Viajes miniaturizados

Caminante no hay camino
se hace camino al andar.

(Antonio Machado)

Ahora que volvemos de vacaciones y nos incorporamos al trabajo es el momento para hacer recuento de los lugares que nuestros compañeros del trabajo y nuestros pacientes han visitado durante la canícula. Es el tema de conversación.

A la gente -ignoro la razón- le encanta contar sus viajes y los lugares que han visitado durante sus vacaciones, algunos incluso enseñan sus fotografias para demostrar que efectivamente estuvieron alli, otros las cuelgan en Internet para dar fe de su periplo y otros -los mas conservadores hacen copias de papel-, aun hay quien las hace, si.

No hay nada más aburrido que escuchar la letanía de lugares inverosímiles y exóticos (algunos con huracán incluido) y las aventurillas que acompañaron a las citados periplos vacacionales pero lo peor de todo sin ninguna duda es mirar fotografias de otro en formación de grupo posando bajo alguna estatua de Florencia, una pagoda de Balí o un fiordo báltico. Incorporados ya al trabajo y con un probable sindrome de Estocolmo post-vacacional a cuestas, la gente desgrana en las oficinas sus historias sobredimensionadas, sus diversiones fingidas y sus desencuentros parejiles -broncas de Agosto-, al tiempo que renuncian a ver el tiempo que pasaron haciendo transbordo de aviones en aeropuertos perdidos en lugares del mundo que no se encuentran más que en el mapa de los epidemiólogos por aquello de las vacunas.

Y es que a la gente le gusta viajar y como soy muy curioso me he puesto manos a la obra para elaborar una pequeña encuesta de qué es lo que tienen los viajes que atraen tanto a la gente.

De manera que primero las definiciones, ¿qué es viajar?

Hay tres acepciones de la palabra «viaje», una de ellas la más vulgar de todas, es ese desplazamiento que hacemos de un lugar a otro que suele coincidir con las vacaciones, o sea en tiempo de ocio, lo que nos lleva a otro problema: definir qué es el ocio en un mundo donde ya no existe el tiempo libre, ¿conocen ustedes a alguién que disponga aun de tiempo libre?, una antigualla de los sesenta. No cuento por tanto esa otra forma de viajar que es por motivos de trabajo – o lo que seria peor, negocios-, a la gente ese tipo de viajes no le gusta tanto, lo que les gusta es pasar sus vacaciones, su ocio, gastar su tiempo libre, -eso que no existe en sus vidas reglamentarias- allí donde Cristo perdió el gorro, en un lugar cuanto más lejano, exótico o inusual mejor: hay como una competencia a ver quién es el que va más lejos, visita una cultura más desconocida -por más incultos que sean- o descubre ese lugar tan raro que no figura en ninguna guía turística salvo en los archivos del National Geographic.

La ultima acepción de la palabra viaje es la acepción metafórica o figurada que es la que refiere Antonio Machado y que sirve de entrada en este post. El camino al que se refiere Machado es algo que se situa más allá del viaje vacacional y que no depende de un desplazamiento fisico, Machado se refiere a la vida, igual que Kavafis en aquel gran poema sobre Itaca. Pero D. Antonio nunca salió de Soria o de Sevilla y aunque murió a contrapelo en Colliure es seguro que nunca viajó a Bali o a Kenia seguramente porque entonces el viaje no era algo tan accesible como es ahora que de tan accesible se ha convertido en un consumible que nada tiene que ver con el concepto de camino de Machado. Lo que el poeta queria señalar es que el propósito del viaje no importa, no importan los logros, ni importa la meta o los objetivos, lo que importa es el viaje en sí mismo, el camino que se vive dia a dia, el único instante que podemos degustar que es el presente, eso es lo que el poeta quiso decir.

Todo lo contrario de lo que hacen los viajeros actuales que eligen el destino de su viaje con antelación en una agencia y además viajan en avión, con lo que el unico camino que pueden degustar son las horas de espera en multiples duty-frees, ahi no hay camino y solo hay destino de tan rápido que sucede todo: el camino ha quedado en nada.

Se trata de viajar pero no de una manera cualquiera sino dentro de las dos condiciones en las que discurre nuestra vida: la aceleración y la miniaturización. Viajes acelerados y tiempos en miniatura para degustar tal alud de sensaciones que el viajero no puede sino fotografiar para recordar después pues ni tiempo tienen allí impulsados por feroces guías obsesionados por el tiempo.

O sea que en este sentido podemos asegurar que el viaje no existe o mejor dicho carece de fundamento, pues la gente no viaja por interés etnográfico, cultural o antropológico, tampoco viaja por viajar (haciendo un camino como el que hacen los peregrinos) pues el camino ya no existe desde que los aviones trajinan a la gente de continente en continente en pocas horas comprimiendo el sentido del camino que es necesario hacer para llegar al otro lado del mundo, tampoco viajan para descansar porque no hay nada tan agotador y estresante como un viaje. Digámoslo claramente la gente viaja para fotografiarse, no hay viaje sin fotografía, esa es la verdad, la gente viaja para estar en alguna parte y recordar esa sensación cuando aterricen en parte alguna que son sus vidas sometidas a la ley de Moore.

Otro suelen decir que viajan para desconectar. A mi siempre me ha hecho mucha gracia esa palabra porque da a entender que uno vive el resto de su vida conectado. Merece una aclaración. Efectivamente pasamos la vida enchufados al móvil, al trabajo, a las preocupaciones, a las broncas con el jefe o a la televisión pero desconectados de nosotros mismos ¿A qué clase de desconexión aluden esos viajeros que en ningún momento prescinden de su móvil o de su cámara digital?

Un amigo mio que estuvo este verano en Mozambique y que se trajo de recuerdo una disentería me dijo que la única forma de desconectar era irse muy lejos, cuando le pregunté de qué quería desconectarse me dijo que del trabajo y de las preocupaciones de la vida cotidiana, o sea que debe ser verdad eso de la desconexión pero no explica la manía de la lejanía, la búsqueda de un riesgo gratuito ni por supuesto explica la desconexión que mantenemos con nosotros mismos a pesar de lo dura que es la vida. Le pregunté que hacía en su tiempo libre y me aseguró que no disponía de tiempo libre, dándome la razón en que nos hemos quedado sin él, pero digo yo que algo tendrá que ver el enchufe del móvil en esa pérdida.

Mi amigo es uno de esos tipos miniaturizados que utilizan constantemente el móvil para decir cosas tan importantes como estas conversaciones que ha mantenido mientras hablaba conmigo:

– Si, estoy aquí.

– Ahora subo.

– No, dentro de un rato.

– Luego te llamo.

– Bajando del tren me has pillado ( a alguien le mentía).

– Si, si ahora voy.

Lo digo porque parece bastante conectado al menos con su exterior, y lo malo es que mi amigo no conoce el significado de la palabra twittear. ¿Usted tampoco? Ah, pues es el ultimo grito para conectarse y no le hará falta ya nunca más viajar. En esta web lo explican, se trata de miniblogear: decir qué estas haciendo permanentemente a la red global. Yo lo que creo es que si mi amigo se dijera a si mismo la mitad de cosas que dice a los demás no andaría tan desconectado. Pero si aprende a twittear tiene ahora su oportunidad de conectarse consigo mismo haciendo lo que ya hace, pero en lugar de hacerlo por móvil lo puede hacer gratis y llevar una especie de registro de presencia plena:

– Ahora bebo agua.

– Ahora me lavo las manos.

– Ahora pienso en la comida.

Ahora, por fin, me conecto conmigo mismo.

Y el tiempo se expandió.

Moraleja machadiana.– El viaje comienza cuando uno ya no tiene donde ir.