Los enemigos del enjambre

El espíritu de la colmena es una película de Victor Erice recientemente reestrenada (2004) y que vale la pena ver por tratarse de una de las obras maestras del cine español, sin embargo si la menciono en este post no es tanto para recalcar los méritos de actores, guión ,fotografia, dirección y narrativa de esta pelicula, ni para reflexionar sobre el mundo de la percepción infantil a través del inolvidable personaje de Ana Torrent, ni para hacer ver al lector la distancia que existe entre los mundos que habitan los adultos y sus niños, ni para hablar de la fotografía mágica de Cuadrado sino para reflexionar sobre su título.

Una idea que fue señalada por Maurice Metterlink para describir ese espíritu todopoderoso, enigmático y paradójico al que las abejas parecen obedecer, esa especie de estatuto cooperativo que las guía y que los hombres no llegamos a comprender porque ni es algo que tenga existencia propia ni tampoco algo que podamos descartar como inexistente, el enjambre no es sólo la suma de la comunidad de abejas, ni la unión de las abejas emparentadas entre si, ni es algo material que podamos medir o tocar, el enjambre es como la mente de las abejas.

Algunos biólogos han recurrido a la suposición genética para explicar este fenómeno donde el enjambre parece ser una propiedad común de todas las abejas, señalaron una estrategia evolutiva que consiste en priorizar el crecimiento rápido de una comunidad (de una especie) en lugar de asegurar una vida larga, efectivamente las abejas reinas pueden vivir tres años, pero el resto: obreras y zánganos viven solo tres meses, se trata pues de individuos prescindibles y de vida breve. Y además de eso clónicos, puesto que la reproducción entre ellas es sexual pero partenogenética, significa que los huevos fecundados son machos (zánganos) y los no fecundados hembras (obreras) lo que significa que todas las hembras son iguales genéticamente, son superhermanas.

Pero el enjambre no puede ser explicado sólo a través de la similitud de los miembros que lo componen, no se trata de una idea lineal con nuestros conceptos de cantidad o de autosimilitud, ni siquiera la igualdad genética de las obreras nos indica qué es lo que las lleva a compartir esa entelequia que es el enjambre. Entiéndase bien, lo misterioso no es la tendencia gregaria de los animales que les lleva a constituirse en manadas, bandadas, jaurías u hordas cooperativas o sociales, lo misterioso es la emergencia de una entidad que no puede tocarse, una entidad que va más allá de los individuos que la componen, algo que es inmaterial pero que tiene sus propiedades intrínsecas, algo que existe y a la vez no existe.

La mente de las abejas.

¿Pero cómo puede existir una mente fuera del cerebro de las abejas?

Precisamente esta debe ser la razón por lo que la ciencia tardó tanto tiempo en descubrir que el enjambre era una mente compartida por todas las abejas del panal puesto que las abejas carecen de corteza cerebral y resulta difícil imaginar una mente individual para cada una de ellas. Lo lógico es que pensemos que la mente está en el interior del cráneo, bien pegada al cemento de lo neurobiológico, anclada en lo material. Esta manera de pensar era bastante compatible con nuestra tradición occidental platónico-cristiana-cartesiana. De haber algo, esa espuma que se añadió durante siglos a lo material debía ser el alma y el alma era cosa de los teólogos, una especie de espíritu que pertenecía más a Dios que al cerebro, será por eso que nunca entró en contradicción con lo material, al menos desde el siglo de las luces hasta ahora. De hecho son muchos los científicos que trabajan en las neurociencias y que son, a su vez, creyentes, efectivamente ellos no sienten esa contradicción pues siguen siendo dualistas aunque renieguen del dualismo, alma y materia no entran en conflicto, pero mente y materia son entidades conflictivas. La razón es ésta ¿como explicar que fenómenos estrictamente locales como los que se producen a nivel molecular, a nivel de las neuronas den lugar a estados cognitivos, emocionales o conductuales? O dicho en términos más experienciales ¿cómo es posible que todos tengamos una conciencia de un Yo unificado a partir de aferencias fragmentadas que nos llegan desde nuestros órganos sensoriales?

Los que hayan leído un post que escribí hace poco y que se titula ¿Quien soy yo? ya habrán comprobado que nuestra experiencia del Yo es próxima, unificada e intuitiva y sin embargo tenemos una enorme dificultad para definirlo. Trate usted de contestarse a esa pregunta y descubrirá que todo lo que se le ocurre son recuerdos, fantasías, señas de identidad basadas en nombres, fechas, estados o circunstancias diversas, nadie sabe definir quién es porque ese ser en realidad no existe y sin embargo se trata de una experiencia universal ¿como puede explicarse esto?

Pues porque una cosa es preguntarse quién es uno y otra muy distinta es seguir siendo quien ya se es, en realidad no tenemos más remedio que seguir siendo, cosa bastante diferente a preguntarse quien es uno. Existe una discontinuidad, un salto entre eso que simplemente somos en nuestra vida cotidiana y esa pregunta que algunos llaman filosófica y que nadie en sus cabales puede ni sabe responder.

Necesitábamos una nueva categoría mental para conceptualizar ese salto, esa discontinuidad, algo que nos explicara cómo las abejas se reunen y forman un enjambre y que parece funcionar más allá de la voluntad de las abejas individuales, algo que nos diga como los cerebros construyen mentes individuales que se hacen preguntas sobre quienes somos. Ese concepto es lo que llamamos emergencia, algo que pudimos conocer a partir de los estudios sobre sistemas que nos permitió establecer una teoría que diera cuenta del funcionamiento de esos agrupamientos complejos donde dejan de regir las leyes físicas de lo lineal. La mente es una emergencia del cerebro, si, pero no está en el cerebro, ni está en parte alguna, porque no ocupa lugar o si ocupa algún lugar está en todos los lugares sin que al mismo tiempo podamos meterle el dedo en su esencia pues tampoco es material sino algo intangible, un trasfondo no-conceptual.

Pero al mismo tiempo que es algo intangible todos nosotros tenemos la experiencia de tener una mente e incluso somos capaces de intuir que nuestros congéneres tienen a su vez otra. La existencia de la mente es algo que no precisa demostración, es algo intuitivo que forma parte de la experiencia íntima de cada uno de nosotros, mente y alma son cosas bien distintas: la primera es una emergencia de lo material, la segunda un resoplido de Dios.

Pero el concepto de emergencia por si solo no termina de enseñarnos los vericuetos por los que los fenómenos locales se convierten en fenómenos unitarios allá en la mente ni como las abejas individuales construyen enjambres. Cuando me duele el pie, no me está doliendo un pie aislado de mi cuerpo, sino que me duele mi pie y todo mi Yo se encuentra afligido por la sensación de dolor, no es un pie que duela en las Ideas platónicas o que duela en suspensión en el aire, sino que me duele allí donde el pie se encuentra: en lo más cercano: a la tierra, allí donde moran los pies. Tenemos una experiencia del dolor de pie unificada con nuestra propia identidad, ¿cómo es esto posible?

Si nos imaginamos la mente como un espejo de la naturaleza -tal y como se la imaginaba Descartes- nuestra mente seria sencillamente una máquina que procesaría datos externos, los transformaría en símbolos que guardaría y luego recuperaría de nuevo para dar una respuesta dirigida hacia la realidad, pero este tipo de representacionismo de la mente se encuentra en franco retroceso. Hoy tendemos a pensar la actividad mental en términos de enacción o autopoyesis (Maturana y Varela), de manera que cuando percibimos un color no estamos representándonos ese color en nuestro cerebro sino que lo que estamos haciendo es adelantar una hipótesis perceptiva sobre lo que vamos a ver, de manera que la autopoyesis puede definirse como una percepción guiada por el movimiento, por la intencionalidad. En este sentido veríamos el color cuando nuestro cerebro previamente se ha movilizado en términos de percibir ese color concreto y no otro. Este es el concepto de autopoyesis que en parte se opone al modelo representacionista donde la mente-cerebro seria una especie de receptáculo pasivo de algo que nos viene pre-dado en la realidad. En este modelo de pensar la percepción la realidad es en parte una construcción de nuestra mente que percibe aquel mundo que su percepción puede guiar y no otra y digo en parte porque la realidad tiene leyes que escapan a nuestra intencionalidad como la existencia de la luz o la gravedad. Realidad y percepción sufren pues un acoplamiento (en este post puse un ejemplo de este acoplamiento entre abejas y flores) que es lo mismo que decir entre individuo y medio ambiente y en este caso de las abejas un acoplamiento entre abejas y su nicho ecológico, pues el citado acoplamiento sólo puede darse en ese lugar y no en otro.

Es en ese sentido pues que la abeja y el panal son la misma cosa o la abeja y su nicho ecológico. No pueden entenderse el uno sin el otro y lo mismo sucede con el cerebro ya la mente, ambos son la misma cosa tal y como sostiene la ciencia oficial en sus discursos políticamente correctos, ¿pero entonces por qué la experiencia humana ha sido fragmentada de la ciencia? ¿Por qué los científicos no ponen nada suyo cuando hacen ciencia o lo que saben en su entorno personal? ¿Por qué existe esa fragmentación entre los que investigan sobre la serotonina y los que leen a Paracelso, utilizan la homeopatia o hacen Reiki?

Los enemigos del enjambre son en realidad tanto los objetivistas, materialistas o reduccionistas como los subjetivistas, esotéricos o sanadores por la fe. Todos son nihilistas pues todos sostienen creencias a sabiendas de que son falsas, les sucede tanto a los materialistas como a algunos espiritualistas, la razón es que todos necesitan creer en algo y muerto Dios, el único sostén o fundamento que les queda es la materia para unos o un Dios new age inventado a la propia medida de otros.

Todos son enemigos del enjambre y de la idea de una mente y todos además son los principales enemigos de una redención del hombre por el hombre, de una autocuración científica desde la propia experiencia mental o de un pensamiento planetario que asegure o provea a los humanos de lo que queremos: salud, bienestar y longevidad.

8 comentarios en “Los enemigos del enjambre

  1. Delicioso.
    “veríamos el color cuando nuestro cerebro previamente se ha movilizado en términos de percibir ese color concreto y no otro.” Esto me ha recordado a los primeros descubrimientos gestálticos en el sentido de que el ojo percibe lo-que-espera-percibir (p.e. varios puntos situados sobre el perímetro de un círculo invisible son percibidos como-un-círculo) aunque lo dice mejor aquí, que la percepción es “una construcción de nuestra mente que percibe aquel mundo que su percepción puede guiar y no otra”. ¿Será por eso que no vemos lo que no queremos ver o -incluso yendo más lejos- que nos ocurre aquello que esperamos que nos ocurra?
    Cada vez nos lleva usted más allá, RC…

  2. Excelente uso de la analogía del enjambre como forma/fondo de crítica al reduccionismo cientificista o al panteismo ingenuo new age. Mi agradecimiento y felicitaciones!!!
    Andres

  3. Me voy a tomar una tila,con tu permiso.Y te voy a decir otra cosa,tú llevas ventaja,porque 30 años entre locos te han dado esa lucidez.No vale de nada saber “muchísimo”,si no se sabe para qué.Gracias otra vez,bueno con retroactividad.

  4. Excelente ensayo Sr. Paco. Aunque tengo una leve disconformidad verificable,….. con sus palabras ” sino que me duele allí donde el pie se encuentra: en lo más cercano: a la tierra”.

    Baste recordar que los ojos no son ventanas a modo de ejemplo para autoverificar por uno mismo que todo lo que vemos y sentimos se nos presenta tras una descodificación multiplexada en una ventana subjetiva donde se unen en una unidad indivisible,… imágenes, sensaciones, sonidos, olores..todo a la altura de la cabeza a primera vista, por lo tanto donde esta situado el pie digamos así subjetivamente esta unos centímetros por encima de los ojos, siempre observamos el pasado en un presente atemporal en un espacio recreado con su aparente tridemensionalidad. Nos vemos a nosotros mismos dentro de la cabeza..no es solo una cuestión de perspectiva…., esto abre muchos interrogantes al preguntarse uno Quien soy yo?…ya que la respuesta no es conceptual ni el ejambre visible.

    Juan Manuel

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