El mono enamorado de James Taylor

Quizá el mono más famoso de todos fue aquel al que Desmond Morris pusó por nombre «El mono desnudo» uno de esos libros de culto que se vendieron como rosquillas en los setenta. Después vinieron otros monos de manos de otros divulgadores y antropólogos que nos venian a recordar lo emparentados que estamos con nuestros primos los simios. Seguramente hacía falta enfatizar estas cuestiones etológicas porque en aquel entonces aun creíamos que eramos más parientes de los angelitos y de los serafines que de los animales, pero la moda no se ha detenido, tenemos dos nuevas entregas de esta mania primatológica, uno viene de manos de un español que se llama Jose Antonio Campillo que ha escrito un libro sobre nuestra mania de comer como cerdos. Y es que en realidad como ellos somos tambien omnívoros. «El mono obeso» se llama esta nueva entrega y hasta tiene una web donde nos enseñan a comer como personas que somos o deberiamos ser.

Con todo la última entrega de monos que quiero nombrar aqui es la de Robert Sapolsky. Para aquellos que aun no sepan quien es esta adorable criatura les diré que es uno de esos sabios que antes que sabios fueron hippyes y estuvieron fascinados por la musica de James Taylor, hasta que permutaron la guitarra por el microscopio y asi hasta hoy.

Hasta Punset le ha entrevistado, podeis ver su entrevista aqui, en esta entrega titulada, «Estrés y placer: extremos encontrados».

Aclararé enseguida que Sapolsky es de los neurobiólogos que mas saben sobre estrés y que tiene un libro clarificador y divertido titulado, «Por qué las cebras no tienen ulcera» donde nos explica porque los herbivoros tienen tanta resistencia al estrés a pesar de pasarse la vida escapando de los depredadores y tambien el por qué nosotros verdaderos depredadores tenemos tantas enfermedades digestivas, cardiovasculares y psiquiátricas dependientes de «un quitame alla esas pajas», o sea que somos muy vulnerables al estrés al contrario de las cebras, parece.

El asunto es que Sapolsky ha querido unirse a esa troupe de divulgadores que ganan dinero haciendo que nuestro origen simiesco nos parezca divertido, algo que no es para tomarse a broma, y en su ultimo libro ha tomado la vieja idea de Desmond Morris, no para enfatizar nuestra falta de vello sino para explorar nuestra mania por enamorarnos u odiar, preferir o detestar que es un poco lo mismo pero puesto del revés. Y es por ello que ha publicado «El mono enamorado«. Uno de esos libros donde cada capítulo puede leerse por separado y que son ideales para los estreñidos o para irse a dormir en la evidencia de que lo que leeremos mañana en nada implica a lo que leemos hoy. Dicho de otra manera que tiene como la estructura de un blog y uno se pregunta por qué Sapolsky no escribe todas esas cosas tan ingeniosas de forma gratuita como hacemos lo demás.

Hasta lo busqué, pero no, Sapolsky cobra hasta para escupir y no tiene blog pero si tienen web (no faltaria mas) en la universidad de Stanford.

Una de las cosas ingeniosas que dice Sapolsky en este libro (elijo una al azar del capitulo titulado «Se abre la veda») es que nuestros gustos tienen ventanas plásticas para establecerse de modo definitivo en nuestra vida, algo asi como que hay cosas que nunca se olvidan cuando se aprenden en el momento que toca, vamos. Sapolsky ha elegido tres cosas y las ha investigado con rigor, como hacen los científicos, con encuestas, estadísticas y promedios. Se empeñó en saber por qué la musica que oian sus asistentes a él no le decia nada y por qué sus jóvenes colaboradores no disfrutaban con la misma música que él, forofo de James Taylor y Crosby Stills y Young (o sea un chico de mi edad más o menos).

Lo que descubrió le dejó asustado de su reaccionarismo: al parecer la ventana plástica del gusto para la música se cierra definitivamente a los 35 años aproximadamente. Significa que después de esa edad nuestra exploración por lo nuevo en el terreno musical queda enmudecido por nuestra tendencia a la repetición de lo conocido, de lo familiar, que es siempre lo que aprendimos a que nos gustara hasta esa edad. Conmovido por el hallazgo se empeñó luego en averiguar que pasaba con nuestros gustos gastronómicos y se le ocurrió rastrear las probabilidades de que un anciano coma por primera vez en su vida el sushi por ejemplo, una especie de anguila japonesa cruda.

La probabilidad es muy baja, como cabia esperar, al parecer la ventana plástica para el gusto gastronómico se cierra hacia los 40 años, un poco más tarde que en el caso de la música pero que parece seguir esa tendencia neurobiológica que asocia juventud con exploración y madurez con la fascinación por la repetición.

Luego se le ocurrió ir más allá y se empeñó en saber algo sobre el piercing, ciñéndose al piercing de lengua, genitales y mamas. Lo que encontró fue aun más curioso, hacia los 23 años se cierra la ventana plástica para experimentar con los orificios del cuerpo, de manera que si sus hijos aun no han llegado a esa edad tengan un poco de paciencia si quieren horadarse los pezones. Segun Sapolsky una vez se cruza esa frontera de los 23 años es muy poco probable que alguien se perfore la lengua, el riesgo está al parecer en esa peligrosa edad entre los 18-23 años. Ah!

La posibilidad es la misma que a mis hijos les gusté James Taylor tanto como a Sapolsky y a mi, pero ahora ya tenemos la evidencia cientifica. El libro vale 16 euros y leer mi blog es gratis ¿Comprenden?