Histérica antigua, histérica moderna

La existencia del hombre actual está atravesada por el sentimiento informe del horror. Desde la violencia urbana de los “hooligans” hasta los conflictos laborales, familiares, internacionales o locales están teñidos por el miedo, penetrados por el pavor (Baudrillard).

No llamemos salvajismo a esas bacanales de fin de semana, con mobiliario urbano destrozado o puñaladas por la espalda en la puerta de las discotecas por una masa informe descerebrada, llamemosle por su nombre, llamemosle horror (Baudrillard).

No somos más violentos que los salvajes, sino que hemos perdido la capacidad de serlo y por eso reaccionamos con violencia ante situaciones “contagio” como en el fútbol, en el hogar con eso que ha venido en llamarse “violencia de género” o en nuestra vida privada, peor cuanto mas socializada se encuentre.

No se trata tan solo de que hayamos perdido las inhibiciones que ponían a buen recaudo nuestras pulsiones mas agresivas, es algo más profundo, se trata de una violencia anómica, estúpida, que no persigue ningún fin, la gente no se pelea por antagonismo, por dinero o por poder (los hay que también), sino por indiferencia. La gente se ha vuelto absolutamente indiferente a todo lo que le rodea incluyendo a las manifestaciones de la violencia, nos hemos hecho insensibles a la violencia, al dolor y al hambre, nos hemos hecho insensibles a casi todo lo que nos rodea puesto que no nos reconocemos ya en ninguna otra cosa sino en el impacto de lo real sobre nuestro deseo. En esa colisión vivimos y a través de sus intersticios nos desangramos simbólicamente, una vez despojados de todo lo humano que había en nosotros antes de la gran evasión que supuso el blanqueamiento del mal, el blanqueamiento o desdibujamiento de esa línea delgada que separa lo simbólico de lo real, nos encontramos exánimes, sin alma.

La anoréxica no tiene miedo a engordar como ella misma declara sino que sólo dispone de dos mecanismos para lidiar con la pulsión: la expulsión y la repulsión.

La histérica charcotiana se desmayaba para mostrarse y entregarse, la histérica postmoderna se disfraza para provocar espanto o aversión.

Despojada de su registro simbólico ¿como lidiar con el eterno conflicto femenino que supone la confrontación de la realidad con el deseo de ser atractiva?

En las neuróticas clásicas este conflicto se hallaba de alguna forma simbolizado, la histérica de antaño simplemente se especializaba en la seducción, la queja o la impotencia: mecanismos artísticos que la llevaban a un continuo despliegue de estrategias para asegurarse un publico “entregado”, algunas incluso lo conseguían, pero ahora nuestras histéricas ya no recurren a la seducción sino a la épica, ¿para qué gastar tiempo en seducir a nadie, si podemos simplemente pasar al acto y fornicar directamente con quien nos venga en gana?

Esta es la diferencia que existe entre la histeria clásica, una mujer seductora que prometía mucho y no daba nada de los desarrollos ultramodernos tipo “border-line”: mujeres que no prometen nada pero lo dan todo y que lo dan de entrada, sin condiciones si es que alguien osa.

Es el miedo el que provoca ambas conductas, el miedo a no resultar atractiva, a no dar la talla, a haber perdido por la edad la capacidad de seducir, pero mientras en el primer caso podemos observar cierta capacidad para simbolizar la decepción, el rechazo o la odiosa comparación con el resto de mujeres, en el segundo caso podemos ver como opera la repugnancia del vómito, la expulsión de todo valor simbólico, la negación de la naturaleza humana y la vuelta al automatismo o a la inhumanidad.

El vómito de las bulímicas es una forma de expulsión, de exorcismo mágico mediante el cual la mujer “expulsa” todo aquello de nocivo que encuentra dentro de sí, como un demonio encarnado en esos kilos de más , en esas cartucheras que imponen de inmediato una comparación con todas esas imágenes desprovistas de defectos que pululan por televisión. Lo nocivo no puede transformarse, no puede neutralizarse o compensarse con los valores porque han sido excluidos de lo simbólico y arrastrados hacia lo real y ya nadie cree en ellos, ni siquiera de forma laica, porque toda ética ha sido despresurizada y reconvertida en un menú desplegable de deseos a los que todo el mundo tiene derecho:

Derecho a la vida, derecho a elegir el sexo, derecho a elegir la orientación sexual, derechos diseminados por un poder que difunde hasta el paroxismo la idea que las fatalidades pueden cambiarse. ¿Cabe un mito más estúpido que decir que tenemos derecho a la vida?

La vida o la muerte no son derechos sino nuestro destino, una fatalidad o una maravilla, pero un destino ineluctable ante el que sólo cabe una posición: el acatamiento.

3 comentarios en “Histérica antigua, histérica moderna

  1. Veo algunos cambios respecto a hace unos años 🙂
    Y es que todo cambia, todo se mueve, todo……
    Magnífico como siempre, sin embargo. Quizá más madurado si cabe 🙂

  2. Excelente artículo. Vivimos una segunda fase, desintegrativa, de lo que Spengler llamó la “decadencia de occidente” al perder su fundamento grecolatino. Un autor del signo politico opuesto, Marcuse, contemporáneo, está de acuerdo en esta tesis, en el sentido que vaticina una “desublimación” y una regresión de los fundamentos sociales, via anárquica, que él mismo promovió. Entonces, la falla básica es la psique colectiva, no sólo son fracasos en transmitir un modelo familiar, sino de una erotización patologica del cuerpo, producto de la amenaza que para el esquema corporal infantil representaria el objeto tecnológico, que es puesto en lugar del prójimo socializante, objeto de deseo y omipotencia, pero, a la vez, objeto perdido y encontrado, que niega al cuerpo en la medida que lo objetiva y lo externatiza como no-yo. En suma, es la identidad, el sentido biográfico identitario, el que esta siendo amenazado por la alienación por el objeto. Desde el dinero, como fetiche asimbólico y literalizado, hasta la ropa como falsa piel o máscara social, y el objeto tecnológico que frustra por saciedad extrema.

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