Psicología de la venganza

Ojo por ojo, dientes por diente.

(Antiguo testamento)

Némesis es una deidad preolimpica de dudoso origen y que arrastra al menos tres versiones distintas sobre su linaje, Lo que sabemos con seguridad es que es una diosa que se ocupa de que los humanos no seamos demasiado afortunados y que nos nos lo creamos demasiado, lo que para un griego clásico era el mayor de los pecados, el pecado de hybris, esa especie de endiosamiento que lleva por lo común a los humanos hacia la ruina. Esa es precisamente la función de Némesis: contrarestar a Fortuna de la que es su alter ego.

Némesis trata de distribuir justicia, es por asi decir su antecesora antes de la aparición del derecho y del Estado que es hoy el que ostenta en exclusiva la capacidad de sanción sobre los actos individuales, sin embargo las represalias gruesas y sutiles forman parte de nuestra relación con el prójimo, lo que habla en favor de que la venganza es una emoción que si ha sobrevivido a la deriva evolutiva es por la razón de que ha prestado grandes servicios a nuestra especie. Mitad emoción (odio, rabia o ira) y mitad cognición -plan para llevar a cabo la acción vengativa-, la venganza es desde luego de todas las emociones la peor vista, lo que significa en otro orden de cosas la más reprimida o lo que es lo mismo: que el precio de la civilidad está muy ralacionado con el hecho de renunciar a llevar a cabo nuestros planes de venganza.

Planes de venganza que todos hemos fraguado alguna vez con aquellos que nos han ofendido de una manera u otra, bien a solas o bien publicitándolos en momentos de ira. Y que hemos fraguado placenteramente puesto que hay un goce adherido a la planificación fría de la misma. La venganza se sirve fría y es verdad pues el placer de la misma se desvanece apenas la hemos llevado a cabo y además tal y como cuenta la doctora Singer aqui, que nuestro cerebro está diseñado para encontrar placer en el castigo  de los culpables y más que eso: al parecer el hambre y la venganza se encuentran mediadas por una misma hormona: la grelina. La venganza es pues una forma de hambrienta justicia muy humana y tiene muy poco de inhumana como de alienada o loca.

Y debe ser por eso que en la literatura y el cine los personajes justicieros como el conde de Montecristo o Harry el sucio tienen tanto éxito, pues tomarse la justicia por su mano es un plato exquisito que excita a mucho personal sobre todo cuando los demás son muy malos, cosa que siempre suele suceder en la literatura o en el cine.

Pero en la vida del común de los mortales ni los malos son tan malos y muchas veces se trata de inocentes. Es el caso que estos dias inunda la prensa de titulares y que ha conmovido a España entera, me refiero al caso de Jose Bretón acusado de matar y quemar a sus dos hijos de corta edad, donde al parecer la policia española ha cometido un error monumental al confundir los restos  de los niños con huesos de roedores.

Una vez dicho que la venganza es muy humana es natural separarla de la psicopatología y de la enfermedad mental y considerarla como lo que es: una estrategia desesperada de personas con pocos recursos morales, éticos y psicológicos para lidiar con sus emociones y de los recursos para deshacermos del rencor. ¿Cómo nos las arreglamos las personas comunes para deshacernos del rencor?

Bueno, algunas personas no lo consiguen nunca y viven motivados por la idea de llevar a cabo sus planes en una proporción de 100 a 1, lo que significa que la mayor parte de nosotros lo conseguimos, pues lo usual es que el rencor se diluya con el tiempo y lleguemos a perdonar a los que nos ofendieron. Pues el perdón -aunque no lo parezca- es también una forma de venganza que proporciona al que perdona una superioridad moral que le permite ubicarse por encima de sus ofensores y sentir que no ha sido vencido: dicho de otra forma el perdón es una forma de obtener control sobre los hechos y que permite a la victima distanciarse indiferentemente y eventualmente olvidar.

Nada de eso sucede por ejemplo en el caso de las venganzas desproporcionadas y obsesivas como el caso que nos ocupa. Es seguro que Bretón actuó contra sus hijos como una forma de venganza contra su mujer. En este casos  se trata de venganzas por poderes, planeadas durante mucho tiempo a fin de despistar a la policia y sembrar el panorama de pistas falsas.

Y sobre todo desproporcionadas. El Talmud en la cita que preside este post ya permitía la venganza siempre y cuando hubiera una proporción (ojo por ojo), se trata de la primera restricción que los códices del derecho introdujeron a fin de regular las relaciones entre los ciudadanos y su hambre de venganza. Es obvio que en el caso de Bretón no hay proporcionalidad entre el hecho de ser abandonado por la esposa y el asesinato de dos niños indefensos que a fin de cuentas eran sus hijos.

Aqui hay (por una vez) un buen articulo sobre este caso en la opinión de algunos psiquiatras que responden a la pregunta de por qué un padre puede matar a sus hijos.

Mi opinion es que Bretón es un suicida (y es muy posible que se suicide si puede) en cuanto se le termine la posibilidad de negación del crimen que es al parecer la estrategia poco organizada que está siguiendo en la actualidad. Naturalmente pronto o tarde tendrá que enfrentarse a las consecuencias psicológicas de su crimen que resultarán abrumadoras a poco que mantenga la lucidez y/o se socave ese mecanismo curioso de la negación sobre el que hable aqui.

Una pregunta que el lector podria hacer en este momento es por qué llevó a cabo la venganza contra sus hijos y no contra su mujer (que es la forma de venganza más frecuente) y aqui se encuentra en mi parecer la clave del asunto y la razón por la que creo que Bretón es un suicida invertido.

Habia muy probablemente una excesiva identificación con sus hijos y una enorme acumulacion de dolor presentido a través de su pérdida como resultado de su proceso de divorcio (“si yo no los puedo tener tu tampoco”). Cierto tipo de hombres no son capaces de superar el dolor y la humillación de ser abandonados por sus esposas y llegan incluso al asesinato antes de pasar por ese trance, se trata del caso más común de los crimenes domésticos o sexistas como les llaman ahora. Darle al cónyuge alli donde más le duele es por cierto más tipico en las mujeres tipo Medea que en los hombres, como es sabido en el mito Medea mata a los hijos de Jasón por celos. Los hombres por el contrario no suelen tomar represalias contra sus hijos salvo en los crimenes en masa (donde el marido acaba con toda la familia) o en los suicidios ampliados.

Pero el plan de Bretón era de una crueldad y planificación extremas, teniendo a su mujer en la incertidumbre y llegar a hacerla y hacernos pensar a todos en la posibilidad de un secuestro exprés (planeado por él mismo). Matar a los hijos es una forma de venganza brutal que excede en mucho al mandato del Talmud y que le da la razón a Freud cuando explicaba que la condición de la civilización era precisamente la represión de la agresividad-sexualidad en aras del bien comun.

Cualquiera de nosotros nos prestariamos a ajusticiar a un personaje asi y es casi seguro de que él mismo nos ahorre esa posibilidad. La Justicia es demasiado impersonal en la forma en que sanciona los crimenes y quedarse por debajo del mandato del Talmud no favorece en nada la rehabilitación de los que han llevado su ansia de venganza demasiado lejos.

Lo paradójico de todo esto es que ni la venganza, ni la justicia, ni el perdón, ni la cárcel pueden redimir a un hombre asi, pero nosotros quedariamos un poco más satisfechos si se aplicara la norma mosaica. ¿O no?

9 comentarios en “Psicología de la venganza

  1. La cosa va de tabú en el doble sentido freudiano: lo “inquietante” y, a la vez, lo “establecido”. ¡A ver quién se atreve a levantar los paños del altar! ¿Quién le pone el cascabel al gato?

  2. “Nosotros quedaríamos un poco más traquilos si se aplicara la norma mosaica…” Pregunta Traver. Pues le diré que yo no. Y no hablo desde el aborrecimiento a la pena de muerte. Un personaje así no es alguien con el que simpatice, pero tampoco me resulta odioso; no me produciría satisfacción -vergonzante o no- el hecho de que lo ahorcasen o le aplicaran el suplicio de la rueda. Desde un punto de vista más general (en cuanto al agravio que a las victimas de los crímenes hace la clemencia penal con los autores de los mismos), pienso que lo que marca la diferencia (lo que determina que la clemencia penal sea o no tolerable) es el hecho de si hay o no afrenta. Quiero decir que, si un criminal asesina a un familiar tuyo, y el juez le impone 15 años de cárcel, a ti puede parecerte poco castigo, pero no te parece una burla, como te lo parecería si el juez pretendiera saldar el asunto con una amonestación y una multa de cien euros (que ese grado de benignidad sea compatible con la eficiencia disuasiva que deben tener las leyes es otra cuestión, entiendo).

  3. Huele a catacumba en cuanto se entra en este excelente post. Y pues comparto contigo la razón de Freud al asegurar que la civilización debe reprimir la agresividad-sexualidad “en aras del bien común”, me permito insertar el siguiente

    DIÁLOGO ENTRE UN SEÑOR DE BARBA BLANCA
    Y MIRADA SEVERA Y DOS JÓVENES

    a la espera de que algún tertuliano exegeta nos pueda aclarar algo sobre las constantes de causalidad, espacio y tiempo aplicadas al “viejo” texto que aduzco o al muy reciente tuyo:

    —Soy enemigo del indulto —decía el señor de la barba blanca—; le he condenado dos veces a muerte y le han indultado. Ahora espero que lo ejecutarán.
    —Pero es una pena tan severa —murmuró uno de los jóvenes sonriendo.
    […]
    —¡Nada, nada! ¬—exclamó el viejo de la barba blanca—; hay que hacer un escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para después de mayo, no vaya a ser indultado por el santo del Rey.
    —¡Qué bárbaros! —exclamó Juan.
    —En estos casos —repuso el joven togado tímidamente—, es cuando se pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque, indudablemente, este hombre no ha estado nunca en posesión de su conciencia, y la sociedad, que no se ha cuidado de educarle, que le ha abandonado, no debía tener derecho…
    —La cuestión de derecho es una cuestión vieja, de la que nadie se ocupa —replicó el viejo con cierta irritación—. ¿Existe la pena de muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar a uno a que se rehabilite a un presidio! … El derecho a la pena, el derecho a ser rehabilitado…, muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de muerte no son más que medidas de higiene social, y desde este punto de vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin indultar a nadie.
    Manuel miró a su hermano.
    —¿No tiene razón?
    —Sí; dentro de lo suyo, tiene razón —replicó Juan—. A pesar de so, yo encuentro a ese viejo sanguinario bastante repulsivo”.*
    _____
    * PÍO BAROJA, ‘Aurora roja’, Madrid, Caro Raggio, 1974, pp. 198-199. La primera edición es de 1904.

  4. Una observación psiquiátrica: los presos preventivos tienen mas patologia psiquiatrica y presentan mas demandas de atención que los ya condenados. Pareciera como que la condena tranquiliza.

  5. El punto de vista de la “higiene social” que trae a colación “Sannio 10” con la cita de Baroja es clave. Históricamente, la dureza penal se proporciona a los medios técnicos a disposición de los agentes de control social, para reprimir el delito. Cuando no existían los departamentos de “policía científica”, los sistemas modernos de gestión y de proceso de datos, los medios avanzados de comunicación, transporte y vigilancia, y todo lo demás que determina que el porcentaje de infracciones penales que quedan impunes sean (creo) de menos del quince por ciento, el recurso que cabía al poder público para evitar que un gran número de personas eligieran el crimen como alternativa a la vida tan dura que solían llevar, consistía en aplicar suplicios atroces a los desgraciados a los que cargaban el mochuelo. No me creo con derecho a ejercer la indignación retroactiva respecto a aquellos usos (a pesar de que, sobre ser crueles, eran muy poco equitativos en su aplicación) pues bien veo que existía motivos graves para que las cosas fueran así, pero tampoco veo la razón para escandalizarme de la “endeblez moral” de la moderna sensibilidad respecto a este tipo de asuntos: A pesar de no haber dado nunca -creo- graves motivos para que se sospeche que tras mi fachada de individuo inofensivo se oculta un Arropiero, no creo poder desechar por completo la posibilidad de que yo mismo llegue a hacer algún día alguna gorda, en modo que no me parece mal que las modernas leyes no contemplen la posibilidad de despellejar vivos a los delincuentes, y sustituyan esas penas tan bizarras, por otras más suaves. Seguramente no pensaría lo mismo si los recursos técnicos a disposición de los agentes de control social llegaran a verse claramente rebasados, en modo que sólo endureciendo las penas pudieran proporcionarme una mínima garantía de no ser robado, secuestrado o asesinado… No creo ser una persona de moral acomodaticia por ver las cosas así; simplemente, el maximalismo moral, en temas como este, está fuera de lugar, tanto por el lado de los que se compadecen del delincuente como por el lado de los que se compadecen de las víctimas. Los que ponen el grito en el cielo por que Bretón no cuelgue del cuello, por lo que hizo, no demuestran más madurez que el viejo Tolstoy pretendiendo convencer a unos guardias que conducían presos de que su humanidad les obligaba a liberarlos.

  6. Una muy puntual observación la tuya. Y ciertas condenas del pasado (o del presente, pero de entornos humanos diferentes)…, de forma definitiva.

  7. Si dependiera de mi, iría a un lugar de reclusion y estaría vigilado. Poner fin a éste episodio ejecutando al débil emocional, seria otra imagen horrible. Cual sería aqui la solucion psicológica que matuviese la salud psicológica de las personas relacionadas intiman¡mente con el caso?. Puesto que eso va a marcar un antes y un después, habrá que tener una estrategia paa continuar la vida. Hace falta una sociedad, comunidad que absorba estos golpes de forma que ayuden a los que quedan con vida. Repartir esa penosa carga.

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