El placer del dolor

La necesidad de castigo no pertenece al catálogo de las necesidades comprensibles por el común raciocinio, hipnotizados como estamos por el mito deseable de conseguir placer a cualquier precio, placer que en cualquier caso se considera el opuesto que además excluye al dolor, su contrario. En efecto, la mayor parte de la gente parece comportarse así: buscamos y entendemos a nuestro prójimo que dice buscar comodidades, riquezas, poder, reconocimiento social, prestigio profesional, buena cocina, buenas amantes, etc. Sin embargo, nos resulta también comprensible que algunas personas corran maratones extenuantes, preparen oposiciones, sacrifiquen su juventud en aras de un ideal, recorran a nado en invierno una larga distancia o que hagan – durante sus vacaciones- el camino de Santiago. El hedonismo es una posibilidad, el estoicismo otra. Modos de explorar los propios límites: el exceso y el sufrimiento: el mundo del deporte nos presenta como héroes a los que han resultado exitosos en esa empresa.

Se podrá razonar que estas actividades representan paréntesis en la vida de una persona y que otras tienen como objetivo la superación individual, el altruismo de la especie o cualquier otro argumento similar. Es cierto, pero a medias. Lo que no se puede negar es que este tipo de actividades, no son -consensuadamente- placenteras y consumen mucho tiempo y energías. Que casi nadie obtiene premios por sus esfuerzos y que la mayor parte de los sacrificios -voluntariamente aceptados- quedan en el anonimato más absoluto. Escribir un libro, por ejemplo, supone un ejercicio de estas características, un libro que ningún autor sabe si verá alguna vez la luz, es verdad que las más de las veces es el orgullo egocéntrico el motor de estas tareas, ¿pero no se trata las más de las veces de un fracaso del mismo? Un trabajo incierto que no se sabe si algún día leerá alguién. ¿Dónde está el premio, donde el placer? Escribir un libro no es ningún placer, antes al contrario, escribir es un acto doloroso. Como lo es escribir una sinfonía, un poema o limpiar las llagas de un leproso.

El castigo físico es, en nuestras sociedades opulentas, intolerable, no solamente porque ellas abominan del dolor, sino también de la autoridad, de ese alguien legitimado para proporcionarlo y porque cada vez más, aunque parezca increíble, vivimos en una sociedad menos violenta, una sociedad que ha disminuido considerablemente su tolerancia a la violencia.

En realidad las sociedades occidentales blanquean la violencia (Baudrillard 1990), reniegan de ella, la disocian del Bien, al mismo tiempo que la publicitan y de alguna manera propician una insensibilidad progresiva de los espectadores (Kristeva). La violencia sólo es legitima en tanto en cuanto puede mostrarse y se convierte en espectáculo.

Más allá de eso, el número de homicidios desciende progresivamente en toda Europa occidental desde 1900, aunque vivamos mediatizados e inmersos en una difusión universal de los detalles ejecutivos de su expresión y en una atmósfera donde cualquier tipo de violencia es abominado por el discurso social.

Una crisis que afecta a aquél que estaría en condiciones de aplicar sanciones a las conductas individuales. Sólo los jueces poseen en nuestras sociedades esta potestad, las demás figuras de autoridad parecen haber sido despojadas de tal función y pueden ser cuestionadas y reprendidas si existe una sombra de sospecha de un mínimo abuso en la aplicación de un correctivo. Ni la policía, ni los maestros, ni los mismos padres, son depositarios fiables en una sociedad democrática del poder sancionador, corrector y normalizador del castigo individual. No es de extrañar pues que en un contexto donde el castigo físico es abominado, aunque no en cambio la exclusión, el abandono o la negligencia, sea aquel recobrado ritualmente por alguna sexualidad perversa o bien por algún equivalente espiritual. Un castigo que es en muchas ocasiones un alivio, porque nos permite identificar un enemigo, corporeizarlo y eventualmente confrontarse con él, lo que siempre es preferible a la alienación de un enemigo invisible, con unas normas opresivas e inefables y sin posibilidad de confrontarlas salvo con la desesperación.

Se dice que “quien mucho te quiere te hará llorar”, porque el acto de llorar es, como el amor, ambivalente. ¿De qué lloramos, cuando lloramos? Podemos derramar lágrimas cuando estamos tristes, pero también lo hacemos cuando estamos alegres o furiosos. Sin embargo, el llanto comunica pena, pesar o aflicción, con independencia del estado interno del que llora, quizá una forma analógica de pedir que cese el castigo, aunque muchas veces ese castigo proceda del propio individuo y no de una instancia externa a él, lo que haría el castigo más soportable que la gratuidad de un llanto sin destinatario.

La religión es una excelente coartada para muchas de estas actividades, pero el sufrimiento no es exactamente un hecho religioso porque es anterior a él y es “ejercido” por muchísimas personas, que no tienen necesariamente una concepción trascendente del ser humano.

La vida puede definirse como una muerte aparente, lo único que sabemos seguro es que somos finitos y parece que esa conciencia de finitud es insoportable para los humanos. No es de extrañar que para algunas personas el placer, me refiero al placer de los cuerpos, sea algo pesado, siniestro, algo que no logra contener la conciencia de discontinuidad. Es por eso que algunas personas prefieren la pasión al placer, e introducen en su vida cierta desavenencia y perturbación. La amenaza constante de una separación, de una pérdida tal y como es vivida la muerte individual y las muertes pequeñas que la preceden, a medida que vamos perdiendo a nuestros seres queridos u odiados permanece siempre en la conciencia. Hay personas que, movidas por la pasión, pretenden ir más allá y explorar el lado turbio de las cosas. De su propia discontinuidad efímera.

La búsqueda inconsciente de castigo flota en toda la obra de Freud y del psicoanálisis como la piedra angular causal del masoquismo. En síntesis: Freud achacaba la génesis del masoquismo a una culpa inconsciente, ligada con la culpa edípica, a una culpa mítica. Más allá de la propia biografía individual: el asesinato del padre totémico.

El error conceptual de Freud fue pretender encontrar en las vidas individuales de sus pacientes algún tipo de evento que pudiera configurar traumáticamente el despliegue ulterior de la libido y la generalización de su doctrina. En mi opinión, existe una contradicción entre el Freud de Totem y Tabú y el Freud de los “Tres ensayos y una teoría sexual”. El psicoanálisis es una ciencia de lo individual, de lo subjetivo, en este sentido, la manía generalizadora de algunos analistas siempre me pareció incongruente. Quiero decir, que no hace falta que haya habido ningún suceso traumático en la vida de una persona para que se haga masoquista ni cualquier otra cosa relacionada con la culpa, porque la humanidad entera está construida sobre un crimen, un pecado original, que se constituye en una instancia intrapunitiva, intrapsíquica a partir del momento en que las religiones monoteístas inventaron el libre albedrío. Antes de eso no había pecado sino fatalidad.

Para Freud, todo el ritual masoquista consistía en retrotraer al individuo a un castigo infantil del que creyó ser merecedor. El masoquista quiere ser castigado como un niño, pero como un niño malo, aunque no lo haya sido nunca. Simultáneamente a esta idea, dice también:

Un niño que se comporta con una maldad inexplicable, está haciendo una confesión e intenta provocar el castigo como medio simultáneo de satisfacer su sentimiento de culpa y sus tendencias sexuales de tipo masoquista (1918).

Sin embargo, la teoría freudiana tiene una serie de fisuras serias, dado que el propio Freud no aclara cuál es la culpabilidad del niño que obra de ese modo. La primera objeción es, que una vez castigado, el masoquista debería ser absuelto de su pecado, como suele ser frecuente en los castigos proporcionales a la falta. La segunda es que no se comprende porque el adulto debiera elegir una forma de castigo tan pueril como los azotes en las nalgas, castigos que para un adulto son algo inocentes, acostumbrados como estamos a ser castigados de formas mucho más terribles por la propia vida.

La deformación y la exageración del masoquista son expresiones de cólera. En lugar de decir “esto es grotesco”, ,provoca una escena grotesca, cercana al esperpento. (T. Reik)

La tercera cuestión es que si precisáramos ser castigados por algún pecado infantil, ¿por qué elegir precisamente un castigo ligado a lo erótico? Si nos sentimos culpables por habernos masturbado, con dejar de hacerlo y convertirnos a la liga de la decencia pública, creo que purgaríamos suficientemente nuestro pecado. Esta técnica ha demostrado ser muy eficaz con los alcohólicos por ejemplo, ¿por qué no iba a serlo con los masturbadores?

La superación de una situación no es nunca el retorno al punto de partida. Si alguien se siente culpable de algo – cosa totalmente posible – no será reeditando la situación culpógena, como logrará abrirse paso hacia el perdón. Lo usual es que el que se siente culpable por algo trate de negar su culpa, mediante una cascada de racionalizaciones o bien que trate de neutralizarlas mediante una actitud opuesta al daño cometido (real o imaginario), o que trate de amortizar la deuda mediante dádivas emocionales. Sólo cuando todo esto fracase, “el criminal se entregará a la policía o acumulará errores para lograr ser detenido”. Pero una vez en la cárcel, una vez castigado, la culpa desaparecerá. Porque tal y como asegura Bataille: “en la libertad está contenida la impotencia de la libertad”.

Gracias al dolor, el placer aparece otra vez atractivo, gracias al hambre, las patatas y el arroz nos parecen manjares exquisitos, gracias a la privación de libertad ansiamos convertirnos en pájaros. Por algún extraño motivo, los humanos nos estancamos cuando se nos priva de todo desafío y tal y como asegura A. Philips: “salir bien librado siempre termina por arruinar el alma”. Gracias a la esclavitud, la libertad aparece otra vez atractiva y sabido es que el cerebro no puede percibir sino contrastes. Continua la misma A. Philips:

Lo que necesitamos es ubicación, definición. El masoquismo encarna la necesidad de una limitación impuesta por una fuerza externa, no de una autolimitación. Encarna necesidades que pueden ser una forma de debilidad, pues el pensamiento más lúcido prefiere ser libre en la limitación. El masoquismo descubre el límite de los discursos políticos y sociales pretendidamente liberadores del hombre. (Una defensa del masoquismo, pag 190).

Aquí hay dibujada, a mi juicio, otra de las características esenciales del masoquismo: su capacidad de subversión y la búsqueda de autolimitación no impuesta: abdicar de la libertad nos hace libres. ¿No sería subversiva una mujer, que en la época actual se declarara públicamente sumisa o masoquista, en una campaña de “outing” (tal y como hacen periódicamente los homosexuales) aceptando de buen grado su esclavitud sexual, frente a un amo todopoderoso, que la utiliza sexualmente a su libre conveniencia? Desde luego, a condición de que esa mujer sea simultáneamente a eso libre, (tal y como lo entendemos en Occidente) es decir, competente e independiente. Me parece que este tipo de mujer, sería desde luego, más transgresora, creativa y subversiva que todas las muñecas anoréxicas que pululan por las consultas de los psiquiatras de este final de siglo, o de las amas de casa que publicitan en televisión su privacidad más abyecta, sin embargo es obvio que resultaría políticamente incorrecta, al menos para las que creen y luchan por la igualdad femenina. Esta especie de antítesis de Aly McBeal -prototipo de ficción de la mujer liberada, neurótica y emancipada- resultaría chocante y transgresora. La mujer sumisa y al mismo tiempo autónoma escandalizaría y sería declarada la enemiga viviente del feminismo. Igual sucedería con los hombres que hacen algo así. ¿No es subversivo un juez, un general, un almirante, un gran poeta que paga a una prostituta para que le flagele, le cabalgue y le humille? ¿Alguien es incapaz de ver el desorden que el juego masoquista propicia en la distribución social del poder? Sólo aquellos que carecen de humor podrían no esbozar una sonrisa.

Lo que parece ser intolerable para el hombre es la imposibilidad de oponerse a algo, la falta de prohibición. Una educación indulgente y permisiva, la ausencia de trincheras donde refugiarse y un enemigo visible contra el que poder confrontarse. La falta de “pecados” que cometer y por los que hacerse castigar y perdonar, la imposibilidad de renacer. Tener demasiado y demasiado placer es intolerable si al mismo tiempo no existe una contraprestación social que pueda ser transgredida. Paradójicamente, los discursos liberadores del hombre lo esclavizan todavía más al yugo de lo amorfo e insustancial, ignorando o soslayando que el sufrimiento es inevitable, y que los discursos terapéuticos parecen agotados. Los discursos de la liberación de la mujer, por ejemplo, no hacen sino añadir nuevas presiones a su imaginario con un doble turno y una jornada agotadores. Algunas, retroceden ante ese peso, otras enferman psicosomáticamente, algunas voces feministas están empezando a plantearse qué orden es exactamente el del enemigo. Pues una vez conquistado un derecho, ¿cómo haremos, para eludir el deber de ejercerlo? ¿Cómo evitar que la conquista de un derecho no se convierta en una prescripción estatal?

Hay una especie de límite para la muerte y para los signos de muerte que nos acompañan durante nuestra vida que ni la política ni la medicina podrán contener. Si la prohibición no puede proceder de la política porque sería incompatible con el discurso democrático, ni de la religión porque ya nadie cree en ella, sólo queda un último reducto: la clínica. Es la Medicina la ultima censora de actitudes y parece que cualquier prohibición no pudiera ser acatada mas que en nombre de la ciencia. No es de extrañar, pues, que el aburrimiento ontológico que se esconde en todo placer individual e ilícito, haya que ir a buscarlo al diván de los psicoanalistas en forma de “necesidad de castigo inconsciente” o en la consulta de los forenses. En la novela de Luis Landero, “Juegos de la edad tardía”, un personaje hace el siguiente chiste, que cito de memoria:

Créame amigo, hay que tener todos los vicios, hay que fumar y comer carne de cerdo, beber y trasnochar. Así cuando caes enfermo el médico te puede prohibir algo, y puedes sacrificarte en alguna privación e incluso sanar por sugestión.

¿De qué le serviría al asceta privarse de algo? ¿Qué haremos cuando toda la Humanidad haya alcanzado la utopía de una felicidad y bienestar totales? Sólo con la muerte podríamos sustraer algo a la propia muerte: sentencia que encierra en sí misma una contradicción insoluble.

Efectivamente, las prohibiciones ya sólo se sustentan en la ciencia: fumar es pernicioso para la salud, pues provoca cáncer, la sal hipertensión, el cerdo y el alcohol son la fuente de todos los males. ¿Qué político o autoridad eclesiástica osaría prohibirlas en nombre de su disciplina? Ese es el problema y no otro. Cualquier transgresión es hoy una transgresión médica, una transgresión contra la clínica. Sólo por esa razón las perversiones sexuales continúan existiendo en los manuales de Psiquiatría o apareciendo como metáforas incompletas de sufrimientos inconcretos.

Pero no tenemos ninguna evidencia de que las perversiones sean enfermedades mentales. Más aun, todo apunta a que la represión política y religiosa se sirvió de la Psiquiatría para “meter en vereda” a los disidentes de lo sexual. El término desviación sigue manteniendo un cierto equipaje administrativo, mientras que cada vez más y más evidencias, permiten suponer que se trata de operaciones que afectan al deseo individual (Simon, W. 1994).

Aunque para el cuerpo social es tranquilizador suponer que lo ignominioso, lo abyecto y lo incomprensible sean categorías clínicas; aunque a los jueces les venga como anillo al dedo suponerlo también porque esta convicción les facilita su labor normativa, creo que nuestra actitud, la actitud de los psiquiatras debe ser la de devolver a la sociedad las preguntas que esta nos hace en forma capciosa y preguntarse ¿de qué se acusa el acusado? Creo que, como en El Proceso de Kafka, la pregunta estaría plagada de suposiciones más que acertadas, de por dónde andan las cosas.

El mundo camina hacia una abolición del “pecado” entendido como transgresión a algo y una medicalización de lo espantoso, lo que es lo mismo que decir que cualquier forma de erotismo extra-reproductivo necesitará ser psiquiatrizado para poder ser así exorcizado “sine religione”. Como cualquier forma de maldad o de contratiempo, necesitan de víctimas para soslayar al azar, esas víctimas serán el futuro los psiquiatras y los médicos en general, demiurgos y depositarios de los vicios del hombre y paradigmas de la responsabilidad delegada, como tutelantes del Mal.

No es de extrañar en este contexto que he dibujado, la búsqueda de castigo individual como un epifenómeno deseable de la libertad. En la novela “El hombre que quiso ser culpable”, una novela de política-ficción, se dibuja un mundo futuro donde la culpabilidad ha sido abolida por el Estado, una sociedad opulenta y de bienestar. Un Estado feliz, evidentemente, es incompatible con los malestares individuales. En esta magnífica novela, el protagonista mata a su mujer en un ataque de celos. El Estado, bienhechor, a través de funcionarios acreditados dispone lo necesario para “disimular” las pruebas y que todo parezca un accidente. Sólo el homicida sabe la verdad, lo paradójico es que se niega a ser absuelto, porque efectivamente tiene derecho a sentirse culpable. El Estado le niega esta posibilidad de ser libre, porque – aunque opulento- ese Estado no es más que un Estado totalitario. Al final, al persistir en su actitud, da con sus huesos en un manicomio. El tratamiento consiste naturalmente en persuadirle de que está equivocado, es pues un acto de fe inquisitorial. La novela es una parábola orwelliana, donde el omnipresente Estado que ya se dibuja empieza a emerger en forma de ficción. En la vida diaria y sobre todo judicial de un psiquiatra, hay motivos más que sobrados para preguntarse ¿quién castiga en un estado democrático a los culpables? Y ¿qué proporción existe entre la falta cometida y el castigo impuesto? Y sobre todo: ¿existe algún vicio que haya escapado al inventario de los manuales de Psiquiatría? ¿Hay alguna posibilidad de escapar a la clínica?

Apresurémonos pues a inventarlos.

8 comentarios en “El placer del dolor

  1. …o la espiritualización del psicodrama.
    “no hace falta que haya habido ningún suceso traumático en la vida de una persona para que se haga masoquista” Esto me ha encantado.
    Simplemente magistral ese modo de intentar hacer comprender que
    “Lo que necesitamos es ubicación, definición”, un modo marginal de buscar una forma para el fondo.
    Pero para muchas mujeres -la mayoría acaso- es necesario antes abdicar del feminismo para alcanzar tal sabiduría, para llegar a su Hades particular y transgredir con “mindfulness” lo que en el fondo siempre ha sido su naturaleza, para ejercer de sumisas y a la vez deleitarse genuinamente en ello, verdaderamente.
    Extraordinario post, maestro… extraordinario…

  2. Estoy de acuerdo totalmente con mi hermana Zacco y por supuesto con Paco, la mujer actual ha perdido su norte primigenio y un modo de desactivar su estulta ansia de igualdad es el ejercer la obediencia y transgredir la norma (la actual). Zacco, tú y yo deberíamos fundar un partido no antifeminista pues -ista significa seguidor de, sino feminiano, que significa partidario-de 🙂 🙂
    ¡Un aplauso para el autor del blog y sus ideas transgresoras!

  3. No sé si tendría muchas acólitas, Argentum, antes habría que desmontar mucho prejuicio y no me veo con ánimos, está el libre albedrío de cada cual, no lo olvides, y cada cual sabrá qué hace con sus fantasmas…

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