¿Por qué se rompen las relaciones?

Sitúese en el siguiente escenario africano. Un jaguar divisa a una manada de gacelas, las acecha y se relame, ya está relamiéndose en espera de su futura cacería. De repente da un brinco y se dispone a perseguir a una de ellas, la más cercana o despistada. En cuanto la gacela se da cuenta comienza una carrera desmedida con el jaguar pisándole los talones. Ha comenzado un típico conflicto agonístico, la gacela huye y el jaguar la persigue. ¿Quién ganará en esta ocasión?

No podemos anticiparlo pero si podemos saber una cosa: la gacela pondrá toda la carne en el asador en su carrera mientras que el jaguar ha de dividirse entre dos alternativas: quiere comerse a la gacela desde luego pero también intentará no hacerse daño. Una herida en la sabána es una sentencia de muerte. De modo que podemos decir que uno se juega la vida y el otro la cena, es lo que se llama en la psicología evolucionista el principio de vida-cena. Es por eso que de cada 10 persecuciones que llevan a cabo los depredadores solo 2 o 3 acaban en éxito y en festín.

Claro que en este juego, hay alguna variable más que interviene. Me refiero a que suponemos que la gacela está en forma para correr y no es un alevín o está coja, en cuyo caso la balanza se inclinará fácilmente del lado del jaguar. Y otro más: el hambre que tenga el jaguar pondrá en marcha otra variable fundamental, el jaguar pondrá más carne en el asador si tiene hambre que si ya comió ayer.

Ahora imagínese otra escena: dos congéneres machos de una determinada especie (no importa cual) se encuentran frente a frente en un paso estrecho. ¿Quien cederá y se retirará? No podemos saberlo tampoco, lo mas probable es que inicien un combate ritualizado. Ritualizado quiere decir una especie de combate de exhibición de armamento, cuernos, garras, dientes, tamaños, etc.  El propósito del ritual en la naturaleza es amedrentar al oponente a fin de impedir que “la sangre llegue al rio” y que no haya heridos de importancia, pero necesariamente ha de haber un vencedor y un perdedor cuando ambos contrincantes pelean por un mismo recurso. El perdedor se retira y el ganador se crece en su autoconfianza. ¿Podemos predecir quien ganará y quien se retirará?

No podemos predecirlo pero hay algunas pistas que nos pueden ayudar: la primera de ellas son los recursos que ponen en juego cada uno de ellos. Es seguro que uno valorará más el ganar y es seguro que el otro valorará mas el no sufrir daños. Naturalmente el que pone más carne en el asador (a igualdad de fuerzas y tamaños), el que valora más la ganancia será el vencedor mientras que el otro, el que valora más su integridad fisica será el perdedor.

La segunda variable que interviene en este tipo de enfrentamientos es el “factor campo” como en el fútbol, el que juega en casa tiene ventaja, pues está defendiendo su vida (como la gacela anterior) mientras que el visitante puede seguir como hasta ahora, quedándose con los restos de festín.

Y la tercera variable son el número de tiradas. No es lo mismo un enfrentamiento puntual que la expectativa de un enfrentamiento diario. El macho dominante tiene sus días contados frente a los rivales más jóvenes que pugnan por su territorio. De manera que los jovenzuelos pueden esperar y seguir desgastándole, un dia u otro cederá.

Esta ultima variable tiene una gran importancia en la competencia y en los conflictos entre humanos como más abajo veremos.

Cuando dos personas se pelean -aunque sea sólo con palabras- repiten el modelo agonístico de la lucha, bien del depredador y la presa o bien el tipico confllcto entre dos congéneres que luchan por algo que ambos desean, territorio o rango.

Los conflictos entre humanos no suelen tener este dramatismo que observamos en la naturaleza y aunque existen conflictos que se resuelven con la intimidación, la amenaza o la guerra, lo cierto es que la mayor parte de nuestros conflictos se resuelven por la via hedonística, es decir a través de la seducción y las buenas maneras. Una de las razones por las que ya no necesitamos pelearnos con nuestros adversarios (aunque los tenemos por doquier) es que no vivimos junto a ellos todo el tiempo. No somos bonobos ni chimpancés condenados a aguantar a los abusones de por vida. La mayor parte de nuestros adversarios no comparten con nosotros un mismo hábitat de modo que les podemos dar esquinazo, salvo en dos entornos: el trabajo y el hogar, de modo que las mayores tragedias en nuestra especie proceden de conflictos laborales y de pareja, es lo predecible y así es.

En una confrontación como la que describí más arriba entre dos machos que compiten por un bien deseable, también en nuestra especie habrá uno que peleará panza arriba debido a que valora lo que tiene y teme perderlo, mientras que el otro quizá valore más no salir malparado y espere otra ocasión. Hay uno que ganará y otro que llegará más lejos en virtud de haber abandonado una lucha donde probablemente hubiera salido perdiendo. Pues una de las características de nuestra especie es que los conflictos no se resuelven en un dia sino que tardan a veces años en resolverse mientras en el tiempo van modificándose. De modo que en un conflicto agonístico entre humanos es plausible decir aquello de que ganar la guerra es algo bastante distinto a ganar una batalla.

Lo interesante es que en nuestra especie gana más el que tiene un recorrido más largo en su competencia con otros, pues tarde o temprano encontrará un nicho vacío que habitar. Por el contrario, la mayor parte de las luchas entre humanos no están ritualizadas por lo que el desenlace trágico es mas frecuente que entre los animales. Los humanos peleamos a muerte, pues carecemos de armamento propio.

Y si cuento todo esto es para reflexionar acerca de un fenómeno relacionado tambien con conflictos agonísticos: dos amigos, hermanos, una pareja sentimental, un matrimonio, padre e hijos tienen una disputa y rompen las relaciones. ¿Por qué se da con tanta frecuencia está solución de rupturas entre personas cultas y probablemente sensibles, incluso de personas que se quieren?

Se da porque en las relaciones intervienen dos factores de importancia: uno es el peso de la relación y el otro el precio de salir derrotado. O dicho de otra manera podemos querer mantener una relación pero no al precio de salir derrotados.

Y lo que solemos elegir es romper la relación, pues las relaciones tienen menos peso que las derrotas. Hay un sesgo de negatividad.

Lo que nos lleva a pensar el por qué las relaciones entre pares tienen hoy tanta levedad. Tanta que en nuestro pais el número de divorcios es casi similar al número de matrimonios y por lo que llevo visto en la vida el número de hermanos que no se hablan o el número de hijos que rompen todo vínculo con sus padres es mucho más elevado de lo que pensamos. Inferior desde luego al número de parejas con las que hemos roto a lo largo de nuestra vida o al número de amigos que hemos perdido por un “quítame allá esas pajas”. O al número de parejas que se rompen al dia, unas 2800 en España sin contar las que no aparecen en los censos.

De manera que nuestra biografía está llena de “cadáveres”. Acumulamos más cadáveres , es decir personas que hemos abandonado que derrotas, entendiendo derrotas a haber sido abandonados o a haber dado “nuestro brazo a torcer” con tal de mantener una relación.

Lo cierto es que “dar nuestro brazo a torcer” no es una buena estrategia de relación porque nuestro adversario puede convertirse en un abusador o en un parásito, de modo que es comprensible que la mayor parte de las personas opten por la primera opción en lugar de la segunda. Al fin y al cabo y como decía más arriba nuestro propio narcisismo vale más que una relación de mediana intensidad. Sin embargo esta conceptualización no sirve para explicar las rupturas de relaciones intensas y provechosas y tampoco explica el pugilato eterno entre personas emparentadas entre sí. Tampoco explica el abandono de nuestros progenitores a su suerte.

Todo parece indicar que hay algo en nuestro entorno que propicia estos malos resultados en nuestro apego con aquellas personas significativas de nuestra vida. De manera que repasaré algunas de las caracteristicas de las sociedades postindustriales en las que vivimos y que en mi opinión conspiran contra la durabilidad de las relaciones.

1.- La primera variable es la desaparición de la familia extensa. El colchón de sguridad que representaba el contar con hermanos, primos, tios y tias, abuelos y progenitores, junto a los vecinos y conocidos de nuestros entornos preindustriales (rurales) ha sido socavado por la llegada de la modernidad. Estamos solos con nuestra propia subjetividad para hacer frente a problemas endiablados y no podemos contar ni con el consejo ni la protección de nuestros parientes. Tampoco podemos fiarlo todo a nuestra parentela sin sufrir un menoscabo de nuestro autoconcepto y autonomía  que valoramos por encima de cualquier otra cosa.

2.-Otra variable de interés es el entorno urbano. La vida rural transcurría entre la proximidad de grupos emparentados entre sí, con menor o mayor lejanía, pero el apoyo y la solidaridad entre grupos (a no ser que estuvieran enfrentados) era la norma. La vida urbana transcurre por el contrario entre extraños, es decir con personas no emparentadas entre sí y de los que no es posible esperar grandes inversiones en nuestro bienestar.

3.-Este modo de vida hace que las relaciones entre personas se hayan mercantilizado o cosificado, añadiéndoles un plus de objetos de consumo y de desechables como si fueran plásticos. Naturalmente en este entorno es imposible esperar inversiones, cuidados o siquiera interés.

4.- Es obvio que nos hemos independizado tanto de los demás que las relaciones de apego están obsoletas. Lo que hemos ganado en autonomia lo hemos perdido en apoyos y apegos. Sin embargo nuestro narcisismo no ha sido removido en todo este proceso y parece que incluso ha sufrido un refuerzo, ¿pues si no podemos fiarnos de nosotros de quién lo haremos?.

5.- Por último los cambios demográficos, sociales incluyendo al descenso de la natalidad influyen (correlacionan) con estas cuestiones de las que ya hablé aqui en este post sobre la decadencia de Europa.

En conclusión, mi opinión es que es el narcisismo (la defensa del núcleo de intimidad privado e hiperinflacionado que cada persona guarda en su interior) el responsable de que no nos duelan prendas para desprendernos de las relaciones que forjamos con los otros, al fin y al cabo no les necesitamos, si viven demasiado lejos o si no estamos vinculados a ellos por intereses  próximos y prácticos.

Pero existen más razones para explicar este estropicio: la principal es que no sabemos negociar cuando algo en la relación no acaba de ser de nuestro agrado, somos torpes y carecemos de habilidades para establecer nuevos compromisos que vayan mas allá de los que se establecieron cuando la relación se conformó. No caemos en la cuenta de que una relación puede cambiar de nivel de definición aun después de un agravio más o menos real. La mayor parte de nosotros no sabemos cambiar una relación filial en una relación entre pares (aunque sea con nuestro propio padre), simplemente nos vemos como hijos y les exigimos como tales incluso a una edad provecta.

En el caso de las parejas puede renegociarse una relación constructiva en otro nivel. ¿Por qué la mayor parte de parejas se rompen enmedio del odio, el rencor o la violencia?. Una pareja puede transformarse en una relación de amistad, simplemente no sabemos cómo hacerlo y nuestra autoestima parece sufrir menos con la ruptura que con la negociación.

Lo cierto es que hay algunas excepciones a esta cuestión. Por ejemplo las relaciones que establecimos mientras andábamos codificando el mundo son más duraderas que aquellas que suceden después. Entre amigos es más facil conservar a “los amigos de siempre” que a los nuevos. Si Sapolsky conociera este dato es seguro que enviaría a alguno de sus becarios a investigar el asunto. Es muy probable que nuestra capacidad para establecer vínculos de amistad se cierre después de una cierta edad igual que sucede con nuestros gustos musicales o con las comidas que nos gustan. O dicho de otra forma: que se cierre la ventana plástica para establecer amistades.

Curiosamente, de existir esta ventana plástica no debe coincidir con la ventana plástica para las relaciones eróticas que permanece abierta toda la vida dependiendo de las necesidades de cada cual. Todo parece indiciar que el sexo y la amistad van por caminos diferentes o surgen de momentos vitales distintos, sin embargo no hay razón para creer que el sexo y la amistad son incompatibles, de hecho es imposible el amor sin una minima identificación, sin un minimo compañerismo.

Y de hecho es bien cierto que las relaciones de pareja parecen ser más vulnerables a esta tendencia postindustrial a cambiar de partenaire como el que cambia de automóvil. Todo parece indicar sin embargo que las relaciones que establecimos en nuestra infancia-adolescencia resisten mejor los embates de la vida moderna siempre y cuando, claro está, no se compita por el mismo recurso en cuyo caso está asegurado el fracaso.

Quizá sea cierto como decía Borges que la amistad es preferible al amor porque no precisa frecuencia. Y debe serlo porque las relaciones a largo plazo que resisten los embates del tiempo se parecen más a una amistad o fraternidad que a otra cosa. El apego es el único que puede vencer a la rivalidad, aunque sea impuesto por las circunstancias.

Respeto, aceptación y compromiso, parece ser la receta universal para sostener las relaciones.

Y lo que no interesa, no interesa.

16 comentarios en “¿Por qué se rompen las relaciones?

  1. No es en el escenario Africano en el que tenemos que situarnos para encontrar jaguares, sino en el americano. Un leopardo es el animal que tendría que haber puesto a correr detrás de la gacela, el señor Traver, y no un jaguar, para que la situación que describe hubiera podido tener por escenario el África ardiente. No es objeción de mayor importancia, pues se trata de bichos bastante parecidos ( jaguar y el leopardo -digo-, no jaguar y gacela). En cuanto a la estrategia que siguen estos felinos en sus persecuciones, pienso que hay también algo de tanteo. Cuando la manchada fiera se lanza detrás de la gacela puede estar apostando en serio, pero también puede simplemente estar valorando la situación. Cuando arranca a correr, haciéndose notar de sus eventuales presas, obliga a éstas a poner de manifiesto su estado de forma. Si cojean, el félino lo va a notar, y también notará si manifiestan agotamiento, debilidad o insuficiencia de cualquier tipo del que pueda sacar provecho. Si la gacela manifiesta vigor y aptitud en los primeros pasos, el cazador abandonará el empeño, en tanto se implicará a fondo en el esfuerzo de darle alcance, si no es así. Tampoco hay que dejar de lado el hecho de que los leopardos y los jaguares también se aburren, y cuando nos aburrimos acostumbramos a aplicarnos a hacer aquello que se nos da bien (que en el caso del leopardo es correr y cazar), aunque no exista ninguna necesidad acuciante actuando sobre nosotros que nos obligue en ese momento. En modo que la ecuación vida-cena, no da razón, más que en medida limitada, de ese tipo de dramas cinegéticos. Hay que tener en cuenta que la actividad de la caza se origina del carroñeo. En un primer momento, el futuro cazador comía cadáveres, después incluyó en el menú a animales que no eran todavía cadáveres, pero a los que faltaba poco para serlo, y, siguiendo por este camino, terminó incluyendo en su dieta a aquellos bichos que no estaban en las últimas, pero si bastante debilitados (por enfermedad, vejez u otra causa), para, en la última etapa de su evolución hacia la caza como medio de vida, atreverse con presas que manifiestan sólo ligeras insuficiencias (presas en plena forma, de manera habitual -salvadas ciertas situaciones, como las que se producen cuando hace acto de presencia una especie invasora- sólo las cazamos los humanos). Al hilo de esta reflexión sobre la caza y el carroñeo, puestos a buscar razones evolutivas para esta dificultad en “dar el brazo a torcer”, quizás haya que buscarlas en una estrategia defensiva encaminada a evitar mostrarse como “gacela coja” ante alguien en quien reconocemos algún rasgo depredatório. Y, al hilo de esto último, he de decir que no se en cuanta medida sea común en la naturaleza reconocer en congéneres estos rasgos de amenaza depredatoria, quizás ahí exista una singularidad de nuestra especie.

  2. Todo lo que has dicho es verdad, incluyendo mi error acerca del jaguar (deberia haber dicho guepardo). En tanto en cuanto a lo de dismular nuestra “gacela coja” al reconocer en el otro ciertos rasgos de depredador, si y no. Puede ser cierto en algunos casos pero si no damos “nuestro brazo a torcer” en la mayor parte de los casos es por vicio y porqué estamos fascinados por nosotros mismos. Todo el mundo que conozco sin excepción se cree mas a si mismo que a los demás.

  3. “Si no damos nuestro brazo a torcer, en la mayor parte de los casos es por vicio y porque estamos fascinados por nosotros mismos”, dice P.Traver. Y no le falta razón, en cuanto difícilmente se encontrará conflicto entre personas en el que no ande mezclado el amor propio. Lo que no tengo claro es en cuanta medida, en las distintas situaciones de pleito que pueden presentarse, ese amor propio es instrumento o manifestación de la competencia por el rango, el territorio o el emparejamiento (que son las fuerzas instintivas que, en la mayor parte de las especies animales, producen enfrentamiento entre congéneres) y en cuantas es funcional a un impulso de defensa contra alguno de los diferentes tipos de depredación interhumana. Este asunto resulta terriblemente enmarañado por la concurrencia de diversos hechos particulares que singularizan a nuestra especie. Uno de ellos es la existencia de formas específicas conducta respecto a los demás (explotación laboral, explotación emocional, diferentes formas de saqueo de famas y haciendas…) que tienen una afinidad clara con la conducta depredatoria interespecies (con la salvedad de no ser directamente mortíferas -la menos de manera habitual). La otra es la tendencia que tenemos a disimular la verdadera naturaleza de las motivaciones que nos impulsan en nuestras luchas con nuestros congéneres, cuando estas proceden del campo de la competencia por el rango y el apareamiento, justificándolas como actitud de defensa contra actos o propósitos hostiles de los demás.

  4. En las relaciones suelen ver como en la vida una serie de escenarios, los hay arrobadores,los hay tétricos y los hay ni tan buenos ni tan malos. Siempre he querido saber lo siguiente: ¿Por qué en el 90% de los casos ganan los escenarios deleznables? ¿Dónde queda el cúmulo de escenarios arrobadores? ¿ Por qué son más poderosos los recuerdos amargos que los divinos? Pareciera que las relaciones son una guerra de escenarios;donde frecuentemente ganan los lúgubres.

  5. Muy interesante. Creo que para explicar el cambio del que hablas hay que ir mas a la sociología que la psicología. Es un principio clásico que las reglas económicas acaban impregnando toda la vida social.Algo de esto apuntas en tu blog. Las relaciones son como la ropa de Zara o los muebles de Ikea (muy bonito al principio pero aguantan poco tiempo). ¿Que nos traerá la crisis? ¿apurar las relaciones aunque esten para tirar?

  6. Si, es un tema enmarañado saber si el amor propio es un correlato de nuestro deseo de adquirir rango o si por el contrario es una ilusión de rango. Lo cierto es que la depredación y el amor propio no deben verse como sinónimos. No todas las personas egocentricas son abusonas.

  7. Supongo que te refieres al por qué lo negativo se impone casi siempre a los positivo. Yo creo que es un conflicto de intereses entre lo individuos y lo colectivo. Lo que es bueno para un individuo puede ser letal para el grupo y viceversa. Pero lo bueno y lomalo vienen definidos por los grupos y no por los individuos.

  8. Sí, me refiero a lo negativo vs positivo. Estoy de acuerdo sobre el asunto de los intereses personales y de grupo. En las relaciones de noviazgo o matrimonio, suelen ver muchos escenarios arrobadores y cuando hay conflictos o crisis entran los escenarios tétricos. Lo diré desde mi experiencia y de otras personas donde he sido testigo. Estuve casado y tuvimos un sin número de momentos hermosos y también los hubo deleznables. Al final los escenarios encantadores pasan a la historia y ni siquiera son tan recordados porque los momentos horripilantes han sido los más poderosos y los que se han impuesto. Y, considero que esa fenomenología de lo negativo provoca que la pareja se le acabe el amor,sienta resentimiento,rencor y mucha decepción. En las relaciones interpersonales muchas veces la ambivalencia es la culpable de la disociación del vinculo. ¿Usted qué opina al respecto?

  9. Probablemente por las razones que he expuesto en el post: no sabemos negociar cambios en nuestras relaciones. Y por otra cuestión: de no ser por los escenarios lugubres ¿como ibamos a romper una relación bella y valiosa?. Algunas personas no encuentran otro modo de romper algo que aman sino a base de añadir leña al fuego. Lo dicho, no sabemos negociar pero eso si: sabemos mantenernos en nuestros trece.
    Pero además hay otra cuestión, la mayor parte de las personas no encajan entre sí despues de un periodo libre de conflictos que llamamos “luna de miel”. Separarse de alguien a quien nos unen buenos recuerdos y cariño es muy dificil y precisa de una enorme dosis de generosidad que facilite el desprendimiento del otro. Algunas personas necesitan salir de una relación para seguir creciendo, para seguir su proceso personal, incluso necesitan pelearse con él o ella. En este caso hay que facilitarles el camino y retirarse.
    Lo que no interesa no interesa.

  10. ¡Oh,qué bonito cerrar con la tautología: lo que no interesa no interesa! Todas las cuestiones han sido explicadas excelsamente y cómo siempre: ¡no se cansa de sacar ases bajo la manga.!

  11. Yo creo que mas allá de las razones que llevan a una separación hay una cuestión sobreañadida: las traiciones y venganzas que el rencor acumula después de la ruptura. Por lo que llevo visto la gente se hace mas daño después del que se hizo antes. Es como si uno no pudiera soportar ser abandonado. El perdedor en esta situación se afana en sus represalias particulares y lleva la relación hasta el infierno bloqueando incluso los buenos recuerdos.

  12. Algunas personas necesitan demonizar a su ex-pareja con el fin de justificar y tolerar la separación, y como bien dices Paco, bloqueando incluso los buenos recuerdos y llegando a una situación de repudio absoluto. Supongo que esta actitud tiene que ver con la salud mental de cada individuo, pues también hay parejas que pueden llegar a tener una relación bastante civilizada tras la ruptura.

  13. Me ha gustado el artículo.
    Sin embargo pienso que lo de que se cierra la ventana de hacer amistades con la edad, no se cumple. Y sin caer en el sesgo de falso consenso u otros, veo a mi alrededor como a cierta edad se recuperan relaciones de hace tiempo, se hacen otras nuevas, las personas son más capaces de respetar al otro, de interesarse por él. En la adolescencia y juventud uno está inmerso en sus vaivenes y es poco consciente del otro. Con la edad uno respeta más al otro (a los otros), lo “ve” mejor, se suele perder algo de narcisismo.
    Además se gana en seguridad en uno mismo con lo cual la posición desde que se relaciona uno con los otros es más proclive a la negociación y no a la imposición, más tolerante, incluso más práctico y te tomas las cosas menos como algo personal (la persona actuó así porque no supo hacerlo mejor, no porque tenga algo personal contra mi)… Se piensa: bueno, todo el mundo se equivoca, yo también, ¿merece la pena perderme lo bueno por esa equivocación?

    El que muchas relaciones de pareja acaben con rencor a parte de los motivos expuestos, me parece importante si la persona abandonada además se siente engañada, burlada… Esto sí afecta a la autoestima profundamente… ¿cómo me dejé engañar, por qué lo creí?
    Por otro lado un motivo importante de ruptura no me parece que esté en la rivalidad sino en la indiferencia. En los caminos que se separan, en que uno descuida la relación, deja de aportar, no se molesta por mantener vivo el interés, se estanca, uno evoluciona y el otro no, más que la rivalidad, el aburrimiento. Y tras la ruptura, si nuestra autoestima no está muy dañada, la amistad con el tiempo puede ser posible, si no, preferiremos el rencor porque nuestra autoestima sufre menos si convertimos al otro en una mala persona que nos ha dañado.

  14. Las relaciones se acaban por muchos motivos, cada pareja es casi un mundo y también por la llegada de la muerte, nada es eterno y nadie es propiedad de nadie, ese es el principal problema.

    Los 6 motivos básicos por los que se rompen las relaciones.

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