Las horas muertas

Que una novela se convierta en película no es ninguna novedad, pero que una novela se convierta en una nueva novela reescrita corre el riesgo de convertirse en un nuevo género y más aun si luego esta novela reescrita se convierte en cine. Fue Joyce quien inventó la reescritura de sí mismo pero no es éste el caso.

Asi sucedió con la pelicula de Stephen Daldry y protagonizada por Nicole Kidman “Las horas“, acerca de una novela de Michael Cunningam que en realidad es una reescritura de otra novela de Virginia Woolf titulada Miss Dalloway. Una curiosa urdimbre atemporal de varias historias cruzadas bajo el leit motiv de la vida y obra de Virginia Woolf. No solamente se trata de vidas cruzadas sino atravesadas por un libro y por las historias introspectivas que alli cuenta la autora. Cunningam hace coincidir en su narración tres episodios: uno acerca de la propia Virgina Woolf y su desesperada vida maniaco-depresiva antes de que el litio hubiera demostrado su capacidad de prevenir las oscilaciones del humor bipolar e impuesto como tratamiento eficaz para este tipo de dolencias, otra -la más convincente- de la propia Sra Brown, una convencional ama de casa que pasa la vida entre floreros y pasteles tratando de endulzar la vida de su familia mientras se lee a si misma a través de la novela de Virgina Woolf y que trata de escapar de este modo a un marasmo existencial que la llevará a pensar en el suicidio de una manera banal, casi de puntillas sin saber muy bien por qué, un poco mimetizando las ideas de Woolf. La Sra Dalloway (Meryl Streep en la pelicula) es una suicida postmoderna una especie de editora de éxito lesbiana pero que se encuentra -paradójicamente- enamorada de un poeta moribundo a causa del SIDA, en su interior bulle una desesperación que apenas se entrevé en su conducta cotidiana presidida por la rigidez y la sofisticación. ¿Era el poeta o la muerte quién ejercía sobre la Sra Dalloway tan irresistible fascinación?

Una atmósfera de ambigüedad enlaza a todos estos personajes que en realidad se descubren a si mismos comprando flores como la Sra Dalloway, todos estos personajes están unidos por una novela de Virginia Woolf y su pulsión de muerte se contagia de unas a otras como si se tratara de un meme, un hilo invisible que atraviesa continentes y tiempos.

Virginia Woolf es para la literatura un nombre -más allá de sus méritos como novelista- y lo es gracias a una cierta mitificación feminista que -equivocadamente- ha hecho de ella una especie de icono de la resistencia o la lucha femenina por destacar en un mundo ocupado por los hombres. Este punto de vista que alcanza tambien a Frida Kahlo, Silvia Plath o Camille Claudel es una interpretación fraudulenta tanto de la historia como de la enfermedad mental que estas personas sufrieron.

Silvia Plath estaba casada con un poeta inglés de cierto renombre y como Woolf padecia un trastorno bipolar. Su poesia deja entrever un discurso de rebeldía y a veces de odio disparatado, sobre todo frente al padre, que perdió a los 9 años de edad. Admiradora de Yeats siempre mantuvo ese tono académico del que pretendía alcanzar reconocimiento y por qué no decirlo superar a su marido. Terminó suicidándose a los 31 años después de haberlo intentado un número indeterminado de veces y de haber sufrido recaidas depresivas múltiples a lo largo de su corta vida. Personalmente la considero mejor poeta que narradora. De sus libros me quedo con Ariel (publicado en castellano por Hiperión), un poemario que ha pasado a ser una especie de libro de cabecera de feministas que pretenden ver que su enfermedad tiene que ver con la opresión de la mujer por el hombre.

He elegido este poema de Plath para estar aqui, en este blog de hiperrealidedes y de simulacros. Puede observarse perfectamente como para Plath la femineidad es sinónimo de la muerte. Un destino trágico, la de la mujer-muerte que atrae hacia ella su mirada.

La mujer alcanza la perfección.
Su cuerpo muerto
porta la sonrisa del deber cumplido,
La ilusión de una necesidad griega
Fluye por los papiros de su toga,
Sus pies desnudos
Parecen estar diciendo:
Hemos llegado hasta aquí, es el fin.
Dos bebés muertos hechos ovillo, serpientes blancas,
Cada uno prendido a un pellejo
De leche, ya vacío.
Ella los ha replegado
Hacia su cuerpo como pétalos
De una rosa que se cierra cuando el jardín
Se endurece y las fragancias sangran
Desde las dulces y profundas gargantas de la flor nocturna.
La luna no se habrá de entristecer,
Allá en su atalaya de hueso.
Tiene, de todo esto, la costumbre.
A rastras crujen sombras negras.

En este poema titulado “Papaito” Plath compara a su padre con un oficial del las SS alemanas y a sí misma como una cautiva judía de cualquier campo de concentración. Con independencia del carácter del padre real de Silvia este es su punto de vista acerca del mismo. Merece la pena indagar en tan tamaña sensibilidad sabiendo que el padre murió cuando ella solo contaba con 9 años y preguntarse en qué clase de simulacros se construye y sostiene la memoria.

Ya no, ya no,
ya no me sirves, zapato negro,
en el cual he vivido como un pie
durante treinta años, pobre y blanca,
sin atreverme apenas a respirar o a hacer achís.

Papaíto: he tenido que matarte.
Te moriste antes de que tuviese tiempo…
Pesado como el mármol, bolsa llena de Dios,
lívida estatua con un dedo del pie gris,
del tamaño de una foca de San Francisco.

Y la cabeza en el Atlántico extravagante
en que se vierte verde legumbre sobre el azul
en aguas del hermoso Nauset.
Solía rezar para recuperarte.
Ach, du.

En la lengua alemana, en la localidad polaca
apisonada por el rodillo
de guerras y más guerras.
Pero el nombre del pueblo es corriente.
Mi amigo polaco
dice que hay una o dos docenas.
De modo que nunca pude distinguir dónde
pusiste pie, raíces:
nunca me pude dirigir a ti.
La lengua se me pegaba a la mandíbula.

Se me pegaba a un cetro de alambre de púas.
Ich, ich, ich, ich,
apenas lograba hablar.
Creía verte en todos los alemanes.
Y el lenguaje obsceno,
luna locomotora, una locomotora
que me apartaba con desdén, como a un judío.
Judio que va hacia Dachau, Auschwitz, Belsen.
Empecé a hablar como los judíos.
Creo que bien podría ser judía yo misma.

Las nieves del Tirol, la clara cerveza de Viena,
no son ni muy puras ni muy auténticas.
Con mi abuela gitana y mi suerte rara
y mis naipes de Tarot, y mis naipes de Tarot,
podría ser algo judía.

Siempre te tuve miedo,
con tu Lutftwaffe, tu pomposa jerga
y tu recortado bigote
y tus ojos arios, azul brillante.
Hombre-panzer, hombre-panzer,: oh Tú…

No Dios, sino una esvástica
tan negra que por ella no hay cielo que se abra paso.
Cada mujer adora a un fascista,
con la bota en la cara, el bruto,
el bruto corazón de un bruto como tú.

Estás de pie junto a la pizarra, papito,
en el retrato tuyo que tengo,
un hoyo en la barbilla en lugar de uno en el pie,
pero no por ello menos diablo, no menos
el hombre negro que
me partió de un mordisco el bonito corazón en dos.
Tenía yo diez años cuando te enterraron.
A los veinte traté de morir
para volver, volver, volver a ti.
Supuse que con los huesos bastaría.

Pero me sacaron de la tumba,
y me recompusieron con pegamento.
Y entonces supe lo que había que hacer.
Saqué de ti un modelo,
un hombre de negro con aire de Meinkampf,
le inclinación al potro y al garrote.
Y dije sí quiero, si quiero.
De modo, papaíto, que por fin he terminado.
El teléfono negro está desconectado de raíz,
las voces no logran que críe lombrices.

Si ya he matado a un hombre, que sean dos:
el vampiro que dijo ser tú
y bebió mi sangre durante un año,
siete años, si quieres saberlo.
Ya puedes descansar, papaíto.

Hay una estaca en tu negro y grasiento corazón,
y a la gente del pueblo nunca le gustaste.
Bailan y patalean encima de ti.
Siempre supieron que eras tú.
Papaíto, papaíto, hijo de puta, ya he terminado.

Una declaración de odio que contrasta con esta otra – siguen habiendo garras, y gritos- pero se trata de una declaración de amor:

En mi vive un grito

por la noche aletea

buscando con sus garras un objeto de amor.

Todas compartieron un destino fatal: Virginia y Silvia Plath se suicidaron, Camille Claudel acabó sus dias en un manicomio afecta de un delirio paranoico y Frida Kahlo era una mujer que se pasó la vida sufriendo intensos dolores físicos debido a un accidente de tráfico y multiples operaciones ortopédicas. El feminismo las ha erigido es una especie de heroínas victimizadas por sus relaciones tormentosas con hombres malvados.

Y el lesbianismo, es el otro mito al que se le profesa culto tanto en “Las horas” como en Virgina Woolf y a la Plath, podriamos decir que el lesbianismo se le supone a una luchadora por la igualdad de la mujer, otro error.

El lesbianismo no tiene nada que ver con el trastorno bipolar ni con la depresión ni con ninguna enfermedad mental, pero probablemente tenga relación con la construcción de la imagen de la masculinidad a través del padre. El talento literario tampoco depende ni de una cosa ni de la otra, es posible afirmar que el talento emerje a pesar de la enfermedad mental y no es causa de la misma. Las vidas desgarradas de estos personajes no tienen que ver con su creatividad sino con su patología.

De ellas nos quedó su talento y su dolor, pero no su género ni su orientación sexual.

Y una conclusión: la musa del talento creador no era la muerte sino el amor.

Silvia Plath

3 comentarios en “Las horas muertas

  1. PS: qué sincronicidad 🙂 ví esa peli hace muy poco y la encontré original, aunque no la ubicaría entre mis top-ten. La BSO del hiperminimalista Glass quizá sea un acierto, no ando muy segura.

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