamente resistentes al acuerdo racional. Quizás porque, como recuerda Haidt, se trata de argumentos “antropocéntricos” que no se pueden resolver en la práctica del mismo modo que los argumentos factuales sobre el universo. Los partidarios de las ideas de Habermas llevan ya décadas proponiendo al menos una “ética mínima” o “ética civil” capaz de trascender los desacuerdos religiosos o ideológicos, con poco éxito. Los desacuerdos persisten, y no precisamente afectando a aspectos periféricos del debate. Un ejemplo bastante claro es el dramático desacuerdo moral actual sobre el aborto, o sobre el matrimonio homosexual.

Los desacuerdos son tan extremos que la secesión, de hecho, está apareciendo como una posible solución. Muchos no quieren oir hablar de esto, pero quizás el proyecto ilustrado fracase al asumir que la “naturaleza humana” no es genuinamente variable en sus conceptos morales, allí donde otros proyectos religiosos universalistas fracasaron en la extensión de sus creencias y sus pretensiones de unidad. Una tercera posibilidad oscura que no aparece en la controversia es que terminen creándose sociedades y estados basados en principios morales diferentes o incluso opuestos.

Lo que dice Zugasti es muy interesante pues plantea una secesión que no se basa en lo territorial sino en los propios individuos. Una especie de cantonalismo de los ciudadanos. En este sentido se podría pensar que en tanto y cuanto existen dos maneras de pensar los dilemas morales en lo humano y que las posiciones son irreconciliables, ¿no seria mejor compartir en un mismo territorio dos Estados distintos?

En Ucrania los partidarios de caer bajo la órbita rusa y los partidarios de ser parte de la UE son un ejemplo de sociedad dividida desde lo fáctico. ¿Quién podrá convencer a quién?

Efectivamente, nadie podrá convencer a nadie y las guerras solo aplazan el problema si un bando es capaz de exterminar o acallar al otro tal y como los platónicos hicieron con los atomistas. La guerra es una solución a corto-medio plazo pero el problema no se resuelve, sino que volverá a emerger.

Los españoles somos un ejemplo de esta “vuelta de lo mismo”. Todas las guerras son la misma guerra.

Lo cierto es que una España de los territorios es una antigualla que persiste en parte gracias a los repartos de poder políticos. No necesitamos territorios ni autonomías, pues la soberanía no reside en el territorio sino en los ciudadanos, tampoco la lengua asegura una cohesión entre los distintos intereses de los ciudadanos libres. Del mismo modo las tradiciones se resienten cuando se confrontan con la libertad para medrar: nos hemos quedado sin mitos que llevarnos a la boca y es ya imposible pensar en banderas, patrias o dias nacionales para cohesionar nuestras sociedades. Lo que propongo es algo parecido al conocido eslogan de Ikea: “Bienvenido a la república de mi casa”.

Para cualquier ciudadano su territorio es su casa y su trabajo, no necesitamos “espacio vital”, lo que necesitamos es bienestar, seguridad y representatividad. A lo que aspiramos los ciudadanos actuales es a vivir bien y no tanto a dominar territorios.

Pensar la escisión de los territorios es una estrategia politica para seguir manteniendo el poder o quizá acrecentarlo en la linea que propone Mas y ERC en Cataluña. Sin embargo una escisión tal no resolvería el problema de fondo pues -a su vez- Cataluña podria ser una patria incomoda para tortosinos o tarraconenses, quizá los araneses no estuvieran de acuerdo en pertenecer a este Estado y reivindicaran un espacio propio.

Pues los territorios no dividen a las personas sino las ideas y sobre todo la representación que cada cual hace de su bienestar. Los partidarios del aborto libre y los defensores antiabortistas de la vida representan mejor esta escisión que una supuesta división territorial. La verdadera grieta está ahi, una grieta insalvable según la hipótesis de Zugasti. Y es insalvable porque ningún proabortista convencerá nunca a ningún antiabortista y lo peor: no podemos cambiar las leyes cada vez que llega al poder un partido concreto. Lo sensato parece que cada uno de ellos pertenezca a un Estado distinto y que pague sus impuestos a sus administradores puntuales.

¿Será el futuro, un futuro de escisión entre ciudadanos en lugar  de ser de los territorios?

Derecho a decidir.

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