La soledad indiferente

hopper3.jpgLa primera vez que vi este inquietante cuadro de Hopper titulado «Habitación de hotel» me pregunté sobre el personaje central de esta escena. Miré esa impersonal habitación de hotel y observé que la mujer sentada en la cama y en ropa interior era seguramente una viajera que pernoctaba en esa habitación de paso. El ambiente me pareció asfixiante, claustrofóbico y a la vez banal, sin vida. Pensé en qué estaría esperando esa mujer, si había sido abandonada por su amante o si simplemente mataba el tiempo leyendo un libro entre transbordos de trenes o autobuses.

Seguí interesándome por Hopper y más tarde caí en la cuenta de que sus personajes -casi siempre femeninos- se encuentran en circunstancias parecidas, se trata de mujeres que miran por la ventana, están sentadas en una cama o en la mesa de un bar, siempre en una actitud ambigüa acerca de sus intenciones, no sabemos si esperan, pasan el rato o simplemente curiosean a su alrededor, lo unico que es seguro es que estos cuadros se encuentran impregnados de un extraño ambiente de soledad y de una atmósfera de aislamiento casi ontológico y al mismo tiempo indiferente.

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Mas tarde me di cuenta de que estas obras de Hopper son como esas historietas que sirven como test proyectivos y donde se pide al examinado que complete con su propia narrativa lo que le sucede al personaje protagonista. El TAT de Murray, por ejemplo es un test proyectivo donde a partir de una serie de escenas ambigüas el sujeto debe construir una historia con principio y final. Lo asombroso de estas historias que contamos a partir del estimulo visual que es la lámina en si, es que coincide con nuestra historia, nuestros miedos, nuestra biografia y complejos o mejor: la construcción de un sentido narrativo a nuestra vida.

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Obsérvese como es precisamente la ambigüedad de la lámina la que confiere al test su validez universal, es ahi donde proyectamos lo nuestro, dotando de sentido una escena que en realidad no significa por si misma nada y que al mismo tiempo pretende significarlo todo.

Hasta que leí «La mujer zurda» de Peter Handke no comprendí el alcance de la soledad de los personajes de Hopper, un pintor expresionista americano que en realidad – y a diferencia de los hiperrealistas- nos está mandando un mensaje.

Los hiperrealistas -por el contrario- no tienen mensaje que mandar, pueden pintar cualquier cosa desde una vaca a un paisaje, o un bote de sopa, pero en ellos la pintura solo se representa a si misma como en un ejercicio masturbatorio de autoreferencia plástica: carecen de interioridad, usualmente sus obras representan no lo único, lo sublime o lo monstruoso sino una serie de clones iguales a si mismos, lo serial, lo idéntico. El hiperrealismo está más allá de lo trágico, del pecado o de la culpa, el hiperrealismo es el arte narcisista y banal de nuestro tiempo. Hopper era un expresionista y esto de aqui abajo es una obra hiperrealista, concretamente de Horacio Silva:

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En este caso y hasta que no leí esa novela de Handke no comprendí bien el sentido de la soledad de las mujeres de Hopper. No se trata de mujeres abandonadas o desesperadas, por andar esperando algo que no llega, al contrario se trata de refugiadas en la propia mismidad, sombras que viven en un asilo propio construido a base de rutinas y de renuncias, se trata de algo peor que la soledad impuesta por un abandono, se trata de una soledad indiferente. Están solas porque han decidido estar solas y lo están después de comprobar que el mundo que las rodea, es un desierto impersonal de lugares de encuentro donde no hay nadie que no hable en esa clase de monologos paralelos en que se ha convertido la interaccion entre humanos, en esa especie de apatía agónica que tienen los lugares de ocio, los hoteles, los miradores, lugares de paso o de refugio para aquellos que no tienen nada que decir.

Para aquellos que aun creen que el arte es una especie de notario de un tiempo y que es a través del arte como podemos cambiar el mundo vean esta exposición de un fotógrafo llamado Clark y una pintora llamada Pougnaud, ambos Clark-Pougnaud han expuesto en homenaje a Hopper y nos lo han devuelto convertido en un icono digital no para destruirlo convertido en un fetiche hueco sino para enaltecer y reinterpretar su mirada interior.

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