No matarás

no-mataras

Nosotros los sapiens pertenecemos a una estirpe de homínidos bastante irascible pero poco agresiva.

El potencial agresivo de los humanos procede más bien de nuestra enorme inteligencia y de nuestra capacidad para planear encerronas, construir instrumentos, armas y artilugios destructivos a gran y pequeña escala.

Es muy poco probable que a puñetazos seamos capaces de matar a un congénere, para eso necesitamos emplear alguna que otra estrategia como golpearle con una piedra en la cabeza o asestarle una puñalada mortal por la espalda. Necesitamos armas y tenemos la inteligencia para construirlas.

Nuestros sistemas de modulación de la agresividad -sistemas inhibidores de la misma- son muy escasos y están muy poco desarrollados. La razón biológica de este escaso desarrollo es que no poseemos cuernos para acometer, ni garras para desgarrar, ni picos para atacar ni dientes para morder. Es decir no tenemos un armamento intrínseco que haya evolucionado con nuestra estirpe y por tanto los sistemas de inhibición de la agresividad no se han desarrollado -no han coevolucionado- con nuestras razones para enfadarnos, es por eso que la gente suele matar a otro por “un quitame allá esas pajas”.

Los sistemas inhibitorios de la agresión no están codificados genéticamente (aunque si la agresividad que siempre da premio evolutivo) es por eso que se hizo necesario inventar sistemas inhibitorios culturales que vinieran a suplir ese déficit natural.

Nuestros sistemas de inhibición de la agresividad se trasmiten a través de la cultura, entendiendo a esta en clave extendida: toda aquella clase de registros procedentes de la tradición que se trasmiten de padres a hijos o desde el sistema social o grupo al individuo.

En un post anterior me planteaba el cómo se trasmiten estos registros, es decir como se interiorizan las prohibiciones culturales en los cerebros individuales. ¿Cómo sabemos que no hay que matar al vecino?

Hay que diferenciar ahora el verbo “saber”, información, del verbo “deber”, moral y del verbo no-matar que es el polo pasivo de la interiorización del tabú.

Todo el mundo sabe que no hay que matar al prójimo y yo diria que hay una gran mayoría de humanos que seguimos este mandato, los homicidios descienden en todo el mundo de una manera progresiva desde 1900 para acá (aunque en el 2008 hayan ascendido en nuestro país en un cifra alarmante comparada con el 2007) . También algunos sabemos que matar a otro es una cosa que no debe hacerse, por muchos motivos: morales, cívicos, racionales unos e irracionales otros y sobre todo porque existen códigos jurídicos, políticos, policíacos que persiguen el crimen, el único argumento que sirve a algunos de disuasión frente al delito, aunque hay otros argumentos blandos por ejemplo: que se trata de algo irreversible, porque a nosotros tampoco nos gustaria que nos mataran, etc. Existen argumentos de todo tipo para no llevar a cabo esta miserable conducta y sin embargo hay gente que la sigue llevando a la práctica.

¿Por qué?

La falta de información, los déficits morales (la degeneración moral de Magnan), la patología psiquiátrica, la miseria económica que es la explicación marxista del crimen o la misteriosa etiqueta de “conductas antisociales” no bastan para explicarnos el por qué algunas personas se saltan a la torera un precepto que a la mayoria de nosotros nos parece algo normal, algo natural que no precisa que cavilemos demasiado en el asunto. No hay que matar y ya está.

Lo cierto es que la mayor parte de nosotros no necesitamos pensar en ello porque lo hemos incorporado o interiorizado. Y una vez interiorizado un tabú (una prohibición) ya no necesitamos pensar en ello porque se ha insertado en nuestro patrimonio -nuestro campo- epigenético. Se ha convertido en biología y ha dejado de ser una cuestión moral sobre la que podemos opinar o mantener opciones distintas.

H. C . Waddington fue un biólogo y genetista escocés que planteó el termino epigenética para explicar algunas interacciones entre el medio ambiente y los individuos que se realizaba no a través de la via del ADN sino a través de influencias medioambientales en la expresión o transcripción de la herencia genética propiamente dicha: la epigenética estudiaria pues el medio ambiente de la célula. Hoy se le da mucha más importancia a la epigenética que a la genética misma en la convicción de que gran parte de las conductas y las patologias humanas pueden explicarse mejor desde este doble origen que hace que el medio ambiente penetre en lo más íntimo de nuestro patrimonio genético -sin afectar necesariamente al ADN nuclear- y conmute procesos que no se hubieran producido sin esas aferencias de información.

La evolución no sólo opera sobre rasgos genéticos sino tambien sobre rasgos conductuales, ambientales, mórficos y simbólicos.

Lo curioso de esos aprendizajes que los humanos realizamos individualmente es que son aprendizajes que nos vienen insertados por la cultura o la tradición sin que seamos demasiado conscientes de ello. Un ejemplo es la prohibición del “No matarás”, ¿cómo hacemos la mayor parte de nosotros para cumplir este mandato sin que nunca nadie nos haya hablado del asunto?

Ahora compare usted este mandato con este otro:

“Hay que conducir siempre con el cinturón de seguridad puesto” o

“Si conduce absténgase de beber alcohol”

¿Que diferencias observa?

Ambas son prohibiciones pero existe una diferencia fundamental entre ellas: la primera prohibición es antiquísima, data de unos 50.000 años y las segundas solo tienen una década. Los efectos que ambas prohibiciones tienen en los cerebros individuales son inmensas, las primeras se han automatizado, se guardaron en un lugar muy lejano a la corteza cerebral, se encuentran en los planos mas profundos del cerebro, alli donde guardamos los patrones de acción fijos para andar, beber, comer o movernos sin pensar, se han corporizado. La segundas están en nuestro consciente, hemos de pensar en ellas y forzosamente a veces las olvidamos, todavia no han penetrado en nuestro inconsciente, aun no se han automatizado y no son todavía cuerpo sino idea.

Para que una idea se corporice hacen falta al menos tres generaciones (unos 60-80 años) pero es necesario además que la idea haya logrado penetrar en los cerebros de nuestros progenitores al menos para que la acaten si lleva un “no” delante. Sólo después de haber pasado por tres generaciones de linajes no homicidas podemos pensar que en nosotros no existe pulsión homicida alguna y que es muy poco probable que alimentemos abogados o pleitos por esa causa. Pero existe aun algo más sorprendente: puede existir una culpa transgeneracional por algun crimen que el sujeto no cometió, ni contempló ni tiene noticia alguna sobre el asunto. Todo parece indicar que las transgresiones de prohibiciones ancestrales -igual que las prohibiciones- pasan de generación en generación tratando de encontrar un huesped que les ponga fin: es el tema de la maldición familiar o del destino, un tema que se encuentra bien explorado por los mitos. El tema de la redención individual de toda una estirpe.

Este proceso de interiorización de un mandato transbiológico como es la orden de “no matar” puede tener interrupciones, excepciones y obstáculos, el principal y más conocido es la guerra. En la guerra no solamente se detiene el mandato sino que es posible que matar sea necesario para sobrevivir lo que cambia el panorama de anteriores interiorizaciones colectivas, asi y todo las guerras son escenarios de crimenes gratuitos y sádicos como ya estamos acostumbrados a ver en los informativos. La guerra es una enfermedad traumática para más de una generación, nosotros por ejemplo seamos hijos o nietos de los que hicieron la guerra civil estamos contaminados en España por aquel conflicto y en cierto modo todavía estamos sufriendo las consecuencias, ¿quién de nosotros no tuvo un pariente asesinado o un criminal en aquella contienda?

Lo que señala en la dirección de que tantos los valores como sus transgresiones -los vicios- se trasmiten del mismo modo y a través de las mismas vias simbólico-culturales y terminan convirtiéndose en algo corpóreo.

Lo importante es caer en la cuenta de que los tabúes o prohibiciones culturales se insertan en nuestro cuerpo como si fueran instrucciones genéticas aun sin serlo y que se trasmiten como si fueran genes replicándose a si mismos aun sin estar compuestas de ADN.

Lo que redunda en la idea que más arriba expuse: que la via genética no es la unica via de trasmisión de caracteres innatos. El tabú de “no matarás” es innato a pesar de no venir codificado en nuestro genoma. Cuando un niño viene al mundo ya accede a él mediante un conocimiento previo (no es una tabla rasa) se trata de aprendizajes culturales, históricos, étnicos e incluso filogenéticos que no necesariamente se encuentran codificados en su ADN.

Es muy posible que todos los sistemas de inhibición de la agresividad no sean sistemas neurobiológicos heredados sino campos epigenéticos aprendidos que terminan por interiorizarse y que se comportan como si fueran cuasigenes. La inhibición de la agresividad puede realizarse de muchas formas pero siempre necesita de un otro que la desactive, a través de la sumisión, del llanto, de la debilidad o de la ternura es como los animales desactivan la agresión de los adultos, nosotros los humanos tambien sabemos hacerlo y tenemos además la empatia que es un añadido relacionado con la capacidad de nuestro cerebro de encontrar similitudes con nuestros semejantes.

En este post hablé de la metacognición y la empatía: una de las prestaciones de nuestro cerebro emocional.

Efectivamente el Verbo puede hacerse carne, que es otra manera de decir que lo cultural puede encarnarse y hacerse proceso biológico a través de esa interfase que llamamos inconsciente: el lugar donde Psique y Soma se encuentran no solamente bis a bis, uno frente a otro sino donde el individuo se articula con la corporalidad del mundo.

Un comentario en “No matarás

  1. Interesantsimo, Dr. Traver…..

    El 23 de diciembre de 2013, 20:34, “La nodriza de las hadas y el rey

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