Las palabras ellas solas

Las palabras son cáscaras vacías, no son en ellas mismas nada, sólo una matriz aristotélica, la hilé-morphei, el continente que espera un contenido para poder ser dicho. Las palabras se generan entre la boca, la laringe y el paladar, en esa caja vacía y hueca se genera el sonido que no será nada sin un interlocutor que dé forma definitiva a través del significado a lo que la palabra-significante evoca.

Observemos la palabra “creer”, observemos su ambigüedad. Creer es un verbo que evoca dos formas de comprender el mundo. Por una parte significa creer en algo, es decir aceptar sin pruebas de que ese algo equivale a la condición que se le propone. Creer en Dios por ejemplo es aceptar que existe una realidad ordenadora, creadora y supraindividual que se manifiesta más allá de las pruebas que lo sustentan. Diferente es sin embargo “creerse Dios”, si observamos estas dos creencias de cerca observaremos que la única diferencia entre ambas es la existencia de una preposición, de un embrague: creer en Dios, es distinto a creerse Dios.

Esa preposición “en” delimita y diferencia dos ámbitos semánticos bien distintos: el ámbito de creer en algo del ámbito de creer-se ese algo. La segunda propuesta es autoreflexiva, autoreferencial, psicótica, mientras la primera es normal, pues no hay creencias delirantes sino sólo sujetos que deliran. Por extravagante, exótica o bizarra que nos parezca una idea, jamás esa idea en si misma podrá ser catalogada de psicótica, de patológica, pues no está en la palabra –en la creencia- el delirio, sino en la posición que ocupa el sujeto en ese delirio –en esa cadena de significantes-, algo que podemos averiguar precisamente a través de la construcción que ese mismo sujeto realiza a través del lenguaje, un lenguaje que carece de embragues. La locura es pues un descarrilamiento del lenguaje, una falta de preposiciones.

En el lenguaje común sabemos muy bien y de forma intuitiva a qué me estoy refiriendo: cuando decimos de alguien: “se lo tiene muy creído”, ¿qué queremos decir? No estamos aludiendo a la fe que uno tiene en si mismo sino a algo más, queremos decir que esa persona ha logrado identificarse o creer en una imagen de si mismo que a los demás se nos antoja como una exageración, como una hipertrofia que identificamos con la palabra vanidad u orgullo. Nada que ver con la necesaria “creencia” en uno mismo, algo que entendemos como un valor a diferencia de la autosuficiencia que detectamos en el vanidoso. “Creer en uno mismo” es distinto a “creérselo”, sea cual sea la virtud que sirve de apoyatura a tal creencia. Aun más, en las personas “que se lo creen” muy rara vez averiguamos de qué se trata, qué es lo que ellos se creen de si mismos, nos parecen personas alejadas de la realidad, no sólo exagerados sino que también abrazaran mecanismos ilusorios para sostener tal creencia.

De igual modo sucede con los síntomas mentales, no es lo mismo “creer en un síntoma” que “creerse el síntoma”, nosotros los psiquiatras estamos obligados a creernos la queja de nuestros pacientes pero no estamos obligados a “creérnoslo”, como a veces hacen ellos, los sujetos que nos consultan porque ellos a veces han sido apresados por esa ausencia de preposiciones, de embragues que les llevan precisamente a “creerse” síntomas que no existen, o al menos que ellos han construido sin saberlo utilizando su libre albedrío y al que casi siempre ignoran, como si el síntoma fuera algo “que alguien puso ahí” o algo que simplemente les sucede sin que lleguen a intuir que el síntoma siempre es una construcción subjetiva e individual como un sueño.

O como un poema, puesto que la poesía trata de atrapar precisamente esta contradicción implícita en las palabras: ellas están huecas pero el poeta trata de hacerlas pasar por un desfiladero, manteniendo sin embargo abierto el significado que cada lector dará a sus escritos, como ejemplo de este trabajo de “traducción” os propongo la lectura de este bello poema, titulado “Fonética” que se encuentra aqui.

El autor explora en este poema el carácter ilusorio de las palabras aun aquellas que nunca se pronunciaron, explora la musitación de las palabras como una articulación más allá de la cual el amante deberá adivinar su contenido a través del contacto directo del beso, de la exploración táctil de la lengua en el interior de esa cavidad, de esa boca de la que emerge la palabra. El poeta sabe que la palabra no es sino la representación de algo que jamás podrá ser dicho, de aquello inefable que es imposible de comunicar, pues sólo es un resto de lo real: de aquello que jamás podremos apresar a través del discurso comunicativo porque las palabras no son nada solo un hueco, una matriz generadora de significados como una botella o una jarra que podrá contener agua, vino, aceite o barro y cuyos contenidos adquirirán forzosamente la forma del contenedor aun manteniendo su esencia, las palabras en la poesía están destinadas a ser descifradas como un jeroglífico por una lengua. Por el contrario, el lenguaje común es una especie de señalización sin consecuencias sobre “la cosa en si” y que casi siempre discurre sobre lo banal. Los que sólo hablan este lenguaje consensuado no saben que más allá de las palabras hay una realidad que no puede ser dicha y que lo que se dice necesariamente alude a otro lugar y a otro significado. No es solamente que el lenguaje convencional precise de aclaraciones constantes “lo que quise decir es…” sino que el lenguaje establece -a través de sus reglas- lo que se dice ahora y lo que en otro nivel se oculta.

El malentendido es la esencia de la comunicación entre seres parlantes.

Freud en una conferencia pronunciada en Londres en 1939 contó un chiste para ilustrar como el humor era un recurso para oscurecer algo que por ofensivo convenía no decir y que al provocar hilaridad se convertía en algo aceptable, el chiste en cuestión era el siguiente:

“Un marido le dice a su mujer: cuando uno de nosotros muera, yo me iré a vivir a Paris”.

La gracia de este chiste está precisamente en lo que no se dice………pero que todos adivinamos.

La poesía es la esencia de la hiperrealidad es decir de esa realidad que nos viene decodificada por un tercero que se sitúa más allá del emisor y del receptor: el poeta es el amo de los significados y el lector su cómplice.

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