La hipermodernidad

Cuando me hacen una entrevista es usual que los periodistas busquen un titular con el que adornar su reportaje. En el ultimo año el titular mas buscado es éste: “la crisis económica dispara la incidencia de enfermedades mentales”. Es por eso que la pregunta obligada es ¿cómo afecta la crisis económica a la población en materia de salud mental?

Los periodistas creen que las enfermedades mentales aumentan con las dificultades económicas y salen bastante sorprendidos cuando les cuento la verdad sobre el asunto: que las enfermedades mentales son muy tozudas en cuanto a su prevalencia y suelen mantenerse en cifras muy parecidas en todos los entornos y en todas las épocas, al menos en lo que respecta a las enfermedades mentales más graves como la esquizofrenia y el trastorno bipolar que se reparten cada una de ellas un 1% de prevalencia-vida en la población general.

Lo cual no significa que no haya aumentado el sufrimiento mental pero en realidad la variable critica para este aumento no hay que ir a buscarlo en las crisis sino en los excesos de las sociedades opulentas.

Recientemente escribi una predicción acerca de la influencia de ciertos escenarios en la salud mental de las personas en un post que titulé “Predicciones sanitarias sobre la postcrisis”, en una especie de profecía de medicina-ficción que precisaría que se cumplieran ciertas premisas apuntadas por Niño Becerra.

La opulencia genera trastornos mentales mientras que la privación cohesiona a las sociedades, asi no es raro que en época de desastres o guerras disminuyan las enfermedades mentales.

La razón por la que nos acoplamos tan mal a la abundancia es de carácter evolutivo: los seres humanos procedemos de una estirpe de homínidos que medraron en condiciones arcaicas de recursos dispersos, glaciaciones, riesgos procedentes de los depredadores, tóxicos ambientales, venenos y hambrunas. No cabe duda de que nuestra especie ha tenido un enorme éxito para sobrevivir a estas condiciones pero estamos poco habituados al aire acondicionado, a los viajes rápidos, a la comida basura y altamente calórica, a la prisa y a la exigencia de altos rendimientos. Estamos bastante mal adaptados a las condiciones de abundancia y cuando nos enfrentamos a una época así aumentan nuestras calamidades subjetivas puesto que no sabemos gestionar los excedentes que hemos contribuido a crear desde la complejidad social.

Y a todo eso le llamamos estrés, es otra manera de decir que nos volvemos bastante majaretas cuando lo tenemos todo y comenzamos a pensar en acumular más y más excedentes por si acaso.

En realidad todos estos escenarios están bastante bien dibujados por ciertos filosófos que han ejercido de notarios de nuestro tiempo. Uno de ellos es Baudrillard, el otro  Lipovetsky.

Gilles Lipovetsky es uno de los filósofos que se han ocupado de diseccionar el deseo de nuestros contemporáneos a través de las interrelaciones enmarañadas que se forjan entre el Yo individual, las creencias compartidas, las exigencias de las sociedades opulentas, los poderes mediáticos y la omnipresencia del consumo que es a su parecer es el eje de torsión donde se enroscan gran parte de nuestros malestares de hoy.

Lo que Lipovetsky describe es la torsión que las sociedades han sufrido durante esa época que él mismo llamó “La era del vacio” y otros han denominado “sociedad liquida” o “postmodernidad” y que puede definirse a partir de los siguientes hechos:

  • Amortización de todos los ideales propuestos por la modernidad.
  • Relativismo y fascinación por los modelos sociales -todo es un constructo social- y abandono de los fundamentos biológicos de la conducta humana.
  • El culto al ocio, a la imagen y a la apariencia.
  • Aversión por al sacrificio, el esfuerzo y el dolor y sustitución por un hedonismo vacuo.
  • Crisis de toda autoridad y sacralización del deseo individual.
  • La laicización del mundo que procedia de la modernidad encontró inmediatamente sustitutos a través de cultos cuasireligiosos como los que podemos observar en la new age, cultos refundidos y sincréticos, donde lo que destaca es la posibilidad de encontrar una religión a la carta, una religión atea, lo que explica el éxito del budismo entre nuestros ciudadanos desorientados.
  • Hiperinflación del individualismo y del Yo.
  • Adopción de máscaras de identidad social como el ecologismo y otras causas. “politicamente correctas” que se adoptan sin critica y sin criterio. En este post existe un buen modelo explicativo de cómo se forja la opinión de la mayoria.
  • El culto por lo efímero y lo fungible que alcanza a las relaciones de pareja y que destruye el tejido social a base de multiplicar las uniones, las parejas, los hijos, los domicilios o las deudas.
  • La busqueda de la felicidad individual como “trabajo” personal y derecho privativo del individuo que se sostiene en la convicción de que “uno tiene derecho a hacer lo que quiera” y que se ha transformado en el ideal de toda una generación. El deseo individual ha pasado a ser el unico referente sagrado con el que el individuo se identifica y al que se postra, un deseo que se sostiene con:
  • El consumo infinito e insostenible es la consecuencia del punto anterior. Las cosas parecen ir bien mientras podamos consumir incesantemente pero todo parece venirse abajo cuando vienen vacas flacas y no tenemos ya más dinero para gastar.

Lo cierto es que todos los puntos que acabo de citar nada tienen que ver con la crisis económica sino que mas bien la crisis es la consecuencia del “cafe para todos” en que transformamos nuestra sociedad mientras creímos que aquel modelo podria ser sostenible.

No lo es y no estoy en condiciones de saber si esta decepción podrá por sí misma generar malestares mentales, lo que es seguro es que las enfermedades mentales graves seguirán persistiendo en el mismo porcentaje señalando su independencia de las condiciones de vida, mientras otras es muy posible que desaparezcan o que muten hacia nuevas máscaras donde pueda ocultarse mejor el deseo de no ser quien realmente somos.

Mi conclusión es que las enfermedades mentales y el sufrimiento mental tienen mucho que ver con un orden biológico ligado a la hominización y que representan un peaje evolutivo: el precio que hemos de pagar los sapiens por tener un cerebro con tantas prestaciones  inteligentes. Pero tambien, que las sociedades a través de las creencias compartidas forjan las condiciones para que aparezcan otros malestares que no se encuentran entre nuestro acervo genético sino que suponen neodesarrollos del sufrimiento mental  que tienen que ver con las expectativas que hemos ido construyendo acerca de nosotros mismos, de nuestra ubicación en el mundo y de nuestra capacidad -casi siempre ilusoria- de enfrentar problemas nuevos con un aparato psíquico en cierto modo simiesco aún y presidido por las leyes de la conservación y la reproducción.

No es de extrañar pues que junto al bienestar y la seguridad alcanzadas haya todavia mecanismo en nuestro cerebro destinados a la rivalidad, a la envidia, a los celos, al odio, al rencor, a la culpa y al miedo sin definir (ansiedad) que coexisten con el agua corriente, Internet, las carreteras, los móviles o la electricidad.

Simplemente estos mecanismo han quedado en paro, no sabemos utilizarlos ni integrarlos, es por eso que desde algun lugar donde hemos conseguido disociarlos nos siguen amargando la vida.

Un comentario en “La hipermodernidad

  1. Me ha encantado esta entrada por clarificadora. Años después del comienzo de esta crisis aun estamos buscando información sobre ella y creo que esta entrada nos da las claves tanto de las causas como de las consecuencias.

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